Convencer a Yuuri había sido difícil pero Victor lo logró. Mejor dicho, las circunstancias lo hicieron ceder. Desde la mañana preparó lo más importante para el encuentro, tenía que hacerle ver que necesitaba de su ayuda. Llevó a las personas más allegadas a él: Georgi, Mila, Yurio y Yakov. Eran sus compañeros desde hacía años, no desconfiaba de ellos ni de sus capacidades.
Georgi era bastante talentoso, podía armar una cámara espía con solo desechos electrónicos, e incluso conectarse a un satélite cuando necesitaban información del gobierno. No era para menos ser hijo de un miembro disidente de la KGB. Pero muchas veces sus emociones lo dominaban, como el día en que habían organizado un robo y él durmió haciendo guardia por haberse emborrachado recordando a su ex. Lo habría mandado de vuelta a Rusia para ser castigado pero no pudo; aún lo apreciaba y confiaba en él, sin contar que le debía un favor por salvarlo de un espía enemigo.
Yurio y Mila eran amigos, y aunque aparentemente no se llevaran bien, eran inseparables. Diestros en artes marciales y usando armas de fuego, Yurio era más impulsivo y se irritaba con facilidad. En un principio era un problema al tratar con diplomacia a los rivales por su obvio sarcasmo, pero al permitirle desquitarse dejándole el trabajo sucio, ese problema se fue resolviendo. Y Mila era más fría e inteligente, capaz de negociar con tipos muy obtinados. Tampoco tenía reparos en ir de incógnito en misiones de espionaje y asesinatos; la cortina de ser una mujer bonita ayudaba mucho junto a sus técnicas asesinas.
Yakov era la persona que lo educó en casi todo lo que sabía del trabajo. Había sido un compañero de su padre cuándo apenas iniciaba, y se hubiera jubilado de no ser porque prefería guiar al heredero del jefe de la Bratva, ya que según sus palabras todavía era inmaduro y le faltaba sensatez para ser un buen líder. A pesar de ser estricto, se preocupaba por Victor y era más familia para él que su verdadero padre, quien solo se preocupaba por tener un sucesor. Lo había acompañado en todas sus misiones desde que comenzó a tener cargos importantes, y a pesar de ello, era difícil hacerse cargo. Todos esperaban resultados y él no quería decepcionarlos.
El aire era pesado en el automóvil donde viajaban los rusos; con todo el asunto de Katsuki, Victor había estado preocupado. No sabía si funcionaría el plan, pues era un riesgo, como todo, y no quería poner en peligro a su equipo pero de una extraña manera tampoco quería arruinar más las cosas con los japoneses. Todos lo notaron pero nadie lo mencionó, hasta que Georgi habló.
—Victor, gracias por darme otra oportunidad, pero te noto más serio de lo normal. ¿Seguro que quieres hacer esto?
—Está así desde que fue a buscar a Katsuki en su propiedad, jajaja. De seguro le dieron una paliza y no quiere que lo sepan.
—¡Oye bruja! El viejo podrá ser idiota pero no perdería ante un cerdo de mierda.
—¿Cerdo?
—Tú no lo has visto en persona, bruja. Ese cerdo come más y se convierte en hipopótamo.
—¡Ya basta ustedes dos! No vinimos a jugar, tengan seriedad. Si las cosas se ponen mal, seremos nosotros contra todos los hombres de Katsuki. Más vale que se comporten y no estén con tonterías enfrente de ellos ¡Y me refiero a ti, mocoso malcriado!
—¿Por quién me tomas Yakov? Ya lo sé, ya no soy un mocoso estúpido que pondría en peligro a todos.
La pesadez de su cuerpo disminuyó; sus amigos trataban de calmar su preocupación y lo agradecía pero Yakov tenía razón.
—Por favor, cálmense, todos estamos tensos. No es que no me preocupe entrar en la boca del lobo, pero lo lograré. Si nos hacemos aliados podremos encontrar al maldito que nos hizo esto; eso o al menos darnos cuenta si es verdad que fue Katsuki.
A la hora acordada, se dirigieron al templo, ahora escondite del kumikicho. Hicieron pasar al grupo ruso. No era sorpresa que tuvieran muchos guardias, pero no los intimidaron. Fue una molestia tener que dejar sus zapatos en la entrada; no obstante no podían ser descorteses con sus anfitriones.
Sin embargo, al dirigirse a la habitación dónde sería el encuentro con Katsuki, solo permitieron pasar al representante de los Nikiforov. Sus acompañantes casi protestaron, pero Victor los detuvo. Podía cuidarse solo y en la habitación solo estarían Katsuki y él; no sería capaz de una emboscada.
La habitación era increíble, con un ambiente minimalista que daba un sentimiento de paz. Un piso de tatamis le daba una sensación cómoda y fresca a sus pies a pesar de ser verano, y unos cuantos cuadros de tinta china eran lo único que decoraban las paredes, mientras que una mesa pequeña resaltaba en el centro del lugar. Lo más educado era sentarse a esperar, pero necesitaba echar un vistazo al jardín que se apreciaba desde el interior. La puerta estaba abierta y camino unos pasos fuera de la habitación pero no se aventuro más por la evidente falta de zapatos.
Todo era perfecto. Lo que más destacaba era un lago verdoso de un tamaño considerable para aquel jardín, rodeado de piedras y pequeños árboles que casi parecían arbustos. Dos árboles más grandes y frondosos estaban a su izquierda y contrastaban con el pequeño farol de piedra a la derecha. Un ruido de agua salpicando lo distrajo y al fijarse mejor vio que en el lago había peces koi. Era bonito que ese lugar tan bello estuviera habitado, seguro que ellos disfrutaban tanto o más que él de estar ahí. De pronto recordó que desde que supo que iban a Japón, Georgi se la había pasado hablando de cada palabra japonesa que implicara romance, como el vocablo koi, que significaba "amor romántico" y sonaba igual que el nombre de los peces del estanque.
El escalofrío que se le presentaba desde aquella ocasión volvio a él. Era raro que estuviera nervioso, pues estaba en ese trabajo desde hacía diez años, y sin contar la influencia de su padre desde que nació. Este le enseñó a nunca mostrar debilidad, sobre todo frente a un potencial enemigo. Pero no podía evitarlo, no podía negar que sentía atracción hacía Yuuri, hacia alguien de quien todavía sospechaba por más que buscara pruebas de lo contrario.
Decidió regresar y acomodarse en la mesa baja, pero se removió incómodo al notar que no sabía cómo sentarse.
—Es sobre tus rodillas. Esa postura se llama seiza y significa "sentarse de manera correcta". Sería lo mejor en una reunión formal pero puedo hacer una excepción para un extranjero que no está acostumbrado. —Katsuki Yuuri había llegado sin percatarse. Llevaba puesto una yukata ligera de color azul marino; se veía tan elegante y serio que Victor casi pierde el aliento.
—Lo siento Katsuki-san, no me di cuenta de su presencia. Por favor le pido una disculpa por mi manera de actuar, estaba tan desesperado por saber quién me había perjudicado que no me di cuenta de lo que hacía. ¡Discúlpeme por favor!— Victor término la frase haciendo una reverencia.
—No es necesario, me di cuenta que no estabas completamente en tus cabales.
—Lo siento.
—No importa ahora, pero me alegra ver una disculpa tan enérgica. No esperaba que quisieras negociar conmigo pero tienes suerte; otros ya te hubieran matado por ser tan irrespetuoso y además entrar en territorio enemigo así de desconfiado.
—Se que no lo harías sin razón, Katsuki.
—Me conoces bien a pesar de habernos visto solamente unas cuantas veces.
—Debo conocer bien a mis amigos y también a mis enemigos.
—Espero que no insinúes nada, Nikiforov. No seré tu enemigo a menos que lo desees, claro está. Pero asumo que no es tu intención si has venido hasta aquí solo y sin protestar.
—Así es, mi deseo es que podamos llevarnos bien.
—A nosotros también nos convendría un acuerdo con una de las familias más importantes de Rusia. Obviamente negociar es mejor que enemistarnos por tonterías.
—Por algo se empieza y estoy de acuerdo en que una amistad es conveniente para ambos.
—Vamos por pasos, Nikiforov. Los extranjeros no son de mi total agrado; siempre actúan como si quisieran adueñarse de todo. Pero por el momento le daré el beneficio de la duda.
—Muchas gracias Katsuki, tendré que aprovechar su generosidad.
Hablaron cerca de dos horas. Cada uno dio sus condiciones de la compra, cómo efectuarían el pago, los pormenores de la mercancía y demás. Estaban cerca de cerrar el trato cuando Yuuri por un momento se quedó viendo un punto muerto, y repentinamente sin querer susurró un leve "Vicchan". Enseguida los dos se paralizaron y el calor se agolpó en las mejillas de ambos. Victor había oído que el sufijo "chan" se usaba para personas muy queridas, y aunado a que el nombre que pronunció se parecía mucho al suyo, no pudo evitar sonrojarse. No parecía que fueran dos hombres mayores en una reunión entre dos de los representantes más importantes de la mafia.
Yuuri estaba apenado y nervioso intentando corregirse. Era una imagen muy diferente a la que siempre tuvo de él, la de alguien decidido y firme que nunca dejaría que un pequeño error lo afectara. Esa vista era hermosa y digna de presenciarse.
—¡Lo siento! Fue mi error. ¡Es solo...!— La expresión de Yuuri cambió a una más seria y melancólica. —Solo... Disculpa; es el aniversario de la muerte de alguien muy querido para mí. Era mi perro, Vicchan.
—Está bien, aunque es un nombre raro para un perro.
—En realidad se llamaba Victor... Es que... Siempre admiré al patinador artístico de tu país, Victor Plushensko. Es tan admirable, era mi ejemplo a seguir antes de, ya sabes, tener este trabajo.
—Katsuki... ¿Es en serio? ¡Increíble! A mí también me gusta Plushensko; amo patinar.
—¿Nikiforov?
—¡En serio! Mi madre ocultaba que me llevaba a clases de patinaje. Ni siquiera pude competir por miedo a que mi padre lo supiera; me lo hubiera prohibido de por vida pero no me quitará la sensación de felicidad de cuando solía hacerlo.
—Impresionante, no hubiera podido saber que teníamos eso en común; también lo practicaba. Mi familia sí lo aprobó, hasta que llegó el momento de heredar el negocio familiar. También hubiera querido competir pero...
—¡Genial! Podríamos haber competido juntos.
—No, imposible, no era muy bueno.
—Entonces te estrenaría hasta que lo fueras.
—Jajajaja, tampoco creo que tú lo hayas sido.
—No lo sabemos, yo tenía potencial ¡Pude ser campeón mundial!
—Jajajaja sí, lo que digas Nikiforov—. Katsuki aclaró un poco su garganta antes de continuar. —Deberíamos terminar con nuestro trato antes de seguir charlando.
—Está bien—. Victor ensombreció su rostro. Temía llegar a esto, más ahora con lo bien que parecía que llevarse con Yuuri. Antes de tomar la decisión debía mostrar las pruebas que apenas logró juntar en los días previos; necesitaba que le creyera o al menos saber que Katsuki no era el culpable.
—Katsuki, antes de eso, necesito saber que puedo confiar en ti.
—¿De qué estás hablando?
—Yo sé muy bien que odias relacionarte con extranjeros, y si lo haces es por acuerdos sin mucha importancia; sin embargo no permitirías que entraran al círculo más cercano de tu clan.
—Es correcto, pero no entiendo cuál es tu problema.
—No es eso. Sabía que había algo mal con todo esto e investigué un poco, por lo que mandé a mis subordinados a vigilar—. Victor titubeó antes de buscar algo en dentro de su saco. Yuuri se puso alerta pero al ver que solo eran unas fotografías, recuperó la calma por unos segundos antes de que Victor le pasara las imágenes y siguiera explicando. —Captaron a un grupo de norteamericanos saliendo del edificio. Sé que solo lo utilizas para reuniones de tu grupo. Alguien los dejó entrar y si no fuiste tú, alguien de tu clan está actuando a tus espaldas.
—Nikiforov, empezaba a creer en tus buenas intenciones, pero después de todo, los gaijin son una escoria. ¡Cómo te atreves a intentar hacer que dude de mi propio clan! No caeré en tus trucos con esas fotos modificadas.
—¡Katsuki! Es verdad, puedes revisarlas tú mismo para ver que son reales.
—No tomaré nada de ti; lárgate y no vuelvas a poner un pie aquí.
-¡Yuuri! ¡Es verdad! ¿Por qué crees que el tipo que me robó dejó algo tan obvio como tu emblema? Estaba esperando que peleara contigo, y probablemente quería que ambos muriéramos ¡Alguien está en tu contra y no quieres admitirlo! ¡Tu orgullo te acabará matando!
—Vete, no escucharé nada más.
—Bien, pero sé que algo pasa; también me concierne así que toma mi número por si acaso me crees.
Victor se puso de pie y le extendió una tarjeta. Yuuri solo dio un manotazo haciendo volar el pequeño pedazo de papel al otro lado de la mesa.
—Solo piénsalo—. Nadie dijo otra palabra. Victor salió de la habitación mientras Yuuri seguía sentado mirando la tarjeta. No lo admitiría pero estaba decepcionado. Ese ruso intentó ponerlo en contra de su propia gente y justo cuando creyó poder tener un amigo después de anhelarlo tanto.
Habían pasado dos días desde el encuentro con Nikiforov, y deseaba no pensar en eso pero su cabeza le daba vueltas al asunto. ¿Todo fue un engaño para hacerlo caer en una trampa? Pocas personas que lo rodeaban tenían esos gustos en común, y era raro que alguien conociera su amor por el patinaje. Aún si de alguna manera lo averiguó, su aura emitía un brillo especial cuando hablaba del hielo; por eso fue tan fácil hablar con él. No pudo ocultar que una pizca de tristeza lo recorría; parecía que ese hombre podía comprenderlo pero era solo otro asqueroso gaijin intentando engañarlo.
Intentaba no suspirar mientras veía la eterna repetición de los edificios cuando viajaba hacia Miyashige, donde se reunía cada mes con los subordinados que se encargaban de recibir los embarques de oro traficado desde Taiwán. Todo era normal salvo que no olvidaba las palabras de Nikiforov. No dejaba de estar paranoico, algo de lo que decía podría ser cierto… Él era un jefe novato y nunca consideró que tuviera talento para el puesto, ya que era amable sin el rastro de crueldad que se necesitaba, por lo que no sería una sorpresa si quisieran quitarle el mando. Tampoco es que lo deseara tanto como otros, pero lo hacía por su familia, pues sin él ya no habría garantía de que alguien protegiera a sus padres retirados o a su hermana; cualquier enemigo del pasado podría ir a cobrar venganza.
Además, aún sin nunca haberlo dicho tenía esperanzas de que podía cambiar el sistema de los yakuza. Odiaba el tráfico de personas y de drogas, así que se rehusaba a hacerlo. Incluso mantenía al mínimo el tráfico de armas. Por esto los demás grupos lo despreciaban, y otros lo adoraban porque acaparaban el negocio para ellos. Pero nunca dejaban de verlo como un debilucho de carácter y hubieran acabado con él desde hace tiempo si no fuera por los aliados que le dejó su padre. Su sueño estaba lejos de cumplirse; había momentos en donde estaba tan harto que le dejaría el mando a quien se lo pidiera.
Pero ni en sus sueños más fantasiosos le dejaría el puesto a cualquiera después de lo que vio… Nadie lo recibió al tocar la puerta de acuerdo a la clave, así que tuvo que derribarla, pero no tuvo tiempo de sorprenderse por ver a algunos de sus subordinados sangrando en el suelo cuando sus guardaespaldas lo empujaron, tratando de defenderlo de un peligro que ya se había esfumado.
Al no notar ningún enemigo alrededor, Yuuri pudo ver por su cuenta lo ocurrido. En efecto solo había cuatro personas desangrándose. Era horrible pero no debía demostrar sus sentimientos delante de nadie, pensó mientras mordía sus labios intentando controlarse... Hasta que vio el cabello rubio anaranjado resaltando entre los demás. No pudo evitar gritar su nombre y salir corriendo hacia él, ya no importaba que lo vieran. Dejó salir su llanto sosteniendo los hombros del cuerpo casi infantil. Minami, el chico que lo admiraba y que siempre estaba detrás de él con una sonrisa, estaba muerto. O eso pensó, ya que cuando se dejó llevar recargando su cabeza en el pecho del muchacho, notó un latido. No pudieron importarle menos los reclamos de sus acompañantes diciéndole que era arriesgado llevarlo a cualquier hospital…
Por fortuna, los doctores pudieron estabilizar a Minami; tenía una herida grave en el pulmón y necesitaba cirugía. El chico era un huérfano, no tenía a nadie así que se quedó cuatro horas en el hospital. Hubiera querido ver si salía bien del quirófano, pero el asunto del tiroteo no era poca cosa y requerían su presencia. Le habría dado igual de no ser porque su antigua maestra de artes marciales, a la que trataba como otra madre, lo llamó. Su tono era estricto pidiéndole que fuera, pero amable, casi intentando consolarlo.
Cuando ella lo recibió, todo estaba listo para tener una reunión interna; solo faltaba él. Sin embargo, el joven líder necesitaba hablar primero con Minako, la persona en quien más confiaba, por lo que se disculpó, y ambos fueron al estudio de Yuuri para conversar con calma.
—Yuuri, recibimos la llamada de Phichit; ellos entregaron el oro, recibieron la paga y se fueron. Podemos confirmarlo porque la carga estaba intacta, ya que nuestros hombres atacados tenían la mitad de ella. No faltaba nada, y la otra mitad la recibimos media hora antes de que ustedes llegaran. Al parecer decidieron adelantarse y dejar lo demás a cargo de los fallecidos, perdón, de las víctimas; por eso agarraron con la guardia baja a tan pocos de los nuestros.
—Minako-sensei ¿Tan poco me respetan los demás? Siempre les dije que siguieran nuestro método de transportar mercancía al pie de la letra. No tengo ninguna importancia aquí si mi palabra no vale y pasan cosas como esta.
—Yuuri, eso no importa ahora. Quisiste asumir el cargo para no dejárselo a Mari, a pesar de que te había dicho que ella tenía un carácter más apropiado... Pero no quiero regañarte, lo harías si te decidieras, lo sabes.
—No, está más allá de eso; ese extranjero tenía la razón, soy un inútil. Esta tarde cuando nos llevamos a Minami al hospital, cerca de la puerta encontré el arma que mi padre me regaló cuando se jubiló y yo le sucedí. No nos dimos cuenta por el alboroto pero lo note al irnos. No me gusta usarla, así que siempre la guardo en la caja fuerte de mi oficina. Me están retando, sea quien sea quiere quitarme de en medio y asegurarse de que yo lo sepa.
—¿Comó sabes que no fueron ellos o algún otro? Después de todo estuvieron espiándonos sin que nos diéramos cuenta.
—Aún si nos espiaron, no entrarían aquí sin ser percibidos, y si fueron ellos, es mejor vigilarlos de cerca. Perdona, sensei, es lo único que puedo hacer.
—Yuuri, no te disculpes conmigo, sé que podrás con ellos. Eres de buen corazón pero no tonto. Igual los mantendré vigilados, así haz lo que tengas que hacer.
Era el momento de actuar. Odiaba retractarse de algo, pero tampoco sería terco cuando menos lo necesitaba. Sacó su teléfono y la tarjeta arrugada que recibió de Nikiforov; agradecía no haberla tirado.
—Nikiforov, está bien, tú ganas. Ven a verme mañana para decidir los puntos de nuestra alianza.
