—Sigh…

Disclaimer:

No me pertenecen los personajes usados en estos relatos realizados sin el fin de obtener beneficios, la empresa Ankama es su propietaria.

Comentarios:

Rocio De Creatividad: Agradezco encarecidamente el comentario, prometo intentar mantener el nivel.

Lily-Chan: Me alegra saber que sigue habiendo lectores con esperanza de leer otro capítulo. Aunque tarde (mucho) pienso seguir, espero que los siguientes te gusten tanto como los anteriores.

Fenix en llamas: Ups... Gracias por avisar.

Palabras: 5229

Capítulo XVII: Lo que nace del alma

Lo sintió en sus manos, en la espalda, por su cuello, sobre su boca. Entonces paró y lo supo, estaba dentro.

Valentina Amore

Le zumbaban los oídos, le explotaba la frente, tenía un permanente ardor en el cráneo que le creaba ganas de arrancarse el pelo a mechones, la carne le quemaba, se sentía incomoda en su propia piel, removiéndose y estirándose de los brazos en un intento de recolocar la epidermis supuestamente mal puesta.

Apenas respiraba, había arrancado las sabanas de la cama y se contorsionaba cual gusano sobre el colchón desnudo. Los pulmones se ahogaban en aire sofocante y la boca se le desvivía en soltar un aliento bochornoso que le quemaba los labios.

No pensaba, solo se irritaba, se hundía en la agonía del tormento fogoso de su propia sangre, agonizando por el fuego interno que le carbonizaba los órganos y provocaba un sudor caliginoso por todos sus miembros.

En un momento de lucidez fue capaz de incorporarse, jadeando por un cansancio sin motivo que le hacía temblar los brazos, se arrastró como pudo hasta el borde del colchón, dejando un rastro húmedo por toda la tela, parecido a sangre seca; y una vez en él se dejó caer, sintiendo la madera del suelo como un momentáneo alivio que le permitió cerrar los ojos antes de que un nuevo dolor punzante le recorriese la sien y le crispase las alas, grandes y puntiagudas debajo de las orejeras, tensas y con las costuras al límite de la rotura.

Colocó las manos sobre los tablones y descargó sobre ellos un bufido de aire desértico con el que huyeron de su boca unos retazos de wakfu que se arremolinaron sobre la madera. Tenía la garganta atorada por un ente invisible que se encargaba de anudarla hasta cortarle la respiración, forzosa y débil, insuficiente.

De pronto, la trampilla se abrió con brusquedad y orbes chocolate se encontraron escleróticas azul fulgurante e iris celestes. Amaël tardó en reaccionar, cegado por el brillo turquesa no fue capaz de reconocer el movimiento abrupto de pecho de quien se ahoga con el aire o el sudor espeso y turbio que le cubría la piel de forma uniforme. Cuando fue capaz de hacerlo ya había entrado por completo al cuarto, había alzado a Yugi de entre el manto de flores aguamarina y se encontraba preguntándole, con voz airada, qué le estaba pasando.

La chica solo le buscó la cara a tientas con la yema de los dedos alumbrados en cerúleo. Al encontrarla le rozó las mejillas y Amaël sintió el gesto como si fueran ascuas de hoguera. Fue consciente entonces de la temperatura de la rubia, de su cuerpo caliente y sus suspiros de infierno, también del wakfu que se le escurría en entre los labios en ríos delgados que se difuminaban en el aire hasta dejarlo cargado y nubloso, la habitación entera tenía un ambiente electrizante y bochornoso que le humedeció la piel y le erizó el vello.

Notó también las marcas de energía, las que durante las batallas más duras recorrían los brazos, pecho y rostro de la selatrop. Estos despedían una luz intensa que los hacía notables incluso bajo la tela y que no hicieron más que aumentar la alerta del sadida.

—¡Yugi! ¡Por todos los dioses, Yugi!

La sentó en frente suyo y le acunó los pómulos, siseando en dolor cuando las betas de wakfu le quemaron las palmas, pudiendo ignorarlo en cuanto un escalofrío le recorrió la espina dorsal y sintió un flujo de energía que le revolucionó todos los sistemas.

Sin esperarlo, las semillas dentro de sus bolsillos comenzaron a estallar, haciendo surgir flores y enredaderas que crecieron a una velocidad vertiginosa hasta unirse al cojín de maleza aguamarina y terminar de cubrir el suelo, un par de muñecas también se escaparon de sus respectivos lugares, corriendo por la estancia sin control, con los ojos brillando en celeste.

Amaël lo observó todo con expresión de perplejidad y sentimiento de desconcierto, volviendo a poner toda su atención en la chica nada más notar que los soplidos de wakfu comenzaban a quemarle la piel de las muñecas.

—¡Yugi!

Esta pareció reaccionar, mas lo único que hizo fue alzar los brazos y apretar las orejeras, ya con agujeros por donde se escapaban haces índigos.

—Calor—Dijo, con la voz gruesa de un cadáver—. Quita… Gorro-

El sadida no esperó, subió las manos de sus mejillas a su frente, juntó los parpados fuertemente y retiró la prenda de un tirón.

Se oyó al segundo el crujir de madera rompiéndose, el temblor que sacudió la caravana y sintió como el aire se espesaba hasta el punto de parecer agua para posteriormente librarse de todo peso y dejar una esencia tan pura como etérea que le limpió los pulmones tras inspirar después de segundos de aguantar la respiración.

Mas no se atrevió a abrir los ojos, no hasta el momento en que los brazos delgados de Yugi rodearon su cuello y esta se dejó caer contra él, balbuceando silabas inconexas contra su pecho, asustada, desconcertada.

Lo primero que vio fue la tela azul del característico gorro, con las protuberancias ya en su tamaño habitual, pero las costuras maltratadas, aunque aún en pie, por donde se apreciaba un fulgor entre los descosidos.

—Yugi—Llamó, ya más aliviado, pese a que la adrenalina seguía corriendo por sus venas y el ardor persistía en sus muñecas—. Por Sadida ¿Qué te ha pasado? ¿Estás mejor?

La selatrop asintió y su flequillo le hizo cosquillas en la clavícula; volvía a sentirla, de nuevo, cuando la apretó contra él, muy pequeña entre sus brazos. Permanecieron así un tiempo indeterminable, sintiéndose las respiraciones en cada contracción de pecho y descubriéndose de nuevo la textura de las pieles, hasta que Yugi soltó un aspaviento, desenredó sus brazos del cuello ajeno y deslizó sus manos, aun cálidas, hasta el esternón el sadida.

—Amaël—Dijo, trémula, alzando la vista y dejando ver la pérdida de luminiscencia en sus orbes y la falta de tatuajes azules en la piel caramelo—, no sé qué ha pasado—Tragó saliva, la garganta ya sin nudo, el sofoco comenzando a abandonarla—. Pero…

Y allí se cortó, se mordió la lengua y se resguardó de nuevo en el hombro moreno del príncipe, quien paseó una mano por la espalda ajena, notando el sudor que apegaba el vestido amarillo a la silueta juvenil, haciéndolo capaz de recorrer la sierra de sus vertebras y el final de las costillas.

—Dímelo.

Ella aspiró contra su cuello.

—Huelo a Adameï.

OOO

Cuando Evongel subió a medir la magnitud del desastre ya esperaba encontrarse con tablones de madera desquebrajados, astillas por todas partes y los muebles desubicados, lo que logró sorprenderle fue que había más vegetación de la que se podía esperar al ver las raíces abrirse hueco entre el techo de la planta inferior o el entorno electrizante que le elevó el vello e hizo sentir ligero.

Pues él, nada más abandonar la guardilla tras su conversación con la selatrop, convenció a los demás de salir del automóvil para dejar mayor privacidad a Yugi y Amaël en cuanto se encontraran, por lo que, con la excusa de buscar entre los cachivaches de Rachel algo de comida para Azui, logró que toda su familia se metiera dentro del merkasako, donde la anutrof los recibió con gritos de molestia al haberla interrumpido en medio del escrutinio de una llave que no abría nada.

Así que, lo único que llegaron a percibir ellos del accidente fue un estrepito que resonó incluso dentro de la dimensión imperturbable de la bolsa. Al salir observaron el desastre: dos grandes agujeros a cada lado del techo de la caravana y una repentina formación de nubes oscuras arremolinadas sobre el bosque.

Evongel entró rápidamente al vehículo, encontrando la entrada al piso superior clausurada por cepas y ramas de flores multicolores con pétalos pequeños y redondos. Tuvo que detener su inspección en cuanto Flapén lo llamó, entrando en la caravana, diciéndole en voz baja y apresurada que a Tristepain le ocurría algo.

En cuanto salió pudo entender la preocupación de su hija; la yopuka se sujetaba la prótesis por el hombro, sosteniendo en su rostro una sonrisa despreocupada que más que optimista resultaba idiota, ignorante al parecer de las grietas que se abrían a lo largo del antebrazo y revelaban el fulgor del magma que su hijo intentaba tocar con el dedo pese a las advertencias de Rachel, que se repartía la energía entre enfurruscarse por el destrozo y darle manotazos al temerario niño.

—No es nada—Dijo, en cuanto captó la mirada de su marido—. Ni que fuera la primera vez.

Esa contestación, no hace falta aclararlo, falló en su propósito de calmar al ocra.

—Entra a por Rubilix, que nos cuente lo que ha visto, yo voy a buscar a Yugi y Amaël—Fue interrumpido por la indignada anutrof.

—Sea lo que sea que haya pasado, no pienso hacerme cargo de los gastos.

—Pensaremos en eso después—Evongel suspiró, cansado, aunque aún en alerta—, ahora necesito algo con lo que desatascar la trampilla.

Entonces entró seguido de Rachel, quien simplemente golpeó las vides y raíces con su pala hasta que las plantas se rasgaron y se desfloraron las flores, cayendo por el agujero en la lluvia más extraña y colorida que habían visto los hermanos en su vida.

No hizo falta esperar, pues tras la apertura de la trampilla Amaël se asomó, todavía con el ánimo alterado y los ojos relucientes de alguien ansioso por contar su historia. Ya no tenía a Yugi abrazada, pero esta parecía insistente en no soltarle la mano, pese a que su mente estuviera perdida en tribulaciones sobre escamas marfil y olor a incienso de menta, parecía sujetarle como si sus dedos entrelazados fueran un ancla que le permitiese navegar por sus memorias con la seguridad de no acabar zozobrando.

Amaël se lo contó todo en cuanto tuvo los pies en el suelo y hubo ayudado a Yugi a bajar: como la encontró tumbada sobre el lecho de vegetación aguamarina, sus soplidos de wakfu, su apariencia de lucha y la impresión de que la muerte había comenzado a arrancarle el alma por la boca. Mas no fue hasta que Flapén y Evole se llevaron a Yugi fuera del automóvil, incitándola con el pretexto de jugar con Azui, que el príncipe liberó lo que de verdad logró perturbarlo.

—Entonces se señaló el gorro y supe que quería que se lo quitase—Relató, con los ojos abiertos, aun asombrado—. Así que cerré los ojos y lo hice, después escuché ruido y cuando los abrí volvía a estar normal.

—Así que sea lo que sea que tenga debajo, es lo que ha hecho esos agujeros—Dedujo Evongel, serio y pensativo, con los labios compungidos en preocupación.

—¡¿Y porque cerraste los ojos?!—Le reclamó Rachel, alzando la mano en ademán de golpearle—¡Pudiste haber visto lo que tiene! ¡Lo que me ha hecho dos malditos y carísimos hoyos en el techo!

—¡Y-yo qué sé! ¿Por respeto? ¡Yugi prefiere quedarse desnuda a quitarse el gorro!—Entrecerró los ojos y le dirigió una mirada afilada que no hizo más que enervar el enfado de la anciana—¿Es que acaso tu sí hubieras mirado, vieja decrepita?

Evongel los dejó peleando para dirigirse a la cabina del conductor, donde Tristepain observaba, algo nerviosa, su fab'hurito.

—Mírala, Ev—Dijo, volteando a verlo—, le pasa algo.

En efecto, la demonio movía la pupila de su único ojo de un lado a otro, mirándolo todo sin ver nada, se escuchaban aspavientos venidos de ninguna parte y toda ella, desde su mango hasta la punta de su filo, temblaba en un estado de febril excitación.

—No la toques—Advirtió el ocra, deteniendo en el aire la mano de su esposa—, ahora es peligrosa.

—Pero si es Rubilix, ella no me haría daño.

—Solo, no—Evongel le tomó la muñeca, frente a su aparente obstinación y su mirada que variaba entre la súplica y el desconcierto—. Hazme caso, por favor.

La guerrera le miró, después dio un vistazo de reojo a su prótesis, se entretuvo en el magma que burbujeaba bajo la carne pétrea, en las vetas fulgurantes y tuvo que morderse la lengua para evitar el mohín en sus labios. De nuevo, el rubio tenía razón.

—¿Y Chapuza?

Como única respuesta Tristepain le mostró el cilindro donde solían resguardar a la mencionada fab'hurito antes metido en su bolsillo, este se agitaba, se revolvía, agitando las borlas negras con plumas de falso fénix en los extremos; era obvio que Chapuza no se encontraba conforme con su encierro.

—Empezó a darme mal rollo, así que la metí aquí.

—Bien—Evongel le liberó la extremidad, alcanzado por la repentina serenidad que le provocaba siempre el saber que su mujer confiaba en él lo suficiente como para frenar sus instintos—, déjala en algún lado; que no la cojan los niños.

Y ya entonces Evongel hizo entrar a sus hijos, a Yugi y Azui, encargó a Amaël que le preparase una infusión a la joven para relajarla y poder así devolverla a la realidad que ni si quiera los infantiles juegos de carreras entre los arboles le habían hecho llegar, tranquilizó a Rachel con la promesa de un techo nuevo en cuanto llegaran a Bonta, ocupó a Tristepain con la vigilancia de los hermanos para alejarla de la tentación de la demonio y, una vez sintió que todo volvía a una relativa calma mientras la caravana se encendía e iniciaba de nuevo el recorrido, se permitió investigar el escenario de la discordia.

Así que allí estaba, recogiendo muñecas sadida que se volvían semillas en cuanto las rozaba con los dedos, moviéndose entre ramas y raíces, esquivando espinas y astillas por igual, cargando en su mano izquierda un matojo de flores aguamarina arrancado de la madera del suelo, allá donde Amaël encontró a Yugi, el mismo lugar donde ella descargó su aliento y posó sus palmas, brillantes en wakfu.

Una vez revisado todo, Evongel escudriñó los hoyos en el tejado, grandes, alargados, aunque delgados, se fijó entonces en los bordes quemados de la madera y lo conectó con los tablones carbonizados que había regados por entre las lianas. A continuación miró las plantas en su mano, las primeras que había visto con esa apariencia tan etérea (y para alguien que se había criado en el Reino Sadida, paraíso floral, eso era algo a tener en cuenta), sus hojas formaban remolinos amplios pese a su estructura fina y cada espécimen poseía una única flor en forma de pompón de brillo celeste que mantenía un movimiento oscilante y calmo frente a la falta de viento.

Eran cálidas y carecían de olor, pese a que en cuanto acercó su nariz para comprobarlo se encontró con la sensación de que un aire más puro le recorría la tráquea y le purgaba los pulmones de cualquier inmundicia que pudieran albergar sus alveolos.

Abrió la bolsa que tenía atada a la cadera y metió dentro las flores junto con las semillas de sadida y se preparó para bajar, haciendo una lista mental y extensa de lo necesario para limpiar aquella habitación que adjuntó a la ya hecha que recogía los destrozos.

OOO

—¿Qué tal vas, Rubi? ¿Más calmada?

La espada tardó algo en responder, había cesado en ella tanto el temblor perpetuo como los jadeos profundos, pero seguía moviendo su pupila fina con premura y cierta exaltación.

—Sí, pero quiero matar algo, necesito matar algo.

—Sabes que no puedes matar cosas, eh, bueno—Se colocó la mano protésica en el mentón, agarrándose el codo flexionado con la otra, en una pose pensativa que culminaba en su entrecejo fruncido—. Nop, ahora no puedes matar nada, tendrás que esperar.

—¡No puedo esperar! Tengo que descuartizar, degollar, cortar, desmembrar, aniquilar, deshuesar, despedazar, mutilar ¡Tengo que destruir!

La yopuka se permitió un momento de reflexión, allí, enfrente de su fab'hurito colgada de la pared de la cabina de conducción, con la pupila negra ardiendo en la sed de sangre que Tristepain no le había visto desde sus primeros años.

—Mmm… Supongo que esas cosas sí puedes hacerlas.

—¡Sí~!

Y tras eso soltó una risa maniaca que hizo sonreír a su compañera, porque la carcajada le resultó graciosa y le gustaba verla feliz.

—Ahora voy a cogerte, pero no me poseas ¿Vale?

—No prometo nada.

Rubilix quiso soltar una sonrisa resentida, pero su falta de labios no le permitió el gusto. Hacía tiempo ya que el alma de Tristepain se había vuelto infranqueable, que su voluntad férrea no podía ser doblegada por sus burlas y promesas vacías de fuerza titánica, también se ha de añadir, aunque nunca lo rebelará, que ella posiblemente se hubiera ido ablandando con el paso de los años y que quizás, solo quizás, haya desistido en su empeño de dominar cuerpos ajenos para dedicarse al simple placer de la vida familiar.

Quizás, solo quizás.

La de melena anaranjada la cogió del mango con la mano protésica y la retiró de su lugar en la pared, donde habían clavado dos pequeños bloques de madera con el fin de colocarla, como método de que pudiera ver el camino a través de la cristalera en momentos de reposo.

La yopuka al instante sintió un ardor más intenso que las veces anteriores y notó también un pequeño calambre que le dejó el brazo rígido medio minuto. Podía empatizar con las ansias destructivas de Rubilix, ardientes e intensas como la llamarada de un dragón; durante un momento se alarmó que se le contagiaran.

—Rubi—Llamó, en advertencia.

La fab'hurito no le hizo caso.

—Vamos a comernos el mundo.

Tristepain la observó con algo de duda.

¿Es qué ahora tiene hambre?

Ingresó al compartimento central en dirección a la trampilla de la guardilla, mas sus andares decididos llamaron la atención del rubio ocra, que desde su lugar, sentado al lado de Yugi en uno de los sillones junto a la ventana, le dirigió una mirada de desconfianza a la espada.

—¿A dónde vais?

—Arriba—Respondió con simpleza, ignorante al tono inquisitivo de su marido que guardaba bajo la lengua cierto recelo a la demonio inquieta—, Rubi necesita liberar algo de energía y pues pensé en cortar las plantas.

—¡No!—Exclamó el rubio, alzándose de forma repentina y tomando por sorpresa al resto, también distribuidos por la sala: Yugi, Amaël y Rachel acomodados como él en los asientos, Evole y Flapén alimentando a Azui con bayas que el príncipe les trajo del bosque y la selatrop les confirmó que podía comerse.

La guerrera yopuka se detuvo a un paso de la escalera, mirándole al tiempo que Rubilix le tironeaba del brazo.

—¿Por qué?

—Porque vas a terminar de devastarla—Le explicó, con voz calma—. Mejor ve afuera y corta un árbol o rompe una piedra.

De pronto Amaël se giró a encarar a la de pelo anaranjado, con una mirada aguda de penetrante caoba.

—No toques a los árboles, ellos no te han hecho nada.

Tristepain torció el gesto, mas la resignación le duró tres segundos antes de volver a sonreír con altanería.

—Pues vamos a buscar piedras.

—¡Yo voy contigo, mamá!

—No—Intervino Evongel, antes de que Tristepain diera el visto bueno a la compañía de Evole—, es muy tarde; te quedarás dentro.

—¡Pero papá-

—Pero nada.

Tristepain observó el alzamiento indignado de su hijo, sus dientes apretados y sus puños tensos, mirando con infantil aunque creciente rabia al rubio. Detrás de él Flapén permanecía arrodillada, con Azui sobre el regazo y la mano derecha repleta de frutos, el yopuka había tirado los suyos al suelo al levantarse y Evongel ya temía que los pisara y ensuciara la alfombra.

Enternecida por su pronta determinación, la guerrera yopuka miró a su marido, mientras disimuladamente apretaba Rubilix, que con avidez se removía entre sus dedos.

—No pasa nada, Ev, puede venir si quiere.

El mencionado le dirigió una daga silenciosa con sus ojos verdes y Tristepain se mordió la lengua, sin poder disfrutar del grito de victoria de Evole, que empezó a bailar, aplastando bayas con sus pies y tiñendo la tela del suelo en rojo y azul.

—Vais a pagarme la tintorería—Fue el seco comentario de Rachel, demasiado cansada para seguir gritando después de toda una tarde de estar aguantándose las taquicardias y de conducir más de cuatro horas soportando las quejas de una sádica fab'hurito antes de la pausa en la que se encontraban—o una alfombra nueva, lo que sea más caro.

—Evole, te vas a quedar dentro.

—¡Mamá ha dicho que puedo ir!

—Mamá se equivocaba ¿Verdad?

Entonces Evongel clavó sus irises en Tristepain y esta pudo ver claramente el prado verde salpicado por tréboles que su marido tenía en los ojos, llenos de determinación y el mensaje implícito de una conversación incomoda en el caso de llevarle la contraria.

Y no es que Tristepain le temiera al rubio o a sus palabras, unas veces dulces y reconfortantes como la manta con la que arropaba a sus hijos, otras afiladas y dolientes como sus proyectiles. Pero había en su interior, alojado allí entre su pulmón izquierdo y el corazón, algo que le pinchaba, un ser inidentificable que crecía y le oprimía desde dentro los órganos, haciéndole la respiración pesada y el latir errático. Una sensación incomoda que le agriaba el gesto y la dejaba removiéndose el resto del día, algo que solo se activaba cuando su esposo la miraba así.

Con decepción.

Desilusión, quizás.

Y diciéndole, sin hablar.

Así no actúa una buena madre.

Por lo que lo único que hizo Tristepain fue mirar a Evole, sonriéndole con la palabra "Perdón" escrita en los ojos, causando la instantánea pérdida de energía en el chico, que bajó los hombros y abrió la boca, con ánimos de lamentarse.

—Hoy mejor quédate, ya vendrás otro día.

—¡Pero quiero ir!

—¡Yopuka idiota! ¿¡Vas a llevarme afuera o qué!?

—Sí, sí, ya voy.

La guerrera salió de la caravana.

Evole gruñó desde el fondo de su garganta y corrió a encerrarse tras la primera puerta que vio.

Flapén solamente se preguntó si su hermano sabía que se había metido en un armario.

OOO

La noche era plácida, la luna lo teñía todo en plata y el rumor de la brisa escondiéndose entre el follaje complementaba el estruendo de las rocas despedazándose por las ansías asesinas de una espada con complejo de bola de demolición.

Habían destrozado a golpes el equivalente a tres crujidores. Con las primeras doce piedras fue suficiente para liberar el exceso de energía en Rubilix, el resto fue más por capricho de Tristepain, quien también empezó a sentirse algo tensa.

El camino de vuelta resultaba agradable, así que la yopuka lo alargaba sin darse cuenta: andando en pasos pequeños, lentos; siguiendo un imaginario camino entre los árboles en vez del marcado sendero, retrocediendo a investigar destellos inventados por la luz nocturna, disfrutando con parsimonia del viento y la relajación de Rubilix que se extendía por su propio cuerpo.

Su paz repentina se mantuvo hasta avistar el vehículo tras el próximo par de castaños y notar al mismo tiempo que Evongel la esperaba apoyado en uno de ellos, de brazos cruzados.

—¿Ya se ha calmado?—El ocra esperó a que llegara junto a él antes de preguntarle. Tristepain sabía que la había descubierto mucho antes de que ella lo hubiera visto a él.

La guerrera asintió, indicándole con la mano que hablara más bajo, señalando después a su arma. Evongel recayó en el parpado cerrado, el leve aleteo del mango y el suspiro ocasional que se confundía con la nana del bosque, sonrío entonces, algo incrédulo, bastante divertido.

Se ha dormido.

—Está tan cansada ¿De dónde habrá sacado tanta energía?

—No lo sé—Respondió y odió hacerlo, porque se suponía que él es quien sabía las cosas, quien las analiza y disecciona hasta dar con la explicación que arroja luz sobre todo—. Ya te lo dijo, ni ella misma lo entiende.

—¿Has hablado con Yugi?

—Sí—Descruzó los brazos y cerró los ojos; los problemas se le acumulaban y su instinto le anunciaba que los venideros no serían más fáciles de resolver—, pero ella tampoco ha dicho mucho, aún está algo…—Voleó la mano derecha en el aire, enredado en sus pensamientos.

—¿Ida?—Propuso, dejando a Rubilix en su cinturón y apoyándose en el mismo tronco que su marido, hombro contra hombro.

—Eso, gracias—Le sonrió de lado, mas pronto le volvió el ceño fruncido—. Solo recuerda que se sintió ahogada en fuego. Tampoco ha visto esta flor nunca—Sacó un tallo de la bolsa en su cinturón; sus hojas relucían con luz propia, semi transparentes bajo el foco plateado de la luna, más delicadas que nunca. La flor de pompón seguía su pendular danza; a Tristepain la hipnotizó su fulgor de estrella azulada—, ni Amaël ni Rachel la reconocen, no tenemos idea de dónde pueden haber salido. Ah, además, Yugi nos ha dicho que ella no invocó ningún portal después de quedarse inconsciente, al menos, no apropósito.

La noticia desconcertó a la yopuka, la luminiscencia de la flor les tintaba las expresiones de azul a ambos, Tristepain tenía los orbes pálidos matizados en celeste y cargados de interrogantes. Evongel no habría deseado nada más que poder contestarlos todos.

—¿Entonces no fue ella la que nos llevó al desierto ese?

—No.

—Tampoco nos metió en las cuevas—El rubio le instó a que siguiera—, ni nos sacó de ellas… Al menos, sí que son suyos los portales que nos han estado ayudando a avanzar más rápido—Compuso una sonrisa que apenas se le sostenía en las mejillas morenas—¿Verdad?

—No.

La sentencia cayó sobre los dos con el peso de una piedra directa al cráneo.

—Me preocupa.

—¿El qué? ¿Yugi, los portales o la caravana, que se ha parado tres veces?

Evongel la miró de soslayo, entre divertido e irritado.

—No sé si que lo pongas en palabras me ayuda a sentirme mejor.

La yopuka parpadeó dos veces antes apoyar la cabeza en su hombro, estaba tranquila; el rubio le tuvo cierta envidia.

—Al menos llegaremos a Bonta mañana, es un alivio. Podrán revisar a Yugi, se arreglará la caravana, conseguiremos un barco… Aunque no sé si debamos volver a fiarnos de los portales, lo más seguro sería hacer el resto del viaje sin parar; estaríamos en la ciudad justo después de que anochezca.

—¿Y pasar la noche allí?

—¿No te gusta la idea?

—Ah, no no, yo no tengo problema.

—Eso sí, los niños se agobiarán.

—No te preocupes—Se frotó contra su cuello—, yo me encargaré de que no se aburran.

La flor continuaba su bamboleo sostenida por los dedos del ocra, a este comenzaba a estresarle. Soltó un bufido amargo, resignado a las dudas que le fisgaban la cabeza.

De pronto Tristepain tomó el tallo fosforescente, el rubio dejó suelta la planta que su esposa acabó acercando a su pecho.

—Es rara—Rozó el pompón celeste con el dorso de la mano, se sorprendió al instante por el tacto, le fascinó—. Oh~ y suave.

Evongel se percató entonces del movimiento en la prótesis, el temblor que recorrió el antebrazo e inició un resquebrajamiento leve, casi imperceptible, donde se adivinaba el escarlata del magma acelerándose bajo la piel regía.

—Mejor no te la acerques demasiado—Dijo, precavido, cogiendo de nuevo la flor. Tristepain no se resistió, aunque sí que le dedicó una expresión confusa—. Hace reaccionar a tu brazo derecho.

La yopuka le restó importancia y estiró sus extremidades en un movimiento parecido al de los miaumiau al despertar, pero carecía de la elegancia con la que lo hacían los zurcarák, así que en ella se vio torpe en vez de sexi y perezoso en lugar de tentador. Estaba cansada, con el cuerpo pesado, como si su energía también hubiese huido de su alma junto a la de Rubilix.

—¿Tienes sueño?—Evongel guardó la flor, perdiéndose el bostezo que hubiera servido como confirmación, aunque sí pudo oírlo—Volvamos con los demás.

—Sí, será lo mej—Se detuvo, mordiéndose la lengua, tensa su espalda, rígidos los hombros—La verdad es que preferiría quedarme aquí un ratito, ya sabes, disfrutar de la noche, quizás perseguir alguna araña…

El rubio le alzó una ceja para posteriormente separarse del castaño, encarándola con su mirada suspicaz a la que la noche imbuía un destello de fiera al acecho. No le hizo falta más que fijarse en los orbes marrones para que las emociones de la mujer fluyeran de ellos como un río caudaloso.

—¿No quieres ver a Evole?—Aventuró, sin sorprenderse. Los parpados le bajaron en un gesto de entendimiento, pese a ello Tristepain sintió como se le crispaban los nervios; no era necesario que asintiera, el ocra ya sabía que había acertado.

—Sé que está enfadado conmigo—Reveló, la cabeza gacha, apoyada la frente en el pecho del rubio, quien colocó una mano sobre su melena.

—No lo está—Aseguró, su voz era suave, un murmullo que a Tristepain le arrulló el oído—, soy yo quien le prohíbe las cosas.

—Pero yo no lo defiendo.

Evongel suspiró, el aliento se deslizó por las hebras anaranjadas de su esposa. El rubio le tomó la cabeza, alzándola; la luz lunar perfilaba los rasgos angulosos del ocra, le blanqueaba el corto flequillo y colocaba fuegos fatuos en sus esmeraldas, las pecas destacaban como oro sobre arena, Tristepain se perdió entre ellas.

—Eres una buena madre—Le acarició las mejillas con los pulgares, sincero y cariñoso—, Evole lo sabe, no podría odiarte, te adora.

—Me adora—Repitió, hechizada.

—Claro que sí—Juntó sus frentes, de cerca los ojos de Tristepain le parecían siempre más claros—, eres su diosa—Sonrió—, literalmente.

La yopuka se sintió al instante aliviada, ligera, le agradeció con un beso los ánimos. Los labios de Evongel eran blandos, carnoso el inferior, fino el superior, delicados y demandantes, encajaban con los suyos y le recorrían la piel; dulces en el cuello, bravos en el hombro, dejaban paso a los dientes al llegar al pecho.

Pronto estaban en el suelo.

Sería cosa de la luna.

OOO

—¿Cuánto tiempo hasta el santuario?

—Puede que seis jornadas, cuatro si nos apresuramos.

—Lo ideal sería hallar a otros compañeros en el transcurso del viaje.

—No creo, quizás los alteraríamos, no es recomendable revolucionar comunidades como la nuestra.

—Me creo incapaz de guardar para mí tal experiencia.

—Yo no te pido que lo calles, solamente que persistas hasta alcanzar a hablar con uno de los regidores.

—Ya puedo augurar sus sonrisas.

—No estoy muy seguro de que lo que nos muestren sean sonrisas.

OOO

—¿Lo has visto? Esas flores… Cuanto tiempo hace que no las veía. Antes solía regalártelas ¿Te acuerdas?

—Cómo para olvidarlo, siempre lo convertías en un espectáculo.

—No podría ser de otra forma; la vida debe ser un espectáculo. Aunque ahora que lo pienso ¿Por qué dejé de hacerlo?

—Porque aunque no lo parezca has ido recuperando el juicio con los siglos, además, aquí no hay tierra donde plantarlas.

—Me dabas unas sonrisas muy bellas… Tan bonitas como las flores.

—No sigas con ese aire melancólico.

—¿Ya ni puedo sentir nostalgia?

—Los sentimientos de añoranza son demasiado humanos, los dioses no debemos caer en ellos: es peligroso.

—Más daño hace olvidar.

—Ese es uno de tus problemas, para ti tiempo pasado siempre fue mejor.

—Lo que tú llamas "problema", yo lo considero virtud.

—Para un loco cualquier manía es virtud.

OOO

—La~ La~