CAPÍTULO 4 – SITUACIONES COMPROMETIDAS

Otoño – 298 AC, Desembarco del Rey

Meses atrás había pensado que lo máximo que tendría que soportar eran rumores, cuchicheos y juegos de la corte. Que podría soportar el fuerte hedor que parecía haberse acumulado desde el principio de reinado de los Baratheon, que simplemente estaba allí porque su amigo quería alguien de confianza para ayudarle con los asuntos de la corona... Que equivocado había estado. Que equivocada había estado su esposa, Catelyn. Si le viese ahora, con una pierna herida y zambullido en la mierda de las catacumbas de palacio. Seguramente eso no era lo que había previsto cuando le instó a convertirse la Mano del Rey.

Lo cierto es que, aunque él mismo sospechaba que los Lannister tramaban algo – de hecho lo pensaba desde la muerte de Elia Martell y los hijos de Rhaegar Targaryen – nunca pensó que sus pretensiones fueran eliminar a los Baratheon y suplantar totalmente el trono con bastardos Lannister. ¡Qué bajo habían caído todos! Había algo de ese trono que embrujaba, y eso que no eran más que espadas de hierro frías y punzantes en las cuales sentar unas posaderas. Ned Stark nunca había entendido el por qué. Quizás no lo entendería nunca. Antes de que pudiera seguir rumiando sus pensamientos, puesto que lo único que podía hacer ahora era esperar y pensar, la puerta del calabozo se abrió.

—Lord Stark —dijo una voz y él, conmocionado, intentó inclinarse hacia la luz de la única vela—. Ha llegado el momento.

—¿Qué momento? ¿Quién va? —preguntó, recuperando la cordura.

—No hay tiempo para explicaciones.

Ned observó como dos hombres, soldados con una armadura negra desconocida, se adentraban en la celda arrastrando un par de soldados de los Lannister que parecían estar muertos o inconscientes. La mujer, encapuchada, les dio órdenes en Alto Valyrio, una lengua que nunca había estudiado por su complejidad, e hizo que le cortaran las ataduras. Fue ayudado a ponerse en pie y observó como le vendaban la pierna temporalmente. La mujer le extendió un par de bastones extraños y le explicó cómo debía usarlos si quería salir de allí lo antes posible.

—Vamos, no hay tiempo que perder.

Ned le hizo caso, puesto que no podía hacer otra cosa que morir si se quedaba en Desembarco del Rey, y caminó lo más rápido que pudo por el laberinto de túneles y pasadizos del palacio. Los guardias, curiosamente, estaban dormidos en el suelo. No sabía qué extraña persona había decidido salvarle pero lo único que sabía es que saldría con vida de la capital irónicamente el día antes de su ejecución. De ninguna forma hubiera podido mentir públicamente y afirmar que Joffrey Lannister no era hijo bastardo producido del incesto de los gemelos Lannister; no cuando él mismo lo creía y, sobre todo, no cuando el mismo pueblo sabía y creía que lo era. De no haber sido así quizás hubiera mentido, salvar el pellejo, con tal de ver a su familia sana y salva. Ahora solo quedaría retratado como un mentiroso, un cobarde, si hacía lo que Cersei Lannister le ordenaba.

Parecían haber pasado horas cuando llegaron a una puerta pequeña y desconocida del castillo. Supo, por el hedor, que debía dar a uno de los canales del río cerca de la ciudad. Cuando abrieron la puerta desde el exterior comprobó que estaba en lo cierto. A pesar de que el agua era oscura y no podía ver con claridad aun teniendo la luna alumbrando el cielo nocturno supo que debía estar infestada de heces y vete tú a saber qué más. Aguantando la respiración, le ayudaron a subir a un bote con 4 remos. Cuando estuvieron todos a bordo, los soldados se pusieron a remar lo más rápido y en silencio posible hasta que salieron al Río Aguasnegras. Vio una caravana a lo lejos atada a un par de sementales fuertes y robustos.

—Ya mismo estará a salvo, Lord Stark —le dijo la mujer, ayudándole a salir del bote y a caminar hasta la caravana.

—¿Qué hay de mis hijas? ¿Están aquí? —preguntó finalmente, cuando pudo pensar con claridad sin la inminente condena de muerte.

—Arya Stark ha sido rescatada con éxito —le contestó, después de una breve pausa.

—¡Y qué hay de Sansa! ¡No puedo irme sin ella! —gritó infeliz, soltando uno de los bastones y caminando hasta la caravana para ver a Arya durmiendo sobre unas pieles—. ¡No puedo dejar a mi hija con los Lannister, la matarán!

—Baje la voz si no quiere que nos escuchen —le regañó la mujer, echándose la capucha hacia atrás y dejando entrever cabello pelirrojo y ojos castaños. Era totalmente desconocida para él—. Tenemos a alguien de valor para intercambiar a su hija. Mire.

Sus ojos se posaron sobre otro cuerpo, al otro lado del pequeño espacio, estaba desarmado y atado de manos y piernas y despojado de sus habituales ropas pero su cabello dorado y su esbelto cuerpo masculino fueron un balde de agua fría para Lord Stark.

—¡Ese maldito! —gruñó en voz alta al ver a Jaime Lannister a menos de 5 pies de su hija pequeña.

Se abalanzó sobre el hombre inconsciente, iracundo por haber dejado atrás a su hija Sansa a pesar de que sabía que era casi imposible rescatarla, pero perdió el conocimiento después de sentir un golpe fuerte en la cabeza.

…...

—Ya está despertando, pequeña loba —dijo una voz y Ned intentó incorporarse pero una mano lo empujó de nuevo al suelo—. No tan rápido. Sus heridas aún se está curando, debería hacer el mínimo esfuerzo con esa pierna y los cortes en su espalda.

Ned abrió los ojos y vio a su hija Arya observarle con orbes humedecidas. —¡Padre!

Arya rompió a llorar en sus brazos y eso le dio tiempo a consolarla y a poner en orden sus pensamientos. Observó que estaba en la caravana pero no sabía cuanto tiempo había pasado puesto que ya era de día. La mujer pelirroja tocó el hombro de su hija y ésta se incorporó, secándose las lágrimas. Le pasó un plato de comida a su hija y luego le ayudó a reclinarse sobre unos cojines, ignorando sus expresiones de dolor. Observó sus ropas y vio que habían sido cambiadas por unas limpias, gracias a los Dioses, y que sus heridas estaban firmemente vendadas y olían a ungüentos curativos.

—Sus heridas sanan sin contratiempo alguno —le informó la mujer y luego le pasó un plato de comida y una piel llena de agua—. Mi nombre es Laogheri, de Volantis.

Ned la observó, sin decir nada, mucho menos propenso a la ira. —¿Y a qué le debo todo esto? Tiene mi gratitud por salvar a mi hija, y a mí, pero me pregunto por qué lo hizo.

—Seguí órdenes, obviamente.

El tono cortante, firme y obvio de la mujer le dio entender que parecía un necio por no haberse dado cuenta antes. Arya parpadeó, mirándoles uno a otro pero, curiosamente, no dijo nada. Al parecer entendía la gravedad del asunto o a lo mejor ver a su padre vivo era algo sorprendente cuando todos le daban por muerto; seguramente se sentía suficientemente intimidada por la mujer y sus soldados. Fuera como fuera, Ned dio gracias porque Arya mantuviera la boca callada mientras intentaba cerciorarse si estaban fuera de peligro.

—¿Ordenes de quién? —preguntó él, suspirando con una paciencia infinita.

La mujer cogió su manga izquierda y la retiró, mostrándole un tatuaje rojo. Era un dragón rojo, de 3 cabezas. Sintió el estomago caer a sus pies, a pesar de estar recostado, y tuvo que dejar el plato en el suelo de la incredulidad puesto que sus manos temblaban casi imperceptiblemente. Él mismo había matado a aliados de los Targaryen en la pasada guerra; se preguntaba qué iban a hacer con él y su hija como venganza. Aún así tuvo que preguntar.

—Así que sirve a los Targaryen... ¿Por qué iba un Targaryen a ayudar a un Stark?

—Porque los Stark son ahora enemigos de los Lannister.

Y Ned, aunque no era talentoso políticamente, lo entendió todo. El enemigo de tú enemigo es tú amigo. Se preguntaba qué querían los últimos Targaryen de los Stark. Lo último que tenía entendido era que Daenerys de la Tormenta se había casado con un Khal Dothraki pero seguía sin descendencia y que su hermano, Viserys, les acompañaba en un viaje largo por Essos. Ninguno de los dos había representado un peligro real para Robert y, sin embargo, éste había querido verlos muertos. Incluso había enviado a asesinos a envenenar a los hermanos, sin conseguir nada. Algunos rumores habían llegado a Poniente, de ciudades saqueadas y totalmente desiertas, pero nadie había pensado que quizás eran los Targaryen junto con su ejército Dothraki quién había saqueado dichas ciudades. Ahora que lo pensaba presentía que los Targaryen tramaban algo y, sin embargo, no sabía ni por dónde empezar a pensar el qué. No obstante, el hecho de que hubieran mandado a una mujer de Volantis junto con, lo que ahora reconocía, 4 Inmaculados empezaba a completar el misterio.

—¿Por qué debería aceptar? —ni siquiera le hacía falta saber el trato; saber que había uno era suficiente.

—¿Por qué? No solamente estáis herido y desarmado, y por lo tanto débil, sino que su hija está en nuestro poder ahora —le dijo, sin burla alguna en su voz y eso le asustó más que las amenazas de Cersei Lannister. Arya, que estaba allí presente, se erizó de la rabia pero no abrió la boca cuando él apretó una de sus manos como advertencia—. Además, la única forma de asegurar la libertad de su hija Sansa, prisionera en Desembarco del Rey, es Jaime Lannister que, como sabe, también está en nuestro poder. Así que, ¿por qué no debería aceptar?

Ned cerró los ojos y suspiró. Había perdido antes de empezar y todos lo sabían. Si quería que sus hijas y él vivieran tenía que acatar un trato con los Targaryen.

—¿Y bien? ¿Cuáles son las condiciones?

Laogheri, de Volantis, sonrió. —De momento solo tenemos que regresar a Invernalia. Allí recibirá a un invitado, aliado de la Casa Targaryen, que negociará una nueva alianza con la Casa Stark. Le aseguro que las condiciones no serán un lastre ni perjudiciales para su familia, como podría pensar. Espero que tenga una mente abierta.

Semanas más tarde, cuando era recibido con brazos abiertos en su casa por sus hijos y su esposa, visitaba el Norte una partida secreta de soldados y sirvientas que acompañaban a Arianne y Oberyn Martell.

Invierno – 298 AC, Astapor

Daenerys gritó de dolor a pesar de que era su cuarto parto. —¡Maldita sea!

Viserys parecía palidecer por segundos puesto que él no había visto parto alguno. De no haber sentido tanto dolor se habría reído, sin embargo este cuerpo era joven, de apenas 15 años, en comparación con los 22 años que había tenido cuando se quedó embarazada por primera vez. Durante horas batalló el cansancio y la pérdida de fuerzas hasta que, finalmente, después de lo que pareció ser una pequeña eternidad, dio a luz. Lloró sin poder contenerse. El niño que tenía en brazos tenía su mismo cabello y sus ojos azules parecían ya tener un tinte violeta. Su piel era unos tonos más oscuro que el suyo, de un caramelo claro, y sus facciones eran menos delicadas que las suyas, más firmes y agresivas como las de Drogo. Dejó que se alimentara todo lo que quisiera, envuelto en las mejores sedas que pudo comprar, y con un pañal de tela que ella misma había fabricado con su magia, tela importada y runas.

—Es adorable, hermana —le felicitó Viserys, mirando a su hijo en brazos cómo dormía sin preocupaciones—. ¿Cómo se llamará?

—Rhaego, por su tío, Rhaegar, y su padre, Drogo —le contestó con convicción. Era lo mínimo que podía hacer después de haber asesinado a Drogo—. ¿Cómo va la construcción de nuestra flota?

Viserys sonrió. —Ha sido una buena idea venir hasta Astapor. Toda la zona desde Meereen hasta Yunkai es nuestra así que la construcción va más a prisa de lo que esperaba, sin tener que esconder nuestra flota. De momento tenemos 35 barcos acabados.

—Estás supervisando su construcción, por lo que veo.

—Sí. En un par de semanas más habrá finalizados otros 15 más.

—¿Y qué hay de los Stark?

—Todo va tal y como planeamos —informó Viserys pensando en su nueva alianza—. Cersei Lannister ha demandado el regreso de su hermano Jaime pero no enviará a cambio a Sansa Stark así que se encuentran en un punto muerto.

—Bien. Esperaba que así fuera —le confesó ella, recostándose en la montaña de almohadas—. Sabía que los Stark lo intentarían pero el orgullo de Cersei Lannister impide que piense con claridad. Aún así sabe que no puede matar a Sansa Stark y eso nos da tiempo. Mándale un cuervo a Arianne, ha llegado el momento.

A Viserys le dio un vuelco el corazón. Así que por fin iba a casarse. Parecía que los planes iban viento en popa desde hacía meses. Aún así escuchó en silencio lo que su hermana tenía que decir.

—Tú boda con Arianne supondrá un gran cambio en el juego. Debes ir a Braavos con parte de la fortuna y pagar la deuda del trono —le confirmó ella y Viserys asintió, atento—. Ahora que Vigarys, Raenar y Daegamon son suficientemente grandes podré volar con ellos e investigar el cruel destino de Valyria.

Viserys parecía tentado a reprochar sus planes pero los comprendía a su vez. Solo pudo suspirar cuando vio que su hermana tramaba algo más pero no pensaba abrir la boca.

…...

—¡Felicidades, sobrina! —felicitó Oberyn Martell con una sonrisa a Arianne, ahora de la Casa Targaryen. Los colores negro y rojo de dicha casa resaltaban su piel olivacea y melena negra—. Felicidades igualmente, mi Rey.

Viserys asintió, con una pequeña sonrisa, y con la mano de Arianne sosteniendo la suya. Daenerys se acercó, con su hijo en brazos de Irri temporalmente, y le besó las mejillas a él y a su nueva esposa.

—Hermana —saludó con una sonrisa y Arianne se la devolvió encantada.

—¿Significa eso que ahora soy vuestro tío, mi pequeña Reina? —preguntó con una sonrisa divertida y traviesa Oberyn Martell a su hermana.

Viserys alzó una ceja puesto que su hermana era ya, y lo había sido desde hacía mucho, una mujer. Vestida con una túnica blanca sin mangas, cinturón plateado y enjoyado con diamantes enmarcando las caderas, brazaletes con la insignia de su casa y el cabello recogido en un intrincado, elegante pero ostentoso moño tras una diadema de rubíes era difícil ver a su hermana como una "pequeña" Reina. El vestido era tan favorecedor que más de uno miraba abiertamente con deseo el cuerpo desarrollado de su hermana, cuya altura había superado con creces la de Arianne, pareciendo a una bella estatua de marfil, y cuyos pechos habían crecido al dar a luz así como se habían ensanchados sus caderas.

Daenerys rió. —Tío, decís... Supongo que sí. Cuñado, en cierto modo, también. Después de todo sois familia por parte de mis dos hermanos.

Oberyn sonrió. Daenerys siempre le había caído bien puesto que no era igual que las otras damas que él conocía. Le recordaba a Ellaria con su firmeza y determinación pero, tras su carácter gentil y sosegado sabía que existía una verdadera Reina. Desde el primer momento, cuando la conoció, supo que Daenerys Targaryen llegaría muy lejos. Lo que más le divertía era ver cómo engañaba a todos, haciéndoles creer que era poco más que una cara bonita, cuando realmente era quien tejía las redes que acercaban cada vez más el Trono a su hermano.

—Una conversación seria, espero —le dijo ella, cuando estuvieron a solas en el banquete de bodas. Su rostro había dejado de sonreír beatíficamente y sus ojos ahora eran joyas, amatistas, penetrantes, clavados en los suyos propios.

—Así es, mi Reina —contestó Oberyn, haciendo mención a los títulos que había ganado y heredado—. Después de tanto tiempo has dejado a un lado tú máscara.

—Por el momento, tío —respondió burlonamente ella y él sonrió encantado—. ¿Y bien? ¿Se ha zanjado ya esa estúpida deuda?

—Por supuesto. El Banco de Hierro estaba encantado de hacer nuevo negocio —repuso él, bufando divertido y bebiendo de su copa de vino—. No parecían muy sorprendidos al reconocer nuestra antigua alianza pero sí de ver los lingotes de oro posarse sobre su mesa...

—Mmm... Supongo que no —Daenerys no parecía nada sorprendida al respecto y Oberyn la admiró.

—¿Y qué planeas ahora, pequeña viuda? —bromeó él, haciendo referencia a su estatus de viuda y, a la vez, a una de las arañas más mortíferas.

Daenerys frunció el ceño, recordando a Varys pero prosiguió. —Necesitamos un cuartel general; Valyria es ahora una península y un archipiélago abandonado.

—Por lo visto está llena de extrañas criaturas, enfermos, hogares en ruinas y campos antes fértiles y ahora cenizas.

—Los campos pueden replantarse, los hogares reconstruirse y esas extrañas criaturas seguro que no son más que misterios y habladurías de ambiciosos piratas que buscaron tesoro en la antigua Valyria.

Oberyn sonrió. —Digamos que tenéis razón. ¿Y los enfermos? Dicen que esa zona está infestada de Psoriagrís. Hombres, mujeres y ancianos que fueron abandonados en estas tierras a morir.

—Y morirán —le aseguró Daenerys, alzando su copa de vino y perdiendo su mirada en el rojo líquido—. Probarán el fuego de nuestros dragones.

Oberyn no lo dudó ni un segundo ya que en ese mismo instante ya ardía la llama de la conquista en los ojos de Daenerys de la Tormenta. Se preguntó qué planes tenía, cuán grandes eran, que prefería asentarse en Valyria antes de amansar un mayor ejército.

Invierno – 1998 DC, Londres (Inglaterra)

Astoria era inteligente. Lo había sido siempre y siempre lo sería. Era hermosa, rica y tenía una gran responsabilidad siendo Lady Nott. El problema era que no amaba a su marido. Es más, si alguna vez fueron conocidos y quizás amigos, ahora ya no eran nada. Cuando aceptó casarse fue de mala gana; no se casó porque le amara o porque él la amara a ella. Se casaron porque sus padres habían acordado una alianza. Los Nott, perjudicados por su postura en la guerra, buscaban volver a terreno neutro y qué mejor que aliarse con los Greengrass, que habían mantenido la neutralidad a lo largo de los siglos. Se casó de mala gana, porque ella quería hacer otras cosas, pero supo que, en parte, casarse con Theodore le solucionaría la vida. No le faltaría nada. Salvo amor.

El problema era que ella tenía otros intereses y Theodore quería una familia de verdad, solamente que no con ella. A penas se habían acostado una vez, a regañadientes, y fue la noche de bodas. Astoria no le amaba pero sí que le encontraba atractivo y no le hubiera importado beneficiarse de su cuerpo pero su nuevo marido encontraba repulsivo el contacto físico por el simple contacto físico. Quería algo más y ella no estaba dispuesta a dar más de sí. Salvo quizás un hijo. Sin la atención de su nuevo marido era obvio que, tarde o temprano, buscaría algo que la entretuviera en otra parte. Ambos lo sabían.

Primero fue Hugh Montague. Este fue el que más duró y del cual se quedó embarazada al poco tiempo. Había sido tan joven y tan tonta, como su hermana le recordaba a diario. Había cometido un error.

—Eres estúpida, Astoria —le siseó Daphne, enfurecida, cuando le contó su embarazo—. No es de Theodore ni lo será porque él no te ha tocado más que una vez.

—Podría haberme quedado embarazada con una simple vez —refutó pero sin mucha determinación.

—¡Sí, claro! ¡Embarazada meses después de vuestra única vez! ¡Já! —rió Daphne quién se había casado con Adrian Pucey, el segundo hijo, 5 años mayor que su hermana.

—No puedes cuestionarme, hermana —dijo ella, ahora empezando a enfadarse—. Tú y Adrian habéis conseguido lo que Theodore y yo no podemos.

—Eso es porque eres una inconsciente y una idiota. ¿Crees que me casé amándole? ¿Crees que él me amaba? Claro que no. Al contrario que tú tuve la paciencia para hacer de mi matrimonio aunque fuera una relación de amistad. Tú simplemente te has negado a trabajar con Theodore.

—¡Es él quién no quiere verme! ¡Ni me habla a penas!

Daphne volvió a sisear y su cabello rubio, igual que el suyo, reflejó la luz que entraba por los ventanales grandes de la Mansión Pucey. —No me vengas con tonterías, Astoria. Theodore no tenía posibilidad de escapar vuestro contrato matrimonial, al igual que yo al ser la primogénita, pero tú sí y, sin embargo, aceptaste casarte con él, a pesar de que ambos sabíais que no amabais al otro, únicamente por asegurar tú futuro. A pesar de tener más pretendientes. Aceptaste porque sabías que serías Lady Nott, que tendrías una vida de lujo y que no te faltaría nada. En ningún momento miraste por Theodore, solo miraste por ti. Le condenaste a un matrimonio infeliz porque desde el primer momento no querías saber nada de él. Ni siquiera quisiste enmendar tus acciones egoístas. Lo único que has querido de él ha sido su cuerpo, además de su fortuna para mantenerte mientras no haces nada día tras día, y luego te abres de piernas para otros hombres cuando tu marido, al que tú misma obligaste a casarte contigo, no quiere tocarte. ¿Me preguntó por qué?

Astoria, que era inteligente y, por supuesto, ya sabía la cruda y dura realidad aunque no quisiera aceptarla, se sonrojó violentamente. Escuchar a su hermana ponerse de parte de su esposo era aterrador. Lo que le dejó claro es que tenía que hacer pasar ese hijo como Theodore porque si no su reputación quedaría marcada de por vida.

—¿Qué puedo hacer, Daphne? —casi suplicó, aunque odiaba tener que pedir consejo a su hermana.

—Nada —le respondió tajantemente. Sus ojos azules, la única diferencia física entre ellas, la miraron fríamente—. Theodore sabrá bien que no es hijo suyo así que no podrás engañarlo ni tampoco puedes usar magia para hacer pasar este hijo como suyo porque lo estará esperando. A no ser que pienses atacarle e implantarle una memoria falsa sobre vuestras actividades matrimoniales inexistentes.

Astoria rumió sobre ello y Daphne lo vio al instante. —No seas idiota. Si lo haces tarde o temprano se dará cuenta y Nott te la devolverá. ¿Sabías que una vez dejó en coma durante un par de días a otro Slytherin? No hubo pruebas que pudieran inculparle pero era un secreto a voces en nuestra Casa que había sido él. Ni siquiera Malfoy se atrevía a meterse con él después de rechazar su "invitación" a unirse a su pequeño grupo de psicópatas.

—Estoy bien jodida —resumió vulgarmente—. Lo único que puedo hacer es esperar y ver si piensa tomar represalias.

Daphne no abrió la boca así que se fue de la Mansión Pucey como había venido: enfadada, desesperada y expectante. Cuando llegó a sus aposentos, en otra ala del Fuerte Nott, dio vueltas y más vueltas al asunto. Al final concluyó que debía decirle de su embarazo a Theodore porque tarde o temprano iba a ser imposible de esconder y sabía que, cuanto más tiempo pasara, más miedo le daría contárselo.

Cuando se sentaron a cenar esa noche, en un silencio sepulcral, habló. —Estoy embarazada.

Los cubiertos de Theodore hicieron un pequeño chirrido antes de ser depositados con cuidado sobre el plato. Astoria no podía sentir más miedo que en ese mismo momento, cuando se la quedó mirando con esos ojos de azules impenetrables, fríos como el ártico y tan devastadores como una tormenta de hielo, le clavaban mil espadas en su cara. Notó su rostro frío, las manos heladas y supo que debía haber palidecido porque empezaba a temblar de los nervios. Sin embargo, cogió los cubiertos y empezó a comer de nuevo, en silencio.

—Me ha quedado claro que eres idiota —habló él, segundos después cuando pensó en lo que fuera que pensara y recapacitaba la situación. Sus palabras eran como quién describe el tiempo, calmadas y cordiales—. No solamente eres idiota sino que eres una de las personas más egoístas, mezquinas y con menos vergüenza que conozco. ¿De quién es?

Astoria apretó los puños mientras la insultaba y finalmente logró abrir la boca. —¿Por qué querrías saberlo?

Theodore la miró como si no pudiera creerlo. —Porque vas a tener que contactar con él para que pague todo lo que respecta a este niño o niña. Estoy de acuerdo en dejar que la gente piense que es mío, pero no lo es y, por lo tanto, no pienso hacerme cargo de nada.

Astoria sintió algo parecido a alivio pero entonces tuvo una aterradora idea. —¿Y si el padre no quiere saber nada?

—Entonces tendrás que buscarte la vida, contactar con tu familia, supongo —se encogió de hombros su marido, mientras seguía comiendo como si ella no estuviera condenada de por vida—. Está claro que este bastardo no es mío y no será un Nott. Cuando llegue su carta de Hogwarts imagino que todo será desvelado puesto que no pienso aceptarlo en la familia.

—¿¡Y ya está!? —gritó ella, levantándose de golpe al darse cuenta que, a pesar de haber creído que estaba todo solucionado era imposible engañar a la magia del Ministerio, Gringotts o Hogwarts—. ¿Piensas dejar que esto arruine tu reputación? ¿La de los Nott? ¡Simplemente porque me odias!

—En realidad no te odio. Para eso tendrías que provocar en mí algún tipo de emoción salvo indiferencia. Bueno sí, también me produces asco —rumió Theodore Nott en voz alta.

Astoria le observó como nunca antes. Theodore Nott era cruel, malicioso pero sobre todo inteligente. Había sabido desde el principio que su aventura iba a salir a la luz unos 11 años más tarde y por eso no se había negado a dejar que pensaran que era suyo porque, si la gente lo pensaba, más duro y más daño le haría más de una década después cuando llamaran a su hijo o hija para ponerse el sombrero y no apareciera como un Nott.

—¿No te extraña ahora que no quiera saber nada de ti? —le preguntó, con ganas de herirle como él había hecho pero sus palabras no eran capaz de transmitir su odio—. Nadie podría quererte siendo como eres. Eres retorcido y cruel.

—Y tú una guarra idiota —Nott sonrió maliciosamente, riendo por lo bajo de su situación mientras se secaba elegantemente la boca—. Si solo te hubieras abierto de piernas y hubieras usado una poción o hechizo anticonceptivo ya no serías una guarra idiota, solo serías una guarra.

Astoria se desapareció, profundamente herida. Lo peor de todo era que Nott tenía razón. Había cometido un error.

Días más tarde, cuando recuperaba fuerzas para pensar en su futuro, consiguió que Hugh, después de hacerle saber que no quería tener nada más con ella, acordara darle una suma periódica de dinero con tal de mantener al bebé, que ahora sabían que era niño. Solamente 5 meses después de su boda en Junio, se había quedado embarazada de un hombre que no era su marido, pensó mientras sus padres la felicitaban y su hermana la juzgaba con sus ojos azules tensos y llenos de ira.

Primavera – 1999 DC, Snowdonia (Gales)

Theodore Nott miró su copa de vino, contemplativo. La vida había dado un giro desde el nuevo año. Astoria, embarazada ya de 4 meses, vivía ahora en una casa de ciudad a su nombre. Lejos del Fuerte Nott. Lo que había empezado como una templada alianza era ahora un campo de batalla entre ambos. Sinceramente, la mera mención de su esposa le hacía hervir la sangre de la ira. Miró los verdes prados que surcaban el horizonte hasta el mar e, inevitablemente, le recordaron a un par de ojos esmeraldas. Quién hubiera pensado que Hadara Potter-Black iba a casarse con Malfoy. Quién hubiera pensado que Malfoy podría cambiar.

—Y pensar que alguna vez creí que la deseaba —se mofó de sí mismo, pensando en las veces que había pensado que Draco deseaba a Hadara debido a su comportamiento antagonista, a veces ridículo.

Draco era gay. Blaise era su amante. Hadara era su esposa. Para colmo vivían los 3 juntos, pensó mientras esbozaba una sonrisa divertida. Algo así no se había visto jamás. ¿Una Lady, dejando entrar a su casa al amante hombre de su marido? ¡Jamás! Los había habido, obviamente, amantes homosexuales, pero nunca habían convivido de semejante forma. La diferencia era claramente la mujer en cuestión. Hadara. Estaba claro que había sido ella quién había permitido que pasara y el por qué era un misterio. Era bueno juzgando a las personas pero no tenía ni idea de las acciones de la ahora Lady Malfoy. Esa mujer era tan impredecible como misteriosa. Una de las pocas personas que habían conseguido engañar a todos en Hogwarts bajo una máscara. Y pensar que el sombrero había tenido la osadía de ponerla en Gryffindor...

—¿Con quién está ahora? —le preguntó, como era habitual, como si hablaran de la economía.

Hadara, como le había pedido que la llamara, vestía un vestido blanco y liso hasta las rodillas, con mangas hasta los codos de encaje y unos tacones altos negros a juego con su negra cabellera de medianoche, así como una pulsera de oro blanco, elegante y delicada complementando su anillo de matrimonio. Su maquillaje de día era minimalista, una línea negra en los ojos, algo de colorete y labios pintados de rojo coral que resaltaban su perfecta piel ligeramente bronceada. Sin proponérselo llamaba la atención de todos, radiante de luz, pareciendo la estatua de un ángel.

—Ahora es Roger Davies —le contestó, cogiendo su taza de Earl Grey y bebiendo como si nada.

Hadara hizo una mueca de burla con los labios. —Que bajo hemos caído ya.

Recordaba a Roger Davies como el chico que vino y se fue, sin más sorpresa que cuando decidió tocar el trasero a Fleur Delacour y acabó en el hospital con graves quemaduras.

—Y que lo digas —rió él, seguramente acordándose del ridículo que había hecho aquel día en el baile.

Observó el café antiguo, muggle, que Hadara le había recomendado y en el cual se veían cada martes y jueves al menos un par de horas. Era, sin duda alguna, lo mejor de su soporífera rutina. Mil veces mejor que pasar un segundo en la presencia de su esposa. Se preguntaba cuándo había empezado a considerar a Hadara como una amiga, cuando había empezado a mandarle cartas y a cenar con los Malfoy y Blaise, a pasear con ellos y visitar el Callejón Diagón, sin darse cuenta...

—¿Cómo están Draco y Blaise? —preguntó, después de un cómodo silencio, como era normal.

—Estupendamente. Están en un viaje de negocios en Italia.

Theodore supo que, además de negocios, también debía ser un viaje de placer. A Hadara, no obstante, no parecía importarle. Es más, por su sonrisa complacida parecía que estaba a gusto de estar sola aunque fuera unas semanas. Entonces se le ocurrió una fantástica idea pero cuando pensó en abrir la boca se le aceleró el corazón. Hasta ahora Hadara había sido únicamente su amiga aunque cada día que pasaba deseaba poder ser algo más. Lo único que habían hecho había sido ir de compras, cenar juntos con Draco y Blaise y tomar galletas y té por las tardes. Nada fuera de lo normal. Sin embargo...

—¿Entonces no tienes nada importante que hacer las próximas dos semanas, no es así? —le preguntó, con el semblante estoico para disimular sus nervios.

—No —le lanzó una mirada extraña y alzó una ceja—. ¿Por qué?

—Tengo unos asuntos que resolver en Berlín —empezó, intentando que sus palabras no fueran demasiado descaradas—. Podemos aprovechar e ir de compras y visitar las vistas, si quieres.

Hadara contempló el rostro sereno de Theodore pero lo que le delataban eran sus ojos. Estaban fijos en los suyos como si quisiera ver el mínimo rechazo en su rostro antes de que abriera la boca. Ella sonrió, sin poder evitarlo y asintió.

—Por mí bien. Informaré a Draco de nuestros planes.

Theodore sonrió, casi aliviado, y ella escondió su sonrisa ante su gesto tan adorable tras su taza de té. A pesar de que entre ellos dos había lo que los muggles llamaban química no habían saltado aún la línea roja y quién sabía qué iba a pasar en este viaje estando solos. Lo cierto es que prefería tener a Theo aunque fuera como amigo que perderlo y eso la dejaba reticente a dar otro paso. Además, sospechaba que, aunque odiara a Astoria, sus acciones le habían dejado huella. Sentía, en el fondo de su ser, que antes de avanzar tendría que reparar el daño que esa furcia le había causado y eso requería tiempo y paciencia pero sería paciente durante el tiempo que fuera necesario. Después de todo, no pensaba dejar escapar a Theodore Nott ahora que le había encontrado.