Emma y Regina intercambiaron una mirada y una pequeña sonrisa a través de la mesa. Mientras David estaba teniendo una conversación con Henry y Mary Margaret se entretenía hablando con su bebé y haciéndolo reír, las mujeres se enfocaban en su comida. Pero debajo de la mesa, donde las miradas no llegaban, ambas empezaron a acariciar el tobillo de la otra, como si acabaran de leerse la mente.

Los dedos descalzos de Regina trazaban líneas y figuras desde el tobillo hasta la pantorrilla de la rubia. Había algo excitante en eso de estar juntas sin que nadie se diera cuenta. Sí, estuvieron juntas por un mes ya y nadie en su familia lo sabía, ni siquiera Henry. No estaban listas. ¿Qué tal si nadie quería que estén juntas? ¿Y si ellas le contaban a los otros, pero más tarde descubrían que no servían para una relación? Con sus historiales, no sería sorprendente. Las posibilidades de falla eran infinitas y la pareja no estaba dispuesta a tomar el riesgo aún, no hasta estar seguras de que todo estaría bien.

«¿Regina? ¡Regina!».

La voz irritante de su hijastra la despertó. Ella la había estado llamando mientras Regina acariciaba inapropiadamente a su hija. La Reina se aclaró la garganta, mirando perdida a Mary Margaret, quien no se veía amigable.

«¿Perdón?».

«¿Escuchaste algo de lo que estaba diciendo?».

Regina tuvo la decencia de parecer avergonzada pero se recuperó inmediatamente.

«Bueno, no puedo soportar cada tontería que sale de tu boca, ¿no?».

La princesa sólo sacudió la cabeza, ahora un poco más divertida, sabiendo que no debía tomar en serio los comentarios de Regina.

«Estábamos hablando el baile de primavera, me preguntaba si tú y Robin van a unirse a nosotros».

«Oh...» la morena intercambió una mirada nerviosa con Emma. «Yo, sí. Pero sin Robin».

«Oh, qué lástima. ¿Está ocupado?» preguntó Mary con ojos simpáticos.

«No, no... De hecho, Robin y yo ya no estamos juntos» confesó y la miraron atónitos. «Yo rompí con él».

«Lo siento tanto, mamá» dijo Henry.

«No, está bien, Henry. Hice lo correcto».

«Pero él es tu final feliz» dijo él, confundido.

«No, no lo es» discutió Regina. «No hablemos más de esto, ¿sí?» dijo dándole una mirada acentuada a Mary Margaret. «No es importante».

Emma carraspeó y se levantó de su asiento.

«Nosotras» dijo haciendo una señal para que Regina se ponga de pie, «debemos irnos».

Regina la miró como si hubiera perdido la cabeza. ¿Acaso quería delatarlas? Era bastante sospechoso que ambas se fueran juntas.

"Confía en mí", escuchó que Emma dijo y decidió seguirla en cualquiera que sea la locura que su pareja pensaba.

«Eh, sí» murmuró Regina.

«¿Qué? ¿Por qué?».

«Clases de magia» se excusó Emma. «Me había olvidado que ya era la hora».

«Pero Regina es tu maestra, pueden quedarse un rato más».

«Perdón, Snow, pero no. La magia es un estilo de vida, Emma tiene que estar completamente comprometida con ello» intervino Regina.

«Nos vemos más tarde» se despidió Emma mientras las arrastraba a ambas hasta afuera de la cafetería.

«¡Esperen! ¿Qué hay del baile?» escucharon a Mary Margaret llamar y la rubia se limitó a reír.

«¿Para qué fue eso?» preguntó Regina una vez que estuvieron lejos de ojos y oídos.

«Estabas incómoda».

«¿Cómo podrías saber eso?» arqueó una ceja y apoyó sus manos en las caderas.

«No se requiere ser un genio para darse cuenta, 'Gina».

«Soy muy buena ocultando lo que siento, gracias» aseguró Regina.

«No lo sabré yo...» musitó Emma. «Vamos».

«¿Adónde?».

«A ninguna parte» replicó la rubia con una sonrisa divertida.

Regina puso los ojos en blanco y siguió ciegamente a Emma hacia donde sea que la llevara. No sin antes, por supuesto, quejarse un rato y exigir respuestas; de lo contrario, no se estaría tratando de Regina.

Emma observó su reflejo, haciendo una mueca. Pronto, los vaqueros y la franela desaparecerían, y serían reemplazados por el odioso vestido brillante que su mamá haya elegido. Su cabello estaba despeinado y su intuición la guió a atarlo para no desperdiciar tiempo, pero una vocecita en su cabeza alejó esa idea y le dijo que se haga ondas, porque se veían hermosas en ella. Extrañamente, esa voz le recordaba mucho a Regina.

Pensando que eso le pasaba por estar tanto tiempo con Regina, Emma se dejó caer en el colchón con un bufido. No estaba de humor para fiestas y bailes y estúpidas tradiciones de un mundo que hacía pocos años para ella no existía.

"Mejor no voy", pensó Emma.

"Pero si vas, puede que algo extraordinario se suceda después del baile", un pensamiento llegó a su mente, uno que no le pertenecía y Emma se sobresaltó. Estaba imaginando cosas.

"Me estoy volviendo loca."

"No, no estás loca", la voz contestó.

La Salvadora saltó de su cama y empezó a mirar a su alrededor en busca del bromista que intentaba jugar con su cabeza. La voz era conocida, pero no lograba relacionarla. Además, alguien quería hacerle una broma de mal gusto, probablemente magia estaba involucrada.

"Dios, ¿no se supone que ahora crees en la magia?", la voz dijo un poco irritada. "Soy Regina, idiota."

"¡Sabía que alguien está jugando conmigo."

"¡No estoy jugando contigo! Acabo de descubrirlo", Regina pensó. "Creo que podemos comunicarnos telepáticamente."

"¿Como...leer la mente?"

"Telepatía", la corrigió Regina.

Antes de que Emma pudiera reflexionar su nuevo descubrimiento con profundidad, alguien golpeó la puerta. Su madre entró en el cuarto con una bolsa en la mano y una sonrisa radiante en su rostro. Era el primer baile de su pequeña. Rodando los ojos ante la emoción que sobrepasaba por lejos la suya, Emma tomó la bolsa de mala gana y bajó el cierre para encontrarse con la ropa que Mary Margaret eligió en su lugar para el baile, dado a que ella no estaba tan excitada por ello como todas las otras princesitas.

«Sorpresa» escuchó decir a su madre mientras ella se quedaba boquiabierta.

No había un vestido rosa y brilloso. Rayos, ni siquiera era un vestido. Su mamá, la persona que quería hacerle un cambio de estilo y convertirla en una princesa, le consiguió un traje y corbata.

"¿No hay rosa?", escuchó a Regina en su cabeza, como si leyera su mente. Luego se corrigió, seguramente estaba leyendo su mente.

"No hay rosa", confirmó Emma, aún impresionada por su madre.

«¡No puedo creer que podamos comunicarnos con la mente! ¿Cómo lo descubriste?» preguntó Emma a Regina.

La rubia había estado dando vueltas por el salón, en su traje, a la espera de su reina. Cuando la encontró al fin, estaba ocupada con David y Neal. Notó a Henry ocupado con Violet, no las iba a interrumpir, y en el momento en el que Regina fue dejada sola Emma intervino. La arrastró a la esquina más desolada del Baile de Primavera, lista para interrogarla sobre lo sucedido antes de llegar al baile.

«Jesús... ¿No podías esperar para esto?».

«¿Puedes culparme?» Emma levantó una ceja. «Acabo de descubrir que puedo mandarte mensajes mentales».

«Telepatía, Emma. Se llama telepatía».

«Como sea. ¿Cómo hiciste para...? Ya sabes».

«No sé» Regina se encogió de hombros sinceramente. «Sólo sucedió. Hoy en la cafetería. Cuando me salvaste de una conversación incómoda con mi querida suegra... Juré que te escuché decir "confía en mí". Claro que no me di cuenta en ese entonces pero...»

«Escuchaste mis pensamientos» concluyó Emma.

«Exacto».

«¡Regina!» la llamó Mary Margaret y Regina rodó los ojos exasperada al ser interrumpida en su conversación con Emma.

«¿Qué sucede, Snow?».

«Hay alguien a quién me gustaría presentarte».

Y repentinamente, el hombre apuesto en sus treinta al lado de su hijastra hizo conocer su presencia y Regina entendía de qué se trataba todo aquello. Mary Margaret quería que Regina consiguiera su final feliz y dado a que terminó su relación con Robin ahora estaba desesperada por alegrarla. Uno de los rasgos más enternecedores, pero irritantes de Blancanieves; siempre esforzándose para conseguir finales felices.

La morena ojeó a Emma en pánico, quién se encogió de hombros aunque Regina podía sentir un poco de posesividad en ella, y luego volvió al hombre. Regina notó que Mary Margaret se llevó a Emma lejos de allí y la morena intentaba, con toda su voluntad por ser buena, no ser grosera y mandar al hombre al diablo; no era su culpa que su hijastra quiera jugar a la casamentera.

El hombre (cuyo nombre la alcaldesa olvidó a los cinco minutos después ser presentado) empezó a parlotear sobre diversos temas por los cuales Regina intentó parecer mínimamente interesada. La morena asentía cada cierto tiempo y daba una ligera sonrisa, mientras su mente regresaba a Emma. Emma, quién estaba en alguna parte de la fiesta evitando a su madre y espiando a Regina. La Reina, por alguna razón, podía sentir la irritación (o celos) que irradiaba la rubia.

«¿...no lo crees?».

La pregunta del hombre la despertó de su ensimismamiento. Regina desorbitó los ojos por su segundo, antes de recomponerse e intentar dar una respuesta creíble con la poca información que tenía sobre la pregunta.

«Sí, sí, tienes razón».

Si había algo que aprendió durante su vida en el Bosque Encantado, era que a los hombres les encantaba que les den la razón y ser alabados. Cuando llegó a Storybrooke, descubrió que en la tierra moderna y sin magia, la situación no era tan diferente. El hombre tenía una sonrisa escurridiza después de escuchar su respuesta. Bingo.

"Dios, él es tan aburrido", la voz de Emma saltó en su cabeza.

"¡Emma! Vete de aquí."

"¿Y dejarte con el vejete para que te mueras de aburrimiento? No, gracias."

Regina rodó los ojos internamente. 'Vejete' era una exageración. Ella debía tener su misma edad, aunque no negaba que prefería estar lejos de ahí.

"En serio, de todas las personas con las que te podía juntar tenía que ser este tipo, que ni se da cuenta que no lo estás escuchando", siguió Emma.

"Quien, Emma", la corrigió Regina.

"Ya sabes cómo son esos en la cama, ¿eh? Todo tomar, tomar, tomar y te dejaron seca."

"¡Emma!"

"Y no me hagas empezar con su problema de 'yo, yo, yo'... Apuesto que tiene que agrandar la imagen de sí mismo para esconder otros problemitas más diminutos."

«¡¿Puedes callarte?!».

Silencio. La voz en su cabeza se calló, tanto como la del exterior.

"Dijiste eso en voz alta", Emma musitó en su mente y Regina quería que la tierra la tragara.