¡Hola! ¿Cómo estáis? Ha pasado un buen tiempo desde la última vez que me pasé por aquí. La verdad es que no tengo excusas, más que el hecho de que entre trabajo, estudios y todo, no he encontrado el hueco ni las ganas para ponerme a escribir. O sea que sí, llevo un tiempo sin escribir como tal, pero espero que eso no influya demasiado en este capítulo. Os dije cuando publique el primer capítulo de esta historia, que no tenía los esquemas ni las ideas muy claras. Bien, esto ya no es más así. Tengo todo el cuerpo de la historia montado y espero poder ir escribiéndola. Con suerte el próximo capítulo no tardará demasiado.
Para mis lectores de DEATH CHESS. SÍ, estoy trabajando en ella. Me estoy releyendo los últimos capítulos porque sinceramente no me acuerdo bien de todo, así que espero poder acabarla antes de que acabe el verano. Faltan 3 capítulos + epílogo + Extras que tengo planeados. Así que vamos allá. Realmente siento mucho la espera por todo :'(
Dicho esto, ¡espero que disfrutéis el capítulo!
Capítulo 2
Octubre de 1976
Ciel enredó la lengua con la suya mientras metía una mano helada bajo su uniforme de Hogwarts, a Remus se le erizó la piel del estómago. Se estremeció cuando el otro chico le dio un leve mordisco en el cuello, justo bajo la oreja. Remus le apretó las nalgas por encima del pantalón, las masajeó y dejó escapar un profundo gemido al notar el miembro de Ciel abombando la tela del pantalón, restregándose contra su propia dureza.
—Ah… Remus, Merlín, eres tan increíble —jadeó con voz ronca junto a su oído a la vez que iniciaba un desesperado vaivén con las caderas.
Remus cerró los ojos al sentir aquella placentera fricción. La imagen que le acechó tras los párpados, de pelo negro, ojos grises y sonrisa perruna, no le tomó por sorpresa. Estaba demasiado acostumbrado, pero no por eso lo volvía más fácil, no por ello dejaba de sentir como la culpa le devoraba cada vez que los ojos marrones de Ciel lo observaban cándidos después de cada revolcón, ajenos a tamaña traición. Sus penes se frotaron frenéticamente durante los consiguientes minutos, minutos en los que jadearon como bestias en aquel rincón de la torre de astronomía. Aquel rincón que olía a sexo y perdición.
—¡Ohh…!
Se mordió el labio cuando una fricción especialmente placentera le presionó los testículos. Sirius. La sangre le ardía. Sirius sin camiseta, Sirius desnudo. Las piernas abiertas le temblaron. Sirius sobre él, Sirius tocándole, follándole como si no hubiera mañana. El corazón pareció írsele a salir del pecho cuando el clímax le alcanzó con dureza, derramando una marea candente por su vientre al mismo tiempo que se corría con un rugido dentro de los pantalones. Los cabellos rubios de Ciel le hicieron cosquillas en la cara cuando este se vino también después de un par de embestidas más contra su cuerpo. «Como perros» diría Sirius si lo supiera, y Remus no le habría quitado la razón en eso.
—¡Vaya! Eso ha sido increíble.
Remus solo le dedicó una tímida sonrisa antes de echar un par de hechizos de limpieza sobre ambos, tras hacerlo se sintió mucho mejor. Por muy bueno que fuera el sexo, odiaba la sensación pegajosa que le acompañaba una vez terminado el acto, de suciedad. A veces pensaba que esta resultaría menos pesada, metafóricamente hablando, si pudiera contar con el apoyo de sus amigos también para esa parte de él. O si fuera con Sirius y no con nadie más.
Un movimiento a su lado captó su atención y se giró para ver a Ciel ladeado en el suelo, con la cabeza apoyada en la mano mientras le miraba con sus grandes y vivarachos ojos. Tenía una sonrisa amigable y dulce, la barbilla un poco ovalada y la cara repleta de pecas, sobre todo por la nariz. Remus podía decir que era adorable y estaba seguro de que muchos compondrían poemas que hablaran de él. Los suyos, simplemente, tenía ya una musa a la que deberse.
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Caminó por los pasillos cargando con los libros de Runas Antiguas, Pociones y Transformaciones. Vio al Barón Sanguinario hablando con unos alumnos de Slytherin de los primeros cursos cerca de las escaleras del tercer piso. Remus bostezó y bizqueó un poco cuando la luz de una de las antorchas le cegó por un instante, luego, cuando las escaleras por fin se detuvieron frente a él, ascendió por ellas rogando porque no estuvieran juguetonas y cambiaran demasiado de ubicación. No quería dar mil vueltas para llegar al séptimo piso.
Aquel había sido un día cansado. Aprovechando que los viernes tenía las tardes libres —y gran parte de la mañana también—, Remus había estado adelantando deberes con Lily antes de comer y pasado un rato con los chicos luego en los terrenos de Hogwarts. Se habían acercado al lago, a sentarse bajo aquel árbol de hojas coloridas que ya caían secas por el otoño y, aunque él había estado leyendo un libro de poesía, no había dejado de prestar atención a cómo Sirius y James, bajo la divertida mirada de Peter, trataban de recrear un número musical de un grupo de rock mágico cuya popularidad estaba incrementando en los últimos tiempos. Sobraba decir lo estúpidos que se habían visto, por supuesto, aunque si hubo algo que sobró aún más, fue el modo en el que el corazón de Remus se había agitado cuando Sirius se lanzó sobre él tirándole el libro de las manos.
—Lunático, deberías prestar atención. Esto es serio.
Porque evidentemente Sirius consideraba que decir quién era el líder de los Merodeadores era un asunto serio.
—En realidad, las palabras de Oscar Wilde son mucho más interesantes, de hecho, tratan asuntos mucho más serios —había dicho mientras obligaba al chico a levantar la cabeza de su regazo y las hebras de pelo moreno le hacían cosquillas entre los dedos—. Además, ¿por qué tenéis que ser James o tú los líderes?
Las protestas de Sirius por haber sido intercambiado por un libro frenaron en seco y su mirada, perpleja, se enlazó por un momento con la de James, que puso su sonrisa más encantadora tras sus gafas redondas. Lucía despeinado y alborotado.
—Vamos, Remus, no seas así, todos sabemos que yo soy el corazón de las bromas. Y —remarcó acallando las quejas de Sirius—, a diferencia de cierta persona, tengo la cabeza suficiente como para saber poner un límite cuando hace falta.
Remus enarcó una ceja, escéptico, mientras Peter apoyaba las palabras de James y Sirius alzaba los brazos al aire en un ademán disconforme.
—¡Eso no es Merodeador! ¡Espíritu Merodeador es todo lo contrario, no tener límites! Por ejemplo, si digo: cinco knuts a qué no le levantas las faldas a aquel grupo de Hufflepuff del banco de allí. A un buen líder Merodeador no solo se le ocurre, sino que lo hace.
Y en ese momento Remus había sabido, por la mirada retadora que intercambiaron sus dos amigos, que había iniciado una carrera. En efecto, ambos se lanzaron a correr entre empujones hacia aquel lugar y Remus tuvo la necesidad de taparse la cara con el libro. Unos segundos después los gritos de las chicas habían matado el reposo otoñal y un suspiro paciente había golpeado contra las palabras de Oscar Wilde.
Remus sonrió internamente al recordar la escena y con unos pasos más se plantó frente al cuadro de la Dama Gorda, que le dejó entrar tras decirle la contraseña. Después, por la tarde, había recibido una nota encantada de Ciel citándole en la torre de astronomía, donde nada más llegar el otro chico se le había lanzado a los labios con gran ímpetu. Aunque quedaban a menudo —y Remus siempre trataba de encontrar el momento de escabullirse de sus amigos de una forma u otra—, era cierto que entre deberes, la preparación de los ÉXTASIS de Ciel, clases y sus respectivos círculos sociales, llevaban unos días que no habían podido verse a solas para otra cosa que no fuese estudiar. Cuando eso pasaba, Ciel, con quién llevaba viéndose desde mediados del año pasado al descubrir que también era gay, demudaba de una persona tranquila a otra por demás impaciente. No eran novios en el sentido estricto de la palabra, pero se llevaban bien, se gustaban y podían pasar buenos ratos estudiando —no por nada el otro chico era todo un Ravenclaw de séptimo—. Aquella tarde habían charlado un poco, entre otras cosas, de la carrera de Relaciones Interculturales de Criaturas Mágicas que quería cursar el rubio. A Remus le había parecido notar que el chico cojeaba un poco, se lo había notado desde el inicio de ese curso, pero como el otro no lo había mencionado prefirió no preguntar. Se habían despedido poco después y Remus se había perdido de nuevo entre las estanterías de la polvorienta Biblioteca, donde, una vez más, había reparado en el extraño chiquillo de intercambio de tercero sentado con las piernas recogidas en un rincón del quinto pasillo, la zona de Aritmancia y asociaciones matemáticas poderosas; aunque se había sentido tentado a acercársele y comprobar por sí mismo si era tan inteligente, y tan estrafalario, como decían los rumores, finalmente decidió no molestarlo. Lucía muy concentrado en sus lecturas.
«Pero dicen que es un genio incluso entre los alumnos de Ravenclaw. Sería interesante hablar con él algún día, sobretodo para preguntarle acerca de su antiguo colegio en Italia, Lunacalante» pensó luego, mientras saludaba a algunos de sus compañeros de Gryffindor en la Sala Común y se dirigía directamente a las habitaciones de los chicos.
Como los viernes por la tarde había entrenamiento de Quidditch hasta la hora de la cena, Remus no se preocupó porque pudieran llegar sus compañeros —ni siquiera Peter, que probablemente estaría tratando de conseguir comida antes de hora o viendo el entreno de James y Sirius—. Depositó sus enseres dentro de su baúl, se descalzó, cogió pluma y pergamino y se sentó en la cama con la espalda recostada contra el cabezal, con un libro como superficie dura para poder escribir. No era la primera vez.
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Sirius entró como una exhalación en la Sala Común de Gryffindor, seguido de James.
—Lluvia. Puta lluvia —maldijo, al tiempo que guiñaba un ojo a un par de chicas de quinto, que rompieron en risas coquetas—. O bendita lluvia. Uno nunca sabe…
—Anda, tira. —Le empujó James—. Seguro que Lunático está arriba.
—Sí, con su novia: la lectura.
Subieron las escaleras de dos en dos. El entrenamiento de Quidditch se había cancelado por el temporal —un jodido diluvio universal de lo más inoportuno en opinión de Sirius— y la adrenalina se le derramaba por los poros a surtidores.
—¡LUNÁTICO! —bramó nada más pasar el arco que daba a las habitaciones de los chicos. Entonces paró en seco con la vista clavada en el susodicho, quien se había sobresaltado ante su llegada. Vamos, que había pegado un salto de nena. Sirius sonrió—. Oh, oh, oh.
—Odio tus "Oh, oh, oh", Canuto.
James soltó un ronquido de risa mientras se acercaba a su baúl. Sirius lo ignoró en pos de acercarse a su presa.
—¿Qué es lo que ocultas de nosotros, mi querido Remus? ¿No somos merecedores de tus secretos? Nosotros, tus humildes amigos.
—Sigo odiando tus "Oh, oh, oh".
La sonrisa de Sirius era voraz por molestar. Pero, oh, claro, el jodido Lunático se había ocultado el libro. Se había sentado encima del libro y le sonreía angelical. ¡Cómo si eso pudiera detenerlo a él, Sirius Black!
Un destello de advertencia rieló en los ojos amielados de Remus.
—Ni se te ocurra —pronunció con lentitud.
Sirius atacó, lanzándose sobre Remus en busca de su objetivo. Nadie le quitaba un arma de cotilleo o humillación enfrente de sus narices, ni siquiera Lunático, ¡mucho menos Lunático! Los siguientes segundos transcurrieron entre una confusión de extremidades, carcajadas del puto Potter —que observaba desde la seguridad de su cama— y protestas de Sirius que alegaban cosas desde «Vamos, Remus, revélale a tío Sirius tus secretos» hasta «¡LEVANTA EL PUTO TRASERO, COÑO, LUNÄTICO!». ¿Y lo peor de todo? Que todo terminó con un eficaz Evanesco por parte de su amigo. El libro desapareció, sin más, y con él también la fuente de su curiosidad. De su maltratada curiosidad.
—¡Y… Remus atrapa la Snitch!
Cogió el almohadón de Remus y se lo lanzó a James, que cayó hacia atrás en la cama.
—No puedo creer que utilizaras un jodido Evanesco —musitó. Se sentía herido.
—Algunos atendemos a clase —respondió el otro mientras se ajustaba las vestimentas con esa pulcritud tan propia de él. Aún tenía la cara roja, y Sirius se contentó con al menos haberlo sacado de su habitual control—. ¿Qué hacéis aquí tan pronto?
Así de fácil, así de sencillo, la diversión de Sirius llegó a su fin al recordar que se había suspendido el entrenamiento. Soltó un gruñido y pateó una de sus botas —la cual ya estaba tirada de cualquier forma, pero aterrizó en un nuevo lugar, donde germinaría durante las próximas horas—. Fue James el que contestó señalando la ventana:
—Lo han cancelado por la lluvia.
Remus parpadeó, aparentemente perplejo, al mirar hacia el exterior donde, en efecto, el diluvio continuaba. Sirius fue incapaz de reprimir el ronquido de risa. Contad con un Remus leyendo para que se le caiga el castillo encima y no enterarse de que le falta oxígeno.
—¿Peter? —preguntó James—. ¿Atracándose de nuevo con comida antes de la cena?
Remus ladeó la cabeza.
—Las probabilidades son altas, sin duda.
—No estaba en el entrenamiento. Así que estará evolucionando de foca pequeña a foca mayor.
—Sirius, tío, no te pases tanto con Peter.
El aludido se cruzó de brazos y clavó una de sus miradas en James. Tenía claro cuál era la peor parte de su amigo, la más insoportable: se llamaba Lily-soyunpagafantas-Evans; pero el segundo lugar, sin duda alguna, lo ocupaban los afanes de mamá gallina que James se gastaba cuando se trataba de Peter. Cualquiera diría, por los calzones de Merlín.
—¿Te duchas tú o entro yo? —gruñó.
—Pasa tú, anda.
—En realidad —intervino Remus de pronto—, las focas son unos animales fantásticos, a los que no deberíamos faltar al respeto, Sirius. Hay que respetar a las focas.
Las carcajadas perrunas no se hicieron esperar, le sacudieron de arriba abajo mientras se encaminaba hacia el baño de la habitación, escuchando como James le decía que «Remus, no le animes a ello, que luego quién tiene que aguantar los lloriqueos de Peter soy yo». Incluso cerrando la puerta del baño a su espalda, Sirius sabía que Remus estaba sonriendo, con esa sonrisa suya. Torcida e introspectiva, como si le diera verguënza sonreír.
Y por momentos como ese era por los que Sirius mantenía que el callado y modosito de Lunático era el mejor de los Merodeadores.
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Aquella noche, después de la opulenta cena en el Gran Comedor, en la que James trató de no hablarle más de una vez a Lily —acaso siguiendo el consejo de Remus de dejarle su espacio durante un tiempo. Sirius no tenía todas sus esperanzas en el éxito James en dicha tarea— y en la que Treewhent intentó —vanamente— batir el récord de Sirius en cantidad de salchichas engullidas en una sola noche, James y él permanecieron despiertos hasta mucho después de que los otros dos hubieran entrado en el mundo de Morfeo.
Se encontraban a mediados de octubre, lo que implicaba que se acercaba Halloween, lo que a su vez implicaba que la primera gran broma del año iba a saludar a la puerta de Quejicus. Era encomienda de ellos dos llevarla a cabo; por supuesto, para eso hacía falta planear.
—Cae en Miércoles. Yo creo que debería ser unos días antes —susurró James, agitando el lumos de su varita sobre el libro abierto.
Meditabundo, Sirius repiqueteó un dedo de forma inconsciente contra una de sus rodillas. Estaba cruzado de piernas en el suelo, al lado de su amigo.
—Lo que más le gusta a ese amante de las artes oscuras es Pociones y Alquimia.
—Tiene Alquimia los viernes —aportó James—. Y Longbottom no ha parado de quejarse de la cantidad de trabajos que les mete esa profesora. Tienen que llevar ingredientes nuevos casi a cada clase, y frescos.
Sirius asintió, una sonrisa siniestra empezó a tomar forma en su rostro. Por supuesto que se habían ocupado de averiguar los horarios de su presa favorita.
—Alquimia, entonces.
La sonrisa de James era igual o más venenosa que la suya propia.
—Alquimia será, mi buen y fiel compañero Canuto.
Sirius enseñó los dientes. Un estremecimiento de excitación le recorrió el cuerpo. No había instante en el que se sintiera más conectado a James, más cómo si ambos provinieran de un mismo embrión, que cuando se embarcaban en sus aventuras como máxima autoridad bromista de Hogwarts. El que el escarnio en cuestión estuviera destinado a Quejicus solo hacía que mejorar las cosas. James siempre parecía pensarse las consecuencias de sus actos algo más que Sirius, que no era decir mucho, pero era algo. En el caso de Quejicus, sin embargo, ambos andaban a la par. O, bueno, exceptuando aquella vez en cuarto que Sirius había estado a punto de conseguir que Snape acabara muerto llevándolo a la Casa de los Gritos en una noche de luna llena y James le había salvado la vida; pero Sirius por lo general prefería fingir que no recordaba aquel acontecimiento en particular, no por Quejicus, sino porque la expresión horrorizada de Remus al despertar aquella mañana aún a día de hoy le provocaba un nudo plomizo en la boca del estómago que Sirius prefería no analizar, al igual que prefería no analizar otros hechos, completamente ajenos a posibles trastadas, que le hacían sentir verdaderamente conectado a James Potter. A Sirius no le gustaba pensar en esas cosas. Sensiblerías, momentos en los que se le ablandaba el corazón. Ni tampoco pensar en su familia y en cómo los padres de James eran más una familia para él que los suyos propios.
—Diría que si le añadimos un hechizo de transmutación, sería cómo… a ver…
Notando que se había quedado alelado, Sirius sacudió la cabeza. James estaba revisando el libro de hechizos que habían cogido aquella misma semana de la biblioteca. Bromas, una de las pocas razones que lo llevaban a aquella sala polvorienta que Remus y Evans tanto parecían adorar. Evidencia de que las bromas eran beneficiosas para los estudios.
—Creo había algo de eso por la página doscientos veintipico —dijo apoyándose hacia atrás sobre las manos, mientras veía al otro revisar el libro.
No pasó más de media hora antes de que lo tuvieran todo en orden. James se guardó el libro para devolverlo al día siguiente y ambos se prepararon para ir a dormir. Antes, sin embargo, había un tema que no había salido a colación en todo el día. Sirius no pudo evitar sentirse aliviado, pues ya era raro…
—No tengo ni idea de qué hacer con Lily. Remus me dijo que le dejara espacio, pero… La verdad, no veo cómo eso podría ayudarme a conquistarla.
Sirius miró a su amigo un momento. La luz de las estrellas que caía desde la ventana hacía ondas sobre su cabello oscuro y en los huecos de sus clavículas. Los ojos marrones le brillaban ya despojados de las gafas.
Sirius frunció el ceño.
—Lo que tienes que hacer es pasar de ella.
—Tío, me parece perfecto que tú no te enamores, pero para mí Lily es…
Lo interrumpió antes de que consiguiera que le dieran arcadas.
—Joder, que te lo digo en serio. Que pases olímpicamente de ella.
Un silencio se extendió entre los dos, solo roto por el ronquido discontinuo de Peter. Sirius resopló.
—Llevas detrás de sus bragas prácticamente desde que pusiste los pies en Hogwarts. Aunque se haga la dura, ¿te crees que no lo nota?
—Lily no se hace la dura —protestó.
—Bueno, lo que yo te diga. Si de repente empiezas a ignorarla se preguntará el porqué y llamarás su atención. Pero tienes que ser absoluto, nada de sonrisas de atontao' perdido ni nada.
—La ley del hielo.
—La ley del hielo —confirmó Sirius. Luego esbozó una media sonrisa—. Tú ya verás. Evans es una orgullosa en el fondo. Al final a todas las tías les gusta que les vayan detrás.
Sirius podía ver, incluso a través de las penumbras, que James no parecía del todo convencido. No obstante, terminó asintiendo.
—Lo intentaré. ¿Quién hubiera predicho que serías capaz de dar consejos serios de vez en cuando?
Un encogimiento fue la respuesta de Sirius.
—No tienes nada que perder —dijo—. Ya has perdido la polla.
Lo último que comió antes de irse a dormir fue la almohada de Cornamenta.
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El fin de semana había llegado con la rapidez insólita de los primeros meses de curso escolar. Demasiadas asignaturas que llevar al día y, en retrospectiva, no el tiempo suficiente para hacerlo. Estaba acostumbrada a que siempre le sucediera lo mismo y, aún así, se empeñaba en tomar todas las materias que le fueran permitidas —y más—. El chico que caminaba a su lado no difería en demasía de su forma de tomarse los estudios. A lo lejos, más allá de la diminuta choza que era el hogar de Hagrid, el Bosque Prohibido lucía su manto otoñal sobre el cual el cielo de la tarde tenía un aspecto denso y plomizo. Un aire fresco soplaba con gentileza.
Lily se arrebujó mejor en el grueso abrigo que se había puesto para salir a dar una vuelta por los terrenos de la escuela. Remus le sonrió, pero no pronunció palabra. Había algo en él… No una novedad en cualquier caso. Lo había notado desde hacía ya un tiempo. «¿Un año? ¿Dos?» barajó mientras cruzaban una pequeña cumbre próxima al Sauce Boxeador —ese árbol le daba repelús desde primer año—. Había un asunto que inquietaba a la brillante mente de Remus, aunque este tratara de disimular. No era una certeza ni mucho menos. Si lo fuera Lily ya le habría obligado, por un medio u otro, a desembuchar; más bien se trataba de una sensación. No por nada llevaban siendo amigos prácticamente desde sus inicios en Hogwarts —no importaba que ella no pudiera soportar a los amigos de este, especialmente cierto caradura con gafas y sonrisa angelical—.
De pronto le pareció que su amigo decía algo. Volteó para mirarlo.
—Perdona, ¿qué dices?
—James.
Lily frunció el ceño.
—¿Qué pasa con Potter?
Remus la miró entonces, tenía los labios curvados en una de esas sonrisas suyas, torcida pero encantadora. Los ojos le chispeaban con diversión. Susurró:
—Se acerca por tu izquierda.
Oh, Merlín.
A penas le dio tiempo a girar sobre sus talones hacia la dirección que Remus le había indicado antes de que lo tuvieran encima. Sorprendentemente iba solo. Sin Black ni Pettigrew pisándole los talones.
—¡Hey, Remus! Vamos a ir a Hogsmeade en un rato, Sirius dice que han puesto nuevos artículos en Zonco. —Le deslumbraba el semblante al hablar—. Algo sobre pergaminos falsos. Vente, anda.
Lily arqueó una ceja poco impresionada, pero Potter no le estaba mirando. Observó como Remus sacudía la cabeza con un aire de resignación.
—Tenemos un proyecto de investigación de Runas Antiguas para este lunes que viene. Íbamos a acercarnos a la biblioteca. .
—Ese es nuestro Remus —bromeó—. Vete al tanto de que no te pille Black, el te arrastrará con nosotros lo quieras o no.
Remus puso los ojos en blanco fingiendo hastío, pero la sonrisa se le escapaba por la comisura de la boca, levemente inclinada hacia arriba.
Ahora, eso sí la sorprendía. No por primera ni por última vez. El batiburrillo de exasperación y cariño infinito que su amigo parecía albergar por los otros chicos nunca dejaba de sorprenderla. Lo que más le anonadaba, empero, con diferencia, era que Remus parecía creer que estos eran merecedores de eso y mucho más.
—Hay que educar a los niños en que no siempre se consigue lo que uno quiere.
Una carcajada traviesa brotó de los labios de Potter.
—Eso te lo dejo a ti. Eres el único al que escucha, el muy jodido. —Alzó la mano en ademán de despedida—. Nos vemos a la noche, entonces, Remus.
Lily parpadeó, perpleja, incluso mientras notaba un desconcierto similar en Remus al despedirse del otro Gryffindor. El mismo Gryffindor que no dejaba de acosarla desde ya no recordaba cuánto, de mil y una formas distintas, de la más cliché a la más variopinta, acababa de ignorarla como si ni siquiera se hubiera hallado presente. Notó como se le calentaban las mejillas.
—Eso sí que ha sido inaudito.
Lily emprendió la marcha de nuevo.
—No sé de qué hablas.
Remus tarareó con la boca cerrada, en una ilustración de que probablemente se encontraba intrigado por el reciente acontecimiento. Lily le echó una mirada de reojo.
—Algunos no conocen el significado de "ser cortés".
—Ni siquiera te ha mirado.
Lily no lo pudo evitar: puso los ojos en blanco.
—Son tus amigos. Nunca he pretendido entenderle ni a él ni a Black. —Aprovechando que el otro no contestó de inmediato, cambió de tema—. Por cierto, ¿has hablado con ellos?
—¿Con ellos? ¿A qué… ? —Lily pudo apreciar el momento exacto en el que comprendió su pregunta, porque su gesto se endureció notablemente antes de negar con un suave cabeceo—. En serio, Remus… Siempre defiendes que son unos grandes amigos, pero déjame decirte una cosa. Un amigo de verdad te querría sin importar el qué. Tal y como eres. —Lo tomó del brazo para detenerlo, obligándole a que la mirara. Lily esbozó una leve sonrisa—. Y precisamente tú, Remus Lupin, eres maravilloso.
La expresión en el rostro de su amigo no era exactamente triste cuando suspiró. De hecho continuaba sonriendo, una mueca extraña que parecía intentar sustituir a una verdadera sonrisa. La diferencia estaba en sus ojos, en las sombras que los rodeaban y que le ahuecaban mejillas y pómulos por igual, una destilación, como si el estado el plomizo del temporal se hubiera transferido a sus facciones.
Lily a veces se preguntaba si había algo más.
—Anda —dijo, sacudiéndole el hombro y tomándole de la mano—, vámonos a nuestro querido refugio polvoriento.
Sus orbes denotaron agradecimiento mientras emprendían el camino de regreso a la escuela.
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Remus se mordisqueó el labio mientras revisaba una última vez su ensayo de pociones. Todo parecía en orden según lo comentado en la clase previa con el profesor Slughorn —él además se había encargado de hacer una lectura diagonal del volúmen de pociones antisépticas de Bermín González—, por lo que con un, esta vez sí, último vistazo, metió el pergamino meticulosamente entre las páginas del libro de pociones avanzadas de sexto, cogió todos los materiales que había llevado a la biblioteca y se puso en pie. Ni siquiera la biblioteca había quedado indemne a las decoraciones espoleadas por el excéntrico director de Hogwarts: había calabazas de miradas siniestras desperdigadas a lo largo, ancho y alto de cada uno de los rincones del colegio, murciélagos encantados que robaban las golosinas y frutas que podían hurtar de los alumnos más despistados, y cuadros falsos encantados para asustar a los transeúntes de los pasillos cuando menos te lo esperabas. De la altísima techumbre arqueada de la biblioteca, colgaban todo tipo de guirnaldas con variopintos motivos que iban desde calaveras hasta moco de troll —esta última había encantado a Sirius, «¡El viejo está majareta! Sabía que tantos caramelos de limón no podían ser buenos»—; en medio de toda esa mezcolanza, el reloj flotante de la sala marcaba las siete menos veinte de la tarde. Casi sería la hora de la cena.
Saludó a unos compañeros de Hufflepuff de camino a la salida. Por costumbre, miró por el rabillo del ojo hacia la esquina donde el extraño alumno de intercambio solía situarse y lo vio acuclillado de forma extraña sobre la mesa, estudiando un volumen de páginas amarillentas. Remus sacudió la cabeza internamente, «Si Madame Pince te ve así, conseguirás que te veten la entrada», pensó, pero no se detuvo.
Cuando se había dirigido a las escaleras movedizas para subir a dejar sus enseres en las habitaciones antes de bajar al comedor, no había presentido que una muy malhumorada McGonagall lo abordaría a medio camino del rellano del quinto piso.
—Buenas noches, Señor Lupin. Con usted quería tener yo una conversación.
Su tono de voz le mandó un estremecimiento por la columna vertebral.
—Profesora McGonagall. ¿En qué puedo ayudarle?
—Antes que nada, espero que se haya recuperado de su… episodio con normalidad.
Remus se tensó un poco. Un calor le abrasó el rostro.
—Sí, por supuesto. Ya… ya estoy acostumbrado. —Había sido luna llena esa misma semana. McGonagall, al igual que Madam Pomfrey y Albus Dumbledore, estaban al corriente de su condición—. Agradezco su preocupación.
La profesora asintió.
—Me gustaría hablarle de su grupo de amigos, sépase: Black, Potter y Pettigrew. Aunque Pettigrew es lo de menos. Sé que es usted un estudiante y prefecto intachable, pero su vista gorda en cuanto al comportamiento de sus amigos…
Remus abrió la boca para responder, pero fue amilanado por un gesto cortante de la mujer.
—Oh, no se moleste en intentar convencerme de que no tenía idea de sus andaduras. Sé perfectamente cómo funciona esta química entre ustedes, por alguna razón, ese par de incorregibles parecen incluirlo en sus gamberradas, aún si usted no toma parte en ellas de forma personal.
No es que tuviera necesidad de preguntar y aún así…
—¿Qué es lo que han hecho esta vez?
—Al parecer, uno de sus compañeros de Slytherin —estoy segura de que sabe a cuál me refiero— se encontró con todos sus materiales, ensayos y preparaciones de una asignatura desaparecidos sin dejar rastro. Enseres de evaluación que le hubieran valido un suspenso redondo en una de las tres prácticas anuales de Alquimia si lo sucedido en realidad no hubiera sido probado. Estoy seguro que un alumno excepcional como usted puede comprender la seriedad del asunto.
Remus palideció. «Os voy a matar, Canuto, Cornamenta». Un gemido lastimero se alzó a unos metros. McGonagall se giró.
—Señor Collins, Señorita Thomas, hagan el favor de dejar en paz a los fantasmas.
Los dos alumnos —de primero o segundo— se envararon antes de irse entre disculpas. La profesora McGonagall tenía un modo muy persuasivo de hacer peticiones.
Remus volvió a mirarla barajando sus opciones.
—Sin duda, lo que han hecho les merece un castigo… ejemplar —dijo, no iba a tener piedad—. Pero con el debido respeto, Profesora, ustedes parecen creer que ellos se detendrían si yo se lo dijera, y lo cierto es que...
—Muy al contrario, Señor Lupin, lo que sugiero es que no los encubra. —Sus labios, fruncidos hasta entonces, parecieron ablandarse mínimamente—. Sé que les tiene un gran aprecio, pero no puede dejar que eso se interponga en sus obligaciones. Por el castigo no tiene que preocuparse, tanto Black como Potter han sido debidamente sancionados.
Un revoltijo de incomodidad lo sacudió.
—¿Nos hemos entendido de forma apropiada?
—Sí, profesora McGonagall.
La mujer asintió con un seco cabeceo.
—Bien, no llegue tarde a la cena.
Los iba a matar.
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Nada más entrar por la puerta del Gran Comedor pudo detectar los indicios que convertirían aquella en una cena non grata. Esas eran conocidas por revolverle los alimentos consumidos en el estómago, normalmente estimulado por ciertos individuos que en ese mismo momento —mientras Remus tomaba un lugar junto a James—, se encontraban casi fornicando con las miradas a unos metros de donde solían sentarse los Merodeadores. Donde solían, porque en alguna que otra ocasión Sirius hacía de la cena una de sus tácticas de conquista, sentándose con la desafortunada presa temporal. O afortunada. Merlín, Remus las consideraba afortunadas solo por tener a Sirius unos minutos, unas horas, algo que él nunca podría llegar siquiera a aspirar.
Aquel era un día de esos. Y la Cenicienta que acaparaba el objeto de sus fantasías no era otra que Sarah McMillan. Remus no podía llegar a poner en palabras lo mucho que aborrecía a esa arpía en concreto.
Había huevos revueltos para comer. Fabuloso.
—Hey, Remus. No te hemos visto en todo el día.
Parpadeó para enfocar a Peter.
—Biblioteca —se limitó a decir.
James, a su lado, soltó un largo suspiro.
—Ha nosotros nos han jodido bien.
—Oh —Remus se obligó a dejar de prestar atención a la forma en la que Sirius le susurraba en la oreja a McMillan—. Es cierto, McGonagall me ha echado un rapapolvo que creo que no me tocaba recibir a mí.
Un gruñido escapó de la boca de James, se revolvió el pelo ya de por sí hecho un nido de pájaros y le dio un mordisco a su comida.
—Friega de calderos todas las tardes a partir de mañana.
Remus enarcó una ceja.
—¿Un mes?
—Hasta Navidades.
—Y suspendidos en el primer partido contra Ravenclaw —puntualizó Peter, sin despegar la vista de su comida.
James volvió a gruñir lastimeramente.
—No me lo recuerdes. Y no te atrevas a mencionarlo con Sirius delante, estaba hecho una furia. —Seguidamente le ofreció a Remus una sonrisa compungida—. Siento que te cayera la mierda también.
Remus suspiró. Por alguna razón, se le habían ido los ánimos de reprender a sus amigos.
—Si lo hacéis, al menos no dejéis que os pillen.
—Y al menos no os perdéis el partido contra Slytherin —dijo Peter, encogiéndose de hombros.
El resto de la cena pasó entre más de lo mismo. Remus tenía que forzar su voluntad a taponar su atención, que parecía atraída como un imán hacia Sirius, pero cada vez que lo conseguía una nueva risa coqueta de la fulana le perforaba los oídos. Incluso con esa distracción, fue inevitable darse cuenta de que James no le dirigió la palabra a Lily ni una sola vez, de hecho, miró más a los fantasmas que a esta. Llevaba con esa indiferencia una semana entera, si no más. Evidentemente, ahí se estaba cociendo algo y no había que ser un genio para suponer el qué.
Más tarde, ya en las habitaciones después de haberse aseado para ir a dormir, Remus se ocupó de hacerle saber a James su opinión.
—Es una mala idea.
Además de ellos dos, solo se encontraba Peter. Sirius había desaparecido con McMillan tras la cena. Por un momento, el rostro de James fue la viva imagen de la confusión.
—No vas a conseguir que Lily te haga caso tratándola como si no existiera.
—Lo raro es que haya aguantado una semana así.
No solía dar esa impresión, pero Peter podía llegar a ser bastante observador. Sobretodo cuando se trataba de su idolatrado James Potter. Remus sacudió la cabeza.
—Te lo digo: no te va a funcionar —advirtió—. Una cosa es dejarle su espacio, otra muy distinta es ni siquiera saludarla cuando te la cruzas de frente.
Por supuesto, aquello había sido idea de Canuto. Consejo de Canuto. Remus no entendía cómo James opinaba que era una buena idea seguir los consejos de un mujeriego cuando trataba de conquistar a una chica como Lily. Pero James parecía determinado a continuar con ese plan durante un tiempo, y Remus no trató de persuadirlo más allá —después de todo, ninguno de los intentos del chico habían funcionado en más de cinco años; empeorar no podía empeorar—. Lo que sí empeoró fue su estado de ánimo cuando Sirius entró al cuarto poco más de media hora después, cuando los ronquidos de Peter rompían el silencio y James había apagado su lumos después de un rato mirando uno de los pocos libros que leía: 'Quidditch a través de los tiempos'.
Remus tenía las cortinas granates echadas, pero lo escuchó entrar en silencio y todo su cuerpo se tensó al recordar de dónde venía. Era una noche oscura, por lo que a penas era posible distinguir el contorno de su sombra al otro lado del cortinaje y, no obstante, lo notó detenerse. El silencio pareció extenderse grande, avasallador: un mar de silencio.
La cortina se abrió. Remus cerró los ojos.
Y después de un momento, esta se volvió a cerrar. Remus no pudo conciliar el sueño de inmediato. Un olor a perro, a noche, a depravación, un olor salvaje y cálido al mismo tiempo se quedó flotando en el ambiente, haciéndole cosquillas en los orificios de la nariz. El silencio no se vio perjudicado cuando una de sus manos se coló bajo pijama y calzoncillos, y exprimió con fuerza cada espejismo que incendió su cuerpo con el olor de Canuto presente.
El día de Halloween se avecinó de forma inminente acompañado de los ánimos exaltados del alumnado, además de algunos profesores que no parecían querer privarse de la oportunidad de hacer brincar de pánico a los peores delincuentes juveniles. Como ocasión excepcional las clases de este miércoles terminaron con la luz del mediodía a más tardar; la suave iluminación de las antorchas que sobrevolaban el colegio se había atenuado hasta convertirse en nubecillas de niebla fantasmal que apenas y ofrecían una perspectiva idónea para no tropezar con los demás. A la ornamentación de los últimos días, también se le había añadido un elaborado encantamiento que recreaba una sensación de sobrecogimiento por toda la edificación de piedra, se escuchaban gritos de voces etéreas y lejanas, susurros incomprensibles, mientras que las palabras de tus propios compañeros parecían mullidas; el silencio era, de un modo extraño y turbador, inquebrantable. La mano del Profesor Flitwick resultaba incuestionable.
Ni toda la exclusividad del mágico día libraron a Canuto y Cornamenta de limpiar calderos aquella tarde. Aunque el si la pena lograría hundir la exaltación del dúo era harina de otro costal, tenían ánimos de sobra para uno de sus días favoritos del año. Él, por otro lado, decidió tomárselo con calma —incluso si la proyección de un dementor logró ponerle los pelos de punta por un momento mientras se dirigía a una de las torres—. Aquella tarde había decidido aparcar sus estudios, si tan solo por consentir a Sirius y a su «Un día, Lunático, solo un día. Sé que puedes hacerlo»; en consecuencia, no había tenido mucho que hacer más que encontrarse con Ciel. Había sido un buen encuentro, entre besos, inteligentes acotaciones y risas ligeras que el chico de Ravenclaw albergaba más a menudo en los últimos tiempos.
Por lo tanto, la jornada había amanecido disoluta —si bien la penumbra dentro del castillo era ominosa—, nada que pudiera haberle concedido un indicio de que el rumbo de los acontecimientos se iba a torcer. Remus tendría que haber empezado a sospechar en el momento que, bajando de la torre en la que habían pasado horas, con la luna menguante colgando ya del firmamento, Ciel y él se habían dado de bruces con Sirius, James y Peter. Los dos primeros habían terminado su tarea diaria y lo estaban buscando.
—¿Lunático? —Sirius había fruncido el ceño al reparar en el otro chico—. ¿Y tú quién eres?
—Ciel Brown, ¿verdad? —había intervenido James, la neblina de luz verdosa que ondeaba en el ambiente le ofrecía una estampa perturbadora a su expresión afable—. Hace dos años jugamos en el torneo de ajedrez mágico. De… séptimo ahora, si no me equivoco.
Ciel había asentido entonces con fría cordialidad hacia James así como los otros dos, aun si Peter no parecía muy interesado en el intercambio.
—Potter, Black y Pettigrew. Remus me ha hablado mucho de vosotros. Es un placer conocer a sus amigos.
—No sabía que te llevaras tanto con Brown, Lunático —repuso Sirius después de descartar al primero como si fuera una pulga molesta; sus ojos negros en la oscuridad buscaron los de Remus.
—No nos conocemos tanto —atinó a decir—. Nos hemos encontrado una que otra vez en la biblioteca, para estudiar.
Poco después, en retrospectiva, Remus se daría cuenta de lo poco acertadas que habían sido sus palabras. No había habido significado oculto tras el comentario de Sirius, más allá de una tácita sorpresa y desinterés con nadie que no fuera de su círculo cercano. Pero en ese momento, Remus había creído que le faltaba el aire. Por un segundo, el rostro de Ciel había parecido ensombrecerse, pero entonces Remus había parpadeado y la expresión del Ravenclaw fue de nuevo tan cordial como de costumbre.
Después de eso, Ciel no tardó en despedirse educadamente antes de desaparecer tras las penumbras del corredor. Una armadura se cayó de pronto y Peter pegó un chillido, que arrancó carcajadas de James y un comentario mordaz por parte de Sirius. Durante el trayecto acostumbrado de cada año a la Casa de los Gritos —donde los Merodeadores celebraban su noche del terror personal—, Sirius no pudo dejar pasar el tema.
—Un día, Lunático, te pedí un puñetero día sin estudiar, ¿y qué haces tú en cuanto me despisto?
—¿Sabiamente ignorarte?
Sirius sacudió el brazo de forma ampulosa.
—Joder, al final vas a ser tú peor con esto que el imbécil de Jimmy con Evans. Ni un día, Cornamenta, NI UNO.
—Tú tampoco puedes estar ni un día sin follar y nadie de aquí se mete contigo. Deja a Remus tranquilo, es nuestro cerebrito.
—Me puedes pedir que deje tranquilas muchas cosas —ladró—. Pero no puedes pedirme que deje tranquilo a Lunático.
—Ah, no sé a qué esperas para llevártelo a un rincón y echarle un polvo.
—¿Envidioso, Potter? —dijo mientras saltaba por encima de una rama—. Siempre podemos hacer un trío, cuantos más mejor —añadió con una sonrisa que mostraba sus dientes caninos
—Vaya mariquitas —apostilló Peter y la hostia que se llevó por parte de Sirius resonó en el exterior.
Pero Remus se había quedado helado tras el encuentro. Le había sucedido de forma similar cuando una de sus cartas nunca enviadas estuvo a punto de ser revelada hacía unas semanas. Remus se había encontrado siendo paranoico en los días consecuentes, durante los cuales Sirius no había desaprovechado la oportunidad de picarle con el tema hasta que se hubo cansado. Claro, que pensar que una fuerza indómita como lo era Sirius Black había soltado un hueso a medio comer, era un error gravísimo. Y Remus no iba a tardar en lamentar su error. El primer indicio, desde luego, había sido el encontronazo de dos de sus círculos sociales que trataba de mantener alejados.
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El segundo indicio de que algo iba a ir muy mal ocurrió en el transcurso de un par de horas. Como los años anteriores, habían pasado la noche entre las paredes destartaladas de la Casa de los Gritos, contando historias de terror por turnos. Peter había vuelto a recitar la misma de cada año —Una que aparentemente solía explicarle la abuela Pettigrew cuando él era pequeño: El Boggart del espejo—; no era un mal relato en sí, pero tras ser oída por sexta vez mediante los pobres dotes narrativos de Peter, no resultaba la más espeluznante de las historias. Los otros dos se habían ceñido también a conocidas historias de terror mágicas, mientras que Remus había optado por uno de los cuentos de Edgar Allan Poe, el escritor muggle, ganándose lo que vendría a ser un halago por parte de Sirius «Estos muggles sí que saben cómo mojarle a uno los pantalones» mientras jugueteaba con el lumus de su varita. Habían dispuesto algunas velas por el suelo de la habitación, sobre el piano roto y olvidado en una esquina; los tablones del suelo gemían y la puerta del armario chirriaba con el ulular del viento nocturno. Un montículo de golosinas, desde ranas de chocolate hasta grageas Bertie Bott, se elevaba en el centro del círculo en el que se hallaba sentado, con James y Peter uno a cada lado, y Sirius en frente.
—Mostrará a cada ser viviente entre las paredes de Hogwarts —estaba diciendo James, agitando los brazos—. Persona, fantasma, animago…
—Incluso al viejo Dumbly.
—¿Incluso a Dumbledore? —Peter tenía los ojos muy abiertos.
—¡Pues claro! ¡A todos!
Una expresión gamberra surcó las aristocráticas facciones de Sirius, en la penumbra del lugar el efecto fue notablemente más perturbador. Por no decir, em, caliente. Remus tenía ganas de tirársele encima y hacerle cosas innombrables. Se obligó a mirar hacia cualquiera de sus otros dos amigos. La conversación acerca del hipotético mapa se extendió durante lo que fueron minutos de algodón, minutos en los que Remus respiró en paz y se contentó con escuchar las ideas aportadas por sus amigos, se empapó de la resolución que rezumaba en las voces de los dos jóvenes más entusiastas que había conocido en su vida, de la fogosidad de sus almas, una que hacía prender la suya propia.
Fue en ese momento, cuando Remus se estaba permitiendo una suave sonrisa espoleada por las cervezas de mantequilla que habían conseguido junto a los dulces, que ese segundo indicio arribó.
—Atrevimiento o verdad —sugirió Sirius—. Necesito un poco de marcha.
A James le burbujeó una carcajada en la garganta.
—Joder, sí. —Tenía espuma de la cerveza en la boca—. Pásame otra, Canuto.
—Y una mierda, ya has bebido suficiente.
—¡Eh, no seas cabrón! Pásame esa. Peter, dile que me la de.
—Anda, Sirius, dale a James la… —La mirada del susodicho le enmudeció en menos de un segundo—. Vale, tío, no hace falta que te pongas Basilisco.
James continuó riendo como si todo fuese divertidísimo. Remus puso los ojos en blanco mientras contemplaba a Sirius coger una de las botellas descartadas, a la cual le lanzó una serie de hechizos que la prepararon para el juego, para inmediatamente después situarla en el centro del círculo. Remus hizo un ademán de apartarse del foco del juego, al fin y al cabo, él siempre se había mantenido al margen de aquellos juegos cuando fuera que sus compañeros de habitación decidían recrearse en ellos.
—De eso nada, Lunático. ¿Cómo era ese dicho muggle? ¿Uno para todos y todos para uno? —protestó Sirius despreocupadamente, como un rey ordenando a sus lacayos—. Estamos todos juntos en esto. No pretenderás ocultarles cosas a tus mejores amigos, ¿verdad?
Todos lo miraron. Remus se tensó a medio levantar. La mirada grisácea del otro estaba fija en él, chispeante, y James, más que perjudicado, arrancó a reír de nuevo al tiempo que lo agarró de la túnica y lo forzó a volver al suelo de nuevo.
—Nada de… ¡excepciones! Lunático, estás dentro.
La expresión de Sirius era triunfante mientras hacía rodar la botella en el centro del círculo. Un estremecimiento le recorrió de arriba abajo. No. No tenía que alterarse, con que eligiera atrevimiento cada vez que le tocara nada podía ir demasiado mal. Y podía escoger atrevimiento siempre que quisiera, así que no había problema. Ninguno en absoluto.
—Sin prendas.
Sirius.
—¡Sin prendas! —contestó James.
Y el juego comenzó, sin la posibilidad de optar por quitarte una prenda cuando la intensidad de las pruebas o de las indiscretas preguntas de tus compañeros se volvían demasiado. La botella fue girando, los retos sucediéndose uno tras otro, turno tras turno. Era la sexta ronda de la partida y todos habían caído al menos una vez presa del foco de atención. Remus se había pasado todo el rato tratando de aparentar normalidad mientras ideaba una forma de escabullirse lo antes posible de aquella mala, malísima idea antes de que ocurriera lo irreparable. La botella lo enfocó. Le tocaba retar a James. James y Sirius habían estado cuchicheando por lo bajo mientras Peter cumplía uno de sus retos dos turnos atrás. Remus no se fiaba ni un pelo.
—Remus, ¿verdad o atr… arrenimiento?
Remus enarcó una ceja. Tragó saliva.
—Arrenimiento, supongo, si tan solo supiera lo que es.
Confuso, James frunció el ceño.
—¡No te… burles! Atrrrrevimiento. Sí. Vale. Te reto a que en el siguiente… próximo turrrno elijas 'verdad'.
Un sudor helado se deslizó por su espina dorsal, los huesos del cuerpo se le enfriaron de forma repentina. A duras penas fue consciente de mover la cabeza en un mudo, escueto asentimiento, de hacer girar la botella con un movimiento de varita inconsciente que puso en marcha un nuevo reto. Mientras la suerte decidía quién sería la próxima víctima, Remus notó el tirón propio de cuando uno es observado y, al alzar la mirada, se encontró a Sirius observándolo. El muy… de Canuto. Con su sonrisa ladeada y oscura destellando en la mirada. El viento ululó, hizo susurrar las hojas secas de los árboles en el exterior. Un crujido de la madera. Remus era físicamente incapaz de romper el contacto visual, incluso cuando le pareció oír las voces de James y Peter de fondo. El semblante de Sirius se tornó ligeramente desorientado, su cabeza ladeándose a modo de pregunta, como si fuera inocente, como si no supiera lo que le estaba haciendo a Remus… Pero no, Sirius no sabía lo que le hacía. Sirius no sabía nada.
Remus apretó los puños y apartó la mirada para centrarla en Peter.
—¿Verdad o atrevimiento?
—Pues… Oh, venga, verdad.
Sus cualidades cognitivas no se encontraban en su máximo esplendor, no obstante, Remus se tomó unos segundos de más fingiendo pensar la pregunta de Colagusano para, en realidad, tratar de encontrar con un modo de salir indemne de lo que se le venía encima. ¿Era posible sobrellevar el siguiente reto sin que todo lo que había tratado de mantener bajo control se le desmoronara? Al fin y al cabo, podía tocarle a Peter, si ese era el caso… Un 34 por ciento de probabilidad, demasiado bajo. Era imposible saber con exactitud la pregunta que sus amigos tenían en mente, pero no necesitaba ser un genio para saber por dónde irían los tiros. Remus formuló la pregunta a Peter en autopiloto, sin siquiera molestarse en registrar la respuesta más allá de las carcajadas subsiguientes de los otros dos merodeadores.
«Tal vez sea el momento de sincerarte con tus amigos», le dijo una voz en su cabeza.
«No, no lo es. No es algo que pueda permitirme».
«Ellos incluso aceptaron que seas un monstruo, ¿por qué no iban a aceptar esto también?»
Remus tensó la mandíbula mientras contemplaba cómo el juego transcurría a un ritmo demasiado vertiginoso para su alterado estado actual. La botella dio una última vuelta antes de detenerse ominosamente frente a su persona. Remus tomó una temblorosa bocanada de aire; el olor a madera vieja e incienso junto al alcohol que había consumido le embotellaba el pensamiento. Alzó la vista.
«Porque, pese a todo, son sangrepuras. Ser homosexual no es un tema que entre por la miras de la sociedad mágica. Por eso...»
La sonrisa perruna de Sirius adquirió un matiz depredador a la luz de las velas y de la situación. A diferencia de en la versión muggle del mismo juego, en la mágica no se podían decir mentiras.
—¿Verdad o atrevimiento? —preguntó innecesariamente.
—Verdad.
—¿Con quién, a dónde y para qué has estado escabulléndote a escondidas últimamente?
Las palabras retumbaron de forma estrepitosa en el cargado silencio de la Casa de los Gritos; y aùn así, el pálpito de su corazón y el zumbar de la sangre en sus oídos parecía capaz de insonorizar un pandemónium. Hizo un acopio de fuerzas por mantener los músculos de su boca bajo control, pero un agudo pinchazo parecía querer hacerle entender que no había lucha posible.
—¡Se egsstá intentando resistir! —acusó Peter.
Le vista se le estaba nublando por el esfuerzo de escupir la condena que pugnaba por chorrear a través de sus labios. En un brusco movimiento, tan impetuoso como impropio de él, Remus trató de ponerse en pie. Tenía que irse de aquel lugar cuanto antes. Algo lo agarró de la túnica, tiró hacia abajo y lo hizo volver al suelo. Tal parecía que James, borrachera fuera la que fuera, continuaba teniendo buenos reflejos.
—Lunático, pero que mierda… —balbuceó Sirius.
De repente, la tensión acumulada en cuello y parte inferior del rostro se volvió insoportable. Remus no pudo más que soltar un furioso, acorralado gruñido antes de que las palabras se deslizaran en cascada por su boca.
—Me he estado escapando con Ciel Brown a la biblioteca o a la torre de astronomía. A la Biblioteca normalmente para estudiar. A la torre de astronomía íbamos para enrollarnos.
Un eco pareció extenderse en el silencio consecuente. Remus tenía la mirada gacha y las uñas de sus manos clavadas con rabia en los tablones de madera.
—¡Pe-pe-pero ese es un tío! —chilló Peter—. ¿Eres un… marica?
Remus abrió la boca un instante, el cuerpo entero le temblaba como una hoja aterida de frío.
—Sí, lo soy —musitó—. Lo siento, yo…Disculpad. —Se puso en pie.
—Remus, espera.
Empero ni la poco convincente demanda de James ni nada en aquel mundo podría haberle hecho detenerse en aquel momento. Sin levantar la mirada, sin la necesidad de enfocar cualquiera que fuera la expresión en los rostros de sus amigos, en el rostro del único que no había hablado, Remus salió corriendo de la habitación y de la casa en la que cada año celebraban aquella fatídica noche. Este año sí que se había vuelto en una noche de lo más fatídica para Remus.
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