CAPÍTULO 6 – ALIANZAS FALLIDAS
2005 DC, Corfú (Grecia)
La isla era una gozada, como solían serlo todos los parajes del Mediterráneo. Theodore observó a su segunda, y para él única, esposa tumbado en la hamaca que ella misma había conjurado de la nada. Apenas vestía una túnica carísima que Blaise le había regalado para su cumpleaños ese mismo verano, hecha a mano y de seda de satén italiano que ciertamente no estaba pensada para ponerse en una simple visita a la playa. Sus ojos azules observaron las curvas bien proporcionadas de la única mujer en toda la playa y vio cómo el bañador negro semi transparente no podía ocultar el ligero relieve de su estómago. Estaba embarazada.
—¿Dónde estabas? —le preguntó Hadara, tendiéndole una mano con pereza y dedicándole una sonrisa—. Te hemos echado de menos.
Theodore le sonrió, desmarcándose de su semblante normalmente serio, y le dio un beso como solía hacer siempre que podía. Era un vicio irresistible.
—Habla por ti —terció una voz, burlona—. Draco y yo estábamos muy bien acaparando toda tu atención.
—¡Pero si no paráis de morrearos! —rió Hadara, ignorándolos y cogiendo su rostro para volver a posar sus sonrientes labios en los suyos.
Theodore la dejó apoderarse de su boca. La besó con pasión, nunca se cansaba de demostrarle lo mucho que la quería y la amaba. Habían pasado años desde que se conocieron como es debido y años también desde que se casaron. Mucho tiempo desde que desterró a Astoria a una casa a su nombre y negándole acceso a la fortuna Nott. De haber sido un matrimonio infeliz normal y corriente Theodore no habría podido negarle a Astoria parte de su manutención y el acceso a las propiedades que compartía gracias a llevar su apellido pero como no eran un matrimonio infeliz normal, sino que Astoria había incumplido su parte del contrato que los había unido, la cosa era muy distinta. Sabía que le carcomía tener que cuidar de su bastardo ella sola, con la ayuda de un elfo que su familia de sangre había sido tan amable como para prestarle, con el dinero que le daba mensualmente su primer amante pero ella había metido la pata; ella había querido jugar con él sin pensarlo dos veces y Theodore no era tan estúpido como para dejarse pisotear. Se preguntaba cómo se sentía al darse cuenta que, a pesar de que las cosas habían empezado mal para él, la que estaba condenada por sus propias acciones era ella. Si solo se pudiera deshacer de ella para siempre y estar con Hadara... pero para su mala suerte el contrato era final. Solo la muerte, por causas naturales, una vez tuvieran un heredero barón para la Familia Nott los separaría; y eso no iba a pasar nunca. Podría haber adoptado formalmente al bastardo de Astoria pero solo habría tenido acceso a su fortuna, no a la magia de familia, lo que significaba que el contrato por el que tanto había sufrido no habría servido de nada y lo peor sería que al morir todo quedaría en manos del bastardo de su infiel esposa. Antes moriría que permitirlo.
No cambiaría su vida por nada del mundo pero siempre, en lo más profundo de su ser, se preguntaba cómo habría sido la vida si Hadara hubiera sido su primera y única esposa. Luego pensaba en Blaise y Draco, en el pequeño Scorpius de casi 3 años, y decidió que el destino había sido sabio y que él no podía quejarse de cómo habían sucedido los acontecimientos en su vida. Ahora era su semilla la que crecía en Hadara. No sabían si era niño o no aunque ya estaba embarazada de 4 meses; lo cierto es que ambos querían que fuera una sorpresa. Una parte de él deseaba que fuera niño porque significaría que su Familia tendría continuación, que después de su muerte los Nott seguirían existiendo. Su Heredero sería alguien a quién estaría orgulloso de ceder las riendas de su Familia porque sería su hijo con la mujer a la que amaba. Una combinación perfecta. Otra parte de él rogaba porque no fuera niña ya que lo último que quería ver era como otro hombre, años en el futuro, le arrebataba a su pequeña. Hadara, como no, solo le miró exasperada.
—¿Qué más da, si es niño o niña? Hasta el día en que muramos, incluso en el más allá, seguirán siendo nuestros niños.
Y, como siempre, el sentido común, a veces impactante, de Hadara superó cualquier preocupación.
Se sentó a su lado, abrazando a su esposa, y observó las olas y el atardecer en su playa privada sintiendo que en ese mismo si moría lo haría totalmente feliz.
2006 DC, Snowdonia (Gales)
—¿Me estás diciendo que el hijo de Astoria no es tu hijo? —le preguntó su madre, incrédula.
Su abuelo y su padre, la última familia que le quedaba además de su madre, solo observaron. Al parecer ellos habían visitado Gringotts más a menudo de lo que pensaba puesto que no parecían sorprendidos.
—No —contestó firme y secamente—. Solo tengo un hijo, hija en este caso, y se llama Aurora Nott-Potter-Black.
Solo mencionar el nombre de su pequeña era capaz de estirarle los labios en una sonrisa que rápidamente suprimió. Su abuelo tenía un deje divertido en los ojos mientras que su padre, que había sido un acérrimo mortífago ahora en sus últimas, solo suspiró y pareció aceptar que el mundo en que había creído vivir había desaparecido y que su nieta era lo único que le quedaba.
—Con razón siempre he pensado que ese bastardo no se parece nada a un Nott —musitó Thadeus Nott, sentado con una copa en mano.
—¡Cómo puedes decir eso! —le reprochó su madre, Sofia, y su padre le lanzó una mirada de soslayo amenazadora—. ¡Durante años hemos creído que era nuestro nieto!
—De hecho sospechábamos desde el principio —cortó su abuelo, Theodred, y su padre asintió—. Al visitar Gringotts nos dimos cuenta que Basil no es hijo de Theodore. Solo aparece como hijo de Astoria, lo que deja claro su parentesco.
Su madre estaba furiosa en su asiento, en silencio, y lo vio. —Espero que la noticia de mi hija quede en familia. No me gustaría que llegara a oídos de Astoria, ¿queda claro, madre?
Sofia Nott le miró fijamente. Todos sabían que Sofia era partidaria de Astoria. La creía la mujer perfecta para su hijo y la candidata apropiada para aprender a ser Lady Nott bajo su influjo. Lo que no había contado era con el odio que le profesaba su hijo Theodore a la esposa que ella misma había elegido. Desde que le obligó a aceptar aquel contrato su hijo había cortado casi todos sus lazos con ella. No entendía lo que Sofia estaba haciendo por él y por los Nott. Cuando Astoria se quedó embarazada pensó que todos los problemas habrían acabado, y mejor aún, el bebé resultó ser niño. No se imaginó que aquel bebé no era su nieto, ni siquiera comprobó la paternidad en Gringotts porque creía que por fin Theodore estaba viendo la luz y empezaba a comprender las razones de tal unión. Incluso le había mandado dinero a Astoria cuando Theodore la rechazó y la envió lejos, pensando que ya no quería saber nada más de ella ahora que tenía un Heredero. Que equivocada había estado.
No solamente Basil no era un Nott, era además un bastardo y para rematarlo Theodore se negaba rotundamente a saber nada de su esposa. ¿Cómo iba a tener un Heredero legítimo? Y lo peor de todo, Theodore había cometido la insensata estupidez de empezar una relación con Hadara Malfoy-Potter Black. No sabía si reír o llorar. Esa mujer era todo lo contrario que Astoria. Mientras que Astoria era comedida, obediente, dependiente y una necia, Lady Malfoy-Potter-Black era fogosa, irreverente, independiente y ladina. Astoria era fácilmente controlable y manipulable pero le costaba imaginar cómo haría tal cosa con la mujer que mató a Voldemort y la que acabó con su era de terror. De haber sido su madre Andrómeda Black, por ejemplo, Hadara habría sido la candidata perfecta para su hijo. Para colmo tenía un marido anterior a Theodore, Draco Malfoy, y un hijo con éste, Scorpius. ¿Por qué, por Morgana, Astoria había sido tan tonta como para caer en la trampa y dejarse embarazar sin sentido? Todos sus planes se habían ido a pique. A no ser que hiciera algo para remediarlo. Justamente tenía el títere perfecto.
Esperó semanas para despistarlos a todos. Se negó a ver a su nieta, Aurora, cuando Theodore los invitó a Grecia, donde residían, para conocerla. Su marido y su suegro fueron encantados por dejar Inglaterra y ella aprovechó la oportunidad para visitar a Astoria.
—Tengo noticias —le dijo nada más llegar.
Astoria la recibió con un par de besos y semblante sobrio, como era normal. —¿De qué se trata?
Pero Sofia se quedó mirando al niño de 7 años, el que había creído que era su nieto, mientras tocaba el violín tutelado por un maestro pianista. Lo grabó en su memoria, como si no fuera a verlo jamás, y decidió que si quería arreglar las cosas y devolver la rectitud a su familia Aurora no sería la única que debería morir. Aún así tenía 4 años para deshacerse de él antes de que llegara la carta de Hogwarts.
—Theodore ha concebido una niña, Aurora.
Astoria perdió el aliento y se tuvo que sentar de golpe. ¿Theodore? ¿Tenía una hija? Los pensamientos se arremolinaban en su mente pero pronto sintió un divertimento malicioso. Ahora ambos tenían algo que habían jurado no tener jamás: un bastardo. Sofia vio la sonrisa cruel en los labios de su nuera y cortó de raíz su triunfalismo. A pesar de haber elegido ella misma a Astoria no podía soportar que nadie se creyera mejor que su propio hijo.
—No tan rápido querida Astoria —habló ella, dulce como la miel—. Theodore se casó antes con su madre, mucho antes. De hecho considera a esta mujer su verdadera esposa y, aunque no me guste reconocerlo, su matrimonio mágico es legal a ojos de la magia...
Todo lo que había sentido momentáneamente, el sentimiento de malicia, se convirtió en rencor y deseos de venganza. Claro que Theodore Nott había sido tan inteligente como para no caer en el mismo cepo que ella. El resentimiento ardió en lo más profundo de su ser. Primero hacia su marido y después hacia su nueva esposa.
—¿Quién es ella? —preguntó con un hilo de voz, incapaz de hablar.
—Lady Malfoy-Potter-Black —contestó sonriente Sofia.
Lo cierto es que Hadara Potter no le caía ni bien ni mal. Sofia era una de esas personas que cogían lo que la vida les daba y avanzaban sin mirar atrás. Le había servido de mucho y le había ahorrado penas y remordimientos. Theodore tenía buen ojo. Había elegido a la mujer más poderosa del Reino Unido y, seguramente, una de las más influyentes de Europa. Sin embargo, no era la mujer que ella había elegido. Castigar a Astoria, la furcia primera esposa de su hijo, con el nombre de su segunda esposa era magnífico, e hiriente. De hecho, pocas artimañas tendría que utilizar para encarrilar a Astoria y manipularla.
—¡Cómo se atreve! ¡Con ella! —gritó Astoria y Basil dejó de tocar el violín.
—¿Madre?
—¡Ve a tu habitación, Basil! Eso será todo por hoy, Maestro Baugman —despidió Astoria, manteniendo la compostura a retazos. Ambos hicieron lo que ordenó sin rechistar.
Sofia se sentó con elegancia en el diván. —¿Has acabado ya?
—No. Quiero matar a esa mujer, quiero matar a esa maldita niña... —le confesó en un susurro furioso Astoria.
—No puedes —le dijo llanamente ella—. Si lo haces Theodore sabrá que yo te lo he dicho, ¿y quién crees que morirá entonces? Tú, tu hijo y yo, por supuesto. Incluso la mascota de tu hijo, si tuviera, moriría. Mi hijo es el hijo de Thadeus Nott, después de todo.
Astoria tembló al recordar las hazañas del antiguo mortífago. Había torturado, perseguido, cazado, matado a sangre fría... Y Theodore era su hijo sin ninguna duda. Quizás no había puesto en práctica ni la mitad de las aberraciones que había cometido su padre pero Theodore la mataría sin pensarlo si tocaba un solo pelo de la cabeza de la esposa que él mismo había elegido y con la que había tenido descendencia. No cabía duda que Theodore estaba enamorado de Hadara y, por supuesto, su hija Aurora sería muy querida.
Apretó los puños porque Sofia tenía razón. Estaba furiosa y quería hacerle daño pero si Theodore descubría que había sido ella... Un escalofrío le recorrió el cuerpo. ¿Qué podía hacer entonces? ¡No podía dejar las cosas así! ¿Qué lugar habría para ella y su hijo ilegitimo?
—Debes esperar el tiempo suficiente para que todos piensen que no vas a hacer nada y cuando todos te olviden, atacar.
—¿Por qué vienes a mí? —preguntó Astoria, cruzándose de brazos.
—Porque no puedo permitir que ocurra esto a mi familia. Tú eres la verdadera esposa de mi hijo y ahora mismo mi hijo no tiene Heredero legítimo —dijo con fingido pesar Sofia—. Incluso teniendo a Basil... Theodore nunca lo aceptará, como es obvio y normal, y todo el mundo sabrá de su verdadero parentesco. No puedo permitirlo Astoria. El futuro de los Nott hecho trizas.
Astoria miró en la dirección de su hijo. Si bien no le amaba como una madre debería hacer era su hijo y había cuidado de él todo este tiempo. Aún así, no podía engañarse. Aunque matara a Aurora y a su madre Theodore nunca aceptaría a Basil y eso la dejaba en muy mala posición. ¿Qué hacer, entonces?
Primavera – 299 AC, Castillo Negro
Jon Snow miró por la ventana, contemplando el nevado paisaje. Todo era blanco o negro. Había estado tan seguro de dejar Invernalia que hubiera sido una tontería pensar que se arrepentiría, pero lo hacía. Un año después estaba lleno de remordimientos. No es que quisiera volver a Invernalia y vivir con sus medios hermanos con locura pero tenía que reconocer que ser un guardián de la noche no era lo que él había esperado. Estaba acompañado de antiguos caballeros que, por alguna razón desconocida, habían sido enviados a servir al Castillo Negro y que, como eran de alta cuna, le repudiaban por ser una mancha en el historial casi impecable del honorable Lord Stark. Sus otros hermanos vestidos de negro eran violadores, asesinos y otros bastardos... personas de procedencia pobre, algunos incluso vagabundos, que habían cometido delitos, algunos para sobrevivir, que los habían visto encarretillados hacia el Norte. Ellos le miraban a él, cuando creía que no podía verlos, preguntándose porqué demonios daría su libertad eligiendo el Castillo Negro cuando había vivido a salvo y a gusto en Invernalia. Por supuesto también le odiaban. Así era, se encontraba repudiado por todos. Dormía con un ojo abierto y con su lobo, Fantasma, a su lado permanentemente.
Como estaba solo la mayor parte del tiempo, a pesar de estar rodeado de otros camaradas entrenando, patrullando y comiendo, contemplaba todo lo que había por contemplar. Su mente era su único amigo y aliado. El primer sentimiento desconcertante había sido echar de menos. Echaba de menos a sus medios hermanos, sobre todo a Arya y a Robb; echaba de menos sus aposentos en el Castillo y el Castillo en sí mismo, las tierras que lo rodeaban libres de peligro, verdes y vivas; echaba de menos levantarse sin estar helado de frío o sin preocuparse por ser apuñalado en la espalda... Aunque lo esperaba, le había sorprendido sentirse tan nostálgico. Había sido él mismo quien había decidido dejar Invernalia, no podía reprocharle a nadie sentirse así. Había marchado para evitar a Catelyn, quien desearía que estuviera muerto, y también para evitar a su padre el mal trago de decidir qué podía hacer con su hijo bastardo. ¿Casarlo? ¿Enviarlo a Essos? ¡Já! Prefería que se le congelaran las pelotas antes que dejar que decidieran algo del tal magnitud por él.
Cuando pasaron unas semanas, unos meses, en el Castillo Negro supo que no podía negarlo más. Había dejado Invernalia por una inmensa tristeza que le consumía y que, sin embargo, seguía consumiéndole. Era como un agujero negro en su pecho, como si hubiera perdido algo inmenso que le hiciera sentirse completo, algo que no recordaba, algo que no sabía qué era, algo que le hacía sentirse totalmente deprimido en los momentos más extraños: la visión de una niña pequeña, contemplar un beso de amor, una sonrisa íntima, un par de amigos riendo juntos... Este sentimiento le estaba volviendo loco en Invernalia, por eso se fue. Por las noches, solo en su cama, contemplaba el techo negro y se le hacía un nudo en la garganta porque se sentía más solo e incomprendido que nunca. Se iba a dormir con desesperación por un momento de alivio pero desde que había llegado al Castillo Negro solo encontraba angustia, deseo y un dolor que le hacían saltar las lágrimas y retorcerse en su cama. Cada noche soñaba sin control. Veía parajes que nunca había visto, sentía remolinos de emociones que eran suyos y, a la vez, le extrañaban. Esa noche no iba a ser distinta.
Notó en sus pies desnudos la arena, fina y caliente, acariciarle la piel y abrió los ojos cuando se dio cuenta que los tenía cerrados mientras disfrutaba del cálido verano. El sonido del mar llegó hasta sus oídos, tranquilo y sereno, como una madre meciendo a su hijo en su pecho. Lo primero que vio fue el agua cristalina, pura y exótica, era celeste como el cielo despejado y brillaba radiante bajo el sol, se extendía hacia el horizonte, como si no tuviera fin y cubría la tierra como un velo turquesa de seda líquida. La arena era blanca, pura, y fina y la brisa marina estaba llena de olores de flores y árboles frutales, y a sus pies un pequeño castillo de arena obra de un niño.
No era el paisaje lo más bello de todo sino sus emociones. Cerró los ojos cuando notó el picazón de las lágrimas y sonrió al darse cuenta de porqué los tenía cerrados para empezar. En su interior se arremolinaban los sentimientos más hermosos que jamás había experimentado: alivio, tranquilidad, paz, felicidad, excitación y amor. Estaba tan lleno que parecía que le iban a salir por la boca, en un jadeo, como si fuera incapaz de contenerse y chillar a pleno pulmón cuanto amaba y lo amado que era a su vez. Amor correspondido.
Escuchó las risas de un niño en la brisa y quiso abrir los ojos para verlo pero no pudo. Las risas de una mujer se mezclaron, reía contenta, feliz, despreocupada y, ¡oh, cuánto deseaba abrir los ojos y mirar! Sintió desesperación al darse cuenta que no podía verlos, que si no abría los ojos ahora y miraba nunca podría ver a la mujer que le amaba y al niño que reía cuando jugaba a su lado. Las risas se fueron desvaneciendo y él abrió la boca para suplicarles que no se fueran pero enmudeció. Inconsolable e impotente empezó a sollozar una vez más. Como cada noche.
Cuando estuvo solo y su alma lo supo pudo abrir los ojos y lloró en aquella playa preciosa, solo y abandonado, derrotado frente al castillo de arena como si fuera su posesión más preciada. Un graznido le sacó de su dolor y vio que parado en una rama de un árbol, en primera línea de playa, había un cuervo pero no era un cuervo cualquiera. Era el mismo cuervo que le visitaba cada noche al acabar su pesadilla, dispuesto a llevarlo de nuevo a la cruda realidad. Sus tres ojos le miraron fijamente y abrió los ojos una última vez.
Se levantó jadeando como cada noche, cogiendo su espada. Fantasma le miró desde el suelo pero no se movió. Era como cada noche. Se tumbó de nuevo en la cama y contempló el techo. Se estaba volviendo loco.
Ese mismo día le tocaba ayudar al Maestre Aemon como castigo. Era un hombre anciano, de cabello blanco, y ceguera desde hacía mucho tiempo. Él no sabía que era Jon Snow, el bastardo de Lord Stark, a menos que se lo dijera así que ordenó los pergaminos y libros en silencio, con ese horrible pesar en su alma que le perseguía cada día de su existencia.
—¿Eres siempre así de silencioso, hijo? —le preguntó el Maestre y le sonrió en su dirección.
—Supongo que tengo motivos para no abrir la boca —contestó él, casi burlón.
—¿Cómo cuales? ¿El hecho de que los hombres nobles que residen aquí así como los de baja cuna de repudien por tus orígenes y decisiones?
—Eso mismo.
El Maestre se quedó en silencio, meditando. —No les profeses daño alguno. Al fin y al cabo, todos y cada uno de ellos te repudian porque tuviste elección pero un hombre no puede decidir el destino de otro.
Jon se lo quedó mirando, sorprendido, y asintió aunque el Maestre Aemon no lo vio. Continuó quitándole las dos capas de polvo que parecían tener todos los libros y fue ordenando tal y como le habían dicho que hiciera. Pensativo, casi cabizbajo. ¿Qué era llorar delante de un ciego? Tiempo perdido. Sin embargo, el Maestre siguió hablando él solo. Primero de los libros, luego del Castillo, después de los hombres... parecía tener palabras para todo, hasta que llegó su turno.
—Hay algo más que te come por dentro, ¿no es así? Soy ciego, y viejo; lo que mis ojos no ven lo ven mis otros sentidos y lo que mi cuerpo débil no puede hacer lo hace mi mente. Algo me dice que hay algo en ti distinto y mis ojos no me pueden engañar nunca más. Entonces, ¿qué es?
Jon se quedó en silencio, quieto, con el corazón en un puño. —¿Por qué cree que soy distinto? ¿Acaso no soy un hermano de la noche más?
—Un hombre puede ser padre y hermano a la misma vez, amigo y enemigo también. Depende del punto de vista.
Se hizo un silencio en el que ambos dejaron los pretextos y cavilaron para sus adentros. Al final, cuando vio que era inevitable, decidió al menos contarle lo que le pasaba. Seguramente no sería nada.
—Cada noche cierro los ojos y sueño con parajes que no he visto nunca. Sueño con sentimientos que no he sentido nunca pero que, sin embargo, me corroen estando despierto —Jon se avergonzó por lo que estaba diciendo y lo que iba a decir—. Desearía que lo que sueño, lo que siento, fuera real. Desearía no sentirme... vacío.
—¿Y dices que sueñas cada noche? —preguntó, curioso, el Maestre Aemon—. ¿Y no ves a nadie en tus sueños?
—No. A veces escucho risas de niño, risas de mujer, voces a la lejanía hablando... Pero nunca puedo verlos, por más que quiero no puedo —Jon cerró los ojos llenos de lágrimas que no pudo contener—. Me atormentan toda la noche, tentándome, hasta que al final viene el cuervo y sé que voy a despertarme, que no se me permite estar allí.
El Maestre dio un respingo en su asiento. —¿El cuervo?
—Sí, un cuervo muy extraño de tres ojos.
Jon miró al suelo, otra vez avergonzado por sus sueños extraños e irreales. No vio al Maestre Aemon palidecer en su silla y mirarle con esos ojos cegados fijamente.
—Seguro que no es nada —dijo Jon al final, cuando no habló el Maestre.
—Los sueños no son poca cosa, chico —le recriminó el anciano—. Harías bien en recordar lo que sueñas, quién sabe si algún día no te sirva de algo.
A la mañana siguiente Jon se dirigió de nuevo a la biblioteca del Castillo pero fue interceptado por Ser Alliser, con rostro furioso y asqueado a la vez.
—Ven. Lord Comandante cree que ya es suficiente castigo.
Esa misma mañana fue transferido a un pelotón de exploradores, para su sorpresa. Creía que iba a estar castigado mucho más tiempo después de intentar apuñalar a Ser Alliser. Quería arrepentirse pero su padre no era un traidor.
Primavera – 299 AC, Foso Cailin
Ned observó en silencio como Catelyn se secaba las lágrimas con un pañuelo que Sansa le había cosido años atrás. Hoster Tully había fallecido después de 3 años de enfermedad. A nadie le había tomado desprevenido la noticia, ni siquiera a su esposa, pero Catelyn se había negado a aceptar que su padre iba a morir, como si todavía fuera una niña de 10 años que creía a sus padres invencibles en lugar de la mujer hecha y derecha que era. A Ned le había pasado lo mismo, simplemente que él había tenido tiempo para hacerse a la idea de que quizás la muerte era algo más inoportuna e insospechada de lo que había creído jamás.
El entierro había sido sobrio y elegante. El día había sido esplendido con el sol reluciendo por las cristaleras del Septo e iluminando el ataúd finamente tallado como si adentro no hubiera un cadáver. Lysa había llorado toda la ceremonia, en silencio, pero Catelyn se había negado a dejar caer una sola lágrima. Edmure parecía un amasijo de sentimientos, como dolido por la pérdida de su padre, aliviado porque ya no sufriera más en su lecho de muerte y nervioso por ocupar el lugar del difunto Hoster Tully. Él lo había observado todo desde lejos, bajo un triste disfraz, porque todavía era un hombre buscado con enemigos por doquier. El único lugar de todo Westeros donde podía mostrar su cara era en el Norte y sabía que hasta que no acabaran con la dinastía de los Lannister sería hombre muerto ya fuera mañana o dentro de unos años.
De hecho, esa era la razón por la cual había aceptado un trato con los Targaryen. No solamente tenían, en un lugar recondito y seguramente vigilado, a Jamie Lannister sino que eran los únicos que, irónicamente, podían acabar con la tiranía de los Lannister. Robert Baratheon había sido su amigo pero durante esa década que cada uno pasó en sus respectivos hogares había cambiado. Ned seguía siendo el mismo pero Robert no. Eddar Stark seguía siendo un hombre honorable, justo y valiente pero Robert ya no era el mismo caballero con ideales dignos de ser defendidos aunque, mirando atrás, se preguntaba si había conocido bien a su amigo.
—Solo son engendros de dragón —la voz poderosa de Robert hizo eco en su cabeza antes de poder acallarla.
El mismo hombre que vio los cuerpos de Rhaenys y Aegon Targaryen, asesinados a órdenes de Twyn Lannister y, en lugar de condenar tal vileza simplemente los observó desde su nuevo trono y se mofó llamándolos engendros de dragón. Ned había dejado Desembarco del Rey poco después para ir en busca de su hermana y cuando Lyanna murió dejó el Sur y volvió a su tierra, al Norte, con la esperanza de dejarlo todo atrás y reconstruir su familia. Brandon, Lyanna y su padre muertos, Benjen exiliado voluntariamente al Castillo Negro y solo le quedaba Catelyn, quien era la futura esposa de Brandon, a quien amaba, y en ese entonces se convirtió en su propia esposa. Cuantas vueltas daba la vida.
—¿Cuánto tiempo vamos a quedarnos aquí, Ned? —le preguntó Catelyn, recuperando la compostura en la privacidad de su tienda—. Sabes que somos vulnerables tan cerca de Los Gemelos. Además, este lugar es un infierno. Todo aquí me da escalofríos.
—Solo serán un par de noches. Nuestros hombres llevan 3 días sin descansar desde que salimos de Aguasdulces, Cat —le dijo él.
Catelyn frunció el ceño. Quería volver con sus niños pero Ned tenía razón. —Está bien. Haré que preparen nuestra cena y nos la traigan cuanto antes.
Cuando se quedó solo se encontró cavilando en silencio, para sus adentros, la alianza con los Targaryen. Extrañamente era Daenerys Targaryen, la Mano de Viserys Targaryen, quien le ofrecía una alianza. Todavía recordaba las palabras de Oberyn Martell aquella noche en Invernalia. La mujer pelirroja había desaparecido días antes con Jamie Lannister y un par de Inmaculados le habían llevado a su casa con su hija Arya. Al día siguiente apareció Oberyn Martell con su sobrina, Arianne, acompañados de unos cuantos guardias sureños.
—¿Qué es lo que quiere? —preguntó Ned cuando se encontró a solas con ambos príncipes.
—Me envían para hablarle de la alianza de los Stark con los Targaryen —sonrió Oberyn.
—¿Y qué pintan aquí los Martell? —preguntó él, malhumorado.
—Pronto seré Arianne Targaryen, Lord Stark —habló por primera vez la belleza de cabellos negros—. Dentro de muy poco, para ser exactos.
—¿Una nueva alianza con los Targaryen? —Ned tomó vino de su copa cuando notó su pierna dolerle—. Ya lo he visto antes.
—Sí, efectivamente —dijo Oberyn, con rostro serio— pero ahora no es Aerys Targaryen quien mueve los hilos.
Ned caviló en silencio. —¿Y quién es?
—Daenerys Targaryen, su hija.
—¿Daenerys? Solo debe tener 14 años, si llega —pocas veces se sorprendía pero escuchar que su rescate y el secuestro de Jamie Lannister eran manipulaciones de una adolescente era extraño y de atónito—. ¿Y cuáles son sus condiciones?
—Daenerys quiere la propiedad del Foso Cailin para asentar parte de su ejército, el cual entrará al continente mediante una flota de barcos que tomarán tierra en Puerto Blanco. A partir de ahí, una vez que el ejército Targaryen esté asentado en Foso Cailin sin que nadie sepa de su presencia, Daenerys pide utilizar parte de su flota oeste, previamente movilizada en el Dedo de Pedernal, para atacar las Islas del Hierro y hacerse con todas sus tierras.
—¿¡Atacar las Islas del Hierro!? —exclamó Ned. Había visto muchas estrategias militares en su vida pero no una tan descabellada—. ¿Ya sabe Daenerys Targaryen que Theon Greyjoy es mi pupilo y prisionero de guerra?
—¿Cree que eso le importa? —se mofó Arianne antes de que pudiera hablar su tío—. Le diré exactamente lo que me dijo: recuérdale a Eddar Stark que los Greyjoy también se rebelaron contra los Baratheon, ¿quién les impide volver a hacerlo?
Oberyn bebió de su copa. —Lo cierto es que tiene razón. Los Greyjoy aprovecharan una debilidad en las guerras venideras y me pregunto a quién atacarán. ¿A los Lannister, que tienen el poder, y un gran ejército, ahora? ¿A los Tully, quienes están tan acostumbrados a los Greyjoy que tienen apostadas permanentemente unas cuadrillas en la costa para repelerlos? O quizás... ¿A los Stark, cuyas tierras son tan extensas que su ejército está disperso y sería incapaz de afrontar un ataque sorpresa de haberlo? ¿A los Stark, que retienen hoy en día al Heredero de las Islas del Hierro? ¿A los Stark, quienes representan todo lo contrario de lo que un verdadero Greyjoy aprecia?
Eddar se quedó blanco. Era cierto que su ejército estaba disperso y también que podrían tomarlos por sorpresa si los Greyjoy reunían una fuerza considerable. No obstante, los Greyjoy habían recibido tal castigo en las antiguas rebeliones que su ejército había sido cortado en dos; no había creído que fuera necesaria una acción cautelar teniendo además a Theon en Invernalia.
—Daenerys teme que sus nuevos aliados, los Stark, estén en peligro.
—¿Y de qué iba a servirnos atacar las Islas del Hierro ahora? ¿Qué pasaría si está equivocada?
—No hay equivocación, Lord Stark —casi le recriminó Arianne con rostro severo—. Esas islas serán de los Targaryen tarde o temprano. No solamente le harán un favor a los Siete Reinos cuando logren acabar con los ideales sanguinarios y crueles de los Greyjoy sino que además tendrán una tierra fácilmente defendible que estará cerca de las tierras de los Stark, los Lannister y los Tully.
Entonces Ned lo comprendió. —Planea emplear esas tierras sin que nadie sepa que están allí.
—Así es.
—No.
Oberyn y Arianne parecieron sorprendidos. —¿No? ¿Piensa negarse a dicha alianza?
—¿Acaso es idiota? —le preguntó verdaderamente curiosa Arianne, sin contenerse.
Ned le lanzó una mirada furiosa. —Cuando tengas mi edad y hayas vivido la mitad de las guerras que yo he librado quizás vaciles más a la hora de dejarle parte de tus tierras a una niña de 14 años para que entre su ejército y masacre una Familia entera con la ayuda de tu flota.
Arianne se levantó de golpe, con los ojos refulgentes de ira. —Comete el error de pensar que los Targaryen dejarán que una simple negativa pare sus planes, Lord Stark. No solamente es muy posible que los Greyjoy se vuelvan a rebelar sino que además los Targaryen tienen la única pieza canjeable de este juego para liberar a su hija Sansa.
—¿Así que esta es la alianza que propone Daenerys Targaryen? ¿Amenazarme con la libertad y la vida de mi hija cuando no consigue lo que quiere? —se levantó también Ned, con la pierna engarrotada del dolor. —Marchaos, no quiero saber más de esta locura.
Arianne abrió la boca para reprocharle pero Oberyn le cogió el brazo, tranquilizador. Así acabaron las propuestas de alianzas. Ned fue incapaz de seguir escuchando nada en cuanto supo de los planes más inmediatos de los Targaryen. ¿Más sangre? ¿Sangre derramada por lo que pudiera pasar?
Antes de que pudiera arrepentirse de cómo había conducido la charla llegó el Maestre Luwin con la noticia de la muerte de su suegro. Los próximos días los pasó preparándose para ir de incógnito a Aguasdulces en compañía de Catelyn, quien se negaba a dejarle solo en Invernalia. Aunque era una mala idea salir de sus tierras accedió de mala gana. Hoster Tully había sido un gran aliado suyo y no podía hacerle el feo de no ir a despedirlo, no mientras pudiera y fuera razonablemente fácil entrar en las tierras de los Tully y pasar desapercibido. Estuvieron poco tiempo en la ciudad y cuando regresaban a Invernalia no pararon de cabalgar hasta salir de las tierras de su difunto suegro.
Con un emociones contrariadas se asentaron en las mismas tierras que había pedido Daenerys Targaryen, en el Foso Cailin. No sabía cuán grande era su ejército, qué riquezas tenía o los planes que su mente cavilaba pero se preguntó esa noche, mucho más calmado que aquel día en el que el dolor le atormentaba, si había hecho bien en rechazar su oferta. No quería derramar más sangre pero con los Lannister en el poder, con su cabeza pendiendo de un hilo, ¿no era acaso inevitable por más que quisiera negarse a ver la realidad? Cerró los ojos dispuesto a dormir lo máximo posible cuando le despertaron pasos corriendo en su dirección. A juzgar por el sonido eran de uno de los guardias.
—¡Lord Stark! ¡Un cuervo urgente de Invernalia!
Catelyn se despertó del susto y se puso una bata antes de levantarse del lecho. Él cogió el pergamino y vio que era la letra del Maestre Luwin.
—¿¡Qué ha pasado, Ned!? —Catelyn intentó leer el pergamino pero él se acercó a la antorcha para ver mejor.
Lo que leyó le dejó de piedra. —Los Greyjoy están atacando Invernalia.
Partieron de inmediato, dejando atrás a los mayordomos para que acabaran de recoger las tiendas, y cogieron los caballos. Tardaron un día a galope en llegar a Invernalia, sin hacer parada alguna, y cuando llegaron se encontraron con hombres de los Greyjoy escapando despavoridos. Ned no perdió el tiempo y desenvainó Hielo. Tardaron a penas media hora en acabar con los Greyjoy pero cuando llegó al Castillo vio muertos por doquier que él no había podido salvar.
—¡Por el amor de los Dioses Antiguos! —gritó uno de sus hombres cuando vio los cadáveres de unos niños mutilados y otros cuerpos ardiendo aún.
—Que barbarie es esta... —dijo otro, rostro de color cenizo.
Entonces, cuando miraba todos los cuerpos y buscaba a sus hijos, vio la cabellera rizada caoba de su hijo Rickon.
—¡No! ¡Rickon! —corrió hasta el cuerpo y le dio la vuelta, sin aliento, al darse cuenta que era su pequeño.
—¡RICKON! —el grito de Catelyn los alertó a todos y de repente apareció el Maestre Luwin acompañado de Arya y Odor con Bran en brazos.
—¿Dónde está Robb? ¿Dónde está mi hijo? —preguntó Ned, temiéndose lo peor.
—Estoy aquí padre —la voz masculina de Robb les contestó desde los establos.
Ned le observó. Estaba herido, sangraba pero se mantenía de pie apoyado en su lobo gigante, Sombragris.
—¡Está muerto, Ned! ¡Está muerto! ¡Muerto, muerto, muerto! —lloró histérica Catelyn abrazada al cuerpo sin vida de Rickon.
Otros hombres buscaban a sus seres queridos entre los caídos y lloraban de dolor y de alivio al descubrir su destino. Él, que no podía creer lo que estaba viendo, se sintió extrañamente desconectado. Sentía un enorme agujero por la pérdida de su hijo y, a la vez, una gran sensación de culpa y remordimiento. Si hubiera aceptado la alianza de los Targaryen ahora Rickon estaría vivo y sus asesinos habrían perecido bajo fuego. Se tocó el pecho donde su corazón latió peligrosamente e intentó mantener la calma pero la agonía hizo que se desmayara estrepitosamente, cogiéndose el pecho, junto al cadáver mutilado de su hijo menor.
Días más tarde
Robb se quedó parado junto a la cama de sus padres. Su padre estaba pálido pero se recuperaba del dolor de corazón que, según el Maestre Luwin, no volvería a atacarle en mucho tiempo. Se sentía desolado. Su padre era a sus ojos casi invencible y ya le había guardado vigilia en su cama un par de veces. Ahora era humano, un hombre mortal. Un hombre que había perdido a su hijo menor a quien había asesinado a sangre fría, un hombre que había exiliado casi voluntariamente a su bastardo a un lugar inhóspito, un hombre a quien habían intentado arrebatar a otro de sus hijos por alguna desconocida razón y cómo consecuencia era ahora un tullido, un hombre que vivía en su hogar a sabiendas que su hija seguía retenida en el territorio de sus enemigos... Robb se levantó, con los músculos engarrotados, y miró por la ventana.
—¿Robb? —una voz débil le llamó y él se giró deprisa.
—¡Padre! ¡Haré que venga el Maestre Luwin en seguida!
Su padre alzó una mano antes de que pudiera salir por la puerta. —Que venga tu madre también.
Robb dudó si su madre querría dejar la tumba de Rickon pero su padre insistió. —Que venga, Robb.
Asintió y en menos de 5 minutos se encontraron todos en los aposentos de sus padres. Su madre parecía estar medio ida. Había dejado de gritar y llorar pero era obvio que no estaba en sus cabales. El Maestre Luwin, obviamente, parecía preocupado por la situación en general. Bran un tullido, Rickon asesinado, Sansa retenida en Desembarco del Rey, su padre encamado, su madre histérica, Jon exiliado... La única que no estaba dando problemas era, curiosamente, Arya y quizás fuera porque estaba en estado de shock. De repente notó el peso de Invernalia caer sobre sus hombros y deseó con egoísmo que su padre pudiera cargar con éste unos años más. Desde luego no estaba preparado para lidiar con una guerra.
—Hay algo que debo contaros —empezó su padre y todos esperaron—. Al contrario de lo que os conté sí que conozco la identidad de quién me rescató. Fue una mujer llamada Laogheri.
—No conozco a nadie con dicho nombre, milord —intercedió el Maestre y su madre negó también.
—Por supuesto. Ella solo cumplía órdenes —su padre pareció reticente a seguir hablando pero al final lo hizo—. Órdenes de Daenerys Targaryen.
—¡Imposible! —exclamó su madre, levantándose de la cama de golpe—. ¡Nos rebelamos contra ellos, Ned! ¿Cómo iban a ayudarnos ahora?
Pero Luwin, y él, lo comprendieron. —Ahora no somos sus enemigos. Son los Lannister.
Su padre suspiró. —De hecho, nunca fuimos sus enemigos. Me temo que quizás se han perdido múltiples vidas por nada.
—¿De qué estás hablando, Ned? ¡Tu propia hermana fue secuestrada por Rhaegar Targaryen!
Su padre giró el rostro, con expresión culpable. —No, Cat. Lyanna no fue secuestrada. Lyanna escapó con el hombre al que amaba.
Su madre abrió y cerró la boca varias veces, incrédula. —No lo entiendo.
—Incluso antes de ser secuestrado y torturado por los Darklyn, Aerys Targaryen fue manipulado por Tywin Lannister, como es generalmente conocido. Antes de hacerle Mano del Rey Aerys fue un gobernante carismático, generoso y gentil como me solía recordar mi difunto padre —narró su padre, poniéndose de pie—. Después de tantos intentos fallidos por engendrar un hijo Aerys se volvió paranoico pensando que, quizás, alguien en la Fortaleza perjudicaba sus intentos por tener un Heredero. Mi padre juraba que era cierto. No fue sino hasta que mandó que Rhaella fuera protegida constantemente por hombres leales a los Targaryen que pudo tener a Rhaegar y más tarde a Viserys. Seguidamente sucedieron los acontecimientos de la Resistencia de Valle Oscuro y lo demás es historia. Aerys ya no era la misma persona. Ciertamente no era un Rey digno de gobernar pero sí que lo era su hijo, Rhaegar. Sin embargo Aerys se había ganado muchos enemigos e incluso había forzado el matrimonio de su hijo con Elia Martell. No se amaban pero se apreciaban mutuamente. Eso les permitió engendrar a Rhaenys y a Aegon. Entonces Lyanna conoció a Rhaegar...
—Pero, ¿cómo? Rhaegar secuestró a Lyanna. La muerte de Brandon y la de tu padre causaron la rebelión. ¿Cómo puedes estar tan seguro de que no fue secuestrada?
—Catelyn... —empezó su padre y le cogió las manos cariñosamente—. Lyanna no estaba muerta cuando llegué a la Torre de la Alegría.
Su madre se sentó en la cama de nuevo, tan conmocionada como estaba Robb. Durante años habían creído que Lyanna Stark había muerto en la Torre de la Alegría, aguardando a que llegara su hermano a salvarla. Ahora resultaba que no solamente había estado viva cuando su padre pisó Dorne sino que había sido capaz de despejar las dudas sobre su secuestro. Pensar que su tía se había escapado con un hombre que no era su prometido era sorprendente pero, ahora que lo recordaba, tenía entendido que Lyanna odiaba a Robert Baratheon. No le parecía tan osado, sabiendo cómo era su tía, que hubiera decidido no casarse con él.
—¿Y por qué ahora? ¿Por qué salvarte los Targaryen, a cambio de qué? —preguntó Robb, que empezaba a comprender la partida.
—A cambio de una alianza —el rostro de su padre era una mueca de dolor— pero yo me negué. Si hubiera aceptado sus condiciones Rickon estaría vivo.
—¿Cuáles eran esas condiciones Eddar? —preguntó su madre, con voz afilada.
—La propiedad del Foso Cailin para asentar parte de su ejército proveniente de Puerto Blanco y el uso de parte de la flota Stark para atacar y conquistar las Islas del Hierro.
Esa noticia cayó como un saco de acero en su estómago. Si su padre hubiera aceptado hubieran sido las Islas del Hierro las que hubieran sufrido la aniquilación y no Invernalia. Miró a su madre y vio que parecía estar reprimiendo un grito, jadeando con los labios apretados, incapaz de contenerse. Sus ojos se humedecieron al darse cuenta que si su esposo hubiera aceptado su hijo seguiría vivo.
Fue únicamente el deseo de venganza lo que movió a su madre. —Acepta esa alianza Ned, y mata a los Greyjoy.
