Porque me das serenidad en medio de la tormenta.
Y dice así:
Steve no recuerda muchas cosas de su madre. La recuerda perfecta y sonriente, con ojos inteligentes y astutos. La recuerda hermosa, parada en la puerta de la casa mientras Mary y él jugaban en el agua. La recuerda saludando a su padre con un beso fugaz cuando él llegaba de trabajar. La recuerda sencilla, un poco reservada, mientras iba a sus reuniones de maestros. A veces está contento que Mary haya sido más pequeña que él cuando ella falleció, porque las memorias se pueden volver añoranza y Steve añora el recuerdo de su madre tanto que le quema. Especialmente en esos instantes en que se permite rememorar.
A veces tiene miedo que la mitad de esos recuerdos se los haya inventado.
Es peor con su padre. Y la verdad es que no tiene lógica ni sentido. No hay razón alguna, para la diferencia. Tal vez el tiempo. Su padre había muerto el septiembre pasado pero, la realidad angustiosa e inquietante, es que lo había perdido muchísimo tiempo antes. Y si bien fue John quien lo empujó de su vida y Steve resintió durante años esa distancia que les impuso, jamás encontró la fuerza para terminarla. Creyó que siempre podría volver a casa y mostrarle a su papá quién era, que lo escucharía decirle que lo amaba y que estaba orgulloso algún día.
Pero el tiempo pasó y las oportunidades, también.
Se pregunta si eso es lo que lo empujó a aferrarse a Danny con los dos brazos cuando estuvo seguro que allí, entre ellos, había algo más que amistad. No es una cuestión que lo mantenga despierto en las noches, excepto que esa noche se le aparece como algo que sí. Pero esa noche Steve se permite ser un poco indulgente mientras saborea el aire fresco de la madrugada en su playa privada, preso del sonido de las olas y perdido entre los recuerdos de lo que una vez había sido.
Es desconcertante cuando los brazos de Danny atrapan su cintura y su cuerpo se apoya sólidamente en su espalda, cálido. Las pisadas contra la arena se habían perdido en algún lugar entre la conciencia y la memoria, y pese a que no habría dejado ese momento de debilidad ante cualquier otra persona, Steve sabe que es difícil ocultarse de Danny.
—Son las dos de la madrugada, Danno. Deberías estar durmiendo.
—La cama estaba vacía —murmura Danny contra su espalda. Tiene ese tono somnoliento que hace que quiera arrastrarlo hacia la cama otra vez, por razones completamente distintas a encontrar el descanso—. Hace frío.
—No sé cómo puedes tener frío en Hawai'i. Estamos en un ambiente tropical.
Danny no le responde de inmediato.
—¿Por qué estás aquí?
—No podía dormir.
—Ya sé eso, Capitán Obvio. —No necesita mirarlo a la cara para saber que está rodando los ojos, su voz lo dice todo—. Quiero decir, aquí. Siempre te metes a nadar cuando algo te molesta, no te quedas en la orilla con la mirada perdida.
Steve suspira.
—Es el aniversario de la muerte de mamá mañana. Hace años que no estaba en la isla para esta fecha.
Algo parecido le había sacudido durante el cumpleaños de su padre. Había sido fácil hacerlo pasar desapercibido entonces porque habían estado inmersos en las complicaciones diarias, Steve se había roto el brazo y Danny no había hecho mención al tema pero… Abril llega como una nueva ola de memorias y lo arrastra todo a la orilla, tan cerca que Steve no puede hacer más que quedarse allí y mirar los restos abandonados por la marea.
Se quedan en silencio, los dos. Steve percibe movimiento a sus espaldas, pisadas débiles alejándose de él, pero se relaja cuando Danny lo enfrenta. Sus manos se sienten cálidas contra su rostro y Steve cierra los ojos mientras se apoya un poco en el contacto. Quisiera no mostrarse tan codicioso con la cercanía, la proximidad, pero desde que Danny pasa casi todas las noches en su cama y está más consciente de Steve de lo que muchas personas han estado, es un poco absurdo negarse a sí mismo cuánto lo necesita en ese momento.
—Está bien que te sientas un poco perdido —le dice Danny, en ese tono que a veces usa con Grace. Cariñoso y suave, tan diferente del que tiene para el resto de los mortales. Suena aún más sosegado en la noche, un suave suspiro por encima del sonido del océano—. Pero sabes que no estás solo, ¿verdad? Ni siquiera tienes que hablar conmigo… Puedo acompañarte.
Duda de eso, sinceramente.
—No sé si puedes quedarte callado tanto tiempo.
—¿Estás diciendo que hablo mucho?
Steve se ríe. La sonrisa efímera que relampaguea la cara de Danny le habla de que eso era justamente lo que esperaba.
—Solamente cuando estás despierto.
Steve lo arrastra más cerca, envolviendo sus brazos alrededor de él, y acaricia los dedos suavemente sobre la piel que se asoma debajo de su ropa.
A veces Steve tiene la tentación de decirle que, cuando están ellos dos solos, deberían estar desnudos. Todo el tiempo que estén ellos solos, la verdad. Hay muchas buenas sugerencias en su cabeza, titilando. Para empezar, está el clima tropical de las islas, la obviedad que durmiendo juntos podrían mantener el calor en las noches, el hecho que Danny tiene un cuerpo admirable, músculos bien formados, tonificados y un bronceado dorado que Steve no puede apreciar lo suficiente con toda la ropa que usa... y que la ropa está sobrevalorada.
Pero Danny insiste en vestir pijama porque es Danny y por supuesto que insiste.
—No creo que quieras acompañarme a nadar, ¿verdad?
Las cejas de Danny se levantan.
—Primero te dedicas a esparcir el rumor que no sé nadar, cosa que sí sé hacer, porque no puedes tolerar el hecho que no lo disfrute como tú, Aquaman… Y acabas de preguntarme si te acompañaría a nadar. ¿Es algún tipo de mensaje?
Hay un tono indescifrable en la voz de Danny.
—Nunca dejaría que te pasara algo en el agua. Igual que nunca dejaría que algo te pasara en tierra —le dice Steve, sin vacilar ni un segundo. Se sonríe al ver la expresión aturdida y adorable en el rostro de su acompañante—. Sobre si sabes o no… Es ver para creer, Danno.
Danny lo mira por un largo minuto. Se muerde el labio, como debatiéndose sobre algo y al final, da un paso hacia atrás, liberándose rápidamente de su abrazo.
—Vamos, entonces.
—¿A dónde vamos?
Danny pone los ojos en blanco y tira de su brazo hacia adelante, rumbo al océano. Steve parpadea, sintiendo una ráfaga de curiosidad ansiosa mezclada con algo muy parecido a la culpa. No puede negar que siempre ha tenido curiosidad por ver a su pareja en el océano, el roce del agua contra su piel dorada y…
Pero-
—No tienes que…
Danny lo fulmina con la mirada, jalando más fuerte de su brazo.
—Por favor. Cállate.
Solo cuando se balancean entre las olas, lejos de la orilla y los contrariedades aparentes, lejos de las memorias y perdidos entre horas y oscuridades, es que Steve vuelve a atraparlo entre sus brazos. Danny no se resiste y va con él, moviéndose sin esfuerzo por el agua. Imagina que podrían quedarse allí por una eternidad pero no quiere obligar a Danny a quedarse allí mucho más de lo… bueno, de lo necesario.
—Oye. ¿Me dirás algún día por qué no te gusta el océano?
Danny gira el rostro para mirarlo y su expresión es una amalgama de emociones que no alcanza a descifrar.
—Tal vez.
Es una respuesta suficientemente buena para Steve. Por el momento. Aprieta sus brazos alrededor de él y presiona los labios contra su sien.
—Gracias, Danno.
