—¡Hola! —Saludo enérgica—Me alegro de volver a estar aquí y debo decir que de veras lamento si la historia se desarrolla tan lentamente, pero es necesario para que la trama fluya de la manera adecuada—Suspiro, un tanto cansada—. Además debéis entender que trabajar con los personajes y sus géneros cambiados es difícil. No paro de cuestionarme si de verdad actuarían así.
Me levanto de la silla.
—Si hubiera otra historia genderbend en la cual yo pudiera fijarme para asegurarme de estar haciéndolo bien…—Alargo las vocales, claramente insinuando algo—¡Si! ¡Os estoy persuadiendo para que vosotros también os unáis al barco del genderbend! ¡Dejad volar vuestra imaginación!
Cread escenas cómicas, dramáticas, angustiantes, familiares, románticas, pero sobre todo memorables con estilo genderbend.
Si yo puedo ¿Por qué tú no?
Disclaimer:
Ni los personajes de la serie Wakfu ni el universo del krosmoz me pertenecen, son todos de la auditoria de Ankama, gran empresa francesa. Yo tan solo los utilizo para crear esta historia sin ánimo de lucro.
Comentario:
Gasp 1808: Me alegra saber que sigues siendo un fiel lector de este fic, mi kokoro da un saltito cada vez que veo otro review aquí. Y te agradezco el que te hayas molestado en poner tus caps favoritos, aún lo estoy preparando, pero espero publicarlo pronto.
Palabras: 3927
Capítulo IX: La cena
¿Qué hay que perdonar? ¿Tu coraje? ¿Tu valentía? ¿Tus sentimientos puros e irrompibles hacia tu familia? He de decirte, hija mía, que eso son virtudes que se condecoran, no pecados que se perdonan.
"La Gran Dragona" en Volviendo del olvido
Valentina Amore
El sol tras ocultarse dio paso a la flamante luna, que, como cada noche, estaba dispuesta a brindar luz y belleza en el Reino Sadida, pintando el paisaje en tonos plateados e impulsando a las bellas flores nocturnas a abrirse y dejar ver sus pétalos de cristal.
Ese paisaje se podía ver des de los ventanales del salón real, siempre abiertos para que todos los ocupantes de la sala pudieran disfrutar durante la velada de las vistas que daban al mar y al bosque, una fusión pintoresca de la que los sadida habían admitido no tener queja alguna.
Sentados en las rígidas sillas, estaban situados los componentes de la familia Percedal, cuyos hijos permanecían entretenidos hablando y de vez en cuando jugando con sus cubiertos imitando peleas de espadas, uno de los pocos entretenimientos que podían tener el aquel lugar.
—Niños, ya basta—Regañó su padre al tiempo que les quitaba los tenedores que sostenían—, empezad a comportaros.
La mueca de disgusto no se hizo tardar en los rostros infantiles.
—Vamos papá—Dijo el pequeño yopuka de cabello anaranjado mientras se cruzaba de brazos sobre su camiseta negra—. Solo estábamos jugando.
Evongel frunció el ceño, al tiempo que colocaba correctamente los objetos anteriormente arrebatados de las manos de sus hijos, intentaba mantener la poca paciencia que había sobrevivido al desastroso entrenamiento que había soportado horas antes, donde sus alborotados arqueros no cesaron de bramar injuriosas quejas y feroces maldiciones al tiempo que él, con la ira nublando su mente, buscaba un culpable.
—Nada de jugar en la mesa, Evole, ya lo sabes—Tras esas palabras su mirada esmeralda se dirigió a la adulta al lado del nombrado, que al captar la mirada acusadora del ocra no pudo evitar un escalofrío—. ¿No es verdad Tristepain?
La mencionada se puso tensa, pero se sintió aliviada al ver que solo quería que colaborara en la conversación.
—Haz caso a tu padre, Evole.
El pequeño infló sus cachetes para después dejarse caer bruscamente contra la silla, recogiendo su muñeco del reposa codos lo sostuvo con enfado, descargando su ira sobre él, como ya tenía por costumbre.
—Te comportas como un bebé—Se burló su hermana al tiempo que lo miraba con suficiencia y pose altiva, que constituía en mantener la espalda totalmente recta, intentando mantenerse más alta que el yopuka.
Ese comentario no agradó a Evole, quien cogiendo con ambas manos la cola de su peluche y alzándose en su asiento con gesto furioso, golpeó a la pequeña ocra en la cara, con tanta fuerza que la rubia se calló al suelo, con silla incluida.
Tras la caída de la de ojos vino lo siguiente que se escuchó en la sala fueron las risas del de pelo anaranjado y Rubilix, quien con su característica carcajada gutural se mofaba del espectáculo que había observado des de primera fila (pues al pequeño Evole le gustaba ponerla sobre la mesa para hablar mientras comían).
—¡Flapén! —Exclamaron a coro sus padres al tiempo que corrían a recogerla, alarmados y sorprendidos, ninguno se esperaba esa reacción por parte de su hijo.
La chica permanecía en el suelo, aun intentando procesar como había acabado allí. Cuando lo logró ya estaba en los protectores y fibrosos brazos de su madre mientras Evongel se dedicaba a sermonear a su hermano, quien miraba al suelo con cara de jalatín degollado, haciendo que no se supiera si en verdad se arrepentía de sus acciones, pues sus ojos brillaban traviesos, por mucho que se esforzara en adoptar aquella mueca inocente que meses atrás Chibi le enseñó.
—Ya basta, ocrita—Intervino Rubilix, captando la atención de todos los presentes—. Deja de echarle la bronca, solo se estaba divirtiendo—Su ojo se clavó en Evole, quien lo miraba con esperanza y dándole las gracias con la mirada—. Además, ha sido un buen golpe, campeón.
—¡Lo que me faltaba por oír! —Gritó el rubio, apoyando sus manos sobre la mesa y mirando al único ojo de la fab'hurito con enfado—¿Tú, dándome consejos a mí de cómo ser buen padre?
—Pues seguro que si pudiera lo haría mejor que tú.
—Da gracias a estar dentro de esa espada, fab'hurito de pacotilla.
—¿¡Qué me has llamado!?
Y después de eso el ocra y la criatura demoniaca se enzarzaron en una discusión verbal, dejando olvidados al resto de los presentes, quienes miraban atónitos la escena, pocas veces Rubilix conseguía hacer enfurecer tanto a Evongel como para que este dejara de lado su paciencia y calma para pelear, aunque fuera solo con palabras.
—¿Qué le pasa a papá? —Preguntó una desconcertada Flapén, agarrándose a la tela de la capa blanca con el signo yopuka en rojo, aquella que descansaba en el cuello de su madre, quien la seguía sosteniendo.
—Ha tenido un día duro—Fue su única respuesta, mientras dejaba a su hija en el suelo, le gustaría haberla dejado con delicadeza, pero como esa no es una virtud que posean los yopukas, la pequeña Flapén trastabilló cuando se vio sorpresivamente sin agarre, por suerte estaba cerca del suelo y, con los años, la pequeña se había acostumbrado a ese trato descuidado por parte de su madre.
Aquel espectáculo se mantuvo los próximos minutos, hasta que las puertas de madera macizas del salón se abrieron, dejando que Rachel entrase, con un aspecto sucio y descuidado, su camiseta de tirantes gris estaba recubierta de manchas de aceite de motor, al igual que sus pantalones de un verde oliva, llenos de polvo y barro en las rodillas, ni si quiera su cinturón de cuero se había librado del baño de suciedad.
Empezó a dirigirse a la mesa, con sus sandalias de madera haciendo ruido al caminar por el salón hasta su lugar frente a lo que sería la silla de Tristepain, se sentó, sin el menor miramiento al manchar su asiento.
—Rachel, por Ocra, se más considerada—Le dijo Evongel.
Tras esas palabras la anutrof miró al hombre, quien pudo notar la vena latente en la frente de la anciana, al tiempo que sus ojos inyectados en sangre desarmaban cualquier argumento o regaño que estuviera a punto de salir de su boca.
—¡Abuelita Rachel! —Exclamaron los más pequeños al tiempo que saltaban hacía la nombrada, pisando la mesa en el proceso y tirando algún que otro vaso o plato.
La anutrof apenas tuvo tiempo de reaccionar cuando los niños ya la habían tirado de su silla hacía el suelo, creando un gran estruendo pues el mantel blanco de sobre la mesa se había enredado en el pie de Evole y todo lo que estaba encima había sido arrastrado con ellos en su caída.
Tristepain y Evongel solo pudieron observar impotentes como los cubiertos desaparecían de su visión al igual que sus hijos y la anciana.
El rubio retiró su silla y se sentó, apoyando los codos en la mesa y colocando la cabeza entre sus manos, suspirando derrotado y agotado por aquel día que parecía empeorar a cada minuto.
La de pelo anaranjado se agachó para recoger a Rubilix, quien se había caído al suelo como el resto de cubiertos, observando como la fab'hurito ya parecía más calmada.
—Deja de comportarte así con él—Le dijo en un tono bajo para que su esposo no la escuchara, aunque en realidad no hacía falta, las risas del trio de locos en el suelo opacaban cualquier otro sonido.
—Yo solo defendía al pobre crio—Refunfuñó, entrecerrando su ojo y mirando desafiante a su guardiana.
—Esa no es excusa, Rubi.
—Para mí sí.
—¡¿Es que no podéis estar ni cinco minutos sin romper algo?!
Las risas cesaron abruptamente y todas las miradas fueron dirigidas a las puertas del salón, donde bajo el umbral de madera se encontraba la fuente del potente grito, la cual era un Amaël vestido con sus ropas reales y bastante enfadado con la actitud de sus invitados
A su lado Yugi permanecía tranquila y sonriente, sosteniendo en sus manos la mochila y la pala de la anutrof, quien aprovechando la distracción de los pequeños, se pudo escabullir de entre esos brazos que la aprisionaban como cadenas.
—Me ponéis de los nervios—Se quejó el príncipe, acercándose a la mesa—. Y tú, vieja descuidada—Dijo señalando (obviamente) a Rachel— ¡¿Cómo se te ocurre aparecer así por palacio?! ¡Has escandalizado a Patusa y Renata!
—Yo también me alegro de verte, Amaël—Saludó con notable sarcasmo—. Además, no es mi culpa que no sepan soportar un poquito de suciedad.
—¡¿Un poquito?! ¡¿Un poquito?!
—Cálmate Amaël—Le dijo Yugi con suavidad, ganándose una mirada resignada de su novio, aunque acabó obedeciendo, cruzándose de brazos demostró su inconformidad.
La selatrop se acercó a su anciana amiga, extendiéndole los objetos que portaba y que le pertenecían a la de pelo canoso, Rachel los tomó y por primera vez des de que entró a la sala relajó su expresión y suspiró, destensándose y recuperando la calma. En ocasiones se preguntaba cómo es que esa pequeña chica tenía el don de calmar cualquier rabieta que la sacudiera.
—Renata y Patusa te han limpiado la pala y remendado la mochila—Informó, al tiempo que, aguachándose, ayudaba a Flapén y Evole a levantarse del frio suelo de madera—. Creo que también te han puesto plantas aromáticas dentro del merkasako, pero no estoy segura.
—Espero que sí—Dijo la rubia ocra al tiempo que se dejaba ayudar por Yugi, quien con delicadeza le sostenía las manos para que se pudiera incorporar con facilidad—, aún me escuece la nariz de la última vez que entré.
Evongel puso una mueca de desagrado, concordando con la opinión de su hija.
—Hola Yugi—Saludó el padre de los niños al tiempo que reafirmaba su postura—, siento no haberte saludado antes.
La nombrada (ya de pie) rió suavemente, encogiéndose de hombros le restó importancia.
—No pasa nada.
—Bien, bien, bien. Mucho saludito y tal ¿Por qué no dejamos estas cosas aburridas y nos vamos a lo importante? —Rubilix captó toda la atención con esas mordaces palabras, Tristepain aún la sostenía entre sus manos al nivel de su cabeza, por lo que todos pudieron observar a la fab'hurito.
—¡Eso! —Secundó con entusiasmo la de pelo anaranjado—¡Hablemos de la aventura!
Evongel miró con una ceja alzada a su pareja, quien levantando su brazo izquierdo demostraba lo mucho que le entusiasmaba la idea, de la cual, él no tenía ni la menor información.
Tras encontrarse en el campo de entrenamiento y después de que la pobre joven fuera arrastrada por los pasillos del palacio como un mero saco de ñamzamas, Yugi le explicó a Tristepain que la razón de su visita no era solo para reencontrarse, sino que tenía otros motivos que le serían revelados cuando se encontraran todos reunidos.
Y era justo ese momento el que la selatrop le mencionó a la yopuka que le daría más información, pero al parecer primero tendrían que calmarse y ordenar un poco la estancia.
Amaël se negaba a iniciar una conversación con el salón en tales condiciones.
OOO
—Bien, esto ya está—Dijo Evongel al tiempo que tomaba asiento junto a su hija.
Los cubiertos volvían a estar sobre la mesa, descubierta y sin mantel para evitar futuros accidentes, las copas de cristal estaban rectas y los platos en sus respectivos lugares, llenos de verduras que serían el alimento de la noche, aunque Amaël no dejaba de mirar con desagrado los trozos de carne que se vislumbraban en los platos ajenos.
Al menos Yugi, Evongel y Flapén habían tenido la consideración de negarse a tomar dicho alimento, normalmente mal visto en el Reino Sadida.
—Antes de comenzar—El rubio dio un vistazo general a la mesa, mirando a sus amigos e inconscientemente analizando sus puestos.
Flapén estaba sentada al lado de Evole, quien prometió no volver a golpearla en toda la cena con la condición de que Rubilix siguiera estando sobre la mesa (aunque por precaución le quitaron el muñeco), y al lado del pequeño yopuka Tristepain le devolvía la mirada. Delante de su esposa Rachel engullía la carne de su plato, teniendo especial cuidado de no coger por accidente alguna verdura, cosa que molestó a Amaël, que sentado al lado de la anutrof reprimía sus ganas de pegarle una patada por debajo de la mesa.
Después sus ojos se deslizaron hasta Yugi y el asiento libre frente a él, el rubio ocra no pudo evitar el pensamiento que se precipitó por su mente al observar la silla que meses atrás ocupaba Adameï en todas sus reuniones.
—A partir de hoy siempre estará vacía—Pensó para sus adentros.
—¿Pasa algo? —Preguntó Tristepain, inclinándose sobre la mesa para observar a su marido, quien se había quedado en blanco.
—No, nada—Respondió, agitando levemente la cabeza, haciendo que los mechones rubios se balanceasen siguiendo el movimiento—. Digo, que antes de empezar a comer, tenemos el derecho a saber porque nos hemos reunido.
—Hay un fallo en tu plan, porque Rachel ya está comiendo—Comentó Amaël en tono despectivo mientras señalaba con su pulgar a la mencionada.
El ocra prefirió ignorarlo, dirigiendo su mirada esmeralda a Yugi, quien al sentir esos analizadores ojos sobre ella se sintió bastante cohibida, cosa que se dejó ver por la forma en que las orejas de su gorro se pusieron gachas.
—Yo…—Titubeó, mirando de forma nerviosa a los presentes que no le quitaban los ojos de encima, todos sabiendo que ella era quien los había reunido—Quería pediros ayuda.
—¿Ayuda? —Repitió desconcertada Flapén, al tiempo que inclinaba su cabeza en la confusión, no se imaginaba porque Yugi, una persona que ella había visto desplegar todo su poder, podía necesitarles—¿Ayuda para qué?
—¡Si es para pelear puedes contar conmigo! —Exclamó con energía Evole, al tiempo que se ponía de pie sobre su asiento y adquiría una posición de ataque, dando golpes al aire—¡Arriba los yopuka!
—¡Viva! —Secundó Tristepain los gritos de su hijo, con el mismo entusiasmo que el pequeño.
—Por Ocra, comportaos—Pidió Evongel, recriminándoles sus actos con la mirada y haciendo que un pequeño coro de risas resonara por la estancia.
—No será solo para pelear—Les dijo Yugi mientras les guiñaba un ojo con picardía, algo no muy común en ella, pero que consiguió que al fin su rostro dejase de verde afligido por un mal invisible, contenta de ver el incondicional apoyo que le mostraban los hermanos.
Ante sus palabras los ojos claros de los de pelo naranja brillaron, ilusionados ante la perspectiva de épicas batallas y feroces enemigos y aunque Flapén intentó ocultarlo, en sus ojos color vino se podía vislumbrar lo emocionada que le puso la idea.
—Danos más detalles—Evongel apoyó sus brazos en la mesa, adquiriendo una postura seria, queriendo saber más antes de lanzar a sus hijos de cabeza a, lo que de seguro sería, una alocada travesía.
Las orejeras del sombrero de Yugi se pudieron rígidas durante un segundo antes de volver a su posición habitual, la selatrop pensaba en cómo explicar el viaje que quería llevar a cabo, de tal forma que sus amigos no le dijeran que no. Su compañía le era de gran importancia y sentía que con el mínimo fallo en su explicación ellos podían negarse en rotundo a ir con ella.
—Pues…—Con las manos sobre su regazo jugueteó con el dobladillo de su túnica naranja—Será un viaje por todo el Mundo de los doce.
—¡¿Por todo el mundo?! —Preguntó emocionado Evole, apoyando sus manos sobre la mesa para poder erguirse, sin creerse que podría realizar tal travesía a su corta edad.
—Déjala hablar, Evole—El mencionado volvió a sentarse tras las palabras de su padre, aunque se agitaba levemente y daba pequeños saltos en su asiento—. ¿Con que finalidad sería el viaje?
—Mamá—Susurró el de pelo anaranjado mientras se inclinaba hacía el asiento de su madre—¿Qué significa finalidad?
Tristepain miró hacía ambos lados, nerviosa, no quería quedar mal frente a su hijo por no saber el significado de una palabra.
—Pregúntaselo a tu hermana—Fue su apresurada respuesta—. Mamá está ocupada escuchando a tía Yugi.
Mientras las yopukas hablaban Yugi había estado pensando en cómo decir la respuesta, se le había secado la garganta y le costaba hablar, justo las mismas sensaciones que sintió al despedirse de Chibi y Grigal, un desagradable sentimiento de soledad le provocó un vacío en el estómago, ocasionándole aún más nervios.
—Creo que ya es hora de—Tragó saliva, sintiendo aliviada su tráquea—de ser sincera.
Un silencio sepulcral llenó la estancia, incluso Rachel dejó de morder el trozo de pan que cogió de una cesta de mimbre sobre la mesa.
La rubia suspiró, soltando el arrugado trozo de tela que segundos antes retorcía entre sus dedos.
—Quiero viajar por el Mundo de los doce, buscando islas, prados, bosques… Cualquier territorio despoblado y apto para la vida—Explicó, mirando con rostro decidido a sus amigos, quienes la escuchaban atentamente—. Y en ese lugar quiero hacer crecer a mi pueblo como nación—Su tono se volvió firme y altivo, su cuerpo recorrido por una sorpresiva e injustificada adrenalina la hizo decir con orgullo esas palabras.
Y se desconcertó levemente, pues, sentía que, en otro tiempo, en otro lugar, había pronunciado exactamente esas mismas palabras con el mismo ímpetu y determinación.
—No es tan fácil, Yugi—Habló Evongel, con suavidad y cuidado, no queriendo disminuir la voluntad de su amiga, de la cual no recordaba la última vez que la vio poner tanta ilusión en un proyecto—. El resto de reinos no estuvieron de acuerdo con-
—Ev—Le cortó Amaël, hablando por primera vez des de que se sentaron en la mesa—, ella es muy consciente de eso.
—Mamá-
—Pregúntale a tu hermana.
Yugi asintió, confirmando las palabras del sadida, mientras de reojo, con aquella mirada chocolate que conseguía derretirlo, le dio las gracias por intervenir.
—Sé muy bien que a los reyes no les gustó la traición de Qalby—No pudo evitar decir ese nombre con repugnancia y desprecio, aún después de tantos años mencionar a la traidora le creaba una sensación amarga en el paladar—, pero ahora será diferente. No hay selacubo ni hay dofus selatrop, ni nada por lo que se puedan sentir amenazados.
—Ai~ que ingenua eres Yugi—Interrumpió Rachel, dejando su tenedor sobre la mesa y colocando los brazos detrás de su cabeza, con una actitud despreocupada nada apta para la seria situación—. Aunque creas que no tienen nada por lo que protestar siempre encontraran algo. Los reyes son así, unos quejicas de manual.
—¡Hey! —Exclamó Amaël, molesto por las despectivas palabras dichas por la anciana.
Rachel le ignoró de forma descarada, pero aún tenía algo más que decir, tan solo para aminorar el enojo del (des de su punto de vista) susceptible príncipe.
—Tenemos suerte de que la reina Koaleaf sea una de las pocas excepciones—Añadió.
Ante eso Amaël se cruzó de brazos, dándole una mirada de advertencia, pero decidiendo dejar de lado sus pleitos con la anutrof, esa noche era para que Yugi les informase de sus planes, no para llevar a cabo sus infantiles peleas.
—Lo tengo todo planeado—Dijo con seguridad y un brillo de esperanza en sus ojos—, tan solo necesitaríamos un barco que pudiera con todos—Cortó su oración en seco y las protuberancias de su sombrero se agacharon, al tiempo que adquiría un rostro triste y sus ojos chocolates se veían inundados por la sensación de la inseguridad—. Siempre y cuando aceptéis venir conmigo, claro.
El silencio inundó la sala, tan solo unos segundos, a Tristepain nunca le gustó esperar. Por lo que con fuerza se levantó de su asiento, colocando ambas manos con brusquedad sobre la mesa y mirando ferozmente a todos los presentes con sus ojos claros rebosantes de determinación.
—¡Por mi maestra! ¿¡De verdad crees que diríamos que no?! —Exclamó, aparentemente ofendida por la actitud de su amiga, le molestaba que después de tantas vivencias juntas, aún hiciera preguntas tan absurdas.
¿Es que no confiaba en ellos?
—No se deja a nadie atrás, eso no sería digno de una guerrera yopuka.
—Ni de un caballero—Dijo Evole, alzando con su brazo derecho a Rubilix, mientras se ponía sobre la silla y apoyaba un pie en el reposa codos, adoptando esa postura tan heroica que veía siempre en los cuentos de héroes.
—Ni de una arquera—Secundó Flapén, des de su asiento y mirando con decisión a Yugi, quien los observaba con incredulidad.
—Ni de un príncipe—El sadida miró a la que estaba a su lado con una sonrisa, asegurándole con la mirada que tendría todo su apoyo.
—Ni de una caza recompensas—Rachel se irguió, levantándose de su asiento y colocando una mano en su cintura mientras con la otra sostenía su pala, donde se balanceaba su mochila a cada movimiento que hacía—, le prometí a Aliana que te protegería y como se me ocurra romper mi promesa de seguro me obligará a pagar la cuenta.
Después de tal muestra de amistad y apoyo, Yugi sintió como el corazón le daba un vuelco, las orejas del gorro se irguieron y una sensación de calidez le inundó el cuerpo, hacía tanto tiempo que no sentía esa sensación que se le hizo desconocida, su mente no supo reconocerla hasta que rebuscó en su memoria, encontrando el nombre a esa agradable emoción.
El sentimiento de hermandad.
—Eso—Comenzó Evongel, con voz solemne y paternal—, tampoco sería digno de un amigo.
—Eso significa que…
—Sí, Yugi—Dijo el ocra, sonriéndole con cariño—, te acompañaremos.
Y en ese momento, donde lo siguiente que se escuchó fueron las risas y alegres comentarios de sus amigos, Yugi comprendió algo.
Una hermandad, es para toda la vida.
Y en su caso, eso era una eternidad.
OOO
—Pensé que estarías durmiendo.
—Pre-prefiero mirar las estrellas.
—No me mientas. Sé que estabas escribiendo en tu diario.
—Bueno, lo hacía pensando en las constelaciones.
—Eres incorregible.
—Así me quieres.
—Tienes razón, sin ti no sé cómo podría continuar con esto.
—Bromeas ¿No? Eres tu quien me da esperanzas, eres tú la invencible, eres tú-
—Si sigues así me voy a ruborizar.
OOO
—Estoy preocupado.
—A mí me resulta curioso, incluso gracioso.
—¿El qué? Y cuidado con lo que vas a decir.
—Nosotros, seguramente los seres más poderosos del krosmoz, creadores de la vida y, si no es muy pretencioso, amos del universo y de todo aquello que en él habita. Con energía y conocimientos infinitos, debemos observar impotentes como los ineptos de nuestros hijos, que tan burdamente se hacen llamar dioses, poco a poco han ido llevando a sus correspondientes discípulos a la perdición. Y si fuera poco, después debemos observar a nuestra segunda generación de hijos, aquellos que devotamente nos adoraban, rezaban y creían en nosotros, sufrir en un mundo bajo el mandato de seres inferiores a ellos. Simplemente es curioso y descaradamente irónico que tan solo podamos observar, solo ser espectadores de un mundo que antes nos pertenecía.
—¿No te has pasado un poco? Es verdad que nuestros hijos han metido la pata un par de veces pero... También han hecho cosas buenas.
—Claro ¿Pero de qué sirve destruir todo un bosque y después solo plantar una flor? Es ridículo y absurdo, típico de ellos.
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—Y… ¿Qué tal?
—Horrible, espantoso, atroz—Le lanzó una mirada filosa a Adamaï, quien me reta con su actitud.
—Gracias por tus siempre destructivas criticas—Le suelto con sarcasmo—, son de gran ayuda.
—Pensé que dijiste que aceptas críticas malas.
—La tuyas no.
Espero que os haya gustado, tanto como para alegraros el día o arruinaros la tarde. No creo que este sea uno de los mejores capítulos hasta ahora, pero no sabía como arreglarlo y simplemente dije "Pues así mismo", total, tampoco está taaaan mal.
Y simplemente escribir sobre los pequeños Percedal ya me llena de ternura, espero haber captado bien su esencia.
J
