—¡Hola! Aquí estoy de nuevo intentando ser puntual, me encuentro de vacaciones y por ello me temo que tendré que cambiar el horario de actualizaciones, actualmente es cada miércoles y cada domingo, pero me temo que (con mucha mucha mucha mucha mucha suerte) podré actualizar una solo vez cada miércoles. Dentro de un periodo desconocido de tiempo se restablecerá el ritmo habitual (miércoles y domingo).
Por cierto, este cap se podría considerar como un one-shot, si queréis podéis considerarlo parte de la trama o no, es uno de mis favoritos de los que llevo escritos hasta ahora.
Disclaimer: Wakfu ni sus personajes son de mi auditoria, yo tan solo les cambio el sexo para utilizarlos como personajes de una historia llevada a cabo sin ánimo de lucro, pertenecen a Ankama, quien cada día me sorprende más con lo que es capaz de lograr.
Comentario:
Gasp1808: Muchas gracias por seguir comentando, me alegra que haya aspectos pequeños como los apodos que te agraden, los pequeños detalles son los que marcan la diferencia. No sabía si la versión femenina de nuestro querido caballero yopuka gustaría, intenté ser lo más fiel al personaje posible, pero claro, no es lo mismo escribir con un personaje masculino que con uno femenino, por muy viril que sea este.
Palabras: 3330
Capítulo VII: Encuentros inesperados
Todos venimos del mismo lugar y acabaremos en el mismo sitio, lo que nos diferencia es lo que hacemos durante el camino.
Valentina Amore
—Ya estoy aquí.
Grigal se giró, viendo a su hermana con una montaña de libros en sus brazos que la cubrían casi por completo. La dragona bufó, viendo por el rabillo del ojo los manuscritos que ya había sobre la mesa.
—¿Cuáles traes? —Preguntó, curiosa de saber que libros faltarían, ya que se iba a pasar los próximos días leyendo, quería encontrar algo interesante.
Chibi sonrió dejando los objetos sobre la mesa donde habían colocado el resto, habían registrado la biblioteca de Aliana y también baúles viejos y bolsas que encontraron repartidas por la posada y contentas comprobaron que había más de lo esperado, pues lo que no sabían era que Adameï y Yugi hicieron una investigación de su historia en antiguos libros que habían rescatado del Zinit. Y aunque la mayoría de ellos fueron llevados con Baltazar para protegerlos, alguna que otra caja se quedó olvidada debido a la rapidez por la cual se hizo el traslado.
—He recogido los últimos que hay—En su rostro apareció una sonrisa y una pequeña risa escapó de sus labios, las negras orejas de su sombrero estaban alzadas y se balanceaban de un lado a otro, mostrando su actitud juguetona—, y creo que uno te gustará muchísimo—Entre los libros que trajo sacó uno, de tapa gruesa y marrón, con los bordes recubiertos por un extraño material azul fosforescentes, aquel que tanto se presentaba en el resto de manuscritos selatropes.
Grigal sintió como la curiosidad arraigaba en su cuerpo al ver la portada y no pudo evitar la sorpresa que se mostró en sus facciones al leer el título.
—El dragón y su naturaleza—Leyó las letras celestes grabadas en la superficie.
El libro estaba cuidado, pulcro, como si estuviera recién hecho, no aparentaba ser más viejo que un suspiro, sin embargo aquel objeto tenía en sus páginas más años que los dioses que tanto adoraban los pobladores de aquel mundo.
Y en aquella limpia portada, estaba plasmada la imagen de un dragón negro, de perfil, con sus grandes alas extendidas, mostrando las membranas café que se confundían con la cubierta por la similitud de los colores. La imagen estaba hecha con el estilo de pintura selatrop, recto, lineal, sencillo… Sin embargo se apreciaba la figura fina de la criatura, de extremidades delgadas y cortas, con su cola larga y afilada, no le faltaba detalle en las escamas azabache, ni es sus ojos blancos sin pupila, tampoco en la corta cabellera platina que salía de su cabeza.
—Grigal—Dijo Chibi al no ver reacción en su hermana—¡Eres tú! —Exclamó alegre al tiempo que señalaba la imagen y las protuberancias de su gorro se alzaban en el éxtasis.
—Oh…—Y allí, debajo del dibujo, se leía "Grigaloragrán la eterna" —¡Es verdad! ¡Soy yo!
Y sus ojos se abrieron al igual que su boca, de emoción y alegría por descubrir tan majestuosa representación de su etapa adulta.
—Así seré de mayor.
—No solo eso ¡Mira! —Cogiendo la tapa la pasó, abriendo el libro por la primera página.
Las hojas del libro eran tan blancas como la del resto que habían encontrado, sin mostrar en ellas ningún rastro del paso del tiempo, las letras negras causaban un contraste con las inmaculadas páginas.
Y allí, con ortografía afilada y fluida, legible, se leía.
"Escrito por Glep y con la colaboración del Consejo de los seis"
Más abajo, con letra más redonda y pequeña, distinta a la primera.
"Ilustrado por Chibi"
—Este dibujo… ¿Lo hiciste tú?
—Yo también me sorprendí.
Grigal pasó la página (pues en la anterior tan solo ponía eso) encontrándose con un índice donde se indicaban todas las partes del libro.
—Me he leído el comienzo—Dijo Chibi, mirando como su hermana seleccionaba que parte le sería más interesante, las orejeras de su gorro ya sin agitarse—. Al parecer cuando fue escrito Min era el rey.
—Igual que la mayoría—Comentó la de piel canela.
—Me pregunto porque.
Y al ver como su hermana se sumergía de lleno en el pasaje elegido, decidió imitarla, cogiendo un libro y sentándose a su lado en el asiento de madera.
El libro se titulaba "Poesías a Selatrop" y nada más verlo sintió el impulso irracional de leerlo, sin siquiera saber que ella fue la autora, su cuerpo decidió por ella.
Ambas se metieron de lleno en sus respectivas lecturas, protegidas por la sombra de la posada y con sus hebras níveas siendo mecidas por la brisa de la tarde. Estaban en una mesa situada muy alejada de las demás, detrás del edificio, un lugar para nada frecuentado por nadie. Es decir, el sitio idóneo para comenzar la labor de nutrir sus mentes con el antiguo y complejo conocimiento de su pueblo.
Poco a poco, el silencio solo era interrumpido por el ruido de las pequeñas manos pasando páginas, o de ellas cogiendo el diccionario para saber el significado de alguna palabra, puede que estuvieran dotadas de una inteligencia mayor a la media, pero eso no significaba que fueran enciclopedias andantes.
Y así siguieron, hasta que unos pasos sonando demasiado cerca las desconcertaron, ambas levantaron sus ojos de los libros y fijaron toda su atención en los misteriosos y recién llegados individuos.
Grigal no pudo evitar levantar una ceja ante la estrafalaria apariencia de los extraños. Y notó como su hermana la cogía fuertemente de la mano y poniéndose más cerca de ella intentaba esconderse tras su espalda, la dragona se imaginaba que las orejas de su gorro estarían caídas, escondiéndose tras su cabeza y no se equivocaba.
Los ojos penetrantes y vacíos de los desconocidos las escrutaban con la mirada, con sus rostros pálidos acentuados por las sombras y aquellas extrañas líneas celestes en su piel. Los orbes eran azules, al igual que la esclera, que en vez de ser blanca era de un celeste tan fosforescente como las líneas que recorrían la piel espectral.
Eran dos, un hombre y una mujer, aparentaban ser jóvenes, unos adolescentes de no más quince o dieciséis años. Con aspecto de cadáveres a decir verdad: piel pálida, aquella que poseen los enfermos terminales en sus últimos alientos de vida, con el pelo del color de las cenizas, aunque con reflejos de un débil azul que tan solo acentuaban más su apariencia espectral, sus extremidades eran delgadas y el hombre presentaba brazos tonificados con músculos en pleno desarrollo, la mujer tenía unas piernas curvilíneas al igual que el resto de su figura, con las curvas bien marcadas aunque su pecho no era el más exuberante.
Sus ropas eran tan extrañas como el resto de su semblante. La camisa del chico era marrón y holgada, sin mangas, con una banda dorada recorriéndola, de cuello alto, sus pantalones eran azules, llegaban hasta debajo de la rodilla donde acababan con una especie de tira dorada y estaban sujetados por un cinturón que como hebilla tenía un raro y dorado emblema que a las hermanas se les hacía familiar, sus zapatos eran marrones con tiras doradas sujetando las diferentes partes que lo componían.
La chica en cambio tenía un chaleco marrón con los bordes dorados también, que dejaba abierto y dejando expuesta la piel, es más, lo único que había entre eso y un estado de parcial desnudez era una cuerda que mantenía unidas las partes delanteras de la prenda, su vientre no era cubierto por nada y de su grueso cinturón salían unas tiras que acababan en forma de flecha y tan solo llegaban hasta más abajo del muslo, estas, también tenían los bordes dorados. Sus piernas tan solo eran cubiertas por unas medias azules que tan siquiera llegaban unos centímetros por debajo de la "falda" si se podía llamar así y que como era de esperarse acaban con bordes dorados en forma de puntas. Sus zapatos eran como los de su compañero, con la única diferencia que eran abiertos mostrando la punta de los pies y que poseían más detalles en las tiras doradas.
Pero lo que más llamó la atención de las hermanas, aquello que las dejó sin aliento y con los ojos fijos en los extraños. Fueron los sombreros que portaban, azules como el de Yugi, largos y con orejeras como el de Chibi, aunque ellos, en vez de tener las orejas en la parte superior, las tenían a ambos lados, como permanentemente decaídas, con varios anillos dorados decorando la prenda, con símbolos que nunca habían visto. Los gorros acababan igual que el de los selatropes, con unos esponjosos y suaves pelos, pero aquellos tenían un anillo sujetándolos.
El joven, tenía el sombrero unido al cuello de la camiseta, dejándolo como si fuera una capucha.
Grigal gruñó, no agradándole la presencia de aquellas apariciones.
—¿Qué queréis? —Preguntó de forma mordaz.
Los rostros de los desconocidos se mostraron impasibles y fríos, sin ninguna alteración por el visible rechazo que les mostraban las peli-blancas.
—¿Este es "El jalató crujiente"? —Preguntó la mujer, moviendo por primera vez sus labios azules, con dos extrañas marcas cuadradas a cada lado del labio inferior.
La dragona notó como Chibi le apretaba la tela de su negra camiseta, la sentía asustada y con un leve temblor, normalmente la selatrop era tímida al principio de conocer gente nueva pero nunca la había visto en ese estado. Aunque jamás intercambiara muchas palabras con nadie que no fueran ella o Yugi (incluso se mostraba recia a hablar mucho frente Aliana), Chibi no era muy temerosa.
—¿Y que si lo és? Si queréis comer, es por el otro lado.
La misma imperturbable indiferencia seguía reinando en las caras pálidas.
—Buscamos a alguien—Esta vez habló el hombre, quien también tenía las mismas marcas en sus labios, sus ojos se centraron en Chibi, quien permanecía escondida detrás de Grigal, pero aun así dio un respingo al sentirse observada—, veo que eres una selatrop, seguro que conoces a quien buscamos.
A la dragona no le gustó ni un pelo que aquel peculiar dúo mencionase el nombre de su especie protegida y mucho menos que le hablase a su querida hermana.
—No os queremos aquí, iros.
—Nos llevará solo un momento—Dijo la chica, dando un paso hacia delante—, somos dos viajeros que venimos con intenciones pacíficas, solo en busca de información.
El tono era monótono, siempre con un deje de melancolía o pena y sus miradas permanentemente pérdidas mirando a ninguna parte cuando no las observaban a ellas.
Ciertamente, todo su ser emitía un aura de pesar y nostalgia.
Como almas perdidas buscando su camino en un mundo que ignoraba completamente su existencia.
—¿A quién buscáis? —Preguntó débilmente Chibi, aun escondida y con un temblor que le recorría des de la punta de las orejeras negras del gorro hasta los pies. Por extrañas razones la presencia de esos seres le helaba la sangre.
—Para nosotros es la Reina-Diosa, creadora y madre nuestra, soberana de nuestra especie y de todo aquello que con nosotros tenga conexión—Contó el chico, con admiración y nostalgia, dejando en claro la gran importancia que esa persona tenía para él.
—Sin embargo, vosotras la conoceréis por el nombre por el que tan indignamente la llaman los meros mortales—Añadió con un deje de repugnancia su compañera.
Grigal alternó su mirada entre los dos viajeros, no gustándole los rodeos que daban.
—¿Y ese nombre és…?
—Como la pequeña que se esconde en tu espalda, es una selatrop.
—¿Habláis de Yugi? —Dijo con un hilo de voz cargado de curiosidad Chibi, asomando la cabeza por encima del hombro de la dragona.
Los extraños asintieron, y se podía apreciar un brillo de esperanza y anhelo en sus peculiares orbes.
—Si ¿Sabes dónde está?
Las cabeza de las dos hermanas se agacharon y sus semblantes se volvieron sombríos, las orejas del gorro negro de Chibi cayeron a ambos lados de su cabeza y su aura se tornó deprimente y pesada.
—Se ha ido—Respondió Grigal, levantando su rostro ya con una mueca de furia y enfado—, como tendríais que hacer vosotros.
—¿Dónde se ha ido? —Preguntó la chica, de forma calmada aunque se le notaba la impaciencia en los ojos, al igual que a su compañero, quien mantenía los ojos abiertos totalmente, captando hasta el mínimo movimiento. Ambos expectantes de la respuesta.
Sin embargo a Grigal comenzaba a impacientarla la insistencia que mostraban aquellos individuos.
Y ella no era conocida por su paciencia.
Notaba en su garganta el picor de las llamas queriendo salir, su estomagó comenzó a arderle y su piel ascendió de temperatura, sus puños se cerraron y sintió como su hermana le acariciaba la espalda prediciendo lo que quería hacer e intentando tranquilizarla.
Fue en vano.
—¡He dicho que os vayáis!
Y alzándose, casi tirando a Chibi al suelo, se posicionó encima de los libros de la mesa, liberando ya una feroz llamarada dirigida a los intrusos que se habían atrevido a perturbar su calma y hacerla recordar la reciente partida de una de sus protectoras.
Las llamas rojas y ardientes envolvieron en su totalidad las figuras de los viajeros que no reaccionaron pese a ver venir el ataque.
Y Grigal paró su acción, observando como poco a poco las llamas se desvanecían del pasto ennegrecido que se había quemado al contacto con su fuego.
Suspiró aliviada al no ver ningún rastro de aquellos desconocidos.
Espera…
Un grito ahogado se escuchó en su espalda, su hermana miraba con temor el lugar donde tendrían que estar los cuerpo (que aunque algo calcinados) vivos de aquellos extraños y traumatizantes seres.
—Gri-rigal—Susurró con un notable temblor en la voz, como temiendo que alguien la escuchara—, los has matado.
Sin embargo la nombrada ni se inmutó, siguiendo de pie, estática sobre los libros y con un rostro indiferente que no mostraba rastro mínimo de culpa o remordimiento.
Pasaron unos largos e incomodos segundos de silencio antes de que la dragona al fin reaccionase y se sentase de nuevo al lado de Chibi. Tranquila y sosegada, cogiendo de nuevo su libro y reanudando la lectura por donde lo había dejado.
La selatrop no pudo esconder su asombro frente al aparente pasotismo de la de piel canela.
—Pe-pe-pero-
Fue cortada por el moreno y delgado dedo de Grigal, que rápidamente y con la asombrosa delicadeza que solo tenía con ella, colocó la extremidad en sus labios, aún con los ojos clavados en las impolutas páginas, parecía lista para explicar a su hermana el porqué de su actitud.
—Fíjate bien.
Chibi lo hizo, viendo la mancha negra que en ese momento era el pasto que antes lucía un envidiable verde.
—¿Qué pasa? —Dijo sin comprender nada y sin poder aguantar la mirada en aquel lugar.
—Si los hubiera quemado—Aquella frase creó un escalofrío en la selatrop, haciendo que Grigal al fin se sintiese culpable de causar aquello en su hermana—, en el suelo, a parte de sus cenizas, estaría el oro fundido que llevaban.
La peli-blanca volvió a mirar, percatándose de la falta de los dos elementos mencionados por su hermana y tranquilizándose en el acto.
—Entonces—Comenzó, ya más relajada, lo que permitió que las protuberancias de su gorro se alzaran—¿A dónde se han ido?
La dragona separó su mirada del libro, mirando al cielo durante unos instantes, dejando a sus ojos pasear entre las nubes blancas que se le antojaban tan esponjosas, mientras pensaba en una respuesta.
—Puede que fueran srams.
Chibi se lo pensó un momento, tenía sentido, los srams poseían la habilidad de esconderse en las sombras, camuflarse y utilizarlas como medio para huir rápidamente.
—No pensé que los srams sin traje fueran así—Comentó, recordando la apariencia de cadáver de aquellos seres y dándose cuenta de que, ciertamente, sí que se parecían a los muertos vivientes que se hacían llamar srams.
Grigal soltó una risa burlesca.
—Ahora entiendo porque se ponen esos trajes—Dijo con sorna y algo de malicia.
La selatrop de pelo blanco prefirió ignorar el (desde su punto de vista) cruel comentario de su hermana. Intentó volver a reanudar su lectura, pero no pudo, la curiosidad era algo que siempre estaba presente en su personalidad y ciertamente la semilla del querer saber estaba empezando a germinar en su interior.
—¿Por qué buscaban a Yugi? —Preguntó con un hilo de voz y sus oscuros ojos cargados de pesar.
Grigal cerró su libro, con una mirada lúgubre y aspecto decaído, miró a su hermana, la cual tenía un estado bastante similar al suyo, suspiró, sin poder soportar verla así.
Se acercó a ella de rodillas, rodeando el joven cuerpo con sus brazos y apoyando su barbilla sobre el gorro negro, notando como Chibi se acurrucaba en su pecho y la abrazaba de vuelta.
Una de las cosas que más le gustaban a la dragona de su forma humana era que podía rodear por completo el pequeño (y des de su punto de vista) frágil cuerpo de la selatrop, sin preocuparse de si sus garras le rasguñaban la piel o si sus escamas eran incomodas y frías.
—Cuando vuelva le haremos todas las preguntas que quieras—Dijo mientras acariciaba de forma cariñosa la espalda de su hermana—, pero ahora solo podemos esperar. A mí tampoco me gusta… Pero es lo que Yugi nos ha pedido.
Chibi respiró fuertemente, intentando evitar un sollozo y al mismo tiempo captando el natural olor a cenizas y humo que siempre estaba impregnado en su ser, tanto en las escamas como en su pelo o piel.
—Has cambiado…—Murmuró, enterrando su cabeza en la camiseta negra con aroma a hollín.
—Lo sé—Separó a su hermana ligeramente de ella, lo suficiente como para poder observar los ojos oscuros y acuosos por las ganas de llorar—, pero es que ahora tengo algo que proteger.
Y con cuidado dejó un casto beso en la frente de Chibi, observando como después en la cara de la peli blanca se dibujaba una sonrisa.
OOO
—Eso ha estado cerca.
—Al final no hemos podido conseguir la información que queríamos.
—Era de esperar, ciertamente hemos sido demasiado precipitados e incautos. Sabíamos que Grigal y Chibi no reaccionarían de forma favorable.
—Yo… De verdad esperaba encontrar aquí a la Reina-Diosa.
—Hemos llegado tarde, pero por ahora sabemos dónde reside, y por lo que acaban de decir esas pequeñas, volverá.
—No sé si podré esperar, nunca hemos estado tan cerca de conseguir nuestro objetivo.
—Tranquila, haremos una cosa, dejaremos aquí una pequeña parte de nuestro wakfu y cuando la Reina-Diosa vuelva, lo sabremos.
—Mientras la seguiremos buscando, aunque conociendo su gran poder puede que ya esté al otro lado del mundo.
—También he pensado en eso, nos quedaremos esta tarde vigilando a Chibi y Grigal, seguro que escuchando de que hablan podremos saber a dónde se dirige la Reina-Diosa.
—Todo este lugar está impregnado con su energía.
—Nunca me había sentido más seguro y tranquilo.
—Reina-Diosa, escucha mi plegaria, solo deseo verte y poder disfrutar de tu esencia que tan burdamente se me ha negado todo este tiempo, por favor, deja de huir de nuestra presencia, como discípulos tuyos nuestro único objetivo es complacerte y hacerte saber nuestra admiración.
—Sabes, eso sería una bonita forma de presentarnos frente a ella.
OOO
—¿Sabes que tu cantico sigue siendo tan melodioso como antaño?
—Hacía tiempo que no te escuchaba ronronear.
—¿Qué? ¡Yo no ronroneo! ¡No soy Zurcarák!
—¿Ves? Ya as roto el momento.
—Yo no he roto nada.
—Anda que no, eres una mata pasiones.
—¡Y tú eres un-¡ ¡Argg! Cuanto te odio a veces.
—Tú no me odias, me amas.
—…
—¿Te ha comido la lengua el miaumiau?
—¿Tu no querías irte de nuevo al mundo de las almas encarnadas? Pues ale, vete y vuelve a hacer de viejecito.
—Anda, no te enfades, solo era una broma. Como esas que tú haces.
—Ya te gustaría a ti ser tan gracioso como yo.
—Si quieres seguir creyendo eso…
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—Bien, muchas gracias por seguir leyendo mi historia, me haces muy feliz—Digo sonriente mientras balanceo las piernas de forma distraída.
—Menuda chapuza—Se queja Adamaï—, Grigal no es así ni en broma.
Con el entrecejo fruncido cojo mi libreta y se la lanzo, acertándole de lleno en la cabeza—¿Te crees que no lo sé? —Suspiro—Intentaba darle un toque maduro, piensa que se han quedado sin nadie que las cuide, des de mi punto de vista Aliana no cuenta. Y sabiendo lo protectora que es Grigal…
—¿Y quiénes son esos que han aparecido? —Dice, cogiendo la libreta de su cabeza y cotilleando las páginas.
Rio levemente—Son los selotropes que siempre hablan en el primer apartado al final del capítulo, creo que ya era hora de que se viesen—Le arrebato la libreta—. No seas vieja maruja.
Próxima actualización: 27/7/16
