Día 24 y 25: familia y flores.Advertencia: contenido fuerte y explícito. Si es sensible a temática sobre aborto, lea con precaución o ignore este capítulo.
Se encontraban en la casa del ex shinigami. El rubio los miraba, paciente, esperando su respuesta.
-¿Estás segura que quieres hacer esto? Podemos buscar otra forma.
La pelinegra tenía la mirada perdida en algún punto de la pared.
-Sí, estoy segura.
-Debes tener en cuenta los riesgos, Kuchiki-san... es poco probable que resulte, y puede tener horribles consecuencias para ti -el tendedero la miraba seriamente.
-Lo sé, Urahara... pero realmente quieri hacerlo.
El mencionado cruzó miradas con el shinigami sustituto, firmando el mutuo acuerdo.
-Bien... entonces, te entregaré el gigai apenas me digas, y desde el momento en que te lo pongas, comenzará el proceso de extracción de reiatsu de tu alma. Eso hará que el cuerpo se asemeje más al de un ser humano, y te permitirá quedar embarazada.
Rukia asintió.
-Luego de informarle a mi hermano, te pediré el gigai.
-Me parece.
Con la mirada extraviada y los pies colgando, la pelinegra se hallaba sentada al borde de un barranco, recordando.
Se había casado con Ichigo dos años atrás, y hacía siete meses habían comenzado a hablar sobre tener hijos. Pero había un problema. A pesar de ser miembro del Clan Kuchiki, Rukia jamás podría quedar embarazada en su forma de alma. Por eso fueron donde Urahara, quien les ofreció la solución; un gigai que absorbería el reiatsu del alma de la pelinegra, y lo liberaría al ambiente, sin dejar, además, que el proceso de recuperación de la energía se llevase a cabo, todo esto, para hacer el gigai más similar a un cuerpo humano, y tener la posibilidad de albergar un hijo en su vientre.
Todo fue bien los primeros meses. Rukia pidió permiso para quedarse en el mundo humano, donde pronto quedó embarazada. No podían estar más felices.
Si bien la teniente se sentía cada vez más débil, sacaba fuerzas de su ilusión de ser madre. Los tres primeros meses pasaron sin mayores complicaciones, y el ánimo subía cada día más. La casa se llenó de ropa y juguetes para recién nacido y el tema más recurrente de conversación en la familia Kurosaki era el sexo y el nombre de aquel que se gestaba en el vientre de la pelinegra.
Fue a finales del cuarto mes de gestación que las cosas comenzaron a complicarse.
Rukia, desprovista de reiatsu, pasaba la mayor parte del día acostada o sentada, sintiéndose inútil. Pero es que simplemente no tenía energía suficiente como para hacer crecer un bebé dentro de sí y mantenerse activa al mismo tiempo. Su estado de ánimo comenzó a bajar, y solía quedarse tardes enteras acostada, mirando el techo como si fuera lo más interesante del mundo.
Y pasó. El segundo día de la semana 18 de embarazo.
La chica comenzó a sentir malestar en la parte baja del abdomen, allí donde su bebé se desarrollaba. Alarmada, corrió a buscar a su suegro, Isshin, para preguntar que sucedía. Éste, al escuchar los síntomas de la shinigami, palideció, y la llevó rápidamente a su clínica, rezando porque no fuera lo que él creía.
Mandó a Karin a llamar a Ichigo, quien se encontraba en clases en la universidad. El joven no tardó en llegar a su casa, desesperado, preguntando que era lo que sucedía.
Encontró a Rukia en la clínica, recostada, con las mejillas cubiertas de lágrimas, agarrando su abdomen con ambas manos. La sábana bajo ella era roja, empapada de la sangre que provenía de entre sus piernas.
Isshin le informó con pesar la situación a su hijo. La teniente estaba sufriendo de un aborto tardío, probablemente causado por algún tipo de rechazo del alma de la muchacha hacia el feto.
Ichigo, apenas escuchó esto corrió hacia su esposa, y tomó su mano. Ella lo miró y murmuró:
-No quiero perderlo...
Esa frase le partió el corazón al pelinaranja, quien luchaba por mantener sus sentimientos a raya. Debía mantenerse fuerte para servirle de soporte a Rukia.
La siguiente hora fue de total agonía. Las contracciones comenzaron rápidamente, y el feto fue expulsado dolorosamente. Luego de eso, todo quedó en silencio. Un parto normal habría incluido el llanto del bebé y exclamaciones de alegría de parte de los involucrados, pero éste no era el caso. Rukia no reaccionaba. Miraba al techo con expresión vacía. Sus ojos habían dejado de derramar lágrimas. Ichigo evitaba mirar a su padre o las sábanas ensangrentadas, acariciaba automáticamente los cabellos azabaches de su esposa, sintiendo como el mundo se le derrumbaba. Isshin, inmerso completamente en su labor de médico, envolvía cuidadosamente en una toalla el cuerpo del recién nacido, y se disponía a preparar lo necesario para que su nuera se limpiase.
El día se desenvolvió de aquella manera, como estacado en el tiempo. Los minutos no pasaban, se quedaban atrapados en la pesada tensión que reinaba en el ambiente.
Al ser aún demasiado pequeño, los padres no tenían la necesidad de registrar a su hijo, ni realizar pesados papeleos para informar sobre su condición.
Lo enterraron al día siguiente en un bosquecillo a las afueras de la ciudad, en una ceremonia completamente privada y familiar.
Cuando la pala arrojó tierra sobre su cuerpecito, Rukia se derrumbó. Cayó al piso de rodillas, soltando un grito desgarrador, y comenzó a llorar desesperadamente. Ichigo rodeó su frágil cuerpo rápidamente, y la contuvo con un cariñoso abrazo, que a la vez, demostraba su sufrimiento. Con los sollozos de la pareja y las lágrimas discretas de las hermanas, Isshin, destrozado, se dispuso a terminar de enterrar a su nieto, con el corazón hecho pedazos.
Días después, volvieron a la sociedad de almas, para que Rukia recuperase su reiatsu.
Su hermano la recibió con un delicado abrazo, una de sus mayores muestras de cariño, demostrándole que la apoyaba y comprendía su dolor.
Ichigo no se apartó de su lado en ningún momento. Llevaban el luto en conjunto, siendo uno soporte del otro y viceversa.
A veces Rukia lloraba apoyada en el hombro de su esposo, y a veces Ichigo lo hacía en el regazo de la pelinegra. A veces no era necesario derramar lágrimas. Simplemente compartían una mirada y comprendían el sufrimiento del otro.
Así pasaron los días, hasta que finalmente decidieron salir de la mansión Kuchiki, y recorrer las afueras del Rukongai.
Fue al borde de ese barranco donde su vida dio un giro inesperado.
Ichigo desvió la mirada del perfil de Rukia al percatarse de un movimiento con el rabillo del ojo. Su momentáneo estado de alerta se disipó al darse cuenta que una niña de unos cuatro años jugueteaba entre las pálidas flores.
-Mira -llamó la atención de su esposa. Ella volvió los ojos hacia el pelinaranja y luego hacia la niña. Al verla, su semblante se suavizó, y su mirada se ablandó un tanto. Se levantó del suelo lentamente, y caminó con calma hacia la chiquilla.
-Ey, ¿qué haces tú aquí? -le preguntó cuidadosamente.
Los enormes ojos negros de la bebita se volvieron hacia ella y la observaron con curiosidad.
-¿Tus padres donde están? -Ichigo se posicionó al lado de la shinigami, intentando relajar su eterno ceño fruncido, para no asustar a la niña.
-No sé -respondió ella con voz aguda.
Rukia se agachó para quedar a la altura de la pequeña.
-¿Y tus amigos? ¿No están por aquí?
-No, yo... yo llego acá sola... shi, sola -balbuceó con la común dificultad de los niños pequeños para hablar.
-¿Estás sola acá?
-Shi -le entregó la pequeña flor que traía en las manos a Rukia-. Esta flor es... mágica... y te va a...a... le puedes pedir un deseo, porque viene de... -buscó a su alrededor algún objeto que le sirviera- ¡la luna! -comenzó a correr en círculos y soltar grititos de alegría al imaginarse una flor lunar.
La pareja sonrió con ternura ante tal muestra de inocencia. Decidieron dejar su interrogatorio de lado, y jugar con la pequeña. Rukia le trenzó una corona con hebras de pasto y las flores que la morena le iba entregando. Ichigo corrió a su lado y la alzó en brazos, mostrándole como se sentía volar.
Pasadas unas dos horas de ejercicio extenuante para la niña, esta se quedó dormida. La pareja se quedó un rato sobre el césped, disfrutando de la agradable sensación de paz que la chiquilla les traía. Luego, Rukia la cogió en brazos y caminaron al distrito más cercano. Allí preguntaron a todo aquel que pudieron si sabían del paradero de los padres de la pequeña, pero nadie tenía idea.
Acabaron encontrándose con una viejita que asministraba un pequeño hogar para niños, y ella les informó que la morena había llegado aquella mañana al Rukongai, sola, y que probablemente ella había sido la única con un trágico destino en el mundo de los vivos.
Sabiendo aquella información, la pareja decidió que no podían abandonarla a su suerte en la calle, y decidieron llevarla con ellos.
Se encaminaron de vuelta hacia el Seireitei con la pequeña de cabello rizado cogida de la manita. La reciente pérdida aún pesaba dolorosamente en sus mentes, pero las ocurrencias de la niña morena les sacaba risitas, y les alivianaba los oscuros pensamientos. Poco o nada sabían que se quedarían con la pequeña durante muchos, muchos años, y que la criarían como si fuese su hija biológica.
El rey espiritual divagó un momento.
La niña crecería rodeada del amor de sus padres adoptivos y sus amigos, siendo mimada y educada cariñosamente.
Sería una excelente shinigami del cuarto escuadrón gracias a los múltiples consejos que la mejor amiga de sus padres le daría acerca de la sanación. Gracias a la enseñanza de su tío, cabeza del clan Kuchiki, su shumpo sería de los mejores, y tendría facilidad con el kido debido a él y a su madre.
Aún así, adquiriría parte de la personalidad de su padre; impaciente, terca e irritable, pero muy amable y fiel.
El rey espiritual asintió, satisfecho, y se dispuso a observar pacientemente a una de las futuras promesas de la sociedad de almas.
Intenté mezclar el tema de las flores como mejor pude, pero no sé como habrá resultado. Espero no haber hecho sentir mal o haber ofendido a nadie con el tema del aborto. Sigo sin aceptar que Rukia haya tenido una hija biológica, creo Kubo debería haber hecho que adopte.
En fin, espero que les haya gustado, si todo sale bien, nos estaremos leyendo mañana.
Agradezco infinitamente a aquellos que se dan el tiempo de dejarme un review, me motiva mucho a seguir escribiendo.
¡Namarië!
