Disclaimer: El tío Mickey me prestó sus personajes para jugar un ratito, con la condición de que se los devolviera tal y como me los dejó. ¡Qué ratón tan simpático! :D
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Mientras se encuentra de viaje en las Islas del Sur, la pequeña princesa de Arendelle se atreve a recorrer el castillo real. Pronto descubrirá que tras esas paredes, se esconden más secretos de los que imaginaba.
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Día 20
Prompt: Infancia
Género: Friendship/Hurt/Comfort
Palabras: 984
Rating: K
Propuesta de: Dark J. Marshmallow
Nieve de verano
Elsa miró como su madre acunaba a su hermana pequeña en sus brazos, riendo con delicadeza para no despertarla de su siesta. Se encontraban en el saloncito privado de la reina Ingrid, soberana consorte de las Islas del Sur, nación a la que habían viajado por una cuestión de negocios de su padre. A él hacía varias horas que no lo veía, desde que se había ausentado en el despacho del rey vecino; un hombre demasiado mayor para estar casado con la guapa mujer pelirroja que la había tomado de la mano nada más entrar en el palacio.
—Apuesto a que serás una jovencita muy hermosa cuando crezcas —la halagó, peinando un mechón de su cabello rubio con la mano—. Estoy segura de que serías del agrado de mi pequeño hijo. ¿Sabes? Yo nunca pude tener una niña.
Lo único que la princesita había pensado en ese momento, era que la reina debía tener una extraordinaria mala suerte. Tener tantos hijos y ni una sola niñita sonaba como una desgracia terrible. Sus padres decían que la descendencia de Sus Majestades era numerosa.
Había visto a algunos niños y jóvenes de cabello rojo vagando por los pasillos y jardines, pero a ningún chico pequeño. Y lo peor, es que comenzaba a sentirse aburrida.
—Mamá…
—Ahora no, cariño —Idún acaricio brevemente su mejilla para volver a adentrarse en la plática con su compañera.
Pocas veces tenía oportunidad de convivir con otras mujeres de la realeza.
Viendo que sería ignorada por el resto de la tarde y harta de comer las pastas que reposaban junto a la bandeja de té, la pequeña se levantó y salió sigilosamente de la estancia, ansiosa por explorar.
El castillo de las Islas del Sur parecía aún más grande que el de Arendelle, apuesto a que también contaba con pasadizos secretos.
De manera silenciosa, Elsa recorrió un largo pasillo y luego subió dando saltitos por la escalinata que encontró al final. Hacía tanto calor, ojalá pudiera crear un poco de nieve como hacía en casa, pero sus padres le habían dicho que sería mejor evitar cualquier demostración de sus poderes, ya que los sureños no estaban familiarizados con la magia.
Era tan injusto.
Un sollozo rompió el silencio y la niña se volvió hacia la puerta entreabierta que se encontraba a pocos pasos de ella. Echó un vistazo al interior y descubrió a un chiquillo de cabellos rojizos que lloraba desconsoladamente. En el suelo yacía un caballo de madera y a un lado una espada de juguete, que lejos de llamar su atención parecían haber sido arrojadas en un arrebato de furia.
Elsa abrió un poco más la puerta, ocasionando un rechinido y el niño se volvió a mirarla, sobresaltado. Tenía el rostro lleno de pecas y muy colorado de tanto llorar. Era un poco mayor que ella, tal vez de siete u ocho años. Nunca había jugado con nadie que la sobrepasara en edad.
—¿Por qué lloras? —le preguntó, inocentemente.
La cara del chico pasó del desconcierto al enojo, y lo vio limpiarse bruscamente sus lágrimas con la manga de su chaqueta, negándose a mirarla.
La pequeña princesa parpadeó con sorpresa. ¡Qué maleducado!
—¿Quién eres tú? —preguntó el niño, hoscamente.
—Mi nombre es Elsa de Arendelle —saludó ella, haciendo una adorable reverencia, justo como le había enseñado su madre—. ¿Y el tuyo?
El chico la examinó con suspicacia, reacio a responderle. Pero finalmente le contestó de mala gana.
—Hans.
—¿Por qué estabas llorando, Hans?
—¡No estaba llorando! —negó él, avergonzado.
—Yo te vi.
—¡No es verdad! —el pelirrojito se cruzó de brazos, obstinadamente.
—Las mentiras son algo muy feo —la rubia se animó a entrar en la habitación por completo y lo observó con el ceño fruncido—. Además, tienes los ojos hinchados.
Hans se frotó los ojos con las palmas de sus manos, como si con eso consiguiera disimular. Luego bajó la vista hacia el caballito de juguete, lo tomó e hipó.
—Ninguno de mis hermanos quiere jugar conmigo —confesó con tristeza—. No entiendo porque nunca me hacen caso. Los odio a todos.
—Que dices, ¡pero si son tus hermanos!
—Yo los odio.
Una lágrima volvió a bajar por la mejilla del niño y él intentó limpiarla disimuladamente. Elsa sintió que el estómago se le encogía. Ese debía ser el hijo menor de la reina Ingrid, ahora comprendía porque no lo había visto antes. Al parecer los mayores no lo incluían en ninguno de sus juegos.
Deseó poder hacer algo para alegrar al príncipe, ¿pero qué? Fue entonces cuando tuvo una idea.
—No llores —le pidió, sin conseguir que él alzara la vista—. Yo jugaré contigo si quieres. Mamá tampoco me hace caso. Podemos hacer un muñeco de nieve.
El principito la miró con el ceño arrugado.
—¡Es verano! —le espetó de mala manera.
Elsa movió entonces sus manitas y cuando una nevada ligera se manifestó por encima de sus cabezas, los incrédulos ojos del niño se abrieron como platos. Ahí, frente a él, había nieve de verdad. Se acumulaba en los rincones y caía en forma de copos por todo su dormitorio, como si estuviera soñando. Por un momento tuvo ganas de pellizcarse para convencerse de que aquello era cierto.
¿Cómo era posible? ¿Qué clase de truco era aquel?
—¡Es magia! —Elsa respondió como si intuyera lo que estaba a punto de preguntar, esbozando una sonrisa que iluminó su delicado rostro— ¿Hacemos un muñeco?
Y en un instante todas las dudas dejaron de importar. Hans se olvidó de sus hermanos y dejó que la chiquilla lo empujara sobre la nieve, sobre la cual se revolcaron en medio de risas. Se deslizaron encima del montículo que cubrió su cama e hicieron ese muñeco del que tantas ganas tenía. Elsa debía ser la niña más increíble del mundo. Su magia y su alegría llenaban de luz la habitación.
Aquella tarde sería inolvidable para los dos pequeños príncipes.
Nota de autor:
Ignoren el título tan patético de esta viñeta y vamos a centrarnos en el tierno contenido. Siempre me he preguntado si en su infancia Hans y Elsa no podrían haberse encontrado, antes de que ella tuviera el accidente y todo eso; sin duda sería una posibilidad interesante. *-*
Es hermoso volver a ver a la niñita alegre que era antes de eso, a veces también me digo que me habría gustado verla crecer sin su trauma, jugando con sus poderes y siendo una muchacha con más confianza en sí misma. Pero no, tenía que llegar Anna a arruinarlo todo. u_u Y bueno, de mi pelirrojo que se puede decir, su niñez debió haber sido muy duro para convertirse en el psicópata que es. :( Es lindo imaginar al niño inocente que alguna vez pudo haber sido, ¿no creen? (Aunque si hubiera crecido como el típico príncipe perfecto y encantador, pensaría que es un marica en lugar de adorarlo tanto. Así es la tía Frozen, ¡un nido de incongruencias! xD).
Guest: I know, Elsa as an elf is an ideal concept, she is so beautiful and elegant that I can not imagine her embodying another creature. : 3 I assure you that both she and Hans will live the greatest adventures in that medieval world, hahaha.
Mañana tenemos un prompt muy competitivo, ¿se imaginan lo que sucederá en él? ¡Tengan una maravillosa semana!
