Si Mogami Kyoko alguna vez tuviera que decir quien ha sido el maestro que más la ha marcado en su vida, ella respondería con seguridad ― y mucho pudor― Tsuruga Ren.
Y es que no sólo fue su maestro en el plató de Dark Moon, sino que en muchas otras experiencias.
Fue su maestro a la hora de aprender a amar la actuación, y es que verlo ser profesional, de hacer actuar a su coestrella como él quería, fue lo que la hizo querer ser actriz por decisión propia, no por venganza.
Fue su maestro también, cuando tuvo que aprender a hacer amigos, y es que Corn, siempre sería una existencia especial en su vida.
Fue su maestro para aprender a caminar como una modelo, porque cuando quiso darle a su Natsu una identidad propia, distinta a Mio, ese hombre le enseñó el camino correcto para lograrlo, y es que también ver a Tsuruga Ren haciendo un Catwalk, es invaluable.
También le enseñó que la ternura tenía cara de perrito nivel 5, y es que esos ojos de cachorro abandonado eran dinamita en su corazón, dónde simplemente no podía negarle nada. Era una blanda con esa mirada.
Con él aprendió a hacer chupetones, y es que las marcas de amor en el cuerpo, aunque saber su origen en él despertara sus celos, le dieron un conocimiento que nunca ― y de eso ella ahora estaba segura― habría adquirido con otro.
Le enseñó que la magia podía seguir existiendo en su vida, incluso si las hadas no XXXXXXX ― eso no debía decirlo, porque si lo decía, un hada moría. ―, quizás en un comienzo esa lección le dolió, pero al final la aceptó con la entereza que la verdad entrega.
Aprendió con él, que el desastre puede nacer en la cocina. Jamás debe dejarlo cocinar, por su salud y la de los que ama.
Así como ella fue su maestra y le enseñó a amar por primera vez, él le enseñó a volver a amar. Porque el único que podía ayudarla a curar su corazón era él. Así como ella le ayudó en su camino de sanación.
Fue su maestro a la hora de aprender a crecer, dejar a la niña y volverse la mujer que hoy es. Y es que ese hombre seguía cada día enseñándole más y más cosas. Unas cuantas, desde su experiencia profesional, otras desde sus sentimientos y emociones, y otras más carnales propias del deseo y el placer.
Pero en lo único que ambos fueron maestro y aprendiz al mismo tiempo, fue a partir de ese momento en que Kyoko vio esas dos líneas rosas en el plástico entre sus dedos.
