Capítulo 5 –Primer día.

Se despertó tarde y de mal humor.

Había tenido un sueño denso y salpicado de pesadillas que por suerte no recordaba. Apenas había descansado y eso se notaba en sus ojos cansados y en la mueca de rostro. Que Echo hubiera tenido que zarandearla con poca delicadeza para despertarla tampoco había ayudado en absoluto a mejorar su estado de ánimo.

—Buenos días, Akari-hime. Diría que se te va a hacer tarde, pero a estas alturas creo que eso es algo inevitable —una vez que había conseguido despertarla, Echo se había sentado en los pies de su cama con las piernas cruzadas como los indios y la observaba con aire indolente.

—Cállate o te juro que te convierto en comida para gatos —replicó Akari a modo de buenos días mientras se levantaba trastabillando en busca de su uniforme.

Por suerte solo tuvo que tolerar un par de bromas pesadas acerca de lo tarde que se le había hecho por parte del djinn y no comentó nada de la noche anterior. Quizás había sido lo suficiente perspicaz como para darse cuenta que su encuentro con Rin tenía un trasfondo del que ella no le había hablado o quizás no, pero al menos había tenido la consideración de no abrir la boca.

Cuando entró en la cocina Ukobach ya le había preparado el desayuno y le había dejado una bolsa con el almuerzo de aquel día. Comió casi atragantándose y salió corriendo de allí dando gracias al demonio y tratando de ignorar las risas de Echo, que se había escondido en el cuello de su camiseta con la forma de un diminuto ratón.

El día era un desastre: no había tenido tiempo de arreglarse el pelo como le hubiera gustado, había estado a punto de olvidar la mochila que Mephisto le había preparado y no tenía ni idea de donde encontrar su aula.

Llegó dos horas tarde y descubrió bastante decepcionada que no compartía clase con ninguno de los hermanos Okumura, por lo que su interés cayó en picado. Además de que las lecciones de Assiah eran bastante más aburridas que las de Gehenna y si era casi incapaz de aguantar despierta con sus antiguos profesores, con los actuales era todo un reto.

Lo único bueno que encontró en aquel tedioso día fue la compañía. Siempre había tenido una educación muy rigurosa y generalmente sus lecciones las sufría o bien sola, o bien en compañía de alguna de sus hermanas cuando se presentaban por Gehenna, así que verse rodeada de gente con la que ocupar su atención era toda una novedad. Ninguno tenía la entereza de Yukio al hablar con ella, ni eran capaces de mantener su interés como Rin, pero podía divertirse con ellos. Tanto chicos como chicas se arremolinaban a su alrededor en los descansos, algunos coqueteando, algunos simplemente buscando llamar su atención.

Ya fuera en Gehenna o en Assiah, Akari seguía siendo la abeja reina y eso, en cierta forma, la mantenía segura.

De todas formas y aunque había sido realmente divertido evaluar a los seres humanos desde una perspectiva diferente –concretamente la estudiantil–, se deshizo de todos sus compañeros a la hora del almuerzo y escabulló hasta la terraza de su edificio para comer en soledad. Aquella tarde iba a tener su primera clase como exorcista e, indudablemente, sí compartiría clase con Rin.

Necesitaba mentalizarse.

—Eres muy popular —comentó Echo sentándose en la barandilla y mordisqueando una bola de arroz.

En cuanto se quedaron solos, Echo había vuelto a su forma humana. Akari encontraba estresante que estuviera todo el día encima de ella –literalmente, viajaba en su hombro–, pero tenía que reconocer que si Echo quería hacer su trabajo tenía que conocer qué lugares frecuentaría cuando estuvieran separados. Era solo una medida temporal.

—¿Es algo que te sorprende? Mi madre me dijo que los humanos adoran la belleza y yo soy hermosa —no por nada era un súcubo, después de las reflexiones de la noche anterior la belleza era lo único a lo que podía aferrarse en aquel momento—. Era evidente que todos querrían estar cerca de mí.

—Supongo que sí —Echo miró hacia el vacío, parecía aburrido—, los humanos son bastante simplones.

—Bueno, tú eres un djinn —Akari se encogió de hombros—, sois demonios que también jugáis con los deseos de los hombres. Ya deberías saber que todos son iguales.

Echo no contestó inmediatamente, se limitó a clavar en ella su mirada unos instantes antes de bajarse de la barandilla de un salto y dar un largo bostezo.

—Como sea, es hora de ir a tu primera clase de exorcista. Mephisto te ha dado un voto de confianza, así que no lo eches a perder tan pronto llegando tarde.

Akari asintió entusiasmada, a pesar de lo negativa que había estado la noche anterior no podía evitar que su corazón se disparara al pensar en Rin. Quizás, muy en el fondo, la esperanza de que él pudiera amarla no había muerto del todo.

Junto al uniforme, Mephisto había colocado una llave y una nota sobre su uso, por lo que llegar a las instalaciones de su nueva clase no fue un problema. Encontrar el aula tampoco: en general, el edificio parecía más bien vacío y solo tuvieron que guiarse por su oído y su olfato para llegar donde estarían sus futuros compañeros.

Su primera clase, por suerte, la impartía Yukio. Había algo tranquilizador en que fuera una persona conocida la que estuviera al mando cuando viera de nuevo a Rin, como si fuera un contrapunto para mantenerse firme y no parecer tan estúpida como la noche anterior.

—Bien chicos, esta es Hoshikuro Akari, desde hoy una nueva incorporación a estas clases especiales —Yukio había apalabrado aquella presentación con ella cinco minutos antes de entrar en clase, claro. El tiempo que estaba de pie a su lado sin decir nada le servía para ver y evaluar a sus futuros compañeros—. Sed amables.

—Recuerda lo que ensayamos, Akari-hime —susurró Echo en su oído, de nuevo bajo su forma de ratón de campo.

—Es un placer conoceros —se inclinó levemente a modo de saludo—, llamadme solo Akari —estaba tan poco acostumbrada a su nuevo apellido que estaba segura de que no respondería si la llamaban así—. Cuidad de mí, por favor.

—Creo que me he enamorado —Akari escuchó el suspiro soñador de un chico de pelo rosa que la miraba con una sonrisa bobalicona y ojos brillantes. Antes de que el chico que estaba sentado a su lado le diera un capón, Akari le guiñó un ojo haciendo esfuerzos por no reírse.

—¡Akari-chan! —su corazón dio un vuelco al escuchar la voz de Rin llamarla tan familiarmente y le dedicó una de las mejores sonrisas de su repertorio que se torció un poco al darse cuenta de que estaba sentado al lado de una chica—. ¡Me alegro de verte!

—Yo también me alegro de verte, Rin —también le guiñó un ojo a él, aunque con mucho más encanto que al chico del pelo rosa. Siempre tendría un trato especial para Rin.

—Deja de molestar, Okumura —riñó Yukio como si no estuviera dirigiéndose a su hermano mayor—, por favor Akari, siéntate que podamos comenzar la clase.

Se sentó en el lugar que Yukio señalaba, junto a un chico muy bajito, con la cabeza rapada y unas gafas enormes. Se presentó como Konekomaru y se ofreció muy solícito a explicarle lo que no entendiera hasta que se habituara al ritmo de las clases. Aunque la clase estaba un poco exaltada por su incorporación, era evidente que Yukio era un profesor que sabía imponerse, porque logró que los chicos estuvieran en silencio y manteniendo la compostura. A Akari le vino bien aquella tranquilidad para evaluar a sus nuevos compañeros.

No eran muchos, apenas llegaban a la media docena y, quizás por el reducido número que eran, todos parecían llevarse más o menos bien. Rin estaba sentado en primera fila y parecía bastante cómodo rodeado de aquellos chicos, su cola se agitaba a la vista de todo el mundo con mayor o menor ímpetu dependiendo del interés que estuviera prestando. Resultaba evidente que todos sabían que era el hijo de Satán y estaban bien con aquella idea. Lo que llevó a Akari a pensar en su propia cola enroscada en su cintura y se preguntó cómo reaccionarían si de pronto la sacaba delante de todo el mundo.

—Sea lo que sea lo que estés pensando, no lo hagas —escuchó que le susurraba Echo en el oído.

—¿Y tú qué sabes lo que estoy pensando? —trató de no alzar la voz para no atraer la atención de su compañero de pupitre y en ningún momento desvió la mirada de Yukio, aparentando estar atenta de las distintas plantas medicinales que el chico iba citando.

—En dos días me ha dado tiempo a reconocer esa expresión tuya que grita problemas, eres demasiado impulsiva. Es tu primer día, así que deja que las cosas sigan su ritmo —a su pesar, Echo era la voz de la razón, así que dio un lánguido suspiro y centró su atención en la ventana.

Las cosas en Assiah eran muy diferentes a todo lo que había aprendido en Gehenna, cosa que también se aplicaba a la farmacología. Las plantas que curaban a los humanos no siempre reaccionaban igual en el cuerpo de un demonio y algunas de las que ella había aprendido a usar ni siquiera crecían en Assiah. Lo mismo se aplicaba a las que Yukio estaba nombrando: no había escuchado esos nombres en la vida. Era frustrante saber que estaba tan por debajo de sus compañeros, y eso que había encontrado tiempo para ojear los apuntes que le había dado Yukio.

La triste realidad era que no había entendido ni la mitad y se negaba a decirle al chico que necesitaba cosas todavía más básicas.

Assiah tendría cosas geniales como manzanas caramelizadas y niñas encantadoras, pero enfrentarse a los demonios como un humano era un asco.

Las clases siguieron avanzando con tedio para Akari, siendo cada vez más y más consciente de lo mucho que le costaría ocultar sus lagunas de conocimiento general a sus compañeros. En la única clase en la que no se sentía como un cervatillo acorralado era en demonología y sin embargo, a pesar de que sabía más sobre demonios que todos sus compañeros juntos, no podía hablar abiertamente del tema porque si no sería evidente que sabía cosas que ni tan siquiera aparecían en los libros de texto.

Todo era un desastre.

Al menos sus compañeros estaban tan concentrados en su persona que no prestaron atención a todos esos errores tan elementales que no dejaba de cometer. El truco no le duraría para siempre, pero esperaba haberse adaptado para cuando dejara de ser la novedad.

—¿Y de dónde vienes? —entre descanso y descanso había conseguido eludir las preguntas personales, pero las clases habían terminado y ya no le quedaba más remedio que enfrentarse a ellas. Le dedicó una sonrisa a Konekomaru mientras pensaba en la respuesta—. No pareces de por aquí.

—He estado viajando con mi madre —Echo le había ayudado a ensayar eso. Si no tenía una vida familiar estable, podría improvisar con más facilidad una historia. Por el rabillo del ojo vio como a excepción de las dos chicas de la clase, todos se acercaban para escucharla. Era gratificante ver que allí no todos acudían a ella como moscas a la miel, por primera vez en todo el día se sintió una más—. Se podría decir que no tengo un hogar fijo.

—Suena a una vida un poco solitaria —comentó Shima.

Akari guardó silencio. A pesar de que había pasado toda su vida en el palacio rodeada de gente, hasta aquel momento no se había dado cuenta de que realmente había crecido de una forma bastante solitaria. ¿Por qué nunca antes se había dado cuenta de eso?

—Bueno, eso no tiene importancia ahora —Rin le dedicó una de esas sonrisas de oreja a oreja que le hacían sonreír de vuelta—. La Academia de la Vera Cruz puede ser tu hogar ahora, ¿no?

El corazón de Akari volvió a brincar exaltado y la chica tuvo más claro que nunca que pensaba ganarse a Rin como fuera. No pensaba renunciar fácilmente a esa sonrisa ni a esa energía vibrante que desprendía.

—Claro —le dedicó un guiño coqueto a Rin que hizo que sus mejillas se tiñeran levemente con un rubor encantador—, me alegro de que nos llevemos tan bien.

Sin poder evitarlo, sus ojos se dirigieron a la puerta por donde la chica rubia y la del pelo morado habían salido nada más concluir las clases. Había visto que la primera, a pesar de su actitud tímida, parecía ser muy cercana a Rin y le irritaba no conocer exactamente cuál era la índole exacta de su relación.

—Ah, esas eran Izumo y Shiemi —dijo Shima al seguir la dirección de sus ojos—. Izumo casi ha secuestrado a Shiemi al terminar las clases, parecía de mal humor. Pero bueno, ella siempre está de mal humor, no te preocupes. Ya te irás acostumbrando —concluyó riéndose entre dientes.

A juzgar por lo que había visto, Izumo debía ser la chica del pelo morado y Shiemi la rubia. Ponerle un nombre era un pequeño avance al menos.

—Está claro que eres un desastre como exorcista —antes de que pudiera agradecer a Shima por la información, le interrumpió el que hasta el momento parecía el más silencioso y malhumorado de todos. Tenía el pelo oscuro con una llamativa cresta rubia en el centro y le dedicaba una mirada terriblemente hosca. Era el primer humano que tenía un comportamiento tan abiertamente hostil con ella, así que se acomodó en su sitio y se preparó para lo que estaba por venir—, ¿por qué quieres ser exorcista? Esto no es un juego.

En un gesto completamente calculado, Akari frunció el ceño, modulando sus rasgos para expresar la indignación en su justa medida.

—¡Ya sé que no es un juego! —a pesar de que se dijo que lo tenía todo bajo control, le había sido demasiado fácil hacer que su voz sonara enfadada. No toleraba que le hablara así cualquiera, no cuando ella había matado más demonios que él en toda su vida—. Quiero ser exorcista porque puedo verlos desde que era muy pequeña y sé las cosas tan horribles que hacen —eso último técnicamente era verdad—. Mi padre murió a manos de esos demonios y no pienso dejar que más gente sufra como lo he hecho, acabaré con los que seannecesarios para hacer que Assiah sea un lugar más seguro.

Apretó los puños y se forzó a que sus ojos parecieran estar conteniendo las lágrimas. Supuso que lo habitual en alguien que hacía una declaración así y hablaba de la muerte de su padre era emocionarseun poco. Al menos causó el efecto deseado, porque el chico de la cresta –Bon, si no le fallaba la memoria– asintió lentamente.

—No seas borde, Bon —exclamó Rin empujando al chico—, solo está empezando, seguro que puede ser incluso mejor que tú.

Akari sonrió mientras los veía discutir. Rin, consciente o inconscientemente, seguía protegiéndola como cuando era una niña.

—Está bien, Rin —le dedicó una sonrisa—, me gustan los retos. Demostraré que puedo conseguir lo que me proponga y conseguiré que él también me reconozca.

Porque ella siempre conseguía lo que quería.