CAPÍTULO 7 – REGRESANDO A PONIENTE
Primavera – 299 AC, Invernalia
Theon Greyjoy no había demostrado una valentía impetuosa tal y como siempre se jactaba de poseer. Es más, habría corrido avenida de barro abajo cuando escuchó los gritos y los cánticos de su antigua Familia. Él, que desde siempre había convivido con los Stark, había tenido una idea retorcida de la verdadera naturaleza de su Familia. Cuando escuchaba pirata él pensaba navegante intrépido, cuando oía violadores él pensaba en hombres apuestos con demasiado coraje como para que una mujer bella pudiera decirles que no, cuando sentía asesinos Theon pensaba en sus compatriotas como fuertes caballeros dispuestos a tomar lo suyo, aunque no había comprendido bien que era eso que debía ser suyo. Él, que no sabía nada de los Greyjoy más lo que quería pensar que sabía –y, obviamente, pensando de forma errónea– se llevó una enorme y profunda decepción cuando desde el burdel vio pasar a hombres harapientos con ropas raídas y húmedas, piel agrietada por la sal del mar y sonrisas partidas con dientes amarillentos. Empuñaban armas mediocres, garfios y alguna que otra espada que sobresalía de valor entre aquel armerío pobre. Estaba claro que eran robadas o arrebatadas de algún guerrero caído en batalla.
Se había quedado parado allí, en la ventana, viendo como pasaban delante del burdel no sin antes degollar a los sorprendidos hombres y a las confusas putas en la puerta. Una vez se le pasó la sorpresa se preguntó qué hacer. Su primer instinto fue bajar las escaleras y unirse a ellos pero estaba tan... sobrecogido y desilusionado al ver que la imagen perfecta de su Familia se desvanecía como el humo entre sus dedos que no hizo nada. Un temor le invadió por dentro puesto que él no era como aquellos hombres que corrían calle arriba hacia Invernalia. Se dio cuenta que era más Stark que Greyjoy y, sin embargo, no era un Stark. No era honorable, ni valeroso, ni justiciero. Se quedó en el burdel esperando, pensando en qué demonios hacían los Greyjoy en las tierras del Norte, pisando suelo verde, cuando escuchó los gritos. Eran horribles como ninguna otra cosa que hubiera escuchado. Súplicas de misericordia, risas agudas y viles acompañadas de voces lujuriosas y los gritos de mujeres jóvenes mientras lloraban. Sin ver aquella crueldad supo lo que estaba pasando. Pronto los guardias de Invernalia combatieron a sus parientes y escuchó aullidos y gruñidos seguidos de chillidos desgarradores.
—¿No piensa hacer nada, mi señor? —le preguntó con ojos lastimeros una prostituta, en un rincón.
Solo cuando le hablaron directamente se dio cuenta que estaba allí de pie como una estatua y que, o bien actuaba ahora o... ¿O qué, se dijo? ¿Qué podía hacer? Si ayudaba a los Stark sería considerado un traidor por su pueblo y ya podía decir adiós al trono de las Islas del Hierro pero si no hacía nada, si se escondía en el burdel como un idiota y luego aparecía sano y salvo se preguntarían dónde había estado y en cuanto lo supieran empezarían a dudar de su lealtad, a preguntarse si era sabio dejarle vivir en el Castillo cuando su Familia los había asaltado días antes. Si le echaban de Invernalia no tendría lugar a donde ir porque su Familia no le aceptaría así sin más.
—¡Es que no va a hacer nada! —le chilló la prostituta, poniéndose de pie.
—¡Quieres callar! ¡Estoy pensando! —le ordenó él, cordándose las calzas.
—¡Qué necesita pensar! ¡Solo tiene que salir ahí como un hombre! —se le acercó la morena con las tetas al aire, sin darle importancia—. ¡O es que no lo sois! ¡O es que solo pensáis esconderos mientras otros luchan ahí fuera!
Le lanzó un bofetón que la hizo caer al suelo no sin antes golpearse la cabeza contra una pata de la cama. Se quedó inconsciente y Theon miró su mano, no sabía si arrepentido o no. Empezó a dar vueltas en la habitación, preguntándose qué hacer hasta la saciedad. Empezó a hiperventilar de la indecisión y finalmente se tuvo que sentar para no marearse. Le pitaban tanto los oídos que no escuchó como la prostituta se levantaba del suelo y, con la jarra de hierro de cerveza en mano, procedía a darle un golpe en la cabeza con todas sus fuerzas que le hizo perder la visión y caer en redondo.
Horas más tarde
Se despertó con un gemido de dolor. Estaba en la misma habitación de antes pero ahora se encontraba solo. Vio que había sido golpeado con una jarra de hierro y que la prostituta, Tina, le había dejado allí tendido rodeado del charco de sangre que se había formado entorno a su cabeza. Dio gracias a la tenue luz que iluminaba la alcoba poder examinarse el corte en un espejo pequeño y esportillado. Entonces lo recordó todo y con el corazón acelerado volvió a mirar por la ventana. Se le cayó el mundo a los pies cuando se dio cuenta que había pasado tanto tiempo inconsciente que había perdido casi todo el día en el burdel calle abajo. Escuchó el sonido de los cascos repicar contra la piedra y supo, por la intensidad y la velocidad a la que se acercaban, que debía ser Lord Stark regresando a prisa de allá donde hubiera estado. Se quedó blanco como la leche al darse cuenta que su estado de inconsciencia le había forzado a quedarse lejos de la lucha y que había pasado el momento de decidir. Si regresaba ahora le costaría explicar dónde había estado y la prostituta seguramente había huido cuando había podido. Su único testigo, esfumado.
Cogió sus cosas con el terror en el cuerpo y salió por la puerta de atrás. Vio unos cuantos cuerpos y escuchó el susurro de algunas voces provenientes del sótano. Salió con las riendas del primer caballo abandonado que encontró en mano y se fue lo más silencioso posible hasta entrar en la espesa capa de árboles que rodeaba Invernalia. No sabía dónde podía ir pero no podía emprender camino al Sur. No solamente la tierra de su Familia se encontraba más allá en el sur sino que le reconocerían como Theon Greyjoy en las tierras de los Tully, aliados de los Stark, y lo volverían a mandar a Invernalia sin pensarlo dos veces. Eso si no le capturaba alguien quien odiara a su Familia y quisiera hacerle pagar los ataques de piratería que indudablemente habría sufrido. No, solo podía ir al Norte.
Cabalgó durante horas sin descansar. Apenas comió una manzana que tenía en sus pertenencias y siguió con su viaje sin destino. Cuando se dio cuenta que únicamente estaba huyendo, como un cobarde, sin meta en mente, se paró a pensar su paradero. Descansó a orillas del Lago Largo después de cazar con su arco un sabroso cervatillo. Lo cocinó sin preocupación alguna pues estaba a más de medio día de Invernalia y ese fue su error. Los ladridos de perros le alertaron de la llegada de alguien.
—Hola, forastero —le saludó cordialmente un joven de su misma edad.
Tenía los ojos azules, fríos pero chisposos, y la tez blanquecina como la tiza que contrastaba casi espeluznantemente con su cabello negro. Vestía como un norteño, como era normal, y le miraba con algo que no supo identificar.
—¿Estás seguro que deberías estar tan lejos de tu casa?
Theon sintió un escalofrío y prosiguió a inventar una farsa. —Simplemente estoy cazando. Me llamo Tynan.
—¿Es así? ¿Sois un simple cazador? Yo me llamo Ramsay y también soy cazador.
Vio que tenía los ojos abiertos como si estuviera perpetuamente sorprendido con algo grato. Theon no abrió la boca. Los perros se le acercaron casi amenazantes pero un gesto de Ramsay les hizo parar en seco y sentarse a sus pies.
—Es curioso —empezó de nuevo el desconocido cruzándose de brazos como si contemplara algo extraño—. Creí que te llamabas Theon Greyjoy. Oh, bueno.
El corazón de Theon dio un vuelco y quedó sentado en el tocón de madera como una estatua. Los ojos de Ramsay se tornaron maliciosos y esbozó una sonrisa que dejó a la vista todos sus dientes blancos y puntiagudos. Hizo una señal y los perros se tiraron sobre él, que gritaba. Escuchó el sonido característico de un arma siendo desenvainada pero antes de que pudiera hacer nada algo duro e inexorable le volvió a golpear la cabeza ya dolida, dejándole inconsciente de nuevo.
Verano – 2007 DC, Londres (Reino Unido)
—No puedo creer que otra vez estés embarazada —le dijo Hermione casi con tono reprochador— ¡y encima de gemelos!
Se encontraban sentadas todas las mujeres en la nueva y gran terraza de Grimmauld Place número 12. Cuando quería volver al bullicio del centro dejaba la Mansión Malfoy, donde residía con sus dos esposos y su amigo Blaise, y se venía con los niños a Grimmauld Place. La antigua casa de su padrino había sido reformada al completo como le había pedido casi a gritos Draco. No había sido demolida pero poco le había faltado. Todos los muebles, y aquello de valor, que se podían salvar habían ido a parar a la bóveda de los Black que ella poseía pero todo lo demás había sido desvanecido. A veces le costaba acordarse de cómo era antes la Mansión de ciudad de los Black puesto que ahora los suelos estaban pulidos y el ébano brillaba, las paredes eran de colores claros para iluminar la estancia alargada y había cuadros muggles colgados en los pasillos y preciosos jarrones altos decorativos con flores olorosas. Todo había sido modernizado a petición suya y sus dos maridos, siempre dispuestos a complacerla, y Blaise habían tardado a penas un mes en dejar la casa como nueva.
Esa tarde estaba tomando el té con Hermione, Luna, Fleur, Ginny, Hannah, Susan, Angelina y Penélope. La mayoría eran amigas suyas desde hacía años y otras habían sido adheridas a su grupo más cercano al casarse con amigos suyos de la infancia, como Hannah que estaba casada con Neville y que había arrastrado a Susan a sus reuniones, o Penélope casada con Percy Weasley. Una vez cada dos semanas se encontraban allí, primero porque les parecía extraño no verse cada día después de pasar tantos años juntas en el mismo castillo, luego porque se había convertido en una pequeña pero agradable tradición sentarse en la terraza más elevada de Grimmauld Place a tomar el té mientras tomaban el sol. Como siempre, solía contarles lo más relevante en esos momentos. Su nuevo embarazo por supuesto fue lo primero en aparecer.
—No es como si yo decidiera el número al quedarme embarazada —se burló ella.
—¿De quién es? —preguntó Ginny, entrometida como siempre.
—De Theodore, por supuesto —contestó Fleur, que tenía un don para esas cosas.
Hadara asintió con una amplia sonrisa. —Draco ya tiene a su Heredero.
—Y a su amante —dijo Angelina, alzando una ceja.
—Y a su mejor amiga —acabó Hannah.
La única que parecía recelar de todo era Hermione y quizás porque a veces era un poco cerrada de miras. Le parecía absurdo que una persona pudiera contraer matrimonio con dos personas distintas porque, de alguna manera, no era justo. A Hadara, como a las demás, le daba igual la situación mientras todos fueran libres de decidir sus destinos; un lujo que no había tenido hasta hacía muy poco y el cual no iba a renunciar por nada, y bien lo sabían sus amigas. Los gemelos eran de Theodore, como había supuesto acertadamente Fleur, y serían su tercer y cuarto hijo, y seguramente los últimos. Su mayor, Scorpius, tenía ya 3 años y cada vez que lo recordaba se maravillaba de ser madre de sus dos pequeños. Ella, que no había creído superar los 18 años, casada no una sino dos veces, siendo Lady de 3 Casas distintas y con 4 hijos. Era increíble las vueltas que daba la vida. Sonrió con una serena felicidad y Ginny suspiró devolviéndole la sonrisa casi bobaliconamente.
Penélope recondujo la charla a algo más animado. —¿Y serán niños o niñas?
—Solo estoy embarazada de 3 meses —contestó ella, a pesar de que ya lo sabía.
—¡Mentirosa! ¡Habla! —rió Angelina y las demás vieron como ocultaba una sonrisa.
—¡Está bien! ¡Vale! —exclamó ella cuando incluso le lanzaron una galleta—. ¡Luna!
—¿Y bien?
—Niños, los dos.
Las mujeres estallaron de nuevo en felicitaciones y ella sonrió pero vio el ceño finamente fruncido de Hermione. Pasaron un par de horas más entre cháchara liviana y planes de compras hasta que se quedaron a solas Hermione y ella. La conversación enmudeció y Hadara esperó que Hermione empezara a hablar, como había pasado cuando anunció el embarazo de Aurora.
—¿Y ahora qué, Hadara? —le pregntó su amiga—. Ahora Theodore tendrá un hijo legítimo para heredar la Familia Nott y ya sabemos que Sofia no es tu mayor defensora.
—No, lo sé —dijo ella recostándose en su hamaca y adquiriendo los últimos rayos de sol del día— pero sé que el padre y el abuelo de Theodore no permitirán que le pase nada a estos niños.
—No te fíes de ellos. ¿Acaso has olvidado la profesión de Thadeus Nott?
Los ojos esmeraldas de Hadara brillaron con ira al mirar a Hermione. —Los pecados de un padre no son los de un hijo.
Hermione se volvió momentáneamente contrita. —Lo sé.
Hadara se relajó. —De cualquier manera no pienso decir nada de este embarazo fuera de mi círculo más cercano. Retrasaré todo lo que pueda esta noticia, tendré a mis niños fuera del país, como hice con Aurora.
—Sofia Nott tarde o temprano lo sabrá y montará otro numerito —recordó Hermione.
Eso era lo que había hecho su suegra cuando descubrió el parentesco de Aurora. Por suerte la mujer tenía sentido común y sabía que su relación con Theodore era prácticamente desconocida de cara al público –pasaban tanto tiempo fuera del país que casi nadie sabía de su vida privada, cosa que le encantaba– y que solo estaría formando un escándalo si le reprochaba su relación con su hijo en público. Eso sí, las cartas no se las quitó nadie. Al final Theodore había intervenido y desde ese entonces no había vuelto a saber de su suegra.
—Espero que un numerito sea lo único que monte...
Final de Primavera – 299 AC, Costa Salada (Dorne)
Oberyn se sentó en el banco de piedra, en uno de los preciosos jardines del Castillo de verano que ocupaban los Martell desde hacía siglos. Meses atrás había dejado Lanza del Sol para recorrer la costa hacía el sur-oeste, a encontrarse con la persona que consideraba su sobrina. Daenerys se acercó con la gracia de una Reina, ataviada con un vestido azul con toques violetas con un escote pronunciado en pico y un cinturón al estilo celosía de oro semejantes a escamas de dragón bajo sus pechos generosos, a juego con la capa casi transparente y liviana atada a sus hombros con tirantes de oro. En sus pies unas sandalias de cuero blanco a juego con su cabellera plateada al aire libre, apenas recogida por unas pequeñas trenzas desde las sienes que mantenían su hermoso rostro libre y resplandeciente. La única joya que llevaba puesta era un anillo doble en su mano izquierda, de mithril, con diamantes incrustados y amatistas.
—¿Has acabado ya de inspeccionarme, Oberyn? —le preguntó Daenerys cuando vio como la observaba atentamente.
—Ni en mis más lujuriosos sueños, mi Reina.
Daenerys bufó una risa y se sentó a su lado, cogiendo la copa de vino que tan alegremente le entregaba.
—Tenías razón al pensar que Lord Stark se negaría a la alianza —comenzó él, cuando estuvieron a solas. Los guardias estaban demasiado lejos como para escucharlos—. Aún así sí aceptaron hincar la rodilla una vez ascendiera vuestra Casa al trono.
—Eso era lo que menos me importaba en ese momento —confesó ella. Ned Stark no había rechazado una alianza totalmente pero le dejaba mal sabor de boca pensar que solo se unirían a ellos cuando su victoria estuviera asegurada—. Ahora se verán forzados a actuar.
—Sabías que los Greyjoy planeaban atacar a los Stark, ¿no es cierto? El caso hipotético que yo le presenté, lo que yo creí, realmente no era una hipótesis... —Oberyn no se sentía engañado, después de todo no preguntó—. Dejaste que los Stark creyeran que solo era una posibilidad sabiendo que los Greyjoy los atacarían. Un plan tanto de locos como de genios.
—En efecto. El honor, a veces necio, de los Stark no les permitiría aceptar sin más una alianza con los Targaryen —rumió ella en voz alta—. La única baza que tenía para obligar a los Stark a formalizar una alianza con mi Familia era que los Stark estuvieran endeudados con los Tagaryen.
Esas palabras hicieron dudar a Oberyn. Entonces lo comprendió todo. —¿Endeudados? Ya veo. Pudiste rescatar a Sansa Stark pero la dejaste en Desembarco del Rey.
—Sí. Con Jaime Lannister en mi poder puedo negociar con los Lannister su puesta en libertad y, además, dejando a Sansa Stark en Desembarco del Rey, en manos de los Lannister, sus enemigos, tengo una baza para negociar con los Stark. Es por eso que no tenía pensado entregarles a los Stark Jaime Lannister sin una alianza. En seguida comprendí que Lord Stark lo vería como una amenaza, pensando más en la vida de su hija que en el futuro de su Familia, sin darse cuenta que para mí Lannister no es más que un peón, una carta en este juego. Aún siendo obvio que se iba a negar también era obvio que quién tiene la delantera en este juego soy yo.
Oberyn la observó incrédulo. Esta niña de apenas 15 años había sido capaz de arrodillar a dos grandes Casas con un solo plan. Ahora que tenía todas las piezas del puzle le era fácil ver la estratagema que había tejido Daenerys desde Essos.
—Y entonces tuviste noticias de los Greyjoy.
Daenerys sonrió tras su copa pero Oberyn lo vio. —Efectivamente. En cuanto llegaron los murmullos de piratería a mis oídos lo supe. Ahora tenía algo más que negociar. Si bien la alianza con los Stark entregando a Jaime Lannister por Sansa Stark hubiera sido un gran comienzo, Sansa Stark no es tan importante para los otros Lords del Norte como para Lord Stark; no es motivo suficiente como para aliarse contra la Casa que creyeron su enemiga hace años.
—Sin embargo, que los Greyjoy, la Familia del pupilo, el prisionero de guerra, de Lord Stark, se atreva a atacar el Norte sí que es razón suficiente.
—Sí. También sabía que Lord Stark se negaría en redondo a donar Foso Cailin en nuestro nombre, y mucho menos la flota —rió Daenerys, pensando en la cara que habría puesto al recibir la petición— pero ahora, después del ataque, se lo replanteará. El Norte no es invulnerable y ahora lo sabe. Podría haber negociado un trato mejor a su favor antes de este ataque pero ahora, ahora, sabe que no voy a ceder porque tuve razón al creer en advertirle, aun sin creerme.
—Pudiste dirigir tus barcos al Norte —se dijo para sí mismo Oberyn—, llevan apostados en esta costa casi desconocida durante semanas.
Daenerys miró sus ojos oscuros. —Pude, pero no lo hice. No soy tan misericordiosa como aparento, Oberyn. Les ofrecí una alianza razonable y honrosa para ambas partes y me rechazaron totalmente. Tildaron mi ambición de infantil, de inadmisible como si fuera una ilusa, una niña. ¿Crees que permitiré que me tomen por tonta?
Oberyn no contestó al ver la ira en esos ojos violetas. Daenerys podría haber salvado muchas vidas en el Norte y no lo hizo sabiendo de forma consciente el daño que podía ahorrarles. La culpa era únicamente de Eddar Stark y ahora él lo sabía. Oberyn siempre había visto a Daenerys por lo que realmente era, sus años no hacían mella en su mente. Daenerys era una persona mucho más madura que su hermano mayor Viserys, y que su sobrina Arianne. Era alguien demasiado inteligente para los tiempos que corrían, alguien ambicioso, culto e instruido. Sin duda su astucia era capaz de hacer morder el polvo a la mayoría de hombres nobles y su, a veces, falta de escrúpulos, hacían de ella una persona peligrosa para sus enemigos. Su astucia táctica y su estrategia militar le ponía el bello de punta porque, ¿cómo iba una niña de 15 años ser tan... competente?
Había llegado con su flota hacía meses, a principios de año, antes incluso de que los Greyjoy se alistaran para partir al Norte. Daenerys había sabido durante prácticamente 3 lunas el siguiente ataque y no había movido un dedo para ayudar, ni advertir, a los Stark. Había tomado ese tiempo con un pasmo sorprendente para seguir construyendo barcos y empezar a traer parte de su enorme ejército, un ejército que sobre pasaba los 200000 hombres. No solamente tenía Inmaculados y antiguos esclavos que estaban dispuestos a luchar por Daenerys, mercenarios que se habían unido genuinamente a la causa, los ejércitos de las ciudades que arrasó y varias ciudades en el Este que, al ver las banderas negras y rojas de los Targaryen, habían aceptado unirse al nuevo Imperio que controlaba el Mar Dothraki con su gran Khalasar, heredado de Khal Drogo así como los Khalasares que Daenerys había ganado con sus 40000 jinetes iniciales, sino también todas las ciudades costeras del Golfo del Dolor, en las cuales se incluían todas las islas de Valyria, así como Astapor, Yunkai Meereen, Yunkai, Tokos...
Los mercaderes ricos de Lorath habían sucumbido también a las ambiciones de Daenerys y, debido a que Lorath había sido considerada la tierra más pobre de las Ciudades Libres, Daenerys había podido hacerse con el control sin que nadie se diera cuenta. Seguidamente cayó Volantis que, aunque no era totalmente Targaryen, su influencia se podía notar en cada rincón. Solo quedaban en pie, independientes, Braavos, Tyrosh, Narvos y Qohor. Todas las otras ciudades poco a poco fueron cayendo bajo el yugo y la influencia de los Targaryen.
Oberyn observó como Daenerys leía el pergamino que él le había entregado, razón por la que se estaban reuniendo, con calma. —¿Y bien?
—Lord Stark acepta ahora nuestra alianza —sonrió con una pizca de malicia Daenerys—. Ves, sabía que todo acabaría encauzándose solo.
—Solo, o con la ayuda de tu pasividad —dijo Oberyn comiendo un trozo de fruta ya pelado y cortado—. Me pregunto, Daenerys, ¿qué piensas hacer con todas las tierras de Essos?
Daenerys le miró, sin comprender. —¿Hacer?
—Cuando los Targaryen vuelvan a ascender al Trono de Hierro —le recordó Oberyn tendiéndole un pincho de frutas.
—No pienso hacer nada, tío —aceptó Daenerys la comida—. Esas tierras son ahora de mi Familia y así perdurarán.
Oberyn paró en seco de comer. —¿A qué te refieres?
Los ojos de Daenerys brillaron con puro fuego valyrio. —No pienso parar hasta hacerme con los tres continentes, Oberyn. Hasta que este mundo vuelva a temer y a admirar el nombre de mi Casa y todos se arrodillen frente a mí. Yo no soy un Targaryen más, conforme con Desembarco del Rey y Rocadragón. Soy Daenerys de la Tormenta, la Madre de Dragones, de la Casa Targaryen y vengaré el nombre caído de mi familia, cueste lo que cueste.
Oberyn solo pudo asentir, arrodillándose ante ella, con una convicción total. Esta era una mujer digna de ser seguida. No solamente era admirable e inteligente sino que también era compasiva con su séquito y su pueblo, capaz de lograr lo que muchos consideraban imposible por el bien de su Familia. Alguien que no le defraudaría, alguien con honor pero con astucia suficiente como para defender sus intereses y proteger a los suyos. Sabía que Viserys era el Heredero al Trono de Hierro pero Daenerys era el verdadero poder en las sombras. Oberyn no se arrodillaría por nadie más salvo por Daenerys Targaryen.
Solo pudo preguntar. —Así será, mi Reina. ¿Cuáles son sus órdenes?
Daenerys se levantó, dejando de lado la comida y bebida, y se guardó el pergamino en un bolsillo oculto tras su cinturón. —Que parte de la flota se dirija a las Islas del Hierro y esperen a la flota de los Stark para atacar. Que encarcelen a los que hinquen la rodilla y aniquilen aquellos que se interpongan en la toma de estas tierras.
Verano – 299 AC, Desembarco del Rey
Tyrion Lannister podía ser acusado de muchas cosas pero no de ser idiota. Cersei estaba perdiendo los estribos poco a poco, tan despacio como su padre amansaba más poder en la Capital. Él de buen grado los dejaba hacer a ambos pero siempre teniendo los ojos bien abiertos. Con una estratagema muy simple había descubierto que Pycelle era el hombre de su hermana, tal y como se lo estaba dejando saber.
—¡Myrcella no irá a Dorne para casarse con ese bárbaro!
Tyrion bebió de su copa, como era habitual, con semblante sereno. Ahora sabía que Varys era de fiar, que Baelish podía mantener un secreto y que Pycelle debía ser eliminado. Era un Lannister pero su hermana estaba llevando a la ruina a su Casa y así había sido desde que engendró a Joffrey con quien parece ser fue Jaime. Incesto, cómo no. Cersei estaba tan ida que el incesto era algo que podía suponer de sus hermanos, sobre todo porque Cersei era una mujer muy bella y Jaime un hombre manipulado por sus hormonas. Desde que su hermana había hecho matar a todos los niños y niñas de ojos azules y cabellos oscuros ya nada podía sorprenderle. A excepción, claro está, de la naturaleza bondadosa de Tommen y Myrcella. Era por eso que debía proteger a la única familia que amaba, y que le quedaba. Jaime estaba desaparecido vete tú a saber dónde, secuestrado según su hermana por los Stark, y todos los demás Lannister le despreciaban. Si poniendo a Myrcella en un lugar seguro, fuera de las trampas de la Corte, la mantendría con vida iba a hacerlo.
—Irá a Dorne, después de todo será desposa con Trystane Martell. Será la Princesa de Dorne, ¿no te satisface eso? Ella nunca podría ocupar el trono, no si viven sus hermanos, pero así llegará a una posición de poder. Una nunca ocupada por un Lannister —Tyrion habló con palabras dulces. El poder era algo que su hermana ansiaba, para ella al menos.
Cersei entrecerró los ojos con cólera y amenazó por última vez. —No lo permitiré. Te arrepentirás de esto, hermanito.
Había pasado media hora vociferando en sus estancias sin que su hermano le hiciera caso alguno. Para su mala fortuna, había sido tan impulsiva que su hermana había descubierto también a su espía. Pycelle no serviría de mucho ahora, al menos frente a Tyrion, pero se fue con la pequeña satisfacción de que nadie más lo sabía.
Tyrion esbozó una sonrisa y miró a Bronn. —A ver qué está haciendo el hombre de mi hermana.
Ambos se fueron a los aposentos de Pycelle y reventaron la puerta antes de que pudiera guardar apariencias. Lo encontraron en la cama, desnudo, con una joven sirvienta. Tyrion hizo una mueca y Bronn escupió del asco.
—Vaya, vaya... Le creía por un hombre débil, Gran Maestre —sonrió Tyrion, nada sorprendido—. Veo que solo era un artimaña más. La corte está plagada de ellas, por lo que parece. ¡Cortadle la barba, Bronn!
El anciano se resistió con más fuerza de lo esperado y la muchacha se fue corriendo no sin antes coger su oro y ponerse su vestido.
Tyrion la cogió del brazo antes de que se fuera, con ojos penetrantes. —Ni una palabra de esto a nadie, ¿me entendéis? Si abrís la boca y le contáis a alguien que me habéis visto aquí será vuestra cabeza.
La chica palideció y asintió sin mediar palabra. Tyrion la dejó ir con la seguridad que, aunque tarde o temprano sabrían que tenía a Pycelle, sería demasiado tarde. Allí, desnudo, sin su típica barba, Pycelle quedó retratado como un anciano manipulador más de la corte. Sin embargo, era un viejo valioso. Había servido a incontables Reyes durante 40 años y eso le hacía peligroso. No había nadie que hubiera vivido tanto tiempo, intacto, en la Fortaleza. Quería saber todo lo que él sabía.
—Encarceladlo en las celdas negras.
Y así se hizo. Antes de que Cersei pudiera enterarse recorrió los pasadizos secretos hasta llegar a las celdas. Durante horas le interrogó hasta que tuvo que recurrir a la dulce, y suave, tortura. Después de todo, Pycelle nunca había sido torturado y con unos cuantos golpes cantó como uno de los pajaritos de Varys. Lo que aprendió esa noche le revolvió el estómago.
—Fuiste tú, el causante de la caída de los Targaryen —afirmó Tyrion cuando escuchó cómo convenció a Aerys para abrir las puertas—. Tú manipulaste al Rey, dejaste morir a Jon Arryn y a Robert Baratheon. ¿Por qué motivo? ¿Qué te ha prometido mi padre?
—Oro —tosió Pycelle, tumbado en el suelo duro, frío y sucio— y mi vida.
—Curiosas tus prioridades aunque hora es demasiado tarde —corrigió Tyrion—. Yo no soy mi hermana. Mucho menos mi padre.
El rostro de Pycelle se mostró resignado. Sabía que no tendría más poder mientras él estuviera enterado de todo. Se preguntó si debía matarlo puesto que era una amenaza constante dejarlo con vida con todo lo que sabía pero no hizo nada. Le dejó en la celda y se marchó pensativo. Había descubierto mucho el día de hoy. No solamente Cersei se había equivocado y le había conducido hasta su mejor espía sino que Doran Martell le había sorprendido aceptando su pantomima de matrimonio entre Myrcella y Trystan. Había pensado que muy razonablemente se negaría, que solo serviría para impulsar a Cersei a cometer un error. De hecho había pensado en casar a Myrcella con algún caballero de El Dominio, muy a su pesar eran la mejor baza, pero resultó que Myrcella tendría un destino mejor. Los Martell no mataban a niños y, una vez vieran el carácter tranquilo y feliz de Myrcella lograrían amarla puesto que no era su madre.
—El barco estará preparado para zarpar mañana al medio día, Lord Tyrion —le informó un criado, repitiendo las palabras del capitán que había contratado.
—Perfecto. Dígale al capitán que allí estaremos.
Hizo enviar unas sirvientas para que recogieran todo lo necesario de su sobrina y caminó de vuelta a sus aposentos, a pensar.
El día siguiente se encontraron en un pequeño puerto privado de la Bahía de Aguasnegras. Myrcella estaba afligida pero no lloraba aun así no intentó quedarse con su madre, cosa que sorprendió a Tyrion. Se aferró a su niñera y subieron al bote.
—Espero que algún día ames a alguien, que lo ames de verdad y sepas cómo se siente. Quiero que sepas lo que es amar tanto a alguien, amar realmente a alguien, antes de que te la quite.
Tyrion la observó, pensando en Shae y se fue. Había momentos en los que se arrepentía no haber partido con Shae cuando se lo suplicó, este era uno de ellos.
Semanas más tarde
Olenna Tyrrell frunció los labios al ver cómo se comportaba Joffrey, el bastardo, con sus propios ojos. Oh, bien sabía de las perversiones de Cersei con su hermano Jaime pero lo cierto es que poco le importaban. Joffrey no era más que un perro rabioso y, en el mejor de los casos, su peón. Margaery había conseguido avivar la llama de la venganza entre las filas de su difunto esposo Renly y ahora éstos, y los nobles comandantes de dicho ejército, no consentían unirse a Stannis Baratheon. Mucho menos teniendo a esa zorra roja en la corte. Se encontraban ahí fuera batallando contra el ejército de los Lannister encabezado por Tywin mientras su nieto se sentaba cómodamente tras los muros reales, escoltado de los mercenarios que había pagado su madre.
—¿En qué piensas, abuela? —le preguntó su querida Margaery.
—En nada importante, querida.
Lo que menos pretendía era que a su nieta se le escapara algo delante de Cersei y pudiera usarlo como escusa para destruirla. Por muy ladina que fuera Margaery seguía siendo joven.
—Mañana te casarás con Joffrey y será tu gran día.
Margaery asintió con el aplomo de una princesa. No era la primera vez que se casaba con un Rey y Olenna sabía que no sería la última vez. Había recibido hacía muchas lunas a Petyr Baelish en sus tierras con la esperanza de dejar zanjado el tema antes de que partieran a Desembarco del Rey y tuvieran que reunirse en algún lugar donde la Reina Regente los espiara. El día de mañana sería el gran día, la boda de Joffrey con su nieta asentaría a Margaery como Reina aunque fuera por unas horas. Cuando matara a Joffrey, Tywin se vería forzado a casar a su nieta de nuevo con Tommen para honrar su alianza. Lo mejor de todo sería eliminar a Tyrion Lannister, el único Lannister decente, simplemente porque tenía demasiado poder y era demasiado inteligente.
Ya había mandado a Dorne a Myrcella, eso supondría una tibia alianza con los Martell y la protección de su sobrina. Si no quería que hiciera desaparecer del mapa a Tommen, y apuntar otra Casa a su lista de amigos, tendría que actuar el mismo día de la boda. Le echaría la culpa a Tyrion como pudiera y Cersei sería la encargada de deshacerse de su propio hermano, y su mayor aliado, dejándola sola en Desembarco del Rey. Con Tywn lejos sería capaz de asentar las bases de su propio círculo de espías antes de que regresara el viejo de hielo y llegara el día de la boda, y poco a poco Cersei tendría menos poder hasta quitarle los colmillos ponzoñosos que poseía.
—No te preocupes de nada, querida niña —le aconsejó Olenna, dándole una palmadita, y se levantó para despedir a su nieta de sus aposentos—. Todo va a ir sobre ruedas.
La boda llegó en un abrir y cerrar de ojos. Apenas salieron del Septo y se dirigieron a la Fortaleza que Petyr Baelish hizo aparecer a los enanos con su númerito. El rostro de Tyrion, sentado al lado de Sansa Stark, con quien Tywin le estaba obligando a casarse sin éxtio, fue duro como la piedra. Joffrey no pudo evitarlo, tal y como habían planeado Baelish y Olenna. Tyrion, claro está, lo puso en su sitio. En cuanto vio el vino caer sobre la cabeza de Tyrion Lannister supo que no habría cuartel para él. Ahora todos se habían dado cuenta de las diferencias entre ambos aunque Olenna sabía que Tyrion no iba a matar a su sobrino por esa chiquillada ridícula.
—Tío puedes ser mi copero —empezó Joffrey, con una sonrisa maliciosa.
Por suerte Olenna encontró la oportunidad perfecta. El idiota de Joffrey dejó la copa a su alcance antes de dirigirse a cortar la tarta, bajo la mirada de todos, y ella deslizó con cautela el veneno, oculta tras el cuerpo de Margaery. Todos aplaudieron cuando Joffrey levantó los brazos en señal de victoria, incluida ella. Margaery cogió un plato con la tarta que le entregaba una sirvienta y el tenedor antes de darle de comer a su nuevo esposo. Los ojos de su nieta se cruzaron momentáneamente con los suyos y sonrió.
—¿Un poco de vino, mi amor?
—Por supuesto —entonces Joffrey vio a su tío, que se disponía a marchar—. ¿Dónde crees que vas, tío?
—A cambiarme estas ropas mojadas, mi Rey.
—No, no —negó Joffrey, satisfecho—. Estás muy bien así pero yo necesito a mi copero. Dame más vino.
Olenna vio con el corazón desbocado como Tyrion cogía la copa del Rey que había envenenado previamente. Se la entregó a su sobrino y supo que no había marcha atrás. Vio como se moría poco a poco ante sus ojos y los cientos de ojos que observaban atónitos. Había intentado culpar a Tyrion del asesinato pero nunca pensó que todo habría salido a pedir de boca. Ahora cualquier idiota creería que había sido él con el vino.
—¡APRESADLO! ¡APRESADLO! —gritó Cersei, llorando con Joffrey en los brazos.
Olenna vio a los guardias retener a Tyrion... y a un desconocido llevarse a Sansa Stark.
Días más tarde
Varys recorrió los pasadizos secretos hasta las celdas negras. Era curioso que ahora el residente más popular era Tyrion Lannister cuando hasta hacía un par de días había sido él mismo quien encarceló a Pycelle, que ahora había sido liberado.
—Cómo cambian las cosas, mi señor —le dijo Varys, haciendo notar su presencia.
Tyrion le miró, barbudo y algo resignado. —¿Habéis venido a preguntar cómo lo hice?
—No puesto que sin duda no fuisteis vos. Más fácil hubiera sido dejar que Joffrey muriera en el ataque a la Bahía de Aguasnegras.
Tyrion sonrió. Recordaba ese ataque puesto que en él había ganado una cicatriz de por vida. Joffrey habría muerto de haber dejado la seguridad de los muros de la Fortaleza. Por suerte el ataque, aunque poderoso, había sido repelido por la caballería de su padre. Nunca había sentido tal alegría al verlo como en ese momento. Desde ese momento Joffrey, humillado por su éxito mientras él sobrevivía con la cola entre las patas en el regazo de su madre, la tomó con él. Luego Tywin intentó desposarlo sin mucho éxito de Sansa Stark y las mofas no se hicieron esperar. El resto era historia. Todos creían que él lo había hecho, y quizás deseaba haberlo hecho, aunque sin acabar en esta apestosa celda.
Por primera vez en su vida pensó que era el fin. Se acordó de Shae, de cómo le suplicó que se fueran, de Sansa que ahora estaba sola sin protección, de su hermano Jaime el único a quien apreciaba... La situación era sin duda peliaguda.
—Hoy será el día de vuestro juicio, espero que estéis preparado.
—Eso espero yo.
Tyrion observó cómo desapareció. Poco después llegaron los guardias de su hermana y le cogieron y empujaron hacia la salida.
—Vamos enano.
Tyrion no dijo nada en absoluto. En cuanto llegó a la sala del trono vio a los jueces, uno de ellos Oberyn Martell, para su sorpresa, y otro su padre, con la insignia de la Mano del Rey. Supo entonces que su destino estaba elegido y que la única forma de salir con vida, por el momento, era un juicio por combate. Lo que no esperó fue el testigo.
—Que pase.
Allí apareció Shae y su corazón se rompió de nuevo, como con Tysha. —Esta es la prostituta que mi hermano frecuentaba.
Escuchó, con un pitido incansable en los oídos, como Shae procedía a mentir y a cubrirle de mierda, seguramente a órdenes de su hermana. Se giró, dejando atrás a la mujer que creía que le había amado, y miró fijamente a Cersei. Los ojos esmeraldas le respondieron: esta era la venganza de su hermana por Myrcella. La muy estúpida no se daba cuenta que solo había enviado a Myrcella lejos por su propia seguridad y así se lo pagaba. Humillándole y condenándole a muerte.
—Pido un juicio por combate —miró a Bronn pero él se negó con la cabeza y vio un saco de oro colgado de su cinturón. Por supuesto.
Cersei se levantó con el rostro lleno de malicia. —Pido a ser Gregor Clegane que luche por el difunto Rey.
Se escucharon los murmullos al ver a la Montaña pararse frente a su hermana e inclinarse en señal de aceptación.
—¿Y quién será tu campeón? —preguntó su padre.
Tyrion se quedó callado, pensando, sabiendo que era su último recurso cuando de pronto una voz habló. —Yo seré su campeón.
Observó incrédulo a Oberyn Martell ponerse de pie, para el disgusto de su hermana y su padre pero Tyrion lo entendió. Oberyn Martell también buscaba venganza.
—Que así sea.
Al día siguiente, cuando se efectuaron los preparativos para el combate en la terraza exterior, Tyrion pudo hablar con su campeón.
—¿Por qué hace esto? ¿Solo por vengar la muerte de su hermana pretende jugar su vida de esta forma?
Oberyn le miró a los ojos con rostro serio y su amante, Ellaria, sacudió la cabeza. —Amaba a mi hermana y la violaron y apuñalaron hasta su muerte, de la forma más indigna posible. Elia no era Aerys ni Rhaegar. Era inocente.
—No juegues con él, Oberyn, y acaba rápido con esto —le ordenó Ellaria y Tyrion sintió frío al pensar que pudiera morir y condenarlo a él también.
—No te preocupes querida, luego podremos celebrar la muerte de uno de los asesinos de mi hermana a solas —sonrió Oberyn y se fue moviendo la vara juguetonamente.
Vio como lucharon y hasta calmó su corazón cuando vio que Oberyn tenía ventaja. Al final Clegane quedó tendido en el suelo, de espaldas, y Oberyn empezó a interrogar a la Montaña, caído. Tyrion, no obstante, vio como Clegane movía una mano, dispuesto a tropezar a su campeón mientras estaba de espaldas. Supo que si no decía nada podrían cambiar las tornas.
—¡ACABA CON EL ASESINO DE ELIA! —gritó Tyrion por encima de todos los abucheos y vitoreos.
Eso fue suficiente para que Oberyn se diera la vuelta al mismo tiempo que Clegane tendía las manos para cogerle uno de los pies. Entonces una lanza atravesó la carne, atravesando una arteria, y la Montaña no se levantó del suelo, muerto. Vio la mirada cargada de odio de su hermana cuando todos vitorearon a Oberyn Martell, carismático como pocos, y supo que tendría que dejar Desembarco del Rey por las buenas o amanecería cadáver en su lecho. Esa misma tarde festejaron en un prostíbulo con los Martell pero él solo pensaba en volver a la Fortaleza Roja, coger sus cosas e irse.
—Necesito un último favor, campeón mío —le pidió Tyrion, apenado por hacerlo.
—¿Y bien? —sonrió Oberyn.
—Una escolta para marcharme finalmente de Desembarco del Rey con mis pertenencias.
Oberyn asintió sin mucha pompa y Tyrion suspiró. Esa misma tarde le acompañaron los hombres de Oberyn. Le ayudaron a recoger sus cosas a petición suya y empezaron a sacar los baúles hasta el puerto donde le esperaba Oberyn. Aún así, algo le impedía irse sin hablar con su padre. ¿No había hecho suficiente por los Lannister? ¿Por qué su padre había intentado matarle, después de todo? Necesitaba respuestas así que fue a buscarlo. Abrió la puerta pero se encontró con otra desagradable sorpresa. Shae.
—Has vuelto, mi león —saludó la prostituta, sin levantar su rostro del cojín de su padre, tumbada en la cama desnuda.
El silencio fue sepulcral y Shae levantó la cabeza apoyándose en los codos para mirar. Llevaba puesto como colgante la insignia de Mano del Rey, una que él había llevado durante meses y una que llevaba su padre ahora. De pronto lo entendió todo y se preguntó si Shae fue alguna vez una prostituta normal y corriente o si también fue enviada por su padre para espiarle. Cuando cogió la daga encima de la mesita de noche actuó sin más. Escuchó las respiraciones ahogadas de Shae, a quien había amado, y la dejó morir mientras la estrangulaba.
Llorando sin lágrimas cogió la ballesta de Joffrey y fue en busca de su padre. Algo dentro de sí se había roto finalmente. El resentimiento y el rencor que tanto se esforzaba por apagar como si fueran meras ascuas ardieron, prendiéndolo todo. Lo encontró en la letrina.
—Me has disparado —se sorprendió con horror su padre antes de mirarle con rencor. Despreciándolo—. No eres hijo mío.
—Soy tu hijo. Siempre he sido tu hijo.
Y se fue, sin nada que perder. Justamente cuando le dio igual ser encontrado y decapitado fue cuando caminó a sus anchas por la negra noche hasta llegar al puerto. Allí encontró a Oberyn y dentro del barco, para su sorpresa, a Varys la Araña.
