CAPÍTULO 2 – REGALOS DE BODA

Invierno – 298 AC, Qohor (Ciudad Libre)

Daenerys se desperezó de su cama mullida y observó como algunos Inmaculados pasaban bajo su ventana al acercarse a ella. Era comienzos de año pero tenía la extraña sensación que iba a ser una etapa muy movida de su vida. De hecho Viserys ya se había quejado de haber dejado atrás a Arianne así que presentía que pronto tendría que enviarle a Dorne para hacerle feliz, además, suponía que allí Arianne – con quién había congeniado realmente bien a pesar de todos sus anteriores pensamientos – pudiera hacerse cargo de su hermano y, también, de su entrenamiento como futuro rey.

No estaba segura pero Qohor le parecía un lugar plagado de recuerdos. Los Inmaculados susurraban cuando nadie les escuchaba, salvo ella con su magia, sobre historias de un gran ejército Dothraki y sus trenzas atadas en sus lanzas. Ella, curiosa, abrió sus sentidos para tocar las mentes de los demás, como había aprendido a hacer hacía décadas. Poco a poco los secretos guardados en la privacidad de la mente de múltiples desconocidos empezaron a susurrarse en su cabeza. Descubrió cosas que la dejaron sorprendida, otras la asquearon, otras la complacieron. La mente de las personas era un lugar sucio, cada uno tenía sus particulares vicios y deseos y no le sorprendía ver lo traumático que era ser un Inmaculado. A pesar de todo sí que sentían dolor, simplemente no sabían expresarlo con su cuerpo. Se compadeció.

Aun así, hubo algo de interés para ella. Lo que buscaba. —Los Dothrakis están a punto de regresar en la primera luna llena a Pentos.

—El ejército de Khal Drogo es el mayor de todos los tiempos modernos, 40000 Dothrakis... Me pregunto si 3000 Inmaculados soportarían un ataque.

—Quizás debería venderle una esposa a Khal Drogo, he oído que no tiene mujer. ¿Pagará bien por ella? ¡Me conformaría con 1000 dragones de oro!

Daenerys volvió en sí y cuando abrió los ojos éstos brillaban con victoria. Tenía la clave para empezar a formar el ejército Targaryen y solo tenía que hacer una cosa: casarse. Además, estaba harta de huir de sus perseguidores y asesinos. Sin duda, el ejército de Khal Drogo ofrecería protección mientras estuvieran indefensos sin su propio ejército y sin leales súbditos y sirvientes. Miró de nuevo por la ventana y decidió que era el momento de actuar a pesar de llevar tan solo 3 semanas en la ciudad. Se encontró a Viserys dándose un baño, entró sin llamar y su hermano evitó chillar. Su guardia real no estaría lista hasta dentro de unos pocos años, quizás debería invertir en unos pocos Inmaculados: si hubiera sido un asesino a sueldo ya le habría matado.

—Hermano, tengo un plan y necesito tu ayuda.

Viserys se recostó de nuevo en la tina, con su cabello platino ahora tan largo como el de su difunto hermano Rhaegar, mojando el suelo; la comida, el entrenamiento y los cuidados de belleza habían hecho de él un hombre muy hermoso. Suspiró. No quería ni imaginar qué hubiera pasado si no hubiera cogido las riendas de sus vidas hacía tiempo.

—¿No podías esperar a que saliera? —preguntó sin mucho enfado, estaban acostumbrados a verse desnudos después de todo. Braavos había sido un lugar falto de ropa, no por pobreza, sino por el número elevado de prostitutas.

—No. ¡Realmente estoy emocionada, hermano! —rió ella, y cogió un taburete para sentarse. Viserys rodó los ojos—. ¿Sabes que nos falta? ¡Un ejército!

Viserys, ahora todo oídos, alzó una ceja. —¿Y cómo piensas conseguirlo?

—¿Yo? No. Lo conseguirás tú —Viserys miró confundido a su hermana. A veces lo dejaba atónito con sus brillantes planes pero era difícil predecir los actos de Daenerys; se alegraba mucho de que estuviera de su lado—. He oído que Khal Drogo no tiene esposa y que tiene el mayor ejército Dothraki de la historia, unos 40000 jinetes.

—¿Planeas casarte? —preguntó directamente él. Cuando tenía la paciencia suficiente, no era precisamente tonto.

—Khal Drogo nunca nos dejaría su ejército para conquistar Westeros pero sí que podría pactar una boda contigo, por mí, a cambio de por ejemplo 10000 Dothrakis prestados para la conquista.

—Ese número no será suficiente, ni aun con los 40000 Dothrakis podríamos invadir Desembarco del Rey.

—Tengo un plan, hermano, tú déjamelo a mí —dijo firmemente ella, que sabía bien cuántos esclavos había en Essos—. En cuando compre a una guardia de Inmaculados partiremos a Pentos, allí llegará Khal Drogo en la próxima luna llena y tú negociarás con él nuestra boda.

Daenerys pasó los 2 próximos días sumida en sus estrategias de guerra. Si bien Viserys tenía razón al pensar que con 40000 hombres no podrían hacerse con Desembarco del Rey, esos hombres Dothraki serían la fundación de su ejército. Para ellos era habitual desafiar a otros khalasares, y para ella era habitual manipular a los hombres bajo sus redes. No conocía a Khal Drogo pero al fin y al cabo tenía a su magia. Una vez se hiciera con su khalasar podría luchar contra otros Khales y aumentar el ejército de los Targaryen.

Invierno – 298 AC, Pentos (Ciudad Libre)

—Hemos llegado, mi señora —le anunció Jackal, uno de los 6 Inmaculados que había comprado por 500 dragones de oro en Qohor y cuyo nombre había sido, antes de liberarlo, Rata Negra.

Daenerys asintió, observando a Viserys retocarse el cabello y luego girarse a comprobar su aspecto.

—Estás perfecta, hermanita.

Daenerys sonrió y bajó de su caballo, el mismo que ser Darry le había regalado hacía 5 años. Se dio cuenta al instante que había alguien mirándoles fijamente. Era un hombre alto y grueso, con el cabello casi totalmente canoso y una barba partida en dos con bigote muy bien cuidados. Vestía una ropa holgada pero de aspecto caro y tenía al menos 4 anillos en sus dedos regordetes. Al chocar sus ojos violetas con los ojos marrones del hombre pudo leer en su mente que se trataba del Magister Illyrio Mopatis y, lo mejor de todo, pensó con una tremenda sorpresa, era que tenía 3 huevos de dragón petrificados en su poder. El mero hecho de ver su cabello platino le había recordado la dinastía de los Targaryen y a sus acompañantes, sin darse cuenta de quién estaba escuchando...

Observó como los Inmaculados dejaban pasar a Mopatis a órdenes de Viserys y Daenerys dejó que saludara al Magister, dándose cuenta de que éste no la creía suficientemente inteligente o astuta como para nada importante salvo parir y abrirse de piernas, quizás no en ese particular orden. Los pensamientos de Mopatis empezaron a repetirse, con avaricia, pensaba en la llegada del khalasar de Khal Drogo tal y como ella había pensado, con el propósito de convencer a Viserys de comerciar con ella a cambio de un ejército que, luego de tomar Westeros, le hiciera Rey y acabara compensándolo no económicamente sino con tierras y títulos al otro lado del Mar Angosto. Supo al instante que Mopatis sería un hombre al que vigilar. A él y a su contacto en Desembarco del Rey, Varys.

—¿Te puedes creer que ni he necesitado iniciar la negociación? Mopatis está dispuesto a negociar por mí con Khal Drogo —se rió Viserys y ella suprimió un gruñido.

—Idiota —farfulló por lo bajo, cuando Viserys todavía reía—. Debes estar presente en las negociaciones, aunque no abras la boca, con tal de saber qué condiciones se pactan. ¿Acaso no has pensado que Mopatis puede tener alguna segunda intención?

—Claro que sí, Daenerys, es por eso que la semana que viene mismo, cuando el khalasar se haya asentado, iniciaremos las negociaciones y yo estaré allí —dijo él, abrazándola al darse cuenta de que estaba preocupada porque un extraño jugara con su vida como moneda de cambio—. Haré todo lo que me dijiste.

—Bien... Y otra cosa hermano, me han susurrado las sombras que Mopatis tiene un amiguito en Desembargo del Rey que curiosamente está en el Consejo —le confesó ella y Viserys frunció el ceño, ahora totalmente serio—. No debes decirle nada importante, ¿me oyes? Nada. Mopatis y el otro hombre, Varys, intercambian correspondencia muy a menudo. Sin duda cualquier cosa nuestra llegará a manos de Varys, la araña.

—Incluida tu boda...

—Sí, y sin duda, si lo sabe la araña también lo sabrá el Usurpador.

Viserys se sentó en su cama, con el rostro pensativo. —¿Vale la pena que te cases cuando él lo sabrá? Ahora ya es demasiado tarde para hacer algo pero... podríamos habernos...deshecho de él.

Daenerys miró con rostro impasible a su hermano. Era la primera vez que Viserys hablaba de matar a alguien por el beneficio de su familia. Viserys sonrió al ver la oculta sorpresa en los ojos de su hermana pequeña.

—Daenerys, sé que muchas veces pensarás que soy un idiota y en comparación contigo quizás lo soy —afirmó él, mandándole una pequeña sonrisa cariñosa al ver su boca entreabierta—. Lo cierto es que sé que has jugado conmigo a lo largo de los años, pero tal y como le prometiste a ser Willem ha sido para el favor de nuestra familia. No pondría mi vida y el destino de los Targaryen en otras manos que en las tuyas. Sabías lo de Arianne y, sin embargo, no me dijiste nada hasta que viste que ambos éramos compatibles, que ella me gustaba y que no era un lastre para nosotros. Planeabas deshacerte de ella de haber llegado el momento, ¿no es así? Pude leerlo en tus ojos, el momento en que cambiaste de opinión y manipulaste a ser Hotah en nuestro favor.

—...Es cierto. Desde siempre se me ha dado bien este juego —confesó ella, hablando como Hadara por primera vez en 14 años—, pero yo no juego por mí... sino por nuestra familia. Por recuperar el honor, la reputación y el poder de los Targaryen, porque nuestra familia no caiga en el olvido y se extinga. Por venganza.

—Lo sé, Erys —Viserys se levantó de la cama y le puso la mano en el hombro, cómplice y le guiñó un ojo—. Es por eso que haré todo lo que me mandes, oh Mano del Rey.

Daenerys sonrió, pícara, sin ocultarse tras su rostro adolescente y Viserys comprendió que una barrera había caído entre ambos. Esa noche escuchó atentamente las instrucciones de su hermana y se fue a dormir meditando sobre por qué Daenerys estaba dispuesta a dejar que Mopatis informara a la araña sobre su boda. Cuando más rumiaba sobre ello, más inteligente le parecía el plan. Sin duda habría muchos espías ahí fuera que venderían cualquier información de ellos dos por un saco de oro pero lo cierto era que si Daenerys podía engañar a Mopatis también engañaría a Varys y, consecuentemente, al Usurpador. Engañar al espía de ese gordo, un plan tan de locos como de genios.

Su hermana tenía razón, a pesar de que se casara con Khal Drogo y tuviera a su disposición 40000 Dothrakis se encontraban en Essos y nadie conocía a su hermana como él. Sin duda el Usurpador pensaría que una niñita no sería capaz de controlar a Khal Drogo, y sería cierto sino se tratara de su hermana. Además, un ejército costaba dinero y, nadie salvo sus antiguos esclavos y los contactos más íntimos y desconocidos de Daenerys sabían de su creciente fortuna. No, Daenerys tenía razón al dejar a Mopatis vivir. Le darían información falsa para el Usurpador, controlándole desde la distancia o al menos confundiéndole, y harían crecer su ejército con las redes de su hermana. Mopatis no sabía a lo que se enfrentaba...

…...

Khal Drogo era un hombre alto, fornido y puro músculo. Tenía el cabello negro, atado en una larga trenza, como la crin de uno de sus sementales y los ojos oscuros que al acercarse pudo ver que eran verdes en realidad. Llevaba una barba cuidada y trenzada, sus cejas no eran gruesas ni finas sino más bien arqueadas. Desde lejos cualquiera hubiera pensado que era un bárbaro, con su pecho al descubierto, una faja de piel marrón adornada con un cinturón de oro y unos pantalones de cuero, seguramente hechos con la piel de sus caballos muertos, y unas botas asomando.

De haber sido la simple niña de 14 años que todos creían que era estaría temblando en sus sandalias pero realmente tenía ahora 168 años, al menos mentalmente, y sabía que la mayoría de veces parecer no era lo mismo que ser. Había algo en el aura de Khal Drogo que le gustó. Ese hombre no solo era fuerte físicamente sino también de espíritu, sentía su voluntad de hierro gobernar al khalasar como quien domina a un caballo. Firme, impasible pero a la vez genuinamente gentil. Khal Drogo tenía una reputación pero también una armadura, y no precisamente de metal o de cuero.

—Acercaos querida —dijo la insípida voz de Mopatis y ella bajó las escaleras, con un bonito vestido alilado y un tul bajo éste, blanco, aguantado en sus hombros con unas pequeñas insignias de su casa.

Ella bajó las escaleras, lentamente pero a paso firme, sin dudar, con los ojos clavados en los ojos de su prometido. Su segunda boda por compromiso pero no sentía miedo alguno. Evitó leer la mente de su futuro esposo por honor, al menos mientras tanto, y ambos se miraron fijamente un minuto antes de que él diera la vuelta y se alejara galopando. Sabía que le había gustado, de lo contrario se lo habría hecho saber. Lo vio irse con serenidad, antes de darse la vuelta y mirar a su hermano como advertencia. Ahora sabían que iba a casarse con seguridad y Viserys pasaría unos días a solas con Mopatis. Si Mopatis se decidía a no darle los huevos de dragón como regalo de bodas Viserys tendría que intercambiarlos con las replicas que ella había creado...

Cuando llegó el día de la boda, a penas 3 días después de su primer encuentro, Daenerys había estado estudiando el lenguaje Dothraki con la ayuda de Mopatis – que se había vuelto tremendamente generoso de repente – y supo que sería un lenguaje fácil de aprender, a penas tenía tildes o muchas conjugaciones.

—Además, en el khalasar de Khal Drogo hay un hombre, llamado ser Jorah que podrá ayudarla. Lleva muchos años con los Dothraki pero la lengua común es su lengua materna.

Con curiosidad, se preguntó qué llevaría a un hombre de bien a vivir y comportarse como un Dothraki... por más que lo intentara no podía imaginar otra cosa que ser Jorah no fuera un fugitivo. De ser así, ¿qué habría hecho? Fuera como fuera, se dijo mientras dejaba que sus damas le arreglaran el cabello y retocaran su vestido de boda, lo averiguaría pronto. El dragón no permite que los extraños se acerquen a sus huevos, después de todo.

—Estás preciosa, hermana —le dijo Viserys y ella se miró en un espejo.

Llevaba un vestido blanco-azulado, atado tras su nuca y con escote en forma de corazón, algo holgado y con una pequeña capa fina. En sus brazos un par de brazaletes con las 3 cabezas de dragón, de platino. Su cabello estaba suelto pero varias trenzas pequeñas con adornos de diamantes le daban un aspecto elegante y sofisticado, lo justo para una boda en la playa. Se colocó las sandalias blancas, atadas en sus tobillos, y con su guardia de 6 Inmaculados, bajó la corta caminata hasta la playa que apenas duró 10 minutos.

La ceremonia fue rápida, sobre todo porque los Dothrakis parecían dar más valor a la fiesta posterior que a la misma boda. Su prometido, sentado a su lado de espaldas al mar, llevaba un cuero de color distinto aunque la misma faja estaba bastante más adornada que la última, y primera, vez que le vio. Lo que más llamaba la atención eran las pinturas azules de sus pectorales, así como la de todos los Dothrakis, pintados en el rostro, torso y espalda. Físicamente, Khal Drogo no estaba nada mal. No obstante, nada en él le llamaba particularmente la atención, salvo su misteriosa personalidad sobre esa fachada de bárbaro.

—Ahora le llegarán los regalos de boda, Khaleesi —la felicitó con su nuevo título Mopatis y ella sonrió de forma minúscula. Ese hombre estaba apunto de redimirse medianamente entregándole los 3 huevos, pero seguía sin caerle bien. Odiaba a los traidores.

—Empezaré yo, entonces, soy el hermano de la novia —dijo Viserys, con una sonrisa y procedió a entregarle los guardias Inmaculados que ella misma había comprado en Qohor, algo que nadie sabía—. Aquí tienes la guardia de todo una reina, hermana. Espero que no tengan que salvarte la vida nunca, Erys.

—Gracias hermano —sonrió ella, sabedora que, fuera lo que fuera que le hubiera regalado, le estaría esperando en sus futuros aposentos.

—Joyas, Khaleesi, de Braavos.

—Un cofre de oro, de Yunkai.

—Serpientes para la Reina —le dijo otro hombre, levantando el manojo de serpientes de distintas razas que había en el cofre. Se preguntó quién regalaba serpientes cómo regalo de bodas.

Con curiosidad, hizo una señal para que le acercara el cofre y vio de reojo como Khal Drogo la miraba. Alargó la mano y, tal y como pensaba, no hizo falta que hablara Parsel para que las serpientes notaran su magia. Varias se deslizaron por su mano hasta sentarse en sus hombros, una era una simple pitón albina mientras que la otra era una cobra blanca y negra, china le recordó una parte antigua de su mente. Mopatis la miró desde su asiento más abajo pero no dijo nada. Otros la contemplaron con sorpresa pero al final un Dothraki se acercó, cogió el cofre y se llevó las serpientes que quedaban adentro, dejándole las que tenía en brazos. De repente su esposo se inclinó levemente y pudo reconocer algunas palabras que Mopatis le había enseñado en una semana.

Adelante, Jorah —le dijo, con su voz grave pero aterciopelada. Jorah Mormont se adelantó, con libros bajo su brazo, pero Daenerys estaba muy pendiente de sus pensamientos. Éstos no le gustaron nada.

—Khal —se inclinó el hombro, alto y fuerte como un oso, con una barba escasa bien cuidada, cabello pajizo y ojos marrones. Se adelantó hacia ella—. Un pequeño regalo para la nueva Khaleesi. Canciones e historias de los Siete Reinos.

—Gracias ser —contestó ella, mirándole fijamente y cogiendo los libros.

Hizo el esfuerzo de preguntarle por sus orígenes, con un creciente rencor en su interior al saber porqué estaba ese hombre entre los Dothraki. Intentaba ganarse el indulto de cualquier manera y no había sido hasta su reciente boda que obtuvo la posibilidad: a costa de información sobre su hermano y sobre ella. Mormont sería castrado – figurativa y quizás literalmente – muy pronto, eso lo tenía absolutamente claro, encontraría la forma de que ese indulto no llegara a sus manos y tenerlo en su servicio. Tenía que admitir que Mormont era bastante astuto. De no tener su experiencia pasada, su paranoia heredada y su magia quizás no lo habría descubierto nunca.

—Ya hablaremos en otro momento, ser —finalizó casi tajantemente la conversación y ser Jorah pestañeó un par de veces, sin comprender su firmeza repentina, y Khal Drogo la volvió a mirar de reojo.

Cuando retrocedió y se perdió en el gentío Khal Drogo se giró levemente a observarla, con rostro estoico pero con una pregunta en los ojos. Ella, que no tenía ganas de explicarse, solo le mandó una mirada y un ademán de cabeza. Su reciente esposo, muy inteligente, pareció comprender al instante qué quería decirle y se giró a observar a Jorah, sin decir una sola palabra, todavía apoyado un codo sobre su rodilla, con rostro calculador. Drogo debía saber que ella no era una mujer débil sino todo lo contrario y exponerle un topo en su khalasar sería la forma perfecta de hacérselo saber. Estaba segura, sabiendo solo ellos la verdad, que la dejaría hacer mientras fuera conforme a sus reglas. Incluso si eso suponía que fuera ella y no el Khal quien decidiera el futuro de Mormont. En parte se lo debía, bien podría haberse callado, y ambos lo sabían.

Sus pensamientos dieron un giro completo al ver levantarse a Mopatis, quien dio unas palmadas para que sus siervos trajeran el pesado cofre con incrustaciones doradas.

—Huevos de dragón, Daenerys —le explicó el Magister, usando su nombre con mucha ligereza—. De las tierras sombrías, más allá de Asshai. Los huevos se han petrificado pero siempre serán hermosos.

Daenerys miró con deseo oculto un huevo, el primero que cogió, observando la belleza del escamoso huevo verde y supo, al tocarlo, que no estaban petrificados. Simplemente aguardaban el momento de su nacimiento y de la magia que pudiera hacerlos crecer. Una bruja de Essos o Westeros, meras sombras de lo que ella era y había sido, hubieran tenido que sacrificar una vida para dar lugar a otra. Ella, con magia verdadera, simplemente tendría que sacrificar algo de su magia para deshacer el hechizo que mantenía en coma a los 3 dragones. Escuchó un susurro, casi inaudible, provenir de los huevos y al acercárselo pudo comprender que era la magia de los dragones, aun sin estar desarrollados, suplicando por despertar.

Daenerysss...—escuchó el susurro del huevo verde en sus manos y casi dio un respingo. La cobra se acercó a olisquear el huevo, curiosa, y ella puso de nuevo el huevo sobre la paja que los protegía, como si no hubiera escuchado nada.

—Gracias Magister.

Khal Drogo se levantó y ella lo hizo con elegancia un segundo después, sin dejar que se marchara sin su persona. Parecer débil era tan desafortunado como serlo. Ambos avanzaron a paso firme hasta que la gente se apartó, dejando ver una preciosa yegua tan blanca como su cabello. Se le cortó la respiración cuando comprendió que Khal Drogo le había dado uno de sus preciosos caballos, el detalle que había tenido regalándole una yegua plateada, con la crin a juego con sus propios cabellos, tan elegante como su propio semental, le hizo darse cuenta que el Khal era un hombre con más profundidad de la que ella había imaginado. Acarició a la yegua, que dejó que la tocara y movió su cabeza para chocar su nariz con la palma de su mano.

Con una sonrisa genuina en su rostro miró por encima del morro al Khal. —Es preciosa.

A pesar de que estaba segura que no la había entendido al usar la lengua común, los ojos del Khal brillaron un segundo antes de que diera la vuelta a la yegua y se acercara a ella. No retrocedió, no estaba intimidada, le miró a los ojos a la vez que se acercaba y dejó que la montara en su caballo. Pensando que esas manos tan grandes habían resultado ser reconfortantes. No tardaron mucho en llegar a una cala abandonada, tan preciosa como la playa anterior. La puesta de sol parecía darle un toque mágico al momento. Sintió el calor corporal de su nuevo marido en su espalda, y ambos contemplaron la caída del sol. Antes de que pudiera tocarla, ella se giró y se deshizo del vestido, dejándolo caer a sus pies. Sabía que los Dothrakis tomaban a sus mujeres como si fueran esclavas o una posesión, pero ella no lo sería. Khal Drogo comprendería pronto que ella era parte de un todo ahora, y que no iba a dejarse pisotear a no ser que quisiera tener una prematura muerte.

Alargó los brazos hasta posarlos en el pecho de su nuevo marido, tan musculado, y siguió las marcas de la pintura, ahora totalmente seca, sabiendo que los ojos verdes la estaban contemplando. Poco a poco, se acercó, como si Drogo fuera un animal asustado y peligroso, hasta que sus cuerpos estaban prácticamente fundidos el uno con el otro. Drogo, con una minúscula y sorprendida sonrisa en sus labios, la cogió de las caderas asombrosamente gentil, y la estrechó, dejando que ella iniciara su primer beso. Algo le recordó a su verdadero amor de antes, le recordó lo que había perdido y sus ojos se humedecieron sin poder contenerse. No era lo mismo. Nunca lo sería.

No supo cómo acabó tumbada en la arena, bajo las estrellas, cubierta por el gran y bello cuerpo de su nuevo marido, que recorría sus curvas con sus manos como si fuera su primera vez. No fue sino hasta la mañana siguiente, cuando despertó, que pensó que Drogo parecía extrañamente hipnotizado mientras hacían el amor. Lo que la hizo sonreír fue recordar el rostro encantado de Drogo al alzar sus piernas y rodear sus caderas. ¿Sería la primera vez que una mujer le miraba a los ojos cuando gritaba su nombre?

2003 DC, Brujas (Bélgica)

—¡Por el amor de Merlín! ¡CALLAOS! —gritó ella, cogiendo fuertemente las manos de dos hombres diferentes, uno a cada lado de la cama. Todos palidecieron pero cerraron la boca.

—¡Vamos Lady Malfoy, solo un empujón más! —le dijo la sanadora que Draco había contratado.

Hadara gritó y Blaise, Draco y Theodore se estremecieron al verla contorsionándose por sacar a un cuerpo de 3 kilos y medio por su vagina. Sin embargo no tardó en escuchar un llanto y se dio cuenta que era de su hijo. Empezó a llorar al darse cuenta de que era madre.

—Tiene el cabello tan rubio como el tuyo Draco —le dio unas palmadas en la espalda Blaise y Theo sonrió, poniéndose al lado de su mujer en todo menos en matrimonio.

Lo suyo era algo extraño. Blaise estaba casado con una chica italiana con quién su madre le había forzado a convivir al menos un par de meses al año desde entonces, todavía sin hijos. Draco, por otro lado, se había convertido en su marido solamente 6 meses después de su primer encuentro en el Caldero Chorreante y, tal y como predijo Draco, no le había costado nada encontrar a su propio amante en Theodore Nott ya que él mismo, casado con Astoria Greengrass, quien le era infiel reiteradamente sin su consentimiento y había engendrado a un hijo bastardo – quien todo el mundo creía que era suyo – era consciente de su posición.

—En un mundo perfecto, donde cada uno hubiera podido hacer lo que dicta su corazón, Draco se habría casado con Blaise y tu te habrías casado conmigo —le había dicho un día Theo, cuando aun estaban superando la extraña situación romántica en la que todos estaban enredados—. Habríamos sido felices, o quizás no, y hubiéramos sido libres de hacer lo que nos plazca delante de todos.

—Pero no es así —se mordió el labio ella, con el corazón partido. Estaba enamorada de un hombre casado, que nunca sería suyo—. Nunca será así.

—No... pero da igual, porque sea como sea yo te amo.

Hadara miró al hombre que había tardado tanto en encontrar, un antiguo Slytherin, uno de los que jamás había alzado la voz o la varita contra ella. ¿Cómo había pasado desapercibido el cabello negro, ondulado, los ojos azul hielo de Theo y la encantadora sonrisa entre el gentío? ¿Había sido tan estúpida, había estado tan ciega, para darse cuenta de lo que tenía delante de sí? Sí, así había sido. Theo, a quien Astoria Greengrass no se merecía, con su carácter apacible y su astucia muchas veces cruel. Un romántico empedernido en lo más profundo. Alguien quien sentía con mucha pasión. ¡Cuánto no habría dado por haberle conocido en Hogwarts! Lo que más le dolía era imaginarse que, aun siendo los dos libres de elegir su destino hacía años, Theodore hubiera elegido no estar con ella. Así pues, ¿por qué le dolía tanto que estuviera casado con Greengrass, la muy desgraciada, si la amaba a ella?

Draco había resultado ser un buen amigo, su mejor amigo en realidad, la entendía a un nivel que ni siquiera Hermione podía alcanzar. Quizás fuera por los años de enemistad o porque Draco y Hermione eran personas totalmente distintas pero Draco sabía cuando cerrar la boca, cuando abrazarla y cuando regalarle un simple ramo de flores para subirle el ánimo. Habían resultado congeniar estupendamente, incluso cuando Blaise, su amante, pasó a visitar la Mansión Malfoy casi cada día.

—Blaise... ¿por qué no te trasladas aquí y ya está? —preguntó ella, quien estaba hojeando una de las múltiples revistas de decoración mágica. Draco y ella se habían puesto de acuerdo para renovar toda la Mansión aunque a penas solo llevaban 3 habitaciones desde que se casaron hacía un mes.

Draco le lanzó una mirada puntiaguda a su amante. —Te lo dije, Blaise.

—¿Si ya te lo ha dicho Draco a qué esperas? —le preguntó ella, alzando una ceja.

—A lo que se refiere Draco —le lanzó otra mirada a su amante Zabini, con sus ojos ambarinos resaltando atractivamente en su rostro moreno— es que eres la única mujer que lo permitiría.

—¡Oh! —y luego los miró a ambos—. ¿Y qué más da? Aquí en casa, en tu apartamento... Como si no supiera lo que hacéis.

Draco se sonrojó violentamente cuando supo de qué estaba hablando. Blaise se mordió el labio para suprimir una risotada; Hadara era, sin duda, una mujer fantástica.

—No es algo común, más bien las mujeres no permiten que los amantes pisen su casa —le informó Blaise y ella miró sin comprender.

—¿Y qué más da? Ya nos visitas cada día: múdate con nosotros y no solamente Draco ganará un amante sino que yo ganaré otro amigo —el rostro de Blaise se relajó y la miró con ojos que no supo definir—. Salimos todos ganando, ¿no crees?

—Eres de lo que no hay, Dara —Blaise sonrió, dándole un pequeño beso en los labios que la dejó totalmente sorprendida.

—Te lo dije —interrumpió de nuevo Draco, mirándola de reojo con ojos suaves y una pequeña sonrisa.

Así fue como, sin quererlo ni beberlo, se encontró compartiendo cama de vez en cuando con Blaise y su marido, estando este último en el centro de la cama. Otros días, durmiendo a solas, algo que saciaba su sed de independencia, se preguntaba cuando tendría algo igual. No fue sino hasta un año después de la misteriosa visita de Draco al Caldero Chorreante que le conoció, para ser exactos el día de fin de año, en la fiesta que Draco y ella, con la ayuda de una mejorada Narcissa, habían organizado. Theodore Nott, acompañado por una rubia de ojos castaños, Astoria Greengrass. Supo en seguida que Nott no parecía nada contento con su esposa, a pesar de que se conocían de muchos años y eran relativamente amigos. Horas más tarde, reconociendo a la mujer por su cabellera dorada, supo porqué. Ella se comportaba como una ramera, de haberse podido abrir de piernas delante de Marcus Flint en la esquina del enorme salón oscuro lo habría hecho.

—Así que los has visto —le dijo una voz y supo que debía ser Nott—. De haberlo sabido, de haber podido, no me abría casado con ella jamás.

—¿Por qué? —le preguntó en voz baja, girándose a mirar los frígidos ojos azules clavados en la espalda de Astoria, quien acariciaba una de las manos de Flint—. ¿Por qué ella es una guarra? ¿O por qué no la amas?

Los ojos preciosos de Nott, que acababa de descubrir, se posaron en ella con una chispa de humor y una sonrisa suprimida que podía entrever por un pequeño hoyuelo.

—¿Y tú y Malfoy? —preguntó él, como quien sabe de antemano la verdad y simplemente pregunta por curiosidad a la respuesta—. Nadie se lo esperaba.

—Me da igual lo que la gente esperase —contestó ella, secamente y con un deje sarcástico. Poco le importaban los demás exceptuando su familia—. Draco es mi amigo, uno de mis mejores amigos debo añadir, y lo nuestro nos hace felices.

—Mmmm, puedo deducir por qué —los ojos de Nott, situados una cabeza y media más arriba que los suyos, se deslizaron por su hombro hasta posarse en Draco y Blaise, que hablan animadamente—. Él se queda con el amante y tú con tu independencia. Un buen plan pero dime, ¿dónde te deja eso?

Hadara sonrió peligrosamente, una sonrisa que a muchos le habían producido escalofríos en la guerra, y sintió un ardor en su bajo estómago al ver el cabello negro y rebelde de Nott caer sobre sus ojos como a ella le gustaba.

—Pues ya ves Nott, me deja buscando un amante para mí misma —sus ojos recorrieron a la corte que había invitado a la Mansión antes de volver a posarse en los repentinamente ávidas orbes de Theodore—. Quien sabe...Feliz año nuevo, Theodore.

Y se marchó, sintiendo los ojos pasionales y penetrantes de Theodore clavados en su persona. Una sonrisa encantada se apareció en sus labios, sin poder hacer nada para suprimirla. Había sido más fácil de lo que esperaba, encontrarle.

Invierno – 298 AC, Desembarco del Rey

—Esa pequeña furcia se ha casado ya con Khal Drogo —dijo Robert Baratheon, más gordo y seboso que nunca, una prostituta cuyo nombre no sabía ni quería saber besando su gran cuello y enterrando su mano entre sus piernas.

Varys evitó mirarle mucho, prefiriendo que su estómago no se rebelara contra semejante repugnante visión, pero asintió. —Así es mi Rey, Iliryo me confirmó con un cuervo que Daenerys de la Tormenta se ha desposado con el Khal y que ya deben estar a 100 leguas de Pentos, viajando por el Mar Dothraki.

—¿Y qué pasa con ese hombre, Mormont, el esclavista?

—Afortunadamente tiene buenas noticias, nadie parece sospechar de él. Enviará cuervos cada luna llena con noticias sobre Daenerys Targaryen.

—Bien, a sí me gusta —replicó cortando a su espía Robert, tumbándose de nuevo en la cama con un gruñido de satisfacción—. Quiero que esa zorra muera lo antes posible, sobre todo antes de que engendre a cualquier bastardo Targaryen más.

—Así será mi Rey.

—¿Y qué pasa del otro, del hermano?

—Viaja con ellos también, parece acompañar a su hermana con una escolta de 12 Inmaculados. Mormont no le cree demasiado astuto, mi Rey.

—Que él también muera y a la chica, envíale veneno para que la mate. Que no descubran a Mormot y que se asegure de que los Targaryen mueren. Quiero sus cabezas.

—Así se hará, mi Rey.

Varys hizo una reverencia y se escabulló tan tranquilamente como pudo de los aposentos del Rey. Solo abrir la puerta vio a 5 prostitutas más dispuestas a complacer al Rey y a ganarse un buen sueldo. Varys las compadecía. Sabía que tarde o temprano la Reina, a pesar de odiar al Rey, acabaría con ellas simplemente porque podía. Se le daba bien a Cersei Lannister deshacerse de quien quería con un simple chasqueo de dedos. Se preguntaba si las envenenaría como a las anteriores o les cortaría las cabezas mientras dormían como a las primeras. Apostaba por el veneno. De hecho, tenía una sospecha de cómo había muerto Jon Arryn. ¿Sería que ser Arryn habría descubierto a la Reina con su hermano Jaime? Sin embargo, ser Arryn era alguien muy inteligente y astuto, siempre había sabido manejar al Rey y al consejo, entonces, ¿por qué iba a abrir la boca sobre la aventura de la Reina sin asegurar su supervivencia? Había algo que no encajaba.

Varys se escurrió por los pasadizos secretos que él conocía mejor que el propio Rey, escuchando susurros tras las paredes, hasta que llegó a sus aposentos. Meditó, falto de vino como siempre, sobre los Targaryen. Sin duda alguna sabía que serían mejores que Robert Baratheon para gobernar Poniente; una piedra sería mejor Rey que Robert Baratheon. Lo único de lo que gustaba el Rey eran putas, vino y pelea. En ese preciso orden. Si el trono caía en manos de los Lannister, que cada año que pasaba parecían profundizar más sus raíces ponzoñosas en dicho trono, sería el fin de todo. Eran avariciosos, pretenciosos y no tenían ningún tipo de escrúpulos. Simplemente tenía que ver a Joffrey, el bastardo de la Reina con su propio hermano gemelo, Jaime Lannister. No, tenía que evitarlo a toda costa.

El problema era que, si no reinaban los Lannister, Stannis o Renly lo harían y, mientras que Renly podría ser una opción sensible, Stannis era mayor que él y, por lo tanto, tenía legitimidad antes que Renly al trono. No obstante, Stannis tenía en su corte a una bruja roja, Melissandre, que sin duda infectaba sus pensamientos como el veneno. ¿Qué hacer, se preguntaba? Si los Lannister y los Baratheon caían todas las otras casas lucharían por el trono, algunas ya se estaban preparando para ello, como los Tyrell. Por más que le daba vueltas no veía solución alguna, los únicos que tenían derecho legítimo para gobernar, los que habían unificado el pueblo, eran los Targaryen, y ahora mismo eran una Casa casi extinta en el otro lado del mundo.

Primavera – 298 AC, Mar Dothraki

Daenerys cabalgó despacio en su nueva yegua, Plata, viendo la espalda de su nuevo esposo pero con la mente volando lejos en Poniente. Ahora que había dado el primer paso para la conquista del territorio que sus antepasados habían gobernado se encontró sin rumbo alguno. Es decir, sí, tenía un plan en mente para liberar a los esclavos y hacerse con las Ciudades Libres pero su objetivo estaba muy lejos y, aunque se hiciera con dichas ciudades, ¿cómo iba a mantenerlas en el tiempo? ¿Cómo iba a evitar rebeldía y gobernarlas estando lejos? Lo cierto era que siendo su familia solo 2 personas iban a tener que pensar muy bien sus siguientes pasos.

Lo que tenía claro era que necesitaba dejar allí donde conquistara a alguien de confianza. Así fue como empezó a hacer una lista mental de los vasallos de los Targaryen, entre los cuales se encontraban los Martell. Para tener su ayuda la boda entre Viserys y Arianne iba a ser antes de lo previsto. Así podría asentar a los Martell, para ese entonces su familia política, en las ciudades que conquistara. Además, necesitaría dejar atrás a parte de su ejército para evitar posibles motines y también a un consejo capaz de aconsejar al Martell en su nombre. Todo eso requería tanta gente, tanto movimiento, tanta confianza... y ahora mismo no tenía todo eso.

Miró el cofre que viajaba con ella, los tres huevos, y supo que iba a necesitarlos muy pronto y cuanto más grandes mejor. Una vez los hiciera nacer los alimentaría y los cuidaría para que crecieran fuertes y sanos. Con los dragones le sería más fácil imponerse a los Dothraki así como con la ayuda de Drogo. Conquistar a otros khalasares sería sumamente fácil y, si era capaz de pensar un plan, podría hacerse con los más de 8000 Inmaculados que había en Astapor. Poco a poco se le fue ocurriendo un plan perfecto y cuando lo supo sintió un sentimiento de excitación como nunca antes. De repente se encontraba deseosa de poner sus planes en marcha y, cuanto antes, puesto que no tenía tiempo que perder si iba a usar a sus dragones.

Esa misma noche, cuando asentaron después de no sabía cuántos días y semanas a caballo sin descanso, se encontró en la tienda que compartía con su esposo. Era grande y llena de pieles y comodidades seguramente puestas para ella. Jhiqui, Irri y Dorea, sus sirvientas, la ayudaron a bañarse con leche y otros aceites, perfumándola y peinando su larga cabellera plateada. Cuando no pudo más las despidió y les hizo llamar a su hermano para que la viera.

—¿Me llamaste, hermana?

—Tengo un plan, hermano —le susurró ella, una vez se hubo cerciorado que Jorah Mormont no estaba en las cercanías para escuchar sus pretensiones—. Uno que acabará con bastantes de nuestros problemas.

—¿Y puedo saberlo? —preguntó Viserys, con los ojos violetas brillantes.

—Me gustaría contártelo pero ahora el silencio es nuestro mayor aliado. Lo único que quiero que sepas es que muy pronto los huevos eclosionarán.

Viserys miró el huevo que su hermana sacaba del cofre, de color negro con sombras escarlatas, y le recordó al estandarte de los Targaryen. Fuego y Sangre. Se preguntó, una vez más como siempre, cómo pensaba Daenerys eclosionar los huevos aunque sin duda sabía que lo conseguiría. Miró los ojos triunfales de su hermana y supo que lo que debía habérsele ocurrido era, como poco, uno de sus mejores planes hasta el momento. Con delicadeza cogió el huevo blanco, de un colorcrema, y tuvo una extraña sensación.

—Además... —continuó ella, sintiendo como su hermano conectaba con el huevo aun sin saber qué estaba pasando—, quizás tu boda con Arianne deba ocurrir más pronto de lo esperado.

—¿Cuán de pronto?

—Tan pronto como los dragones hayan crecido lo suficiente para sobrevivir ellos mismos y nosotros hayamos conseguido un ejercito mayor.

Viserys miró a su hermana y dejó el huevo en su sitio. Cerró el cofre. —Me avisarás de ello, supongo.

—Obviamente. Para ese entonces espero tener ya descendencia —le confesó ella, y su hermano la miró de nuevo sorprendido—. Necesitamos que nuestra familia vuelva a crecer. Difícilmente 2 miembros de una familia van a controlar el mundo entero.

—Ya veo.

Y lo hacía. Viserys comprendía por qué planeaba casarle tan pronto. Descendencia y alianzas. Protección y un ejército. Eso buscaba. Alguien con quien confiar. Esa misma noche se fue, dejando a Daenerys sola con sus huevos, paseando la mano sobre las llamas de sus múltiples velas. La vería más tarde, frente la fogata que los Dothraki habían prendido para la fiesta. Cuando apareció, vestida con un precioso tul blanco sin joya alguna, y el cabello trenzado, llevaba consigo los tres huevos. Cuando todos callaron Viserys supo que algo espectacular iba a pasar esa noche que lo cambiaría todo. Drogo, sentado con sus jinetes de sangre, miró a su esposa con ojos embelesados hasta que se acercó al fuego y, antes de que nadie pudiera hacer nada, saltó en la gran pira ardiendo, cuyas llamas alcanzaban varios metros de alto en el cielo nocturno y estrellado.

—¡NO! —gritó él, sin comprender que su hermana estaba ardiendo y que no podía hacer nada para zafarse de las manos de sus Inmaculados.

Gritó y aporreó a los guardias de su hermana hasta que uno de ellos le golpeó en la cabeza y perdió el conocimiento.

Primavera – 298 AC, Desembarco del Rey

Cersei Lannister miró el cuerpo del muerto, Jon Arryn, y no sintió pena alguna. Ese hombre había descubierto su mayor secreto y ahora estaba muerto. Quizás la única pena que sentía era que no había podido matarlo antes de que muriera por causas naturales. Sin embargo, ahora sin él por en medio, guiando al Rey, tenía la posibilidad de poner en marcha sus planes y hacer a Joffrey Rey cuanto antes. Para ello ya tenía un veneno en mente. Robert, el gordo predecible que era, ni miraría en su bebida antes de beberse la copa entera de un solo trago, como solo él sabía hacer después de tantos años de práctica.

Sacó de su manga el pequeño trozo de pergamino enrollado que Varys le había dado y leyó el mensaje para sus adentros. La pequeña zorra Targaryen se había casado hacía a penas 2 meses con un salvaje del este, un Khal. Suponía que podía compararle con Robert, al ser un bruto y un salvaje montado a caballo. Se compadeció momentáneamente de ella antes de suprimir ese sentimiento de su corazón, después de todo Daenerys Targaryen moriría tarde o temprano a manos de alguien y, si no lo hacía el khalasar que la acompañaba, lo haría ella misma. Ahora no era más que un pensamiento lejano. Por suerte para ella, Jorah Mormont había sido fácil de comprar con un simple perdón y salvoconducto.

Vio de reojo el cabello rubio de su hermano gemelo, el padre de sus 3 hijos, y evitó sonreír.

—Una pena, ¿no? —le dijo casi burlón Jaime y Cersei le propinó una endeble patada en la espinilla, con las manos cruzadas frente su regazo—. Ya, ya. Pero sabes lo que pasará ahora, ¿no?

Cersei mantuvo la boca callada ante el susurro de su hermano pero sabía qué quería decir. Sin Arryn ahora, el antiguo maestro de Robert y Eddard Stark, Robert buscaría la confianza de alguien cercano y todos sabían quién era el mejor amigo del Rey Usurpador... Sin duda viajarían muy pronto hacia Invernalia y Cersei no tenía deseos algunos de pisar los inmundos e incivilizados parajes del Norte.

Esa misma noche, mientras cenaban todos juntos y el Rey bebía su peso en vino, Robert alzó la mano y todos callaron. Cersei frunció el ceño viendo actuar a su esposo como el Rey que era, recordándole que ese gordo era a veces imprescindible para sus planes, y observando la copa de vino manchar el mantel. A pesar de su dudosa importancia a ratos, realmente era repugnante.

—Dentro de una quincena partiremos hacia Invernalia —proclamó escuetamente y todos callaron, esperando que continuara, pero cogió la copa de nuevo y bebió, arrancando a su vez una pata del pavo—. Espero que lo tengáis todo apunto y sin rechistar, ¿me habéis oído?

—Por supuesto, mi Rey —dijo ella por todos, rechinando los dientes y evitando mirarle. No quería hacer sufrir a su pobre estómago del asco.

Pronto, muy pronto se dijo, empezaría a planear cómo deshacerse de su marido.