Si había algo en lo que Takarada Lory era un verdadero experto, eso sería en guardar secretos.

Y es que Mogami Kyoko nunca pensó que el suyo propio fuera tan superficial, al compararlo con los secretos que ese hombre sabía.

No es que fuera vanidosa y se creyera el centro del mundo, pero es que, en esa época, para ella, ese secreto ―insignificante ahora―, era sumamente importante.

Hoy, se daba cuenta de cuan infantil y banal debió sonar frente a ese hombre, solo por ocultar de quien se había enamorado. ¡Demonios, que la gente se enamora todos los días! ¡Niña tonta y cobarde! Se recriminaba en silencio.

Y es que ver esa escena, los verdes ojos de su senpai cargados de dolor, frente a esa tropa de hienas sedientas de sangre, ver su reacción, cuando ese periodista torpemente osa pronunciar aquel nombre que llena las pesadillas del hombre que ama, le dolió y le hizo pensar que sus preocupaciones eran tan vacías y tan pequeñas, que poco tenía que envidiarle a la cabeza hueca de Shōtaro.

Maldijo ese nombre y el haberle pegado la estupidez mental, porque no había otra explicación para tanta idiotez junta.

Al salir de sus pensamientos, y volver a concentrarse en la pantalla frente a ella y el intento de baño de sangre que ocurría a una puerta de distancia, se llevó la mano a su boca, estaba muy nerviosa. Quería salir ahí y gritarle a ese grupo de buitres que dejaran de querer dañarlo, que él ya había sufrido suficiente, que lo dejaran ser feliz. Que lo dejaran volar con sus propias alas.

Pero eso no ocurriría, porque siempre aquel incidente pesaría como un grillete y ahora entendía lo que significaba ese reloj sin marcha, en su corazón.

Y ella deseó más que nunca sanarlo.

Porque ¿de que servía amarlo en secreto, si verlo sufrir era peor que verlo con otra? Porque ella sabía que su amor era sólo para ella, porque se lo dijo en Guam y ella lo rechazó. Pero ahora, el sucio secreto de ella saldría a la luz, junto al pasado oscuro de él. Para sanarlo y para construir una vida juntos.