Día 6: AU sobrenatural
-¡Siempre haces lo mismo! Cuando me vine a vivir contigo no pensé que quedaría de dueña de casa -la habitual discusión de la pareja se tornaba más severa.
-¿Y qué quieres que haga? No te estoy impidiendo que busques trabajo, Rukia, tu eres la que se queda acá.
-Bien, es mi culpa entonces que tu no colabores en la casa y yo tenga que hacer todas tus labores -le dijo irónica.
-Eso no es...
-¡Claro que es verdad, Ichigo! Yo sé que tu trabajo es difícil, pero nada te cuesta lavar los platos una vez las día o hacer la cama.
-Bueno, pero no me eches la culpa a mí.
-Es que no lo entiendes, Ichigo, no sé en que momento cambiaste tanto. Cuando te conocí, colaborabas con Yuzu en la casa, ahora no haces nada.
-¿Acaso crees que es fácil ser médico y ayudarte?
-Es que no deberías ayudarme, Ichigo, es tu responsabilidad por vivir aquí también.
-Si lo ponemos así, no deberías criticame nada, ya que gracias a mi trabajo comes.
-Ah, entonces soy tu carga, ¿eso sientes?
El hombre suspiró.
-No quise decir eso.
-Explícate entonces, señor médico, porque no te estoy entendiendo.
-Mira Rukia, lo que te estoy diciendo es que cada uno debería cumplir con lo suyo, yo trabajo y nos sostengo económicamente, y tu te ocupas del departamento.
-¿Y por qué me toca a mí esa labor? ¿Por qué soy mujer? Estás olvidándote que estudié pedagogía, que tengo un título profesional y un magíster, que yo también quiero hacer lo que me gusta, no quedarme encerrada limpiando las cosas de las que no te ocupas.
-Pues sal y búscate un trabajo si tanto lo quieres, pero deja de retrasarme, puede que en la clínica ya se haya muerto alguien porque no me estás dejando salir por tu berrinche.
La pelinegra abrió la boca para decir algo, pero se lo tragó y se apartó de la entrada, empujando a su novio con el hombro en el camino. Lo escuchó cerrar la puerta con un portazo, mascullando maldiciones.
Rukia se dejó caer en un sillón, cansada. Su relación se estaba deteriorando de a poco, y lo único que quería era volver a sus tiempos universitarios, sin la carga del trabajo y la "vida familiar".
Suspirando, se incorporó, volviendo resignada a las labores hogareñas.
Varias horas después, su celular sonó, insistente. A la tercera vez, Rukia contestó. Era el número de Ichigo.
-Buenas tardes, le hablamos desde el hospital de Karakura, ¿sabe usted a quien pertenece este celular?
La pelinegra se obligó a calmarse antes de contestar.
-Es de mi novio, Ichigo Kurosaki.
-¿Cómo se llama usted?
-Rukia Kuchiki. ¿Está bien?
-Señorita Kuchiki, no soy yo el que pueda darle esa información, sólo puedo decirle que su pareja se vio involucrada en un accidente automovilístico, y que necesitamos su presencia en el hospital.
Mutismo.
-Tomando en cuenta que probablemente usted no se encuentre en óptimas condiciones para conducir hasta acá, le enviaremos un vehículo para que vaya a buscarla. Para eso, necesito su dirección, por favor.
Rukia tardó unos segundos en dar la respuesta. Su cerebro no procesaba bien la información. Sentía que el tiempo se había detenido a su alrededor.
En ese mismo estado de desagradable calma, agarró todo lo que necesitaba, y esperó al hombre que la iba a ir a buscar en la entrada del edificio. Sintió que al menos una hora había pasado desde que salió de su departamento.
El chofer del auto no intentó entablar conversación alguna con ella, pero Rukia no fue consciente de ello, dándole vueltas a las palabras "accidente automovilístico".
Llegaron al hospital rápidamente, y derivaron a la pelinegra al área de urgencias.
Mientras caminaba por los blancos pasillos a toda velocidad, un peso se instalaba en lo más profundo de su ser, dándose cuenta de lo que la llamada implicaba. Ichigo estaba gravemente herido o muerto.
Cuando por fin llegó a la sala, tenía un nudo en la gargante producto de la desesperación.
La enfermera le dijo que esperara mientras llamaba a la doctora, antes de desaparecer dentro de un box.
Cuando se abrió la puerta nuevamente, Rukia intentó vislumbrar algo del interior, pero el cuerpo de la mujer se lo impidió. Se presentó como la doctora de Ichigo, y le explicó la situación.
Había habido un choce de tres vehículos, uno de ellos el del pelinaranja, y que su novio se encontraba en estado crítico.
Rukia escuchaba con el corazón encogido, sin creérselo del todo.
-¿Es... estará bien? -balbuceó.
La doctora la miró, apenada.
-No se lo puedo decir con certeza.
La morena asintió lentamente, procesando sus palabras.
Iba a preguntar si podía pasar a verlo cuando la puerta del box se abrió de gollpe, y llamaron a la profesional.
Durante esos cortos segundos, Rukiaa pudo ver una camilla con las sábanas ensangrentadas, al menos tres personas trabajando rápidamente, y pudo escuchar el pito constante de la máquina que marcaba sus signos vitales. No necesitaba haber estudiado medicina para saber lo que eso significaba.
Ese sonido la golpeó, y esclareció su turbia mente. Corrió hacia la salita donde tenían a Ichigo, queriendo ir a su lado, tomarle la mano y susurrarle que too estaría bien, que saldrían de ésta tal y como lo habían hecho de tantas malas experiencias antes...
Pero unas manos firmes la detuvieron antes de lograr abrir la puerta.
La morena gritó, desesperada, sin saber por que la alejaban de quien más la necesitaba en ese momento.
La sentaron a la fuerza en una fría silla de plástico, y la obligaron a quedarse allí, hasta que, rindiéndose, dejó de resistirse.
Con los ojos vacíos, miraba el box sin verlo realmente. Su lógica mente intentaba dilucidar que estaba pasando adentro, a la vez que la preparaba para lo peor.
Salió de su ensimismamiento cuando la doctora volvió a aparecer tras la puerta corrediza.
Con la voz cargada de tristeza y en los ojos un brillo sincero, le dijo que a Ichigo se le había colapsado una arteria principal del corazón debido a un neumotórax, una acumulación de aire dentro del pecho. Habían hecho todo lo posible.
La pelinegra no reaccionó. Sólo le preguntó si podía verlo. La doctora asintió.
El olor de la sangre la mareó. Ya al lado del hombre, tomó su mano con suavidad, y se centró en deslizar el pulgar por el dorso lentamente.
Quería llorar. Quería gritar hasta destrozarse la garganta para quitarse el dolor de encima, pero su cuerpo no le respondía. Sólo podía dedicarse a ver el rostro del pelinaranja, una de las pocas partes que no había salido tan afectada por el accidente.
Revisó los innumerables puntos de un corte en su frente, y se fijó en el horrible moretón que tenía en el cuello.
Nada, su cuerpo no respondía a emociones.
Se quedó allí, inexpresiva, hasta que los enfermeros le pidieron que se retirara para comenzar los trámites de deceso.
Cuando volvió al apartamento, ya era de noche.
La recibió el frío lugar en penumbras, quieto y silencioso, como recalcando la falta de Ichigo.
Rukia caminó hasta el dormitorio, dejó su bolso tirado en el suelo y se sentó a los pies de la cama de dos plazas, mirando la pared.
Se sentía vacía, abandonada.
El aire a su alrededor era pesado, parecía intentar aplastarla contra el suelo.
Pese a ser una tibia noche de primavera, la Kuchiki sentía frío, un frío que le carcomía los huesos, una corriente helada que parecía provenir de su corazón.
Se quedó allí, sentada, toda la noche, sin sentir el paso del tiempo, solo siendo consciente del entramado que sus emociones generaban en su interior.
El sonido de su celular le hizo mover la cabeza por primera vez en horas. Sentía el cuerpo entumecido y rígido, además de adolorido.
Con movimientos mecánicos, abrió su bolso y sacó el ruidoso aparato.
Era Renji, su amigo de la infancia.
Contestó sin mucho ánimo, pero internamente agradecida por su preocupación.
Él le preguntó como estaba, e intentó hablarle de temas amenos para distraerla un rato. Finalmente le dijo que lo llamara si necesitaba cualquier cosa, que él pronto volvería a marcarle para saber como estaba, y que podía irse por unos días a su departamentos si le incomodaba demasiado el silencio del suyo propio.
Rukia agradeció cada una de sus palabras, y le dijo que lo tendría al tanto de lo que sucedía, además de preguntarle cuando tendría un tiempo libre para ayudarla con los trámites de deceso.
Se despidieron y cortaron.
Gracias a esa llamada, la pelinegra pudo salir un poco de su bloque emocional, salir a tomar aire en la superficie de las aguas en las que se había estado ahogando toda la noche.
Con un nudo en la gargante pero aún sin llorar, se levantó y fue a la cocina, guiada por la rutina de hacer el desayuno.
Sin darse cuentam sacó dos platos y dos tazas, y al reconocer su acción, los quedó mirando, dudando si guardar lo que ahora sobraba.
Finalizó su intento de desayuno al apenas poder tragar saliva gracias a su nudo, comprendiendo que ningún alimento pasaría por ahí. Además, no tenía ni una pizca de hambre.
Volvió a la habitación, abrió el clóset y se fijó en las chaquetas y polerones colgando de Ichigo. Tomó uno, su favorito, y lo abrazó contra su pecho, hundiendo la nariz en la tela.
Su corazón se estrujó al sentir su olor, ese que la hacía sentir segura.
Se acostó en la cama, en el lado de él, aún abrazada a su ropa, su delgado cuerpo sacudiéndose en silenciosos espasmos, sollozando sin lágrimas.
Así transcurrió su día. Entre llamdas de amigos y familiares, perdida en recuerdos con él, ahogándose en su lluvia interna cada vez que deambulaba por el departamento y se encontraba con algún otro objeto que hacía volver sus ojos al pasado.
El cielo se teñía de carmesí cuando finalizó la llamada con Isshin, padre de Ichigo.
Rukia había marcado el número casi por obligación, sabiendo que tenía asuntos jurídicos que hablar con el Kurosaki mayor, pero habían acabado teniendouna conversa larga, cargada de tristeza y recuerdos. El hombre había llorado al relatarle alguna anécdota de su hijo cuando pequeño. Ella había acabadi por ocntarle su situación.
-Me siento vacía, Isshin-san. Siento que se va a decepcionar de mí por no expresar nada por su... su muerte -se quedó en silencio unos segundos-. Quiero llorar, es lo único que quiero hacer, pero simplemente no me nace. Siento que todo mi interior está sufriendo, pero no puedo exteriorizarlo, y eso me hunde aún más. No quiero que piense que me da lo mismo que ya no esté, quiero demostrar que me duele, que me duele tanto que quiero morir, pero... no pueod.
Silencio.
-¿Crees que se decepcionará? -el nudo en su garganta era tal, que las últimas palabras de esa frase salieron en un susurro quebrado.
-No, mi niña -la voz de Isshin estaba tomada, claramente afectado por lo que su "tercera hija" acababa de decir-. Él jamá se decepcionaría de ti, ¿escuchaste?. Jamás. Tienes que darte un tiempo para asimilar las cosas. Es difícil para todos nosotros. Yo no dormí en toda la noche pensando en él y en como un padre... -se dio una pausa para soltar un par de lágrimas que llegaban cada vez que lo pensaba-. En como un padre no debería enterrar a su hijo. Es tan... antinatural -El hombre dejó sus sentimientos fluir por unos minutos, aferrándose al celular. Rukia, al otro lado de la línea, lo escuchaba sobrecogida, con el cuerpo tenso y la mirada perdida.
Terminaron la llamada cuando Isshin se disculpó por no poder seguir hablando. Las emociones habían podido con él.
Rukia dejó el celular a un lado, en silencio, y se dirigió al balcón para observar la puesta de sol. El viento le arremolinó el corto cabello, y sus ojos se centraron en los hermosos matices que el horizonte tomaba al morir el día.
-Enana -escuchó tras de sí.
-Dime -respondió con normalidad, antes de recordar todo lo sucedido el día anterior y darse vuelta, atemorizada.
Allí estaba. Vestido como para irse a trabajar, y con una leve sonrisa en el rostro.
Rukia sintió las lágrimas agolparse en sus ojos, haciendo borrosa su visión, y se acercó lentamente a aquella figura imposible.
Extendió la mano, temerosa de traspasar su cuerpo y comprender que estaba ante algún tipo de alucinación. Pero, tal y como deseaba con todo su ser, tocó su mejilla cálida, de carne y hueso.
Rápida como el rayo, se lanzó hacia su pecho para abrazarlo como nunca nates. Las lágrimas fluyeron con libertad cuando sus brazos la estrecharon aún más contra su cuerpo.
-Lo siento, lo siento tanto Ichigo, perdóname por favor -susurró contra su camisa.
-Ey, ey, Rukia -soltó el abrazo y tomó la cara de la pelinegra con ambas manos. Él también lloraba-. No hay nada que perdonar, pequeña.
Ella negó con la cabeza.
-Discutimpos sobre una estupidez. No me despedí bien, no te abracé, no te dije lo mucho que te amo...
-Ninguno de los dos podía saberlo, Rukia -se miraron a los ojos. Ella vio que no la culpaba de nada y que sus sentimientos seguían siendo los mismos de siempre. Él vio el dolor que le había causado su partida reflejado en cada lágrima que seguía cayendo, pero también lo mucho que anhelaba ese encuentro imposible, y todo el amor que sentía por él.
Volvieron a abrazarse.
El viento se colaba a través del ventanal abierto, pero ya no le producía frío a los cuerpos abrazados, fundidos el uno con el otro.
Ichigo acariciaba el cabello de la morena, y ella se aferraba a la tela de su esalda, sin querer dejarlo ir.
Cuando el cielo ya hubo oscurecido ylas primeras estrellas asomaban tímidamente en éste, el pelinaranja levantó de sorpresa a la joven entre sus brazos, y cargándola al estilo princesa, la llevó a la habitación.
-¿Qué haces idiota?
Ichigo rió, y lanzó a la Kuchiki a la cama.
-¡Esas no son formas de tratar a tu novia, descerebrado! -exclamó ella con una sonrisa en su cara.
-Pues a mi me parece que mi novia no durmió anoche, y ese no es un lujo que pueda repetirse otra vez, no a esta edad.
-¿Me estás diciendo vieja? -alzó una ceja, divertida.
El joven se acostó a su lado
-Hmm, tal vez -volteó la cara a un lado y sus ojos se encontraron. Como siempre lo habían hehco, leyeron cada una de las cosas que se querían decir, y acabaron riéndose de las estupideces que se decían solo con mirarse.
Luego, aligeraron su ropa y se taparon con las mantas, preparándose para dormir.
Sus frentes unidas, sintiendo la respiración del otro, y sus manos recorriendo cariñosamente sus espaldas.
Rukia se estaba rindiendo al sueño cuando Ichigo murmuró en su oído:
-Quiero que seas muy feliz, enana. Prométeme que no harás algo estúpido para reunirte más rápido conmigo.
Ella abrió los ojos.
-No puedo prometerte eso.
-No puedes acortar tu vida, Rukia. Es un regalo único.
-Pero no puedo vivir sin ti.
Él le beso la frente.
-Siempre voy a estar contigo.
-Sabes a lo que me refiero.
-Rukia, por favor...
-Ichigo, me snetí muerta cuando te fuiste, sentí que me ahogaba sin poder hacer nada al respecto.
El pelinaranja le acarició la mejilla.
-Eres la persona más fuerte que conozco, puedes superar esto con rapidez y seguir adelante.
-No, a ti no te podré superar.
Los ojos castaños le suplicaron.
Ella suspiró.
-Está bien, lo puedo intentar.
-Más te vale intentarlo en serio.
Se sonrieron.
El silencio volvió a apoderarse del lugar, y la jocen pareja pronto se quedó dormida.
Rukia despertó a la mañana siguiente por el olor a café recién hecho y pan tostado.
Abrió los ojos con pereza, encontrándose otros castaños, brillando divertidos.
-Buenos días dormilona.
-¿Hiciste el desayuno?
-Sí, para ti.
Ella lo miró extrañada.
-¿Tu no...
-No puedo quedarme más tiempo.
Rukia cerró los ojos con dolor, asintiendo resignada. Volvió a abrirlos cuando sintió la mano del pelinaranja en su mejilla.
Su mirada le decía un último "te amo", y el suave beso que depositó en sus labios sellaba la promesa de la noche anterior.
Un millón de gracias a Inverse L. Reena y a Aqua por sus comentarios, me dieron animos de continuar y me alegraron el día. (inserte corazón)
¡Nos leemos!
Namarië.
