Cuando Emma despertó, la radiante luz solar la hizo cerrar los ojos otra vez, soltando un gruñido de dolor. Su cabeza la estaba matando, ¿qué hizo anoche? Recordaba a su madre insistiendo en tener una noche de chicas para conseguirle pareja a ambas, dado a que Regina terminó con Robin y Emma rechazaba los avances de Garfio. Al final cedieron, deseando no dar sospechas; no estaban listas para que el mundo se entere que estaban juntas.
Gruñendo un poco más y rehusándose a abrir los ojos, la rubia se deslizó afuera de la cama y se dirigió al baño a ciegas, recibiendo dos choques contra las patas de la cama. Abrió la llave del agua se lavó la cata y miró su reflejo en el espejo. Emma se veía destrozada. Nunca más va a beber en exceso. Tragó un analgésico junto con grandes cantidades de agua y mientras cepillaba sus dientes empezó a recordar trozos de la noche anterior.
Su madre empujando a Regina a bailar con un hombre con cara de 'es mí día de suerte'. Emma estaba completamente disgustada, evitó los intentos de Mary Margaret de emparejarla con alguien y se dirigió a la barra. Emma lo recordaba más claro que el agua: la noche anterior había decidido emborracharse.
Otro gruñido salió de ella ante el recuerdo y el esfuerzo por obtenerlo. Se despojó de su camiseta musculosa y ropa interior, estirando sus brazos al mismo tiempo, e ingresó en la ducha. No pasó más que unos pocos segundos antes de que Regina se metiera en el agua con ella. La morena siseó.
«No sé cómo haces para ducharte con agua helada».
Contra las protestas de Emma, Regina alcanzó la llave del agua y subió la temperatura. La rubia ondeó las cejas sugestivamente a la morena. La Reina sabía exactamente lo que Emma pensaba, y no porque podía oír sus pensamientos. Emma quería hacer cosas sucias en la ducha. Regina sacudió la cabeza con diversión, pero para nada dispuesta a cumplirle ese capricho.
Se agachó para agarrar el jabón, a propósito moviendo demás sus nalgas, y empezó a pasarlo desde el hombro, por el brazo y se detuvo en seco en la muñeca de Emma. El dibujo de una flor decoraba la piel de Emma. Eso era nuevo y ciertamente no era un tatuaje.
«Emma...» dijo intentando parecer calmada. «Creo que tienes una marca del alma».
Emma miró el dibujo en su piel con los ojos desorbitados. Tenía un Alma Gemela. Después de todo lo que tuvo que lidiar con Regina, llegaría alguien más a decirle que no podían estar juntas. No, no iba a permitirlo.
«O es sólo un tatuaje» replicó Emma con poca convicción.
Sabía que no era cierto, sin embargo. Emma recordaba con bastante claridad aquella vez en la que una amiga se hizo un tatuaje y a su nueva marca le faltaban todas las peculiaridades. La venda, el ardor, el color rojizo alrededor... No era un tatuaje. Era una señal arruina-parejas felices y Emma no se iba a dejar manipular por eso.
«Regina» Emma tomó sus manos cuando vio lo destrozada que su novia estaba. «Me elegiste, ¿recuerdas? El Destino te decía que te quedes con el ambientador de bosque, pero me elegiste a mí. Yo... Yo no tengo nada que elegir, ¿bien? Tú eres a quien yo quiero, no...quien sea que tenga este estúpido dibujito, ¿si?».
Regina asintió, deslizándose en los brazos de Emma, quien se aferró a ella con fuerza mientras el agua caliente todavía caía sobre ellas. Ella no era ingenua, sabía perfectamente lo que significaba esa marca y no era algo que tomar a la ligera, no como Emma lo hacía. Regina sabía muy bien cual era su Destino, era cuestión de tiempo antes de que Emma se vaya, como todos lo hacían. Eso decía una parte suya.
Ahora, la otra parte le repetía que confíe en Emma, que ella no era como los demás, Emma de verdad la... quería. A ella no le importaban los tatuajes, o las Almas Gemelas, no cuando se trataba de ella misma. Sí, eso debía hacer. Regina sólo tenía que creer, en Emma y en los finales felices.
Cuando Emma se fue, excusando que su madre iba a sospechar, Regina se limitó a sonreír levemente y darle un piquito en los labios, para luego quedar observando su reflejo. Emitiendo un sonido exasperado, Regina se llevó las manos a la cara.
"Emma tiene un Alma Gemela. Emma tiene un Alma Gemela", se repetía en su cabeza.
"Cálmate", respondió Emma. "No me importa mi nuevo tatuaje. Me importas tú, y no puedo seguir con mi día si estás preocupada."
"Perdón."
Las palabras de Emma le brindaron una sonrisa en el rostro y una pequeña seguridad. Sólo debía confiar en Emma y repitió esa idea en su cabeza unas cuantas veces más. Sí, Emma la quería, no la iba a dejar.
"Al fin", escuchó el pensamiento aliviado de Emma y sacudió la cabeza con diversión.
Regina tragó una Aspirina al igual que Emma, aunque no había bebido tanto como ella. Bebió bastante poco, de hecho. Hasta fue capaz de llevar Mary Margaret a casa (esa mujer era de peso muy ligero), y ni siquiera sospechó cuando se llevó a Emma con ella. Tuvo que lidiar con sus caprichos y su falta de capacidad para mantenerse en pie, hasta que finalmente se durmió. Pero tomó el analgésico de todos modos, ya que después de lo sucedido esa mañana, podía sentir el dolor de cabeza latiendo en sus sienes.
Cuando escuchó a Emma disculpándose en su cabeza, otra sonrisa llegó a su rostro. Debía haber estado pensando muy fuertemente, tanto que Emma fue capaz de oírla y como consecuencia traer otra sonrisa en Regina. Y ahí lo notó, eso sucedía muy seguido últimamente, justo cuando Emma estaba cerca o era mencionada.
Dios, Regina estaba tan jodida. Sabía que tenía fuertes sentimientos por Emma, pero nunca fue capaz de afirmar que la amaba. Porque sí, estaba enamorada de Emma Swan, la mujer que tenía otra Alma Gemela. Borró ese pensamiento tan rápido como llegó. Mientras más rápido dejaba de tener esa idea, mejor. Emma la quería, Emma la eligió, Emma no estaba interesada en alguien que no conocía por un tatuaje.
Regina bajó a la cocina, preparó la cafetera y esperó a que se hiciera el café mientras masticaba una manzana. Desayuno para uno, Henry estaba en el loft, David lo había cuidado la noche anterior mientras sus madres y su abuela salieron al bar. Vaya, eso sonaba mal cuando lo ponía en palabras.
Olió el café caliente, rodeando la taza con sus manos, y dio un sorbo cuando escuchó a alguien entrando por la puerta principal. Regina levantó la cabeza, el sonido obteniendo su atención hasta que Henry entró al comedor con ella, mostrándole una bolsa de lo que parecía comida de Granny's y dándole un beso en la mejilla como saludo.
«Hola, mamá».
«Henry, ¿qué haces aquí? Pensé que te quedabas con Emma esta semana».
«¿Acaso no puedo querer pasar tiempo con mi mamá?» la molestó él con una sonrisa.
«Tienes quince años y las hormonas a flor de piel, tienes derecho a no querer pasar tiempo con tu mamá» replicó Regina, pero aún así correspondió la sonrisa. «No es que me queje, claro».
«Claro... Estaba pensando que podríamos desayunar juntos».
Henry dejó la bolsa en la mesa y tomó asiento a su lado. Regina lo observó mientras sacaba chocolate caliente, café (que estaba demás, dado a que Regina había preparado una jarra en la cocina), donas con glaseado de chocolate y panqueques. Regina acercó hacia ella los panqueques mientras Henry empezaba a tomar su chocolate.
«Por cierto, Emma no estaba en el loft cuando me fui, ¿la viste?».
La morena evadió su mirada dándole un sorbo a su café mientras intentaba conservar la calma para dar una respuesta creíble, pero sin mentirle.
«Sí, durmió aquí anoche, en el sofá. Se acaba de ir, de hecho».
Regina dejó la taza sobre la mesa y las manos a los lados, estirando sus dedos nerviosamente. Ese movimiento no pasó desapercibido por Henry, quien iba a decir algo pero decidió lo contrario cuando sus ojos cayeron a las manos de su madre y su ceño se frunció.
«¿Mamá?».
«¿Sí, cariño?».
«¿Qué tienes en la mano?».
Regina frunció el ceño ante la pregunta y bajó la mirada a sus manos, empalideciendo ligeramente después. Parpadeó un poco, apretó los ojos y los abrió, pero no estaba alucinando.
«¿Te hiciste un tatuaje?» preguntó Henry, entre emocionado y divertido.
Regina no respondió. Miró fijamente la palma de su mano antes de ponerse de pie dando una excusa rápida a Henry. Tenía que buscar a Emma.
Emma se detuvo delante de la puerta del Loft. Los pensamientos de Regina finalmente se habían calmado. Eso la tranquilizó, que su novia ya no estaba preocupada por su relación. Ojeó la marca en su muñeca y suspirando estiró la manga todo lo que pudo para cubrirla. No quería arriesgarse a que su madre la vea e intente emparejarla con su aclamada Alma Gemela para que vayan juntos hasta el horizonte y tengan su final feliz. Emma no quería eso, Emma quería a Regina, a pesar de lo que la marca significaba.
Entró al apartamento y se encontró con Mary Margaret, quien estaba sentada con una taza de café y claramente una resaca. De tal palo, tal astilla. Su madre no parecía notar su presencia y Emma estaba segura que David ya se fue a trabajar.
«Hey, mamá» la saludó un poco fuerte. Mary Margaret siseó y se llevó un mano a la frente. «Perdón».
«Estoy bien, linda, es sólo un dolor de cabeza».
«Resaca, quieres decir» dijo Emma acercándose a ella sin cerrar la puerta.
«Bah, es lo mismo»
«¿Quieres que busque algo para tu..."dolor de cabeza"?» propuso ella.
«Sí, por favor».
Emma rió entre dientes y se dirigió al baño a buscar un analgésico. Una vez en sus manos, llenó un vaso con agua y lo dejó frente a Mary Margaret junto con la pastilla.
«Ahí tienes».
«Gracias, cariño» dijo ella, tomando la pastilla. «¿Dónde estuviste anoche? No te vi cuando desperté».
«Oh... Me desmayé en el sofá de Regina».
«¿Y no te mató?» rió su mamá.
«Sí, bueno... Puede que secretamente me ame» bromeó Emma con una risa nerviosa.
Mary Margaret la miró fijamente, con una sonrisa entretenida en el rostro, que pronto desapareció a la vez que sus ojos cayeron.
«¿Mamá? ¿Qué sucede?».
«La marca, Emma» dijo ella apuntando a su muñeca y luego tomándola en sus manos.
Emma desorbitó los ojos, entrando en pánico. Su muñeca quedó descubierta por sólo un segundo, pero eso fue suficiente para los instintos de Mary Margaret. Abrió y cerró la boca nerviosamente, deseando tener algo para decir.
«Emma, ¿tienes un Alma Gemela?» su madre saltó emocionada. «¿Quién es? ¿Quién es?».
La rubia quería que la tierra la tragara. No tenía respuestas para su pregunta, pero sabía que no era la que ella quería. Lo peor es que conocía muy bien a su mamá y recorrería cielo y tierra para encontrar a la persona con la que compartía la marca. Afortunadamente para ella, una tercera voz intervino.
«Yo».
La voz callada e incómoda de Regina las hizo girarse. La morena levantaba su brazo, mostrando la palma de su mano y el dibujo que la decoraba. Una flor, idéntica a la de Emma.
«Sorpresa» Regina sonrió incómoda.
