2. Crueles intenciones.

Hubo un tiempo, antes de que el mundo estuviera totalmente acabado entre devastación y putrefacción, los villanos del futuro estábamos entre brillantes diamantes, arropados por calientes noches de otoño.

Tiempos donde todavía eramos salvajes y libres... hasta que la oscuridad llegó arrasando todo a su paso.

Absolutamente todo el mundo conocía a las hermanas Black, por supuesto. Bellatrix la bailarina de la oscuridad, Andromeda, cortejada por una inteligencia sin límites, y yo, Narcissa, la bendecida con una extravagante belleza. Sin embargo había mucho más que unos sobrenombres detrás de nosotras.

Mucho que destacar.

Celos, rencor, ira, confianza, deslealtad...

Y odio.

Andromeda nos abandonó nada más terminar sus estudios en Hogwarts para fugarse con un simplón sangre sucia. Bellatrix con su sonrisa cínica digna de una viuda negra perjuró que no tenía hermana, que para ella estaba muerta. Para mí, los minutos se convirtieron en horas. Andromeda, mi confidente me abandonaba por amor. ¿Pero no nos habían enseñado que no había amor más grande que por la sangre y la familia? Sentí como mi corazón se desquebrajaba y junto a mis pies caía en pedazos tornando lo que un día fue amor en veneno puro.

A raíz de su traición, mis lazos con Bellatrix se estrecharon más aún, como un lazo del diablo ahorcando a su presa. Las dos niñas que jugaban a las muñecas de pequeñas, en ese momento solo querían que el juguete fuera su hermana para arrancarle la cabeza.

Tengo que reconocer que mi familia era complicada; primos que se casaban entre sí, quemazones en el tapiz familiar, modales, respeto, grandeza, poder, honor... Llevar el apellido Black era sinónimo de pureza por la venas, de magia oscura en la punta de la varita y un terrible complejo de superioridad.

Los lobos que se comían unos a otros en la manada. Donde jugabas al mismo juego o te desterraban.

Así era mi familia: oscura, encasillada, renombrada y odiada. Pero era mía y yo la amaba.

Y aunque había aprendido muchas cosas a lo largo de mi vida, fue cuando estaba en mi sexto año, en el momento que me di cuenta de que me quedaban muchas más por aprender.

Las profundidades del océano eran un territorio inexplorado que guardaba secretos y criaturas misteriosas que parecían sacadas de la peor novela de terror. Así era la sala común de Slytherin, donde las serpientes traficábamos con inhumanos secretos, codiciábamos poder, fama y grandes ambiciones. Si alguien pensaba que ese espacio estaba libre de arañas, se equivocaba, pues algunos eramos capaces de cambiar la piel de serpiente por el arácnido con tal de enroscar a nuestra presa en una tela de araña.

Lucius irrumpió en la sala común y la gama de colores esmeralda hicieron mella en él de inmediato, como si hubiera nacido para dominar aquella raza de color. Mis ojos quemaron al mismo instante que su desdibujada figura se fusionó con mis pupilas, como si fueran llamas que ardían alrededor de la piel. Él vivía entre tonos oscuros, jazz y una petulante actitud. Algo misterioso y magnético que me embrujaba. Me atraían sus hermosas facciones y su alma eléctrica. Era completamente único y demasiado elegante para ser una persona de ese mundo. Y yo sabía que a su lado quedaba mejor que mis joyas favoritas.

Pero nada era perfecto, porque el amor era cruel.

El amor dolía.

Y mi amor era un monstruo de las profundidades.

Tenía miedo de que mi mundo estuviera ardiendo, y él se quedara mirando. Que no pudiera dejar nacer lo que sentía. Nuestras familias, dos patentadas sangre pura, mantenían la tradición de emparejar a sus legados con matrimonios concertados para mentener la pureza de sangre y no había discreción ninguna. Era el todo, o el nada. Y vivía cada día con la incertidumbre de no poder amar, de vivir una mentira, porque sí, hasta las más oscuras serpientes, las que más cambian de piel, pueden ser las que más sentimientos embarguen. No todo el mundo demostraba sus sentimientos de la misma forma, por ejemplo, Bella, mi hermana, los demostraba siendo cruel con los demás. Sin embargo la lealtad hacía mis creencias familiares me impedía revelarme.

Lucius me reconoció, sentada en uno de los sillones más cercanos al fuego, con mi larga falda perfectamente planchada y mis cabellos decentemente peinados. Crucé las piernas y pasé la página de la novela observando los pasos que se acercaban. Recordaba como una noche de primavera me dijo que era la más exótica flor y vibré de excitación. Cuando llegó, Lucius se sentó a mi lado en el sofá, me miró con sus grises ojos brillantes de desafío y movió sus labios cargados de mentiras.

—Buenas noches —saludé, con una ladina sonrisa que iluminó la sala común. Era hermosa y lo sabía. Regalaba mariposas a los chicos en su estomago y mi mente era como un diamante.

—Quizás comiencen a ser buenas gracias a mi presencia... —bisbiseó Lucius, arrastrando cada palabra, estirando la letra "s", imitando el sonido de una serpiente; porque eso era realmente.

—Oh, Lucius... —contesté en un tono socarrón, mientras mis dedos se enredaban por las puntas de mi pelo.

—¿Lo niegas? —me preguntó.

Susurros ladinos y sonrisas petulantes eran lo que definían su día a día, la marca personal de todo Malfoy y a él, le fascinaba serlo.

Le sonreí, en un gesto que combinaba a la perfección veneno, sutileza y complicidad, y él, no tuvo otra opción que imitarme, sumiéndose de esa forma en un silencio oportuno. Todo era distinto cuando estaba conmigo. Yo era capaz de mezclar la indiferencia con el interés, realizando así, una poción más poderosa que una amortentia. Lucius era un joven aristocrático, y, además, tenía muy claros sus ideales, y como tal, tenía una obsesión con hablar de la pureza de sangre, sin embargo, conmigo intentaba profundizar. Ir más allá de palabras, donde la mayoría de las veces la ropa sobraba y los jadeos escaseaban.

—Hoy he recibido una carta de mi padre... —confesó, moviendo su cuerpo sobre el sofá de cuero de la sala común para acomodarse, a su vez, sus manos pasaron a desaflojar su corbata de franjas verdes y plateadas; a pesar de que a la mayor parte del alumnado le diese un aspecto desarreglado a él le daba un aire desenfadado e interesante.

Levanté la vista del libro y la fijé en él, con un brillo de preocupación en mis ojos azules. Como respuesta, él tensó su mandíbula y desvió su mirada, quitándome toda la atención de un golpe para que pudiera echarla en falta.

Le gustaba aquel juego de fuego en el que no dabas nada y ansiabas todo.

—¿Ah, si? —pregunté con aparente indiferencia, no me gustaba quedarme atrás. Sin embargo por dentro estaba hecha un matojo de nervios. Alcé la pierna y la posicioné justo encima de la otra con pasmosa parsimonia, adoptando una pose impregnada en coquetería y malas intenciones. Diferencié como Lucius me miró por el rabillo del ojo y en ese momento al ver su mirada lujuriosa, se me secó la boca de inmediato—. Todos recibimos correspondencia de nuestra familia casi todos los días... Supongo que si la mencionas, tendrá que haber algo especial en ella.

Obviamente no era una pregunta casual. La mayoría de las ocasiones, mis palabras estaban plasmadas con un doble significado, con deseos ocultos. El reloj que colgaba encima de la chimenea de la sala común rompía el silencio con su repiqueteante tic-tac-tic-tac. Tamborileé los dedos sobre las pantorillas, estaba nerviosa. Mi anillo de oro blanco perteneciente a la casa Black, relució junto con las despampanantes llamas.

¿Y si por fin mis mayores miedos estaban atormentándome detrás de la oscura caligrafía de esa carta?

Todos sabían que Abraxas no se andaba con medias tintas a la hora de llegar al poder. Incluso se rumoreaba que envenenaba a sus amigos o enemigos cuando le proporcionaban lo que querían y que él mismo cataba el veneno y como dicen, ninguna serpiente es ponzoñosa para si misma.

Basta, me estaba volviendo paranoica.

—Sí —asintió Lucius—. Hay algo especial en ella... —murmuró, en un tono ronco y aspero que era capaz incluso de herir al más insensible ser humano o encandilar al más frágil de ellos.

Después de recitar aquella frase que dejó en el aire como si fuera el más sabroso de los misterios, respiró profundamente recordando el olor a veneno que siempre desprendía su padre. Esa fragancia dulzona que embriagaba y le hacía sentir querer ser como él. No podía decir que lo odiaba como la mayor parte de chicos de su edad que aborrecían a sus progenitores. No, él no le odiaba, porque en su opinión, por muy cruel que pareciese, para Lucius era un buen padre. Le había inculcado los valores que hoy hacían mella en él, le había dado una educación, un apellido y una vida llena de lujos que ninguno de esa sala común se podía permitir.

Cruzó sus piernas de forma varonil, observando sus pies calzados con unos zapatos negros que relucían por su pulcridad. Le gustaba que todo estuviera en orden, hasta la más mínima estupidez, si se salía de cauce, le molestaba, ya fuera una mota de suciedad en sus zapatos o un pelo fuera de si en sus cabellos.

Era un joven muy maniático.

—Me gustaría que le conocieses como le conozco yo, para que no hiciera falta explicarte... —confesó bajando la voz. En verdad se estaba sorprendiendo él mismo de la honestidad en la que estaban impregnadas sus palabras. Al darse cuenta, terminó por soltar un bufido.

No contesté. Simplemente me quedé observando su perfil mientras que él centraba su total atención en la punta de sus zapatos oscuros, como si allí se centrasen todos los problemas del universo. Las llamas del fuego bañaban nuestros cuerpos y cuando estuve a punto de recitar palabra, el muro de piedra se abrió dejando paso a unas chicas de cuarto. Las fulminé con la mirada y me levanté.

—Ven conmigo.

Esperé paciente hasta que él se puso por fin en pie. Cuando lo hizo tuve que alzar la vista, no era bajita, pero Lucius me sacaba un buen palmo. Juntos atravesamos la sala bañada por las oscuras aguas del lago hasta salir al exterior.

Me desenvolvía a través de los oscuros pasillos como una hermosa ninfa del bosque, con soltura, soberbia y distinción, sin perder en ningún momento el toque de elegancia. Era una mezcla entre la música clásica y el rock; tranquilizante y sensual en cada momento. Tras de mí, Lucius se movía como una sigilosa serpiente tras su presa. Me encantaba esa sensación de sentirme amenazada y deseada al mismo tiempo.

Cruzamos los pasillos cincelados en dura piedra oscura, huyendo de las miradas discriminatorias y los oídos malsanos.

—Aquí podemos hablar con tranquilidad —musité con coquetería, acercándome a él. Dejando a la vista aquella salvaje y sensual Narcissa que tan solo Lucius había tenido el placer de contemplar.

—Es mi ultimo año en Hogwarts, como ya sabrás... Y mi padre, ya está buscando la candidata perfecta para que pueda contraer matrimonio... —susurró, como si ni siquiera él mismo quisiera enterarse. Eran bisbiseos consumidos por la oscuridad y por el egoísmo. Sus dientes se apretaron al ver como empalidecí entre las antorchas que custodiaban nuestro secreto. Desvió su mirada hacía lo más tenebroso del pasillo para continuar hablando—. No niego que quiera seguir perpetuando la vida de mi estirpe, sin embargo, creo que mejor que yo, no pueden conocer a la candidata perfecta...

En realidad todo lo que estaba diciendo Lucius por su boca, era mentira. Sabía como sufría cada vez que hablábamos del asunto y, quería ver hasta donde podía llegar lo que sentía por él. Agarró mi mano con fuerza, atrayéndome para coger mi cuerpo, cuando me tuvo cerca, soltó mi mano y decidió que era mejor posarla en mi cintura, mientras con la otra acariciaba mi rostro. Era suave, delicada y perfecta, como la mejor porcelana en un juego de tazas de té o una escultura famosa.

Juntó nuestras frentes y comencé a sentir como al ropa estorbaba. Necesitaba cincelar las manos por su cuerpo como si fuera un escultor, ver el cuerpo masculino entre los pliegues de su piel y sentir la calidez que formaban nuestros cuerpos.

—¿Crees que llevo razón? —me preguntó, rozándome los labios, haciéndome sentir su aliento y queriendo ser el dueño de la situación.

Le gustaba dominar. Llevar la voz cantante.

A un juego podían jugar dos personas a pesar de que una de ellas estuviera desmoralizada por dentro, porque ahí estaba el tema que tanto evitaba, el que tanto me dolía y al que más temía.

Me acerqué aún más a él entre la penumbra del desierto pasillo, queriéndome fundir con su piel, convertirme en parte de su sistema nervioso e impregnarme en cada uno de sus cinco sentidos. Sentí las manos de Lucius en la cintura y no tardé en llevarlas a sus cabellos, sintiendo que acariciaba la mejores de las sedas.

—Habrá que hacer lo que se nos diga, ¿no? —dije, en un susurro peligroso—. Al fin y al cabo, nuestra familia siempre es la que dicta las normas, la que piensa lo que es mejor para nosotros.

Vislumbré la sonrisa retorcida de Lucius y entre un pacto de miradas nos acercamos fundiéndonos en un beso retorcido, macabro, fiero y dulce a la vez. Nuestros cuerpos vibraban al compás de las antorchas y necesitaba más de él.

Lucius estaba metiendo la mano debajo de mi blusa blanca, cuando todo se acabó. El momento culminó. Nos separamos a causa de unas voces al final del pasillo. Le miré sintiendo el tacto de su piel sobre la piel desnuda de mi cara y rápidamente, aún cautivada por el grisáceo de sus ojos, me perdí por la oscuridad del pasillo.

En ese instante juré que el aire se me estaba escapando a través de los pulmones y sentía el sabor agridulce de una situación fatal impactando sobre mi paladar.