Capítulo 2 –Llegada a la Academia de la Vera Cruz.
—Por fin hemos conseguido deshacernos de esa estúpida niña —Echo habló con desdén, caminando con elegancia frente a Akari. Había vuelto a su forma de gato, pero había tanto bullicio en la calle que a ninguno le preocupaba que alguien escuchara a un animal hablando.
El comentario hizo que Akari frunciera el ceño: a pesar de que no la conocía mucho, Miku realmente le había resultado una niña encantadora. Incluso le había prometido que iría a verla de vez en cuando.
—Ya te he dicho que volveremos a verla, se lo he prometido. Y es una de esas promesas que no pienso romper —odiaba que el djinn diera las cosas por sentado con tanta facilidad, sus personalidades chocaban demasiado. Su ceño se profundizó un poco más al ver que Echo la estaba ignorando—. Muy bien señor sabelotodo, ¿qué tenemos que hacer ahora?
—No podemos llegar a la Academia de la Vera Cruz andando, tenemos que coger un autobús —explicó mientras en un parpadeo adoptaba la forma de un niño pequeño, de unos tres años. Seguía teniendo un aspecto muy similar al del niño que era cuando se conocieron, solo que algo más joven y con más ropa encima—. Antes de que lo preguntes… eso es un autobús —señaló un vehículo enorme que estaba parado junto a la acera. Había un reducido grupo de personas esperando a su lado, por lo que supuso que estarían esperando para subir también.
Odiaba que fuera el genio quien le diera órdenes, pero debía reconocer que si él decía que tenían que subir en ese armatoste de metal, lo mejor era no pedir explicaciones. Estaba claro que los humanos hacían lo que Echo le pedía que hiciera y por ella misma no sabría llegar, ya encontraría otra forma de borrar la sonrisa de satisfacción de la cara del djinn cuando tuviera oportunidad.
Entró en el autobús ignorando a las personas que ya estaban esperando y se le revolvió un poco el estómago al notar que sus pies ya no tocaban el suelo. Tratando de ignorar la sensación incómoda de subirse por primera vez a un vehículo siguió a Echo hasta los sitios del fondo. Escuchó como el conductor le decía algo, pero cuando se giró para dedicarle una mirada confundida, éste solo pudo balbucear una respuesta y sonrojarse violentamente.
Aún más confusa que antes se sentó en el asiento junto a la ventana que le había guardado Echo.
—¿Qué demonios les pasa a los humanos? —protestó frunciendo el ceño—. Son muy peculiares, ¿verdad?
—Cuando ellos utilizan este tipo de servicios tienen que pagar, el conductor seguramente iba a decirte algo porque te has colado —explicó Echo poniendo los ojos en blanco y bufó cuando Akari le miró aún más confundida—. En Assiah las cosas funcionan con una cosa llamada dinero y tienes que trabajar para conseguirlo. A los humanos les gusta la belleza, así que he confiado en tu cara bonita para que no te pongan pegas —se encogió de hombros—, no tenemos tiempo de buscarte un trabajo. Cuanto antes termines en Assiah antes regresarás a Gehenna y antes te perderé de vista.
Akari se pasó una mano distraídamente por el pelo, valorando la situación y archivando la infinidad de diferencias que había con Gehenna. Además, algunos humano –como aquel conductor– parecía absurdamente influyentes por sus encantos demoníacos y eso que ni siquiera estaba usándolos.
—Tú tampoco has pagado —señaló pasados unos segundos.
—Porque los niños pequeños no tienen que pagar —replicó Echo antes de cerrar los ojos y cruzar los brazos—. Ahora cállate, el viaje es un poco largo. Y seguro que será mucho más ameno si no tengo una voz martilleando mi cabeza continuamente.
La chica estaba molesta por la brusquedad del genio, pero tampoco le apetecía discutir metida en aquel enorme bicho de metal que le producía náuseas, así que se dedicó a mirar por la ventana intentando enfocar su mente en cosas más positivas.
Hacía un par de meses que había escuchado hablar del intento de Satán de tomar Assiah y, para su sorpresa, todos los rincones de Gehenna se llenaron con el nombre de los mellizos Okumura. Le habían ahorrado largas horas de investigación en un lugar que no conocía y preguntando discretamente aquí y allá había descubierto que Rin era el primogénito del mismo Satán que se preparaba para ser exorcista. Una ironía en su máxima expresión, reconoció con una sonrisa.
Sin embargo, Rin le gustaba muchísimo más después de enterarse de que era un medio demonio, saber que ambos tenían un poco de Gehenna en su interior hacía que se sintiera más apegada a él. No sabía exactamente cuál era la extensión de ese poder, porque en su día no fue capaz de detectarlo, pero estaba segura de que aunque fuera algo minúsculo, bastaría para ella.
A su pesar, el viaje fue eterno y casi bajó del autobús a trompicones, mareada como estaba. Si no fuera porque la visión de la Vera Cruz la dejó sin palabras, le hubiera dicho cuatro cosas a Echo por no buscar otro transporte más adecuado para ella.
Parecía que alguien se hubiera dedicado a apilar edificios, amontonándolos unos encima de otros hasta crear una especie de laberinto con un entramado de calles, tiendas y restaurantes casi imposible de seguir. La escuela entera parecía una caótica ciudad en miniatura, aunque por suerte, todo estaba bastante bien señalizado y se respiraba jovialidad.
A su manera, le recordaba un poco a las ciudades de Gehenna, solo que éstas eran oscuras y lúgubres, llenas de demonios carroñeros y el peligro en cada esquina. Era raro encontrar tanto color en su hogar, por eso la imagen le impactó bastante. Y aunque era un lugar que instruía a la gente en el arte de matar demonios, se descubrió pensando que sería agradable vivir allí.
Podría acostumbrarse a aquel ambiente alegre.
—Reconoceré que Mephisto se lo ha currado bastante —comentó Echo volviendo a convertirse en un gato negro—. No todo el mundo consigue llevar esto adelante… Ya la has visto, ¿quieres entrar? Te advierto que puede ser mucho más peligroso todavía, ese sitio está lleno de exorcistas.
Akari todavía seguía hechizada por aquel lugar, para los demonios que salían de Gehenna un lugar que les recordara tanto a su antiguo mundo pero mejorado debía ser como un imán.
—Solo va a ser un momento —sin embargo no había tantos demonios como cabría esperar.
—Eres muy caprichosa, Akari-hime —reprochó el djinn dando un largo suspiro—, acabarás metiéndote en problemas.
A pesar de la expresión hastiada de Echo, no se retractó. No le gustaba mucho seguir las normas, por eso estaba acostumbrada a los problemas, era algo con lo que podía lidiar. Además, sabía que Rin estaba allí, en alguna parte, no podía sencillamente retroceder.
El genio procedió a explicarle entonces el complejo sistema de barreras que usaba Mephisto para proteger a la escuela y entendió por qué los demonios apenas sí se acercaban. A pesar de las protestas de Echo, a Akari pronto le resultó evidente que le entusiasmaba la idea de demostrarle a ese rey demonio que podía saltarse su seguridad cuando quisiera. Eso le resultaba beneficioso, claro: siempre y cuando los intereses de Echo no contravinieran los suyos propios, pensaba complacerlo en lo que quisiera, era mejor que estuviera contento.
Tras hablarlo durante un rato, se decantaron por entrar a través de una de las puertas menores: hacerlo por la principal, aunque tentador, resultaba demasiado peligroso y ambos colegían en que ya estaban tentando demasiado a su suerte. Callejearon un rato, Echo contestando de mala gana las preguntas de Akari y ella tratando de multiplicar el número de sus ojos para verlo todo a la vez. Sospechaba que el djinn se burlaba de sus preguntas en sus contestaciones, algunas las respondía con tanta obviedad que Akari estaba casi segura de que la estaba tratando como una estúpida, pero por primera vez no se molestó. Estaba más ocupada y fascinada con todo lo que le rodeaba.
—Los humanos son geniales, Echo —dictaminó finalmente, tras un par de horas callejeando. Un vendedor ambulante le acababa de regalar una manzana caramelizada y Akari la mordisqueaba con palpable placer. Nunca antes había probado algo parecido en Gehenna—. Y esto está riquísimo, en Gehenna la comida no está ni la mitad de buena. Assiah es genial, no me extraña que los demonios se desvivan por venir —concluyó asintiendo para sí misma. Le estaba costando mucho no ponerse a dar saltos como una niña pequeña.
—Puesto que parece que tendremos que estar juntos mucho tiempo… ¿te importaría ser sincera conmigo? —Echo ignoró su comentario y alzó la cabeza para poder mirarla directamente a la cara. En sus ojos se reflejaba la severidad y Akari entendió que ya no aceptaría más evasivas—. ¿Cuáles son tus verdaderas intenciones al venir a la Vera Cruz? Todo esto podrías hacerlo en un lugar menos peligroso para alguien como tú.
—Eso mismo llevaba yo un rato preguntándome —dijo una voz a sus espaldas, haciendo que Akari tirara su comida sobresaltada y se pusiera en posición defensiva.
—Mephisto… —gruñó Echo adelantándose para ponerse a la altura de Akari.
Bufó y erizó el pelo del lomo, como si fuera un gato callejero cualquiera. Sin embargo, Akari pudo percibir como la silueta del animal parpadeaba, dándole a entender que el djinn estaba alterado y preparado para usar sus poderes a la mínima señal de peligro.
La chica también lo había reconocido, era uno de los hijos de Satán. Tenía entendido que había abandonado Gehenna muchos años atrás y que se negaba a regresar. Quizás tendría que haber supuesto que Mephisto se acercaría a observar si un demonio como ella se colaba en su escuela, pero estaba tan obcecada y feliz con la idea de ver a Rin que no lo había valorado fríamente.
Ahora se arrepentía mucho de no haber sido más previsora.
—He estado observándote y parece que solo has venido a pasear y a comer dulces, hasta el momento no has causado problemas. Pero no creo que hayas venido sólo a hacer turismo, así que dime joven demonio, ¿qué quieres en mi academia? —preguntó Mephisto con una enorme sonrisa de oreja a oreja.
Akari era mejor que eso, por supuesto. Ni por un instante dejó de sentir que estaba en peligro, por mucho que el demonio frente a ella tratara de mostrarse amigable. A pesar de su apariencia estrafalaria –como una mezcla de payaso y lunático– no podía olvidar que Mephisto era uno de los reyes de Gehenna, controlando el tiempo y el espacio. Una humilde demonio como ella tenía que andar con pies de plomo para no tropezar con él.
Por el rabillo del ojo observó a Echo. Generalmente era una buena estratega y cuando estaba centrada en lo que debía se le daba bastante bien calcular las probabilidades. Sabía que el djinn era poderoso, podía sentir su poder emanando del minúsculo cuerpo del felino y el hecho de que no hubiera saltado ya sobre el demonio demostraba también que era bastante inteligente en batalla. Confiaba en su propio poder, claro, y tal vez combinándose ambos pudieran ser lo suficientemente buenos como para crear una abertura en Mephisto y escapar de él.
Pero claro, estaban en una academia de exorcistas. Seguro que un estallido de energía demoníaca traía un ejército tras ellos.
—Yo… —procesó a toda velocidad todas las posibilidades. Incluso meditó más de lo necesario un enfrentamiento a pesar de que era consciente de que era un suicidio. Mephisto se estaba impacientando y casi podía escuchar el "tic-tac" de un reloj invisible marcando los minutos de vida que le quedaban. Y entonces llegó la epifanía. Era una locura, absurdo y si alguien le hubiera dicho que acabaría así seguramente se hubiera reído en su cara. Pero realmente no quedaban más opciones, el reloj seguía moviendo sus manecillas—. Quiero ser una exorcista.
Todo se quedó en silencio unos instantes que a Akari le parecieron eternos hasta que el demonio estalló en carcajadas. Incluso Echo se olvidó de la inminente amenaza para girarse y mirarla con las cejas alzadas.
¿Exorcista? Incluso Akari tenía que hacer esfuerzos por no reírse a carcajadas.
—¿Un demonio que quiere matar demonios? —Mephisto la miró con sospecha bajo la diversión de sus ojos—. Seguro que eres una persona muy divertida.
Akari le devolvió una sonrisa, lo suficientemente desafiante como para mantener el interés de Mephisto, pero sin resultar ofensiva. Su actitud en aquel momento resultaba crucial si quería que todo saliera incluso mejor de lo que había planeado.
—No seré la primera —claramente Rin era un demonio que mataba demonios. Y su hermano Yukio era igual, por supuesto. Ella servía tanto como cualquiera de ellos—. Tú eres un Rey demonio y eres quien dirige esta academia codo con codo con el Vaticano.
—No pareces el tipo de persona que querría sacrificar su integridad por el bien de otros —y no lo era. Akari había nacido para ser egoísta, pero eso no la hizo retroceder.
Seguía teniendo un as bajo la manga, si aquello no funcionaba podía darlo todo por perdido.
—Soy de Gehenna, pero una parte de mí también pertenece a Assiah, es lógico que quiera conocer y proteger el lugar de donde nacen parte de mis raíces.
Sabía que su padre era un humano, su madre se lo había contado en alguna que otra ocasión. A ella nunca le había interesado más que por enterarse del motivo por el cual era diferente al resto de sus hermanas o demonios del palacio de su madre. Pese a saber que su padre de Assiah, nunca le había interesado aquel mundo hasta que conoció a Rin. Podía haberse sumido en un mar de llamas que ella ni se hubiera estremecido.
Mephisto tampoco tenía por qué conocer todos los detalles, claro.
—Vaya, ahora sí que has logrado sorprenderme —Akari sonrió al comprobar que por primera vez desde que empezaron a hablar, Mephisto no estaba fingiendo. La sonrisa en los labios del demonio se ensanchó más todavía mientras la examinaba pensativo—, parecer un demonio completo, no solo una mestiza. Ciertamente eres hermosa, más que cualquier otra humana que haya conocido jamás, ¿eres la hija de un súcubo? No suelen ser excesivamente poderosos… pero seguro que sí sois divertidos —Mephisto se acercó a ella en un visto y no visto y le agarró las mejillas con una mano.
Akari se tensó y por el rabillo del ojo vio como Echo se preparaba para saltar, aunque ambos habían comprendido que, de alguna manera, habían convencido a Mephisto. La chica aguantó estoicamente el escrutinio de Mephisto, esforzándose por no retroceder.
—¿Y bien? —su voz sonó distorsionada al tener las mejillas apretadas y para vergüenza de Akari, Mephisto estalló en carcajadas nuevamente.
—Pues solo tengo que decir… ¡bienvenida a la Academia de la Vera Cruz! —anunció con los brazos extendidos y soltándola de su agarre. Lamentablemente, no por mucho tiempo. Antes de que Akari pudiera moverse, Mephisto la había agarrado nuevamente, esta vez por el brazo y tiró de ella con fuerza y poca delicadeza—. Lo mejor será que vayamos a mi despacho a terminar de concretar los detalles.
Algo turbada Akari solo pudo asentir.
¿En lío se había metido aquella vez?
