—Mmmm…
Disclaimer:
No son de mi auditoria ni los personajes ni el universo del Krosmoz, todo perteneciente a la empresa francesa Ankama. Yo llevo a cabo estos relatos sin ánimo de lucro.
Comentario:
Lily-Chan: Muchas gracias por el comentario, ciertamente el genderbend es un género que siempre me ha atraído y es gratificante encontrar a otros que también lo encuentren entretenido. He sopesado tu idea de la pérdida de memoria y, aunque aquí no me ha encajado, no lo descarto para otra historia.
Palabras: 5459
Capítulo XVI: Volviendo en si
—No lo entenderías.
—¿Cómo estás tan seguro?
—¡Porque nadie lo hace!
—Por favor, déjame ser Nadie.
Valentina Amore
Sintió la cabeza caliente y la garganta seca, todo su cuerpo demasiado pesado como para pensar en la idea de moverlo.
Los oídos le zumbaban y notaba con demasiada claridad el bombeo de sangre desde su pecho, el cual parecía ser oprimido por algún peso que le dificultaba el respirar.
Pero una sensación nueva eclipsó todo lo demás, una caricia suave y reconfortante en la punta de su nariz, dada con tal delicadeza y calidez que abrió los ojos sorprendida, olvidando que hace unos segundos se le antojaba imposible el mover los parpados.
Todo se veía borroso, un conjunto de colores y manchas mezclados causándole confusión al crear deformes figuras, tuvo que parpadear un par de veces, de forma lenta y pausada, para enfocar la vista y ver, que la imagen real distaba mucho de las coloridas sombras antes observadas.
Lo primero que vio fue una redonda clara, con dos grandes círculos blancos pegados, donde dentro de cada uno brillaba una perla negra. No tuvo tiempo de averiguar que era tal extraño ser cuando este fue retirado bruscamente de enfrente suyo por, lo que dedujo que era, una mano de piel canela.
Después todo su cuerpo fue removido y el pitido en sus oídos aumentó de forma tan exagerada que comenzó a causarle dolor de cabeza.
Cerró los ojos, deseando que desapareciesen tanto el molesto ruido como la incómoda sensación de hormigueo en el cráneo.
El sonido poco a poco fue aclarándose y la molestia disminuyendo, hasta pudo llegar a distinguir un par de voces humanas, que sin cesar soltaban exaltadas frases y sonoras palabras.
—¡Yugi!
Volvió a levantar los parpados, viendo frente a ella los emocionados ojos claros de Evole, que mostró su más grande sonrisa en cuanto logró hacer contacto con los orbes marrones de la rubia.
—¡Yugi~!
—¡Yugi!
De pronto su oído estuvo completamente recuperado y fue capaz de identificar todas las personas que llamaban su nombre con tal éxtasis.
—Pan-Pin…
La mencionada apareció al lado de su hijo, con una sonrisa alegre, pero pequeña comparada con las habituales, sus ojos mostraban la preocupación que momentos antes la hostigaba y que aún no dejaba su cuerpo del todo.
—Al fin despiertas—Dijo, en un tono bajo, al tiempo que alargaba su mano izquierda para acariciarle la cabeza por encima del azul gorro, en un gesto reconfortante y maternal que logró relajar al completamente tenso cuerpo de la rubia, cosa que se notó cuando las orejas del sombrero al fin descendieron y dejaron su puntiaguda forma.
Pero antes de que Yugi pudiera reaccionar, Tristepain le bajó el gorro hasta el punto que tapó su visión, agitando de un lado a otro la tela como si estuviese revolviendo el opaco cabello, haciendo que por instinto la chica se llevase las manos a la prenda e intentase que la yopuka la soltara.
—¡Nos tenías muy preocupados!—Su voz no era agresiva ni parecía recriminarle, era alegre y risueña, como sí en cualquier momento fuera a empezar a carcajearse, como ya lo hacían los hermanos al ver el inútil intento de Yugi de recuperar el control de su sombrero—Si no fueras tú, ya pensaría que estabas muerta.
Al fin soltó la tela, dejando a la chica la oportunidad de recolocar su alborotado cabello bajo el gorro de la forma adecuada. Manteniendo en todo momento una juguetona sonrisa en el rostro, de nuevo la guerrera yopuka había logrado distraer a Yugi de los problemas.
—Pan-Pin—Volvió a llamar, entre burbujeos de risa que ansiaba estallar.
La nombrada se quedó quieta, esperando una continuación que nunca llegó, pues lo siguiente que hizo Yugi fue mirarse los brazos, extrañada, como si los estuviese analizando, girándolos y doblando el codo, comprobando el funcionamiento de la articulación.
—Voy a avisar a papá de que tía Yugi se despertó—Anunció Flapén, antes de saltar de la cama donde estaba sentada al lado de Evole, corriendo emocionada de comunicarle la noticia al ocra.
—Pan-Pin—De nuevo aquel apodo se deslizó por sus labios—¿Dónde estoy?
Apoyó las manos a ambos lados de su cuerpo y se impulsó para erguir la espalda, terminando sentada, recostada en la cabecera de madera de la cama. La sabana que antes la cubría se quedó en su regazo, revelándole a la de ojos marrones que no llevaba la misma vestimenta que recordaba.
—¿Y qué ha pasado con mi ropa?—Preguntó, levantando la manta y viendo la falda del vestido amarillo que llevaba puesto.
Sigo teniendo piernas.
El pensamiento llegó, aliviándola al recordar anteriores teorías.
Estoy en una cama.
Se sintió algo tonta por tardar tanto en darse cuenta, pero realmente había estado muy desorientada al despertar, ahora ya podía sentir la suavidad y calidez de las cobijas al igual que al mullido colchón que se amoldaba a su figura y permitía un descanso cómodo a sus aletargadas extremidades.
Aunque eso sí, un molesto tirón en sus alas, que ya daba por desaparecido, ganó fuerza.
Dejar de lado la molestia era la mejor opción, ignorarla haría que volviese a irse ¿No?
—Estas en la habitación de la caravana—Informó la de melena anaranjada, quien permanecía sentada en uno de los bordes del lecho, con media pierna apoyada en el colchón, teniendo una postura cómoda desde la cual observar a Yugi de frente.
La rubia pudo percatarse de que Tristepain tampoco llevaba las mismas prendas, al igual que Evole. El pequeño estaba sentado de piernas cruzadas a los pies de la cama, mirándola con sus centelleantes ojos de pálido marrón.
Puede que fuera un detalle insignificante, pero la chica no puedo evitar relacionarlo con un hecho que ya tenía más importancia.
—¿Cuánto tiempo llevo dormida?—Preguntó, con voz nerviosa y apretando las sabanas, temerosa de la respuesta.
—Yo no diría dormida, más bien inconsciente—La voz hizo que todos se giraran a la abertura en el suelo, por donde el rubio ocra estaba entrando—. Y no te preocupes, no ha pasado más que un día.
Terminó de subir las escaleras, seguido de Flapén y agachado (si se alzaba por completo se golpearía la cabeza contra el techo) llegó hasta al lado de la cama opuesto a su esposa, sentándose como ella y dedicándole una sonrisa a la selatrop.
La pequeña ocra de ojos vino volvió a su anterior lugar antes de irse y adquirió la misma postura que el yopuka.
Yugi suspiró, calmándose y devolviéndole el agradable gesto al mayor, quien colocó el dorso de la mano derecha en su frente, el tacto de Evongel era suave y cálido, se sentía bien contra su piel.
—Me alegro de que hayas despertado—Cesó el contacto—, y veo que ya no estas caliente.
Eso último creó desconcierto en la joven, iba a preguntar pero al parecer su expresión fue capaz de exteriorizar su confusión antes que sus palabras.
—Al rato de encontrarte comenzaste a ponerte roja y a sudar—Explicó el ocra.
—Estabas ardiendo—Añadió Tristepain, con un deje de alarma.
—¡Parecías un tomate!
El comentario de Evole fue capaz de quitarle toda la seriedad al asunto, consiguiendo que Yugi soltara una leve risa y se inclinara para palmear y revolver el anaranjado cabello del yopuka.
—No es algo que debamos tomar a la ligera—Evongel puso cierto tono de reproche en sus palabras—. Tenemos que averiguar que originó esa fuerte fiebre y porque ha desaparecido tan de repente, aparte de comprobar el estado de tu herida—La rubia quiso hablar, pero la penetrante mirada de los ojos verdes hizo desaparecer cualquier deseo de abrir la boca—. Lo primero que aremos en cuanto lleguemos a Bonta será llevarte con un aniripsa.
La contundencia de su argumento y la autoridad de su tono no dejaron lugar a quejas ni reclamos por parte de nadie. Aunque Yugi dudó un momento de si debía objetar algo o no, después de todo ella se encontraba bien (sin contar el constante y hasta cierto punto doloroso latido de su cabeza), un poco cansada, pero nada que impidiera su movilidad.
—De acuerdo—En cierto modo ella también quería asegurarse de que estaba completamente sana—. Pero… ¿Tengo una herida? ¿Dónde?
—Aquí—Y sin pudor alguno el pequeño yopuka, tan inocente como impulsivo (por no utilizar términos más fuertes), destapó a la selatrop y le levantó la falda del vestido, revelando todo lo que la amarilla tela escondía debajo, haciendo soltar una exclamación de sorpresa a la de ojos marrones antes de que con vergüenza cogiera la tela e intentara volver a cubrirse.
—¡Evole!—Fue el grito que dieron los rubios, antes de que Flapén le golpeara la cabeza y lo apartase de la joven, pues el niño parecía intentar levantar aún más el vestido.
La cara de Yugi había estallado en rojo y su estado se reflejó también en las orejeras de su sombrero, las cuales decayeron tras haberse erguido con el sobresalto.
Evongel cogió a su hijo y junto a Flapén comenzaron una conferencia sobre lo que eran la decencia, los modales y el decoro. Conversación que el padre pensó que tendrían en la rebelde adolescencia del yopuka, no en su tierna niñez.
Tristepain tan solo soltó una risita nerviosa, teniendo que desviar la mirada de su familia para esquivar los brillosos ojos de su hijo que gritaban "Sálvame". Se sentía como si estuviera traicionando al pequeño, pero lo último que quería era problemas con su esposo, quien se tomaba con rigidez (quizás demasiada) la educación de los hermanos (y de vez en cuando la de ella también).
La guerrera miró a su amiga, quien poco a poco parecía recuperar el normal tono acaramelado en sus mejillas.
—La herida está en el muslo derecho.
La rubia asintió y ella misma deslizó la tela amarilla por su pierna hasta que esta dejó al descubierto unas blancas y pulcras vendas.
Enarcó una ceja, levemente sorprendida.
—Están limpias.
La de anaranjada melena asintió.
—Las tienes porque Ev insistió—Aclaró, dirigiendo por reflejo una mirada de soslayo al mencionado—, cuando te encontramos la herida ya estaba casi curada.
—A todo esto—Las manos de la rubia se movieron con cuidado sobre las vendas, quitándolas despacio—¿Qué ha pasado exactamente?
Tristepain comenzó con el relato, narración a la que luego se unieron el resto de ocupantes de la sala, explicándole con sumo detalle todos los eventos sucedidos entre su desaparición y su encuentro, no dejando espacio alguno para que Yugi preguntara o comentara algo, demasiado ocupada en prestar atención a las cuatro voces que de vez en cuando hablaban al mismo tiempo, cada uno dispuesto a contar la historia desde su punto de vista.
Cuando terminaron Yugi se halló con más preguntas que respuestas.
—Ya veo…
—¿Qué es lo que recuerdas?—Evongel habló, cruzado de brazos y con la mirada fija en la selatrop, queriendo obtener contestación de la rubia antes de que fuera el turno de esta de preguntar.
La joven pareció pensarlo por unos segundos.
—Me atacaron—Un silencio siguió su respuesta—. Eran muchos y estaban montados en pájaros, era una emboscada. Me rodearon y no pude hacer nada—Cierto tono de impotencia se dejó entre ver en su voz—, los esquivé un tiempo cuando comenzaron a lanzarme flechas, pero…—Bajó la cabeza, al igual que las orejeras del gorro—una me alcanzó y… Quedé inconsciente.
—¿Algo más?
—No mucho en realidad—Se llevó una mano a la nuca, masajeándosela, volvía a notar los hombros cargados—. De vez en cuando me despertaba, no podía abrir demasiado los ojos, así que todo lo que recuerdo es ver negro y lo frio que estaba el suelo.
—¿No fuiste capaz de ver ni escuchar a nadie?
Yugi negó con la cabeza ante la pregunta de Evongel, aunque luego dio un respingo cuando un recuerdo sacudió bruscamente su mente, aumentándole el dolor de cabeza por unos instantes en los que sus alas también sufrieron el espasmo.
—Ahora que lo dices… Sí que pude oír algo—Se sujetó la cabeza con la mano izquierda, notando un leve mareo que la hizo tambalearse aun estando sentada—, un chirrido horrible y también pude ver una cosa grande blanca y azul, estaba todo muy borroso, no supe lo que era.
El ocra asintió, conforme con la información, iba a tranquilizarla diciéndole que volvía a estar con ellos, a salvo, pero la voz de la chica lo cortó, la selatrop tenía más que decir.
—Después me cogieron y-y me pusieron algo en la boca—Se tocó los labios con la yema de los dedos, sumergida en sus memorias recién descubiertas—, estaba helado. Y-y entonces volví a desmayarme, pero luego me desperté, no veía nada, no escuchaba nada, no sentía nada—Se abrazó a sí misma con fuerza, volviendo a sentir el miedo y la impotencia de hace apenas unas horas—, fue horrible, era como no tener brazos ni piernas, solo pude mover las-
Se obligó a si misma a parar al percatarse que estuvo a punto de revelar lo que con tanto recelo había ocultado durante toda su vida, se mordió la lengua, deseando que las palabras retrocediesen y volviesen a desfilar por su garganta, como si nunca las hubiese soltado.
Toda preocupación fue disipada al notar aquella mano que con aire paternal se posó en su cabeza, seguida de otra que le apretó suavemente el hombro. Levantó la vista que en todo momento permaneció gacha, al igual que las orejeras azules, dándose cuenta de las miradas que todos le dirigían, con ojos bañados en preocupación y cariño.
Tristepain le soltó el hombro y le sonrió, parecía felicitarla por su valentía. Evongel levantó la mano del sombrero también.
—Está bien—Fueron sus tranquilizadoras palabras—. Ahora vuelves a estar a salvo y creo que tienes algunas preguntas que hacernos.
La selatrop no pudo estar más contenta con el cambio de tema.
—Sí, primero ¿Dónde están los demás?
¿Dónde está Amaël?
Se mordió de forma disimulada el labio inferior, con cierto malestar, no era mentira que al despertar había esperado encontrarse con su novio, no es que le desagradara la compañía de la familia Percival, es más, se sentía ruin y mala amiga por estar siquiera mínimamente decepcionada. Aunque no podían culparla si tenía la necesidad de volver a ver al moreno y su perlada sonrisa, de volver a sentir sus brazos rodeándola y cubriéndola con una facilidad que en algunos momentos llegaba a ser insultante, pero que en aquel momento se le hacía indispensable.
—La abuela Rachel está en su merkasako haciendo "cosas de anutrof"—Informó Flapén, cruzándose de brazos al final, dando un leve resoplido. Estaba molesta con la actitud de la anciana, quien justo después de salir de la guarida enemiga se apropió de todos los objetos que ella y su hermano habían ido recopilando de las pertenencias de Ca-Zurro, utilizando el pretexto de que no eran juguetes con los cuales ellos debieran jugar.
Después de eso y tras conducir unas horas antes de que decidiesen parar, se metió en el mencionado saco mágico, seguramente para poder valorar la rareza (y por consecuente el precio) de lo obtenido.
Al menos pudo salvar su preciada brújula, la cual permanecía segura en el interior de uno de sus bolsillos.
—Rubilix está en la cabina del conductor—Dijo Tristepain, haciendo que Yugi se percatase de la falta de la espada endemoniada, ya decía ella que habían estado teniendo una conversación demasiado sosegada.
—¿Y qué hace ahí?
—Está hablando con Chapuza.
—Ya, "hablando"—Espetó el ocra sin disimular su sarcasmo—. Si no fuera por su falta de brazos, ahora mismo se estarían arrancando la cabeza.
Yugi sintió como una gota de sudor frío resbalaba por su nuca.
—Me alegro de que la hayáis sacado, seguro estaba aburrida de pasar tanto tiempo en mi mochila.
—Ni lo menciones—Evongel emitió un diminuto resoplido—, se pasó media hora quejándose y preguntando donde estabas.
—La tenías preocupada—Añadió Flapén, dando una media sonrisa.
—Ah, y ahora que hablamos de tu bolsa—Tristepain dio un pequeño bote, haciendo que el colchón ascendiera y descendiera siguiendo su movimiento entusiasta—. Adivina que encontramos dentro.
Yugi se contagió de la alegre actitud, sonriendo de vuelta, intentando reprimir la mueca de daño que quiso plasmarse en su rostro al hacer el gesto.
Por Selatrop, como le dolía la cabeza.
—No tengo ni idea ¿El qué?
Tristepain iba a hablar, pero pareció percatarse de algo, giró la cabeza de un lado a otro, recorriendo la estancia con sus ojos claros y agitando después sus pestañas en dos rápidos parpadeos, que no hicieron más que acentuar su expresión desconcertada.
—¿Dónde está?
Sus hijos también se dieron cuenta de la falta de aquello que mantenía intrigada a Yugi, pues se miraron con interrogativas muecas.
—No me digáis que se os ha escapado—Dijo Evongel, con una pizca de exasperación trasluciéndose en su voz.
La sonrisa nerviosa dada por su esposa fue toda la confirmación que necesitó.
No tenían ni idea de donde estaba.
—¿Escapado?—Repitió la selatrop, clavando sus marrones y grandes ojos en el rubio, esperando que este le aclarara las dudas.
Evongel captó aquellos orbes expectantes y relajó su postura, descruzando los brazos.
—Cuando abrimos tu mochila en busca de ropa para cambiarte—Tema sobre el cual Yugi aún tenía un par de preguntas—, nos encontramos con un polizón.
La ceja de la rubia se enarcó y por el rabillo del ojo fue capaz de ver como madre e hijo se inclinaban hacia Flapén, esperando una respuesta a la susurrada pregunta de "¿Qué es un polizón?".
—¿Quién?—Parecía más curiosa que sorprendida, después de todo su bolsa de viaje no era tan grande como para albergar a alguien.
—Una pequeña cría de tofu, seguramente hijo de Iz.
Una sensación cálida comenzó a fluir por el pecho de Yugi al escuchar aquel nombre, pero rápidamente fue remplazada por un vacío que le dejó un sabor amargo en la boca, después de todo había abandonado a su ave de compañía, que era más amiga que mascota y más fiel que cualquier wauwau.
Sus pensamientos se desviaron por un momento a la posada, su hogar, donde estaba su familia.
Un pinchazo en su cabeza, más fuerte que los anteriores, cortó el hilo de pensamientos depresivos, haciéndola volver a la realidad de una forma brusca, pero que acabó agradeciendo al saber que aquella divagación no la hubiera llevado a nada bueno.
—¿Enserio?—Intentó reír, intentó, las orejas de su sombrero aún decaídas—No me lo esperaba.
—Ninguno de nosotros lo hacía.
—Pero ahora no sabemos dónde está—Flapén se unió a la conversación, al parecer había heredado de su padre el querer exponer el estado de la situación de una forma clara y rápida.
—Y mira que es raro, porque estaba aquí cuando despertaste—Dijo la yopuka.
—Sí, incluso te despertó poniéndose en tu nariz—Evole se señaló la cara, queriendo darle fuerza a su argumento.
La imagen de unas perlas negras, pequeñas y relucientes, se materializó en su mente y a su nariz volvió la suave sensación de una caricia.
—Así que fue eso…
Se removió en su lugar, doblando las piernas por primera vez y notando cuan cargada tenía la articulación de la rodilla, su parte inferior permanecía atrofiada por la falta de movimiento y tensa, como si aún estuviese en frente de un peligro del cual tuviera que huir en cualquier momento.
Bajo la mirada del resto de ocupantes del dormitorio, adquirió la posición de flor de loto, aquella que tan cómoda le resultaba para meditar y ya la utilizaba por costumbre.
—Voy a intentar encontrarlo.
Bajó los parpados y cogió aire, al instante cualquier sonido que hubiera en aquella habitación se apagó y en sus oídos solo retumbaba el latido de su propio corazón, notaba el corriente de wakfu fluyendo por su cuerpo como si fuese fresca agua sobre piel sudorosa, las protuberancias de su gorro se alzaron, puntiagudas. Entonces abrió los ojos, pero no ya no veía la habitación, no veía sus colores ni la forma de muchos objetos, en su lugar era capaz de ver el wakfu de sus compañeros, emanando de sus cuerpos de forma constante como si fuesen llamas destinadas a nunca apagarse, con la excepción de Tristepain, cuya prótesis emitía una potente aura roja y agresiva que lograba cubrir del todo su presencia. La silueta de los muebles era vista de fosforescente azul y supo, que sus amigos (sobre todo los más pequeños), la observaban con asombro.
Después de todo el brillante azul de sus orbes en aquel momento era algo digno de admirar.
Otro fuerte y doloroso tirón en su cabeza la hizo estar a punto de perder el control del poder si no fuera por su resistencia.
Una vez recuperada no tardó más de un segundo en avistar otra criatura de wakfu en la estancia, escondida bajo lo que parecían ser una montaña de cojines a las espaldas de la familia.
Parpadeó y su visión volvió a la normalidad de forma inmediata, había mejorado mucho el control de la habilidad con los años.
—Está allí—Señaló.
El matrimonio se giró a observar la acumulación de almohadas mientras sus hijos admiraban a Yugi, como si esta les hubiera mostrado que era posible meter a un dragopavo dentro de una chistera.
Evongel se incorporó y fue hasta los cojines, removiéndolos con cuidado, como esperando que de un momento a otro algo emergiera de allí y arremetiese contra él. Tan solo había quitado dos cuando sus sospechas se cumplieron al ver una bola de plumas salir disparada, comenzando a piar de forma alterada.
El rubio parpadeó por la sorpresa y se apartó dejando espacio a la cría de tofu para dirigirse a la cama, donde voló alrededor de Tristepain y picoteó un par de veces su espalda y extremidades, a modo de venganza, aunque poco sufrió la dura y fibrosa piel de la yopuka, acostumbrada tanto a golpes como desgarros.
Yugi rió y aquel risueño sonido captó la atención del pequeño pájaro, que se giró hacia ella antes de volar y estamparse contra su pecho, demasiado joven para aprender a frenar, destinada a chocarse con todos sus objetivos.
La chica acarició la cabeza de la cría de tofu con sus dedos índice y corazón, peinando hacía atrás las blancas plumas, suaves y esponjosas por aun no haber hecho la primera muda. El plumaje inicial era siempre el de tacto más agradable, pero al mismo tiempo el menos aerodinámico.
—¡Que mona!—Exclamó Evole, observando como el ave se dejaba acariciar por los apéndices morenos.
—Es adorable—Concordó su hermana, igual de encantada, pero más calmada.
—¿Y qué hacemos con ella?—Quiso saber el ocra adulto, mirando a su mujer que solo se encogió de hombros.
—¡Ponerle un nombre, por supuesto!
Yugi sonrió ante la respuesta entusiasta del yopuka, las orejeras azules balanceándose al tiempo que mostraba la palma de su mano derecha al pequeño animal, como muda petición de subir. La cría lo hizo y la selatrop la colocó a la altura de los rostros de los hijos de sus amigos, que se habían acercado gateando hasta su posición.
—¿Cómo queréis que se llame?
El de cabello anaranjado se puso pensativo, examinando con un ojo crítico (que no tenía) al ave. Mas Flapén se acercó, curiosa, lo suficientemente cerca como para que el animal diera un pequeño paso y frotase su frente contra la nariz recubierta de pecas de la niña, quien como única reacción tuvo estornudar.
Los pálidos orbes de Evole titilaron en emoción, dando golpes sobre el colchón, había tenido una de las mejores ocurrencias de su vida y le podía la excitación.
—¡Azú!—Gritó—Lo llamaremos Azú.
Entonces Yugi le dio una sonrisa temblorosa, como pidiéndole perdón por algo que Evole no entendía ni se molestó en entender, demasiado ocupado en buscar aceptación en los ojos de sus padres.
—Lo siento Evole… Pero es hembra.
El nombrado parpadeó, desconcertado, miró a la cría, miró a su familia y después, imitando a su madre momentos antes, se encogió de hombros.
—Azui, entonces.
OOO
Evongel se sentó en la cama, conectando su mirada con la chocolate que ya lo observaba, expectante.
Estaban solos, los niños abajo buscando que darle de comer a Azui con Tristepain supervisándolos, todo para que los rubios disfrutasen de una atmosfera más calmada y confidente en la que poder charlar de forma cómoda.
—Bien, pregunta todo lo que quieras.
Yugi se removió sobre las sabanas con las orejas del gorro inquietas, por un lado incomoda, por otro impaciente.
—Mi ropa…
—Estaba rota y sucia—Explicó, anticipándose—, decidimos que lo mejor era cambiarte y consideramos que ese vestido era lo más cómodo que podíamos ponerte.
—Ya…—Jugueteó con el bajo de la prenda, arrugándola entre sus manos, la sangre comenzaba a colorear sus mejillas de rojo—¿Fuiste tú?
El rubio enarcó una ceja, que fue relajando tras unos segundos, su rostro sereno y comprensivo.
Paternal.
—Si ¿Te molesta?
—¡No, no!—Su tez recuperó el habitual tono acaramelado, aliviada.
Menos mal, que no fue Amaël.
—Y tranquila—El ocra colocó una mano sobre el gorro azul, entre las dos protuberancias alzadas, la caricia le proporcionó la sonrisa ajena—, esto no se movió de tu cabeza.
Justamente por ello el vestido había sido la mejor opción, teniendo botones en la espalda solo hizo falta desabrocharlos para vestir desde abajo a la selatrop, sin que el sombrero fuera un estorbo.
Un agudo dolor estalló en la cabeza de la rubia, ocasionando un estremecimiento que la obligó a morderse la carne interna de las mejillas para impedir que la mueca de dolor contorsionara su expresión. Tan solo cuando captó la preocupada mirada esmeralda sobre ella fue consciente de que también había clavado las uñas en las mantas, arañándolas.
—¿Estas bien?—Quitó, con miedo de que aquello fuera el causante del daño, la mano del gorro, pasando a acariciar los hombros desnudos.
—Si, si, solo ha sido un mareo—Dijo, notando la molestia reducida a una constante palpitación en la zona de las alas, aún doloroso, pero soportable.
Evongel frunció el ceño, notando la mentira en las palabras ajenas, en un intento de reconfortarlo que no hizo más que alarmarlo, aunque, decidido a dejar descansar a la chica, pensó que si le había dicho aquello, sus razones tendría, iba a respetar la decisión.
—Espero que Amaël llegue pronto con la medicina—Habló, irguiendo la espalda y cesando cualquier contacto con la más joven.
Yugi se mostró sorprendida, sin poder esconder el brillo anhelante de sus ojos chocolate, quería saber más sobre el mencionado.
Evongel, percatándose de todo aquello que transmitía la mirada de la selatrop, soltó un suave suspiro que Yugi confundió con cansancio.
—Se fue a buscar hierbas medicinales.
—Ah…—Su corazón se ablandó un instante, repentinamente contenta y serena, los pinchazos del cráneo siendo desplazados a un segundo plano.
El rubio vio su sonrisa y la relajación de su postura reflejada por la caída de las orejeras celestes.
—Le voy a llamar para que venga—Anunció, levantándose de la cama—, se alegrará de saber que estás bien.
Tras eso se fue, desapareciendo por el hueco que conducía hasta el piso inferior, recibido por unas voces infantiles que incluso Yugi escuchó.
Giró la cabeza, examinando la habitación, se había quedado sola, una sensación que la extrañó después de haberse pasado los últimos días en constante compañía y generó un curioso hormigueo bajo su piel.
Se recostó en la almohada, liberando un quejido.
Por Selatrop, su cabeza.
Le iba a estallar.
OOO
El bosque era todo verdor y silencio, con rocas cubiertas de musgo por la humedad del entorno y el suelo siendo sustituido por una capa de hierba, aplastada por su propio peso y sobre la que sus pasos se amortiguaban.
Sus manos rebuscaban entre matorrales igual que él intentaba encontrar en su mente alguna respuesta. Con prisa, enfado y de forma descuidada, retiraba ramas, descartaba ideas, arrancaba hojas, revivía memorias.
Todo su ser era un caos.
El miedo le había estallado en las entrañas.
Los ¿Y si…? hacían fila en su cabeza.
Esa flor, si la memoria no le fallaba, servía para infusiones en contra del dolor estomacal. La tomó, por si acaso.
Estaba seguro de que se repetiría la experiencia, no sería la última vez que Yugi se viera envuelta en algo así.
En una rama cercana se lograba apreciar una trepadera cuyos frutos rojos poseían propiedades analgésicas. Tomó un par de ellos y los guardó en su bolsa.
¿Valía la pena?
Por ella sí.
¿Pero él sería capaz de soportarlo?
A los pies del mismo árbol de la enredadera descubrió, escondido por la maleza, un pequeño corro de setas, cuyos colores apagados les servían para mimetizarse entre la corteza.
Mantener una relación que ni si quiera se atrevían a revelar a sus más allegados.
¿A qué le tenían miedo?
Ese champiñón era inservible para ungüentos, mejor seguir mirando.
—¡¿Por qué todo es tan complicado?!
—Pensé que teníamos la etapa "el mundo me odia" más que superada.
Se le tensaron los músculos al escucharle y tuvo que forzar su cabeza a girar para mirarle; Evongel estaba allí de pie, parado al lado de un árbol cuya rama más baja le rozaba los mechones rubios debido a su estatura, tenía los brazos cruzados sobre el pecho y una expresión relajada, aunque seria, aquella que ponen los padres cuando hacen uso de su paciencia. El sadida gruñó al verle y comenzó una caminata furiosa hacia ninguna parte.
—Amaël.
Paró al oírle y de nuevo gruñó, sin ánimos para un sermón. El ocra dio dos pasos para acercarse, hasta que el repentino encaramiento de Amaël lo sorprendió, decidió quedarse a esa distancia prudente, el chico necesitaba espacio, se lo decía su ceño fruncido y la mueca en sus labios.
—¡Lo sé, lo sé! He sido inmaduro, infantil y no he dejado de quejarme en ningún momento ¡Lo sé!—Resopló como un dragopavo tras una carrera, mas Evongel permaneció impasible; se lo veía venir—Sé que así no actúa un futuro rey ¡Qué quieres que haga, soy así! ¿Quieres que me disculpe? ¡Pues vale, me disculpo! Lo siento, siento ser tan inútil, siento ser un principito mimado. ¡Ya está! ¿Era esto lo qué querías?
—Veo que vas mejorando en eso de controlar tus estallidos de ira, pero aún no aguantas sin soltarlos.
Fue su voz tranquila o quizás su actitud de resignación, pero Amaël de pronto se sintió insultado y le rehuyó la mirada, apretando los dientes.
—¿Qué quieres Evongel? Estoy ocupado.
—Comprendo que ser el futuro rey es complicado y piensas que nadie te entiende—Descruzó los brazos y adoptó un tono de voz comprensivo, que si bien intentaba calmar a Amaël, no logró más que irritarlo—. Pero sí que hay gente que lo hace. Yugi también es una futura monarca y ella lo tiene mucho más difícil que tú, pero aun así no se rinde, ni se queja, ni abandona y te aseguro que no tiene la más mínima intención de hacerlo.
El príncipe notó el nudo atando su garganta y sus hombros pesados haciéndole temblar las rodillas; ignoró el canto del pío en un rama cercana y suspiró, la furia dirigida anteriormente a Evongel volviéndose contra si mismo.
—¿Qué quieres decirme?
—Habla con ella, es la única de aquí que está en la misma situación que tú. La única que puede entenderte por completo.
Amaël apretó la bolsa en su mano, arrugando las hojas que yacían dentro y seguramente aplastando algún fruto, chistó con la lengua y se volvió a un arbusto cercano, fingiendo que revisaba las pequeñas florecillas blancas que recibieron sus manos con un aroma dulce; eran inútiles para pócimas, pero necesitaba algo que justificase no mirar las esmeraldas que su amigo tenía por ojos.
—Lo haré cuando se despierte.
—Oh, entonces puedes ir ahora mismo, ya se ha despertado.
Del sobresalto se incorporó, con media rama arrancada del seto en su mano, tenía los ojos abiertos y el caoba en sus orbes destilaba asombro que se prendió en furia instantes después, rompiendo del todo la rama en su puño.
—¡¿Y porque no me lo has dicho antes?!
—Porque entonces no me habrías escuchado.
OOO
—No llores, por favor.
—Es que… Soy muy feliz; he podido verla, es tan encantadora, tan hechizante.
—Lo sé, yo también me sobrecogí.
—Solo por esto, todo ha merecido la pena.
—Debemos comunicarlo a los demás.
—Sí, soy consciente, solo espera que… Pueda restablecerme.
OOO
—Puedo sentir una perturbación.
—¿El qué?
—¿No crees que algo va mal con nuestra pequeña?
—¿Hay algo que no vaya mal con ella?
—Me refiero a parte de lo obvio. Su wakfu, lo siento distinto.
—Yo también; ignóralo, está desarrollándose, son normales los desniveles de energía a su edad.
—Ay~. Crecen tan de prisa. Tengamos más.
—¡¿Qué?! ¡No!
