En una tierra muy, muy lejana, había un caballero andando en un caballo blanco. Atravesó todo un reino, escapando de su rey y reina, en búsqueda de su princesa. Las brujas oscuras del Bosque Oscuro habían condenado a su amada con una maldición. Ella estaba muerta en vida, su cuerpo era su tumba. Y el caballero debía salvarla, era su Destino.
Entonces la encontró. La princesa yacía en la verde hierba frente a un árbol de manzanas. Los frutos estaban negros, podridos hasta el corazón. Admiró a la joven; aún en su estado su piel brillaba con la belleza y vitalidad que tenía fuera de su maldición, las ondas oscuras rodeaban la forma de su rostro y camisón gris claro resaltaba su inocencia.
Desmontó su caballo y se quitó el casco. No se detuvo más de unos segundos antes de inclinarse sobre la joven y depositar un suave beso en sus labios. Cuando se separó y apoyó en sus talones, notó que la princesa no estaba despertando.
Una rubia plebeya que estuvo caminando por la zona, recogiendo frutos y raíces en una canasta, se encontró con la escena. Horrorizada por el descaro del caballero, la joven sacó una daga de entre su recolección y dejó caer la canasta.
«Aléjese de ella» lo amenazó.
«Pero ella... Ella es mi princesa».
La rubia, quien ya había observado a la princesa antes sin que nadie nunca la rescatara, no confió en él ni un poco. Continuó su amenaza hasta que el cabellero montó su semental y huyó.
La plebeya suspiró, guardando la daga y acercándose a la joven como solía hacerlo cada vez que pasaba por la zona. La princesa y ella tenían algo en común, ambas estaban solas. Por eso era su deber protegerla de degenerados como aquel. La jovencita acomodó un mechón oscuro detrás de la oreja y acarició la fría mejilla con delicadeza.
«Algún día, alguien vendrá a rescatarla, su Alteza» murmuró a la hermosa morena y, por primera vez, se inclinó sobre su cuerpo y dejó un beso en su frente con ternura.
No imaginarán su sorpresa cuando un haz de magia blanca irradió desde ellas.
«¡Emma!» exclamó la princesa con una radiante sonrisa.
«¡Regina!» la rubia igualó su sonrisa se inclinó besarla otra vez, ahora en los labios.
Ya no eran una plebeya y una princesa, ya no eran dos desconocidas merodeando a sus alrededores. Eran Emma y Regina, y el Bosque había desaparecido. Estaban en Storybrooke, besuqueándose bajo el manzano, cuyos frutos estaban más vivos que nunca.
Regina giró su muñeca y aparecieron en su habitación. Emma sonrió entre besos cuando sintió que era empujada suavemente a la cama. Pronto se despojaron de sus ropas, ya olvidando lo sucedido hacía tan solo unos minutos y los toques volviéndose cada vez más audaces.
Entonces, despertaron.
«¿Estás segura que estás bien, cariño?» dijo su madre con un tono preocupado.
«Sí, mamá, todo está bien. No fue nada» repitió Emma por tercera vez.
«Es que esa pesadilla se veía muy mal. Estabas caliente y agitada mientras dormías».
Emma desvió la mirada, aclarándose la garganta. Vaya, tenía cosas que explicar. Últimamente algo raro estaba sucediendo con su magia y la de Regina. Primero, esa locura de leer mentes que casi hace que maten a la morena. Y ahora empezaba tener sueños en los que ambas (ella y Regina) estaban conscientes de lo que pasaba.
Mary Margaret ojeó curiosamente a su hija, no creyendo en absoluto sus palabras. Algo claramente la estaba afectando. Sin embargo, la dejó ser y decidió que era momento para dirigirse a su reunión con Regina. Desde que su hermana había regresado, la Reina estuvo encantando todo lo que la rodeaba: su casa, su bóveda, las casas de sus amigos, sus amigos, su hijo, Emma, Neal... Con un suspiro, entró a la mansión, donde Regina estaba encantando un cofre con demasiada insistencia.
«¿Estás bien?» preguntó haciendo sobresaltar a Regina.
«Estoy bien» dijo sin mucha emoción. «Mejor...que bien. ¿Mencioné que estoy bien?».
«Pues... Algo claramente te está molestando».
«No es nada» insistió la alcaldesa. «Es solo un sueño que tuve anoche».
Mary Margaret levantó las cejas mientras recordaba a Emma.
«¿Una pesadilla?».
«No. Fue...muy bueno. Hasta que desperté» apretó los labios con amargura.
«Oh... ¡Oh! Entiendo. No quería saber eso».
«¡Tú preguntaste!».
Mary Margaret pensó que tal vez los sueños de Regina se debían a que ahora estaba sola o se sentía como tal porque no tenía a Robin. Entonces su cabeza empezó a maquinar. No quería que Regina se sienta sola y sin duda prefería que su amiga viviera esos sueños en lugar deprimirse cuando se despierta.
Su primer intento en emparejarla había resultado en un desastre después de que Regina le gritó que se calle, sí, pero la alcaldesa de Storybrooke era conocida por ser temperamental y en ese entonces no había concurrido demasiado tiempo desde que terminó con Robin. Pero ahora, ya pasó otro mes más y Mary Margaret estaba segura de que las aguas se habían calmado. Era la perfecta oportunidad.
«¿Sabes qué? Necesitas relajarte. Emma, tú y yo, noche de chicas. ¿Qué dices?»
La morena hizo una mueca, intentando negarse. «No creo que...»
«Vamos. Ustedes dos necesitan divertirse un rato. Toda esa tensión necesita ser liberada».
"Créeme, liberamos nuestra tensión", pensó Regina. Escuchó una pequeña risita que suponía que pertenecía a Emma mientras Mary Margaret se retiraba con la última palabra. Aparentemente, tenía una noche de chicas con su novia y su madre. Nada bueno podría salir de eso.
Emma y Regina yacían en el colchón, lado a lado. La rubia trazaba círculos con su índice en la piel oliva de la cadera de la Reina. Regina largó un suspiro y se relajó con ella, disfrutando del cómodo silencio que reinaba en el cuarto. Silencio que se arruinó en el momento en que Emma abrió la boca.
«Sabes, tuve un sueño bastante divertido anoche».
Regina levantó una ceja, poco impresionada ante el sentido del humor de Emma y su estúpida sonrisa pícara.
«¿Se supone que eso debe ser gracioso?».
Emma la ignoró y siguió hablando.
«Había una chica sexi a la que salvé, un estúpido guardabosques al que pude amenazar con un cuchillo... Increíble sexo...» terminó de nombrar con un ondeo de sus cejas.
«Y eso es todo cierto, Emma, pero... Esto es raro» Regina se apoyó en su hombro, tomando una postura más seria. «Creo que nuestra magia está reaccionando de una manera...curiosa a nosotras».
«A mí me gusta» Emma se encogió de hombros.
«Por supuesto que te gusta si con eso consigues que le grite a un pobre hombre» le recriminó Regina.
«¿Sigues con eso?» dijo la rubia con un puchero. «Dije que lo lamentaba».
«No, no lo lamentas. Te encantó».
«Sí, me encantó» ella no se molestó en negarlo y sonrió. "Y lo haría otra vez," agregó en su cabeza, olvidando que Regina podría escucharla.
«Y eso, es porque estabas ce-lo-sa» Regina la provocó mientras salía de la cama y se dirigía al baño, dejando a Emma sola y boquiabierta.
«¡No estaba celosa!».
La morena escuchó el grito indignado de la rubia desde el otro lado de la puerta y rió entre dientes. Abrió el grifo del agua caliente en la ducha y se quitó la camiseta de Emma, cuando la rubia entró al baño sin tocar la puerta y se encontró con Regina semidesnuda.
«Tienes razón» soltó ella. Regina intentó decir algo pero Emma no se lo permitió. «No sobre los celos, sobre nuestra magia. Deberíamos tener cuidado, no sabemos qué más podría pasar. ¿Por qué crees que sea?».
Regina dejó caer su ropa interior e ingresó en el agua caliente, mirando recatadamente a Emma. Emma inmediatamente empezó a desvestirse.
«Tal vez es porque ambas somos seres mágicos. No hay muchas uniones entre hechiceros, es normal que no sea un caso común».
La jóven emitió un sonido vago como respuesta, no completamente convencida con aquella explicación. Tenía sentido, sí, pero había tantas cosas que no entendía aún. Decidiendo que esa era una conversación para más tarde, Emma continuó su ducha con Regina.
Después tenían otro problema. Su madre había organizado una salida de chicas y sólo tenían unas horas para prepararse e irse, sin considerar la hora muy ocupada que tenían por delante. Por el momento, debía enfocarse en eso, luego tendría tiempo para preocuparse por 'telepatía' (como Regina lo llamaba), sueños compartidos y superpoderes raros con su novia.
'Novia.' Esa palabra le brindó una sonrisa a su rostro. 'Novia.' Podría acostumbrarse a tener una de esas, reflexionó mientras se inclinaba hacia el cuerpo desnudo de su novia y la acercó en un beso.
