: Redenció

Desde hace muchísimos siglos existían, brujas y cazadores, enemigos eternos incapaces de soportarse sin acabar con la vida del otro. Así era su orden natural.

Entre los mismos cazadores existían distintas clases sociales, dependiendo de su poder y que tal buenos eran cazando brujas. Obviamente el que se encabezaba todo ello era la familia más antigua, quienes desde siglos se han dedicado a la cacería. Ellos eran los Death.

Como era de hacerse esperar, el primogénito del actual linaje cargaba con él una gran cantidad de expectativas. Que por supuesto, las cumplía.

El chico respondía al nombre de Death the Kid, para los más cercanos y amigos era Kid.

Un prodigio, de mente fría ante otros y encantador respecto a sus modales. Un conocido asesino para las brujas quienes desean su cabeza más que nada.

Sin embargo esa era la apariencia que él daba por el bien de su apellido. Temible, perfecto e inquebrantable.

Mas no podía mostrarse como un cazador frente a la sociedad, el miedo de los humanos normales sería enorme, llevándolos a asesinar inocentes chicas como ocurría en la antigüedad.

Justo como la chiquilla que Kid veía en sus sueños. Despertándolo con angustia y entre sollozos ahogados. Por más que intentará calmarse no conseguía hacerlo. Cada vez que ocurría esto no volvía a pegar ojo toda la noche, levantándose sólo para alistarse e ir a clases como cualquier chico de secundaria haría.

Y ahí estaba, caminando tranquilamente de regreso de la escuela. Intentaba mantener los ojos abiertos a más no poder y... bueno, intentaba no perderse. El sueño siempre lo afectaba.

Mientras seguía con pasos lentos y perfectamente rítmicos terminó por perderse en algún callejón de la gran Death City.

-Oh por favor.-gruñó cuando pateo unas bolsas de basura tiradas en el suelo.

Entonces un bulto extraño captó su atención. En un principio creyó que eran más bolsas de basura amontonada pero aquellas manchas rojizas que ensuciaban en piso no le traían un buen presentimiento.

Con el pie, y con cierto asco, apartó una de las bolsas. La expresión de desconcierto en el de cabello azabache se dio por esa delicada mano pálida que sobresalía entre tanta negrura.

Ya ahora, sin siquiera importarle ensuciarse o no, comenzó a quitar las bolsas rápidamente, marchándose los dedos de sangre que no era suya. Porque se había dado cuenta que esas manchas no era otra cosa más que eso, sangre.

Lo que encontró lo mantuvo pensativo por un largo momento.

- ¿Qué demonios...?

El delgado y niveo cuerpecito de una joven que parecía no pasar de los trece años se encontraba envuelto en manchas oscuras. Su cabello era de un extraño color lavanda, ¿o era rosa? Quién sabe. El rostro de ella era cubierto por sus asimétricos mechones, y de su pecho una profunda herida se hallaba, de la cual emanaba sangre a cantidad.

La compasión lo abordó, y sin pensárselo la cargo entre sus brazos. Se sorprendió al notar que no pesaba casi nada, y ahogó un grito de sorpresa al ver su rostro adormilado.

-Chrona... -el nombre salio por si solo, recordándole a la pobre muchacha quemada a quien no conocía. Pero eran idénticas, las facciones finas y el cuerpo delgado. La observó con tristeza, y en sus ojos dorados se vieron la nostalgia.

La acomodó mejor entre sus brazos, evitando así que el vestido color negro que usaba se alzará.

En una opinión personal muy suya le había gustado el detalle que tenía al final de la falda. Era perfecto y simétricamente alineado.

Y así cargándola, la llevo fuera del callejón y retomó su camino a casa. En su fuero interno rogaba que sea una simple coincidencia el que se parecieran tanto. Quizá ni se llame Chrona.

Y tambien rogaba no perderse de nuevo. Y que la chica no se muriera en el camino, pues a los hospitales no podía acudir.

Sin darse cuenta ayudaba a un enemigo, y sin darse cuenta había sentido compasión y bondad a quien según él nunca se lo merecía.