CAPÍTULO 3 – RENACIMIENTO

Primavera – 298 AC, Mar Dothraki

Daenerys miró de forma implacable, pero neutral, a Jorah Mormont, acariciando sus 3 preciosos dragones recién nacidos en su regazo. A su lado, tumbado sobre uno de sus sillones de pieles que Irri le había preparado en su tienda, todavía inconsciente del golpe que uno de sus Inmaculados le había propinado en la cabeza con una dura lanza, estaba su hermano. Sabía, puesto que Viserys era muchas veces predecible, que no le iba a gustar su plan así que había callado hasta el último momento. Como consecuencia había previsto que Viserys se negara, de forma violenta, a verla arder, sin darse cuenta que ella era... quizás la palabra más acertada sería decir que era ignífuga. Simplemente las llamas solo lamían su piel como la brisa de verano. Lo había comprobado por error después de meterse sin darse cuenta en una tina hirviendo, tan sumida en sus pensamientos que había estado. Hasta que no escuchó a Irri gritar no se dio cuenta de qué estaba pasando.

Desde que leyó los traicioneros pensamientos de ser Mormont supo que iba a tener un problema. ¿Qué iba a hacer con alguien que informaba al mismísimo Usurpador de lo que ella y su hermano hacían? Podía matarlo, está claro, o borrarle la memoria y dejarlo en algún páramo lejano si se sentía especialmente compasiva ese día... Aun así eso suponía que el Usurpador supiera que, o bien Jorah había cambiado de parecer respecto a lo de espiarla, o bien había sido descubierto. No cabía duda alguna que, de cortar la raíz del problema, de un modo u otro, Robert Baratheon volvería a intentar invadir su intimidad y quizás la siguiente vez no tenía tanta suerte descubriendo al espía. Estaba claro que no podía matarlo o borrarle la memoria, pero entonces, ¿qué debería hacer?

¿Enfrentarse a él con pruebas de su traición? ¿Intentar ganarse a su lealtad y hacer que traicionara a Robert Baratheon? ¿Hechizarle? Tenía pocas opciones pero hubo algo que torció su mano: Jorah era un gran guerrero, leal y una persona astuta e inteligente. Sin duda, de poder ganarse su lealtad, le sería de mucha ayuda. Sobre todo porque los Dothraki, ni siquiera su marido, estaban bien versados en las artimañas de Poniente como Mormont. De hecho, la única persona, a parte de su hermano Viserys que para ese entonces solo tenía 8 años, que había pisado los Siete Reinos era Mormont. Dato que le resultaba muy irónico.

Al final se decidió. —Me gustaría que me contara más de Poniente, ser Jorah. Encuentro que la única persona en este khalasar con dicho conocimiento es vos.

—Seguro que su hermano le habrá hablado incontables veces de Poniente, khalessi —le contestó, y ella asintió, pensando también en las incontables imágenes que había visto en las mentes de los otros—, pero le hablaré si desea.

—Así es.

Y poco a poco le fue hablando, ensimismado cada vez más en su propia historia, que no notó como ella tejía como una telaraña un hechizo en su interior. Pocos escrúpulos tenía ya, después de tanto tiempo y traiciones. Dejaría que Mormont escribiera sus cartas y las recibiría ella en nombre de Varys; a éste, a su vez, le enviaría otra carta con el contenido algo... modificado. Le hizo sonreír pensar que, quién realmente estaría informando, con información dudosa además, al Usurpador no era ni más ni menos que uno de los pretendientes al trono. ¡Oh, sabía que había más allí fuera! Sin duda alguna muchos ansiaban el trono y su poder pero ella no iba a dejar que nadie, salvo los Targaryen, se sentaran en el asiento de hierro forjado con las llamas del propio Balerion.

Esa misma noche, tumbada al lado de su esposo durmiente, pensó en los múltiples planes que iba a poner en marcha en su debido momento. Pensó también en sus nuevos dragones, en como ellos habían reaccionado al sentir su magia, convirtiéndola literalmente en su madre. Madre de dragones. Así la llamaban algunos ahora en el khalasar, y sabía que pronto el nombre se extendería como la pólvora y, sin embargo, tenían todavía meses por delante para atravesar el Mar Dothraki. Para ese entonces suponía que, con una buena alimentación y la ayuda de su magia, los dragones habrían crecido considerablemente. Lo suficiente como para que los rumores, que indudablemente llegarían a las orejas de algunos indeseables, fueran en su beneficio. Después de todo, uno considera antes si atacar a una mujer con 3 dragones crecidos o a una con 3 dragones recién nacidos.

Entonces, ¿me prestarás esos 100 hombres de los que me hablaste? —le preguntó en Dothraki, semanas después cuando Drogo miraba a sus dragones comer en su regazo y de su mano carne de caballo.

Los ojos oscuros de Drogo la miraron de forma contemplativa pero al final sonrió casi salvajemente. La estaba complaciendo como a una niña. —Veamos como se desenvuelve la Madre de Dragones en un saqueo. Te daré mis 100 mejores hombres. Mientras tú partes al oeste yo partiré al este y saquearé los pueblos que encuentre.

Veamos quién es el mejor, pues —contestó ella, con una sonrisa casi competitiva que hizo reír cruelmente a Drogo.

Lo que no le dijo a su esposo era que estaba segura de su nuevo embarazo. Después de todo en el momento de la concepción su magia había conectado con el zigoto al instante. Sabía, de habérselo dicho, que no le hubiera dejado ir a saquear ciudades jamás, al menos no bajo sus ojos imperturbables. A pesar de todo, no había querido hechizar a su esposo; Drogo había resultado ser más fácil de convencer de lo que había pensado incialmente. No obstante, Viserys, quien le iba a acompañar en esta nueva aventura, sí que había sido informado. Su reacción fue de esperar.

—No deberías hacer esto ahora, hermana —le reprochó, con enfado, cuando no pudo convencerla de quedarse con Drogo.

—¿Y cuándo quieres que lo haga? ¿Mmm? —se giró a mirarle, todavía empaquetando las cosas necesarias en su bolso de piel—. ¿Cuándo esté enorme e incapaz de moverme? ¿Cuándo no me vea ni mis propios pies?

Así fue como Viserys calló y se fue. Rakharo, su jinete de sangre que Drogo le había concedido personalmente, se mantuvo firme en su pose de estatua frente a la tienda pero como no entendía bien la lengua común, de momento, no supo de qué hablaban y ya le estaba bien. Lo que menos quería ahora era de que alguien informara a su esposo de su embarazo y sus planes se desvanecieran como el humo. Con un suspiro cogió las dagas que Viserys le había regalado por su boda y las guardó entre sus ropas. Esta vez llevaba un top apretado y corto de color pardo y unos pantalones negros con unas botas a juego. Realmente simple pero práctico. Su cabello rubio platino fue recogido en varias y complicadas trenzas que, además de hacerle parecer la princesa que era, también tenían la función de aguantar su cabello en su sitio durante semanas.

Una última comida de despedida, esposa —le dijo Drogo, llevándola gentilmente hasta lo más alto de la escalinata de piedra que habían construido con unas rocas llanas. Entonces hizo un ademán con la cabeza—. Jorah el ándalo os acompañará.

Ella simplemente asintió. Había tenido que hacer bien poco para convencer a Drogo de dejarle ir, aunque todos pensaban que era su hermano quien encabezaba el diminuto ejército de salvajes Dothrakis que cabalgaría esa misma alba sobre las colinas y onduladas montañas de hierba verde. Estaba tan impresionado con ella que le concedía prácticamente cualquier cosa, a pesar de conocerse solo desde hacía poco más de 3 meses. No sabía cuanto tiempo iba a durar este trato de favor pero lo aprovecharía lo máximo posible. Era una pena pero en su interior sentía que lo de Drogo y lo suyo no iba a funcionar, tenía la extraña sensación que sus caminos iban por sendas distintas y, siendo franca consigo misma, no veía a Drogo en Poniente ni a sus Dothraki cabalgando por las calles llenas de mierda, y sepan los Dioses qué más, de Desembarco del Rey. Era, no obstante, un peldaño más hacia el trono.

Esa misma noche soñó con un cometa rojo que cruzaba el vasto cielo azul y, a medida que lo cruzaba, el sol iba descendiendo para dejar paso a una larga y eterna noche. De repente hacía frío, mucho frío, y el suelo empezó a congelarse a medida que pasaban los segundos. Veía el hielo acercarse, inmovilizando a los árboles y palmeras que la rodeaban a lo lejos. A pesar del frío supo que su sangre de fuego impediría que se congelase. Un lloro la hizo mirar abajo. En un montículo plano, a lo lejos, a su mano izquierda, había un bebé que se removía en sus preciosas mantas de pieles, con el cabello de oro blanco y preciosos ojos violetas llenos de lágrimas. ¡Su niño! En otro montículo, a su mano derecha, había recostado Drogo, con ojos desenfocados y el pecho cubierto de sangre. Cuando vio sus pies descalzos y la hierba humeante del calor lo supo: solo podía salvar a uno del frío invierno.

Verano – 298 AC, Invernalia

Eddard Stark miró con una paciencia infinita a su Rey, su antiguo amigo y pupilo del difunto Jon Arryn, y pensó en cómo había cambiado con el paso del tiempo. Donde antes había un cuerpo fuerte e indomable ahora había carnes rollizas que sobresalían por doquier del asiento en el que estaba sentado. Realmente era algo que él no podía comprender, siendo un hombre del norte: como algunos eran capaces de ponerse tan gordos cuando a penas había comida para todos. Parecía que, la comida, para los más humildes del Desembarco del Rey, debía ser una comodidad, en lugar de una necesidad, mientras que otros gozaban de comer hasta jactarse. De solo ver a Robert morder, chorreante de aceite, un muslo de pollo le revolvió el estómago como pocas cosas podían.

—¡Más vino! —gritó el Rey, de buen humor.

La Reina le ignoró completamente, mirando con ojos hambrientos a su hija Sansa, y reprimió un escalofrío de terror. Sabía bien, porque había estado allí, de lo que eran capaces los Lannister y de solo pensar que esa bruja de lengua ponzoñosa pudiera engatusar a su inocente hija le hacía hervir la sangre. Sin duda a Sansa se le daba bien ser una dama, había nacido para ello, pero Catelyn la había protegido tanto resguardándola en el Castillo incluso del duro Norte que su hija, de viajar al Sur, sería presa fácil. Lo sabía, y eso que él no era un político ni una persona instruida o con talento para la corte. Sus ilusiones eran infantiles y nada que ver con la realidad; Arya, su hija menor que Sansa, de tan solo 10 años, tenía más sentido común del que su hermana podría tener jamás y, sin embargo, Arya no tenía el don del tacto que tenía su hermana. Presentía que, tarde o temprano, lo aprendería a base de palos y lecciones de la vida, como otras pocas cosas podían enseñar a uno a tener experiencia y paciencia.

Evitó suspirar de cansancio y continuó comiendo. Esta vez los pensamientos se fueron directos a los dos Targaryen que vivían en Essos, al otro lado del Mar Angosto. Robert, como era predecible, estaba dispuesto a deshacerse como fuera de los Targaryen. Se defendía con la muerte de su querida prometida, su propia hermana Lyanna, pero Ned estaba seguro que parte de su deseo de venganza era su miedo a perder el trono debido a que los Targaryen, más que nadie, eran los herederos legítimos al trono que ellos mismos crearon hacía siglos. Además, muchos de los plebeyos que vivían a lo largo del continente clamaban en silencio el regreso de los Targaryen porque, aunque Aerys había sido un demente que había quemado a nobles y a criados por doquier, no había subido impuestos ni había destrozado el reino como lo había hecho Robert en tan solo un mes. Sin contar que Rhaegar había sido muy querido por el pueblo – a quienes poco le importaban el secuestro de su hermana ni las guerras de los nobles – una persona que tocaba su arpa en la calle y daba de comer a los huérfanos de Desembarco del Rey. Se acordaban de la Reina Rhaella, quien daba comida, ropas y mantas a los más desafortunados antes de que Aerys perdiera la cabeza, y de Aemon, el hermano de Aerys, quien había usado sus conocimientos, como el maester que era, no solamente para cuidar de los nobles de palacio sino también de los niños, mujeres, hombres y ancianos de la ciudad antes de exiliarse voluntariamente a la Guardia de la Noche en los estadios más tempranos de demencia del Rey Loco, incapaz de perdonar a su hermano por las atrocidades cometidas.

Todavía recordaba la mirada de odio que Robert había dirigido a los cadáveres de Rhaenys y Aegon, hijos de Rhaegar. Como si no fueran más que mierda. Acuchillada ella medio centenar de veces y él aplastado su cráneo contra la pared. Incluso él, que se había levantado contra los Targaryen por haber raptado a su hermana, no podía comprender semejante brutalidad. Los niños no eran culpables y, sin embargo, eran consecuencia de una guerra que Robert había iniciado. De solo pensar que hubieran podido hacerle eso a sus hijos... Que Robert hubiera sido capaz de matar a un niño inocente por interponerse en lo que él creía era su camino... Realmente no sabía si le gustaba en quién se había convertido su amigo. No obstante, ahora tenía que velar por su familia, o lo que quedaba de ella.

—¿Y bien, Ned? ¿Piensas dejar ir al Rey solo? ¡Ha venido hasta aquí para que tú seas su Mano! —le aseguró Catelyn esa misma noche, todavía recordando las palabras que su hermana Lysa le había advertido.

—¿Y qué haría yo en el Sur? No, mi lugar está aquí, en el Norte, cuidando de Invernalia.

—¿No has escuchado lo que dice mi hermana Lysa? —le preguntó demandante su esposa y él suspiró.

—Claro que lo he escuchado Cat.

Lo cierto era que no quería ni siquiera plantearse qué suponía todo aquello. Estaba presintiendo que viajar al Sur no iba a ser una buena idea. Siempre que se alejaba del Norte solía acabar mal. La última vez se prometió que no volvería a pisar la maldita ciudad del Rey; de esa final visita había regresado con Jon y había visto a los cadáveres mutilados de los hijos de Rhaegar, uno de sus antiguos amigos que perdió la cabeza. No era algo que quisiera repetir y estaba seguro que, de convertirse en la Mano del Rey, alguna trama de patrañas se desataría en la ciudad porque, después de todo, el trono estaba en manos de los Lannister.

—Iré —dijo finalmente, viendo la mirada penetrante de Catelyn y del Maester de Invernalia, a pesar de que había estado pensando todo lo contrario. Realmente no tenía opción.

—Mandaré empezar con los preparativos, mi Lord —se inclinó el Maester y esperó su mirada de aprobación. Él solo asintió.

Días más tarde su hijo Bran caía de una de las torretas del castillo y Ned, con el corazón en un puño, supo que era demasiado tarde. No importaba que viajara al Sur porque los artimañas de la Corte ya estaban llamando a su puerta, y de la forma más violenta. Su esposa, cuando intentaron asesinar a su hijo pocos días después de su partida, le enseñó la daga de los Lannister y supo que, o bien alguien intentaba culpar a los Lannister de la caída de Bran – cosa que no tenía mucho sentido a no ser que fuera alguien cercano a Robert – o bien los Lannister eran los verdaderos culpables. Fuera como fuera se encontraba atado de manos porque Bran no se acordaba de nada y él no podía encabritarse contra las dos casas más poderosas, por ahora, del reino. Una vez más deseó que Aerys Targaryen no hubiera enloquecido y que Raeghar no hubiera escapado con su hermana.

Finales de verano – 298 AC, Astapor

Viserys contempló a su hermana sentada en una improvisada silla. Un gran mapa de Essos estaba apostado a sus pies y era mirado y remirado. Al final Daenerys suspiró y supo que había llegado a alguna conclusión final.

—Tenemos 100 guerreros Dothraki —le dijo, mirando como los soldados habían acampado alrededor de su Reina, llamando la atención lo menos posible en el abandonado prado de arena cerca de Astapor—. Tal y como predije, la atención de Poniente está puesta en Drogo y el khalasar.

—Si intentas saquear Astapor no pasaremos desapercibidos por mucho tiempo —le advirtió Viserys, a pesar de que estaba seguro que era una tontería decirlo en voz alta.

—Lo sé. Por eso no podemos dejar a nadie vivo en Astapor —suspiró Daenerys—. Los Inmaculados vendrán con nosotros ya que los hemos comprado a pesar de que me gustaría que su lealtad no fuera de oro... Los esclavos seguramente nos acompañarán si los liberamos de sus amos.

—Lo que significa que hay que matarlos a todos —acabó él, musitando en voz alta.

—Exacto.

—¿Y cómo piensas hacerte con los Inmaculados? No vas a luchar con 100 Dothraki.

—Venderé un dragón.

Viserys se atragantó de forma poco grácil y miró a su hermana mientras tosía como si estuviera loca. —¿¡Estás majara!?

Rhakaro y Mormont se giraron a verlos, a lo lejos, pero se voltearon al ver la mirada de reproche de su hermana.

—Claro que no. ¿Por quién me tomas? —le lanzó una mirada envenenada ella—. Nunca vendería a nuestros dragones pero es la única forma de hacernos con ese gran número de soldados sabiendo la fortuna que cuestan. Un dragón por todos los Inmaculados, todos y cada uno, incluso los que están a medio entrenar. Cuando tenga el control del látigo Dedos de la Arpía serán míos para obedecer, en ese entonces les haré matar a los otros amos, incluido ese tal Kraznys, y reclamaré a nuestro dragón de vuelta.

Viserys comprendió la totalidad de los planes de su hermana mientras los veía desenvolverse frente a sus propios ojos. Kraznys, incapaz de controlar al dragón más fiero de todos, negro y escarlata, fue asesinado por el fuego de su propio dragón esclavo. La carnicería fue de esperar. Cuando todo acabó, Viserys, desde una de las plataformas a lo lejos, vio como Daenerys ordenaba que apilaran los cuerpos. Los 3 dragones que su hermana había eclosionado, una hembra blanca llamada Vigarys, y dos machos, uno verde esmeralda nombrado Raenar y el más grande, el dragón que solo respondía a su hermana, Daegamon, prendieron fuego a los cuerpos antes de comérselos. Las llamas negras con vetas rojas de Daegamon sobresalían frente las ardientes llamaradas blancas y verdes de sus hermanos. El fuego se extendió hasta carbonizarlo todo mientras el humo negro y pestilente cubría el cielo negro. Por suerte, Daenerys había tenido la buena idea de esperar hasta la noche para intentar pasar desapercibidos mientras pudieran.

Pronto, la ciudad abandonada y saqueada de Astapor sería descubierta y muchos se preguntarían qué había pasado, sin respuesta alguna. Mormont, que les había acompañado junto con ser Barristan, quién había aparecido y salvado su vida de improvisto, parecían no poder creer lo que veían. Sin duda alguna los dos pensaban que su hermana no era más que su títere, que él la estaba utilizando para llevar a cabo sus planes por el aspecto inocente y delicado que poseía Daenerys. No podían estar más equivocados. Al menos Mormont ahora no eran más que una marioneta en las manos de su hermana y Barristan, por otro lado, nunca había sido fiel a Baratheon y menos a los Lannister.

La noticia de que ahora un pequeño cretino de a penas 15 años, un bastardo producido del incesto, resultado de la Reina y su hermano gemelo, era el nuevo Rey no podía ser más divertida. Robert Baratheon era un imbécil pero ahora la cosa se había puesto más caliente en Poniente. Con la ayuda de varios espías y marionetas de su hermana los rumores del parentesco del Rey habían llegado hasta el fin del mundo y todos se cuestionaban su legitimidad. Pronto, tal y como su hermana quería, Stannis y Renly Baratheon se habían vuelto el uno contra el otro para disputarse el trono y quitárselo de los pies a Cersei Lannister.

—Déjalos —le había dicho su hermana—. No son más que una recua de idiotas que se mataran entre ellos por un trono de hierro. No, ahora no es el momento. Primero debemos hacernos de un ejército a nuestro nombre.

—¿Y luego qué? —preguntó él, impaciente pero sabedor que Daenerys tenía razón.

—Luego te casarás con Arianne Martell. Además, tengo un gran plan en mente —le confesó ella, acariciando su vientre aún plano—. Los Targaryen tuvieron alguna vez Rocadragón pero ahora está fuera de nuestro alcance y, para ser honestos, aunque fuera nuestro una vez más no nos sería de gran ayuda estando al otro lado del Mar Angosto. No, necesitamos asentarnos aquí, en Essos, y tengo una zona en mente...

—Espero que sepas lo que haces, hermana. Puede ser que éste sea nuestro momento y lo estemos dejando pasar.

Daenerys le miró y en sus ojos hubo una certeza total. —Te aseguro que no.

Las siguientes semanas pasaron casi volando. Con su nuevo ejército de hombres libres y un séquito de antiguos esclavos, ahora dedicados a los Targaryen, recorrieron las tierras del continente de ciudad esclavista en ciudad esclavista. Yunkai, luego Meereen... Allí donde pasaban liberaban a los esclavos, se hacían con el ejército si éste se unía voluntariamente a ellos, saquean los tesoros y aquello valioso y mataban a los amos. Las ciudades que pisaban fueron abandonadas y, a pesar de que él había puesto sobre la mesa la posibilidad de quedarse con Meereen como asentamiento de los Targaryen, Daenerys tuvo razón en rechazar dicha posibilidad.

—Aquí alguna vez hubo algo, ahora solo hay cobre. Ni siquiera la desembocadura del río tiene algo que ofrecer estando Meereen tan alejada del mar —Daenerys sacudió la cabeza y luego miró al horizonte—. No obstante, antes de irnos destruiremos la estatua de la Arpía de Ghis.

Viserys estuvo de acuerdo puesto que, al fin y al cabo, dicha estatua era un desafío contra los Targaryen. Así fue como dejaron Meereen humeante y vacía, tal y como habían venido haciendo. Sus dragones, que se alimentaban de los cuerpos de los amos, habían crecido maravillosamente, algo que los sorprendía a todos pero como nadie había visto crecer un dragón antes nadie supo si era o no algo anormal. Lo que nadie sabía era que Daenerys, por las noches en su tienda, se aseguraba de introducir su magia en sus dragones con la finalidad de ayudarlos a crecer y, a la vez, amansarlos para seguir sus órdenes. De nada le servirían 3 dragones salvajes incapaces de obedecerla puesto que, en un momento dado, podrían girarse contra ella y los suyos. No, era mejor tomar precauciones mientras pudiera.

—Nos llevaremos a algunos cuerpos para que se los coman —dijo su hermana después de la batalla en Astapor—. No quiero que tengan que alejarse y alimentarse por su cuenta y que alguien los vea.

Viserys, que ni había pensando en cómo alimentar a los dragones, asintió sorprendido. Su hermana realmente pensaba en todo. Por suerte, la mayoría de las ciudades que saqueaban tenían su propio ganado así que alimento no les faltaba a los dragones. Empezaron el camino hasta Vaes Dothrak, donde habían acordado con Drogo cuatro lunas llenas después desde su partida a Astapor. Para ese entonces todos, los más de 10000 Inmaculados, los 100 Dothraki y los más de 15000 esclavos que habían liberado se habían dado cuenta de que la Madre de Dragones, la Reina Dragón y Khalesi de Khal Drogo estaba embarazada.

Otoño – 298 AC, Vaes Dothrak

Daenerys suspiró y se limpió la sangre. Comer corazón de caballo no era de las peores cosas que había comido aun así dio gracias por el hechizo que le había hecho perder la sensibilidad de sus papilas gustativas temporalmente. Su hermano Viserys estaba pálido del asco pero aplaudió con todos los demás Dothraki, Inmaculados y esclavos. Su esposo Drogo se había maravillado de lo que habían conseguido en apenas 4 meses y había decidido saquear una última ciudad después de su visita a Vaes Dothrak. Ese día, mientras esperaba el regreso de su esposo, puso en orden sus nuevas pertenencias para calmar sus nervios.

—Pareces perturbada hermana —le dijo Viserys y ella asintió.

—Tengo un mal presentimiento.

Lo cierto es que, desde hacía días, su pesadilla se repetía una y otra vez. Solo le quedaban 4 meses de gestación y no quería que nada saliera mal pero... si le pasaba algo a su marido y tuviera que elegir sabía qué debía hacer. Por mucho que le cayera bien Drogo y le recordara un poco a Theodore no era Theodore y tampoco le amaba. A penas habían estado juntos 3 meses antes de que se marchara a conquistar las ciudades del Este de Essos. Drogo seguía siendo un Dothraki, indomable, un salvaje para la mayoría y era solo su magia y sus habilidades de manipulación como mujer que la habían salvado de ser tratada como a una esclava. Aun así no habría conseguido el ejército de Inmaculados sin la ayuda de Drogo, como había supuesto desde un buen comienzo.

Escuchó unos graznidos y supo, puesto que podía entenderlos, que eran sus dragones que regresaban de cazar los leones que habían visto y anhelados durante el viaje. Aquí, en Vaes Dothrak, no había nadie que no hubiera visto ya a los 3 dragones, y nadie que pudiera traicionarlos. Los Inmaculados, que estaban bajo su servicio, habían sido liberados sí pero también habían sido tatuados con el emblema de los Targaryen. Uno a uno había aceptado con honor el escudo de su casa, un dragón de tres cabezas, con orgullo. Claro que... ninguno se había dado cuenta que el tatuaje escondía otro propósito. Runas de sangre. De lealtad sobretodo pero también de salud, de fuerza, de astucia... Sin darse cuenta, los Inmaculados estaban ahora ligados a los Targaryen; y todo gracias a una idea de Voldemort. Nunca digas de este agua no beberé, se dijo.

Los Dothraki eran hombres de Drogo, influenciados por su magia, pero libres. Los esclavos, por otro lado, eran sumamente fieles a los Targaryen, quienes les habían dado la libertad, los que los habían alimentado y sanado sus heridas. Era por eso, porque tenía un gran séquito al que proteger, que parte de su antigua fortuna vio la luz. Más de 50 lingotes de oro. Todo lo que había traído era únicamente un recordatorio. No vendería sus joyas, ni las pinturas, pero su fortuna era algo que podía usar mientras no tuviera un castillo donde colgar y almacenar sus pertenencias, ahora parte de la fortuna de los Targaryen.

—¿Cuál es tu plan ahora, hermana? —le dijo Viserys, sin preguntar de dónde había sacado tanto dinero. Daenerys le seguiría sorprendiendo siempre.

—Me he enterado de algo muy divertido, hermano —le sonrió cruelmente ella, pensando en lo idiotas que resultaban ser algunas personas en este nuevo y extraño mundo—. Muy divertido, sin duda.

—¿Y bien?

—¿Sabías que el imbécil de Robert Baratheon contrajo una desbordante deuda con el Banco de Hierro? —preguntó sin esperar respuesta. Todos sabían del despilfarro de Baratheon—. Petyr Baelish cubrió estas deudas cuando el Usurpador aún vivía ya que su negocio de prostíbulos era frecuentado por el mismo Rey. Ganó su favor a cambio de no pagar impuestos, cosa que fue tan rentable para Baelish que pudo cubrir la deuda del trono y así mantenerse en gracia para con el Usurpador.

—Y así salían los dos ganando.

—Efectivamente —asintió ella—. No obstante, ahora es Cersei Lannister, a pesar de que se siente ese cretino bastardo en el trono, quien controla el Reino. Como supondrás Cersei no visita los prostíbulos ni los ve con buenos ojos, después de todo, su marido era un putero reconocido. Cersei Lannister cobra ahora impuestos de Petyr Baelish y, lo que es más, Baelish paga ahora con intereses no haber pagado nunca sus impuestos mientras reinaba Baratheon. Una pequeña, frívola y mezquina venganza. ¿Sabes lo que eso supone?

Viserys parecía estar contemplando sus palabras. —Supongo que ahora Baelish estará más reticente a pagar la deuda del trono, ¿no?

—Sí. Lo mejor de todo es que el trono sigue teniendo una gran deuda, antes era por el despilfarro en putas, alcohol y guerras de Robert Baratheon; ahora por el lujo de la vida de los Lannister en palacio así como los guardias que ha tenido que contratar para forzar su voluntad y reinar en paz... Pero sin Baelish pagando la deuda de Cersei Lannister el trono ahora está endeudado hasta las cejas. Para contrarrestar esa deuda, los impuestos del pueblo han aumentado radicalmente lo que ha incrementado las revueltas y rebeliones en Desembarco del Rey y, a su vez, ha forzado a los Lannister a pagar más guardias para su protección. Un círculo vicioso que solo hace que aumentar la deuda del trono, al fin y al cabo.

—Sí, pero esa furcia es una Lannister. Tywin Lannister es capaz de pagar la deuda de la corona de su hija y su nieto —Viserys rizó los labios con desdén—. Dicen que caga oro.

—Pues más vale que cague más a menudo porque sus minas de oro se están secando desde hace mucho tiempo —rió ella con malicia. Viserys pestañeó sorprendido—. ¿Por qué crees que atacó Tywin Lannister a los Reyne? ¿No creerás que era solo para "responder a sus crímenes"? Crímenes que el mismo padre de Tywin Lannister perdonó un año antes de la rebelión de Reyne-Tarbeck... No, los Lannister de Roca Casterly estaban a punto de agotar sus minas, las que durante tanto tiempo habían dado sus frutos y habían usado sin precaución alguna. Las minas de Reyne y Tarbeck eran, en comparación, minas con aún oro por cavar.

Viserys la miró estupefacto pero sus ojos eran calculadores. Éstos se posaron en los lingotes de oro. —Y ahora planeas comprar la deuda del trono, ¿no es así?

—El Banco de Hierro siempre mira por el oro, no por otra cosa. No hay lealtad que valga para ellos —le dijo—. Sin embargo, la Casa Targaryen no tiene asentamiento ahora. Antes de pagar la deuda del trono debemos hacernos con un lugar para nosotros y tengo uno en mente.

—¿Cómo sabes que no encontrarán la forma de pagar la deuda antes de que consigamos asentarnos permanentemente en algún lugar? —preguntó Viserys, de nuevo impaciente, pero su hermana sonrió.

—¿Cómo lo sé? ¡Já! —bufó ella, con una risa. Su rostro se mostraba complacido y malicioso a la vez—. No la van a pagar, hermano. Se han negado.

Viserys la miró unos segundos, estupefacto, antes de deshacerse en risotadas. ¡Lannister empezaba a ser sinónimo de idiota en estos tiempos!

…...

Días después, cuando regresó de dar un paseo con su hermano, sus dragones y su pequeño séquito personal, se encontró con que sus presentimientos se habían hecho realidad. Comprendió de golpe qué estaba pasando pero se quedó de piedra al darse cuenta del peligro. Drogo lo vio y lo malinterpretó.

No es nada —le aseguró Drogo mientras una mujer morena, regordeta y de ojos fríos le ponía un mejunje en el pecho.

Daenerys se abalanzó sobre la maegi, haciéndola caer al suelo. Los guardas Dothraki la miraron sin comprender antes de que les gritara que capturaran a la mujer que había intentado envenenar al Khal. El cataplasma envenenado fue quitado rápidamente pero era demasiado tarde. Las risas de Mirri Maz Duur la persiguieron incluso cuando fue golpeada para que callara. No podía haber previsto que los saqueos de los Dothraki, que violaban y masacraban a mujeres hasta que ella puso fin a estas prácticas, originarían la llama de la venganza en una maegi como Mirri Maz Durr.

Es demasiado tarde, ¿no es cierto? —preguntó Drogo, febril, días más tarde tumbado en sus pieles a ratos delirando.

Pocas horas antes, cuando se subió en el caballo, había caído inconsciente. Daenerys, que no amaba pero sí que apreciaba a su esposo, había sido rápida en ordenar la parada del khalasar pero muchos de los Dothraki, viendo la debilidad de su líder, habían marchado. Solo 20000 de los 40000 Dothraki eligieron quedarse con ella. Viserys, que seguía fielmente a su lado, no pestañeó dos veces ante la huida de medio khalasar. Si algo había aprendido de su hermana es que se levantaba de sus caídas cada vez más fuerte y la pérdida de esos salvajes, traidores, no le iban a quitar el sueño.

—No los necesitamos, al fin y al cabo. Tenemos a 30000 soldados y más de 20000 plebeyos con nosotros. Un pueblo de 50000 personas —le reconfortó, una de las pocas veces que lo hacía.

—Lo sé. Además, es mejor saber que esos eran las ratas que abandonan el barco cuando éste se hunde. Menos problemas —le contestó, sin mirarle. Mientras cambiaba el trapo húmedo de la frente de su esposo decidió pensar en otras cosas—. ¿Cómo va nuestro pedido de armaduras?

—Ya mismo nos llegará el cargamento —le contestó su hermano—. En tan solo 10 jornadas.

Los Inmaculados no tenían uniforme y tampoco armadura decente así que, para mejorar las condiciones de sus soldados, habían decidido mandar a hacer un verdadero ejército de armaduras y armas en algunas de las Ciudades Libres. Sus antiguos patrocinadores, aliados de los Targaryen ahora, eran los encargados de llevar a cabo sus órdenes y de contratar a los armeros y otros expertos necesarios para ajustar las armaduras y retocarlas. De nada servía un ejército fácil de matar.

—¿Y las telas y alimentos?

—Llegaran en el mismo cargamento, no hay cabos sueltos hermana, tranquila.

Daenerys asintió y miró su estómago protegido por una armadura de piel. Los gruñidos, graznidos y siseos de sus dragones, asentados alrededor de la tienda, les informaron de que alguien se acercaba. Para su desgracia resultaron ser unos guardias de Drogo, Aggo y Jhogo, arrastrando a la maegi.

¡Infelices! ¿¡Qué hace ella aquí!? —preguntó iracunda puesto que había visto los pensamientos de la maegi y sabía que la única forma de salvar a Drogo era a costa de su hijo. Justo como su sueño había predicho.

Dice que puede salvar al Khal —respondió Aggo y Daenerys maldijo mentalmente al darse cuenta de los planes de la maegi.

Ahora estaba entre la espada y la pared. Si no dejaba hacer a la maegi los Dothraki creerían que ella quería verle muerto pero, si al contrario la dejaba hacer su magia, su hijo moriría y no iba a permitirlo. Con una oleada de magia todos los allí presentes en la tienda cayeron en redondo al suelo vestido de pieles. Lo primero que hizo fue insertar memorias en las mentes de su hermano, Aggo y Jhogo. Cogió a la maegi y, sin revivirla, robó toda la información que su cruel y vulgar mente poseía, almacenándola para revisarla luego. Girándose hacia Drogo supo que no podía hacer otra cosa. Podría curarle, a costa de un gran sacrificio, pero sabía que el destino tenía otros planes para el Khal.

Le revivió. —¿Qué ha pasado?

Les he dejado inconscientes —le explicó ella, acariciando su ardiente frente—. Pronto despertarán.

Sabía que eras más que una simple mujer... ¿Me hechizaste? —preguntó él, sonriendo levemente con ojos entreabiertos. No sabía si era la fiebre pero Drogo no parecía sorprendido. Era un salvaje, sí, pero no un salvaje estúpido.

Nunca.

¿Y ahora, qué va a pasar?

Sus ojos se llenaron de lágrimas porque Drogo, de alguna manera, era la primera persona en el nuevo mundo que descubría su verdadero yo, le daba un hijo y la aceptaba. Solo para tener que morir. El destino era cruel sin duda. A penas conocía a su verdadero primer amigo desde su muerte. Drogo, por supuesto, comprendió las emociones que decoraron su rostro aunque fuera un instante. Sus ojos verdes estaban llenos de aceptación.

Ya veo.

En una visión se me mostró el camino y esta es la única forma de que nuestro hijo sobreviva. Una vida por otra vida.

Entonces hazlo, no quiero sufrir hasta el último segundo de mi muerte. Prefiero pensar que mi esposa fue suficientemente fuerte como para matarme antes de dejar que se me lleve una enfermedad. Hazlo —Daenerys besó los labios de Drogo una última vez. Drogo le recorrió el rostro con fiebre en los ojos—. Prométeme que cuidarás de nuestro hijo.

Ella asintió. —Algún día nos reencontraremos.

Drogo cerró los ojos y ella alzó su mano. Una luz verde, ponzoñosa, inundó la tienda durante un segundo antes de extinguirse. Cuando se despertaron los Dothraki y la vieron llorando sobre el cadáver de su difunto marido se llevaron a la maegi, que miraba confusa y conmocionada la estampa. Esa misma noche, cuando Mirri Maz Durr perdía su cabeza, sus dragones se alimentaron de su cuerpo muerto antes de quemar a cenizas sus huesos.

Aquella noche cambió parte de sus planes y, sin embargo, con su creciente estómago era incapaz de ponerlos en marcha hasta dentro de mucho tiempo. Se consoló pensando que, ahora que era la Khalesi de su nuevo pueblo y la Reina Dragón, hermana del Rey Plateado del Oeste, podía al menos partir hacia Valyria, su nuevo destino. Para cuando llegara allí podrían asentarse en una de las ahora abandonadas ciudades que saquearon hasta que pudiera investigar y pensar en cómo hacerse con su antigua patria.