Ahí estaba ella, esperando a su adorado Sho-chan en ese espacioso, pero solitario departamento que le costaba casi tres sueldos completos.
Miraba el televisor, su única compañía y la única forma de combatir ese ensordecedor silencio que seguía a la ausencia de su amado. Porque cuando él estaba la habitación se llenaba de música, pero cuando se iba tras los cada vez más frecuentes portazos de irritación, sólo quedaba el mudo silencio de su partida haciéndole compañía.
Porque, no es que ella se arrepienta de haberle seguido, no, claro que no. Eso jamás cruzaría por su mente, incluso si llegase a aparecer como una pequeña mancha negra en su mundo color de rosa, ella la aplacaría.
«El sueño de Sho-chan es también mi sueño» se dice a si misma como si de un mantra se tratara, autoconvenciéndose en esos momentos de melancolía de que aquello es lo que realmente quiere.
Pero la frustración insistentemente siempre vuelve y es que cuando creen que al fin han logrado su sueño vuelven a morder el polvo, una y otra vez. Porque cada vez que en los programas de farándula dicen que Sho es popular, de manera implacable y persistente, siempre, pero siempre sale una entrometida que aportilla la popularidad de su amado, destacando que ese estúpido Tsuruga Ren, actorsucho de quinta, sin talento, que usa zapatos con plataformas invisibles y cerebro de corcho, es más guapo, más sexy, más adorable, más caballeroso, más amable, más carismático, más talentoso y más popular, robándole el protagonismo y el esplendor a su amado Shōtaro.
Porque claro, Fuwa Sho a sus diecisiete núbiles años, es popular, pero ese bastardo de Tsuruga Ren ―reconociendo a regañadientes, mientras Sho no está cerca― es incluso más popular.
