—¡Yuju!—Saludo con actitud juguetona—Estoy de vuelta con un nuevo capítulo, donde, he de admitirlo, no hay mucha acción, pero me pareció divertido escribirlo para experimentar con diversos comportamientos de los personajes.
Disclaimer:
Ni Wakfu ni sus personajes me pertenecen, estos forman parte de la propiedad intelectual de la empresa francesa Ankama, yo (tan humilde) tan solo los cojo prestados con el fin de realizar esta actividad no lucrativa.
Comentario:
Gasp 1808: Hola, te aprecio mucho como lector y es una alegría responderte. Por lo de los diálogos no te preocupes, que no se entendieran era mi intención *risa de malota* (ok, no). Pues resulta que en el capítulo anterior eliminé una escena, que iba detrás de la última (entiéndase esa donde Evangelyn/Evongel le dice a Tristepín/Tristapain que no se preocupe) y donde se revelaba la identidad del (llamémoslo) individuo que se colaba en la posada. Así que en parte es culpa mía *risa nerviosa*.
Palabras: 5896
Capítulo XI: Porque a veces solo quiero matarte
La brisa de primavera, es el último aliento del moribundo invierno.
Valentina Amore
Apenas el sol había llegado a asomarse entre los picos de los montes y montañas que circundaban el Reino Sadida. Sus rayos de luz si quiera se dignaban a salir de su escondrijo ocasionando que el cielo conservara recelosamente sus tonos azulados y oscuros.
Ante esta visión que muchos hubieran considerado hermosa, algunos miembros de la hermandad no cesaban sus quejas vociferadas entre bostezos, argumentando que si el astro rey no se alzaba, ellos no tendrían por qué hacerlo.
—Ya os lo hemos dicho—Evongel se mostraba cansado de la actitud infantil de la anutrof y la yopuka, quienes se encontraban prácticamente en un estado de seminconsciencia, donde solo sabían decir palabras al azar e inconexas cuando de vez en cuando se distinguía algún fatídico argumento—, nuestro reto es llegar al puerto de Bonta al anochecer.
—Eso es una locura—Dijo Rachel con su voz carrasposa y gruesa por el sueño y la leve sensación de resaca—, Bonta está a días y días de aquí.
—No con mi ayuda.
Los tres se giraron y encararon a Yugi, quien risueña y sin el mismo atisbo de cansancio demostrándose en sus movimientos y jovial voz, se había teleportado a su lado, saltando de un portal y haciendo que su gorro ondease al son de sus movimientos.
Ante las palabras de la selatrop Rachel tardó algo en reaccionar, pero cuando su mente terminó de procesar la información recibida no pudo evitar alarmarse, con los ojos abiertos de sobre manera y moviendo los brazos de forma agitada y descoordinada, en un fracasado intento de negar rotundamente con gestos.
—¡Ni loca dejo que vuelvas a meterme en esos portales!
Los gritos de la anciana resonaron por el paraje selvático en el que se ubicaban, ocasionando que Evole y Flapén, quienes dormían acurrucados junto a las maletas, se removiesen, haciendo que la manta de lana de jalató que los cubría se deslizase y dejase de taparlos parcialmente, rebelando la punta del filo de Rubilix, quien con su ojo cerrado parecía dormir en los brazos del yopuka.
—Es eso o estar metidos durante días en tu caravana—Dijo el rubio, cruzándose de brazos sobre la tela clara de su camisa.
La primavera se había cernido sobre el Mundo de los doce, el calor comenzaba a alejar el frio invernal y eso se dejaba ver en las ropas ligeras y cortas de los aventureros.
La anutrof miró su transporte, que des de que se estropeó sabía que no podría funcionar durante más tiempo, le faltaban algunas piezas y necesitaba una puesta a punto urgentemente.
Lo veía capaz de aguantar durante un día o dos, pero, sinceramente, una semana era demasiado pedir para el pobre vehículo.
—Además, Rachel—Yugi se acercó a la nombrada, con las orejas del sombrero azul alzadas, dejando su equipaje junto al de sus amigos, quienes ya los habían amontonado—¿No era de camino a Bonta donde habían puesto ese peaje?
Ese comentario le tocó la fibra sensible a la avara anutrof, quien sintió el corazón parársele un segundos al escuchar aquello, la palabra peaje siempre conseguía ponerla al borde de una taquicardia.
—Cuidado con ese vocabulario, jovencita.
Evongel suspiró y negó con la cabeza, las manos en la cadera y una sonrisa tranquila en los labios. Sus ojos se pasearon por el claro donde estaban, viendo a sus hijos y su esposa, que al fin había decidido variar su atuendo.
Su capa blanca sustituida por otra igual, tan solo que el signo yopuka en negro resaltaba en la espalda, sus piernas recubiertas por un pantalón holgado azul oscuro y sus pies al fin protegidos por botas rojas que Tristepain insistía en llamar "calzado de aventurero".
Y (aunque lo negaba), se alegraba de ver su pecho solo cubierto en la zona del busto por una modesta tela roja.
Sus analizadores orbes examinaron el espacio que lo envolvía, viendo a Rachel vestida con una sencilla camiseta de tirantes color ocre (que en un principio debió ser blanca) y un peto verde. Con su merkasako al hombro y pala en mano, luciendo el mismo aspecto descuidado de siempre.
A su lado Yugi parecía estar sumergida en sus propios pensamientos, con una alegre sonrisa soñadora y las orejas azules de su sombrero moviéndose muy levemente, algo de lo que claramente ella no era consciente. Su atuendo seguía el mismo patrón de colores habitual, tan solo que la larga túnica fue sustituida por una camiseta sin mangas, que solo se sostenía por dos anchas tiras puestas al principio de sus brazos, justo debajo de sus hombros y sus ajustados pantalones habían desaparecido, pues unos pantalones cortos que llegaban por debajo del muslo ocupaban su lugar. Supo identificar claramente esa indumentaria, pues horas atrás, mientras iba del cuarto de sus hijos a su habitación vio a Patusa y Renata recorriendo de arriba abajo los largos pasillos del castillo con ropas en sus brazos, dejando a su paso lo que debían ser bocetos de futuras prendas. Y con su aguda vista logró vislumbrar entre las manos de uno de los sadidas la vestimenta que estaba portando la chica de ojos marrones.
Irían a pasar largas y tediosas horas bajo los sofocantes rayos de sol en cuanto llegasen a algún barco (con suerte) al día siguiente, donde entonces sería indefinido el tiempo que tuviesen que soportar el martirio de los penetrantes rayos solares, por lo que sus ropajes eran los adecuados.
Pero faltaba algo…
—Hey—Exclamó, alzando una ceja por confusión—¿Dónde está Amaël?
La cabellera corta y verde del nombrado no era visible por las cercanías.
—Espero que no se haya quedado dormido—Dijo el rubio, con un atisbo de preocupación en sus ojos.
—¡Es verdad! —Dijo de forma exaltada Tristepain, con aparente indignación—¡Eso no sería justo!
Yugi rió, entretenida por los comentarios de la yopuka, que siempre conseguían hacerla sonreír.
—Veníamos hacía aquí juntos—Comenzó a explicar, captando la atención de todos, menos de Rachel, quien comenzaba a cabecear, víctima del sueño—, pero su madre le pidió hablar a solas un momento.
El ocra no pudo evitar mostrarse dudoso, estaban en vísperas de un gran viaje y no empezaban de la forma que él hubiera querido.
—Espero que eso no represente un problema.
La selatrop negó con la cabeza, libre de cualquier carga o pesar, en su mente llena de planes futuros y favorecedoras expectativas del viaje no había sitio para los malos augurios.
—No lo creo—Comentó, girándose hacía la anciana, que recargada en su pala, se tambaleaba amenazando con caerse al suelo por el estado en el que se encontraba—, Rachel estuvo hablando con la reina anoche, seguro que la convenció del todo.
Evongel suspiró, mientras pasando un brazo por debajo de las axilas de la yopuka, la sostenía para que esta no se derrumbase ahí mismo, aunque no pudo evitar sentir con disgusto la textura rocosa y áspera de su prótesis contra su costado.
—¿Sabes si tardará mucho? No creo que estas puedan aguantar mucho más despiertas.
Unos pasos se escucharon a sus espaldas y tanto el ocra como la chica se giraron, encontrándose con un Amaël cruzado de brazos sobre su desnudo torso y con aparente enfado, acompañado de su madre, su hermana, Patusa, Renata y unos guardias que eran la escolta personal de la reina, quienes, profesionales como siempre, se mantenían a cierta distancia, prestando atención a todo su entorno, intentando captar hasta el más mínimo detalle o movimiento sospechoso en la maleza.
—Hay que ver, que poca paciencia—El sadida, con la pose altiva a la que todos se habían acostumbrado, se acercó al grupo y tras darle un vistazo general a los componentes supo que el trayecto no iba a ser muy llevadero, sobre todo si la que debía conducir no podía mantener los ojos abiertos durante más de dos segundos.
—Perdonad la tardanza, mis queridos aventureros—Habló Koaleaf, aunque su voz sonó cansada y algo afónica, con un tono grueso y apagado, diferente al que solía tener, además, en su rostro se vislumbraban ojeras que se conseguían disimular en su morena piel.
—No se ha de disculpar, señora—Dijo Evongel con respeto, intentando hacer el ademán de una reverencia pero se le dificultaba por el hecho de cargar con el cuerpo de su esposa.
La reina rió suavemente, para después bostezar de forma sonora. Detrás de ella Renata y Patusa no cesaban sus susurros mientras en sus manos cargaban las múltiples maletas de Amaël, sus rostros se veían algo alterados y se notaba que el misterioso tema de conversación era suculento, pues había conseguido que se mostrasen hasta mínimamente alarmados.
Comportamiento que contrastaba enormemente con el de Armedia, quien seriosa y cuadriculada como era habitual, permanecía al lado de su madre, con los brazos cruzados detrás de la espalda y el vestigio de una sonrisa socarrona vislumbrándose sutilmente en sus labios.
—Os deseo suerte en vuestro viaje, hermano—Dijo y en su tono de voz se notaba la burla con la que había pronunciado las palabras. Pero su mirada cambió totalmente al dirigirse al rubio ocra, adaptando una actitud menos hostil y algo más agradable—. Sé que estaréis seguros con Evongel a vuestro lado.
Y tras esas palabras sonrió al de ojos verdes, en un vano intento de coquetear con él, debía aprovechar que Tristepain estaba dormida (parecía importarle poco que descansase en los brazos de Evongel) para ejecutar sus "movimientos". Incluso optó por darle un guiño juguetón, pero decidió que se lo reservaría para un momento más íntimo.
El rubio rodó los ojos, reafirmando el agarre en el cuerpo de la de pelo anaranjado, sin la intención de devolver el comentario o darse por aludido.
Sin embargo los ojos marrones de Koaleaf sobre él le martilleaban la nuca y le hacían sentir incomodo, había pasado sus años de infancia bajo esa mirada y aún en su etapa adulta se veía incapaz de dejar de sentir que debía cumplir las expectativas que la monarca aún poseía de él.
—Me alegra saber que poseo su confianza—Fue su seca respuesta, aunque no perdió el tono respetuoso, lo hacía por la reina, quien consideró su madre, no por cumplir el capricho de afecto de la princesa.
Ante las palabras de Evongel el rostro de Armedia se iluminó, al tiempo que se mostraba altiva y con aires de superioridad, al parecer ignorando completamente el rostro de resignación que acompañó al comentario del ocra.
—Por supuesto que no os ocurrirá ninguna catástrofe—Dijo la monarca y Amaël fue capaz de notar un rin tintín extraño en su voz, algo planeaba su madre—¿No es cierto, reina Yugi?
La nombrada tardó algo en reaccionar, un tanto desconcertada por la mención de su título, no lograba acostumbrarse y es que no era habitual que alguien se refiriese de esa forma a ella.
—Bueno—Se la notaba dudosa, las orejeras de su sombrero en distintas direcciones—, como diría Pan-Pin: No es una aventura sin retos que superar ni batallas que librar.
Armedia bufó de forma burlesca, cruzándose de brazos con una sonrisa de superioridad en los labios.
—Más bien diría: No es una aventura si no pongo en peligro las vidas ajenas.
Evongel gruñó, claramente ofendido por lo dicho, aunque ese sonido fue mal interpretado por la princesa sadida, quien creyó que los dientes apretados y los ojos entrecerrados eran signos de "instintos reprimiéndose" que hacían que el ocra se contuviese de saltar sobre ella. Y en cierto modo era cierto, el rubio se moría de ganas de agarrarla a golpes.
Amaël, notando eso y ya harto de su hermana, se posicionó entre ella y su rubio amigo, obstruyendo totalmente la visión que tenía Armedia de los músculos fibrosos de los brazos del ocra flexionándose bajo la ligera tela de su camisa, que a los rayos del ya saliente sol, se traslucía.
—Pan-Pin nunca diría eso—Defendió a su amiga, quien seguía dormida siendo abrazada por Evongel, cosa que Armedia aprovechaba para despotricar sobre ella con total libertad, algo que su madre nunca le permitiría, pero debido a estar ausente de la conversación por su estado de letargo (al igual que ha Rachel le había pasado factura la noche anterior), Armedia estaba aprovechando al máximo la situación.
—Es cierto lo que dices—Esas palabras salidas de forma tan fluida y natural de la boca de la sadida sorprendieron a todos los presentes conscientes, incluso Patusa y Renata cesaron sus susurros para observar atónitos a la princesa—, ella no sabe lo que significa "ajenas"—Soltó una leve risa, regodeándose de su propio chiste.
Tanto Amaël como Evongel sintieron la adrenalina recorriéndole el cuerpo, debido al coraje que despertó el despectivo comentario. El marido de la yopuka, si no fuera porque estaba sosteniendo a Tristepain, se hubiera lanzando sobre la princesa, para dejarle en claro que no podía hablar así de su mujer en su presencia.
El príncipe tanteó con sus manos los bolsillos de su cinturón, allá donde guardaba las semillas que su raza utiliza en el combate. Y justo cuando él se encontraba listo para atacarla, Armedia desapareció frente a sus ojos, siendo tragada por el suelo mientras vociferaba un breve grito que logró despertar tanto a Rachel y Koaleaf como Tristepain, tuvieron suerte de que los pequeños Flapén y Evole, sumidos en un profundo sueño, no se inmutasen demasiado.
Las miradas de Evongel y Amaël se dirigieron al suelo, allá donde antes estaba el cuerpo moreno y curvilíneo de la sadida, había un portal, emitiendo como siempre su brillo celeste y creando dibujos con sus halos de wakfu alrededor, que se desvanecían al separarse uno o dos centímetros del portal.
Tanto los ojos marrones como los esmeraldas se fijaron en Yugi, quien aún seguía en su posición de convocar en portal en el suelo, con el rostro serio, agachada y las manos colocadas sobre la tierra, analizando fijamente su creación. Se dio cuenta de que estaba siendo observada y giró su rostro en dirección a sus amigos, alzándose sin aire arrepentido.
—¿Qué? —Preguntó, queriendo esconder sus ojos bajo su gorro, con las orejas de la prenda gachas, revelando que se estaba planteando si su comportamiento fue el adecuado—Estabais pensando lo mismo que yo.
Koaleaf se removió en su lugar, parpadeando de forma cansada y lentamente volvió a ser plenamente consciente de su entorno y al hacerlo no pudo más que sonrojarse de forma violenta, totalmente avergonzada, se había quedado dormida de pie justo delante de la Hermandad del Tofu.
En cambio Rachel por el sobresalto terminó de caerse al suelo, acabando con la pala en la cabeza, que arrastró en su caída y terminó asestándole un tosco golpe en el cráneo, sus quejas no tardaron en escucharse.
Y Tristepain también dejó el país de los sueños yopukas, despertándose y percatándose de donde se encontraba realmente (no en el campo de batalla con el que soñaba), en medio de un paraje selvático, en los reconfortantes brazos de su marido, bueno, ese detalle no le molestó en absoluto.
Koaleaf tosió, llamando la atención de los presentes hacía su persona.
—Cómo iba diciendo—Habló, intentando ocultar el nerviosismo que aún la embargaba—, confió plenamente en las facultades de la reina Yugi.
De nuevo la mencionada sintió un escalofrío recorrerle el cuerpo.
—Después de todo, es el deber de una reina cuidar de su pueblo—Continuó y Amaël volvió a sentir ese extraño tono cuando mencionaba el cargo real— y usted, reina Yugi, no es una excepción.
—Ya…—Fue lo único capaz de articular la selatrop, aunque por el tono de voz fue más un suspiro.
—Y sabe, reina Yugi, que en cuanto consiga su objetivo estaré encantada de tener una audiencia con usted, de reina a reina—Prosiguió, con una peculiar sonrisa por la que Koaleaf se esforzaba porque pareciera agradable—. Podremos conversar de temas de alta confidencialidad reservados solo para monarcas, a los que incluso los príncipes no tienen acceso. Porque—Su tono de voz se acentuó—, usted sabe que como reina que es, tiene un rango superior a los príncipes ¿No? —Ante esas palabras Amaël no hizo nada para disimular su rostro ofendido—Es decir, las reinas, nosotras, hemos de ir con los reyes mientras los príncipes van con las princesa—Dijo y con las manos hizo un intento de representar esa separación—¿Lo entiende?
Y se quedó mirando muy fijamente a Yugi, quien, algo intimidada, se encogió de hombros, con aspecto contrariado, era obvio que la reina esperaba una respuesta, pero ella no estaba muy segura de que decirle.
Optó por lo más sencillo.
—¿Si?
Koaleaf pareció complacida por la respuesta.
—Muy bien, tras esto no os distraigo más—Dio una palmada con aire solemne y los guardias formaron a su alrededor, firmes y mostrando toda su musculatura, su modo de dar despedida a los aventureros—. Emprended vuestro viaje y que os acompañe la buena fortuna.
Tras las palabras esperó durante unos segundos algo que la Hermandad del Tofu desconocía, incluso la vieron dar un ligero codazo al aire, para después ser testigos de cómo, claramente desconcertada, observada el lugar que antes ocupaba Armedia, en ese momento vacío.
—¿Dónde se ha metido? —Preguntó al aire, refiriéndose claramente a la princesa.
—Se ha ido—Respondió Amaël, simplemente complacido con la falta de su hermana.
—¿Sin despedirse? —Koaleaf sentía que la cabeza le daba vueltas, fruto de la confusión que acentuaba los síntomas mañaneros de la resaca.
—No—Evongel también se mostraba alegre, regocijándose internamente—, nos dejó claro sus deseos de buenaventura en nuestra travesía.
—Ev—Le llamó en susurros Tristepain—¿Qué significa buenaventura?
El ocra rodó los ojos—Te lo explico luego.
Y mientras eso pasaba, Amaël colocó su dedo índice sobre sus labios, el gesto característico de guardar silencio, disimulando para que su madre no se percatara, pues les estaba indicando a los guardias que no mencionasen nada de lo sucedido sobre Armedia, recibiendo una favorable respuesta en forma de gesto de un guardia, quien articulaba coser su boca.
Estaba claro que los sadida no dirían nada, por muy princesa que fuera Armedia, Tristepain era su capitana e incluso ellos sintieron a flor de piel las ganas de esposar a la sadida por ofender a su superior.
Los guardias dieron un golpe en el suelo con sus lanzas al unísono, lo que ocasionó que el sonido retumbara por todo el claro, era el signo de la despedida, donde mostraban sus respetos a los que partían.
Entonces la Hermandad del Tofu comenzó a recoger sus cosas respectivamente, Tristepain cogió a Evole del suelo y Evongel a Flapén. Entrando primero los yopukas a la caravana, que durante todo el tiempo permaneció en una esquina del lugar, el ocra no pudo evitar sonreír levemente al ver como la pequeña mano pálida de Evole agarraba fuertemente el mango de Rubilix.
La fab'hurito al sentirse observada pareció sobresaltarse, para después evitar la mirada esmeralda que la examinaba. No gustándole que pensasen que se estaba ablandando por dejar que el chiquito de pelo naranja la abrazase mientras dormía.
Una vez la pareja entró, Yugi se arrodilló, colocando sus manos en la tierra, convocando un portal que se tragó todo el equipaje y redirigiéndolo a la parte trasera de la caravana, que era la zona destinada para las maletas y bolsas.
Una vez hecho eso se volvió a alzar, invocando un portal a sus pies por donde se dejó caer, teleportandose al interior del vehículo.
Rachel a regañadientes se levantó del suelo, donde sin vergüenza alguna había permanecido todo el tiempo, con el ceño fruncido entró en su cabina de conductora, sabiendo que tendría que permanecer cercana a un cubo, donde se pasaría vomitando (Anutrof no lo quiera) la mayoría del tiempo.
Amaël se quedó viendo como todos ya dentro de la camioneta parecían esperarle, cuando dio un paso Patusa y Renata le detuvieron, entregándole sus maletas entre sonrisas nerviosas y miradas sospechosas.
—Ten cuidado, Amaël.
—Usa solo ropa de calidad ¡Y ten cuidado con las comidas!
—Eso, no queremos que al volver te tengamos que agrandar toda la ropa.
—¡Me duelen las manos de solo pensarlo!
El sadida se enterneció ante la aparente preocupación que mostraban sus cuidadores, no pudiendo evitar abrazarles por los hombros, gesto que fue arduamente correspondido.
—Hijo…
La voz suave y baja de su madre le llamó la atención, deshizo el abrazo y se giró, encarando a la monarca de aquel reino, viéndola temerosa y algo dubitativa.
—¿Si, mamá?
Los labios de la reina se entreabrieron, dejando que apenas un poco de su aliento se escapase, pero volvieron a cerrarse, mientras se frotaba el brazo izquierdo, como consolándose a sí misma.
—Nada—Dijo, mirando con anhelo a su congénere—. Ayúdales en todo lo que puedas.
Amaël asintió, emprendiendo su camino hacia la caravana.
OOO
—Haber—Dijo Rachel, con los ojos entre cerrados y la espalda doblada, inclinada hacía el volante, que sostenía con muy poco ánimo—¿Entonces cuál es el plan? ¿Sigo conduciendo o me agarro al cubo?
—Lo ideal sería salir primero del bosque—Contestó Evongel des de uno de los asientos, con la cabeza su rubia hija sobre el regazo, acariciando con cariño el corto cabello.
El leve traqueteo del vehículo y los pequeños saltos que daba al pasar por sobre una piedra o terreno irregular creaban un entorno tranquilo y apacible. Agradable para comenzar su viaje.
Amaël se dejó caer en el respaldo de su sillón, sintiendo como se amoldaba a su figura la tapicería.
—¿Enserio tenemos que usar los portales de Yugi? —Preguntó, se le notaba el desagrado por la idea y es que a nadie le gustaba la sensación que causaba el cruzarlos, los retortijones estomacales acompañados de los odiosos vómitos fueron aumentando su fuerza a medida que la selatrop se volvía más poderosa, haciendo que cada vez la perspectiva de saltar en ellos se tornara más y más impensable—No te ofendas.
Esas últimas palabras fueron dirigidas a la rubia posicionada a su lado, que solo pudo encogerse de hombros, estaban en todo su derecho de decir aquello, ella misma sabía de los efectos secundarios que ocasionaban sus creaciones, aunque obviamente nunca hubiera sentido ninguna de ellos (claramente no por sus portales).
—No tienes que preocuparte por eso—El ocra sonrió confiado, sintiendo como la mejilla de Tristepain se apoyaba en su hombro, totalmente dormida de nuevo.
—¿Tienes alguna alternativa? —Quiso saber el príncipe, con una ceja alzada, mirando con sus ojos chocolate al padre en frente suyo.
—No—Respondió, sin perder la seguridad—, tengo una solución.
Esa frase interesó tanto al sadida como a la selatrop, quienes inconscientemente se inclinaron levemente hacía la mesa.
—¿Y cuál es? —Preguntó curiosa Yugi, ladeando la cabeza.
Evongel sonrió, terminando de atar una coleta en el cabello de su hija.
—Antes de encontrarme con Rachel me pasé por la enfermería—Comenzó a explicar, cogiendo otra cinta para el pelo de uno de los bolsillos de su pantalón marrón—, pedí unas pócimas para quitar el sueño y me crucé con un aniripsa que me ofreció ayuda.
La pareja se fijó en la guerrera de cabello anaranjado, quien con ningún reparo se había vuelto a dormir, con Evole apoyado en su prótesis, al parecer sin ningún problema, lo demostraba su boca abierta y un hilo de saliva resbalándole por la comisura de los labios, al tiempo que mantenía a Rubilix fuertemente sujeta contra su pecho.
—¿Y qué pasó?
Evongel suspiró, recordando lo sucedido.
—Pócimas no quedaban—Dijo, confirmando lo que Amaël y Yugi habían deducido—, pero el aniripsa me dio unos brebajes especiales—Continuó, volviendo a captar toda la atención de sus interlocutores—, perfectos para los efectos que provocan los portales—La selatrop parpadeó un par de veces, confusa y sorprendida a la par que interesada—. Sabía de nuestro viaje y lo preparó por si teníamos que utilizar tus portales.
Yugi sonrió, feliz de ver que sus poderes no causarían ningún inconveniente.
—Que dulce y considerado—Comentó, completamente ajena al hecho de la mirada asesina que le dirigió Amaël por tales palabras.
—¿Acaso lo conoces? —Preguntó, con los celos mal disimulados en su voz.
Yugi, sin darse cuenta realmente del estado del sadida, comenzó a rebuscar en su mente imágenes de los curanderos que trabajaban en la enfermería, aunque con la poca información que había dado su amigo no podía hacerse una idea.
—No lo sé…—Dijo pensativa—Evongel—Llamó—¿Tenía los ojos violetas y el pelo marrón oscuro?
El nombrado empezó a recordar el rostro del aniripsa, sinceramente puede que esa fuera una buena conversación para pasar el tiempo hasta que salieran fuera del bosque, considerando que era de gran extensión (no circundaba el Reino Sadida ni más ni menos), les esperaba una hora como mínimo.
—Si—Contestó—, y la piel extrañamente morena.
El rostro de la selatrop se iluminó ante la respuesta, cosa que no gustó para nada al príncipe, quien si no fuera porque estaban sus compañeros presentes, hubiera acorralado a la chica rubia contra el asiento para comenzar un interrogatorio.
—Entonces era Ebaraj—Dejó de inclinarse sobre la mesa, volviendo a erguir la espalda.
—Oh—Evongel finalizó su labor de recoger el pelo a su hija, cogiendo los broches para cabello típicos de su raza, dos bolas grises y brillantes que combinaban con el atuendo de la pequeña—. ¿De qué os conocéis?
Preguntó con cierto interés, al principio había querido comenzar la conversación para pasar el tiempo, pero comenzaba a interesarle mínimamente. No como a Amaël, que inconscientemente se había acercado a Yugi, queriendo escuchar y captar toda información que ella pudiera decir.
—Es el que siempre me atiende.
El ocra asintió, entendiendo que una buena relación se puede forjar con aquella persona que se preocupa de sanar tus heridas, sobre todo si se trataba de un aniripsa, quienes siempre ponían una gran devoción en cuidar y mimar a las personas a su cargo.
—Es muy amable y atento—En la sonrisa de Yugi se notaba el aprecio que tenía por el susodicho aniripsa, pues estaba obviamente risueña por recordarle—, nunca me ha obligado a quitarme el gorro.
Las orejas de dicha prenda estaban altivas, concordando con el ánimo de la chica.
—¿Y qué? —Amaël estaba claramente enfadado, lo demostraban sus brazos cruzados sobre su pecho y su ceño fruncido—Son todos así, no tiene nada de especial.
Tras el comentario se dejó caer con fuerza sobre el respaldo de su asiento, a modo de berrinche que disgustó un tanto al ocra, quien creía que su amigo había dejado atrás la actitud infantil que es esos momentos demostraba.
—Amaël, tienes que dejar de ser así—Le reprendió, acto que (de haber estado en otro estado) hubiera puesto nervioso al mencionado, pues esas palabras significarían que el rubio sabía de la relación secreta que mantenía con la selatrop a su lado—, que Yugi halague a otros hombres no significa que te tenga menos aprecio.
La nombrada ladeó la cabeza en confusión, con una ceja alzada y mirando con sus orbes chocolate al sadida, sin entender del todo por qué este se sentía ofendido.
—¿¡Pero qué dices!? —Vociferó, sintiendo la sangre acumularse en sus mejillas, al tiempo que sus músculos se volvían rígidos, con un gesto de su mano Evongel le mandó callar, no queriendo que despertase a su durmiente familia—¿Y a mí que más me da que lo haga? …
El ocra rodó los ojos, entendiendo que luchar contra el príncipe sería una pérdida de tiempo.
—Tendrás que empezar a acostumbrarte—Le dijo, con aire sabio y voz suave, sin querer herirle pero con la intención de que el sadida fuera consciente de la realidad—, nuestra Yugi empezará a interesarse por los chicos y los chicos por ella—En ese momento su mirada se volvió afilada y su voz un tanto más gruesa, sufriendo un cambio que tan solo acentuó el enfado de Amaël—y esa actitud de hermano mayor sobreprotector no hará ningún bien a la situación.
—Ya, hermano mayor—Se dijo para sus adentros en sus pensamientos, con un aire de suficiencia que consiguió aminorar la resignación que lo embargaba—. Si supieras…
Entonces Yugi al fin se percató del tema de conversación, ocasionando que una gran vergüenza le sacudiera el cuerpo al tiempo que su rostro se teñía de rojo, las orejas de su sombrero se agacharon y como instinto apretó sus brazos contra sus costados al tiempo que encogía el cuello.
—¡Os equivocáis! —Exclamó alarmada—A mí no me gusta Ebaraj—Estaba intentando solucionar el malentendido, arrepintiéndose de nunca percatarse de esos temas, cosa que la había metido en más de una vergonzosa situación, cada una peor que la anterior a medida que crecía.
Evongel le dirigió a la cohibida selatrop una mirada paternal con sus ojos esmeraldas, esa acción consiguió calmar un poco a la chica y tras sentir como Amaël le acariciaba la mano se permitió destensarse del todo, notando por primera vez que había contenido la respiración.
—Aunque no te guste, no te debes avergonzar de estos temas—Dijo el ocra, con esa aura tranquilizadora y autoritaria a la vez—. Son naturales a tu edad y para cualquier cosa sabes que puedes contar con nosotros ¿Verdad que sí Amaël?
Después de eso le dirigió una mirada al nombrado, que tras regodearse internamente por la agradable sensación que le causaba el saber algo que su amigo (esperaba) ni se imaginaba, no pudo hacer más que intentar disimular su sonrisa pícara bajo una expresión neutra.
—Tienes razón—Sus orbes chocolate se clavaron en su novia, quien no hizo más que devolverle la mirada—, Yugi te aseguró que tendrás toda mi ayuda, puedes contar conmigo para todo lo que quieras—Su voz adquirió un leve tono lascivo que esperó pasara por un intento de poner énfasis frente a los ojos de Evongel, pero que quería que la selatrop se percatara de su mirada coqueta—, dentro de unos límites claro está. No pienso ser un sirviente del tres al cuarto.
El rubio rodó los ojos, dándose cuenta de que era demasiado bueno para ser verdad que de un momento a otro Amaël hubiera adquirido una actitud tan sería y madura, aunque no podía culparlo, seguía siendo un adolescente joven al fin y al cabo, por muy príncipe que fuera nunca se libraría del todo de su verdadero carácter.
El breve momento de frustración que sufrió Evongel fue un pequeño espacio de tiempo en el que Yugi se permitió sonrojarse y tensar las orejas de su sombrero debido a la sorpresa que le provocó el atrevido movimiento que ejecutó Amaël en frente del ocra.
Pues el príncipe, por alguna razón que no lograba entender, sentía un gran gozo al tratar a la chica como lo que era, su novia, en frente de personas como Evongel, pues se suponía que era secreto, que estaba mal, que no debía hacerse…
Él era un príncipe, destinado a casarse con alguien que igualase su rango.
Y eso le gustaba, le creaba una sensación cálida que nacía del vientre y se iba propagando al resto del cuerpo, creándole un estado donde ni él era muy consciente de sus acciones y solo le movía el impulso de volver a sentir esa adrenalina y calor dentro.
Por ello no había estado muy en si cuando en el momento en el que, aprovechando un descuido de Evongel, se inclinó sobre su pareja peligrosamente mientras le acariciaba de forma atrevida el muslo, disfrutando de su rostro donde se demostraba sorpresa.
Pero se separó tan rápidamente como se había acercado, quedando en su posición inicial, aunque tardó algo más en apartar la mano del muslo ajeno, tuvo que ser Yugi, quien, con una expresión entre molesta y alarmada (roja como ñamzama, todo ha de decirse) alejara la extremidad de su cuerpo.
—Entonces después de cada teleportación tendremos que tomar el brebaje ¿No? —Preguntó el sadida, acaparando toda la atención del ocra, quien al fin dejó de mirar a Evole, el padre estaba preocupado por las expresiones que ponía su hijo, queriendo creer que eran por los sueños que tenía y no por estar prácticamente enganchado alrededor de la prótesis de la yopuka mayor.
—Bueno, esa es la idea—En ese momento no le pareció muy convencido, había adquirido algunas inseguridades—. Pueda que sea algo molesto y creo que lo mejor será que lo tomemos antes de cruzar algún portal.
Su mano se cerró alrededor de una de las coletas de Flapén.
—No quiero que mis hijos sufran los efectos secundarios…
Yugi no pudo evitar reprimirse con aquellas palabras.
OOO
—¿Crees que nos sigue?
—No pienso pararme a averiguarlo.
—¡¿Pero a donde estamos yendo?! Llevamos viajando des de que salimos huyendo de la posada y de eso han pasado horas ¡Incluso ha amanecido! ¡Mira lo alto que está el sol!
—Te exaltas demasiado en estas situaciones
—He llegado muy lejos como para tirarlo todo por la borda en el mínimo despiste ¡Tan solo te ruego que mires el mapa al menos una vez!
OOO
—Querida.
—¿Si?
—¿Y si les damos un regalito?
—No no no no no no no.
—Vengaaa.
—No, no ¡No!
—Por-¿fi?
—¡¿Eres uno de los seres más poderosos del krosmoz y lo único que se te ocurre decir es "porfi"?!
—Hee… De acuerdo, eres muy amargada, la visita ha ido... Aceptable, mejor de lo que esperaba.
—Se han comportado como unos verdaderos niñatos consentidos y arrogantes, impertinentes e inmaduros, indignos del título que portan.
—¡Si lo ha hecho sin querer! Seguro que Pandawa no pretendía derramarte su jarrita-
—¿Jarrita? ¡Me cabía la cabeza ahí dentro!
—Anda que si llegas a ver las grandes… De todos modos no te la tiró encima a posta.
—Las horrendas risas de Zurcarák aún me resuenan en la cabeza.
—Pero admite que Aniripsa fue muy considerado al ofrecerte ropas nuevas.
—Huy si, el vestido rosa con volantitos y lacitos, perfecto para una de las creadoras del krosmoz.
—Mira, cuando te pones así es imposible hablar contigo.
—El único que dio buena conversación fue Sacrogrito.
—¿Estas de broma, no? Se me estremece el cuerpo al recordar las matanzas que narraba.
—A mí me dieron más mal rollo las muñecas de Sadida, no entiendo porque se las tiene que llevar a todas partes. Son muy macabras.
—¿Y qué opinas de Ocra? No nos quitaba ojo, parecía que en cualquier momento dispararía una flecha contra nosotros.
—¿Solo una? Al menos no te fijaste en Sram, sus dagas cada día me perecen más afiladas y esos ojos tan vacíos… No tengo ni idea de a quien ha salido.
—Si no fuera porque éramos los únicos en el krosmoz pensaría que me engañaste.
—No eres el más indicado para hablar de eso, sobretodo porque no paraste de coquetear con Xelor.
—¿Yo? ¿Con Xelor? Estas empezando a obsesionarte.
—No me creas celebro de yopuka.
—Creo que dentro de poco tendremos que dejar de decir eso, Gïltar ha demostrado ser bastante inteligente, lo suficiente como para superar a Anutrof en… Lo que quiera que estuviesen compitiendo.
—No me cambies de tema, no tienes ni la gracia ni la habilidad de Osamodas para hacerlo.
—Osamodas siempre fue tu favorita…
—¿Y qué? ¿Algún problema?
—Como sigas sacando las uñas así voy a tener que pedirle prestado el escudo a Feca.
000
—Primer chapter con un Amaël celoso, u la lá—Bromeó, con actitud juguetona.
—¿Y yo qué?—Se queja Adamaï—¿El Gran Dragón ya se ha olvidado de mí?
Me encojo de hombros.
—Aún tendrás que esperar un poco más para volver a salir—Le acarició la cabeza, a lo que él me gruñe—, mon petit dragon.
¿Qué será eso de lo que tanto hablaban Patusa y Renata?
¿Quizás tenga algo que ver con un pasillo en la noche y un beso robado?
¿Será verdad que la reina trataba de insinuar algo a nuestros queridos aventureros?
Y si es eso cierto ¿Qué era?
¿Alguien notó qué Armedia me salió forzada?
Todo esto y más, próximamente.
