Morizumi Kimiko, es el amor de Tsuruga Ren. O al menos eso es lo que piensa Mogami Kyōko.

Sin embargo, no entiende como ese hombre, ―alzado casi al nivel de Buda a su nada objetiva opinión―, pudo haberse enamorado de semejante arpía.

Y ahí estaba ella, pensando en esa bruja, en ese santo y en su personaje Momiji dos segundos antes de que el director dijera las palabras mágicas «Acción». Porque su Momiji representará toda esa desesperación de saber que aquella al que ella ama, no lo merece, un ser humano que no merece el afecto de esa persona, y sí, también se auto castigará por pensar mal, por desear el mal.

«Dioses, iré a todos los infiernos de todas las religiones», pensó en algún momento.

Porque, aunque él ame a otra ―según Kyōko―, no puede dañarla, porque eso sería herirlo a él.

Porque tal como Momiji, no puede ver dolor en aquel al que juró amar en silencio, incluso si eso la rompe a ella.

«Aunque siempre podría hacer una muñeca voodoo con María-chan.» pensó en el último momento...

–Acción.