—No sé si el titulo sea lo más adecuado—Digo, pensativa—, pero me hizo gracia, la verdad.
Si no te gusta el Yugo x Amalia/Yugi x Amaël, abstente de leer el segundo apartado.
Comentario:
Gasp 1808: ¡Hola, mi más fiel lector! Si tú esperas con ansias mis capítulos yo espero ansiosa tus comentarios ¡Gracias por seguirme! No sé si este capítulo cumpla con tus expectativas, pero ciertamente era una idea que no podía sacarme de la cabeza y, a parte, lo que pasa en este capítulo será bastante relevante en los siguientes ¡Así que presta atención al más mínimo detalle!
Disclaimer:
Creo que a estas alturas a todos nos ha quedado claro que no me pertenece Wakfu ni el universo del krosmoz, todos sois conscientes de que es propiedad intelectual de Ankama y que yo no me lucro con esta actividad.
Palabras: 5365
Por cierto, agradecimientos a ese dulce lector que le ha dado a seguir y favoritos ;)
Capítulo X: Cada loco con su locura
Al pedir perdón no espero que todo vuelva a ser como antes, no espero ser perdonada, ni que vuelvan a confiar en mí, tampoco que de repente decidan olvidar mi error y actúen como si nada hubiera pasado, tan solo para intentar recuperar la normalidad perdida ¡Yo no quiero eso! Cuando me equivoco lo reconozco y no quiero que lo olviden, quiero que me lo recuerden, que me lo digan y me lo repitan todas las veces que sea posible, hasta que cada vez que cierre los ojos vea mi error una y otra vez, para así no olvidarlo, para no repetirlo, todo por no volver a hacer sufrir a los que quiero. Por no tropezar dos veces con la misma piedra.
Reflexiones ocultas de Adameï en Volviendo del olvido
Valentina Amore
Tristepain se acomodó en las sabanas, acurrucándose en las suaves y ligeras telas, en el Reino Sadida el clima era envidiable en aquella época del año y su cama tan solo precisaba de un par de finas mantas para proteger de cualquier eventual brisa que se colase por las ventanas, que ella insistía en mantener abiertas. La luna creciente era tapada por las frondosas capas de hojas del árbol donde se ubicaba el palacio, pero eso no significaba que no se pudiera apreciar su presencia, su reflejo plateado en las inquietas holas del mar cercano era la única prueba que necesitaba para saber de su existencia.
La yopuka se quejó al notar un pinchazo en su costado derecho, tanteando con su mano izquierda la zona se dio cuenta de una pequeña, pero filosa, espina que se clavaba en sus costillas descubiertas.
A regañadientes se medio incorporó, apoyando su espalda en la cabecera de madera de su cama, una vez en aquella posición comenzó a examinarse la prótesis, encontrándose con más de una espina e irregularidad, no era la primera vez que le pasaba, era normal que después de un combate con su escuadrón de guardias, algún que otro trozo de madera o zarza se quedara enganchado en alguna de las múltiples grietas que de vez en cuando se habrían por el esfuerzo al que sometía aquella extremidad, que aún ha estar en su cuerpo, no consideraba suya.
Suspirando con molestia estiró su brazo derecho hasta notar la superficie de madera bajo sus dedos, tanteó la mesita de noche ubicada al lado de la cama, intentando encontrar alguna parte que poder arrancar, al llegar a una esquina la cogió con fuerza y estiró bruscamente, rompiendo y separando la zona deseada.
Con la madera desquebrajada en la mano, guío la punta fina y puntiaguda hasta una espina en su prótesis. Haciendo que se metiese por un pequeño hueco al lado del residuo comenzó a hacer palanca.
Esa técnica era habitual, por lo que no le causó ningún problema, aunque debía procurar no ejercer mucha fuerza para evitar romper la extremidad.
Tras ver expulsada a la espina de su cuerpo prosiguió con las demás.
Estuvo así unos minutos, hasta que la puerta de su habitación se abrió, instintivamente dirigió allí su mirada, encontrándose con la silueta de su marido bajo el marco. Tras verificar su identidad volvió a su actividad anterior mientras el ocra se acomodaba a su lado en el lecho.
Evongel, ya acostumbrado a esa escena, no se impresionó al ver la mesita de noche con una esquina faltante, ni tampoco varias espinas o astillas sobre las mantas.
Era el precio a pagar por querer tener dos brazos.
Se repetía.
—¿Están dormidos? —Preguntó, sin cesar su actividad, debía deshacerse de todas las espinas, lo último que quería era pinchar a su pareja en medio de la noche por un descuido.
Evongel suspiró, agotado por el día, dejando que su cuerpo se cayese sobre el mullido colchón.
—Se lo hacen, apuesto a que ahora mismo están despiertos hablando y jugando con Rubilix.
Tristepain no pudo evitar que una sonrisa a lo yopuka se abriese paso en su rostro, no sabía cómo describir la sensación que la llenaba de gozo al observar la buena relación que mantenía la fab'hurito con sus hijos, quien, aunque lo negara rotundamente y pusiera siempre una excusa cada vez menos creíble, se notaba que disfrutaba de la compañía de los pequeños, sobre todo cuando ellos no ponían pegas a escuchar una de sus historias sobre la dimensión fab'hurito, aquel lugar del cual solo habían oído en cuentos y se les antojaba una región llena de misterios y aventuras.
—Ev—Llamó la de pelo anaranjado, haciendo que el nombrado la mirase—. ¿Estás de acuerdo con el viaje?
El ocra suspiró, relajando su cuerpo para dejar que la cama se lo siguiera tragando, haciendo que cada vez estuviera más acomodado entre las sabanas, era una sensación a la que nunca terminaría de acostumbrarse, después de toda su infancia durmiendo en una cama dura y rígida (que era lo más parecido a dormir sobre una piedra que había encontrado) que te dejaba la espalda adolorida, pero recta, la sensación de una cama con colchón (las de su niñez no tenían) aún seguía desconcertándolo un poco.
—Yo sí ¿Y tú?
La de ojos marrones pareció ofendida por la duda.
—¡Claro! ¿Qué pregunta es esa? —Exclamó, indignada, aquello había sido una ofensa a su orgullo de guerrera—¡Una aventurera nunca le dice que no a una aventura! —Tras ese gritó dio por finalizada su labor de limpiar la prótesis, tirando descuidadamente el trozo de madera por sobre su hombro—Ni tampoco a las peleas que se tiene por el camino.
Evongel sonrió levemente, repitiéndose en su cabeza que por muchos años que pasaran su mujer no cambiaría.
Y que eso no tenía nada de malo.
—Cabeza de yopuka.
—Esa soy yo.
Ambos sonrieron, con esa complicidad que ganaron en los años de largas travesías por el hostil mundo, hacía tiempo ya, que el mote que anteriormente era despectivo y un insulto para la de dicha raza, se había convertido en un apodo dicho con cariño y ternura que había conseguido remplazar a los: cielo, amor y mi vida, que se decían las otras parejas, demostrando de nuevo su singularidad.
—Hoy has estado toda la tarde de mal humor ¿Te ha pasado algo? —Preguntó Tristepain mientras se giraba para orientar su cuerpo en dirección a su pareja.
Ese comentario ocasionó un ceño fruncido en Evongel, quien en su mente rememoró el desastroso entrenamiento de sus tropas, entrenamiento del cual también se acordó Tristepain, quien con su torpeza habitual a la hora de hablar, se había olvidado que fue ella (a medias) la culpable del deplorable resultado.
—Ha sido por culpa de mis arqueros—Dijo, con enfado mal disimulado—, al parecer al graciosillo de turno se le ocurrió la grandiosa idea de comenzar a disparar a diestro y siniestro contra sus camaradas.
En su trasero volvió la sensación de tener la flecha clavada, aunque obviamente fue tan solo el fantasma del recuerdo quien le hizo sentirlo.
La yopuka comenzó a sudar frio por los nervios, su mente trabajaba a altas revoluciones para saber cómo salir de esa situación donde se había metido por culpa de su bocaza. Su cerebro, lamentablemente no demasiado acostumbrado a tal apuro, comenzaba a provocarle jaqueca.
Armándose de valor, decidió que era el momento de librarse de aquel peso que le estaba martilleando la cabeza, ella estaba hecha para soportar grandes golpes físicos, no dilemas morales, prefería dejarle eso a sus amigos.
—La verdad es que…—Titubeó, alargando las vocales para ganar más tiempo, aquel comportamiento alertó a la analizadora mente de Evongel, quien ya comenzaba a tener sus sospechas.
—¿No será que tú?
Tristepain asintió nerviosamente y con una sonrisa tímida, mientras jugueteaba con sus dedos índices.
Evongel sin decir palabra y con una expresión inerte cogió su almohada y sin levantarse de la cama o cambiar de posición se colocó el objeto en la cara, apretándolo contra su rostro bajo la mirada interrogante y confusa de Tristepain, quien después fue testigo del grito rabioso y ahogado amortiguado por la almohada.
Ya más aliviado tras haber hecho aquello, el rubio volvió a dejar la almohada en su posición original, ya aparentemente más calmado, aunque aquello no aminoró los nervios de su esposa.
—Espero que tengas una buena explicación.
—La tengo, la tengo, es…
El de ojos verde se pasó las manos por la cara, masajeándose las sienes en el proceso, intentando relajarse y repitiéndose que estaban en la víspera de un largo viaje donde tendría que convivir con sus amigos en un espacio reducido y que lo único que necesitaba era estar enfadado con su pareja.
—Empieza a explicarme cómo pudiste hacer eso—Dijo, suplicándole a su dios que le cargase de paciencia para soportar el interrogatorio que tenía por delante, pues, obstinado como era, aunque lo negara, no podría dormir tranquilo hasta saber todos los detalles de aquel descabellado plan que había llevado a cabo Tristepain—, eres malísima con el arco.
—Era una broma.
—No te he preguntado que era, quiero que me digas cómo pudiste hacerlo.
La yopuka aspiró aire fuertemente, llenando sus pulmones de oxígeno y su cuerpo de coraje.
—Lo hice por Yugi.
OOO
Ambos paseaban tranquilamente por los limpios y decorados pasillos del palacio, en un cómodo silencio iban el uno al lado del otro, simplemente disfrutando de la compañía, hacía rato que se habían quedado sin tema de conversación, pero no les importaba mucho, el simple hecho de acompañarse en sus paseos era suficiente para hacerlos placenteros.
Después de la animada cena todos los miembros de la Hermandad del tofu se dispersaron por palacio tras despedirse y acordar que saldrían al día siguiente antes del amanecer, propuesta que obviamente recibió quejas por parte de Tristepain y Rachel, quien se justificaba diciendo que a sus años ella necesitaba dormir más para descansar sus ancianos huesos.
—Muchas gracias—Dijo Yugi con sinceridad, al tiempo que no quitaba sus ojos del suelo por donde caminaba, encontrando entretenido mirar los dibujos naturales de la madera que pisaba, las orejas de su gorro, levemente caídas hacía ambos lados de su cabeza demostraba que se encontraba serena y calmada.
Amaël levantó una ceja, confuso, no entendía porque de la nada su novia había dicho aquello.
—¿Gracias porque?
La selatrop sonrió, decidida a desahogarse de aquellos sentimientos, que de guardárselos más tiempo la harían explotar.
—Por apoyarme, significa mucho para mí.
El sadida se rió de forma recatada, a esas horas el mínimo ruido podría alertar a un guardia, suerte tenían ya de no haberse encontrado con ninguno cuando hablaban animadamente minutos atrás.
—Vamos ¿Cuándo le he dicho yo que no a irme de aquí? —Bromeó de forma juguetona, sin quitar los ojos de la chica a su lado, que en cambio miraba al suelo, como si aquella superficie se mereciera más atención que él—Sobre todo ahora, así me libro de esos bodrios de cartas. Tendría que ser yo quien te diera las gracias.
Fue el turno de Yugi de reírse, quien al fin se dignó a mirarlo, con las protuberancias de su gorro alzadas y aquellos ojos marrones que centelleaban en la ilusión de un nuevo viaje donde al fin cumpliría su misión.
Sacar a su gente del olvido.
Y Amaël no podía sentirse más dichoso al saber que él sería uno de los que contribuirían a la llegada de la raza de su novia. Simplemente era algo de lo que pensaba alardear en cuanto lo consiguieran, esas cosas no se podían callar y ya estaba pensando la forma de hacerlo saber a todo el planeta.
Pero de un momento a otro Yugi se detuvo y su rostro dejó de verse alegre, sino que se mostró entusiasta frente la visualización de la puerta delante de ella, incluso las orejeras de su sombrero comenzaron a balancearse de un lado a otro.
Amaël, desconcertado, también paró, observando la pieza de madera que constituía la entrada a una habitación de invitados, una de entre tantas otras, aunque la reina Koaleaf, tras la llegada de la selatrop y después de haberla saludado apropiadamente, mandó que la adecuaran para que fuera digna de una de las mayores heroínas no solo del Reino Sadida, sino de todo el mundo.
—¿Segura de que no te quieres quedar en mi habitación? —Preguntó el príncipe, mientras se cruzaba de brazos—La mía es una de las mejores del castillo.
Yugi negó ante la idea, ya había declinado la oferta anteriormente, pero no se veía capaz de reprimir el débil sonrojo que tiñó sus morenas mejillas al volver a escuchar aquellas palabras salir de la boca del de pelo verde, tampoco ayudaba que las orejas de su sombrero demostrasen su nerviosismo agachándose.
—Imagínate que alguien lo descubre, no te quiero meter en problemas. Además, los sirvientes se han molestado en retocarla—Añadió, intentando esconder lo nerviosa que le ponía el tema—, no quiero hacerles el feo.
Amaël, fastidiado, resopló con disgusto, puede que hubiera crecido, pero en el fondo seguía siendo ese príncipe al que no le gustaba que le negasen los caprichos. Pero se tuvo que calmar, Yugi no era un lacayo al que pudiese mangonear, eso era algo que la chica había demostrado en varias ocasiones. Aunque de forma involuntaria, había hecho saber a todo el que la conocía que tenía una voluntad de hierro.
—Entonces, supongo que nos vemos mañana—Anunció Amaël, mientras se encogía de hombros y adoptaba una mueca de desconfianza y enfado—, siempre y cuando Rachel no lo fastidie hablando con mi madre.
Yugi no pudo evitar reír, haciendo que las protuberancias de su sombrero volviesen a alzarse, olvidando momentáneamente la vergüenza, la imagen mental de la reunión entre la reina y su anciana amiga antojándosele demasiado divertida como para tomarse en serio que su viaje corriese peligro alguno.
—Confía en Rachel, ella es una gran regateadora, seguro que consigue que vayas.
El sadida suspiró, no encontrando enfado en su ser cuando veía a la chica delante de él tan llena de paz.
—Decido creerte.
Tras esas palabras Yugi volvió a mirar la puerta con los ojos centelleantes de ilusión, pensando que el comienzo de su aventura estaba tan solo a una noche de distancia, ansiosa y con la adrenalina recorriendo su cuerpo temía que no lograría pegar ojo en toda la noche.
—Buenas noches—Se despidió Amaël, dándose la vuelta, viendo que debía volver a sus aposentos, donde, para su desgracia, dormiría solo aquella noche.
—Espera.
Y antes de que pudiera reaccionar u oponer resistencia, frente a él, unos centímetros por encima de su cabeza se abrió un portal, por donde rápidamente asomó la cabeza de Yugi, la cual el vio del revés, su gorro azul caía en toda su extensión y algunos mechones rubios se vieron sufriendo la ley de la gravedad.
Aprovechando su asombro, la selatrop le besó rápidamente los labios, en un contacto juguetón y corto que Amaël hubiera disfrutado de no haberle pillado desprevenido.
—Buenas noches.
Y tras esa breve despedida, Yugi desapareció al igual que su portal, cuando Amaël se quiso dar cuenta estaba solo en el pasillo, con la sensación de haber sido víctima de una burda broma carcomiéndole las entrañas.
OOO
Las risas resonaron por la estancia, revotando en las paredes y llegando hasta al más recóndito recoveco de la sala.
Eran agudas, aunque algo carrasposas por la edad, parecían tener la capacidad de seguir saliendo indefinidamente de las gargantas de las dos mujeres.
Poco a poco fueron disminuyendo de volumen hasta quedar en nada más que suspiro de júbilo, que creó una sonrisa en las de ocupantes de aquel salón privado.
—Sí, tenías razón—Admitió Koaleaf mientras con la muñeca se limpiaba un pequeño hilo de saliva de sus gruesos labios—, es una buena historia, de las mejores que he oído.
Rachel sonrió, sintiéndose orgullosa por las palabras de la soberana de aquel reino.
—Viniendo de una persona que ha hablado con duques y marqueses, es todo un halago.
La sadida resopló con aburrimiento, aquella frase había despertado recuerdos que llevaba tiempo evitando y de los que nunca quería acordarse.
—No me hables de eso, anda—Dijo mientras dejaba caer todo su peso en el respaldo de la silla donde estaba sentada, con sus brazos bronceados y tostados cruzados bajo el pecho, acción que inconscientemente hacía resaltar su abundante busto—, tú bien sabes como yo, que hablar con esas personas es una de las cosas más aburridas del mundo.
La anutrof rió de nuevo, aunque esta vez fue corta, Koaleaf fue capaz de ver su dentadura donde se avistaba algún que otro hueco vacío. Rachel tenía sus codos apoyados sobre la mesa y de vez en cuando su cuerpo se balanceaba, como amenazando caer sobre el mueble.
—No te quejes, venga, si te lo llevas todo muerto.
Lejos de sentir eso como un insulto la reina no pudo evitar reír de nuevo, puede que fuera por los efectos de la bebida, de la abundante cantidad de carne que había ingerido o que a lo largo de los años había adquirido cierta confidencialidad con la anciana, pero cuando estaba con ella o Aliana se olvidaba de su cargo real y se dejaba llevar por las informales conversaciones que, ni ellas sabían cómo, siempre acababan en sonoras carcajadas.
—Qué más quisiera—Dijo mientras se limpiaba las pequeñas lágrimas que habían escapado de sus ojos marrones por la risa—. Pero esto es difícil, sobre todo últimamente.
Rachel bufó, mientras murmuró algo por lo bajo que Koaleaf no alcanzó a escuchar por lo atontados que tenía los sentidos. Aunque no le dio importancia, pues al ver como la mujer de piel pálida dejaba su barbilla reposar sobre la mesa, se percató de que iba a volver hablar.
—Vale, lo admito, puede que ser reina tenga sus dificultades—Se notaba a simple vista que la anciana había pronunciado esas palabras a regañadientes—. Pero como le digas a alguien que he dicho eso lo negaré todo.
Movió la mano como si quisiera cortar el aire, una forma de dejar clara sus palabras, pero en vez de conseguir que la sadida la tomase enserio, esta comenzó de nuevo a carcajearse.
—No me refería a eso—Aclaró al tiempo que retiraba algunos mechones verdes de su visión y los recolocaba detrás de sus orejas, hacía tiempo que había desecho su alta coleta y en ese momento su largo cabello caía como lianas por sus hombros y espalda, algún que otro se había entrelazado en la silla, pero no parecía importarle mucho—. Yo hablaba de ser madre-
—Ufff, entonces no cuentes conmigo—Le interrumpió Rachel de forma apresurada, irguiéndose en la silla con ojos alarmados—, ese es un tema en el que no pienso meterme.
—Déjame terminar antes de interrumpir—Le recriminó con una sonrisa para después alargar su brazo para darle un empujón de forma juguetona.
Tras tambalearse un poco por la acción de la monarca, Rachel se encogió de hombros, al tiempo que dejaba descansar su espalda en la silla, poniendo los brazos por detrás de su cabeza.
—Te escucho—Dijo con tranquilidad—, si he podido soportar las charlas de Aliana creo que podré con las tuyas.
La reina suspiró de forma pesada antes de darle otro sorbo a su bebida, saboreó en su paladar el dulzón sabor de la leche de bambú, notando la boca pastosa por la gran cantidad ingerida anteriormente.
—Estamos en época de bodas—Comenzó con voz cansada, dejando la mirada perdida en algún punto de la sala—, y mis hijos están en edad núbil. Creo que te puedes hacer una idea.
—Las bodas, las bodas—Canturreó de forma soñadora Rachel, agitando en el aire su copa, derramando alguna que otra gota—. El amor es tan bonito—Dio un sorbo—y tan caro.
Koaleaf rió con suavidad, cruzándose de piernas para poder apoyar en ellas uno de sus antebrazos, distraídamente se acomodó la larga falda roja de su vestido.
—En estos casos no—Dijo con pesar, viendo la cara confusa de su interlocutora.
—¿A qué te refieres?
La sadida se encogió de hombros, relajando su ser y expresión, balanceando la copa entre sus manos, paseando su mirar por el líquido blanquinoso.
—El amor es una cosa no muy presente en los matrimonios reales—Explicó—. Los monarcas no buscan eso, quieren dinero, poder…—Dio otro sorbo—Para el amor ya están los harenes.
Rachel comprendió a lo que se refería su amiga, empatizando con sus pesares.
—¿Y tú?
Koaleaf alzó una ceja de forma interrogativa, sin saber a lo que se refería.
—Por las historias que cuentan, querías mucho a tu marido.
La expresión de la reina se volvió melancólica, aunque la sonrisa no abandonó en ningún momento su rostro, dejó la copa sobre la mesa y soltó un ligero suspiro, mirando al techo de la habitación con algo de nostalgia.
—Querer era poco para lo que yo sentía—Volvió su rostro hacía Rachel, quien la miraba expectante, esperando que continuara—, lo amaba. Y aún lo hago.
—Así que se podría decir que tuviste suerte.
—Sí, Sadida me sonrió el día que lo conocí.
Y tras compartir una mirada ambas tomaron a la vez sus respectivas copas y al alzarlas las chocaron levemente entre sí, creando un suave tintineo a la hora de brindar, después de eso bebieron y se las terminaron, dejando los vasos vacíos sobre la mesa, junto a los restos de una suculenta y carnívora cena.
—Pero hablemos de otra cosa—Sugirió Koaleaf.
Rachel apoyó ambos brazos en la mesa y los cruzó, en una posición cómoda para hablar.
—Bien, no sabré mucho sobre la realeza—Comenzó la anutrof, balanceando su cabeza cada vez que hablaba, sin ser consciente de ello—, pero estoy segura de que el hijo o hija pequeño es el que se casa por conveniencia.
La sadida asintió, aceptando que era un buen tema de conversación, además era algo que ella tenía muy presente y puede que al compartirlo dejase de pesarle tanto sobre los hombros.
—Y no te equivocas—Le dijo—, en las familias reales lo ideal es tener dos hijos—Con la mano derecha alzada levantó dos dedos—. El primero gobernará el reino y tiene más libertad a la hora de elegir pareja. Pero el segundo, podría decirse, que sirve para hacer alianzas matrimoniales entre otros reinos sin que se vea afectado el trono.
Rachel bufó, algo divertida con aquella información.
—Eso no le va a gustar a Amaël—Dijo para después soltar una breve risa maliciosa, imaginándose las quejas que debió dar el nombrado.
Koaleaf suspiró, sabiendo muy bien de lo que hablaba su anciana amiga.
—Y no le gusta, pero lo acepta—Su rostro adquirió rasgos pensativos mientras se masajeaba el mentón—, aunque últimamente se muestra más rebelde con el tema.
—No me extraña—Murmuró por lo bajo Rachel, sin que su interlocutora la escuchara—. Pero ¡Hey! Tengo una pregunta.
Tras la llamada de atención la reina dejó de divagar por sus pensamientos, centrando todos sus sentidos en las siguientes palabras que tuviera que decirle la de pelo canoso.
—¿Qué clase dirías tú, que más le gusta a tu hijo?
La de pelo verde se quedó pensativa, esa era una buena pregunta y, sinceramente, un tema de lo más suculento del cual hablar, su hijo nunca había sido muy abierto respecto a ese sector y puede que Rachel, quien había vivido múltiples aventuras con el príncipe, pudiera arrojar un poco de luz a ese aspecto que su hijo escondía con tanto recelo.
Además, la forma en la que la anciana había formulado la pregunta la hacía sospechar que ella ya sabía la respuesta.
—Pues creo que las pandawas son las que tienen más puntos—Le dijo de forma cómplice, apoyando un codo en la mesa, con aire orgulloso—, hay una princesa, de nombre Panlina, con la que se lleva muy bien.
—Te equivocas—La anutrof habló cortante y con superioridad—, si lo hubieras escuchado cuando fuimos a Pandalusia no te quedaría la menor duda de que los aborrece.
Ese dato pareció sorprender un poco a Koaleaf, pero decidida a no rendirse, comenzó a pensar de nuevo, no sabía cómo, pero habían convertido eso en una competición y el aire de prepotencia que desprendía su amiga la hacía sentir que le llevaba ventaja.
—Cuando era pequeño pasó por una etapa donde no paraba de hacerse heridas—Comenzó a explicar—, siempre lo llevábamos a la enfermería pero no pasaban ni cinco minutos hasta que volvía a entrar—En su rostro se dibujó una sonrisa socarrona por el recuerdo—. Al final descubrimos que se había enamorado de la aniripsa que lo atendía, ni te imaginas el berrinche que se cogió cuando le contamos que estaba casada.
Rachel comenzó a reírse, imaginándose la escena.
—Muy buena la historia, pero te aseguro que sus gustos han cambiado.
Vale, eso empezaba a molestar un poco a la reina, no le gustaba sentir que había alguien que conocía mejor a sus hijos que ella.
—Bueno, en la reunión para debatir sobre la nación de Nueva Sukofia, vi mucha química entre él y la soberana de los steamers Adela.
—Oh ¿Te refieres a la princesita que describió como: prepotente, narcisista y malhumorada?
Koaleaf suspiró, se acomodó las hombreras de su traje y cogiendo uno de los brazaletes que descasaban en su brazo se ató una alta coleta con la que recoger su larga cabellera jade.
Se miraron de forma desafiante a los ojos, dando una confirmación muda a aceptar el reto en el que se habían enfrascado.
OOO
—Vamos, niñas, vamos.
Los acelerados y fuertes pasos de las chicas que corrían por los pasillos de la posada hicieron suspirar de cansancio a Aliana, quien miraba agotada y sintiendo cada hueso de su cuerpo fracturado a las gemelas que con ímpetu se perseguían la una a la otra por cualquier estancia que encontraran en su camino.
—¡Niñas! —Gritó, alzando la voz para ser escuchada por las jóvenes que, pese a su corta edad, mostraban una rebeldía sin igual—¡A dormir! ¡Ahora!
Tras ese grito las pequeñas aparecieron sorpresivamente detrás suyo y, para su desgracia, saltaron con fuerza sobre su espalda con tal impulso, que lo siguiente que supo era que estaba tirada en el suelo.
Levantó su cabeza, con los dientes rechinando por la fuerza con la que los apretaba, su mirada llena de ira y su rostro contorsionado por la furia.
—¡A la cama ahora mismo o estaréis una semana sin comer! —Amenazó, alzándose en toda su altura, con las manos en la cintura e inflando el pecho, para adquirir una postura más autoritaria.
Ante esas palabras las gemelas se detuvieron en seco, tan repentinamente que no pudieron evitar caerse la una sobre la otra.
Acabaron las dos sobre las tablas de madera, con Grigal aplastando el cuerpo de Chibi, quien golpeaba el piso con sus puños, en un vano intento de quitarse a su hermana de encima.
Aliana se acercó y alargando los brazos y agachándose levemente cogió a la dragona por la cintura, alzándola para dejar que la de pelo blanco pudiera levantarse. Más la de ojos negros, al verse (según ella) apresada por las grandes manos de la alcaldesa de Emelka, empezó a retorcerse y a arañar los antebrazos de la castaña, para intentar que la soltara.
Aliana agradeció que en su forma humana Grigal no tuviera garras.
Aunque la mujer no pudo evitar poner una mueca de dolor cuando notaba como las uñas de la de piel canela se enterraban sin misericordia en su piel descubierta.
—¡Grigal! ¡Para!
Para sorpresa de la mencionada ese grito no provino de la adulta que la sostenía, sino de su hermana, quien una vez en pie, parecía alarmada por las acciones que estaba llevando a cabo la dragona.
Grigal gruñó y desistió en su labor de intentar ser liberada del agarre, dejando a Aliana suspirar de alivio al ver su rendición. Dejó a la chica en el suelo, quien con una actitud más calmada, se dirigió junto a Chibi.
Caminaron un par de pasos más, hasta llegar a la puerta del dormitorio de las gemelas. Y justo cuando Aliana colocó su mano sobre el picaporte, Chibi sintió un vacío en su estómago.
La habitación le parecería muy vacía esa noche.
La puerta se abrió con un leve chirrido al que todas ya estaban acostumbradas y tras entrar en la habitación, ya alumbrada por las velas que Chibi y Grigal se olvidaron de apagar al irse a cenar, las tres fueron testigos de la figura que estaba entrando por la ventana.
La habitación permaneció en un sepulcral silencio, las miradas incrédulas y desconcertadas de las gemelas y Aliana examinaban en estado de shock al intruso que colgaba del alfeizar de la ventana, quien las había visto y también las miraba con cara de sorpresa y circunstancia.
Fue un momento realmente incómodo.
OOO
—Entonces entraron Evole y Flapén y se le tiraron encima—Dijo Tristepain, mientras articulaba con las manos las acciones llevadas a cabo por sus hijos.
Evongel, quien no habló durante todo el relato, cambió al fin su expresión, por una calmada y algo resignada, suspiró y se acomodó contra el cabecero de la cama. Mientras la yopuka explicaba se habían ido moviendo hasta quedar sentados. En una posición más apta para dialogar que no tumbados.
—¿Estás enfadado? —Preguntó de forma tímida la mujer, temiéndose un sermón.
Sin embargo no se esperó la pequeña risa que escapó de los labios del rubio, quien lucía un rostro apacible y sereno.
—En realidad me has hecho un favor—Dijo, mirando con sus ojos esmeraldas a los claros de su esposa—. Muchos me han pedido unas vacaciones y al final he acabado dándoles a todos unas semanas libres. Perfecto para hacer nuestro viaje sin que se vean afectados los entrenamientos.
Tristepain se dejó caer sobre el colchón, aliviada, con los brazos extendidos y las piernas separadas, intentando abarcar todo el sitio posible. Algo que solía hacer y que siempre obligaba a Evongel a dormir en una pequeña fracción del espacio total. Pero no se quejaba, al fin y al cabo, Tristepain solía acabar en el suelo por los bruscos movimientos que hacía inconscientemente al dormir, dejándole la cama para él solo.
Después de unos agradables momentos de silencio el ocra se removió en su lugar, adquiriendo una expresión picara y (esperaba) una postura seductora.
Se movió hasta quedar a horcajadas encima de la de pelo anaranjado, observando como el cabello se esparcía libremente por la almohada, haciendo parecer que el colchón era surcado por ríos de lava.
—Eso no significa que te haya perdonado.
Tristepain miró extrañada a su marido, sin entender porque su esposo había pronunciado esas palabras con un tono de voz tan profundo y extraño.
—Pero sé una forma de que me recompenses—Tras esa sugerente frase apoyó sus codos a ambos lados de la cabeza de esposa, sintiendo el pelo haciéndole cosquillas en los antebrazos. Miró intensamente a la yopuka, al mismo tiempo que con la mano izquierda jugueteaba con el broche del top blanco con el que solía dormir la mujer.
Tristepain lo comprendió y no pudo evitar sonrojarse ligeramente mientras inevitablemente su típica sonrisa a lo yopuka se habría paso en su rostro, bueno, iban a pasar un tiempo indefinido dentro de una nave donde la intimidad sería mínima, así que tendrían que aprovechar lo que podía ser su última noche a solas.
OOO
—¡Esto es grave! ¡Esto es grave!
—¡¿Pero que hemos hecho?!
—Somos un desastre, no tendríamos que haber intervenido.
—¿¡Pero como se nos ocurre!?
—Pu-pu-puede que no se hayan dado cuenta.
—¡¿Pero cómo no se van a dar cuenta?! ¡Si hemos abierto dos portales en medio de la habitación!
—Me quiero moriiiiirrrrr.
OOO
—Estaba pensando en hacer una pequeña visita a nuestros dioses.
—Espero que te refieras a las deidades que yo creo.
—Sí, tranquila. Espero que esto no me lo reproches.
—Naa, lo que vas a hacer está bien, de vez en cuando hace falta recordarles quien manda.
—¿Tú no vienes?
—No, prefiero quedarme aquí.
—Adameï podrá hablar contigo aún que estés en el Inglorium.
—No quiero arriesgarme.
000
—Espero que os haya gustado, intenté la escena de Rachel y la reina Koaleaf (que NO es la fallecida madre de Amalia en Wakfu, sino la versión femenina de su vivo padre) lo más amena y divertida posible, aunque el humor no sea mi fuerte.
—De nuevo has puesto a mi hermano con esa… esa.
—¿La odias des del principio o solo des de que los puse juntos? —Pregunto, con curiosidad.
—No tengo porque responderte—Desvía la mirada, notándose avergonzado.
Y si alguien no lo ha notado, mi este fic ya tiene cinco comentarios (todos de la misma persona, pero comentarios al fin y al cabo) y para quien no se acuerde dije en el primer chapter que al llegar a los cinco reviews revelaría un dato de interés, aquel que se ponga en los comentarios.
¡Decidid con sabiduría!
