Dieron las 12 de ese 25 de diciembre y Kyoko al fin era legalmente mayor de edad.
Quizás el consejo de Kijima esta vez no fuera tan insensato.
Ella, después de haber estado rodeada por ese enjambre de moscardones, ahora estaba rodeada de toda esa gente que le amaba de verdad. Todos felicitándola por ser legalmente una mujer.
Y él, esperaba su turno para acercarse a la luz que esa persona irradiaba, porque él también, cual polilla, solo quería estar junto a ella.
―Feliz cumpleaños Mogami-san. ― dijo, entregando el regalo que tenía preparado desde hace meses.
―Tsuruga-san, no tenía que molestarse ―le respondió con un leve sonrojo en sus mejillas,. ― Sabe que esta fiesta es de agradecimiento, no es para mí.
―Por lo mismo estoy dándote este regalo, y es porque agradezco haberte conocido Mogami-san.
Kyoko se sonrojó nuevamente provocando una serie de miradas airadas de parte de la tropa de admiradores no tan secretos de la chica.
Ren sintió la risa lejana de Kijima y rezaba que se estuviera riendo de alguien más y no de él, aunque seguramente sí se estaría riendo de él.
―Gracias Tsuruga-san, esta kohai jura que cuidará con su vida este regalo suyo. ― respondió la chica haciendo una reverencia perfecta.
Ren suspiró y vio la mirada de alivio entre su competencia.
Sí, aún había mucho camino que recorrer para ganarse el corazón de esa muchacha, pero no podía quedarse en los laureles, porque aunque esa chica no se diera cuenta que era como Caperucita, pero en vez de un lobo, estaba rodeada de una manada de ellos, aunque quizás él fuera el lobo más grande. Porque aunque ella ignorarse que tuviera tantos pretendientes, a él ese detalle, no se le escapaba.
La tomó del brazo y le pidió bailar con ella, porque si estaba dispuesto a devorarla, primero tendría que quitarse a todos esos moscardones de encima.
Mientras se acercaban a la pista de baile, a lo lejos, escuchó un chillido, ese no era Kijima, de eso estaba seguro, ese era Yashiro.
