Bueno, aquí está el capítulo 3 :D

Aprovechando esta publicación quería comentaros una cosa, tengo pensado traducir algunos fanfics cortos (de un capítulo) de distintos fandoms. El primero que va a caer es un Itachi x Sasuke (de Naruto). Pero quería saber cual os gustaria que fuese el próximo. Las opciones son las siguientes:

·Teddy x James (Harry Potter, oir supuesto); Naruto x Sai (Naruto); Hikaru x Akira (Hikaru no Go); Charlie x Bill (Harry Potter); Naruto x Sasuke (Naruto); o Iwaizumi x Oikawa (Haikyuu).

Escoged uno de esos, el que tenga más votos será el siguiente (tras el Itachi x Sasuke). Si hay empate decido yo XD

Ahora, ¡espero que disfrutéis el capítulo!


Capítulo 3

La temperatura de la noche era fría, se materializaba en forma de cuchillas que penetraban a través de los ropajes de Remus, se clavaban en su piel y más allá, rozando músculos, tendones, y helando huesos. El ruido de sus pisadas erráticas sobre el sotobosque reseco del terreno otoñal provocaba chasquidos ensordecedores a campo abierto. Remus respiraba con dificultad, ascendiendo por una de las pendientes con zancadas tambaleantes que reflejaban el tumulto de sus emociones. La luna menguante era una villana coronando el cielo mientras se burlaba de su desgracia.

Remus no sabía cuánto trayecto había recorrido, ni cuánto tiempo había estado escapando. En realidad, no estaba seguro ni de qué escapaba. Aunque probablemente era del juicio, de las posibles reacciones, buenas o malas. El joven mago tampoco era consciente de que sus compañeros aún permanecían estancados entre las carcomidas paredes de la Casa de los Gritos, y aunque lo hubiera sabido ello no habría ayudado a calmar los temblores que sacudían su cuerpo.

El joven se dejó caer de rodillas sobre una elevación rocosa y soltó una larga exhalación. En la oscuridad, la superficie dura y húmeda contra sus manos, contra su mejilla, era todo lo que podía registrar. Eso y el vahído descompuesto que le revolvía el estómago. Él no hubiera querido que todo ocurriera así. Era pasado el toque de queda, lo había sido desde que habían salido del castillo a escondidas para refugiarse en su lugar de siempre; en ese momento, la mayoría de alumnos dormían, excepto algunos descarriados como los mismos Merodeadores, excepto el director, que se paseaba inmerso en asuntos más serios en su despacho, excepto algunos otros profesores, excepto los fantasmas; y excepto la sombra que se avecinó por un instante en una de las ventanas del castillo antes de desaparecer. Empero era de noche, tanto en el mundo real como en el mundo interior de Remus Lupin, quien solo tenía espacio para su propia conmoción.

Había sucedido en un abrir y cerrar de ojos. De súbito, lo que había guardado con tanto recelo de sus amigos, había sido revelado. Remus no tenía ni idea de lo que ocurriría a partir de entonces, trató de repetirse, mientras se acurrucaba derrotado junto a la roca, que ellos eran sus amigos, nada podía ir demasiado mal. Pero el recuerdo de las palabras de Peter al descubrirlo, de las burlas pronunciadas tanto por Sirius como James acerca de gente como él, eran cargas plomizas que parecían hundírsele en el cuerpo, hundirlo en aquel manto de oscuridad en el que se veía sumido el mundo. Remus se preguntó si podría fundirse con aquella nada y desaparecer para no tener que enfrentar las consecuencias al día siguiente, deseó, por primera vez en su vida, que la luna tirara de sus articulaciones, de sus huesos, que lo transformara quemándolo tan intensamente que le hiciera olvidar la incertidumbre, olvidar la forma en la que Sirius había ladeado la cabeza con confusión antes de descubrir el porqué de su inquietud.

—Mierda, Canuto, mierda. Mierda, mierda, mierda... —masculló apretándose los ojos con la parte interior de las muñecas—. Maldita sea. Mierda, mierda...

No muy lejos de aquel lugar, la sombra se deslizó de forma silenciosa sobre el césped, la capa de su túnica ondeando a su alrededor. Había salido de su Sala Común en un mero acto de curiosidad y, ciertamente, de preocupación. No había tenido manera de estar seguro, no en medio de aquella densa penumbra; no obstante, algo en el casi indiscernible contorno de la figura acuclillada en el exterior, algo en su silueta o tal vez en la cadencia de sus movimientos le habían sacudido. Había pensado que era probable que para cuando llegara a esa zona del terreno, justo bajo la ventana de sus habitaciones, aquella persona que creía haber visto se hubiera ido, pero por suerte no fue así.

El joven se acercó unos pasos. Remus había dejado de murmurar por lo bajo, su cuerpo larguirucho descansando contra la fría roca. Una fina lluvia dio comienzo. Ciel se sorprendió a su pesar, deteniéndose un segundo a una distancia prudencial al confirmar que realmente se trataba de Remus. Este, por otro lado, no se había percatado de que tenía compañía, lo que le causó un sobresalto cuando una mano cálida rompió la frigidez en la que se había visto envuelto su cuerpo.

—Ciel —susurró, su voz ronca destiló desconcierto pero también alivio—. ¿Qué haces aquí?

—Es curioso que seas tú el que formule esa pregunta. Estás helado —murmuró mientras le calentaba el cuerpo con las manos—. Pensaba que no todos los Gryffindors eran locos e imprudentes.

Remus tuvo la decencia de lucir un tanto avergonzado, pero incluso en la oscuridad, la desolación en su mirada resultó evidente para Ciel, que frunció el entrecejo.

—Ven, vamos dentro. Tienes que entrar en calor —le urgió a levantarse y el otro chico le obedeció después de un segundo—. ¿Necesitas que vayamos a la enfermería? No pareces herido.

—Estoy bien, Ciel.

—Te acompañaré al séptimo piso entonces —dijo tomándose un momento para colocar un mechón castaño de Remus detrás de la oreja; Remus era más alto, pero en ese instante, la presencia del Ravenclaw era infinita. Sonrió—. Vamos, anda.

Entraron al castillo y subieron los pisos sin intercambio de palabras, Ciel enfocado en la tarea de evitar posibles encontronazos con profesores; Remus, algo más relajado gracias a la serenidad que desprendía el otro chico, sumido en un batiburrillo de pensamientos, desde sus amigos, pasando por Sirius en concreto, hasta su presente compañía, a la que no había esperado encontrarse en plena madrugada paseando por los terrenos de Hogwarts. Cuando llegaron al séptimo piso sin complicaciones, ambos se detuvieron cerca del cuadro de la Dama Gorda. Era un secreto a voces que ahí se escondía la sala común de Gryffindor.

Ciel echó una mirada de reojo al otro chico.

—Aquí se separan nuestros caminos entonces, su Ilustrísimo.

Una sonrisa apagada revoloteó en los labios de Remus antes de que este se girara para mirarlo. Ambos estaban cerca el uno del otro, por lo que la tenue iluminación del lumus de Ciel era más que suficiente para apreciar los matices de sus expresiones.

—Pareces de buen humor —repuso Remus, fijándose en el otro chico.

—Tal vez. No todos los días tengo el placer de escoltarte hasta tus aposentos.

—Mm. ¿Ahora soy tu damisela en apuros?

A Ciel se le escapó una sonrisa que trató de esconder, Remus pudo ver como sus mejillas cubiertas de pecas se le azoraron ligeramente. De alguna forma, la actitud del rubio resultaba reconfortante. En un susurro, Remus formuló un hechizo para secarse ambos.

—Deberías entrar. Tus amigos deben estar preocupados por ti.

Un aguijonazo le hizo cerrar los ojos un momento antes de responder en un suspiro.

—Me temo que no.

Ciel lo miró entonces, su expresión seria.

—No tienes que contarme nada si no quieres, Remus. Lo digo en serio. Solo...

—¿Solo?

Pero el otro se limitó a sacudir la cabeza y Remus no insistió.

—Te importa si... —suspiró de nuevo—. No quiero entrar ahora mismo, es decir, no hace falta que te quedes conmigo, iré a dar una vuelta.

—¿Hasta congelarte en los terrenos? —inquirió Ciel, enarcando una ceja.

—No, mi cuota de temeridades está cubierta por ahora. —Una dulce mentira, porque la vida de Remus nunca estaba exenta de temeridades, incluso si, a diferencia de sus amigos, no era él quien solía buscarlas—. Tú deberías ir a acostarte de todas formas.

—El deber es aburrido.

Ahora fue el turno de Remus de alzar una ceja, sorprendido.

—¿Desde cuando? ¿para un Ravenclaw?

—Solo de vez en cuando —admitió mientras se dirigía hacia una de las salas cercanas a la torre de astronomía, una en las que tantas horas habían pasado. Remus lo siguió, sus pasos pesados, la agitación del miedo y el shock había dejado paso a un sereno cansancio, una resignación que no dejaba de ser ligeramente temerosa.

Era una habitación pequeña, con poco más que un baúl roído por el tiempo, un viejo telescopio y surcos de polvo cubriendo el suelo. En un lado, se abría una diminuta ventana rectangular, junto a un escalón en el que ambos tomaron asiento. Estuvieron sin hablar durante un buen rato, Ciel recostado con los ojos cerrados contra la pared de piedra dura, su cabello rubio una aureola argentada bajo la luz de la luna, y Remus con la mirada perdida en dicha luna. La constelación de orión brillaba intensamente.

—Lo saben —murmuró y su voz sonó extraña, ajena a su persona en medio del silencio—. James, Peter y Sirius.

—¿Lo de que eres gay?

Remus se vio compungido de pronto.

—También que tu lo eres. Lo siento, no...

—No me importa. Realmente, no me importa que sepan lo mío. Pero creí que por nada del mundo querías que se enteraran de que te gustan los hombres —su voz le hizo un tembleque. No obstante, Remus no se dio cuenta.

—Y no quería, no... Ha sido por un estúpido juego de Sirius. Tendría que haberme negado a jugar, sé que tendría que haber dicho cualquier excusa, pero en ese momento me sentí acorralado por la presión.

—¿Y ahora? ¿cómo te sientes? —Frunció en ceño—. ¿Por eso estabas ahí tirado en la intemperie?

—No puedo permitirme perderlos.

Las cicatrices que cercenaban el rostro Remus parecían acentuarse con la tensión de su mandíbula y la rigidez alrededor de sus ojos amielados. Ciel contestó tras un instante:

—Eres más inteligente que eso. Si no te aceptan como eres, es que no te merecen. Nadie debería decirnos cómo debemos ser, nadie debería querer vivir por nosotros.

Las palabras de Ciel hicieron una resonancia de unas muy parecidas que Lily le había repetido en más de una ocasión. Remus sacudió la cabeza.

—Tú no lo entenderías.

Porque Remus creía que el otro chico realmente no podía entenderlo. Él otro chico ni siquiera sabía todo acerca de él. Si lo supiera, Remus tenía claro que no lo vería con los mismos ojos.

Pero Ciel tenía su propia forma de entender las cosas, sus propias vivencias. «Tú no lo entenderías». Un líquido caliente burbujeó en el estómago del rubio al escuchar aquello. No obstante, trató de serenarse.

—Entonces, ¿no han reaccionado bien?

—En realidad...

—Te has ido sin darles tiempo a nada.

Remus le dedicó una mirada avergonzada por debajo de las pestañas, la comisura de sus labios torciéndose hacia un lado, de esa forma tan peculiar en él. Un ramalazo de cariño al que había tratado de no acostumbrarse pese a no ser la primera vez desde inicios de curso lo sacudió entonces; antes de que pudiera cambiar de opinión alargó un brazo y rozó con los dedos el antebrazo del otro chico, por encima de la tela, deslizándolos en un camino ascendente hasta ahuecarle la mejilla. Remus le miró y los ojos de ambos chicos se encontraron a la luz de las estrellas. Ciel se inclinó entonces, apartándose de la pared y depositando un beso en los labios de Remus, que lo recibió con suavidad. Un beso, un abrazo lo sucedió, y Remus se dejó acunar en los brazos abiertos del otro chico, dejando que parte de la opresión y el miedo que se no se irían tan fácilmente se ablandaran, aunque fuera solo por unos minutos.

Entretanto, Ciel se limitó a permanecer en silencio, acariciarle el lacio cabello castaño, dejar a un lado la forma en la que el pecho se le constreñía al recordar el modo en el que Remus lo había desechado frente a sus amigos no hacía más que unas horas, al saber que seguiría haciéndolo si su secreto no hubiera sido descubierto, al reconocer que muy probablemente seguiría haciéndolo a pesar de ello. Ciel envolvió el dolor del otro chico y trató de olvidar la quemazón en los músculos de la espalda y la pierna izquierda que aún le dolían un poco al caminar.

Sin ser apenas consciente, los labios del joven se movieron por propia voluntad y comenzaron a tararear una nana en un murmullo terso como el pétalo de una flor.

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Lunático se había ido. Lunático se había disculpado y largado. Lunático había dicho que... «¿Qué exactamente?».

—A Remus le van los tíos.

James fue el primero en romper el silencio, soltando el hecho con una firmeza que hizo que Sirius sintiera la imperiosa necesidad de meterle el pie en la boca para que se callara; porque, ¿qué narices? Peter, que hasta ese momento, después de haber soltado las primeras y poco acertadas palabras antes de que Remus se marchara, había permanecido con la mirada alelada y boqueando como un pez, se retorció inquieto haciendo crujir la madera del suelo. Sirius no había podido evitar fijarse, no había mucho más que hacer. Su propio circuito motriz parecía haberse suicidado.

—A Remus le gustan los chicos —repitió James.

—Tío, nos ha quedado claro, no hace falta que lo sigas diciendo.

—Nuestro Remus, Canuto, es...

—¡Que sí! —ladró.

Peter se encogió con aire amedrentado mientras James se quitaba las gafas y se pasaba una mano por el cabello moreno, que acabó apuntando en todas direcciones. El alcohol era ahora no más que un triste recuerdo en sus cuerpos, pensó Sirius con aire mohíno. El viento continuó ululando fuera de la Casa de los Gritos, el sonido de hojas secas arrastrándose resultaba perturbador. Un gemido desconsolado escapó de la boca de Colagusano.

—Nos ha visto desnudos, ¿que pasa si... creeis que...?

Sirius levantó la cabeza de golpe.

—No sufras por ti, Colagusano. Le gustan los tíos, no está ciego.

—Es un marica —escupió este con desdén—. Es asqueroso.

Algo salvaje, un rugido, se revolvió en su garganta y, antes de que lo supiera, se había abalanzado sobre un angustiado Peter que le miró con los ojos desorbitados.

—Ni se te ocurra repetir eso de nuevo —le siseó al oído, en un tono bajo y pernicioso.

Pero el cobarde de Colagusano, aunque temblorosamente, se sacó sus manos de encima con el rostro contraído en una mueca.

—No actúes como si tú nunca te hubieras metido con los de su clase, eres el primero en insultarlos y decirles de todo, Sirius, no tienes derecho a decirme nada.

«Los de su clase». Hombres que se excitaban con otros hombres. Lunático era como ellos, valiente y confiable Lunático. ¿Pero cómo podía eso ser cierto? No tenía ningún sentido para Sirius. El estómago le estaba haciendo piruetas y, por un momento, estuvo seguro de que vomitaría todo el alcohol que había consumido; si era por la culpa al saber que la acusación de Peter era totalmente cierta, o por la confesión de Remus, no tenía ni idea. «Una confesión forzada», se dijo, y el sabor a bilis le ardió en la garganta.

James los observaba con repentinas ojeras bajo los ojos, la luz de las estrellas le confería un aspecto macilento a su semblante, pese a su tez bronceada. Sirius creyó ver al que era como su hermano dirigirle una mirada preocupada antes de volverse hacia el otro chico, su voz categórica cuando dictaminó:

—Es Remus, nuestro Remus, eso es todo lo que importa, Peter. Todo lo demás es historia.

La expresión de Peter lucía ligeramente turbada cuando asintió. Sirius solo quería ladrar y aullar contra el mundo entero.

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Cuando me levanté aquella mañana, no sé podría decir que hubiera dormido. Ni yo, ni Canuto. Peter era harina de otro costal, nada podía quitarle el sueño. Para ser sincero, tampoco me sorprendió la ausencia de Remus en el cuarto; no había estado de madrugada cuando habían llegado los tres en un silencio fúnebre que —¡Por las barbas de Merlín!— era completamente ridículo, ¡ni que se hubiera muerto alguien!

Lo peor de todo era que yo no tenía ni idea de lo que pasaba por la mente de Sirius. Eso era preocupante, solíamos entendernos fácilmente; bueno, excepto en temas de chicas, porque Sirius era un imbécil que no sabía mantener la colita tranquila. En fin, el caso era que, su actitud estaba siendo... confusa como mínimo. Iba desde formar un gran alboroto por cualquier cosa hasta quedarse medio autista, Merlín sabía lo que estaba pensando. Me preocupaba, y no dejó de preocuparme cuando entramos en el Gran Comedor a la hora del desayuno y Remus no estaba por ningún sitio. Vi a Lily cerca del final de la mesa, pero ese día no me iba a resultar difícil ignorarla. Sentía que la cabeza me iba a estallar.

—¡Apartad de mi camino! —oí rugir a Sirius a unos chavales de cuarto antes de apalancarse en el banco, con una cara de malas pulgas que ni yo me veía con fuerzas de aguantar. Creedme, normalmente lo aguanto.

Peter, que se sentó a mi lado sin apartar la vista de Sirius, se acercó para decirme:

—Menos mal que Remus se mantiene escondido. No me gustaría estar en su pellejo.

Fruncí el ceño.

—Sirius no está enfadado con Remus.

Pero Peter me miró con duda. Luego se encogió de hombros.

—Yo tengo claro que no me gustaría ser él ahora mismo. —Se estremeció con una mueca de repugnancia—. O nunca.

—Peter, te lo dije ayer: es nuestro amigo, nada ha cambiado.

—Pero vosotros mismos os habéis metido miles de veces con gente así —susurró bajando la voz—. ¿Ahora ya no os parece asqueroso? ¿solo porque es Lunático?

Sentí como una marea de repulsión se me derramaba por los brazos, dejándome abatido pero determinado. Repulsión, sí, pero no hacia Remus, sino hacia mí mismo. Lo miré seriamente.

—Entonces los que hemos sido unos imbéciles todo este tiempo hemos sido nosotros.

Puede que no fuera capaz de leer el estado anímico de Sirius a la perfección en ese momento, pero lo conocía, lo conocía como me conocía a mí mismo. Por eso sabía que, al igual que yo, Sirius debía sentirse furioso consigo mismo. Un poco con Remus también, por evitarlos.

No lo vimos en toda la mañana, pero bueno, no es que fuera tan difícil evitarnos cuando no teníamos clases hasta después del mediodía. Cuando por fin conseguimos encontrarlo, fue en los terrenos del castillo, era casi la hora de comer y Remus estaba caminando con Lily, sus hombros echados hacia delante y su aspecto cansado. Quise acercarme, apartarlo de Lily para poder hablar con él, pero justo cuando di un paso hacia ellos, Lily se percató de nuestra presencia y, Merlín, si las miradas mataran... Remus no pareció llegar a vernos. Puede. Tal vez. Aunque sí es cierto que se alejaron deprisa.

—¿Qué problema tiene Evans? —masculló Sirius. Parpadeé antes de girarme para mirarlo. Tenía una expresión dura ensombreciendo su rostro—. ¿Quién se cree que es? Cornamenta, te juro que no me importa lo mucho que te la quieras llevar de luna de miel, Zonco's va a visitarla a la puerta de su casa.

—Ni lo sueñes. Pero bueno, está claro que ella sí sabía lo de Remus —le dije sin poder evitar cierto resquemor. «Al parecer en Lily sí confías, aunque no en nosotros», pensé, pero enseguida me di cuenta de lo injusto que estaba siendo. «Es nuestra culpa, si no nos hubiéramos portado como unos imbéciles todas esas veces que...». Sacudí la cabeza en un intento por despejarme—. Tenemos que hablar con él.

Sirius resopló.

—Díselo a él. No, espera, que no puedes, porque nos está evitando.

—¿Y qué le vamos a decir de todas formas? —inquirió Peter.

—¡TÚ NADA, RETRASADO! ¡SUFICIENTE HAS DICHO!

Peter soltó un quejido al recibir un golpe de Sirius, que derivó en una cadena de protestas cuando el imbécil de Canuto gritó: «¡QUE NADES HE DICHO!», antes de realizar un levicorpus y lanzar a Peter al lago.

—¡El calamar! —chilló Colagusano—. ¡No me gusta el calamar!

Sinceramente, que se mataran si querían. Me sentía como una mierda sin la necesidad de la mirada acusadora de Lily como guinda del pastel. Si Sirius quería desahogarse echándole todas las culpas a Peter en vez de aceptar su parte, pues bien, no era algo que me sorprendiera.

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Lily estaba furiosa. Más furiosa de lo que había estado en mucho tiempo. Si el objeto de tal coraje era en un mayor porcentaje James Potter, en uno menor, Black, y casi nulo en el caso de Pettigrew, bueno, cosas de la vida. Pero aquello no iba a quedar así sin más. Fue por eso que por la tarde, aprovechando que Remus se encontraba en clase de Estudios Antiguos, Lily se saltó la Orquesta para aventurarse por los alrededores del campo de Quidditch. Soplaba una brisa suave pero fría que traspasaba como agujas la tela de su túnica. Cruzándose de brazos, avanzó de forma determinada por el suelo de la pista, la arena elevándose en pequeños, gentiles torbellinos a su alrededor. Notó que habían algunas personas observando el entrenamiento del equipo de Gryffindor —entre ellas Pettigrew—, que se le quedaron mirando entre cuchicheos. Después de un momento de vacilación, Potter descendió con su escoba, su expresión circunspecta desmentía la leve confusión de sus cejas fruncidas.

—Lily, ¿qué ocurr...?

—¿Podemos hablar un minuto? —interrumpió bruscamente.

James apretó la boca en un línea recta antes de asentir y, tras dejar a un receloso Black a cargo, se bajó de la escoba y se apartaron fuera del campo.

—Dime —dijo una vez estuvieron frente a frente, fuera de oídos indiscretos.

—¿Dime? ¿eso es todo lo que tienes que decir?

Vio como una pequeña arruga se formaba en el entrecejo del chico.

—Remus confía en vosotros —declaró—. Algo que todavía me sorprende hoy en día, porque la verdad es que no puedo entender cómo una persona gentil y responsable como Remus puede querer relacionarse con delincuentes juveniles. —James abrió la boca con la pretensión de protestar, pero Lily le atajó con celeridad—. No me importa. No me importa si eso hace a Remus feliz. Por eso, Potter, por eso no me cabe en la cabeza vuestra actitud.

—¿Nuestra actitud? ¿cuál se supone que es nuestra actitud? —preguntó, acalorado, y Lily tuvo un instante para sorprenderse por la brusquedad de su tono.

—Vuestra actitud retrógrada y escrupulosa, ¿crees que no sé el tipo de chicos que sois? Todos súper amigos, compañeros de gamberradas, sí, hasta que algo se sale de vuestros ideales, entonces vendrá el distanciamiento progresivo y... —tomó una amplia bocanada de aire—. Tanto Black como tú, sois los dos iguales. Y Pettigrew carece de neuronas para pensar por sí mismo.

—Perdona, Lily, pero todo lo que dices... —Hizo una pausa, sacudió la cabeza—. No me conoces, ni a mí ni a Sirius.

—Conozco lo suficiente como para saber que forzasteis a vuestro amigo, a amigo, a revelar una parte de sí mismo de la que no se sentía seguro; conozco suficiente como para saber que, después de eso, no tuvisteis el valor de aceptarlo como hombres.

El aplomo en la expresión de James pareció resquebrajarse por un instante.

—Queríamos hablar con él —replicó—. Remus no nos ha dado oportunidad, desapareciendo durante toda la mañana y contigo cubriéndole las espaldas.

—¡No tendríais que haberle dejado marcharse sin una respuesta! Remus... Remus es...

«Remus se guarda las cosas demasiado, Remus cree que merece todo el dolor y el desprecio del mundo, Remus le da demasiadas vueltas a todo, Remus no se cree lo suficientemente bueno para nada ni nadie, ¡Remus necesita que le gritéis que lo queréis!». Quería decirle todo eso, hacerle entender a ese estúpido de Potter lo mucho que deberían atesorar a alguien como Remus. Para su sorpresa, no le hizo falta.

—Lo sé.

Lily miró a James entonces. Le miró a los ojos. Este lucía una expresión angustiada, su mirada oscura endurecida tras los cristales de las gafas. No evitaba su mirada, no trataba de ocultar sus sentimientos, sino que se enfrentaba con sinceridad a sus acusaciones. De pronto, Lily se quedó sin saber qué decir.

—Remus os defendería delante de cualquiera, a cualquier costo —musitó al fin, cuando el silencio se volvió incómodo.

James no rompió el contacto visual cuando contestó:

—Daría mi vida por Remus, por cualquiera de mis amigos.

Irreconocible. James Potter se había vuelto de pronto irreconocible para ella.

—Nos tomó por sorpresa... la confesión de Remus. Nos costó reaccionar, sé que deberíamos haber hablado con él en ese momento —admitió, pero su tono no trataba de excusarse—. Prometo que hablaremos con él, si no hoy, mañana. No lo dejaremos pasar más. Pero no le ayudes a evitarnos, por favor.

Lily asintió escuetamente. James esbozó entonces un amago de sonrisa.

—Gracias por ser una buena amiga para Remus —y segundos después se había ido, dejando a Lily parada en medio de un mundo en el que James Potter era una persona madura y comprensiva.

La brisa le sacudió la melena pelirroja; con una incrédula exhalación Lily dejó escapar el aire que había estado reteniendo.

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Remus decidió saltarse la cena ese día, de esa manera podía fingir estar dormido para cuando sus amigos llegaran a los aposentos, lo que con suerte haría que no trataran de enfrentarlo de momento.

«Vaya con mi espíritu Gryffindor, estoy siendo un cobarde» pensó con un deje sarcástico y desdeñoso. Había corrido los prístinos cortinajes de su cama, ya había oscurecido en el exterior y solo la tenue luz del lumus que había conjuradole permitía ver la misma página del libro desde hacía varios minutos. Trató de centrarse en la lectura, era poesía, normalmente un foco para su atención. Sin embargo, después de un nuevo intento infructuoso, finalmente se dio por vencido. No había manera. Su mente divagaba de sus amigos, de las posibles consecuencias de la noche anterior, a Ciel y a la noche anterior. Un nudo se le formó en la garganta al recordar la forma en la que el Ravenclaw lo había mantenido a flote a base de una pura imperturbabilidad que lo habìa envuelto en una burbuja de paz, aunque sólo fuera momentáneamente. Remus había sabido que el chico era diestro con los instrumentos de viento; no había sabido que también podía cantar.

—Pues parece un chico muy dulce —había dicho Lily aquella mañana, cuando había pillado a Remus intercambiando una breve mirada con Ciel—. Y muy guapo.

Remus había sonreído sin ganas, culpable por la imagen de ojos tormentosos y risa alocada que brotó en su consciencia. La chica se le había colgado del brazo entonces, arrastrándolo por el pasillo en otra dirección y, bajando la voz a un murmullo pícaro, había añadido:

—Ahora, ¿por qué no me cuentas cómo es posible que tengas un ligue como ese y me acabe de enterar?

Una suave risa escapó de la boca de Remus ante los labios fruncidos que había puesto su amiga en aquel momento. La risa no tardó en morir, no obstante, cuando escuchó el sonido de pasos acercándose por las escaleras que conducían a las habitaciones.

Nox —susurró, el corazón encabritándose a un ritmo desorbitado cuando oyó decir a Sirius que «¡Lo sacudiré despierto si hace falta!».

James, bendito James, lo detuvo.

—Mañana, Canuto. Déjalo por hoy.

El rugido de Sirius fue el de un perro salvaje. Remus se resignó. Mañana sería, entonces. Aquella noche fue recibido por un sueño inquieto e intermitente.

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Ese jueves de noviembre en el castillo de Hogwarts de Magia y Hechicería los alumnos de sexto curso de Gryffindor y Slytherin se encontraban en medio del aula de Defensa Contra las Artes Oscuras. El profesor, un hombre escuálido y de mirada vacua, trataba de hacerse escuchar sobre el runrún de cuchicheos que su voz exánime era incapaz de acallar.

Un chico de Slytherin de complexión angular y delgadas extremidades observaba en silencio, su expresión huraña estudiando la, ahora seccionada, manada de Gryffindor. Por un lado se encontraban los que en su opinión eran los más cretinos seres humanos nacidos y por nacer, Potter y Black, con su conejillo de indias siempre lamiendo el suelo que ellos pisaban. Por otro, estaba el licántropo que normalmente se sentaba con ellos en DCAO; solo que ese día se hallaba junto a la que había sido su amiga. Una sensación de malestar le inundó al vislumbrar la melena del color del atardecer recogida en una alta coleta. Snape frunció los labios antes de volver a centrarse en Black, el cual aparentaba estar más irascible que de costumbre. Ciertamente lo estaba, pero el por qué era algo que el joven Snape no podía saber con certeza, ni siquiera imaginarlo. Empero no por nada era un gran observador. Sus labios finos, ásperos, se retorcieron en una mueca cruel.

«¿Quién me iba a decir que Black se pelearía con su esposa loba? Otra vez» pensó Snape con oscura satisfacción, «Necios».

Snape se sacó el flequillo de los ojos y recogió la pluma para anotar una par de acotaciones que el profesor estaba dictando con su voz de globo desinflado. El concepto de «discusión» no era uno desconocido para él, en más de un sentido, aunque eso no le hiciera sentir ninguna clase de empatía por el susodicho matrimonio. Si por él fuera, Black podía agonizar en sus propias defecaciones hasta pasar a mejor vida; el otro esperpento no merecía mejor trato que el de un animal. Estrujó con fuerza la pluma entre sus dedos por un momento antes de relajarlos nuevamente. Viró su atención hacia la persona sentada junto a Lupin, diciéndole algo con una sonrisa. El joven Snape no comprendía cómo podía la chica fraternizar con lo que él consideraba un monstruo.

«¡Sangresucia!»

El recuerdo de la desesperación en su voz al escupirle esa palabra a la que había sido su amiga hasta entonces le abofeteó con fuerza. «Una última vez» se dijo mientras arrancaba una pequeña porción de pergamino con una mano temblorosa, apartándose el pelo que continuaba metiéndosele en los ojos, «No habrá ninguna más», se prometió, lúgubre.

Aprovechó cuando el profesor bajó la cabeza para revisar algo en sus notas para enviar la nota encantada.

—Eso me temía. Bien, jóvenes, tomad cada uno uno de los cofres que veis junto a la pared, en ellos encontraréis distintos tipos de materiales de los que hemos... eh, estado comentando. —Vaciló con un gesto nervioso al no acordarse de donde había dejado la jaula de pookas—. ¡Ah, cierto! Por Merlín. Dadme un momento para ir a buscar a nuestros invitados de hoy, id cogiendo un cofre por persona.

Un alumno pelirrojo de Slytherin soltó un comentario burlón en relación al profesor que desencadenó un par de carcajadas entre el resto de estudiantes. No hubo comentario por parte de los Merodeadores, sin embargo, enfrascados cada uno en pensamientos que tenían un punto de origen en común. El joven Black era, de hecho, el que se encontraba en un estado de mayor irascibilidad. Por eso cuando se levantó para coger uno de los cofres, se dio la casualidad de que sus manos buscaron exactamente el mismo que el joven Snape había ido a tomar.

—Vaya, vaya, Quejicus, ¿querías esto? —inquirió mientras agitaba el pulido cofre en el aire con un barrido de su varita. Luego, divisando otro cofre en un rincón de aspecto roñoso, añadió—: ¿Por qué no coges ese? Sería una pena ensuciar uno de estos con tus mugrientas manos de rata de cloaca.

Snape lo fulminó con la mirada. Algunos estudiantes los observaban con morbosa diversión.

—No hace falta, Black. Ya lo ensucias tú en mi lugar con las compañías que frecuentas.

Hubo un destello de cólera en las pupilas oscuras del Gryffindor y una mueca que no llegó a sonrisa deformó su rostro.

—Todos sabemos como te gustan a ti las compañías sucias —escupió—. ¿Por qué no te encierras con tus libros y juguetitos de Artes Oscuras en algún rincón y dejas al resto del mundo en paz, Quejicus? Seguro que a tu círculo de camaradas no les importaría sodomizarte un poco. —Alzó la voz y continuó—: ¿Con cuantos te los montas a la vez? ¿usáis los mismos artilugios que para torturar a vuestras víctimas, eh, maricón de mierda?

—¡Joder, Sirius...! —siseó Potter, de súbito de pie a su lado.

—Quién sabe, ¿por qué, en vez de perder el tiempo preguntándome a mí, no se lo preguntas a ese engendro que tienes por amigo cuando lo sacrifiquen como la bestia que...?

—Parece que alguien aquí necesita una buena polla en la boca para saber cerrar el pico, veo que no...

Potter zarandeó entonces al joven Black, clavándole los dedos con fuerza y provocando que este se volviera para mirarlo. La expresión desquiciada de su rostro no tardó en consumirse cuando se encontró con los ojos severos de su amigo y la compresión le llegó con la fuerza de un maremoto. Lentamente se giró hacia donde se encontraban sentados Lupin y Evans; el primero sosteniendo el cofre fuertemente entre sus manos, la mirada esquiva y los hombros rígidos, la otra lanzándole la mirada más fría que esta le había lanzado jamás. Tratándose de Evans y Black, aquella era una hazaña a tener en cuenta.

Potter arrastró a un patidifuso Black a su propio pupitre justo cuando el profesor volvía de la antesala con un par de grandes jaulas. Ni los lamentos estridentes de los pookas ni el último comentario ácido que Snape le dirigió cargado de odio, se registraron en la mente embotellada del chico. De súbito, las densas ondas de pelo que le caían hasta los hombros resultaban sofocantes. Parpadeó mientras la clase se reanudaba sin que el borrego del profesor se enterase de nada. El joven Black tampoco terminaba de comprender lo que había pasado, lo único que sabía era que había estado furioso, llevaba todo el día furioso e iracundo, entonces Snape había estado en medio, abriendo la boca y poniéndole enfermo... «Y entonces se ha atrevido a insultar a Remus».

—Mierda, James —susurró, lívido—. Soy un puto bocazas.

—Enhorabuena —gruñó este.

«Snape me las va a pagar» pensó Black, pese a todo incapaz de dejar a la ira remitir.

Snape para entonces tenía la vista fija en una melena pelirroja, trataba de estimar si su petición sería bien recibida, o recibida en absoluto.

«Especialmente tras el número que me ha montado ese trastocado de Black.»

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Remus sintió como palidecía al escuchar el desdén en el tono de Sirius al pronunciar la palabra «maricón». Razonablemente, sabía que esa altanería y animadversión escupida por el otro no era dirigida para nadie más que el propio Snape; Remus sabía, porque conocía al idiota de Canuto, que probablemente ni siquiera se había estado dando cuenta de lo que decía —lo cual se confirmó cuando notó la mirada gris de este clavándosele en la nuca—, mas eso no lo hacía más fácil de escuchar.

«¿Tú que opinas, Remus? ¿Snape es un maricón?» se había burlado Sirius semanas atrás, y tal vez Remus supiera, razonablemente, que todo ello era porque se trataba de Snape, pero por algún motivo, en ese instante, todas las veces que su amigo había pronunciado una vejación contra la gente como él parecían reproducirse en cascada tras sus ojos abiertos, pegados con determinación al frente del aula. Podía sentir la tensión endureciendo la postura de Lily, la había escuchado murmurar algo que sonó sospechosamente similar a «Muy inteligente, Black», pero por suerte ella era inteligente, tanto académica como emocionalmente, y no se dedicó a mirarle de reojo durante el resto de la clase. Sirius sí lo hizo, lo cual enervó a Remus aún más.

En cuanto la clase llegó a su fin, Remus se esfumó a toda prisa, sin esperar a su amiga y con la mirada gacha en un intento por pasar desapercibido. Se alejó por los pasillos y giró en un recodo a la primera oportunidad. Por desgracia, sus amigos no en vano eran los mejores bromistas de Hogwarts. No habían pasado ni cinco minutos cuando James y Sirius lo hubieron interceptado en un corredor del cuarto o quinto piso —Remus no estaba seguro—, agarrándole cada uno de un brazo a la fuerza y lanzándole a una sala desierta, que bloquearon de inmediato mágicamente.

Hubo un instante de silencio incómodo en el que Remus se vio reflejado en la mirada contrita de James y en la de Sirius, más profunda e insondable. Cuando Sirius desvió la vista, Remus resolvió que el silencio había durado demasiado; porque, al fin y al cabo, estaba acostumbrado a allanarle el "sendero emocional" a Sirius.

—¿Cuántas veces tengo que explicarte que Snape no tiene la culpa de que tú te hayas levantado con el pie izquierdo, Canuto?

El pliegue entre sus cejas se acentuó y, cuando alzó la vista de nuevo, Remus enarcó las cejas en su dirección con estudiada indiferencia. Sirius resopló entonces, murmurando algo por lo bajo que sonó como «Prefecto» y «Lunático».

—En defensa de Sirius diré que esta vez tenía un buen motivo para estar irritado —dijo James después de un momento, insinuando una sonrisa—. Ya sabes como se ponen los chuchos cuando no se les da el suficiente cariño.

—Oh —murmuró Remus—. Lo sé bien. Tienes que cuidarlo mejor, Cornamenta, no queremos que fallezca antes de causar terror al mundo.

—Nah, a mí no se me da hacer de niñero.

—Perrero —apostilló Remus.

—Cierto —contestó este, soltando una carcajada que murió enseguida.

—¿Podéis, por favor, no hablar de mí como si no estuviese aquí? ¿qué soy exactamente? ¿una pared? Porque os aseguro que mi vieja madre sería menos fastidiosa si yo fuera una jodida pared.

Remus sintió un mariposeo en la boca del estómago cuando sus miradas se encontraron entonces, porque aquel era el Canuto de siempre: irritante, chiflado, salvaje y enrevesado, pero profundamente leal. No pudo evitar soltar un suspiro antes de coger una silla cercana y dejarse caer. Se frotó la cara con cansancio.

—Siento... siento haberos evitado.

—Y eso está bien —dijo James—, pero somos nosotros los que nos tenemos que disculpar. No hemos sido unos buenos amigos.

Algo se reveló en Remus al oír eso.

—Sois los mejores. Nunca he dudado de eso.

—Pues tienes una forma curiosa de demostrarlo —replicó Sirius. La irritación no había desaparecido exactamente de su tono, y cuando Remus alzó la vista con ganas de protestar y disculparse al mismo tiempo, Sirius no le estaba mirando, sino que se observaba las manos como si fueran una nueva maravilla en el mundo—. Entonces, te... —carraspeó—. ¿Es verdad? Te van los tíos, ¿no? Quiero decir, no se nota, nunca lo hubiera dicho. Está lo de la poesía y todo el rollo de Wilde, pero vaya.

Remus respiró hondo.

—Soy gay, maricón de mierda como tu dices. —Sirius abrió la boca, pero Remus lo acalló con rapidez—: No obstante, el hecho de que me guste Wilde, Shakespeare y otros tantos excelentes autores son solo prueba de mi buen gusto, no de mis inclinaciones sexuales.

En un momento, un millar de expresiones destellaron por el semblante de facciones aristocráticas de Sirius, finalmente este sacudió la cabeza, musitó:

—No iba para ti.

Remus sintió una opresión en el pecho. Sonrió un poco.

—Lo sé, pero...

—¡Deberías saberlo ya! —ladró Sirius, paseando de una lado a otro—. Cualquier cosa que le diga a Quejicus, sea lo que sea, nunca pienses que va hacia ti también. Aunque sea... —sacudió las manos ampulosamente—... acerca de esto. Joder, Remus.

Eso era lo más cercano a una disculpa que Remus iba a recibir por parte de Sirius. Para su no-sorpresa, fue más que suficiente. De refilón vio como su otro amigo ponía los ojos en blanco, su sonrisa más abierta que la de Sirius, su expresión más amable y contrita mientras volvía a disculparse con Remus.

—También está molesto porque se lo contaste a Lily y no a nosotros —añadió James un poco después mientras se dirigían a los terrenos—. Yo también. Un poco —admitió.

Remus se encogió de hombros, incómodo.

—Ella se ha criado con muggles, son algo más tolerantes, o bueno, empiezan a serlo. El mundo mágico no es lo que se dice «permisivo» con esto. En fin, tampoco con lo otro. Parece que estoy destinado a ser un paria.

Súbitamente, sus dos amigos frenaron en seco. La expresión de Sirius se había endurecido; James, en cambio, meneó la cabeza.

—Y nosotros nunca te hemos tratado diferente por tu condición.

—No, sí que lo hemos hecho —contradijo Sirius—. Porque eres diferente, eres Lunático.

Remus parpadeó, ligeramente perplejo mientras James asentía con una suave y genial sonrisa, porque en ese momento la palabra «diferente» en boca de Sirius había sonado como algo en algún punto entre «especial» y «nuestro». Había sido posesivo y había sido manada, y Remus no entendía cómo había podido llegar a dudar de sus mejores amigos.

—Bueno, le diré a Lily lo celosos que estáis de ella. Estoy seguro de que le encantará saberlo.

Sirius resopló con fuerza, sobresaltando al cuadro de una dama tomando el té.

—Evans necesita buscarse aficiones.

—¿Oh? —Remus arqueó una ceja—. Es curioso que ella diga lo mismo de ti.

—Pse, ya le gustaría a ella. Tengo pasatiempos para dar y regalar.

—El pasatiempos es el mismo: follar —interrumpió James—. Lo que cambia es la chica. Y hablando de Lily...

—No estábamos hablando de Lily.

—Gracias a todo este tema, se acercó a hablarme ayer durante el entrenamiento —continuó James ignorando a Sirius como de costumbre cuando se trataba de la chica—. ¡Ah, estaba incluso más furiosa que cuando se le levantó la falda en el tren! O sea doblemente guapa. Creo que incluso la sorprendí.

—Tal vez porque, por una vez en tu vida, no estabas tratando de sorprenderla —sugirió Remus, preguntándose exactamente qué había sido lo que Lily había ido a decirle a James, aunque conociéndola podía hacerse una idea—. Y estoy seguro de que nada la preparó para conocer a tu parte sensata.

James tarareó meditabundo.

—Me acusó de tratar mal a mis amigos. Puede que estuviera algo cabreado.

Remus sonrió y aún continuaban hablando de mil tonterías cuando se sentaron bajo la sombra de un gran roble, junto al lago, saludando de pasada a Dante y a un par de Hufflepuff. Hacía un buen día y Remus se permitió dejarse bañar por la apacible normalidad de las conversaciones entre sus dos amigos, apoyado en el tronco y con la vista fija en la gran extensión de agua, en cuya superficie la luz del sol se reflejaba en formas fluctuantes. Al parecer las cosas no iban a ser tan desastrosas como se había podido llegar a imaginar. Aún tenía algunas dudas, cierta aprensión porque algo cambiase entre ellos, en su dinámica de ahora en adelante, pero al menos no los había perdido.

—¿Peter? —recordó de pronto, interrumpiendo una conversación acerca de Quidditch.

James se empujó las gafas sobre el puente de la nariz y se encogió de hombros.

—Necesita un poco de tiempo —dijo en un tono que sonó demasiado parecido a una disculpa—. Pero no te preocupes, lo entenderá.

—O tío Sirius se lo hará entender.

Remus no pudo evitar soltar una carcajada, para luego sentir como se le subían los colores ante la mirada sonriente de los otros dos. «Realmente les he preocupado», pensó. Ambos eran como dos perros apaleados en ese tipo de situaciones. «Habrá que compensarlo de alguna forma».

—Por cierto, Canuto, cambiando de tema y ya que todos sabemos lo mucho que te interesa la sexualidad de Snape... ¿Acaso aun no sabes quién ocupa su corazón? —preguntó de pronto sin entonación.

Aquello conllevó un gruñido por parte del aludido y un resoplido de risa por parte de James. Y puede que se sintiera ligeramente culpable por traer a colación a Snape, por hacerlo el blanco de esa nueva conversación, por mencionar el enamoramiento de este para con Lily, pero si esa culpabilidad era el precio a pagar porque sus amigos sintieran que todo volvía a la normalidad, que podían bromear, hacer lo que fuera que habían hecho siempre los merodeadores, entonces Remus estaba dispuesto a pagarlo. Tampoco es que le cayera bien el Slytherin. Sirius se rió con un ronquido indómito, las ondas de su melena botando con los espasmos de su cuerpo. A Remus se le cortó la respiración. Sobretodo cuando esas orbes de humo oscuro le miraron con gozo y picardía, cuando detectó las briznas de hierba que se le habían enganchado en los rizos y quiso quitarselas a mordiscos, lamerle toda la cara y absorberle esa sonrisa para que dejara de hacer que le rugiera la sangre en las venas. Cerró los ojos y apartó la mirada por si las moscas. Al igual que se sentía capaz de asegurar que James estaba bien con él siendo homosexual, Remus no las tenía todas consigo en cuanto a Sirius; por todas las bravuconadas que este soltase respecto a "adiestrar" a Peter pertinentemente —«Para que veas, Lunático, que hago el esfuerzo de incorporar tu vocabulario rimbombante en mi día a día»—, Remus dudaba que para este fuese tan fácil de aceptar. Mucho menos lo sería si se enterara de que era él y no otros hombres como concepto abstracto el que enloquecía a su bestia interior. Sus sentimientos no eran correspondidos ni nunca lo iban a ser. Tenía que superarlo. Aún así, Remus no permitió que eso marchitara la felicidad que sentía en esos momentos. Tenía a sus amigos, tenía a Sirius en la calidad que fuera, eso era todo lo que importaba.

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Había un chico de porte nervioso parado a un lado del camino que llevaba a la lechucería. El camino era árido a esas alturas del año, hacía viento y las hojas secas emitían largos susurros al ser arrastradas sobre el suelo de piedra irregular. Un par de personas fueron y vinieron de la alta construcción donde se refugiaban las aves; no mucho después, un joven de piel oscura atravesó los terrenos también antes de enviar una carta y volver sobre sus pasos. De esa forma, la tarde fue avanzando y el cielo grisáceo empezó a teñirse en acuarelas cálidas: naranjas y rosados. Olía a hierba húmeda, salvaje. Un roedor chutó una piedra que repicó en el empedrado hasta salirse del camino y hundirse en la hierba ondulante. Se escuchó el ulular de tres lechuzas, que regresaban del oeste con un batir de alas parsimonioso. El chico continuaba allí, un tanto apartado del camino. Llevaba una túnica negra que le ondeaba hacia un lado con el soplido de la brisa, era escuálido, de pelo grasiento y negro como el ala de un cuervo.

Había ese chico, que alternaba entre mirar hacia el camino y a sus ajados zapatos y que parecía estar esperando a alguien. Pasaron unos minutos antes de que se volviera a oír el sonido de pasos ascendiendo por el camino de piedra. Para entonces, el chico había tenido la vista perdida en la arboleda que se extendía a un lado, en la lejanía, pero elevó la mirada bruscamente en ese momento. El brillo en sus orbes negras se extinguió cuando estas se posaron en la figura femenina ascendiendo el sendero: una chica con el cabello rubio y trenzado, el escudo de su túnica la delataba como estudiante de Hufflepuff. La joven se deslizó junto al otro chico, echándole una mirada de reojo, y entró en la lechucería. El chico no se movió, tampoco se movió unos minutos más tarde cuando se encontró de nuevo solo en los alrededores. No se movió mientras las luces fueron desapareciendo de la cúpula celeste, mientras la sutil pero intensa luz que había mantenido la vida en su expresión fue marchitándose con el paso de las horas.

El chico ya no lucía nervioso para cuando el sol se extinguió por completo tras el horizonte. Tenía ambos brazos muertos a cada lado del cuerpo, el rostro ensombrecido y la boca tensa en una fina recta. De repente, se dio la vuelta y entró en la lechucería, donde hizo aparecer pergamino y tinta, escribió una rápida misiva de poco más de un párrafo y la envió. No se quedó a ver como el ave se elevaba hacia los cielos.

A la tarde del día siguiente, en Wiltshire, un hombre joven de majestuosa prestancia se hallaba sentado con las piernas cruzadas, tomando el té entre cuidada vegetación. Su largo, y en apariencia sedoso, cabello rubio caía en una cascada sobre su espalda. Una lechuza se acercó volando. Después de dejarla entrar con un aire de cierta suspicacia, el hombre le ofreció una golosina mientras desenrroscaba el pergamino de su pata y lo leía aprisa. La comisura de su boca se torció en una mueca que no llegó a ser una sonrisa y los ojos azules le resplandecieron.


Eso es todo por ahora, espero vuestras opiniones ;P