Capítulo 4 –Un esperado reencuentro.

Su mente se nubló unos instantes mientras trataba de asimilar lo que estaba pasando.

El chico frente a ella era Okumura Rin, el niño que marcó su infancia.

Era más alto que ella, con el pelo negro despeinado y una sonrisa fácil llena de colmillos bailando en la cara. Seguía teniendo la misma expresión pícara que tenía de niño a pesar de que su rostro empezaba a perder las formas redondeadas de la infancia para dejar paso a rasgos más adultos. Y sus ojos, aunque algo más afilados, seguían siendo de ese azul penetrante que la encandiló años atrás. Seguían diciendo más que cualquier palabra en cualquier idioma y seguían teniendo ese efecto hipnótico en ella.

—Sí…es un buen cocinero —se apresuró a contestar sabiendo que se había quedado en silencio durante demasiado rato. Notar la mirada curiosa de Echo en la nuca tampoco estaba ayudando a no quedar como una auténtica imbécil delante de él—.Esto estaba riquísimo, sí.

Y entonces la realidad de la situación cayó como un balde de agua helada sobre ella.

Había planeado como quería que fuera su reencuentro con Rin, hasta el mínimo detalle. Al salir de la ducha, lejos de los ojos indiscretos de Echo, había ensayado frente al espejo como iniciaría una conversación con él. Se había probado el uniforme que Mephisto había dejado para ella en su cuarto para asegurarse de que todo se quedaba en su sitio e incluso había probado como le quedaría el pelo con distintos recogidos para darle a su rostro un aire más maduro. Todo estaba calculado para hacer que, si Rin no la reconocía, al menos que no pudiera sacársela de la cabeza.

Y allí estaba, plantada como un pasmarote en medio de la cocina, vistiendo una vieja camiseta que podría cubrir a dos chicas como ella y completamente despeinada por haber estado saltando en la cama como una niña. Por si fuera poco, toda su labia se había esfumado por completo.

Tenía la imperiosa urgencia de hundirse bajo tierra y no volver a salir jamás.

—Sí —Rin rio divertido, haciendo que Akari se pusiera más nerviosa todavía—. Es excelente. Soy Okumura Rin, por cierto. ¿Tú eres la nueva alumna de la que me ha hablado mi hermano?

Pensar en Yukio, de alguna forma, hizo que se tranquilizar y enfriara sus pensamientos. Con él había conseguido mantenerse segura de sí misma y encantadora a pesar del aspecto que tenía: podía hacer lo mismo con Rin. Tenía que poder hacerlo.

—Sí, también estoy becada por Mephisto. Me llamo Akari —el nerviosismo seguía estando allí, pero al menos había conseguido formular una oración completa sin quedar demasiado en evidencia—. ¿Qué haces despierto tan tarde?

—Solo venía a beber un poco de agua, no esperaba encontrarte aquí —si su encuentro había sido obra de algún dios de pacotilla para castigarla por sus pecados pensaba hacerle trizas.

—Oh, de todas formas yo ya me iba —quiso golpearse la cara contra la mesa por la torpeza con la que estaba llevando aquella conversación, pero igualmente intentó mantener la compostura. Al menos Rin le había dado la espalda para coger una botella de agua del frigorífico y no había visto sus muecas.

Recogió sus platos y los dejó en fregador, dudando qué hacer a continuación. Realmente no se atrevió a tocar nada por no despertar la ira de Ukobach ni hacer el ridículo delante de Rin al demostrar que ni siquiera sabía fregar un par de cuencos. Finalmente decidió que era hora de seguir enfrentando su reencuentro con Rin, por lo que tomó una profunda bocanada de aire y se giró.

El hijo de Satán estaba mirándola con fijeza e intensidad, haciendo que se sintiera repentinamente expuesta. Notó los ojos del chico recorriéndola de arriba a abajo y quiso temblar al notar como se iba invadiendo de pánico escénico: aquella mirada se la estaba dirigiendo el chico que llevaba idealizando desde hacía diez años, no era un cualquiera. Sin embargo no tardó en reconocer el brillo hambriento en sus ojos, ese destello de deseo con el que la habían mirado tantas veces a lo largo de su vida.

Rin la deseaba y eso era suficiente.

—Eh…yo… —hasta que por fin Rin se había dado cuenta de que era consciente del minucioso estudio. Akari le dedicó una sonrisa juguetona: su mejor escudo y su mejor arma siempre había sido el deseo, de alguna forma, parte de su seguridad en sí misma había regresado. Además, ver como el rojo carmín teñía las mejillas de Rin le daba un aire encantador—. Lo siento… eh… me preguntaba si no tenías frío, ha nevado hace poco y… eso… eh…

Akari miró sus piernas desnudas un segundo antes de dedicarle una sonrisa conciliadora.

—Cuando duermo no me molesta mucho el frío —improvisó. No podía decirle que le había entusiasmado la sensación del fresco en su piel porque el lugar de Gehenna en el que se había criado era una zona más bien calurosa—. Además, siempre me puedo tapar con el edredón.

—Claro… —Rin seguía estando avergonzado y ni siquiera se atrevía a mirarle a la cara, por lo que decidió darle un respiro—. No lo había pensado.

—Bueno, es tarde y mañana tenemos clase, creo que deberíamos acostarnos.

—¿Cómo? —el chico casi se atragantó con su propia saliva y Akari contuvo una risa. En el tono adecuado cualquier frase podía tener doble sentido, especialmente en un escenario como en el que se encontraban.

—Que deberíamos dormir —puso tanta inocencia como pudo en sus palabras—. Mañana hay que madrugar y no sé tú, pero yo he tenido un día larguísimo —Akari se desperezó y dio un bostezo completamente calculado—. Vamos Echo. Nos vemos mañana, Okumura Rin —le guiñó un ojo coqueta al pelinegro y salió de la cocina sin saber si Rin la estaba observando alejarse o si estaba demasiado avergonzado para ello. Después de haber salido más o menos con dignidad tampoco pensaba girarse para comprobarlo.

Caminó en silencio por los pasillos, algo turbada por el reencuentro, sin terminar de asimilar todo lo sucedido. Realmente el día estaba siendo demasiado largo: Assiah y Rin eran cosas demasiado grandes como para afrontarlo todo a la vez en menos de veinticuatro horas. Todo seguía dando vueltas y no sabía donde enfocar su mente.

Y entonces se detuvo en seco y una oleada de náuseas le inundó.

Rin no la recordaba.

No lo había pensado con seriedad hasta el momento, pero mientras ella llevaba años sin poder sacarse de la cabeza al niño que le tendió una mano cuando estaba sola y perdida, él no la había reconocido. Su respiración se hizo pesada y su cuerpo comenzó a temblar, ¿por qué? ¿Por qué no era capaz de recordar quién era ella? Sí, no se había presentado cuando era niña, estaba demasiado nerviosa como para dar su nombre, pero él le había dicho cosas preciosas. Ella era más hermosa que la luna, ¿eso no había significado nada para él? Fueron sus palabras.

¿Había sido mentira?

Quizás su madre tenía razón y no estaba preparada para el mundo real, solo era una pequeña flor que se marchitaba en el invierno. Estaba tan acostumbrada a que las cosas a su alrededor funcionaran como un reloj que en ningún momento había llegado a imaginar que en su día le importara tan poco a Rin ni cómo aquello le afectaría.

—¿Akari-hime? —la voz de Echo la sacó de sus pensamientos y se dio cuenta de que se había detenido en medio del pasillo. El djinn estaba unos metros por delante de ella, observándola con una expresión indescifrable en sus rasgos felinos—. ¿Vamos?

Sacudió la cabeza y siguió a Echo en silencio, solo quería llegar a su cama y hundirse entre sus sábanas para siempre.

Caminaron en completo silencio hasta que regresaron a su habitación, solo entonces, una vez que Akari se tiró sobre su cama y hundió el rostro en su almohada, Echo volvió a hablar.

—¿Okumura Rin? —inquirió. Por su voz Akari supo que se había vuelto a convertir en un niño.

—¿Qué pasa con él? —gruñó ella en respuesta, no le apetecía nada discutir el tema en aquel momento. Ni en ningún otro realmente.

Por suerte Echo guardó silencio.

Akari le dio la espalda y contempló la luna por la ventana: seguía estando llena como el día anterior, pero todo parecía mucho más lúgubre aquella noche. Se sentía vulnerable y débil, solo había sido un pequeño bache y nunca antes se había achantado por un reto, al contrario, le gustaban. Entonces, ¿por qué había flaqueado tanto al saber que no había calado tanto en Rin como él en ella? ¿Por qué dolía como nada había dolido antes? Solo quería romperse en mil pedazos y perderse para siempre, estaba claro que la flor estaba marchita, el invierno había sido demasiado para ella.

Sus ojos comenzaron a escocer y tuvo la peligrosa sensación de que lloraría, pero no se lo permitió. Llevaba años sin llorar y no pensaba cambiar aquello ahora. Frunció el ceño apartando la mirada de la ventana y clavándola en sus manos, ¿qué más daba que no la hubiera reconocido? Sentía el deseo por ella, ¿se necesitaba algo más? Y no necesitaba que le dijeran que era más hermosa que la luna, sabía que no había ni una mujer en toda Assiah que pudiera compararse con ella.

No necesitaba nada más porque ella no era humana, era un maldito súcubo.

En cierta ocasión, una de sus hermanas mayores, le había dicho que no existía tal cosa como el amor en el corazón de un súcubo. No lo necesitaban porque solo vivían para y por el deseo, ya fuera carnal, espiritual, material… no importaba cual fuera. Akari siempre se había aferrado a un clavo ardiendo pensando que ella podía cambiar aquello, que había algo especial entre Rin y ella. Siempre había creído que tenía algún tipo de fuerza que le permitiría luchar contra la condición con la que había nacido, pero al final parecía que los demás siempre tenían razón y su madre no fallaba cuando decía que era débil y frágil.

Akari no había nacido para el amor.

Rin sí.

Eran dos entes completamente incompatibles entre sí. Dos ramas opuestas del mismo árbol: muy similares, con un mismo origen –Gehenna y Assiah–, pero creciendo en direcciones tan separadas que no estaban destinadas a tocarse jamás.

Y así terminaba todo para ella, estaba condenada al deseo y no al amor.


Y aquí está el siguiente capítulo, el esperado reencuentro de Akari y Rin. También espero haber sabido manejar bien a Akari, porque tengo planeado hacerla un personaje complejo y hay que plantar bien las bases.

Por otra parte, estoy abierta a sugerencias y escuchar vuestra opinión sobre lo que queréis que pase a continuación. Me siento en deuda con vosotros, queridos lectores, por lo que intentaré complaceros tanto como esté en mi mano sin que me cambie demasiado el rumbo de la historia y lo que tengo en mente.

Y sin más, me despido por el momento.