Día 3: UA histórico.
Basado en la tragedia de Antuco, Chile, hecho que debería ser considerado vergüenza nacional. Historia escrita con todo el respeto que se merecen las 45 víctimas de la tragedia. Que en paz descansen.
La historia que voy a contarles sucede en 2005, a las faldas del magnífico volcán Antuco.
Cerca de 50 jóvenes conscriptos, la mayoría de bajos recursos inscritos en el ejército para sacar a su familia adelante, fueron llevados a este lugar para hacer una caminata desde el refugio fronterizo de Los Barros hasta el refugio La Cortina, entre los cuales hay una distancia aproximada de 24 kilómetros.
Ese 4 de abril el cielo estaba encapotado, amenazante, pero los adolescentes, emocionados por el panorama y la nieve a su alrededor, no le dieron importancia.
Para demostrar que los militares "no son niñitas", los comandantes les dieron de comer un pan y un café, y para "hacerlos más hombres", salieron poco abrigados, con apenas una chaqueta y un par de guantes.
Nuestros protagonistas salieron de Los Barros a las 9 de la mañana, siguiendo al primer grupo, que había partido cuatro horas antes. Los comandantes no pudieron contradecir las órdenes del mayor de ejecutar la caminata sin importar qué, aún cuando se anunciaba viento blanco para ese día.
Pero no es de ellos de quien voy a hablarles. No, en realidad nos interesan dos conscriptos, de 19 años.
Ichigo Kurosaki era un joven con aspecto de militar. Tenía el ceño eternamente fruncido, y era conocido por su mal humor y su tendencia a meterse en peleas callejeras. Pero esto era sólo la fachada, en realidad el chico tenía un gran corazón, era un excelente amigo, leal y capaz de dar la vida defendiendo a los inocentes.
Por otro lado, Rukia Kuchiki no se veía ruda. Con su metro cuarenta y cuatro de estatura, contextura delgadísima y grandes ojos extrañamente violetas, la joven parecía un dulce conejito. Sin embargo, era temida por todo su grupo, por su explosiva personalidad, carácter dominante y astuta inteligencia. La chica, criada en la calle, solía ser maleducada, pero debemos recalcar que al igual que Ichigo, tenía su lado amable y tierno.
Si bien nunca lo anunciaron oficialmente, era obvio que los jóvenes eran más que amigos. A pesar de sus constantes discusiones, golpes e insultos, los dos tenían una forma única de entenderse, y desde el primer día, su lazo fue mucho más estrecho que el de los demás.
Esta inusual pareja cerraba la marcha junto a Abarai Renji y Tatsuki Arisawa, sus amigos de infancia.
Caminaban a paso rápido, pero disfrutando y jugueteando tanto como les permitía el estricto comandante.
A medida que transcurrían las horas, el cielo fue tornándose más y más oscuro, y la temperatura decrecía constantemente.
Rukia fue la primera en hacerlo notar, su delgado cuerpo no mantenía demasiado bien el calor, y comenzaba a sentir la molestia del frío. Sin embargo, esto quedó rápidamente olvidado cuando Ichigo la rodeó con su brazo y la atrajo hacia sí, proporcionándole algo de cobijo.
Los cuatro amigos mantenía conversaciones sobre temas al azar, intentando desviar su atención de sus estómagos hambrientos, exigiendo algo de energía después de varias horas de caminata en la montaña nevada.
Además, el frío no hacía más que empeorar. La suave nieve que caía hacía rato había perdido su gracia, y en esos momentos, resultaba más molesta que otra cosa.
Luego, llegó el viento.
Primero parecía una brisa de montaña, de esas que sólo te agitan la ropa y te refrescan el cuerpo, pero luego de una hora de incremento en la velocidad del aire, los jóvenes comenzaron a captar que algo estaba yendo mal.
Ichigo apretó más a la chica contra su costado, preocupado por el reciente temblor que la sacudía. Él también se sentía fatigado, las pocas energías que el desayuno les había propiciado ya se habían consumido, y su cuerpo reclamaba más para funcionar. Además, el caminar sobre la nieve no ayudaba en demasía a conservar las energías.
-Odio la montaña- masculló Renji cuando una ventolera especialmente fuerte les impidió avanzar.
Sus amigos sólo gruñeron en respuesta.
La nieve empeoró. Mezclada con el fuerte viento que venía de frente, les hacía entrecerrar los ojos y apretar la chaqueta contra su cuerpo, intentando conservar el calor.
-Les juro que vaciaría un poco mi mochila para caminar más rápido -les dijo Tatsuki, fastidiada. Así como iban, parecía que una tormenta se les estaba viniendo encima, y todavía les quedaban varias horas de viaje.
-Dejaría que lo hicieras sólo para ver como el comandante te obliga a limpiar el cuartel completo -exclamó Ichigo, riéndose- con la lengua.
La chica bufó, con una sonrisa en el rostro. Nada podía ser tan terrible si estaba con sus amigos.
Pasó otra hora más. Las articulaciones de las piernas de los jóvenes miliares estaban rígidas y les dolían. La nieve había pasado a ser granizo y el viento no tenía clemencia.
Ichigo miró a la chica a su lado.
La pelinegra tenía los labios partidos por el frío, y la cara enrojecida. Tiritaba y era sacudida constantemente por escalofríos, pero no se quejaba. Mantenía un paso firme, con la mirada al frente y el semblante decidido. El pelinaranja no pudo hacer más que admirar su serenidad.
Otra hora más.
El grupo se había separado.
Renji y Tatsuki se adelantaron en algún momento y ya no se veían.
Ichigo y Rukia no se separaban. Ni pensaban hacerlo. Avanzaban abrazados, con los ojos casi cerrados, avanzando un paso tras otro, sin rendirse.
La tormenta no les dejaba ver más allá de un metro de distancia, y el aullido del viento era tan fuerte que les costaba escucharse, incluso estando al lado.
Las mochilas y los fusiles habían quedado atrás, en el camino, en un intento de aligerar el peso que llevaban.
Lo que más les preocupaba era haberse desviado de la ruta, y estar caminando sin un rumbo fijo en medio del caos helado.
El joven sintió a Rukia removerse en sus brazos, y la miró. La chica intentaba abrirse el cierre de la chaqueta.
-¿¡Estás loca enana!? -le gritó.
-¡Déjame, tengo calor! -le respondió ella.
-Por supuesto que tienes calor, es uno de los síntomas de la hipotermia! Lo peor que puedes hacer es sacarte la chaqueta ahora mismo.
La pelinegra sabía que su amigo tenía razón, pero no podía evitar deleitarse con la idea de sacarse la molesta tela de encima y refrescarse un poco.
Pero su sentido común acabó por ganar. Sabía que estaba siendo víctima del frío de la montaña, que por cierto alcanzaba los 25 grados bajo cero, y sabía que podía morir si se desabrigaba.
Ese pensamiento la hizo estremecerse, y no por frío. Jamás pensó que podría morir a los 19 años. Sonaba a algo estúpido, pero en ese momento, rodeada de nada más que viene y hielo, no le parecía una idea tan alejada.
-Creo que veo algo -la voz de Ichigo la hizo volver en sí-. ¡Parece el refugio!
Rukia quiso responder que no veía nada, pero el pelinaranja soltó su abrazo y corrió con sus últimas fuerzas hasta el refugio.
Pediré mantas y toallas e iré a buscar a Rukia apenas llegue -pensó.
-¡Rukia! ¡Quédate quieta! -le gritó al vacío tras de sí.
Le incomodaba no recibir una respuesta de su parte, pero decidió avanzar más rápido para sacar a Rukia de la tormenta lo antes posible.
Mientras tanto, la pelinegra, aterrorizada, intentaba caminar en la dirección en la que el joven se había ido.
¡Idiota! -pensaba-. Allá no hay nada. Tal vez fue un espejismo causado por el frío. Y ahora nos separamos, y no creo que podamos volver a encontrarnos.
Ichigo corrió al ver una sombra recortada entre los furiosos copos de nieve. Extendió los brazos con una sonrisa, esperando sentir una textura lisa a través de los guantes.
En cambio, lo recibió una roca. Fría, inmóvil, impasible.
El chico gritó de frustración al darse cuenta de su error, y el pánico lo invadió al comprender que había perdido a Rukia. La llamó, gritó su nombre tantas veces que le dolió la garganta, pero no se detuvo. Y al final, arrodillado y adormilado en la nieve, cerró los ojos para descansar unos minutos…
La pelinegra, por su parte, desesperada, también lo llamaba.
No quería perder la esperanza.
Pero todo a su alrededor era de un blanco inmaculado, gélido y voraz.
Siguió avanzando en lo que ella creía era una línea recta hasta chocar con una roca enorme.
Rukia apoyó la frente en la textura rugosa, pero tenía la piel tan helada que no lo sintió.
Acabó por deslizar hasta el suelo, sollozando y abrazándose a si misma. Y en esa misma posición, intentó mantenerse despierta el mayor tiempo posible, rogando porque la tormenta acabara, a la vez que veía como la nieve cubría lenta pero constantemente su helado cuerpo, sin poder hacer nada por evitarlo.
El "viento blanco" se detuvo días después.
Las operaciones de rescate de los cadáveres fueron extenuantes, pero, finalmente, los consiguieron a todos.
45 almas reclamó la cordillera como suyas. 45 almas enterradas en lo más profundo de la nieve, rodeadas de un blanco punzante, de un blanco ardiente.
Es triste ver el fúnebre camino que fueron dejando, y comprender su intenciones. Es triste ver al par que intentó bajar al lago para orientarse. Es triste ver siete lápidas juntas, demostrando que algún grupo de amigos decidió quedarse unido hasta el final. Es triste ver esa lápida a pocos pasos del refugio La Cortina. Y es triste ver esas dos lápidas bajo la misma piedra, separadas por un par de metros de distancia. Es triste sobretodo si conoces la historia, y al verlo sabes que estuvieron a pasos de alcanzarse y abrazarse por última vez, pero que la montaña no lo quiso permitir.
El montañista acabó su relato en apenas un murmullo, dejando al grupo de turistas con un nudo en la garganta.
-Dicen que hacer un pequeño camino entre las dos lápidas hace que la almas estén en paz por un tiempo.
El hombre se acercó a las placas de concreto y comenzó a escarbar en la nieve.
-No sé si sea verdad, pero si esto hace que estos dos niños puedan descansar un poco, con gusto lo haría todos los días -murmuró viendo su resultado.
Dos losas con los nombres de sus respectivos dueños, unidas por la franja de tierra resultantes de ahuyentar la nieve manualmente, marcando lo cerca que estuvieron de encontrarse y lo lejos que se durmieron el uno del otro.
Este es mi relato para el tercer día.
Personalmente, tuve la oportunidad de hacer el camino de la tragedia de Arauco, y debo decir que estuve al borde de las lágrimas todo el tiempo. Fue realmente triste ver esos grupos de lápidas o esas separadas por poquitos metros, esas solas en la mitad de la nada, o esas dos a un par de metros del refugio. Espero de todo corazón que jamás se repita una masacre como esta, y que algún día se condene a los culpables, ya que siguen gozando de plena libertad.
Espero les haya gustado.
Namarië.
