Capítulo II: mote con huesillos
Habían quedado tan sedientos luego de esos pies de cueca que cuando esta terminó, se fueron derechito a las mesas llenas de vasos con líquido.
Cuando Viktor tuvo una de esas en sus manos se dio cuenta que no eran simples bebestibles, y miró con extrañeza en color y lo que parecía tener en su interior. Afortunadamente Yuuri lo notó y se apresuró a explicarle.
―Se llama mote con huesillos. El mote es esto blanco, que en realidad es trigo pelado y cocido, y los huesillos son duraznos deshidratados que luego son cocidos.
Viktor asintió, todavía viendo el brebaje con ojo crítico, pero tuvo más confianza cuando notó que Yuuri lo comía con naturalidad e incluso comentaba que le gustaría repetir, así que finalmente lo probó.
―Vkusno!
Yuuri rio ante aquel gesto tan característico de su pareja. Lo había extrañado demasiado.
―Ahora entiendo por qué te gusta tanto estar en este país, Yuuri.
No era un reclamo, aunque lo pareciera. Hace mucho que Viktor había entendido que parte de la vida de Yuuri estaba en ese país, donde había comenzado una carrera como entrenador y también estaba completando su magister, con miras a un futuro doctorado.
Sabía que aunque Yuuri accediera a irse con él a Rusia, tendría que dividir su tiempo homogéneamente entre ambos países. La vida de Yuuri ya estaba organizada en Chile, así como la de Viktor lo estaba en Rusia por el momento, y no había nada que pudiera hacer al respecto, al menos por ahora.
Yuuri se tomó con ligereza su comentario y solo agregó que a Viktor le faltaba probar el resto de los platos típicos.
―¿Y me los darás a probar, Yuuri?
Yuuri sonrió.
―Ya has probado algunos las otras veces que has venido ―le confió él―, pero feliz te enseño lo demás.
Viktor estrechó a Yuuri contra sí.
―¡Te extrañé tanto!
Yuuri rio, porque para él había sido igual, y las video llamadas no habían bastado, sin contar cierto accidente que había involucrado unas manillas pegoteadas tiempo atrás.
―Claro, coman enfrente de los pobres no más ―se quejó una chica de ojos dorados que estaba sentada con un vaso de mote con huesillos en la mano.
―¡Erika! ¿No bailaste cueca? ―cuestionó Yuuri sentándose junto a ella e invitando a Viktor a hacer lo mismo.
Viktor no le quiso comentar que había comenzado de manera inconsciente a hablar en español y que ahora no entendía un carajo de lo que hablaban.
―Nah, la cueca no se me da. Vine por el mote con huesillos. ―Se echó un poco a la boca antes de agregar―. Un manjarsh.
―Yo también vine por la comida, pero Sam me arrastró a bailar ―comentó Sarina.
―Como si te hubiera amenazado con una pistola…
―Por cierto ―intervino Erika nuevamente―, ¿dónde está el rucio que venía con el Vitoco?
―¿Yurio?
―Ese mismo.
―Se quedó en el departamento de Max. Dijo que prefería recorrer Santiago solo, y como Javier anda de vago en el departamento, se ofreció a hacerle un tour.
Seguramente Yuuri y las chicas tuvieron el mismo pensamiento, pues rezaron porque Javier hubiera llevado al pobre adolescente a lugares medianamente decentes.
Viktor, al verse completamente fuera de la conversación, solo infló los cachetes.
―Yuuri, no me ignores.
―¡Ah, lo siento, Viktor! Es que estábamos hablando de dónde podría andar Yurio ahora. ―Y si aún no está traumado, agregó en su mente
Viktor se encogió de hombros.
―Debe estar bien.
Kilómetros lejos de ahí, en pleno centro de Santiago, Yurio disfrutaba de un vaso gigante de mote con huesillos.
―¡Esta weá está demasiado rica! ―Y no había pasado ni un día entero con Javier y este ya le había comenzado a enseñar insultos chilenos, aunque sonaba raro si el "weá" era dicho junto a otras palabras en inglés.
―Bien hecho, joven Padawan ―le dijo un hombre de cabellos oscuros y ojos azules con aprobación―. Ahora vamos a comer una cazuela al mercado central.
Notas de autora:
¡Espero que les esté gustando!
