Los padres siempre tienen un extraño comportamiento para con sus hijas. Suelen ser protectores o más bien sobre-protectores.

Y Mogami Kyoko, no es un caso aparte.

Si bien, su padre biológico se desentendió de ella incluso desde antes de saber su propia madre de su existencia, nunca faltó un padre en su vida. Ya sea el señor Fuwa, luego Takarada Lory, Kuu Hizuri o el Taicho del Darumaya, siempre hubo una figura paterna.

Es así, como este hombre, a ojos de los extraños de trato osco y falto de carisma, era feliz ejerciendo un rol que debió de haber ostentado otro, y vaya que bien ejercía ese rol. Ya lo sabía Tsuruga Ren, cuando fue puesto a prueba a la mirada penetrante del hombre mientras con habilidad y maestría manipulaba sendos cuchillos frente al actor.

O cuando con silencioso mutismo miraba desde su cocina como el joven sonreía a la chica que con el tiempo comenzó a ver como una hija.

Y qué decir de aquellos desafíos casi imposibles para un extranjero que obligaban a comer el pescado de una forma tan única que sólo aquellas personas criadas bajo las tradiciones más estrictas de su propia cultura podían cumplir, revelando un prejuicio sinsentido e injusto.

Y ahí años después estaba este hombre desde uno de los asientos privilegiados, viéndola sonreir del brazo de aquel extranjero que le robaba a la persona que se había transformado en la hija que nunca tuvo.

―Ay, cielo, cambia esa cara. Pareces un padre celoso del novio de su hija― le dijo su esposa con una sonrisa divertida.

Mientras él, ese hombre osco, de mala gana, pero sabiendo que era lo mejor que podía hacer, por primera vez le sonrió con aprobación al joven, porque ese día no perdía una hija, sino que ganaba un hijo. Extranjero, que no sabía comer pescado apropiadamente, pero que amaba con locura a esa jovencita, que también se había ganado un lugar de su corazón.