CAPÍTULO 5 – LA NUEVA VALYRIA
Invierno – 299 AC, Tierras del Largo Verano (Valyria)
En el nuevo año, Daenerys miró desde arriba el vasto campo hecho cenizas. Aún después de tanto tiempo solo quedaba un mero recuerdo de las tierras más fértiles del mundo. La vegetación, las malas hierbas, habían crecido por doquier y había tierra batida, infértil, allí donde mirara. Era un gran desastre y, sin embargo, aquella era la tierra de su familia. Pero aun no acababa la pesadilla. Cuando alzaba su vista al horizonte la tierra batida dejaba paso al agua, pantanos llenos de bichos y enfermedad... Daegamon lanzó un graznido, bajo su cuerpo, y batió sus alas alzando el vuelo una vez más. Daenerys no lo impidió. Dejó que sobrevolara aquellas tierras de pesadilla mientras cuantificaba las pérdidas y todo lo que tendría que hacer para poner en orden Valyria antes de asentarse allí. Observó las ruinas de antiguos palacios y comprendió que tendría que empezar de cero.
Había algo que le había llamado la atención nada más acercarse a los límites de la península. La magia de Valyria rodeaba estas tierras, impidiendo el paso a todos aquellos que quisieran entrar a pie. Era curioso que dichas guardas no se extendieran a la costa, razón por la cual los barcos cargados de enfermos con Psoriagris habían podido abandonar a los condenados en las tierras de los Targaryen. Y, sin embargo, había una maldición pesando en dichas tierras. No tardó en localizarla puesto que estaba en todas partes. Allí donde volara con sus dragones sentía la magia roja, poderosa y devastadora, apoderarse de la tierra. Sin duda algún antiguo enemigo había hecho todo lo posible por acabar con la dinastía de Valyria.
Cerró sus ojos mientras se concentraba en aniquilar la Maldición de Valyria. No supo cuánto tiempo pasó puesto que pareció una eternidad; cuando volvió en sí sintió su magia desprenderse como vapor de su piel antes de deshacerse como el humo por los cielos. Poco a poco, como si de una gigante ola se tratara, las plantas y árboles y las malas hierbas se inclinaron con el paso de una imbatible fuerza, la magia que corría por sus venas acompañada de la misma magia de la tierra, salvaje y deseosa de ser utilizada, y parecían tomar vida despacio pero sin pausa, hasta que la tierra batida se convirtió en tierra limosa, oscura y llena de la esencia vital, y las malas hierbas se desvanecieron como la ceniza, carbonizadas, dejando paso a pequeños brotes de trigo, antes podridos y petrificados, que rápidamente crecían como por arte de magia. El agua estanca, los pantanos infestados, se evaporaron dejando paso al trigo hasta que éste empezó a cubrirlo todo con su dorado resplandor bajo el sol del medio día. Las ruinas se alzaron de forma antinatural, reparando castillos y antiguos hogares, deshaciendo el mal de Valyria.
Daegamon voló, siguiendo el rastro milagroso de su magia, y Daenerys fue contemplando cómo crecían limoneros y manzanos alrededor del castillo, como la hierba verde ondeaba con la brisa y cómo la hiedra roja y verde devoraba las paredes hasta dominar la fachada. La ciudad, más allá de la inmensa pradera de trigo, estaba compuesta de miles de hogares en ruinas que se pusieron en pie después de cientos de años derrotados. Todos ellas de mármol blanco, perfectamente pensado para las altas temperaturas de Valyria. Los tejados blancos resplandecían a lo lejos, tan lejos como podía ver, y tuvo que detenerse a descansar antes de poder seguir observando maravillada el espectáculo, a pesar de haber estado usando gran parte de la magia natural de Valyria para repararlo todo.
—El renacimiento de Valyria —se dijo a sí misma y Daegamon gruñó antes de alzar el vuelo con sus hermanos, disfrutando en compañía.
Ella alzó la vista al castillo de tamaño medio a un lado de la ciudad. El suelo de piedra gris crujió bajo sus sandalias mientras ella examinaba las paredes en las que algún día habitaron sus antepasados. Estaba nuevo pero vacío. A penas tenía 20 dormitorios, un gran salón y comedor así como las cocinas y un gran patio de piedra con un pequeño establo. Sin duda no era más que un lugar de paso, la entrada al Antiguo Reino de los Targaryen. De unas cuantas piedras las transformó en una mesa, un pergamino, un bote de tinta y una pluma. Media hora más tarde, después de perderse varias veces en el horizonte dorado que había hecho nacer, supo que era momento de dejar que sus huestes conocieran Valyria. Un cuervo transformado de otra piedra voló por el aire puro y el cielo despejado y azul de las Tierras del Largo Verano antes de partir a Astapor. Para cuando su hermano entrara en Valyria con la mitad de su Reino ella ya habría progresado hacia el Mar Humeante.
…...
Semanas habían pasado desde que inició su nueva aventura. No podía estar más contenta al ver las pétalos llenos de vida de las innumerables flores del prado cercano al lago y los sauces llorando al agua ahora cristalina y llena de vida meciéndose con la brisa templada de invierno. Los colores de los árboles que habían crecido, manzanos, cerezos, limoneros, naranjos y viñas de uva roja se extendían hacía el horizonte proclamando una vez más esas tierras como las más fértiles del mundo. Un campo de maíz a lo lejos ocupaba con su verde esmeralda gran parte de lo que sus ojos podían observar. Las casas ahora se extendían separadas unas de la otras pero igualmente deslumbrantes desde el cielo. Los caminos grandes y estrechos de piedra separaban parcelas y terrenos y los establos, aún vacíos, le hacían imaginar jinete y caballo cabalgando bajo el sol de Valyria. La hierba verde y hermosa cubría ambos lados de los caminos, como un sendero de vida, y los árboles daban sombra a futuros caminantes y embriagaban los sentidos con sus perfumadas flores.
Vigarys lanzó un graznido de alegría mientras jugaba con su hermano Raenar, empujándose de un lado a otro. Daegamon hizo caso omiso, prefiriendo observar las vistas con ella. Daenerys dejó escapar un grito de euforia estirando sus brazos al viento y sus tres hijos rugieron con ella antes de alinearse a cada lado de su persona. Sintió una gran masa de personas atravesar sus guardas y supo que por fin Viserys y Arianne habían llegado después de semanas esperándolos. Por suerte eso le había dado tiempo para reparar la zona este de las Tierras del Largo verano y gran parte de la zona oeste, en la que se encontraba ahora.
—Vamos Daegamon —le dijo en Alto Valyrio al dragón negro y rojo bajo sus piernas y éste rugió antes de girar en dirección sur—. El Mar Humeante nos espera ahora.
Vigarys, cargada con las provisiones, y Raenar, cargado con los objetos y tesoros que había encontrado, les siguieron alzando el vuelo y desplegando sus alas para planear sin esfuerzo alguno. Los colores esmeralda y crema dorada de sus dragones brillaron con magia, dejando una estela en el cielo. Una vez más, su magia recorrió el camino bajo la enorme sombra de sus dragones dejando atrás la Maldición y empezando la nueva era de Valyria. Tardó poco más de una hora, cada vez más cansada, en divisar el Mar Humeante. Columnas de humo y pestilencia, torretas de piedra y botes medio hundidos y podridos le dieron la bienvenida. Daegamon gruñó iracundo antes de lanzar una llamarada, seguido por sus hermanos. Daenerys se inclinó a mirar y vio con algo de pena y asco como se escurrían como ratas los abandonados. Los gritos no se hicieron de esperar. Los botes prendieron en llamas y las torretas se inundaron con fuego que salía ardiente por las ventanas hasta que el cielo se empezó a tornar negro de cenizas de la madera de los botes, árboles podridos y los cuerpos infectados de Psoriagris que prendieron como el aceite. Se tapó con parte de su túnica azul la boca y logró discernir los huesos de los ahora carbonizados cuerpos. En menos de media hora ya no quedaba nadie ni nada vivo salvo las alimañas que habían logrado esconderse en sus madrigueras.
Un viento despejó el cielo y observó como la tierra se transformaba ante sus ojos. El agua, antes humeante y llena de ácido volcánico, ahora perdió su misterioso mal dejando paso aguas cristalinas y paradisiacas que le dejaron ver los incontables barcos hundidos que había para su antojo y diversión. Algo captó de nuevo su atención e hizo que descendiera Daegamon hasta acercarse peligrosamente a la superficie. Cuando logró discernir de dónde provenía la llamada se lanzó de cabeza al agua. Después de pasar todo el día bajo el sol, el agua fría, pura, todavía sin atemperar, la dejó sin respiración unos instantes. Se sumergió hasta uno de los barcos sin identidad e hizo que la madera se deshiciera ante sus ojos. Cuando encontró lo que buscaba dejó de respirar sin darse cuenta y casi se ahoga de la idiotez. Aún así suponía que podía perdonarse el momento de debilidad, después de todo, aquello que la había llamado era un magnífico zafiro huevo de dragón.
Primavera – 299AC, Altojardín
Brienne de Tarth y ser Loras Tyrell observaron como se desvanecía la luz en las orbes de su amado y pretendiente al Trono de Hierro, Renly Baratheon. Margaery, la esposa del moribundo, lo contempló conmocionada pero sin sentimentalismo alguno ya que, después de todo, Renly habría preferido tomar como amante a su hermano Loras que a ella misma. No es que le hubiera importado su negativa en acostarse con ella pero hubiera preferido tener aunque fuera un Heredero de Renly. Ahora era viuda y, según creían algunos que sabían que Renly no la había tocado, virgen. Pobres idiotas. Hubiera bastado un poco de sangre de cerdo o de cordero en las sábanas y todos hubieran creído el paripé pero ella seguiría vacía, sin hijo alguno.
—¿No vais a hacer nada? —le preguntó con ojos llorosos Brienne la Azul.
Ella la miró sin comprender. —Está muerto. Ahora tenemos que saber quién lo hizo.
Brienne asintió, no complacida, pero resignada. —¡Era la sombra de Stannis, lo sé!
Loras pareció estar de acuerdo pero ella suspiró. Estaba en compañía de dos personas con el juicio nublado por el amor, el dolor y el odio. No le extrañaba que surgieran culpables por doquier puesto que incluso ella misma había visto dicha sombra. No obstante, una sombra no era un hombre ni una mujer de carne y hueso y, por lo tanto, no era más que humo negro. De repente empezaron a entrar soldados y guardias, exclamando y gritando que "Renly Baratheon está muerto". Ella contuvo un gruñido ante la idiotez de los hombres de su ahora difunto esposo. ¿No les había ordenado que se mantuvieran a la espera de noticias? Entonces tuvo una gran pero dudosa idea.
—¡Ha sido un asesino de Stannis Baratheon, llevaba una daga envenenada con su escudo!
Loras y Brianne la miraron sin comprender unos segundos y, cuando lo hicieron, su hermano arrastró a la gigante mujer fuera de la tienda mientras ella hilaba una historia entre lloriqueos y silencios pesarosos. Al final, minutos más tarde, todos los hombres del ejército clamaban por la cabeza de Stannis y ella solo pudo sonreír. Quizás ninguno de estos hombres seguiría a una mujer a la guerra, ella tampoco lo pretendía, pero todos los hombres medianamente borrachos ansiaban un motivo, por muy banal que fuera, para blandir sus espadas y tener legitimidad para visitar prostíbulos. Gracias a los Dioses había tenido la suerte y la facilidad de convencerlos de que había sido Stannis y, tarde o temprano, le atacarían para vengar la muerte de Renly.
Mientras tanto hablaría con su abuela y vería si podía casarse con alguien más cercano al trono. Quizás Joffrey ya que era estúpido y predecible. Aunque su veta sádica y cruel sería algo que debería remediar cuanto antes. Había llegado, no obstante, la hora de los Tyrell. Con los Targaryen en Essos, casi extintos, los Stark reinando en el Norte y exiliados voluntariamente del Sur, los Lannister eran la última gran Casa a la que unirse. Ganarían la antipatía de los Martell pero claro, los Martell no eran nadie sin los Targaryen.
…...
—Este es el preciso momento —le dijo su abuela mientras se comía uno de sus pastelitos.
Habían pasado pocas semanas en Altojardín pero, a pesar de todo, no había podido hacer que su hermano volviera en sí. Todavía estaba ahogado por la pena. El problema es que no salía de ella consolarlo porque Renly a penas había sido un amigo. Su abuela, como ella, prefería pensar en el futuro en lugar de echar la mirada atrás. Era por eso que había acudido a ella con sus ideas de poder pero, para su poca sorpresa, su abuela ya tenía preparado un contrato con los Lannister. Eso sí, la firma de la Reina estaba ausente.
—No te preocupes de Cersei ahora. Quien realmente manda es ese viejo de hielo, Tywin y, si sé algo de él, firmará —bufó divertida Olenna Tyrell.
—¿Y qué pasará con Joffrey?
—Encontraremos algo que le distraiga, querida.
Olenna dio un par de golpecitos en la mejilla de su nieta, la despidió y luego prosiguió con su descanso sin mediar palabra. Después de todo, Joffrey era un perro rabioso y con los perros rabiosos lo único que se podía hacer era sacrificarlos. Mientras tanto planearían la boda sin escatimar en gastos. Lo último que quería era que pensaran que los Tyrrell no habían invertido suficiente en dicha alianza.
—Mi Lady, Petyr Baelish ha alcanzado al fin la fortaleza —le informó un sirviente.
Olenna sonrió antes de levantar su aparentemente frágil cuerpo de la silla. —Hazle pasar.
Primavera – 299 AC, Desembarco del Rey
Cersei Lannister estaba enfurecida. Desde hacía meses la pérdida de su hermano gemelo era un recordatorio constante del caos en Desembarco del Rey. Por no hablar de su otro hermano, aquel a quién preferiría no recordar y que, sin embargo, era una memoria permanente. Por suerte, el Banco de Hierro parecía haber desistido en cobrar su deuda. Su padre, no obstante, estaba angustiado.
—¿No lo ves, hija? El Banco de Hierro siempre reclama su deuda —le espetó, dando un golpe con su copa en la mesa de madera de sus aposentos, donde estaban reunidos—. Eso significa que o bien van a cobrarla muy pronto o bien alguien ha pagado la deuda.
—¿No eras tú el que se negó a pagarla? —preguntó ella, rebelde, y Tywin Lannister entrecerró los ojos ante sus palabras.
—Cuida esa boca, Cersei, esta deuda es gran parte culpa tuya —le siseó su padre y se sentó con rostro estoico de nuevo—. Si pudieras controlar a tu hijo como te ordené ahora no estaríamos en esta situación.
—¿Quién iba a pensar que Joffrey ordenaría la ejecución de Stark?
—¿Quién iba a pensarlo, sin duda? ¿Quién mejor que nadie conoce a tu hijo, sino tú? ¿A caso no ves que es un niño ambicioso pero sin cautela o astucia alguna? Se parece más a ti de lo que crees —Tywin contempló el gran mapa de Westeros y fijó su vista en Alto Jardín, sin hacer caso omiso de su hija que se estremecía en silencio de la ira—. Por suerte aún quedan casas hambrientas de poder. Los Tyrell, con la muerte de Renly a manos de su hermano, desean una nueva alianza.
Cersei rizó los labios del odio. —¿Y planeas casar a esa furcia Tyrell con Joffrey?
Su padre alzó la vista y la contempló con hielo en los ojos. —No estaríamos en esta situación de no ser por tus decisiones. Ahora, con Jaime a manos de los Stark, y con el Banco de Hierro tras nosotros debemos asegurar una nueva alianza.
Cersei no dijo nada más. Era imposible razonar con su padre. Se marchó como llegó y decidió ahogar sus penas aquella misma noche en su primo Lancel. Jugó con Tommen, paseó con Myrcella y luego aconsejó como pudo a Joffrey pero incluso Cersei tenía que reconocer que a veces su hijo era incontrolable. Sin embargo, las sorpresas no acabaron para ella. Parecía que su padre había jugado el juego de tronos a sus espaldas con su nieto; dejándola a ella de lado como si no fuera la Reina Regente.
—Tú abuelo planea casarte con Margaery Tyrell, la viuda de Renly —le informó ella un par de días más tarde pero Joffrey no parecía preocupado—. ¿Piensas negarte? ¿Rechazarla? Tú eres el Rey.
Joffrey la miró unos segundos. —Lo sé, vino a informarme de ello en cuanto acabó las negociaciones —se encogió de hombros y jugó con su nueva espada en su regazo—. El abuelo dijo que los Tyrell serían capaces de sofocar las rebeliones del Reino y aportar riqueza. Nuestras uniones con los Tyrell serán la ayuda que necesitamos.
Las palabras de Joffrey eran claramente las de su padre puesto que sabía que su hijo no tenía la paciencia suficiente como para hablar y pensar de política. Sin duda Tywin había convencido a su nieto de que lo que planeaba era lo mejor pero claro, ¿lo mejor para quién? Cersei sabía que había mil y una damas esperando usurpar su puesto como Reina y, sin embargo, no pensaba quedarse atrás y cederle su poder a una furcia, años menor que ella, de tres al cuarto.
Entonces cayó en la cuenta. —¿Nuestras uniones? ¿A qué uniones te refieres?
Joffrey la contempló sorprendido un segundo antes de rizar los labios en una sonrisa. —Mi boda con Margaery y la tuya con ser Loras Tyrell, por supuesto.
Cersei olvidó a los Targaryen, a los Stark y el maldito secuestro de su gemelo Jaime al darse cuenta que su padre planeaba enviarla a Altojardín. De nada servía preocuparse ahora puesto que si Tywin Lannister conseguía lo que planeaba ya no sería Reina ni sería nada.
Caminó por los pasillos esa noche, desorientada, sin saber a dónde ir. Todo lo que había planeado durante años estaba casi hecho añicos y todo era culpa de su padre. ¿Cómo había podido acabar de semejante manera? ¡Ella, que había dejado su tierra atrás para ser Reina y hacer lo que le complaciera fuera del yugo de su padre! Cuán bajo había caído... Había pensado que tenía más poder que su padre al haberse casado con Robert y que, como podía controlarlo porque era un hombre simple de deseos simples, ella era la persona más poderosa del Reino. No se había dado cuenta que su padre, con su oro, había permitido que ella fuera Reina y no su boda con Robert. Había sido tonta, insensata y no había estado a la altura de su padre. Él, desde el principio, había controlado sus pasos sin que ella se diera cuenta, como si fuera una marioneta, una mujer florero, y ahora que no estaba Robert para impedirlo había venido a la capital para hilar sus hilos como si fuera su salón recreativo personal, sin que nadie lo impidiera porque, aunque odiaba a Robert, ahora se daba cuenta que había sido el único que había impedido el reinado total de su padre a través de su persona.
—Por los dioses —susurró para sí misma y vio que se había parado frente a una ventana que daba al mar en calma—... ¿qué he hecho?
Se asomó a respirar el aire puro, lejos de la podredumbre de la ciudad, y el sonido de la tela ondear le hizo girar la cabeza y contemplar la bandera de los Lannister bailar con la brisa de primavera esa noche calurosa. Como si la hubieran abofeteado se preguntó si la había hecho colgar ella, su hijo o quizás había sido su padre. No supo porqué verlo ver la bandera de su padre, a pesar de ser ella una Lannister, le hizo darse cuenta que debía hacer algo o su padre acabaría con ella. Aún así necesitaban aliados, se dijo con resignada frustración. Permitiría que su hijo se casara con la furcia Tyrrell pero encontraría la forma de deshacerse de Loras aunque tuviera que deshacerse de su propio padre.
Decidida, se dio media vuelta y fue directa a sus aposentos, seguida silenciosamente de la Montaña. A medida que se acercaba a su objetivo la idea de matar a su padre fue pareciendo más y más prometedora y al final se preguntó porqué no había pensado antes en asesinarlo. Sin su padre por el medio no tendría que preocuparse de la deuda ya pagada del Banco de Hierro, ni de Loras Tyrrell, ni de si podía atacar o no a los Stark... Tendría también sus manos las tierras de los Lannister que eran debidamente de su propiedad. ¿Por qué no? Acabaría con Tywin Lannister. Después de todo, su padre era la raíz de todos sus problemas.
Verano – 2001 DC, Jaipur (India)
Hadara observó como Draco y Blaise paseaban frente a ellos con una sonrisa, cogidos de la mano como cualquier pareja normal. Theo, rodeándola con su brazo, posó momentáneamente su barbilla en su cabeza y notó su sonrisa en su frente.
—Parecen una pareja —pensó en voz alta.
—Son una pareja —afirmó Theo con un deje de risa en la voz. Entonces se puso serio—. Al igual que tú y yo.
Hadara miró los ojos azules de su amante y comprendió lo que no le decía. Que eran más que una pareja a pesar de no poder serlo abiertamente. Siempre tenían que ir de viaje para estar juntos pero a ella no le importaba ya que le gustaba viajar y también odiaba gran parte de Reino Unido. Quizás fueran los momentos en los que su vida había corrido peligro los que le impedían recordar los buenos momentos.
—Sí —dijo ella y le dio un pequeño beso en los labios, notando su sonrisa encantada contra ellos.
Pasearon todo el día, como si fueran un grupo de amigos normal y corriente. Draco y Blaise recibieron alguna que otra mirada pero como de por sí no eran de mostrar afecto abiertamente casi parecían amigos íntimos en lugar de una pareja. Vieron todo lo que pudieron en un día, desde los múltiples castillos a los mercados y museos. A medida que pasaban las horas todos ellos empezaron a cargar con varias bolsas, aunque afortunadamente hechizadas para que no pesaran nada.
—¿Vas a dejar algo a los otros turistas? —se rió Draco y ella le hizo una mueca.
—Ja, ja. Como si luego no te pusieras las sábanas o usaras la cubertería.
Theodore y Blaise intercambiaron una mirada porque, a pesar de que estaban enamorados de ellos dos y de que éstos estaban casados el uno con el otro, parecían más bien hermanos que no marido y mujer. La sangre Black era fuerte en ambos.
—Esta noche tenemos reservas para un gran restaurante —le dijo Theo, interrumpiendo sus pullas mutuas. Los ojos de Hadara le contemplaron con adoración y él no pudo evitar sonreír otra vez. Se estaba volviendo flojo—. Para los dos solos.
Esa misma noche, mientras Hadara se cambiaba, los tres hombres se contemplaron en silencio. Sobre todo Theo que, por más que quisiera, estaba demasiado nervioso como para hablar. Si habían viajado a la India no era por sus paisajes sino por sus leyes. Allí, tanto los hombres como las mujeres, en el mundo mágico claro, podían casarse con más de una persona. Theodore ya le había pedido permiso a Draco pero lo que más le importaba era lo que diría Hadara. Sin duda alguna iba a ser extraño tener dos maridos y convivir con ellos pero como se querían de verdad dudaba que no pudieran salir a delante.
—¿Qué tal estoy?
La voz de su amante lo sacó de su ensoñación y casi se atraganta con su lengua al ver el vestido, con un corpiño de tirantes, de pedrería de platino y diamantes, y una larga falda de seda negra que apenas dejaba ver los tacones a juego. Su cabello, normalmente en una larga trenza cada cual más extravagante, estaba recogido en un moño alto con una peineta de oro blanco grabada con flores y decorada con pequeños diamantes, a juego con sus pendientes en forma de lágrima. Su rostro, en cambio, a penas iba maquillado. Tan solo máscara de pestañas y un pintalabios rojo que resaltaba su pálida piel.
—Estás preciosa —le contestó, tomándole la mano y observando el anillo de Draco, platino con una esmeralda, esperando poner uno más en su mano esa noche.
No tardaron en aparecerse al restaurante y ser sentados en una mesa previamente reservada. No estaba dispuesto a que nada saliera mal así que había reservado una mesa privada, exponencialmente más cara, pero las vistas al mar y los elegantes manteles de seda y cuadros exquisitamente pintados eran un acierto, a juzgar por las miradas interesadas de su amante. Aún así, esos ojos esmeraldas a penas estudiaron la sala unos minutos antes de posarse en los suyos y Theodore supo que, aunque hubieran cenado en un restaurante muggle del barrio más pobre de la India no le habría importado a Hadara mientras hubieran estado juntos. Lo sabía porque a él tampoco le habría importado.
Era curioso cómo cambiaban las prioridades, cómo uno doblegaba la línea recta que alguna vez creyó indoblegable por amor. Se había vuelto un romántico o quizás solo era así por Hadara, lo que era obvio es que Astoria nunca había despertado sentimiento igual. Ni un ápice. Era por eso, porque estaba donde quería estar, que la noche pasó rápida y cuando se acercó el postre se encontró sudando frío porque, a pesar de que estaba prácticamente seguro que Hadara aceptaría, no quitaba que no estuviera nervioso. Como no, ella lo notó.
—¿Y bien? —arqueó una ceja y posó las dos manos sobre la mesa, dejándola la cucharilla del té en la taza—. Llevas toda la noche inquieto, ¿estás bien?
Él rió y cogió una de sus manos mientras buscaba las palabras que se le habían esfumado de la mente. —Estoy perfectamente pero no tan bien como me gustaría. Tenía un discurso preparado pero ahora que estamos aquí, que estás conmigo, lo he olvidado, si te soy sincero.
Hadara suprimió una risa y besó la mano de Theo que estaba en la suya, con los dedos entrelazados. Theodore no pudo evitar mirar a su amante, su media mitad, con adoración. ¿Quién iba a pensar?
—Sé que le hemos dado mil vueltas: si tú no te hubieras casado con Draco, si yo no hubiera tenido que casarme con... esa, si nos hubiéramos conocido en Hogwarts... Pero las cosas son como son. Estamos casados; ambos matrimonios de conveniencia pero al menos el tuyo es feliz. Para mí no hay vuelta de hoja, estoy atrapado, o al menos durante un largo tiempo... Lo que quiero decir con todo esto —cogió aire al notar que se le secaba la boca y parecía que su corazón se le iba a salir del pecho— es que estoy aquí para ofrecerte lo que ya es tuyo, mi corazón, pero esta vez para siempre. Para decirte que no quiero esperar, que quiero estar contigo desde ahora y para siempre.
Hadara contuvo la respiración al ver el anillo de zafiros y diamantes, de oro blanco como el que gastaba habitualmente, y supo de golpe el porqué habían viajado a la India. Le pitaron los oídos porque, demonios, no iba a dejar escapar a Theodore, el hombre al que amaba, y eso significaba que se iba a casar otra vez en menos de una semana. Aún así creció en su interior una euforia porque, a pesar de todo el daño que había sufrido, ahora se daba cuenta que había merecido la pena y que no cambiaría una coma de su historia si significaba perder a su familia.
—¿Hadara, quieres casarte conmigo?
—Sí.
En cuanto tuvo su nuevo anillo, puesto quizás significativamente en el dedo corazón izquierdo, al lado de su anillo de casada y de compromiso que llevaba de forma permanente en el dedo anular, se levantó de la silla y se lanzó a los brazos estirados de Theodore, que se había arrodillado junto a ella. No supo ni cómo acabó llorando y riendo y besando a su nuevo prometido pero, cuando se levantó por la mañana, desnuda entre sus brazos, observó con una amplia sonrisa su nuevo anillo y leyó la inscripción que Theodore había hecho grabar.
—Semper tua —leyó el latín y su mente tradujo al instante—. Siempre tuyo.
Se le humedecieron los ojos sin poder evitarlo y se giró a mirar a Theodore que todavía dormido abrazado a ella. Durante un buen rato, no supo cuánto ni le importaba, observó su rostro embelesada y acarició todo lo que alcanzaba con sus manos: su rostro, su cabello, su cuello, sus brazos, su torso, su espalda... Era como ser adicta, no podía evitarlo. Al final, cuando empezó a despertarse, no pudo evitar posar sus labios en los suyos y acunar su rostro como si no quisiera soltarle jamás. Por la sonrisa de Theodore no parecía importarle en absoluto.
…...
—No puedo creer que vuelvas a casarte —le dijo Blaise, mientras buscaba un vestido de novia a última hora. Habían sacado ya al menos 20 y todavía no encontraba algo que le llamara poderosamente la atención.
—Ni yo —contestó ella.
—Mujer de poca fe —le sermoneó Draco, con una sonrisa, y de golpe sacó un vestido de novia—. Pruébate este, Dara. Espera, mejor no lo mires hasta que lo lleves puesto.
Le dio un empujón hacia el probador y le pasó a sus espaldas el vestido a la ayudante que, con una sonrisa, tuvo que ayudarla a ponerse el vestido durante casi media hora. Sin duda alguna era del estilo de Draco pero, ¿sería el suyo? Al parecer estaba preciosa porque cuando salió Draco y Blaise no tenían palabras; la miraron con la boca abierta en silencio hasta que su marido se levantó para cogerle la mano.
—Estás perfecta. Mírate.
Se giró con el corazón encogido y se le cortó la respiración al mirarse. Era un vestido magnífico, de color marfil, con escote sin tirantes en forma de corazón lleno de pedrería de diamantes que debían costar una fortuna, la falda era larga e imponente, estilo baile, de tul, con bordados de encaje en los extremos y alguna que otra filigrana en la parte superior. La cola del vestido era enorme, muy dramática, pero la ayudante le aseguró que podían sustituirla por una más corta. Aún así, podía verse con un moño y largos pendientes de diamantes a juego con una gargantilla.
—Es perfecto —dijo, cuando pudo hablar, y Draco y Blaise se acercaron a abrazarla cuando rompió a llorar de tantas emociones que sentía.
Al final, después de programar los retoques con la modista, Draco pagó por el vestido y le impidió que viera el precio cuando casi se desmaya al ver más de seis ceros seguidos. Blaise apareció con un pequeño maletín y, como sospechaba, eran joyas magníficas de diamantes y zafiros.
—Estos son nuestros regalos de boda, Dara, déjanos hacer esto por lo menos.
—Theo debe estar dando los últimos retoques al banquete y asegurándose que todo está como diseñaste —le informó Draco, mirando la hora.
A penas había tenido 6 días para buscar un restaurante, planear la comida y las decoraciones, buscar un lugar para casarse, enviar invitaciones a las personas más cercanas y conseguir un traslador internacional para sus invitados. Así como decoraciones, regalo de bodas, contratar fotógrafo y una banda de música... De solo pensarlo le dolía la cabeza. Al menos eran 4 personas planeando una boda porque si hubieran tenido que ser ellos dos solos se habría vuelto loca. Theodore, además, también estaba planeando su viaje de bodas así que a penas le había visto en días.
—Ya verás que pasarán estas 24 horas en un abrir y cerrar de ojos —le dijo Draco, peinándole el cabello esa misma noche—. Antes de que te des cuenta ya estarás nuevamente casada.
Entonces tuvo una idea y se disgustó consigo misma por no haberlo pensado antes. —¿Y tú y Blaise? ¿Por qué no os casáis también?
El rostro de Draco se ensombreció y suspiró agotado. Dejó el peine en la mesita de noche y se tumbó en su cama, como hacía a veces en la Mansión Malfoy. De repente se dio cuenta que no era la única que sufría y que su felicidad repentina le había hecho olvidar los problemas de su marido. Justo cuando iba a abrir la boca él habló.
—Su madre le va a casar con una mujer italiana, de prestigio según parece —siseó él y Hadara se quedó muda de la sorpresa.
—¡Pero Blaise no tiene ningún contrato! —dijo ella, sorprendida por las noticias.
—No, pero su madre sabe lo nuestro —los ojos de Draco brillaron, no sabía si de la ira, la frustración o por el dolor que sentía, y se tumbó a su lado, abrazándolo.
—¿Le está chantajeando? —preguntó en un hilo furioso de voz. Tembló de la ira al pensar que una madre haría eso a su propio hijo.
—Así es la vida. Ahora céntrate en tu boda, querida, tarde o temprano arreglaremos esto entre todos.
—Tarde o temprano —asintió, y juró para sus adentros que lo arreglarían no importaba el precio.
…...
Cuando despertó no pudo ni siquiera ponerse nerviosa porque aparecieron las estilistas que había contratado, la modista, el fotógrafo, los asistentes y, para más inri, sus amigas damas de honor. El rostro de Hermione era una mezcla de desaprobación y resignación pero, al final, solo suspiró y le ayudó a vestirse y a colocarse las joyas.
—Hermione solo quiere que seas feliz —le dijo Ginny, secándole las lágrimas que no habían caído— pero eso no quita que sea nacida de muggles.
—Lo sé.
Sin comerlo ni beberlo se encontró entrando en uno de los salones más hermosos que había visto, propiedad de la Mansión que habían comprado para la boda. Allí, parado frente el altar, estaba Theodore con un esmoquin negro. Esa misma noche, al amparo de la oscuridad y lejos de los ojos especulativos de sus amigos, realizarían un ritual mágico que los uniría para siempre pero ahora se conformaba con decir sí quiero.
—Puede besar a la novia.
Los ojos penetrantes de su nuevo marido la observaron un segundo, grabándola en su memoria, y luego la besó. Era uno de esos momentos en los que no podía centrarse en las flores, ni en las caras de sus amigos, ni en la música... Sus ojos se habían clavado en el hombre al que amaba y todo lo demás se había desvanecido. Era como si existieran únicamente ellos dos. No se acordaba de sus deberes como Lady Malfoy-Potter-Black, ni de las preocupaciones de Blaise ni de su primer marido, ni de la furcia de Astoria, ni las malas caras de algunos. Simplemente, se dejó ir.
