#2
— Recuérdame una vez más qué hicimos para merecer esto — dijo Sirius, resoplando teatralmente mientras se limpiaba la frente luego de fregar los retretes de cada piso del castillo junto a su compañera de castigo, Marlene McKinnon.
¿Y quién más? Tras el primer año de relación entre Lily y James, demostrándole al mundo que iban en serio, el joven Black sentía que había perdido a su otra mitad y, de paso, había encontrado el condimento faltante en la abandonada número dos, como le gustaba llamarle algunas veces antes de que ella se enfadara.
Si tan solo Marlene admitiera que ambos fueron dejados de lado por el jodido amor.
— Si me dejas llamarte Pads, te digo — sonrió ella enseñándole todos sus dientes.
— Así es como me llama…
— Ya lo sé, tu amor imposible, el único, el más guapo, el inigualable James Potter — se burló ella.
— Y el resto de los merodeadores — refunfuñó Sirius — Además, admítelo, todos sabemos que el más guapo de los cuatros es quien te habla, Mars. Lo dicen las estadísticas de esta escuela y te lo digo yo.
— Sí, claro, y no me llames así, tampoco te lo permito.
— Yo te llamo como se me da la gana, Mars — siguió él, batiendo un sopapo en el aire como si la estuviera amenazando con la varita. Marlene hizo una mueca y frunció el ceño.
— Te propongo un trato, perro sucio — soltó. Sirius alzó la cabeza, interesado. Marlene intentó no reír por lo mucho que le recordaba a un cachorro de vez en cuando. — Te dejo llamarme Mars si me dejas llamarte Pads.
Sirius sonrió de una manera que hizo sentir a Marlene que sabía un secreto que no le revelaría.
— Mars, tú no me dejas, yo simplemente lo hago — explicó.
— Ok, Pads, trato — dijo ella, como si eso hubiera sido un sí, o como si le estuviera haciendo oídos sordos a su estúpida provocación. Sirius era así, y así se había convertido en su especie de "amigo" del momento.
Hasta que Lily la tomara en cuenta en algún momento. Hasta que James se despegara de ella y se ocupara de su amigo.
Sí, eran unos abandonados, lo tenía que admitir.
— ¿Y bien? — Sirius lanzó el sopapo lejos y caminó hasta dejarse caer junto a los lavabos. Suerte que en ese piso no había filtraciones y podían sentarse en el suelo a descansar. En los pisos anteriores habían tenido que meterse a los cubículos, uno en cada uno, a dormir un rato.
— Bueno, creo que estábamos haciendo los deberes para runas antiguas en la biblioteca y nos aburrimos — comenzó la joven. — Unos Sly estaban en la mesa de adelante y comenzamos a picarles el trasero con unos cohetes silenciados que trajiste de zonko.
— Oh sí, y uno de esos no tenía el silenciador activado — la interrumpió Black, risueño.
— Y le explotó en toda la espalda al hijo de Barty Crouch.
— Diablos.
— Sí, diablos.
Marlene soltó la escoba y los guantes y se sentó a su lado.
— ¿Tu crees que podamos mover la varita y ya…?
Sirius movió la cabeza secamente, frunciendo los labios con frustración. Pasaron los segundos, quizás minutos enteros, y finalmente le respondió perezosamente:
— Si pudiéramos, querida, los castigos no serían castigos. Además, somos el ojo del huracán, somos los que atacaron al hijo del ilustre Bartemius Crouch. Eso es dulce...
Se miraron como si fuera un gran logro, ambos orgullosos de la hazaña. Sirius la apreció más que nunca en ese momento, y no solo porque le recordara levemente a sus travesuras desde el primer año junto a James, sino que porque había sido McKinnon quien le mostró que una chica puede ser igual a él y a la misma vez tan diferente. El tiempo que pasaba cuando estaba con ella no era tiempo muerto como le solía denominar al tiempo que le dedicaba a sus conquistas antes de aborrecer la falsedad de sus relaciones, de sus sentimientos, de sus propios actos.
James se caería de la silla riendo si le contara, si tan solo le dijera que había conseguido relajarse y dejar su verdadero yo en libertad al lado de una chica.
— Pads — la escuchó y dejó la reflexión de lado para girarse a mirarla. Ella sonreía como niña. — Pads, pads, pads, pads — comenzó a repetir y se puso de pie, volviendo por sus implementos de limpieza.
— No te entusiasmes tanto, amorcito, podría hacerte usar muy bien mi apodo en la sala de los menesteres, esta noche — sugirió. Marlene se dio vuelta y meneó la cabeza, sin dejar por eso de sonreír.
— En tus sueños, cuando te duermas solo en tu cama y repitas mi apodo en voz bajita, para que tu James no se entere — le respondió. Tras compartir muecas de fingido odio, fue ella quien dejó el juego y resopló antes de decir: — Andando, pulgas, nos quedan más de tres baños tapados en esta ala del castillo.
Sirius se levantó y volvieron a emprender la imposible tarea de limpiar un poco esos baños para aprender que al hijo del director del departamento de seguridad del ministerio no se le lanzan cohetes ultra ruidosos en el trasero.
