CAPÍTULO 1 – LAS CIUDADES LIBRES

290 – 295 AC, costa de Braavos (Ciudad Libre)

Daenerys, como se había acostumbrado a que la llamaran, había cumplido ya los 6 años. Con sus más de 150 años de experiencia acumulada en su pequeña mente sabía que cada año que pasaba la acercaba más al precipicio. Quizás con tan solo 11 años la casaran y ser Willem Darry y sus hombres no pudieran protegerla a ella, ni a su hermano mayor Viserys. Siempre había sido consciente del peligro que corría con su nueva vida porque ahora era una niña desprotegida cuyos padres habían muerto, uno asesinado por un traidor de su corte y la otra por las palizas que le había propinado su propio padre, el Rey. Descubrir que era una princesa, a pesar de que una recua de traidores le habían usurpado el trono a su familia, sí que había sido una sorpresa.

Durante varios años en sus ratos a solas, cuando se suponía que el bebé debía estar durmiendo, es decir ella, en lo más profundo de su protegida mente con barreras mágicas Daenerys se había planteado qué hacer con su destino. Si bien podía vivir toda su vida en Braavos había personas que buscarían utilizarla, como su hermano mayor; Viserys había vivido pocos años como príncipe pero los suficientes como para acostumbrarse a ser un noble, ¿cómo iba a decirle ella que no quería el trono? ¿Qué prefería vivir como una simple chica de Braavos? Simplemente no era posible, sobre todo porque su cabello platino y sus ojos violetas eran calcados a los de su madre pero, como le decía siempre uno de sus protectores, se parecía más a la Reina Rhaenys, hermana de Visenya y Aegon. Ella, que no tenía ni idea de cómo habían sido sus ancestros hacía 200 años, solo podía asentir.

Cuando cumplió 5 años Daenerys supo que o viviría por el trono y recuperar el honor de su familia ahora casi extinguida o moriría en el intento. No era porque ella lo quisiera especialmente pero era obvio que no la iban a dejar vivir en paz. Aun así, con su conocimiento extenso, supo que imponerse sobre un pueblo no letrado sería fácil. Sobre todo cuando ninguno de ellos sabía de su magia, ni siquiera su hermano. Hadara había sido la persona más astuta del Reino Unido, había salido victoriosa y había muerto la última, riendo, y nadie se había dado ni cuenta. Daenerys, siendo Hadara Potter-Black pero con otro rostro, era igual de inteligente. En cuanto tomó su decisión lo supo. Supo que tendría que ponerse al día con este pueblo extraño en el que se encontraba. Se leyó todas las leyendas, los pergaminos de medicina braavosi y todo lo que había en su nuevo hogar cuya puerta roja y brisa con aroma a limón le recordaba a una de sus casas del Mediterráneo.

Con 156 años acumulados de experiencia Daenerys de la Tormenta, princesa de Rocadragón y heredera presunta al Trono de Hierro de los Siete Reinos, fue capaz de forjarse una máscara. Todos aquellos que la conocían creían que era una niña adorable, preciosa, con su cabello largo y platino y sus grandes y violáceos ojos inocentes. Fácil de manipular. Qué equivocados estaban... Cada día lograba hacer caer en sus redes a más adeptos, sabedora que algún día los necesitaría para hacerse con el trono. Algunos le daban vestidos, encantados porque la preciosa Daenerys Targaryen se los pusiera para maravillarlos con su belleza angelical, otros le regalaban joyas, otros manjares exquisitos y otros lo que más deseaba, conocimiento.

A ella poco le importaban las joyas, ni los vestidos, ni la comida... Consigo había traído algo más que su alma: su fortuna. Guardada con su magia en una runa diminuta en su cadera se encontraba todo su oro mágico, su plata y su bronce. Las joyas, armaduras y armas de su familia, la tela, los libros, los retratos y pinturas... No había podido dejar atrás la única unión con su difunta familia, no después de darse cuenta que realmente estaba sola en su antiguo mundo, sobre todo después de la muerte de su nueva familia. Aquello que le habían robado mientras no podía defenderse había sido devuelto, y con intereses, descubriéndole una fortuna gigantesca que los Peverell, los Gryffindor, los Slytherin, los Potter y otras múltiples familias conectadas a ella le habían legado. Sin embargo, de nada le servían sino tenía ni idea de las costumbres y las lenguas de su nuevo mundo. Hablar la lengua de los Siete Reinos fue fácil ya que hablaban un antiguo dialecto del inglés, su lengua materna, y aprender alto valirio, la lengua de Braavos, había sido aun más fácil puesto que era una variante entre griego y latín, los cuales había aprendido hacía años a la perfección para mejorar sus hechizos.

Los modales, la forma de comportarse, el protocolo, la vestimenta, el maquillaje, el peinado... quizás todo distaba un poco de su antiguo mundo pero Hadara había estudiado al milímetro como ser la perfecta Lady Potter-Black y Daenerys sabía adaptar su nuevo conocimiento a su antigua experiencia. A menudo las mujeres de alta cuna que ser Willem Darry contrataba para educarla se maravillaban, y quizás incluso recelaban, de su inteligencia y sus dotes para aprender.

—¡Es un encanto, la princesa!

—Nunca había visto a nadie aprender tan rápido...

—¡Realmente es un placer educar a la señorita!

—Asombroso... tiene una increíble facilidad para los idiomas, querida.

Ella, con una sonrisa estudiada pero igualmente genuina, había contestado con un ligero rubor provocado. —Le doy las gracias por sus cumplidos, ser Duncan.

Pero lo cierto era que durante años sintió algo dentro de sí, como si su magia se estirara en busca de algo desconocido; para poder apaciguar ese sentimiento se volcó totalmente en su educación. Fue fácil aprender los dialectos valirios de las demás Ciudades Libres, fue fácil aprender a fabricar pócimas o lociones, brebajes e incluso pastillas que ella misma decidió crear después de conocer las múltiples y variadas plantas de Braavos y los alrededores. Algunas eran iguales que en su antiguo mundo, otras diferentes. Ella, con su conocimiento avanzado de lo que llamaba antes tenía incluso más conocimientos de algunas plantas que la misma septa que la enseñaba o el maester que ser Darry reclutó para la educación de su hermano y la suya. Daenerys incluso aprendió algunos trucos que no sabía de unas prostitutas de la alta sociedad, unas que hechizó para que la ayudaran durante varias semanas, escuchando los secretos y suspiros en las camas de los más ricos.

Así pasó los años, amasando una larga colección de secretos que destruirían a múltiples familias. No obstante, cuando cumplió 10 años se presentó en la casa con la puerta roja un hombre bastante apuesto, haciéndose llamar Oberyn Martell.

—Vaya, vaya, ¿qué tenemos aquí? —preguntó el hombre, mirándola al abrir la puerta. Los ojos oscuros no eran crueles pero sí pícaros. La observaron de arriba abajo y ella, vestida con un vestido de gasa rosada, incrustado con perlas en el escote redondo cogido tras su cuello, bajo su larga cabellera platino, sonrió—. Debes de ser la querida princesa de la Tormenta, Daenerys.

—Encantada de conocerle, ser Oberyn —anunció ella, dejándole ver que sabía perfectamente quién era a pesar de que no se había presentado. Oberyn sonrió—. Pase si le place, ser Willem Darry está descansando en el patio interior.

—¿No se encuentra bien? —preguntó haciendo pasar a sus guardias tras de él y dejándolos en la entrada antes de encaminarse con ella hacia dentro de la propiedad.

—Me temo que la enfermedad es grave —le comentó ella, que sabía perfectamente que ser Darry se moría por momentos. No sabía cuánto le quedaba y, en realidad, tampoco quería saberlo.

—Será mejor que me apresure con mis asuntos, pues.

Esa fue la última vez que habló con Oberyn Martell. Pocos días después, bajo sus atentos ojos y agudo oído, escuchó como Martell firmaba un acuerdo con tal de que su hermano, Viserys contrajera matrimonio con Arianne Martell. A Daenerys le parecía perfecto puesto que con la ayuda de los Martell, aliados de los Targaryen, podrían recuperar el trono con más facilidad. Sobre todo si los Martell ganaban adeptos a su causa con tal de coronar a Arianne reina. A ella poco le importaba quién se sentara en el trono, sabía de primera mano que normalmente quién tenía el poder no resultaba ser el rey o la reina, sino aquel quien pudiera manipularlos. Ella, como había comprobado, tenía el cariño, el amor y la confianza de Viserys así que, aunque se sentara él en el trono, su mano iba a ser inconfundiblemente ella. Sobre todo porque así el poder no se alejaría de la familia. Si Arianne resultaba ser poco adecuada... bueno, los escrúpulos los había perdido hacía 130 años al menos. Sería fácil asesinarla o incapacitarla permanentemente. Hasta ese entonces consideraría a los Martell como sus aliados.

—Querida princesa —tosió ser Darry, ahora ya totalmente ciego, semanas después de la partida de Oberyn Martell—. Cuida mucho a tu hermano, él no es tan astuto y perspicaz como tú. Te va a necesitar.

—Lo sé, ser Willem. Desde hace años me preparo para cuidar de él —le confesó, quitándole el cabello canoso de la frente y poniéndole una toalla húmeda en la frente.

—¿Insultando a mi persona mientras no estoy, ser Willem? —preguntó una voz sarcástica en el marco de la puerta y Daenerys se giró con una sonrisa. A pesar de todo por lo que habían pasado quería a su hermano, nunca se había sentido tan cerca de su familia como estando con Viserys.

Ser Willem intentó reír pero acabó tosiendo. —Me temo que no es un insulto, mi príncipe, si es verdad.

—Viserys —llamó ella, y vio como se acercaba a la silla que había ocupado antes de levantarse. Su hermano le cogió la mano y ambos, ella sentada en su regazo como la niña que se suponía que era, miraron como ser Willem Darry moría poco a poco—. No tardará mucho en dejarnos.

—Lo sé, Erys —le murmuró, abrazándola y besando su cabeza—. Debemos prepararnos para lo peor.

Pero Daenerys estaba totalmente preparada. De hecho, si no hacía nada para ayudar a ser Darry era porque, a pesar de ser su momento para morir, quería salir de Braavos en cuanto pudiera con su hermano. Quería buscar aquello que durante tanto tiempo había obviado y que seguía buscando su magia. Sabía que, en cuanto muriera, uno de los aliados que había hecho a lo largo de los años la acogería en su casa al menos unas semanas. Cuando pudieran partir su hermano querría visitar a las demás Ciudades Libres para buscar su apoyo y, de no ser posible, mendigar. No obstante, si todo iba como había previsto tendría en Braavos a un patrocinador y su hermano no tendría que pedir limosna. Únicamente intentarían hacer aliados.

—Mi pésame pequeña princesa, sé que ser Darry era muy apreciado —le dijo Laogheri, de Volantis pero residente en los meses de comercio en Braavos, y una de sus mayores aliadas. Laogheri pensaba que ella tenía un poder especial y que debía ser la nueva Reina de los Siete Reinos. No sabía que era su magia lo que sus visiones de fuego veían—. ¿Residirá aquí con su hermano tal y como teníamos previsto?

—Sería un honor y un placer, señora Fister —hizo una levísima reverencia ella, siempre teniendo en mente que ella era una princesa y la dama frente a ella no era más que una señora de bien.

—¡Magnífico!

El cabello rojo de Laogheri se removió al dar un bote. Viserys, al que había informado de su patrocinadora hacía apenas media hora después de que se llevaran el cadáver de ser Darry, sonrió cortésmente como el príncipe que era. Él, como ella, estaba bien entrenado y, por suerte, tener su apoyo hacía que Viserys estuviera mucho más calmado. No quería ni pensar cómo se habría puesto si él solo hubiera tenido que cuidar de su persona y de su hermana pequeña sin dinero ni un plan de futuro. Hombres... La mayoría eran todos iguales. Lo cierto es que no podían quedarse mucho tiempo en el mismo sitio, lo sabían, y cualquier notificación o mensaje no llegaría a Oberyn Martell a tiempo antes de que quisieran cogerlos a los dos y llevarlos ante Robert el Usurpador por una bolsa de dragones de oro, o quizás menos. Las razones para partir de Braavos se acumulaban. Viserys, con 19 años recién cumplidos, era quién más ganas de los dos tenía de dejar Braavos así que partieron solamente en 3 semanas.

296 AC, Lorath (Ciudad Libre)

Daenerys aceptó la copa de vino, después de comprobar sutilmente si estaba envenenada, a pesar de tener solo 12 años físicamente. La necesitaba. Con el paso del último año su hermano se había vuelto de lo más impaciente. Incluso había intentado vender algo de sus padres, alguna joya, a ella no le importaba qué fuera ya que, fuera lo que fuera, de haberle entregado sus pertinencias a uno de estos ricos pero oportunistas comerciantes Viserys, y por consiguiente ella, habrían perdido gran parte de la reputación que había tejido a lo largo de los años. Realmente su hermano era irritante, ahora entendía como se sentían George y Fred con respecto a Ron. Le extrañaba que solo le hubieran provocado una tonta aracnofobia, con lo idiota que era Ronald Weasley. Y pensar en vivir con él 365 días al año... Un escalofrío le recorrió el cuerpo.

Podía imaginarlo. —Ahí va Viserys III, el Rey Mendigo, y su hermana, la pordiosera.

Otro escalofrío le recorrió el cuerpo. Esta gente era cruel con su pobre inteligencia emocional, su ignorancia y su general avaricia. Por suerte había prevenido a su hermano, confesando que ella ya había procurado otro patrocinador. Con Laogheri en Braavos y Neeron en Lorath, Daenerys sabía que al menos tenían varios lugares seguros en los que esconderse. Por desgracia Viserys parecía poco complacido con esconderse. No se daba cuenta que ahora ellos no tenían poder alguno, sus aliados, si es que los tenían, se encontraban callados y con la cabeza gacha para evitar cualquier ira por parte de los Lannister, quienes realmente se sentaban en el trono de su padre. Lo que debían hacer ahora, mientras su cuerpo fuera frágil y de aspecto pequeño, era mantenerse en las sombras y avivar las antiguas alianzas. Hacerse con algunos comerciantes que, si bien no eran nobles, muchas veces eran más ricos que las Casas de los Siete Reinos. Viserys, poca fue su fortuna, era impaciente, ambicioso y ciego a la realidad. Parecía que sus 7 años en Desembarco del Rey habían hecho más mella de lo que inicialmente pensó.

Sin embargo ella ya tenía un plan medio urdido, solo quedaba dar los ajustes finales y para ello debían pasar al meno años más. Con fastidio, pensó, tendría que hacer todo el trabajo ella sola ya que no se fiaba de dejar a su hermano con las riendas de las negociaciones sin su presencia para advertir cuando metía la pata, y corregirlo, por supuesto. Viserys, no obstante, fue fácil de manipular. Con los años había aprendido que le gustaban las mujeres pero no las prostitutas y que, también, le encantaba sentirse adorado. Básicamente quería lo que Hadara en su anterior vida habría llamado un lameculos o un pelota. Daenerys sabía que si Viserys la descubría pagando a una prostituta de alta sociedad, de esas que no parecían precisamente mujeres de la calle, para seducirlo y amansarlo acabaría siendo contraproducente. Lo único que haría sería excitar más la ira y la impaciencia de su hermano. Así pues, sin otra opción, acabó hechizando a una bella prostituta de cabellos rubios como la miel y ojos azules. Durante un año entero Melisa, llegada de Myr y desconocida para todos, incluso para su hermano, fue capaz de apaciguar a Viserys a sus órdenes con un simple hechizo.

Mientras tanto ella se ocupó de cosas más importantes. —¿Y dice que en Braavos podría encontrar lo que busco?

—¡Por supuesto que no! —rió encantadoramente ella, sin parecer impertinente. Los ricos que tenía frente a sí sonrieron sin poder evitarlo. Una mujer le entregó otro pastelito con un "come cielo"—. Tengo una amiga que podría ayudarlos, por un porcentaje claro.

—¿Y cuánto sería ese porcentaje? —preguntó con curiosidad uno de ellos, los ojos marrones clavados en los suyos.

—Una declaración de amistad entre nuestras familias, ¡por supuesto! —dijo ella, con una sonrisa un tanto dulce que todos se tragaron—. Y quizás unas tierras en Lorath a nuestro nombre.

—¡Bueno, si solo es eso supongo que podemos firmar ahora mismo! —bromeó uno y los demás, incluida ella, rieron.

Por el rabillo del ojo vio a Viserys charlando en voz baja, con una sonrisa seductora en su masculino y hermoso rostro, con otra mujer y Melisa. Ella suprimió una sonrisa sabedora que sus hechizos serían capaces de guardar tras los labios de su hermano sus múltiples secretos y, que además, no sería capaz de engendrar a ningún hijo bastardo a no ser que levantara su maldición. Viserys III debería llamarse el Rey castrado, se dijo. Hiciera lo que hiciera, aunque no lo supiera, quien tenía la última palabra sobre sus acciones era ella, su hermanita pequeña.

—¡Una gran velada, hermana! —dijo Viserys cuando los invitados se retiraron a sus respectivos hogares.

—¿Verdad que sí? —respondió ella con un entusiasmo no fingido. Las cosas parecían ir bien desde que contrató a Melisa.

—¿Algo que deba saber, pequeña diplomática? —preguntó con una sonrisa él, y Daenerys vio una mordida en su cuello aparentemente escondida con la camisa pero no dijo nada.

—He realizado otro trato.

Viserys la miró con una ceja alzada. —¿Otro? ¿Y se puede saber de qué trata?

—Como sabrás las especias que comercia Laogheri son muy escasas y caras, debido al conflicto con del Reino de las Tres Hijas las especias que compra Lorath provienen de Braavos y, a su vez, éstas provienen de Volantis, donde las extrae Laogheri.

—Deben ser realmente caras —musitó Viserys, dándose cuenta del gasto económico—. Los ricos comerciantes de Lorath, una de las regiones más visitadas por los Siete Reinos, no pueden permitirse parecer pobres, incluso a costa de grandes gastos económicos en especias exquisitas de Braavos.

—Exacto. Pero tampoco pueden hacer negocios con Volantis, a no ser que guste de represalias, ya que Myr, Lys y Tyrosh tienen el mayor número de mercenarios de todas las Ciudades Libres y, para colmo, una alianza templada con Qohor, cuya guardia tiene miles de Inmaculados en su poder.

—Sin contar que Lorath está rodeado por Qohor, Norvos y Pentos, éstos dos últimos no se meterían en un conflicto semejante.

—Ves... Si Lorath quiere comerciar debe hacerlo con Braavos y éstos, sabiendo de este conflicto, aprovechan para incrementar sus precios de forma astronómica —rió ella, con una sonrisa pícara que Viserys copió al darse cuenta de cómo había conseguido el trato—. Laogheri es de Volantis pero reside en Braavos durante al menos 6 meses al año.

—Esperas que Laogheri baje el precio de las especias para unos pocos en Lorath —afirmó Viserys, completamente seguro y miró a su hermana con admiración—. ¿A cambio de qué?

Daenerys sonrió ampliamente. —¿Sabes lo que más se compra en todo el mundo?

Viserys solo alzó una ceja y Daenerys empezó a soltarse el cabello de sus trenzas para retirarse a sus aposentos.

—El alcohol. No importa sin son ricos o pobres, altos o bajos, borrachos o no... Todos los hombres y mujeres del mundo consumen alcohol. Sobre todo vino y Lorath tiene unas tierras preciosas, totalmente desaprovechadas, lejos de la zona portuaria para cosechar la uva. Con el comercio a Volantis impedido por Myr, Lys y Tyrosh y con los precios desorbitados de Braavos, seríamos los únicos productores de vino de todas las Ciudades Libres.

—¿Y crees que Braavos dejará que les hagas competencia? —preguntó Viserys, levantándose y caminando junto a ella.

—¿Braavos? No, todavía no, ¿pero quién ha hablado de Braavos? —bufó ella, divertida y Viserys paró en seco, comprendiéndola—. No hermano, nuestro vino será el vino de Poniente y de los Siete Reinos, el más caro y el más exquisito. No importa cuánta competencia tengamos con los vinicultores de los Siete Reinos, si ellos abastecen a una gran población hace bajar la demanda del vino no importa su calidad.

—A la gente le gusta tener lo que otros no tienen.

—Cierto. Haremos poco vino, de gran calidad, y a precio elevado. Nadie puede competir con eso, ni siquiera Braavos. Su vino no es más que para borrachos baratos y gente desesperada.

A los pocos meses se encontraron recogiendo sus pertinencias de nuevo. Laogheri les había avisado con un pájaro mensajero que había varias personas preguntando su paradero en Braavos y, para ser sinceros, Daenerys estaba cansada de quedarse en su casa, hacer negocios y vigilar a Viserys. Era el momento de partir. Melisa se despidió de Viserys, aunque éste no la lloró, para viajar a Braavos. Neeron y los demás ricos de negocios le consiguieron las tierras, tal y como prometieron, y la pusieron a su nombre. El de su hermano era demasiado conocido, y tampoco se fiaba de que no intentaran asesinarlo por sus negocios.

Como había hecho en Braavos, compró con el oro que ser Darry les había dado, lo que les que daba de ser Willem, a 40 esclavos. Una vez les aseguró que quería que trabajaran para ella, como hombres libres, supo que había tomado la decisión correcta. Haber dado la libertad a hombres, mujeres y niños le había asegurado su lealtad con su gentileza y generosidad. Los esclavos habían aprendido en 8 meses a plantar la uva y a seguir todo el proceso de fabricación. Serían ellos mismos, viviendo en la propiedad de la viña que había hecho construir, quienes fabricarían las propias botellas de vidrio, una vez mandó a que alguien los instruyera, y quienes pondrían el nuevo sello de negocios que había estado usando en Braavos y en Volantis: una corona de rosas rojas con una llama en el centro.

297 – 298 AC, Norvos y Qohor (Ciudades Libres)

—¿Qué le parece, mi señora? —le preguntó ser Areo Hotah, el guardaespaldas de Arianne Martell.

Daenerys sonrió complacida. —Mi hermano necesitará una guardia, ya me entiende, y también otra para proteger a mi futura cuñada Lady Arianne, y a mí.

Vio por el rabillo del ojo a Viserys charlar con su prometida y supo que había decidido bien enviar un pájaro mensajero, semanas antes de su partida, a Oberyn Martell. No solamente su hermano y ella se encontraban protegidos por la guardia real de los Martell sino que Arianne y Viserys, con su carácter ahora más relajado después de un largo año a manos de una mujer experta, sabía complacer a Arianne y seducirla. Mientras Arianne y Viserys se llevaran bien Areo Hotah estaría encantado de complacerla a ella, que obviamente era la Mano de Viserys, como todos podían observar. Si ella decía a ser Hotah que su hermano, el futuro esposo de Arianne y su pretendiente, y ella necesitaban escolta era porque debía ser cierto. Si ella decía que cogiera a 16 esclavos, les diera la libertad y acogida en un hogar en su nombre y los entrenara con la ayuda de los sacerdotes barbudos y diera instrucciones para su entrenamiento incluso para después de la partida de los Martell a Dorne era porque debía hacerse.

—¿Sabías que Arianne era mi prometida, Erys? —preguntó una tarde Viserys, cuando Arianne dejó los nuevos aposentos de los Targaryen para hospedarse en su cara posada con sus guardias.

—Algo escuché, no podía creerlo —afirmó ella, siendo ambigua pero sin mentir—. Supuse que los Martell, siendo aliados de los Targaryen podrían confirmarlo.

Y de paso mandar a Arianne a conocer a Viserys y ser Hotah para obligar a los sacerdotes a entrenar a su nueva guardia real de forma casi gratuita. Con su nueva fortuna creciente, y sin tocar su antigua fortuna todavía guardada en su cadera, los Targaryen estaban recuperando su lustro, aun sin que nadie se diera cuenta, y cada vez sería más difícil protegerse a no ser que contaran con una guardia entrenada y experta, y totalmente leal. ¿Qué mejor que soldados entrenados en Norvos, solo leales a su familia? Unos 6 guardias para su hermano, 2 de ellas mujeres capaces de ayudarle con las tareas más banales como la lavandería o la comida, y otros 6 para ella. El hecho de que sus nuevos guardias fueran esclavos antaño y ahora jóvenes hombres y mujeres libres solo serviría para alentar su lealtad para con los Targaryen. Eso y las runas de lealtad que pensaba implantarles, como había hecho con sus otros sirvientes en Lorath, claro.

Sabía, no obstante, que Oberyn Martell desearía que regresaran ambos a Dorne con su partida pero no podían permitírselo, e incluso Viserys lo sabía. Necesitaban más alianzas y dinero de lo que Dorne podía ofrecer y no podían quedarse encerrados durante años, queriendo luchar una guerra política detrás de los seguros muros de Dorne. Las apariencias y cómo se presentaran en los próximos años serían imprescindibles. Además, ella tenía planes y no podía salirse de su guión. Con el paso de los años se había planteado muchas veces por qué luchaba. ¿Por qué lo hacía? Una vez más, su experta mente se encontró en un recóndito lugar del pasado, guardado bajo sus protecciones mágicas.

1998 DC, Londres (Reino Unido)

Hadara miró su anillo, el anillo Potter que todavía le sorprendía ver en su mano derecha. Había pasado solamente un par de meses desde que entró en Gringotts, se disculpó con los duendes y recuperó las riendas de sus finanzas. Con Dumbledore muerto y sin nadie a su lado para impedirlo, los duendes le explicaron una larga historia. Le explicaron cómo Dumbledore había cerrado el testamento de sus padres, cómo la había dejado ilegalmente con sus tíos sin dar constancia de ello a los duendes – quienes tenían la obligación de ejecutar las órdenes de los difuntos mientras fueran instrucciones legales – o cómo Dumbledore había metido la mano, todo lo que había podido, en sus cámaras. Decir que estaba furiosa hubiera sido un eufemismo.

Lo peor no fue enterarse de las maldades de Dumbledore sino darse cuenta que Ron, su mejor amigo, había estado cobrando su dinero, el dinero que sus padres y su padrino le habían dejado, por espiarla desde su primer curso en Hogwarts. Solo le había quedado el consuelo de saber que ni los otros Weasley ni Hermione la habían usado para su propio beneficio. Aun así, dejó de visitar la Madriguera, ya que Ronald vivía allí, y empezó a frecuentar el Callejón Diagón donde vivía George, y semanas más tarde, ella, mientras le ayudaba a pasar su depresión debido a la pérdida de Fred.

—Quizás deberías replantearte escribir tu autobiografía —le comentó George un día cuando la escuchó echando pestes de Skeeter mientras se tomaba el té.

—¿Escribir? ¿Yo? —preguntó incrédula ella, pero luego una luz se encendió en su cabeza. Su sonrisa se ensanchó y George se estremeció al verla—. Sabes, a lo mejor no vas tan desencaminado...

Lo cierto es que se había resignado a que la prensa la tomara con ella, como siempre había pasado pero tenía un as en la manga: podía hacer chantaje a Skeeter. Si concedía a Skeeter escribir su autobiografía, cerciorándose de que cada letra y palabra eran ciertas, sería posible controlar a los medios. No solamente otros ya no podrían escribir su biografía sin mentir, y que todos supieran que era falso, sino que también ganaría dinero y mantendría controlada a Rita Skeeter, que más que un escarabajo tendría que haberse transformado en una mosca cojonera.

Desde que había caminado por el Bosque Prohibido para encontrarse con su propia muerte Hadara tuvo una repentina epifanía. Durante años había hecho lo que los otros querían, no lo que ella quería ni había considerado correcto. Se había comportado, había comido, se había vestido, había hablado... como los otros esperaban que hiciera. Incluso había elegido Adivinación, a pesar de no tener un hueso vidente en su cuerpo, porque Ron lo había preferido. Había crecido en soledad, tan falta de amor, que había dejado que otros la controlaran con tal de no estar sola. Había sido fácilmente manipulable, y todos lo habían sabido. No obstante, cuando comprendió que debía morir todas sus inhibiciones se vinieron abajo; ya no importaban sus amigos, o sus parientes, o nadie. Iba a morir sola. Utilizar la piedra de la Resurrección una primera y última vez, ver a sus seres queridos, muertos, le hizo perder el miedo que tan arraigado había estado en su interior.

Las palabras de Sirius cobraron sentido. —Quien nos quiere no nos abandona jamás.

No le importaba morir, si era para estar con ellos. Cuando regresó a la vida, después de haber aceptado su muerte, fue como un tropezar con un balde de agua fría. Era incapaz de volver atrás. Nunca se le había dado bien hacerse la tonta, quizás porque su temperamento lo impedía, pero cuando descubrió la traición de Dumbledore y de Ron no pudo evitar vengarse. Les quitó, aun estando Dumbledore muerto, todo lo que le habían robado con la ayuda de los duendes y, gracias a Hermione, todo el mundo se enteró de cómo era realmente Ronald Weasley. Molly dejó de hablarle durante semanas pero ni siquiera ella podía negar que su hijo se lo merecía. Ron, enfurecido, fue enviado a Romania con su hermano Charlie para que aprendiera un oficio, calmara su temperamento y pudiera replantearse sus acciones.

Cuando pasó un mes de la muerte de Voldemort a sus manos supo que debía poner en orden su vida. Vernon, Dudley y Petunia, a quién no consideraba familia, regresaron a Privet Drive pero ella los ignoró, prefiriendo aparecer en su antigua habitación para llevarse lo que quedaba de su antigua vida. Las ropas de Dudley las quemó, las ropas que más tarde Petunia le compró para que nadie se diera cuenta de su abuso las quemó también. Lo quemó todo, salvo las sudaderas que Molly le había regalado y su capa de invisibilidad. Con sus numerosas y cuantiosas fortunas a su nombre, que nunca se gastaría ella sola, reclutó la ayuda de Luna, Hermione, Fleur y Ginny para hacerse con un enorme armario nuevo a su gusto. Ni se paró en mirar las etiquetas, quería darse el placer de hacerse feliz a sí misma, sin importar como. Tiró las gafas a la basura y, con la ayuda de Fleur, se curó la vista en Francia, donde era legal hacerlo. Se dejó hacer la pedicura, la manicura y un sin fin más de tratamientos de masaje en un spa carísimo de París. Cuando regresó a Reino Unido George fue incapaz de reconocerla.

—¡Por Merlín! ¿H-Hadara, eres tú? —le preguntó, con los ojos casi saliéndose de las cuencas.

—¡Pues claro, lelo! —rió ella, pero mirándose en el espejo, con su cabello largo y lustroso, cayendo en suaves rizos, su piel impecable y sus ojos sin esas estúpidas gafas parecía otra.

—¡Estás estupenda! ¡Pareces una de esas modelas de las que me habló Hermione! —exclamó Ginny, haciéndola girar en su nuevo vestido de color esmeralda y sus sandalias romanas doradas.

—Modelos, Ginny —corrigió Hermione, como era habitual, pero parecía estar emocionada, conteniendo las lágrimas—. Pero tiene razón. Ya era hora de que pensaras más en ti, Dara, estás preciosa.

Y realmente se sentía preciosa. Cuando se miraba al espejo ya no veía una huérfana cualquiera, sino a la hija de sus padres, quienes la habían querido tanto que se habían sacrificado por ella. James y Lily Potter habían querido que su hija viviera, no que sobreviviera como pudiera infelizmente. Semanas más tarde, cuando su autobiografía estaba siendo escrita bajo amenaza de denuncia, y con sus nuevas inversiones muggle dando sus frutos y sus anillos de Dama en su mano, se le acercó alguien de lo más insospechado en el Caldero Chorreante.

—¿Malfoy? —preguntó ella, cuando vio quién estaba sentado en la mesa en una esquina recóndita donde se había refugiado—. ¿Qué haces aquí?

—Lady Potter-Black —empezó él, mirándola fijamente con su cabello suelto, al natural, pero peinado a la perfección y sus ojos grises brillantes por la determinación. Escuchar su nuevo título en la boca de su enemigo del colegio la dejó patidifusa—. ¿Podemos hablar en privado?

Antes hubiera dicho que no al instante pero ahora Hadara había perdido la mayor parte de sus antiguos resentimientos, después de todo le había salvado la vida a Malfoy cuando aun no sabía ni siquiera que iba a morir. Ahora, no obstante, desde que decidió ser ella misma había perdido, curiosamente, poco a poco los escrúpulos. Se había vengado de su antiguo amigo sin dejar que su amistad pasada templara su mano, se había vengado de un hombre muerto que no podía defenderse con una ira tremenda, había denunciado a su antigua familia a las autoridades y despojado a su tío de su puesto de trabajo además de haberles contado al diario local la verdad de los Dursley, había hecho lo que le había dado la gana en Francia y en Reino Unido con su dinero, se había acostado varias noches con un atractivo hombre muggle en París solo porque podía y le apetecía y había chantajeado a una periodista que le había hecho la vida imposible porque quería y beneficiaba a su persona. Si algo podía Malfoy ofrecerle le escucharía encantada.

—Vamos.

No tardaron en pedir una habitación privada, a pesar de las pocas miradas que les seguían el paso. Como esperaba Malfoy protegió la habitación, dándole una idea de que fuera lo que fuera que iba a decirle sería mejor que nadie supiera de ello. Ella se sentó en la cama, dándole igual lo que pensara Draco, y dejando que él se sentara en la única silla frente la chimenea apagada. Pasaron un par de minutos hasta que Draco se aclaró la garganta y habló.

—Seré directo.

—Te escucho.

—Como supondrás el nombre Malfoy ha perdido gran parte de su reputación. Mi padre ha pisado Azkaban unos meses y mi madre se ha recluido en nuestra Mansión —frunció el ceño Draco. Hadara sabía todo eso así que asintió—. Muchos les han dado la espalda, nos han dado la espalda.

Hadara alzó una ceja al escuchar sus palabras. O lo que no estaba diciendo. Draco continuó, alentado porque no hubiera hecho ningún comentario mordaz, como hubiera hecho antes.

—Si quiero que mi nombre siga adelante necesito casarme pero tengo dos problemas. El primero es que pocas familias van a querer unirse con el nombre Malfoy y... el segundo...

Al cabo de unos segundos no pudo contener la curiosidad. —¿El segundo...?

—Tengo una relación con un hombre.

La boca de Hadara se descolgó de la incredulidad. Draco no pudo evitar ruborizarse pero evitó abrir la boca, sabía que dependía de Hadara y no creía que insultarla para evitarse un momento de vergüenza fuera lo más astuto. Esperó hasta que la bella mujer en la cama recuperó la compostura.

Hadara, sin embargo, pudo ver por dónde iban los tiros. —¿Y qué tiene que ver conmigo?

—Me gustaría ofrecerte un trato —sonrió casi pícaramente Draco y Hadara sintió un dolor en su corazón al recordar a Sirius en ese momento, con sus ojos grises de la familia Black—. Yo necesito continuar mi línea de sangre y, si quieres, tú también la tuya. Si nos casamos, la familia Malfoy se beneficiará de tu popularidad y tú podrás poner otro nombre en tu ya larga lista de apellidos.

—¿Y en qué me beneficiaría eso a mí? —preguntó ella, con una ceja alzada y cruzándose de brazos.

—Bueno, no creo que quieras que seamos un matrimonio normal, obviamente. Yo tendré mis amantes en secreto y tú los tuyos. Eso no quita que no podamos querer a nuestros hijos, podemos ser incluso mejores amigos con el tiempo —la voz de Draco casi parecía anhelante y Hadara suprimió una sonrisa. Draco le había parecido un cretino pero se había dado cuenta que incluso él había estado amenazado a muerte. ¿Cómo sería realmente Draco Malfoy sin presiones algunas?—. Yo manejaría la fortuna Malfoy y tu la tuya, al contrario de lo que pasaría si te casaras con otra persona. Por otra parte, yo no pediré que te quedes en casa o que no trabajes, podrás hacer lo que quieras.

—¿Y quién cuidará de nuestros hijos? Espero que no me creas una de esas mujeres que deja el cuidado de mis hijos a otra... —gruñó ella, y Draco sonrió, como si no le hubiera sorprendido. Luego enarcó una ceja—. ¿Y cómo vamos a tener hijos si no te gustan las mujeres?

—Por supuesto que no. No quiero que mis hijos crezcan como yo, cuidados por los elfos domésticos —suspiró Draco al ver su rostro sorprendido, luego sacudió la cabeza—. Por lo demás... Blaise me habló de que los... muggles... tienen algo llamado inseminación artificial.

—¿Es Blaise Zabini tu amante? —preguntó ella, con curiosidad. Vio como Draco se ruborizaba y se preguntó cuánta gente lo sabía. Seguramente no mucha—. Tranquilo, no diré nada. Entonces él lo sabe, ¿no?

—Sí, fue él quien me dio la idea, para ser honestos —suspiró otra vez Draco y luego sacó unos papeles encogidos de su bolsillo—. Ten, esto es lo que hemos preparado, para que lo leas tranquilamente. La conexión con mi chimenea está escrita en la primera hoja, por si quieres hablar.

Hadara se levantó cuando vio que Draco ya se iba, acercándose a coger la carpeta. Draco la miró unos segundos, pensativo, y luego sacudió la cabeza.

—Espero que después de todo puedas perdonarme, Potter, no, Hadara —le comentó él y ella le miró a los ojos fijamente—. Fui un idiota.

—¿Te disculpas para que acepte, Draco? —preguntó ella bromeando a medias, muy seria.

—No. Me salvaste la vida después de todo lo que te hice y, sino hubiera sido por tu insistencia, Blaise habría muerto —Hadara vio como Draco tragaba con fuerza, desviando la mirada—. Podrías haberme dejado pero no lo hiciste. En ese momento me di cuenta de lo buena que eres, más de lo que yo he sido nunca, y sé que no te merezco. Ni como amiga, ni como esposa ni como la madre de mis hijos. Pero quiero que sepas que si aceptas prometo darnos una oportunidad para ser amigos de verdad, prometo protegerte a ti, a tus intereses y a nuestros futuros hijos y hacer todo lo que esté en mi mano por ayudarte a cumplir tus objetivos.

Draco miró los ojos esmeraldas de la mujer que había salvado su vida, la de su amante, a su familia de la cárcel y quién había liberado al mundo del horror que suponía Voldemort. No era cuestión de pedigrí sino de confianza. No confiaría a nadie más, quizás ni siquiera a Blaise, el cuidado y la vida de sus hijos. Se despidió dejándola con su recopilación de información y su corazón en un puño.

Hadara, mientras tanto, empezó a leer la primera hoja de papel que Draco le había dado. Los leyó con la mente perdida en las últimas, e improvisadas, palabras de Draco Malfoy. Quizás le había propuesto un trato pero su despedida había sido de corazón. Draco no solo quería su ayuda con un trabajo insólito, sino a ella también, aunque no fuera como amante. Sabía que iba a aceptar porque el hecho de tener una familia sin ataduras sentimentales, puesto que no pensaba que nadie pudiera quererla a ella sola sin desear su fortuna, era demasiado. Aquí tenía la oportunidad de casarse y obtener la protección de Draco para ahuyentar a los cazafortunas, la oportunidad de tener a una familia – por muy extraña que fuera – y el apoyo incondicional de alguien que, a pesar de todas sus antiguas rencillas, la conocía de verdad. Podría viajar sin tener que dar muchas explicaciones, podría estudiar cualquier tipo de magia, no importara que fuera magia oscura, y podría tener la oportunidad de buscar a su propio amante con quien compartir su vida.

El problema era simple, ¿quién iba a querer tener una relación de por vida con ella cuando ya estuviera casada y tuviera hijos con otro hombre?