—Seguramente muchos tendréis ganas de matarme—Digo nerviosa, sosteniendo contra mi pecho mi libreta—. O no…
Lanzó mi libreta por sobre mi hombro sin importarme donde caiga, con una actitud despreocupada.
—Pero bueno, vuelvo a estar aquí y vosotros también estáis aquí—Me encojo de hombros con una sonrisa—. Además tengo una manera de recompensaros, así que no encuentro razones para enfadarse.
Me pongo en pie, con una sonrisa maliciosa y ojos brillando con astucia.
—Y como quien avisa no es traidor…—Alargo de forma parsimoniosa las palabras—Espero que entre el público haya fans del Yugo x Amalia—No puedo evitar reír con aire travieso—. O en este caso del Yugi x Amaël, que por cierto, comprobado, Amaël es un nombre francés verídico.
Discalimer: Ni los personajes ni el krosmoz son de mi propiedad, solo Dios sabe lo que pasaría si lo fuera, son todos de la auditoria de Ankama. Esta historia la llevo a cabo sin ánimo de lucro, tan solo con el afán de dejar ver las alocadas ideas que surcan mi mente.
Aviso: Si no te agrada/no eres fan de la pareja que forman Yugo y Amalia abstente de leer el tercer apartado.
Palabras: 4372
Capítulo VIII: Bromas y risas
El tiempo solo pasa, para aquellos que necesitan cambiar.
Valentina Amore
—Apunten…
Todos los arcos fueron tensados y alzados hasta apuntar al cielo, donde los disciplinados arqueros esperaban, pacientes y atentos, escrutando el cielo por los siguientes objetivos que debían salir.
El silencio reinó en aquella explanada, donde tan solo se escuchaban las rítmicas respiraciones de los ocras y el sonido del viento removiendo el verde pasto bajo sus botas.
El sol ya no era un problema que dificultase la vista a aquellos expertos arqueros, por lo que su capitán esperaba mejores resultados que por la mañana, cuando la posición del astro rey era un problema, pues cegaba a su pelotón y los hacía fallar.
Entonces pequeños destellos, más bien dicho, borrones amarillos y marrones, se divisaron en el cielo.
Era el momento.
—¡Disparen!
Una lluvia de flechas fue lanzada a discreción hacía aquellas dianas móviles, las cuales eran impulsadas al suelo al ser abatidas por los misiles.
Más unas cuantas flechas no llegaron a su destino, justo en medio de su trayectoria pequeños portal se abrieron y desaparecieron una vez se hubieron tragado las flechas. Por lo que nadie logró verlos.
Ni siquiera el capitán, quien fue uno de los que lanzó uno de los proyectiles y en ese momento escrutaba el cielo esperando encontrar su perdida flecha.
Hasta que…
—¡Ay!
Un dolor punzante se sintió en sus glúteos, a medida que una corriente eléctrica recorría su columna vertebral, su cuerpo se volvió tenso y su postura rígida. Sus músculos se sintieron agarrotados y su mente algo desconcertada.
Con algo de intriga giró su cabeza hasta poder mirarse la espalda, notando (como esperaba) una flecha clavada en su trasero.
Rodarían cabezas esa tarde.
OOO
—¿Les han dado?
—Espera…
Unos gritos venidos de lejos resonaron por sus oídos, retumbándoles y haciendo que una carcajada les hiciera temblar el cuerpo.
—Si—Tristepain se giró, con una gran y temblorosa sonrisa surcándole el moreno rostro—. Les han dado.
Las risas comenzaron a salir a raudales de sus pulmones, chocando contra las paredes de su escondite y amplificándose, eran fuertes, juveniles y algo agudas, pero en ese momento se hacían inacabables.
Incluso la fab'hurito, quien con una voz más gruesa, se carcajeaba mientras en su mente se imaginaba la cara del rubio ocra.
Yugi sintió como le temblaban las piernas de la risa mientras con la mano derecha se tapaba la boca, intentando reprimir las risas que incansables se escapaban de su garganta, con la mano libre tanteaba la corteza, intentando encontrar algo en lo que sostenerse, pero al no encontrarlo cayó de rodillas, con el cuerpo siendo sacudido por espasmos, incluso las orejas de su gorro temblaban.
Tristepain miró como su amiga se derrumbaba, dejándose ganar por la alegría, poco a poco su risa fue disminuyendo, llegando a quedar en una sonrisa que acompañaba a una mirada de cariño hacía la selatrop. Giró su cabeza, mirando el horizonte, allá en la explanada donde un gran revuelo se había formado.
Podía observar los pequeños puntos marrones (que serían los ocras) moviéndose de arriba abajo, bastante alejados de su jefe, quien se veía como un punto negro algo alterado.
—Perdóname Ev—Murmuró con arrepentimiento, fijándose en el punto negro que parecía haberse serenado.
Colocó sus manos en el alfeizar de aquella redonda ventana, apoyándose para volver a mirar a Yugi, quien descansaba en el suelo, con los brazos extendidos y el pecho subiéndole y bajándole por las recientes risas.
—Eso ha estado muy bien.
La de pelo anaranjado miró a su fab'hurito, quien de haber tenido labios, estos formarían una gran sonrisa.
—Si…—Secundó la rubia en un suspiro, sintiendo todas las cargas de sus hombros libradas por las risas que le destensaron el alma.
En verdad necesitaba algo como eso.
Y los ojos marrones oscuros se fijaron en la yopuka, quien había abierto la boca lista para comentar algo.
Cuando…
—¿Mamá?
Allá, en el umbral de la puerta. Dos pequeñas figuras se hacían visibles y luciendo un aparente desconcierto. Hasta que…
—¡Tía Yugi!
Lo siguiente que sintió la selatrop fue como con un violento y sorpresivo salto los recién llegados se posicionaron encima suyo (aprovechando su postura), aprisionándola contra el suelo de la habitación mientras debido al peso le oprimían el pecho y dificultaban la acción de respirar.
OOO
El palacio sadida era en si un monumento al poder de la flora de aquel paraje selvático. Hecho enteramente con árboles y plantas, sus habitantes y pobladores confiaban plenamente en la robustez de la corteza tanto como en sus gobernantes.
Las hojas perennes de aquel árbol nunca habían conocido al otoño ni habían sufrido bajo las ventiscas invernales, en aquel reino el clima era favorecedor para el crecimiento de los bosques que lo circundaban y formaban parte de él.
En principio de clima seco, las inundaciones de meses atrás lo habían convertido en un territorio costero, húmedo, que bajo la sorpresa de unos y la incredulidad de otros, hizo que el desarrollo de la flora se incrementara, incluso se descubrieron nuevos vegetales marinos cuando la marea se retiró.
Pero claro, ese reino, gobernado des de siglos por los monarcas, y con un futuro prometedor por delante, debía seguir creciendo bajo el mando de los reyes, para ello se tenía que perpetuar el linaje familiar, era la única manera de procurar un porvenir fértil y glorioso para el reino y su gente.
O eso era lo que Patusa y Renata llevaban horas insinuando, diciendo o descaradamente afirmando.
Era molesto.
—¡He dicho que no! —Exclamó irritado Amaël, mientras se cruzaba de brazos—Mira que sois pesados.
Sus cuidadores hicieron unos exagerados pucheros al tiempo que juntaban sus manos y se ponían de rodillas, en una pose suplicante que no inmutó el rostro impasible de Amaël.
—Vengaaaa.
—Vengaaaa.
—¡No!
—Pero si es atractiva—Dijo Patusa poniéndose en pie, al tiempo que del suelo recogía un retrato y lo observaba—, yo no le encuentro ninguna pega.
Renata asintió, secundando la opinión de su compañero.
—Además es de muy buena familia ¡No es hija ni más ni menos que del rey pandawa!
Amaël rodó los ojos, sin mostrar el más mínimo interés por la princesa de la que hablaban.
Él ya conocía a Panlina, de su edad, ojos oscuros, pelo corto, con la típica personalidad fiestera característica de su raza aunque obviamente un tanto quejicosa por ser princesa. Habían coincidido en una reunión donde se renovaba la alianza entre pandawas y sadidas un año atrás y sinceramente no sintió nada más que simpatía por ella al ver como también la dejaban fuera de la reunión, todo por ser ambos los segundos hijos.
Además ya estaba llegando a su límite, llevaba horas ahí metido, gracias a una ventana había podido observar como el sol descendía hasta su posición actual, era por la tarde y si se concentraba podía escuchar como en la cocina se comenzaba a preparar la cena.
Sus cuidadores seguían hablando y hablando, mostrándole fotos y retratos donde se mostraban rostros femeninos que en algunas ocasiones conocía y en otras le eran completamente desconocidos.
Hasta que ya vencidos y también agotados por las constantes negativas del joven príncipe, se sentaron en la cama junto a él, cada uno a un lado del chico, apoyando sus cabezas en sus hombros.
—La reina ya quiere una respuesta—Dijo Renata, quien tenía aquella peculiar coleta decaída, simulando su estado de humor—, no queremos forzarte pero-
—Pero es tu destino—Continuó Patusa después de interrumpir descaradamente a su amigo—, Amaël, querido, eres un príncipe, sabias que iba a llegar este día.
El nombrado sintió esas palabras como un balde de agua fría y no pudo evitar esa sensación desagradable que lo inundó bajo la fuerza de la verdad.
—Con la ilusión que te hacía de pequeño—Renata habló con nostalgia, recordando al joven en su infancia cuando afirmaba que un día se casaría con la princesa más bella que encontrara—, recuerdo cuando ibas por ahí saltando y soñando con casarte.
Con esas últimas palabras el sadida notó acabada su paciencia y levantándose repentinamente hizo que los cuerpos de sus acompañantes, al verse sin apoyo, cayeran sobre las verdes colchas.
—Ya estoy harto, apenas hace unos meses que cancelé mi primer compromiso y ya me estáis atosigando con casarme ¡Dejadme un año de luto al menos! —Gritó con toda la fuerza que pudieron reunir sus pulmones, deseando librarse de ese incomodo sentimiento de un inevitable futuro aproximándose.
Después de eso un silencio se instaló en la sala, aunque tan solo duró unos segundos, pues Renata y Patusa comenzaban a ponerse nerviosos bajo la filosa mirada del príncipe.
—¿Has oído eso Renata? —Preguntó Patusa mientras ansioso esperaba una respuesta cómplice de su amigo.
—¿El qué?—Un codazo recibido en las costillas cortó su oración—¡A, sí! Creo que nos están llamando.
Y como flechas de ocra salieron disparados de la habitación, cerrando la puerta luego de su marcha, dejando al sadida solo en su cuarto.
Tan solo acompañado por la soledad, Amaël se dejó caer sobre su cama, escuchando como al hacerlo aplastó y arrugó un par de hojas de poemas y cartas.
No es que despreciara los obsequios ni las muestras de atención que recibía, simplemente es que sabía que no eran verdaderos, sabía que las personas que decían enviarlos eran tan obligadas a hacerlo como él de aceptarlos y simplemente esa no era la percepción ni la imagen que él tenía del amor.
Ese sentimiento tenía que infundírtelo una sola persona y debía ser mutuo, libre y sincero, sin ataduras ni reglas que lo condicionaran, era irónico que se le privara de un derecho que hasta el más pobre granjero poseía por una condición que des de años había considerado privilegiada.
Permaneció sumido en sus pensamientos un par de minutos más, sintiendo la suavidad de sus colchas amoldándose a su atlético cuerpo.
Hasta que un zumbido y la sensación de un peso extra sobre su cama lo hicieron salir de su ensoñación.
Con la cara aún hundida en la almohada le era imposible saber que había sido aquello que perturbó su paz.
Alzó la cabeza para mirar a su lado, esperando cualquier cosa menos lo que encontró una vez sus ojos se abrieron hasta el punto de amenazar con salirse de las cuencas oculares.
La visión de un ángel, de pelo rubio y reluciente bajo los pálidos toques del cercano atardecer, con una sonrisa inocente y al mismo tiempo traviesa que tantas veces en sueños se le presentaba, de ojos chocolate de mirada dulce y atrevida, con el cuerpo angelical de apariencia delicada, frágil y de un suculento moreno que retaba a morder y acariciar la piel hasta escuchar soñadores suspiros salir de esos finos labios.
Vale, quizás ahí se había pasado un poco.
Sin dejar que hablase, él se lanzó sobre ella, atrapándola en un abrazo donde era aprisionada por los fuertes y bronceados brazos del sadida, que, grandes y musculados, conseguían cubrir casi por completo su figura.
—¡Menos mal que has venido Yugi!
La nombrada, sonriente de reencontrarse, devolvió el abrazo al tiempo que enterraba el rostro en el pecho descubierto y tonificado.
Al fin volvía a tenerla con él, a su lado y pudiendo abrazarla y acariciarla cuanto se le antojara, sin preocuparse de limitaciones o condiciones, reglas o mandatos, simplemente disfrutando de aquella compañía que llevaba tiempo deseando.
—Espera un minuto…—Rompiendo el momento Amaël colocó las manos en los hombros de la selatrop y la apartó de él lo suficiente como para poder mirarla a los ojos con una mueca de enfada, algo que desconcertó a la chica.
—¿Pasa algo? —Preguntó con inocencia y la confusión siendo expresada en sus facciones.
Los ojos de marrones del sadida se entrecerraron, apartando de forma algo brusca a la joven de su cuerpo, para después cruzarse de brazos y darle la espalda, con un palpable mal humor.
—¡¿Cómo te atreves a venir después de tanto tiempo?! ¡¿Enserio pensaste que no me enfadaría al no recibir ni una sola noticia tuya?!
Yugi deslizó la mano debajo del gorro para rascarse de forma nerviosa la parte posterior de la cabeza, sabía que debía decir algo para aminorar el enfado del príncipe, pero era un poco difícil cuando era a su espalda a lo que debía hablarle.
—He estado ocupada, la posada ha estado muy llen-
—¡La posada! ¡Siempre sales con lo mismo! ¡La posada esto, la posada lo otro! ¡Por Sadida, invéntate otra excusa! ¡Es que acaso hay algo más importante que tus amigos y tu propio no-
Fue cortado por la mano de la portadora de gorro azul, que la colocó a modo de mordaza para que no siguiera hablando al tiempo que con el dedo índice de su otra mano le indicaba guardar silencio. Yugi había aparecido delante de él debido a un portal que le tragó medio cuerpo.
Estaban llevando su noviazgo en secreto, se suponía que nadie más que ellos dos sabían de ello, o de lo contrario serían la comidilla del reino. Comenzaron a salir justo antes de que se iniciaran los preparativos de la boda de sus amigos, con la batalla aún reciente y los sentimientos a flor de piel.
Amaël, primero furioso de que se le callara como a un wauwau con bozal, después se percató de que había estado a punto de revelar su relación a todo cotilla que pudiera escucharlo y divulgarlo como la suculenta noticia que era.
—Además…—Comenzó Yugi, aun manteniendo la mano sobre su boca, pero con un aire decaído que mostraban las orejas de su sombrero—Des de que se fue Adameï me he tenido que ocupar a tiempo completo de las pequeñas—Una diminuta aunque triste sonrisa se mostró en sus labios—, no tienes ni idea de lo difícil que es educar a una dragona temperamental cuando ni siquiera eres de su misma raza ni tienes los métodos de enseñanza adecuados.
El sadida quitó la mano que lo callaba antes de relajar su postura y caer de espaldas a la cama, justo al lado de Yugi, quien tras deslizarse fuera de su portal volvía a estar de rodillas.
—Vale—Dijo Amaël, ya notoriamente calmado—, por esta vez te perdono. Pero que no se repita ¿Vale?
Yugi sonrió, al tiempo que asentía con la cabeza, dejando que las protuberancias de su gorro se balanceasen siguiendo el movimiento.
El príncipe al verla más feliz palmeó el lugar libre a su lado, indicándole así que se tumbara junto a él, la chica entendió el gesto y tras hacer lo que le pedía, se acurrucó y dejó que la rodeara con su brazo para tener mayor comodidad.
Se quedaron en silencio unos minutos, disfrutando de la compañía del otro, mientras la rubia inspeccionaba la habitación, no había cambiado des de la última que había estado, salvo un detalle.
El desorden.
Había un montón de cartas, sobres, papeles, escritos e incluso un par de bolsas donde supuso que habían traído todo aquello que en ese momento permanecía esparcido por el suelo y algunos muebles.
Incluso en la cama se encontraban.
—Amaël—Llamó—¿Qué es todo esto?
Alargando la mano pudo coger una hoja cercana, donde distinguió palabras escritas en modo de verso. El sadida al saber a lo que se refería bufó irritado.
—Son poemas y cartas de "declaraciones de amor" de princesas—Dijo, haciendo énfasis al tiempo que acercaba más a Yugi a su costado, queriendo sentir la suavidad de su piel pero siendo difícil por el tipo de ropas que la selatrop portaba.
La joven comenzó a leer y no pudo evitar que se le escapara la risa al terminar el primer párrafo, incluso las orejeras de su gorro temblaban levemente aguantándose los espasmos.
—Pero si tú no tienes los ojos azules.
—Tampoco la piel clara, pero eso dice el segundo párrafo.
Y es que en aquel poema se retrataba a una persona que para ser sinceros no era si quiera de raza sadida.
—Los poetas de las cortes de hoy en día están perdiendo facultades.
Yugi se mostró confusa ante esas palabras, alzando una ceja decidió preguntar.
—¿Cómo que los poetas?
Entonces fue Amaël el que enarcó una ceja, pero divertido.
—¿Enserio creías que esto lo escriben las princesas?
La selatrop se sintió algo cohibida bajo la mirada chocolate de su novio, lo que mostraron las orejas del gorro al querer esconderse detrás de su cabeza.
—¿No lo hacen?
El príncipe negó con la cabeza, haciendo que Yugi soltara un "Oh…", al sentir que había quedado como una negada en aquel sector.
—Pensé que te había enseñado bien sobre la realeza "su majestad" —Dijo Amaël con una sonrisa, acentuando el apodo dado a su novia.
—Simplemente no entiendo por qué hacen estas cosas.
El de pelo verde gruñó, claramente irritado.
—Abecés creo que es solo para molestarme—Suspiró—, pero después me doy cuenta de que estoy en la edad donde la realeza se debe casar y vuelvo a la realidad de que esas chicas también están siendo obligadas.
Yugi negó con la cabeza, arrugando aquel intento de poema antes de crear un portal y lanzarlo dentro, para ver como lo transportaba a la otra punta del cuarto, antes de que ambos portales desapareciesen.
—Sois muy complicados, no creo que nunca llegue a ser como vosotros, estas cosas no son lo mío.
Y tras esas palabras Amaël se colocó encima de Yugi, aguantándose con los codos y las rodillas para no aplastar el cuerpo que en esa posición le parecía la mitad que el suyo. La selatrop se mostró sorprendida al principio, dejando rígidas las protuberancias de su gorro, pero tras notar las caricias que el sadida le daba en las mejillas se relajó.
—Por eso te quiero—Dijo en un susurro, temeroso de romper el momento.
Y comenzaron a besarse.
OOO
—¿Lo consigues?
Después de eso se calló, esperando la respuesta de su oyente, quien parecía estar más centrada en su actividad que en prestarle atención.
—Casi…
El silencio volvió a reinar, mientras Chibi decidió seguir dando vueltas por la habitación, tan solo para entretenerse mientras que esperaba que su hermana obtuviera resultados.
Pasó por las estanterías, casi tirando un par de libros al rozarlos accidentalmente con el pie, zigzagueó entre las lámparas del techo e hizo un tirabuzón al sobrevolar a Grigal, sonriendo al ver el rostro concentrado, con las cejas fruncidas por el esfuerzo y la mandíbula tensa con los dientes apretados.
Siguió así un rato, dando vueltas y piruetas todo lo que le permitía el tamaño de la estancia, estaban en su dormitorio y Chibi nunca se había alegrado tanto de que por su quinto cumpleaños pidiera de regalo ampliarla para poder dormir en el mismo cuarto que Yugi.
La habitación había doblado su tamaño, lo que le permitía más espacio por donde entretenerse y recrearse en la más completa intimidad.
Pero algo cambió, en el moreno y concentrado rostro de la dragona una vena se hizo detonar en su frente, al tiempo que sus manos, que hasta ese momento habían permanecido juntas sobre su regazo, se convertían en puños. Sus ojos se abrieron y de un salto se puso de pie, gruñendo con el fuego quemándole la garganta.
—¡¿Por qué es tan difícil?! ¡Me rindo, es imposible! —Sus ojos se clavaron en su hermana, quien tras el grito se quedó estática y con las uñas clavadas en el techo por el susto, como lo haría un zurcarák—¡Y tú! —Dijo señalándola—¡Deja de volar!
La selatrop bufó, aunque se quedó en su lugar, suspendida en el aire, mirando con burla a su hermana mientras sonreía de forma risueña e infantil, quien no podía despegar sus ojos de las alas de wakfu sobre la cabeza de Chibi.
—Vamos Grigal—Le dijo—. Solo te estoy enseñando a volar con tu forma humana.
A la nombrada pareció no gustarle el comentario.
—Primero: no estoy intentando volar, quiero levitar—Remarcó el verbo, como si aquello hiciera una descomunal diferencia entre los términos— y segundo: ¡Si alguien tiene que enseñar a volar esa soy yo!
Ante el grito Chibi volvió a asustarse, pero se relajó al instante, adquiriendo una postura similar a estar tumbado boca arriba en el sofá con la cabeza colgando de uno de los extremos. En esa posición podía ver a su hermana del revés.
—¿Y ahora qué haces? —Preguntó cruzándose de brazos y con una ceja alzada la dragona.
—Convierto tu cara enfadada—Con su dedo índice resiguió en el aire la sonrisa que ella observaba en el rostro canela—, en una sonriente.
Grigal rodó los ojos, dándose por vencida, su hermana era la única persona con la que no podía enfadarse por más de dos o tres minutos seguidos.
Cogió un libro abierto del suelo y hojeó sus páginas, leyendo de nuevo el contenido. Al ver finalizada su conversación la selatrop de pelo blanco se dirigió al lado de su gemela, aún suspendida en el aire observó por encima del hombro de la metarfoseada las palabras escritas en el manuscrito.
—¿Estas segura de haber leído bien lo que ponía? —Preguntó al tiempo que aleteaba, simplemente por el gusto de sentir sus extremidades extendidas y libres, cosa que pocas veces se podía permitir.
—Es lo que estoy comprobando—Pasó la página, soltando un suave suspiro—¿Tienes alguna idea de cómo ayudarme?
Su hermana levantó una ceja con picardía, al tiempo que en sus labios se habría paso una sonrisa maliciosa que desentonaba en su rostro aparentemente inocente.
—¿No decías que: "las fuertes y grandes dragonas" no necesitan ayuda?
—Será nuestro pequeño secreto.
Ambas rieron por el comentario, con aquella complicidad que solo ellas poseían.
—Ven—Chibi le cogió la mano derecha, notando las lisas escamas negras que las largas mangas intentaban ocultar.
Arrastrándola la llevó al centro de la sala, donde al fin decidió que sus pies tocaran el suelo recubierto por la alfombra azul.
Grigal no puso queja cuando su gemela le tomó ambas manos, extendiéndola a ambos lados, durante un instante se permitió mirar las alas sobre la cabeza de Chibi, aquellas que salían de entre el brillante pelo platino y se alzaban todo lo que podían, disfrutando de no estar escondidas bajo un gorro.
Eran pequeñas, comparadas con las de Yugi, eran pequeñas.
Y era algo que a Chibi no le costaba admitir.
—Grigal—Llamó, captando toda la atención de la mencionada—. Cierra los ojos.
La dragona la miró de forma interrogante, aunque acabó cediendo y haciendo lo pedido.
—Ahora relájate y concéntrate solo en mi voz.
La de piel canela asintió, soltando el aire contenido al tiempo que relajaba la espalda, siendo consciente por primera vez de la tensión que había acumulado en sus hombros.
—En alguna parte de ti, sigues teniendo alas, solo que no las puedes ver.
Grigal rodó los ojos aun teniéndolos cerrados.
—Quiero que pienses en como vuelas cuando eres dragón.
—Sigo siendo una dragona, solo que-
—Shh. Que lo estropeas.
Se encogió de hombros, pensando en que si su hermana no lograba conseguir lo que fuera que se proponía, se iba a burlar mucho de ella por eso.
—¿Lo piensas ya?
—Si, si, claro…
—Bien, ahora deja de pensar en eso y céntrate solo en lo que sientes.
—¿En lo que siento?
—Sí, el viento en tus escamas, las hojas de los arboles acariciando tus patas, el frio en tu hocico-
—Sabes que siendo una dragona no me enfrío tan rápidamente com-
—¡Grigal! ¡Por amor a Selatrop, pon un poco de tu parte!
Como tenía por hábito, la mencionada soltó aire fuertemente por la nariz, acostumbrada a hacerlo estando en su verdadera forma, se sintió levemente desconcertada al no notar cenizas o humo siendo expulsadas de sus fosas nasales.
OOO
—No hemos conseguido averiguar nada.
—…
—¿Te ocurre algo?
—¿A mí? Nada, es solo que…
—¿Qué?
—Mira sus alas, tan vivas, fulgurantes, la mejor imagen del poder de los primogénitos representada aquí, frente a nuestros ojos, que podamos observar esto ya es todo un privilegio, tras esto siento que nuestra larga travesía ha valido la pena. Se ven tan grandes, poderosas, hay tanto potencial en esos pequeños cuerpos que simplemente ¡Arg! No se puede expresar con palabras todo el poder que emana de ellas.
—Ciertamente… Mis sentimientos son bastante diferentes a los tuyos.
—Explícate, por favor.
—No me siento digno de observar esta escena.
—¿Acaso alguien lo es?
—Y al verlas… Me siento aún más vacío, ese sentimiento de falta se hace más notorio y es como si todo mi cuerpo me dijese que seguir adelante es inútil, que haga lo que haga nunca llegaré a ser nada de lo que nuestra Reina-Diosa se pueda sentir orgullosa.
—¿Acaso hay algo que podamos hacer para ser bien vistos frente sus ojos?
—Me siento como… Una abominación.
—¿Acaso no lo somos?
OOO
—Selatrop.
—¿Si? Te ves un tanto trastocada.
—Es… Nada, olvídalo.
—Parece que aún no has entendido algo.
—¿El qué?
—Lo que a ti te pasa, me pasa a mí, tus problemas son los míos y daría todo mi poder para erradicar cualquier mal que sobre ti se cerniera… Y me duele que aún después de tanto tiempo no lo hayas aprendido.
—Siempre consigues sacarme una sonrisa.
—Es que soy encantador.
—Anda calla, lo que pasa es que… Adameï me-me está rezando.
—¡¿Qué?! ¿Cuándo ha aprendido a contactar contigo?
—No lo sé pero… Está angustiada.
—¿Qué te dice?
—Me pide que la proteja, pero no sé de qué, no, espera, no quiere que la proteja a ella, sino a las demás.
—¿A Chibi, Grigal y Yugi?
—Si, al parecer siente que una amenaza inminente se cierne sobre ellas.
—Puede que sean solo desvaríos suyos, ya sabes que si nuestros hijos pasan mucho tiempo separados o enfrentados entre ellos pueden llegar a crearse paranoias en sus mentes.
—La siento tan convencida. Me dice que perdone sus acciones y que le otorgue fuerzas para continuar con su misión y conseguir su objetivo.
—¡Pero dile algo! ¡Háblale!
—¡Y que le digo!
—¡Pues yo qué sé! ¡Dile que no se preocupe o algo!
—De acuerdo, allá voy.
¿Qué hay que perdonar? ¿Tu coraje? ¿Tu valentía? ¿Tus sentimientos puros e irrompibles hacia tu familia? He de decirte, hija mía, que eso son virtudes que se condecoran, no pecados que se perdonan.
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—Espero que os haya gustado—Digo, jugando con un mechón de cabello—, me gustaría saber de vuestra opinión, para mejorar y editar los próximos capítulos ¡Estoy abierta a criticas constructivas! —Exclamo, con cierto aire de desesperación—Y me da igual si las ponéis en otro idioma que no sea el español ¡Igualmente las atesoraré con cariño!
—Valentina…
Le miro con una ceja alzada, sin entender su rostro ensombrecido.
—¿Si, Adamaï?
—¿¡Cómo se te ocurre liar a mi hermano con esa arpía!?
Del grito me asusto y caigo de la silla, en una postura nada favorecedora para mi autoestima.
—Parece que ya tenemos al primer lector en contra…
Patuso y Renato (O Patusa y Renata como son conocidas en mi fic), tienen la misma apariencia que en la serie, donde nunca llegué a descubrir su género, me vi obligada a buscarlo en internet y tras ver que en la serie eran mujeres (y después de superar el trauma que la información me causó), decidí cambiarles el nombre y hacerlas hombre.
Espero no haber asustado a las mentes más inocentes y puras…
Si es que aún quedan de esas en el mundo.
No puedo asegurar cual será el próximo día de publicación, pero prometo no dejar esta historia, menos con doce capítulos escritos ya.
En un review poned cual es vuestro episodio favorito de la serie, tanto de la segunda como de la primera temporada. Es para llevar a cabo mi… Bueno, será un modo de pedir perdón por la tardanza.
