- Y eso es lo que pasó. - Dijo Tristan algo nervioso ante la mirada seria de su padre, mientras intentaba no mirarlo directamente.
Todos estaban en el interior de la taberna, Meliodas junto Zeldris estaban frente a los niños. Ban, Diane y Estarossa, quien había llegado a los minutos del incidente, estaban sentados en una de las mesas. King y Elaine volaban cerca del grupo, observando a Elizabeth y Gelda, que estaban en la barra. Hawk estaba junto a la vampiro y Diosa.
- Lamentamos todo lo que pasó. No era nuestra intención preocuparlos. - Murmuró Drake con pena, observando a su madre ser curada por Elizabeth.
- Lo sé. Sé que no fue su culpa e incluso actuaron inteligentemente. Estoy orgulloso, pero no saben el miedo que me dio al escuchar la bestia y no verlos. - Dijo Zeldris serio, cerró los ojos unos segundos para luego observar a Gelda. - Fue nuestra culpa el no estar atentos a ustedes.
- Así es, siguen siendo niños. - Dijo Meliodas con cierta molestia al haberle fallado a su hijo y sobrino. - ¡Ban!
- Lo sé. Lo sé... Fue mi culpa el no haberlos detenido cuando salieron de la taberna. - Dijo Ban con culpa, se había confiado.
- Creo que todos tenemos algo de culpa. - Habló King, apretando los puños. Él había escuchado algo y no le importó. - En especial, yo...
- ¡Suficiente! - Exclamó Diane. Todos dirigieron su mirada a la gigante. - Creo que lo ideal es olvidar el tema y seguir adelante.
- Diane tiene razón. Ya pasó todo y no tiene sentido seguir hablando de esto. Podríamos ver la manera de que eso no ocurra de nuevo. - Dijo Elaine, acercándose a Ban para acariciarle los cabellos puntiagudos.
- Suena estupendo. - Concordó Meliodas con una sonrisa. - Niños, ¿qué les parece si jugamos a las escondidas?
- ¡Sí! - Exclamaron alegres Drake y Tristan.
- Está bien. - Dijo Meliodas con ánimo. - Pero antes, ¿cómo me quito esta tinta?
- Se quita en un par de horas. Nada grave. - Dijo Ban con burla.
- ¡Oh! Está bien. - Exclamó Meliodas con alegría. - Zeldris, tú cuentas.
- A mí no me metas. - Murmuró Zeldris, alejándose del trio.
- Bueno... ¿Estarossa? - Meliodas miró a Estarossa, quien le sonrió de manera afirmativa.
Los demonios, a excepción de Zeldris, junto a Ban, Elaine y King empezaron a jugar a las escondidas por toda la casa. Mientras Elizabeth, Gelda y Zeldris observaban con tranquilidad, Diane había subido a descansar junto a Hawk.
- Lamento esto... - Murmuró Elizabeth con cierta culpa, pues ella era una de las razones de que fueran perseguidos por esas bestias. Había terminado de curarla cuando sintió que Gelda le tomaba suavemente las manos.
- No te preocupes, sé que no es tu intención. - Le sonrió con ternura. Elizabeth asintió apenada, pero sobretodo feliz de sus palabras. - Creo que usé mucha energía. Lamento preocuparte, Zeldris...
- No digas eso, tu bienestar es lo más importante para mí. Lo bueno que no era pleno día. - Dijo Zeldris con cierto alivio, mientras abrazaba a Gelda con cariño. - Debí haber sentido la falta de la presencia de Drake o Tristan. - Murmuró serio. - No estarías así.
- Zeldris... - Susurró Elizabeth preocupada.
- Pero estoy bien. Algo cansada por usar continuamente mi magia, pero bien. A parte, lo importante es que los niños y Elizabeth estén a salvo. - Dijo Gelda sonriéndole a Zeldris con cariño.
- Está bien. - Dijo Zeldris un poco más relajado.
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Habían pasado dos días desde que comenzaron a viajar hacia Lionés. No hubo ningún incidente durante el transcurso, a excepción el que pasó con los niños. Elizabeth miró con gran felicidad el lugar donde vivió su infancia desde la ventana de su dormitorio.
- ¡Libertad! - Exclamó Tristan mojado y desnudo mientras salía corriendo del baño.
- ¡Tristan! - Exclamó preocupada al ver que se podía caer debido a su misma humedad.
Tristan ignoró a su madre para mirar hacia el baño con precaución. Él era alguien penoso, pero jugar con su padre era muy divertido, que le hizo olvidar su desnudez. Meliodas apareció detrás del niño con una sonrisa, vistiendo sólo sus pantalones.
- ¡Te tengo! - Exclamó Meliodas con un toque juguetón, mientras capturaba a su hijo con una toalla y lo levantaba como si nada. La risa del niño inundó los oídos del demonio y Diosa, quienes se miraron con orgullo y cariño. - Lamento haber mojado el suelo.
- No hay problema... ¿Se están divirtiendo? - Dijo Elizabeth con cariño.
- ¡Sí! - Dijeron Meliodas y Tristan al mismo tiempo.
- Bien. Es hora de secarte. - Dijo Meliodas mientras lo llevaba de regreso al baño. Pero fue detenido por las palabras de Tristan.
- ¡Mamá! - Le habló Tristan emocionado.
- Dime, cariño. - Dijo Elizabeth.
- ¿Mi papá también te va a bañar? - Preguntó Tristan con curiosidad e inocencia.
Elizabeth sintió sus mejillas enrojecerse ante la mirada maliciosa de Meliodas e inocente de Tristan. - Bueno... Yo...
- Sí, Elizabeth. ¿Vas a dejar que te bañe? - Comentó Meliodas con un toque juguetón.
La chica sentía como la mirada de su amado la dejaba vulnerable. Sintió sus piernas temblar, cuando observó cómo los hermosos ojos verdes de Meliodas cambiaron a un negro ónix. Tristan notó este cambio.
- ¡Papá! ¡Tus ojos cambiaron, son como los de mi tío Zeldris y Estarossa! - Dijo Tristan mientras intentaba tocarle la cara.
Meliodas se sorprendió al darse cuenta que dejó salir un poco a su demonio interior, e intentó relajarse para regresar a la "normalidad". Pero pensar en él y Elizabeth bañándose juntos le era tan excitante.
- ¡¿Papá?! - Fue la voz de su hijo que lo relajó, regresando sus ojos verdes. - ¿Cómo haces eso?
Meliodas se quedó unos momentos callado, para luego sonreírle. - Terminando de cambiarnos, te cuento, ¿está bien?
- ¡Sí! - Tristan se bajó de Meliodas y corrió al baño con la toalla envuelta en su cuerpo.
Meliodas satisfecho con haber regresado a su hijo a cambiarse, decidió terminar de ponerse su usual ropa. Elizabeth siguió algo sonrojada, pero se acercó al demonio para abrazarlo, antes de que se pusiera su camisa.
- ¿Pasó algo, Elizabeth? - Preguntó Meliodas algo sorprendido por el repentino acto de su amada.
- Estoy algo nerviosa de ver a Margaret y Verónica. Quiero decir... Estoy feliz de volverlas a ver, pero ahora... - Murmuró Elizabeth con cierto temor.
Meliodas comprendió a lo que se refería. Ella seguía siendo una chica de 16 años, pero solo en apariencia. Sus hermanas habían envejecido y su padre... Bueno, él apenas podía respirar. El demonio la atrajo hacia él para besarle la mejilla.
- Todo estará bien... Solo se tú y todo saldrá con naturalidad. - Le murmuró con una sonrisa tranquilizadora. - Ahora, muestra esa hermosa sonrisa.
- ¡Sí! - Le sonrió tímidamente con la cara sonrojada. - Iré abajo con las chicas para que tú y Tristan hablen sobre los poderes demoníacos con más privacidad.
- Sabes que no me molesta hablar sobre ello contigo. - Dijo Meliodas extrañado.
- Lo sé. Y a mí no me molesta hablarlo, pero... - Dijo Elizabeth seria, mientras rompía el abrazo. - Tristan se incomoda al hablar de sus poderes de demonios, debido a que no sabe cómo controlarlo y yo no puedo ayudarlo. Por eso, sé que sabrás manejar mejor la situación.
- Elizabeth... - Murmuró Meliodas con cierta sorpresa y alegría. Sintió como le daba un beso en la mejilla antes de sonreírle y salir de la habitación, por lo que el rubio termino de vestirse.
Completamente vestido, Meliodas tomó asiento en la cama. Estuvo meditando en lo que había pasado estos últimos días: Elizabeth estaba viva y lo seguiría sin importar qué pasara, era padre de un hijo tan guapo como él, su familia eran perseguidos por su viejo maestro y él se encargaría de que su familia esté segura.
- ¡Papá! - Gritó Tristan con preocupación. Meliodas se vio sorprendido por la cercanía de su hijo, estaba apoyando sus manos en su regazo. - Te he estado hablando desde hace rato... ¿No quieres hablar sobre los poderes demoníacos?
- ¡No! No es eso... Me quedé pensando en otras cosas. - Meliodas acarició sus cabellos rubios con cariño. - ¡Muy bien! ¡Empecemos!
- ¡Sí! - Exclamó con emoción Tristan.
- ¿Qué quieres saber? - Preguntó Meliodas con cierto nerviosismo, pues no era un tema muy común de hablar.
- ¿Cómo los controlas? - Dijo Tristan refiriéndose a los poderes.
- Mmm... Piensa de manera energética, con un poco de ira o algún sentimiento negativo. - Comentó Meliodas con una sonrisa nostálgica, recordando su infancia. - Y con el tiempo, sabrás identificar ese sentir con facilidad.
- ¡Oh...! Eso explica muchas cosas... - Dijo Tristan para sí mismo, aunque Meliodas lo había escuchado perfectamente. - Cuando me enojo o me pongo triste, usualmente todo se siente... Caliente en cierta manera.
- Ves, ya lo estás dominando. - Dijo Meliodas con orgullo. - No te preocupes, yo te enseñaré algunas técnicas, como el Full Counter. - Le guiñó el ojo. Tristan abrazó sus piernas con emoción.
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- ¿Segura que estarás bien aquí, Diane? - Dijo Elizabeth a su amiga, la gigante. Todos estaban afuera de la taberna, habían llegado a las afueras de Lionés. Diane, en su tamaño normal, le sonrió a todos algo apenada por su preocupación.
- Sí, estaré bien. King se va a quedar conmigo. Realmente no quiero caminar o hacer mucho esfuerzo. Me siento algo cansada. - Dijo Diane mientras se sentaba junto a mamá Hawk.
- Sí, yo la cuidaré y estaré al pendiente. - Dijo King con orgullo.
- Así que papá hada está en modo protector. - Dijo Ban con burla. Elaine lo miró molesta. - Es la verdad...
- Iremos al castillo... ¿No se les ofrece algo? - Preguntó Hawk.
- No, estoy bien. ¡Gracias! - Le dijo Diane con una sonrisa.
- ¡Bueno, bueno, bueno! - Exclamó Meliodas decidido. - Nos vamos. King cuida bien de Diane.
El hada asintió serio y Diane le sonrió de manera agradecida. Mientras iban al pueblo, Estarossa y Ban empezaron a jugar bruscamente, que Elaine tuvo que cuidarlos con la ayuda de Hawk. Meliodas y los demás los dejaron ser, y siguieron avanzando por el bosque.
La gente caminaba por el pueblo con alegría. El pueblo lucia espléndido a los ojos de Elizabeth, su sonrisa no había dejado su rostro desde que habían entrado al lugar.
Tristan y Drake corrían con diversión entre sus empujones. Zeldris junto a Meliodas vigilaban a sus hijos para que no lastimaran a los humanos con su fuerza. Gelda, quien vestía una capucha tinta, caminaba al lado de Elizabeth. Ver la emoción de la Diosa le hacía reír ligeramente.
- Bien... Gelda, Drake. Iremos a la costurera. - Dijo Zeldris mientras atrapaba a su hijo.
Todos lo miraron sorprendidos, a excepción de Gelda, quien le sonrió con cariño comprendiendo la indirecta. La vampiro se acercó a su esposo y le tomó el brazo. - Nos veremos en un rato más.
Meliodas captó la intención de su hermano y cuñada, sonriéndoles con cariño. Tristan vio con cierta tristeza como su primo y tíos de alejaban de ellos. Elizabeth observó cómo su amado levantaba a su hijo y lo ponía en sus hombros.
- Bien. Debemos seguir. Estoy seguro que el viejo Baltra y tus hermanas nos están esperando. - Dijo Meliodas tomándole la mano a Elizabeth para avanzar por las calles del pueblo. Elizabeth sonrió tímidamente por el contacto que tenía con Meliodas.
Avanzando por el pueblo, Elizabeth observó su reflejo en unos de los vidrios de los puestos. Embolsó una gran sonrisa al ver que parecían una hermosa familia. Meliodas notó el cambio de semblante, por lo que siguió sosteniendo su mano con la suya.
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Algunos caballeros de la entrada del castillo se quedaron mudos al ver a Elizabeth. Meliodas simplemente les sonrió. Mientras avanzaban por los pasillos del castillo, Tristan, quien seguía en los hombros de Meliodas, observó con asombro la elegancia del lugar.
- Papá, ¿me puedes bajar? - Preguntó Tristan con curiosidad.
- ¡Claro! Solo no te separes de nosotros. - Dijo Meliodas.
- Sí, papá. - Comentó Tristan con cierto aburrimiento.
Elizabeth se mantuvo cerca de Meliodas, sosteniendo su mano. - ¿Crees que se sorprendan al verme?
- ¡Claro! Exclamó Meliodas. - Ver a su hermana después de tanto tiempo, creo que sería algo que los sorprenderán.
- Sí... - Susurró Elizabeth con dulzura. - ¿Dónde está Tristan?
- Rayos... Lo volvimos a perder. - Comentó Meliodas algo molesto, pero luego se animó. - Él sigue por aquí, podríamos buscar a tus hermanas, que de seguro les avisaron de nuestra presencia. Y luego buscamos a Tristan.
- ¿Seguro? - Dijo Elizabeth dudosa.
- ¡Claro! - Exclamó Meliodas con seguridad. - No he sentido ninguna presencia de residentes del purgatorio cerca de aquí, y antes de que lleguen al castillo, Zeldris o Estarossa se encargarían de ellos antes de que llegaran aquí.
Elizabeth pensó unos momentos y era verdad lo que había dicho Meliodas. Con un poco más de confianza, avanzó por el pasillo.
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Tristan había corrido cuando tuvo la oportunidad, sabía que debía obedecer a su padre, pero él quería ir a explorar el lugar solo. No lo hubiera hecho por el incidente, sin embargo, había muchos soldados y eso le dio confianza.
- ¡Oye! - Una voz femenina ligeramente tosca le habló. - No deberías estar por estos lados... Aunque me resultas familiar...
El niño se giró hacia la voz, encontrándose a dos muchachas vestidas con armaduras. Las dos parecían como de 30 años. Una de ellas tenía el cabello púrpura y corto, en cambio, la otra chica lo tenía largo y negro.
- Jericho... Debes ser más suave, es un niño. - Comentó la chica de cabellos negros.
- ¡Pero no debe estar por esta parte del castillo, Guila! - Exclamó Jericho avergonzada y molesta.
- Lo sé. Pero es un niño. - Dijo Guila con cierto cariño. - Me recuerda a Zeal cuando era un niño.
Jericho miró a su alrededor, Tristan había desaparecido. - ¡Maldición! ¡Huyó!
- Por allá. - Señaló Guila.
Tristan corrió asustado, y cuando las perdió de vista por unos segundos entró a una habitación, que tenía una gran puerta. Al entrar, notó un ambiente ligeramente pesado, pero no le importó y se escondió debajo de una gran cama. Escuchó cómo tocaron la puerta y permaneció callado esperando a que se fueran.
- Adelante. - Tristan se estremeció al oír una voz firme y ronca.
Las puertas se abrieron ligeramente y entraron las chicas para rápidamente inclinarse.
- Su majestad. Lamentamos molestar, pero... ¿De casualidad no ha visto un niño entrar por aquí? - Preguntó Guila, aun sin dejar de inclinarse.
Un anciano reposaba en la cama, poseía una gran barba y su apariencia lucía desgastada, pero firme. Éste sonrió y dijo. - No es una molestia. Pero no he visto a nadie.
- Entendemos. - Comentó Jericho seria, mientras ambas chicas se retiraron con respeto.
Esperó unos segundos para hablar con un tono alegre. - Ya no hay nadie a la vista, sal para verte...
Tristan salió de la cama y se asomó por el borde de la cama con curiosidad. - Gracias por ayudarme...
- Jaja... No hay porque ser tímido. - Le dijo el anciano con ánimo, alentándole confianza a Tristan. - ¿Cómo te llamas, pequeño?
Tristan saltó a la cama, con cuidado de no lastimar al anciano. Sonriéndole, dijo. - ¡Soy Tristan!
- ¡Mucho gusto, Tristan! - Dijo el anciano mientras le revolvía los cabellos rubios con cariño.
Por alguna razón, al niño no le molestaba ni le daba desconfianza el viejo. Incluso le dio cierto cariño, como si fueran familia.
- ¿Quieres unos dulces? - Esa pregunta le trajo alegría al pequeño. El anciano simplemente rió por su emoción, estiró su mano a uno de los muebles, donde había un tazón. Tomó lo que había ahí y se lo entregó a Tristan. - Aquí tienes.
- ¡Muchas gracias! - Exclamó Tristan agradecido por los dulces que le dio. - Por cierto, ¿cómo se llama, señor? - Dijo educadamente.
El viejo lo miró con cariño y le sonrió. - Soy Baltra, pero me puedes llamar abuelo...
Tristan soltó los dulces por la impresión que recibió por su declaración. Poco a poco, empezó a sonreír mientras se acercaba a Baltra para abrazarlo.
- ¡Abuelito! - Gritó con cariño, abrazándolo.
Soltando una carcajada, correspondió su abrazo con cariño. - Oh, te he estado esperando. No puedo creer tu enorme parecido a Meliodas, pero tienes la mirada de mi hermosa Elizabeth.
- ¡Wow! ¿En serio? - Dijo con orgullo, mientras rompía el abrazo para verlo directamente a los ojos.
- ¡Así es! - Dijo Baltra para luego toser fuertemente, preocupando a Tristan.
Sin dudarlo, tocó su pecho y salió una luz de su mano, lo estaba curando. Baltra sintió una calidez, así como una nostalgia debido a que le recordó a su hija. - ¿Qué te parece si platicamos un poco?
- ¡Claro! - Exclamó Tristan con alegría.
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Elizabeth y Meliodas estaban frente a la puerta que conducía al trono. Nerviosa, apretó la mano del rubio y éste simplemente la acarició con el pulgar.
- Aquí vamos... - Dijo Elizabeth mientras abrían la puerta para entrar con la frente en alto.
Al entrar vieron a tres figuras en la habitación. Eran Margaret, Gilthunder y Verónica, quienes se asombraron al ver a Elizabeth. Era igual a como la última vez que la habían visto, en cambio ellos se veían acorde a su edad actual. Pequeñas lágrimas escaparon de los ojos de las chicas que no dudaron en correr hacia los brazos de Elizabeth, Margaret intentando no tropezar con su vestido y Verónica evitando soltar el llanto de alegría.
Elizabeth inmediatamente corrió a abrazar a sus hermanas, quienes se abrazaron con cariño, soltando pequeños sollozos de alegría. Meliodas avanzó hasta quedar a un lado de Gil, quien veía con emoción el encuentro familiar.
- Las extrañé tanto... - Murmuró Elizabeth con cariño.
- Oh, no sabes la alegría es tenerte de nuevo con nosotras. - Dijo Margaret con dulzura.
- ¡Sí! Han pasado tantas cosas desde que nos dijeron sobre tu... muerte... - Dijo Verónica con cierta tristeza, pero luego sonrió aliviada. - Pero ahora estás aquí...
- Sí... -Susurró Elizabeth con dulzura.
Lentamente se separaron par verse y luego reír, como si hubieran escuchado algo muy gracioso.
- Es un gran honor volver a verlo, Meliodas. - Dijo Gilthunder con alegría. - Y es genial ver a Elizabeth de nuevo.
- De igual manera. ¿Cómo están tus hijos? - Preguntó Meliodas curiosidad.
- Oh, ellos están bien. Se alegrarán al volver a verlo. - Dijo Gil con una sonrisa.
Meliodas sonrió complacido, de cierta manera le hacía sentir orgulloso tener el respeto de Gil y su familia. - Me gustaría que conocieran a su primo. - Dijo Meliodas con simpleza.
- ¿Primo? - Preguntó Gil desconcertado, llamando la atención de Margaret y Verónica.
- ¡Sí! Elizabeth y yo tenemos un hijo. - Dijo Meliodas feliz, sin ninguna preocupación.
- ¡¿Qué?! - Exclamaron sorprendidos todos, a excepción de Meliodas y Elizabeth, quien se tapó la cara por la vergüenza.
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- ¿En serio presentiste mi llegada? - Preguntó Tristan asombrado a su abuelo.
- Así es... Al principio no entendía por qué veía un Meliodas muy pequeño, pero al ver tus ojos lo comprendí todo. - Murmuró Baltra con cariño. - Ese es mi poder.
- ¡Es genial! - Exclamó el niño con emoción. - Poder predecir cosas es muy útil.
- Sí... -Dijo el viejo con melancolía, pero luego sonrió con alegría. - Sabes, me recuerdas a Elizabeth cuando era una niña de tú edad.
- ¡Oh, en serio! - Baltra asintió, provocándole alegría al niño. - Pero tengo algo de papá, ¿verdad?
- Eso sí. - Dijo Baltra. - Hablando de edad, ¿cuántos años tienes?
- ¡Diecinueve! - Comentó como si fuera lo más normal.
Baltra dejó de sonreír para mirarlo confundido. - Pero pareces...
- De cinco años, lo sé. - Dijo Tristan con orgullo.
Baltra iba a comentar algo, pero fue interrumpido por unos toques de la puerta. Sin esperar respuesta, está se abre dejando ver a sus tres adoradas hijas y Meliodas.
- ¡Yo! - Dijo Meliodas con simpleza.
-¡Papá! - Dijo Tristan, corriendo hacia él.
- Pa... Papá... - Murmuró Elizabeth con alegría, mientras lágrimas recorrían sus mejillas.
- Mi dulce Elizabeth... - Dijo Baltra con cariño. Inmediatamente, Elizabeth corrió a abrazarlo, siendo correspondida con mucho gusto. Verónica y Margaret se le unieron.
Meliodas vio con alegría la reunión familiar para luego mirar a su hijo con un semblante serio. - Tristan...
- Lo siento. Sé que estás enojado conmigo por huir de esa manera. - Murmuró el niño con pena, pero sintió como revolvían sus cabellos con cariño. - ¿Eh?
- Así es. Por eso te voy a castigar. - Dijo Meliodas con malicia.
- ¿Qué? - Dijo preocupado Tristan. - Pero...
- Nada de peros. - Dijo el demonio con alegría, pero se podía sentir maldad en su mirada. - No te voy a enseñar el Full Counter hasta dentro de una semana.
- ¡¿Qué?! Pero dijiste que me enseñarías mañana... - Al sentir la mirada de su padre, decidió aceptar el castigo. - Está bien...
- Tristan. - Le llamó Elizabeth con dulzura. - Déjame presentarte a tus tías.
Al oír la palabra tías, se olvidó de su castigo y sonrió con alegría, pues ahora tenía más familia. - ¡Sí!
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- ¡Estúpido traje! - Masculló Drake mientras se veía sus pernas con aburrimiento. Vestía un elegante traje con toques negros y rojos.
- No es estúpido, es genial. - Dijo Tristan con una sonrisa, él vestía un traje igual de elegante que el de Drake, solo que era de colores claros como azul y verde.
- ¡Me pica! - Se quejó Drake.
Los niños estaban en la habitación junto a sus madres, que terminaban de arreglarse. Elizabeth se estaba maquillando ligeramente, mientras Gelda peinaba sus cabellos. Drake y Tristan estaban sentados en la cama observando con aburrimiento a sus mamás. Se estaban arreglando porque se iba hacer una pequeña fiesta por el regreso de la princesa Elizabeth.
- Drake, si sigues quejándote voy a peinarte cómo no te gusta. - Advirtió Gelda, a lo que el niño asintió derrotado. - Elizabeth, gracias por permitirme cambiarme en tu habitación.
- Claro, de hecho te iba a pedir que me acompañaras. Quería darle una sorpresa a Meliodas... Pero hace mucho que no me arreglaba de esta manera. - Dijo Elizabeth sonrojada con alegría. - ¿Cómo me veo?
- ¡Muy bien! / ¡Preciosa! / ¡Hermosa! -/Exclamaron Gelda, Drake y Tristan, respectivamente.
- ¡Gracias! - Balbuceó Elizabeth con pena, pero con agradecimiento. - No sé qué decir...
- Pues yo digo que pareces una asquerosa diosa. - Comentó una voz llena de odio.
Drake y Elizabeth se congelaron ante la voz, Tristan se estremeció ante la presencia y Gelda miró con precaución al dueño de la voz. Era Chandler, quien se mostraba irritado. Un gran calor inundó la habitación, Gelda tenía una gran llama en su mano.
- Qué patético. En serio, ¿crees que eso me detendrá a mí? - Se burló el demonio descaradamente.
- No, yo soy insignificante a comparación a usted. - Dijo Gelda seria, pero sonrió con malicia levantando la otra mano, que no tenía fuego. - Pero no es para ti...
Elizabeth envolvió a Chandler en una especie de luz, Ark, cuando Gelda tronó los dedos para quemarlo dentro de la magia de Elizabeth. Los niños corrieron hacia sus madres, pero la vampiro lanzó la gran llama directo a ellos, consumiéndolos.
Elizabeth jadeó asustada, observando a Gelda con sorpresa. Pero ésta le sonrió. - Los teletransporté con Zeldris.
Al escuchar esas palabras, sonrió aliviada, ignorando el dolor en su abdomen al ser atravesada por un bastón. - Eso es lo único que importa.
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N/A: Aquí un nuevo capítulo. Prepárense para la acción. Espero que le haya gustado el capítulo. La verdad, al principio tuve un bloqueo en este capítulo, pero al final me llego la inspiración y resultó más largo de lo que imagine. Lamento los errores gramaticales y ortográficos.
¡Gracias por leer y que tengan un buen día! :D
