Capítulo 1 –Assiah.
Todo estaba blanco a su alrededor. Impoluto y lleno de pureza: nunca antes había visto algo similar en Gehenna.
Lo siguiente fue el frío, especialmente en aquellas zonas donde lo blanco rozaba su piel. Ella se había criado en una zona cálida de Gehenna, siempre bien resguardada bajo paredes gruesas y nunca antes había sentido frío. Era una sensación nueva y placentera, incluso se permitió el lujo de reírse al ver como los blanco se deshacía bajo sus dedos, dejándolos entumecidos.
Cogió un puñado con los dedos enrojecidos y lo tiró hacia arriba, riendo a carcajadas al notar como se dispersaba y pequeños copos se derretían al rozar su piel.
—Esto no estaba la última vez que vine —murmuró sonriendo y dejándose caer de espaldas, sintiendo como el frío cada vez se extendía más y más por su cuerpo.
—Ha nevado toda la semana, ¿hacía mucho que no venías? —había escuchado llegar a su interlocutor antes incluso de que hablara, pero no había reaccionado al no saber qué esperaba de ella. A juzgar por su tamaño y por la dulzura de sus rasgos, era una niña humana. Tenía un enorme abrigo azul acolchado, el pelo corto recogido con un lazo rojo y escondía la mitad de su cara tras un peluche de felpa con forma de oso—. ¿O nunca habías visto la nieve?
—¿Nieve? —repitió Akari con curiosidad. Cogió un puñado en su puño y lo extendió en su dirección—. ¿Esto es nieve?
—Sí —la niña se ocultó un poco más tras su peluche, con timidez—. Eres muy bonita, ¿lo sabías?
Era justo lo que necesitaba para recobrar la compostura y recordar quién era: tenía una reputación que mantener.
—Soy mucho más que bonita —dejó caer con desgana la nieve entre sus dedos y se puso de pie con toda la elegancia de una reina. No necesitó acomodar su vestido: éste había sido creado para que se amoldara a ella y a todos sus movimientos a la perfección. Siempre estaría donde debía—. Soy la definición que darías a la palabra belleza. Me llamo Akari, ¿y tú, pequeña niña?
—¿Eres un demonio? —preguntó la menor desconfiada—. Mi abuelita dice que los demonios son seres malvados que se llevan el alma de los humanos y que nunca se le debe decir el nombre a un demonio.
—¿Un demonio? ¿Cómo… cómo lo has…? —guardó silencio al ver a dónde se dirigían los ojos de la menor. Le habían dicho que ante los humanos parecería una más, pero que algunos de ellos podían ver la verdadera apariencia de los demonios. Al parecer, aquella niña pertenecía a esa minoría y los seres humanos no tenían orejas de elfo, cola puntiaguda y alas negras.
—¿Lo eres?
Akari se quedó pensativa unos instantes, había sido descuidada, no esperaba encontrarse con un humano contaminado de miasma tan pronto. Y menos que fuera una niña pequeña. Aunque siendo positivos… al menos no parecía una exorcista, podía lidiar con ella.
—Lo de las alas no será un problema… —cerró los ojos y centró su concentración en su espalda, haciéndolas desaparecer y sintiéndose más liviana—, la cola también es muy fácil —con delicadeza la enrolló en su cintura y dejó que la forma del vestido la tapara. Dio un suspiro y atusó un poco su cabello, dejando cayera sobre sus sienes con más libertad: para tapar sus orejas no podía hacer mucho más—. Esto deberá bastar —miró a la niña antes de dedicarle una sonrisa zalamera que la encandiló tanto que estaba segura de que olvidaría todo lo que había visto.
Era un truco sencillo y sucio, rara vez le servía realmente, pero en niños pequeños y seres especialmente inocentes era infalible.
—¿Entonces no eres un demonio?
—¿Te lo parezco? —dio una vuelta sobre sí misma con la gracia de una bailarina.
—Pues… —la niña le miró detenidamente durante unos instantes antes de sacudir la cabeza— mi abuelita dice que los demonios son feos y huelen mal, tú eres muy bonita y hueles a rollitos de canela. No puedes ser un demonio. Me llamo Miku.
—Encantada de conocerte, Miku-chan, seamos amigas, ¿sí? —la niña asintió, todavía mirándola con timidez y admiración desde detrás de su peluche—. Genial, entonces como amigas que somos, podrías hacerme un favor. Soy nueva por aquí, me vendría genial que me enseñaras como funciona todo esto y además tengo que buscar a alguien, ¿te gustaría acompañarme?
Al parecer había aparecido a las afueras de una ciudad, no excesivamente lejos de la casa de Miku. Por suerte, como Akari tenía que seguir buscando a su guardián, no fueron directamente y ella pudo disfrutar un rato de la fascinante vida cotidiana de los humanos. Assiah era tan diferente de Gehenna, que parecía imposible que ambos mundos estuvieran conectados. Intentó moderar sus preguntas; tanto por orgullo como por discreción, pero le estaba resultando casi imposible cerrar la boca ante cada cosa que captaba su atención.
Por otro lado, tenía que obligar a su mente a centrarse en el objetivo: tenía que encontrar al guardián que su madre le había asignado. Lo único que sabía de él era que se trataba de un demonio que llevaba varios años viviendo en Assiah y que la esperaría cerca del lugar estipulado de llegada. Ni qué tipo de demonio, ni qué apariencia tenía, ni su nombre. Esperaba que al menos no estuviera ocultando su esencia demoníaca y pudiera detectarlo con relativa facilidad.
Finalmente, su radar interno se disparó frente a un callejón y ella se detuvo en seco, contemplando el fondo con el ceño fruncido. Olía mal, era oscuro y estaba sucio: ella tenía más clase que eso.
—¿Qué pasa Akari-chan? —preguntó la pequeña. Parecía bastante tranquila por tenerla a su lado, no había dejado de parlotear durante todo el camino deseando captar su atención y ahora parecía convencida de que no le pasaría nada estando con ella.
—Creo que la persona que busco está aquí —por si acaso, no bajó la guardia. Nunca se sabía dónde podría encontrar demonios enloquecidos.
Entró con cautela, sin importarle si la pequeña le seguía o no. El callejón era peor de lo que esperaba y empezaba a desear que fuera un demonio enloquecido con sed de sangre: no se veía con alguien que soliera frecuentar sitios como aquel.
—Es imprudente para ti caminar con humanos —aleccionó una voz profunda desde la parte más oscura del callejón. Resonó en las paredes y le taladró el cerebro, pero fue suficiente para descartar al demonio enloquecido.
Miku se aferró a su muñeca dejando caer su peluche, estaba completamente aterrorizada mirando en todas direcciones en busca del dueño de la voz. Frente a ellas había aparecido como de la nada –seguramente por efecto de algún encantamiento de invisibilidad– un niño sentado sobre uno de los enormes cubos de basura. Estaba muy delgado y tenía los brazos cruzados sobre su pecho desnudo; su piel era increíblemente bronceada y su pelo negro, completamente liso, caía sobre su frente enmarcando unos ojos igualmente oscuros. Solo vestía unos pantalones de seda color crema, de estilo hindú. A pesar de parecer un mendigo sin zapatos, llevaba al cuello un collar de oro con detalles en rubí que le daba un aspecto incoherente.
—Supongo que tú eres mi nuevo criado, ¿no? —el comentario hizo fruncir el ceño al niño, molesto. Akari realmente se negaba a aceptarlo como un guardián o protector.
—Yo no soy el criado de nadie, mi misión aquí es no dejar que los humanos te dañen y, sin embargo, te encuentro paseando con uno —el reproche en su voz era tan palpable que Akari fue incapaz de ocultar una sonrisa.
Le parecía increíblemente divertido que pensara que la minúscula cría de humano que se escondía detrás de ella podía resultar una amenaza. Además, su especialidad era embaucar a la gente y generalmente los niños eran bastante susceptibles al encanto y la belleza que transmitía.
—No tengo miedo de Miku, ahora somos amigas. ¿Cómo te llamas? —alzó una ceja, ella no aceptaba regaños de nadie.
—Me llamo Echo, soy un djinn protector —ahora fue el turno de Akari de fruncir el ceño. Los djinn eran conocidos por ser orgullosos y tercos, unos embaucadores que también jugaban con los deseos de los humanos para aprovecharse de ellos, ¿en qué estaría pensando su madre al asignarle a alguien así? —. Desde ahora te acompañaré cuando viajes por Assiah, Akari-hime.
—¿Akari-hime? ¿Akari-chan es una princesa? —Miku retrocedió un par de pasos olvidándose de miedo. La miraba con los ojos como platos y la boca abierta.
La mayor hizo un gesto impreciso con la mano.
—Algo así, es complicado —sin embargo, no estaba haciendo mucho caso a la niña, seguía evaluando a Echo y tratando de organizar sus pensamientos—. Muy bien, pero si vas a acompañarme no puedes ir así, llamarías mucho la atención.
Ya había aprendido gracias a su torpeza con Miku, que debía ser precavida para integrarse entre los humanos y tratar de no destacar demasiado al menos hasta que dominara un poco la situación. Era evidente que, juzgando lo que había visto hasta el momento, Echo llamaría la atención.
—Los djinn podemos cambiar nuestro aspecto a voluntad —explicó escuetamente antes de dar un elegante salto y desperezarse, como si llevara mucho tiempo sentado. Una vez en el suelo se convirtió en un gato negro bastante común, aunque aún tenía el collar de rubí en el cuello—. Eres nueva en Assiah, así que antes de que empieces a hacer lo que sea para lo que hayas venido, tendremos que encargarnos de algunos puntos básicos de la supervivencia aquí. Necesitas un lugar donde dormir y comer.
Miku intervino entonces, asegurando que podrían quedarse en casa de su abuela y encantada de poder ser de ayuda a una princesa. Akari aprovechó el camino de regreso para convencer a la menor de que guardara silencio acerca de lo que había visto en el callejón y su identidad como princesa. Fue muy sencillo, como todo alrededor de Miku: un par de palabras melosas, una sonrisa encantadora y una fugaz caricia en la mejilla y la niña estaba rendida a sus deseos.
La casa de Miku era bastante humilde, al parecer vivía sola con su abuela: una anciana llena de vitalidad que tras perder a su hijo y a su nuera en el ataque de un demonio recelaba de todo y de todos. Sin embargo, como su nieta, no pudo resistirse al encanto y dulzura de Akari. Puso en sus labios las palabras que la anciana mujer necesitaba escuchar y pronto estaba sentada en su mesa y con la habitación de invitados a punto para que ella y Echo pudieran pasar la noche allí.
—¿Y bien? —Akari se dejó caer sobre la cama, había intentado encontrar algún entretenimiento en el cuarto, pero se trataba de una habitación minúscula casi sin muebles, era evidente que la familia de Miku no nadaba en riquezas. Así que sin nada a la vista para parecer ocupada, no podía evitar las preguntas de Echo—. Supongo que ahora que estamos solos puedes contarme a qué has venido a Assiah.
—Quiero conocer a fondo todo esto, desde luego es mucho más bonito que Gehenna —repitió mecánicamente las explicaciones que le había dado a su madre, sin querer ahondar mucho en el tema. Miró a Miku que había insistido en tener una fiesta de pijamas con ella aquella noche, pero que se había dormido casi al momento—. Los humanos son divertidos y mucho mejores que los demonios.
—Te tratan tan bien porque desconocen tu verdadera naturaleza —Echo se había convertido de nuevo en niño al no estar bajo la estrecha vigilancia de Hana, la abuela de Miku, y le señaló con un gesto algo desdeñoso. Akari, sabiendo a qué se refería, estiró su cola y dejó que se balanceara a su alrededor. Sabía que era lo más decoroso, pero odiaba llevarla oculta—. Si te vieran como te veo ahora la cosa cambiaría, créeme.
—Quizás, pero no lo sabré hasta que no lo vea por mí misma, ¿no crees?
—En la cena has comentado que quieres ir a la Academia de la Vera Cruz, ¿me equivoco? —y ahí llegaba el tema que Akari había intentado evitar—. Es un lugar extremadamente peligroso para nosotros, ¿es en serio eso de visitarla? —Akari asintió, pero evitó hablar, con un poco de suerte Echo captaría que no quería hablar del tema. El djinn dio un largo suspiro exasperado—. Bien, no queda muy lejos de aquí, iremos mañana.
Akari no contestó, se limitó a acomodarse en su cama de tal forma que pudiera ver la noche a través de la ventana. Fuera, la brillante luna llena se recortaba contra la negrura del cielo, luciendo más brillante y hermosa de lo que jamás sería en Gehenna.
Justo como aquella primera noche, tantos años atrás.
Con los ojos cerrados y una sonrisa anticipada rememoró aquel día que, sin lugar a dudas, podía catalogar como el mejor día de su vida.
Había tenido un accidente en su casa, todo había sido un enorme error y por un descuido había terminado cruzando un portal hacia Assiah. No recordaba bien los detalles de su llegada, solo el miedo y el desconcierto de un lugar nuevo. Sabía que era peligroso, su madre le había contado que en Assiah había gente que se especializaba en matar a seres como ella, que ni siquiera tendría un juicio: en cuanto la vieran, estaría lista para la condena.
Lamentablemente, la habían visto.
Por sus ropas llenas de cruces y otros elementos purificados, era evidente que se trataba de exorcistas y su aspecto la delataba con demasiada facilidad ante los ojos contaminados de miasma. Su única solución había sido la de esconderse donde pudiera darles esquinazo y tratar de no llorar llamando a su madre. Aún no tenía alas con las que poder alejarse rápidamente, ni sabía usar su cola para el combate; ni tan siquiera tenía fuerza suficiente como para plantar cara a aquel grupo de adultos con sus puños desnudos.
Se había escondido como fuera una sabandija, un vulgar demonio, poniéndose en ridículo a sí misma.
Había encontrado el sitio ideal en el hueco vacío de un árbol. Ella era muy bajita y entraba por los pelos y con un poco de suerte a los adultos no se les ocurría que hubiera podido encogerse tanto para meterse allí. Dejó pasar las horas, tratando de secar las lágrimas que no había podido contener y haciendo esfuerzos por ignorar el hambre que arañaba su estómago. Solo quería llamar a su madre a gritos.
—Te encontré —dio un gritito y trató de retroceder aterrorizada en su minúsculo escondite, no había pensado que si la atrapaban allí no tendría forma alguna de escapar.
Sin embargo, no se trataba de ningún adulto. Era un niño, más o menos de su edad, si es que los niños humanos crecían igual que los demonios. Tenía el pelo negro y algo revuelto, con la cara un poco sucia, una herida en el labio y una tirita sobre su nariz. Sin embargo, lo que más le llamó la atención fueron sus ojos: grandes y de un azul increíblemente profundo, que hablaban más que todas las personas que ella hubiera conocido. Nunca antes hubiera llegado a imaginar que encontraría unos ojos que le gustaran más que los de su madre.
—¿Qué…qué quieres? —balbuceó cuando se dio cuenta de que el chico también se había quedado mirándola en silencio. Tenía miedo de que fuera una trampa de aquellos exorcistas, pero por primera vez en su vida, había sido embaucada por aquellos ojos.
—Mirarte —respondió el chico con simpleza. Akari pestañeó confusa, sin terminar de entender qué decía—. Eres una niña muy bonita, más que cualquier otra niña tonta de mi clase —añadió con severidad, haciendo que Akari sonriera con timidez. Estaba acostumbrada a que alabaran su belleza, pero era la primera en su vida que realmente llegaba terminar de creérselo—. ¿Por qué estás llorando?
—No estoy llorando —espetó apretando los puños, avergonzada de que aquel chico la viera tan vulnerable.
—Mentirosa —acusó él tocando una de sus mejillas húmedas con un dedo.
—Es que estoy perdida… —reconoció finalmente bajando la mirada. Él parecía un chico fuerte y valiente, así que no reconocería que también estaba aterrorizada y que mataría por tener a su madre allí con ella.
—Puedo quedarme un rato contigo si quieres —ofreció él tendiéndole su mano para ayudarla a salir de su escondrijo—. A lo mejor te terminas encontrando y todo. Me llamo Okumura Rin.
Observó su mano indecisa durante unos instantes antes de tomarla y dejarse guiar por él. La llevó a un parque no muy lejos de allí y pasaron la tarde hasta bien entrada la noche jugando. Se columpiaron y compitieron a ver quien saltaba más lejos, fantasearon con un tobogán mágico que los llevaba a otro lugar maravilloso e intentaron recrear los castillos de su imaginación en el arenero. Finalmente acabaron cogidos de las manos y girando frenéticos en mitad del parque, mientras Akari cantaba entre risas una canción que había aprendido en Gehenna. Había intentado enseñársela a Rin, pero el niño solo atinaba a decir palabras sueltas que no terminaban de encajar en la letra y avivar las risas.
Solo detuvieron su alocado baile cuando Akari se mareó y cayó al suelo, tirando a Rin a su lado. Ambos sin dejar de reír.
Se quedaron unos instantes tumbados en el suelo, contemplando el cielo ydisfrutando simplemente de la compañía del otro.
—La luna es bonita —dijo Akari finalmente—. Mi madre es como la luna, también es más bonita que cualquiera de las estrellas que le rodean —no sabía exactamente por qué había dicho aquello, pero se sentía un poco culpable por haberse olvidado completamente de su madre durante el tiempo que había estado con Rin.
El niño apartó la mirada del cielo para clavarla en ella.
—A mi me pareces más bonita que la luna.
Akari se sentó y miró a Rin con los ojos bien abiertos, era la primera vez que alguien la ponía por encima de su madre. Siempre había sido la sombra de su sombra y nunca había aspirado a nada más. Y Rin había borrado todo aquello de un plumazo, con una simple frase.
—Yo me tengo que ir —Rin había enrojecido, seguro que no acostumbraba a llamar bonitas a otras niñas, cosa que solo alegró un poco más a Akari—. Espero que te encuentres pronto y nos volvamos a ver.
Akari no dijo nada, se quedó mirando como Rin se alejaba, recordando de pronto que no le había dicho ni siquiera su nombre. Y a él no le había importado. Solo había limpiado sus lágrimas y se había esforzado en dibujar una sonrisa en sus labios.
"Okumura Rin", después de tantos años sus labios seguían curvándose en una sonrisa cada vez que pensaba en él.
¿La recordaría él?
