Dos años antes.
Una taza se rompió en alguna parte y los ojos de Emma fueron inevitablemente atraídos a la morena. Un año sin recordarla, un año sin saber que ella lo había dado todo por su familia, porque Emma y Henry eran su familia. Ahora ya no podía alejar su mirada de ella, quién sólo tenía ojos para su hijo pero salió corriendo. Emma frunció el ceño. Huyó, ¿por qué huyó? Luego recordó que Henry no sabía quién era la hermosa mujer que lo miraba descorazonada y entonces la rubia corrió tras ella.
Hacía un tiempo ya, mientras no tenía memoria de quién era, Emma había encontrado un libro fantástico. Claro que en ese entonces creyó que se trataba de pura ficción pero ahora no podía evitar relacionar la historia con los hechos de su realidad.
El libro contaba la historia de una jovencita perdida y encerrada en su castillo. Un día un hada le ofreció su ayuda y le dijo que cada ser humano tenía un Alma Gemela, otro ser con el que estaba destinado a estar. Uno podía amar y amar a muchos en su vida, pero un Alma Gemela era su pareja perfecta, alguien con quién se comparte un vínculo irremplazable. El hada guió a la joven hasta su Alma Gemela y vivieron felices para siempre.
Mientras que la Emma desmemoriada sólo pensaba en regalarle el libro a Henry, quién tenía una obsesión con los cuentos de hadas al principio del año, ahora la mente de Emma estaba lejos de Henry o de los finales felices. La Salvadora estaba pensando en Regina. Si había alguien con quien compartía un vínculo inigualable, era la Reina. Emma no podía imaginar a nadie más siendo su Alma Gemela.
Pero claro, era sólo una historia y además Regina podría estar con alguien mucho mejor que ella, nunca le prestaría atención a ella. Regina era una Reina, la perfecta madre, a veces parecía más una heroína que ella y ponía tanto esfuerzo en ser buena. Estaba tan fuera de su alcance. Regina era realeza y ella era solo...Emma.
A pesar de todas esas razonables razones, Emma simplemente lo sabía. Regina era su Alma Gemela. Pero ella no iba a hacer algo tan temerario como ir y decirle lo que pensaba. Regina creería que estaba loca. Emma planeaba ingresar lentamente en su vida, comprobar si tenía razón y entonces quizás haría algún movimiento.
Entonces, todas las esperanzas de Emma se destrozaron. Regina estaba radiante, tenía esa enorme sonrisa que Emma no creía que nadie además de Henry era capaz de causar en ella, y Emma no era la responsable. Regina estaba enamorada. Estaba con Robin y, si Emma no estaba lo suficientemente destrozada, resultaba que las Almas Gemelas sí eran reales, no eran solo un cuento. Las Almas Gemelas son algo que existe y Robin era la de Regina, no Emma.
Regina y Robin eran Almas Gemelas y Emma era solo Emma.
Presente.
Emma miró a Regina y, aún bajo el impacto de las noticias, sonrió.
«¿Somos Almas Gemelas?».
Ninguna de las dos notó a Mary Margaret observándolas con los ojos desorbitados y la mandíbula caída, ni a Henry, que había perseguido a Regina, verlas desde el pasillo detrás de su mamá con una sonrisa de oreja a oreja cuando las oyó. Tampoco se dieron cuenta que Mary Margaret ensanchó sus labios en una sonrisa en el momento en el que Emma se acercó a Regina a paso rápido y la atrapó en un beso apasionado.
Eran Almas Gemelas. El vínculo que Emma tanto sentía era real, era magia. Se olvidaron de todo en los labios de la otra por unos segundos bajo ese pensamiento, hasta que alguien carraspeó en la habitación, seguido por una risa disimulada que pertenecía a Henry.
«¿Así que a eso te estabas escabullendo por las noches? A la mansión» dijo Mary Margaret y ellas se separaron un poco incómodas. «¡Oh, no sean tímidas ahora! No después de prácticamente comerse la boca de la otra en la entrada del Loft».
Las comisuras de la boca de Regina se elevaron con diversión mientras que Emma tuvo la decencia de parecer avergonzada.
«Estoy feliz por ustedes, chicas» agregó la morena y las acercó en un abrazo.
«Yo también, mamás» dijo Henry, haciendo conocer su presencia.
El muchacho se unió al abrazo, y entre los dos tenían atrapada a la pareja en sus brazos. Después de unos segundos ambas estaban luchando para salir del agarre. Ellos las dejaron entre risas y Mary Margaret decidió llamar a David para contarle las noticias. Un rato más tarde, el rubio entró al Loft y su esposa saltó emocionada.
«¡Emma y Regina son Almas Gemelas!».
Lo que no esperaban, sin embargo, era que David observe a las mujeres para luego desmayarse. Preocupada, Mary Margaret se agachó junto a su esposo y le dió unas cuantas bofetadas. Emma le pasó un vaso de agua cuando aquello no funcionó.
«Gracias» dijo ella y tomó unos cuantos sorbos bajo la mirada incrédula de Emma.
Entonces salpicó el resto del agua sobre el rostro de David, quien volvió a la consciencia imitando sonidos de ahogo. Él miró a su alrededor y soltó una risa aliviada, mas nerviosa.
«Oh Dios, por un momento creí que...creí que ustedes dijeron que el alma gemela de Emma es...es Regina».
«David, cariño...» Mary Margaret lo vio con simpatía. «Ellas son Almas Gemelas».
Afortunadamente, esta vez no perdió el conocimiento. Intentó pronunciar, pero falló en su tartamudeo, unas palabras que lo que pensaba. Su esposa acarició su espalda para calmarlo y le instruyó que respire hasta que finalmente habló.
«Pero pensé que Robin era el alma gemela de Regina» dijo él con el ceño fruncido.
La pareja imitó su expresión. No habían pensado en eso. David tenía razón, sin embargo. El polvo de hadas había, de hecho, guiado a Regina hacia su alma gemela, hacia Robin Hood. Pero ahora, décadas más tarde, las marcas a juego de la Salvadora y la Reina contaban otra historia.
Emma y Regina se miraron.
«Sí... Probablemente deberíamos...» completó la frase con un gesto hacia la puerta.
«Sí, a hablar con Blue» dijo Regina.
Los demás observaron perplejos el intercambio, sin comprender que habían leído la mente de la otra. Cuando ambas cruzaron la puerta de camino al convento, Blancanieves, David y Henry se dieron cuenta que tenían que seguirlas.
«Somos Almas Gemelas» dijeron a la par, enseñando al hada sus marca.
Esas parecían ser sus palabras favoritas últimamente. Y la cara de Blue al escucharlas era un poema. Desde el parpadeo nervioso hasta la dificultad para formular una oración. El hada no podía creer lo que sus oídos escuchaban después de una vida dejándose guíar por el polvo de hadas.
«Eso...no es...posible» balbuceó.
«Al parecer lo es, lo que no entendemos es porqué».
«Créanme, me encantaría saber» replicó pero entonces el entendimiento cayó en sus ojos. «A menos que...»
Se giró y la vieron salir de la habitación. El grupo la siguió hacia un salón que hizo aparecer por arte de magia y admiraron la más grande biblioteca de archivos que habían visto. Oían al hada murmurar cosas incomprensibles bajo su aliento mientras rebuscaba entre libros y cajones. Finalmente, sacó un libro de tapa gorda y páginas finas, lo hojeó hasta que encontró la página deseada y la detuvo en seco con un dedo.
«Entonces...» prosiguió Regina. «¿Sabes lo que sucedió? Porque hace unas horas yo vivía pensando que mi Alma Gemela era un hombre que no amo».
Blue levantó la vista con curiosidad, pero dejó la cabeza baja arriba del libro, mirándola sobre sus lentes
«¿Pero a la Salvadora sí la ama, su Majestad?».
Ambas se encogieron ante el uso de sus títulos y tuvieron una corta conversación sobre aquello en sus cabezas (aunque nadie lo notó) antes de que Regina respondió francamente:
«Sí».
«Mhmm, ya veo» comentó antes de bajar la vista nuevamente al libro y girarlo hacia el grupo para mostrarlo.
«¿Qué dice?» preguntó Emma y luego se giró a Regina. «Oh, okay».
Todos miraron a la pareja desconcertados, excepto Blue, quien soltó una risita, claramente comprendiendo con exactitud qué estaba sucediendo. Ella tenía razón.
«Oh...» repitió Emma después. «¿En serio? ¿De verdad, verdad?».
Regina rió entre dientes. «Sí, Emma. 'De verdad, verdad'».
«¿Qué está pasando?» David murmuró a su esposa.
Regina escuchó la pregunta también. Había olvidado que Emma y solamente Emma podía oír lo que pensaba.
«Perdón» carraspeó. «Lo que dice es que...como sabíamos, el polvo de duendes determina quién es el alma gemela de alguien».
Todos asintieron en confirmación.
«Sin embargo, a veces ocurre que dos personas eligen ser Almas Gemelas. Tienen un vínculo sin necesidad de que el Destino interfiera» continuó Regina.
«No entiendo. El Destino interfiere en todo» dijo Mary Margaret.
«Aparentemente no. El asunto de estas Almas Gemelas es que, gracias a nuestras magia, son un poco...peculiares».
«¿De qué hablas?».
«Tenemos superpoderes» soltó Emma y la morena rodó los ojos. «Puedo leer su mente...».
"Telepatía", la corrigió Regina.
«Sí, sí, eso» le quitó importancia con un movimiento de su muñeca y Regina rodó los ojos otra vez. «Tenemos sueños compartidos y otras cosas que dice este libro que todavía no ocurrieron».
«Sería eso, básicamente. Aunque todavía no sabemos que otro tipo de problemas podría causar nuestro... vínculo» explicó Regina.
Emma levantó las cejas a su novio.
«¿Problemas?».
Regina cerró los ojos y giró el cuello al cielo soltando un suspiro frustrado.
«Sabes a qué me refiero» dijo la morena y, dando por terminada la visita a las hadas, salió por la puerta, seguida por Emma.
«No, de hecho, no lo sé».
El grupo las escuchó mientras esa pequeña discusión continuó y rieron un momento después ante la ridiculez de la situación. Cuando decidieron cruzar la puerta, las mujeres se estaban besando otra vez.
«Ustedes dos, sepárense, nos vamos» ordenó David y se acercó a Regina. «Y si tú lastimas a mi hija...».
«Sí, sí, me queman en una estaca» Regina disminuyó la situación y luego murmuró para sí: «y yo estaría más que feliz en ayudarlos».
