El olor a hospital, aunque no le era ajeno, nunca le había agradado del todo, y ahora con sus sentidos superdesarrollados a veces se volvía francamente insoportable. Pero no ese día.
Ni siquiera el hecho de que su madre fuera la jefa de enfermeras le ayudó a Scott a dejar de marearse con el penetrante olor a desinfectante, que ahora no sólo le revolvía el estómago sino que además a veces lograba marearlo. Sin embargo, en ese momento su mente estaba en cualquier lado menos en el hecho de encontrarse sentado en la sala de espera de la clínica, rodeado de un grupo de adolescentes sobrenaturales que lucían igual de preocupados que él.
Y no es que no lo apreciara, pero como alfa, con sus sentidos aún más desarrollados que los de los demás, era capaz de captar con más finura los sentimientos que los demás exudaban, entremezclados con los suyos propios, y eso lo estaba volviendo loco, quería subirse por las paredes, arrancarle la cabeza a Ethan por sentir que su mejor amigo estaba a punto de morir, gritarle a cada médico y enfermera que pasaba frente a él.
Pero se contenía, porque sabía que no era culpa de nadie, que su amigo tenía algo, que algo le había pasado y que ninguno de ellos pudo haberlo previsto. Se contenía porque sabía que su comportamiento era culpa de su desesperación, de su impotencia, que se habían instalado en su pecho desde el primer grito que escuchó salir de los labios de su hermano.
Ya llevaban más de tres horas desde que habían llevado a Stiles al hospital y los médicos aún no lograban saber qué era lo que tenía; todos decían que, salvo el hecho de estar inconsciente, no había nada mal con él. Y si era así ¿por qué carajos no despertaba? ¿por qué no se levantaba de esa cama, salía del cuarto con una sonrisa socarrona en los labios y decía que todo había sido una broma?
Lydia le puso la mano en el hombro y Scott volvió la cabeza para mirar a los demás. Ethan, Liam y Malia podían oler sus emociones y verlo tan cabreado los había puesto en posición amenazante y además derrotada, como si no quisieran ni siquiera moverse para no provocar su ira y al mismo tiempo estuvieran listos para saltar a la yugular del primer incauto al que se le ocurriera decir algo.
Su mirada triste se posó en Kira y ésta lo interpretó como una señal de que podía acercarse, así que salvó la distancia que los separaba para abrazarlo y ahí fue donde Scott sintió que se venía abajo. Aunque no estuviera dispuesto a demostrarlo con una imagen física de esa situación, por dentro se sentía a punto de llorar de frustración.
—Chicos —dijo luego de un momento, tratando de imponer fuerza a sus palabras— relájense, no podemos arriesgarnos a que nos saquen de aquí sin saber qué es lo que le pasa a Stiles.
Los otros asintieron y siguieron el ejemplo de su Alfa, que se sentó en pose firme pero tranquila, dispuesto a esperar por alguna noticia que pudiera, por fin quitarle el nudo que se le había instalado en la garganta. Lydia había dicho que no sentía a la muerte venir por él, pero eso no significaba que dejara de preocuparse por su amigo, sino todo lo contrario, porque quería decir que no sabían lo que le pasaba ni a dónde lo llevaría, y la ignorancia, quién lo diría, lo estaba volviendo loco.
Liam se sentó al otro lado de Scott, por lo que quedó entre él y Kira, ambos colgados de su brazo, como buscando en él un consuelo que no lograban encontrar por sí mismos. Ethan estaba junto a Danny, tomado de su mano y con la vista fija en el piso con expresión concentrada. Malia estaba junto a ellos con la frente recargada contra las manos y el cabello enmarcando su rostro, mientras que Lydia se recargaba contra la pared, evitando taconear para mostrar su desesperación porque sabía que eso sólo pondría más nerviosos a los demás.
—Por favor, díganme que alguien más vio lo mismo que yo —dijo Ethan luego de un momento, despegando la vista del piso para mirar a los demás.
Scott clavó sus ojos en los del beta, con una mirada que le confirmaba al gemelo que sí, lo había visto, pero que no fuera por ese camino por ahora. Pero no todos eran lobos y no todos debían someterse a las órdenes de Scott.
—Lo vi… —dijo Lydia, ajena a la discusión silenciosa entre el alfa y el beta— le brillaron los ojos ¿cierto? Como a ustedes cuando se transforman.
—Pero eso no es posible. Stiles no es como nosotros —dijo Liam, mirando a la pelirroja y luego a Scott con confusión.
Scott iba a replicar, pero en ese momento regresó el Sheriff, quien había salido para traer café para todos. Por lo menos eso era lo que había dicho, pero ya había tardado cerca de media hora, por lo que a todos les quedó claro que en realidad John Stilinski se había ido porque necesitaba tiempo a solas.
—Oigan, les agradezco mucho que hayan venido —comenzó a decir el hombre—, prometo mantenerlos informados, pero creo que lo mejor es que vayan a descansar.
Cinco pares de ojos se posaron sobre Scott, que se había tensado al escuchar el comentario del padre de Stiles. Sus ojos estaban rojos y su pose era de amenaza, casi mostrando sus colmillos y garras. El sheriff lo miró extrañado y un poco temeroso cuando los otros lobos también se pusieron agresivos. Por fortuna Scott se dio cuenta de la situación, así que les rugió a los otros en una orden de sumisión para después regresar a su posición relajada de antes.
—Lo lamento, Sheriff, pero ninguno de nosotros se moverá de aquí. Stiles es parte de la manada y nosotros nos cuidamos mutuamente.
John asintió con movimientos lentos, poco convencido, pero no hizo otro comentario tratando de alejar a los chicos del hospital. Scott se atrevió a espiar un poco las emociones del hombre y encontró enojo, pero sobre todo miedo, un pánico asfixiante de perder a su hijo. Scott podía entender eso, lo que provocó que se arrepintiera de la manera agresiva en cómo había reaccionado. Para el Sheriff no debía ser fácil enfrentarse a la muerte día a día en su trabajo, pero debía ser más difícil aún saber que tu hijo, la única familia que te quedaba, también estaba haciendo lo mismo, y que el peligro que enfrentaba era mucho más letal que el suyo propio.
Ese miedo lo entendía bien, suponía que era el mismo que el que su madre sentía cada vez que una nueva amenaza se cernía sobre ellos, pero en John Stilinski el miedo también llegaba por otras razones. Desde hacía mucho tiempo sheriff e hijo eran uno solo contra el mundo, se apoyaban mutuamente, se defendían y cuidaban el uno al otro, y si Stiles moría su vida se volvería vacía, más solitaria de lo que ya era. John Stilinski ya había logrado vencer la depresión una vez y no estaba seguro de poder hacerlo de nuevo.
A Stiles lo tenían en una sala especial a la que no era posible acceder sin autorización y ni siquiera el hecho de que su madre fuera la jefa de enfermeras y el padre de Liam uno de los médicos residentes había logrado que alguno los dejara pasar, pues estaba en observación continua y absoluta.
La noche ya estaba sobre Beacon Hills cuando por fin decidieron pasar a Stiles a un piso adecuado para poder tener visitas. No hizo falta que el médico les dijera que no podía haber tanta gente en el cuarto, porque a todos les importó poco e hicieron hasta lo imposible por quedarse junto a su a amigo en todo momento. John y Melissa intercambiaron una mirada de entendimiento, por lo que intercedieron por los chicos para obtener el permiso, que al final les fue concedido.
—Mamá —dijo Scott cuando la enfermera iba a salir de la habitación —sé sincera y dime qué es lo que saben.
Melissa miró a su hijo a los ojos con esa mirada de comprensión materna, que en realidad dirigía a todo el mundo, antes de responder.
—Sabemos lo mismo que antes. Su cuerpo está bien, su corazón y cerebro no muestran señales de daño. Sólo está dormido.
—¿Y no tienen formas de hacerlo despertar?
—Sería peligroso, lo mejor es esperar a que lo haga por su propia cuenta.
Scott asintió y miró a su madre irse rumbo a su puesto de trabajo, con el corazón en un puño por no haber podido obtener respuestas tampoco de ella. El alfa no necesitaba mucho de los doctores para saber más o menos el estado de su amigo, ya que su oído superdesarrollado le dejaba saber exactamente que su amigo estaba dormido y que no estaba experimentando ninguna clase de dolor, pero había algo en la oficialidad que lo hacía todo más creíble y en esos momentos sentía que necesitaba de un médico que pudiera decirle lo que sus sentidos ya sabían pero su cerebro paranoico se negaba a aceptar.
Desesperado, sacó su celular y escribió un mensaje para Alan Deaton a toda prisa, contándole lo que había pasado. Ya al final añadió una última cosa, que seguro haría que el veterinario se quedara sin palabras: "Antes de desmayarse, los ojos le brillaron".
El sonido de una bala disparada no con la suficiente precisión rompió el apacible silencio en el que se encontraba el bosque nocturno de Bacon Hills. La mujer a la que disparaban giró el cuerpo un poco para intentar ver a su atacante pero no logró ver mucho a través de la bruma y la oscuridad, además ese bosque no era su territorio, no lo conocía, así que temía perderse.
La mujer estaba desnuda de la cintura para arriba, con sus impresionantes senos moviéndose al aire en una naturalidad sobrenatural, como si una fuerza gravitatoria diferente a la terrestre común los mantuviera erguidos, erectos casi, sólo un poco cubiertos por dos cortinas de cabello de un rubio brillante y llamativo, platinado al punto de ser casi blanco y del cual la luna arrancaba destellos cada pocos segundos.
Una nueva bala acertó a pocos metros de sus pies y tomó eso como una señal de que ya había estado demasiado tiempo parada en el mismo lugar. Emprendió una carrera por su vida que nunca creyó que debería recorrer. Nunca, porque allá en Inglaterra nadie jamás se habría atrevido a dispararle. El ronroneo constante de varias motocicletas le hizo acelerar el paso, usando su súper velocidad al máximo de sus fuerzas, que la verdad ya no eran tantas.
El primer rugido de dolor cuando una bala por fin logró darle en un brazo le sonó, incluso a sus oídos, desgarrador, intenso, asustado y furioso. Pero se obligó a no dejar de correr, porque sabía que si lo hacía estaba muerta. ¿Por qué estaban haciendo eso? Ella pensó que la dejarían tranquila, su ama le dijo que no había nada que temer en este pueblo norteamericano, ella le aseguró que estaría a salvo y que podría vivir tranquila con su naturaleza porque Beacon Hills era el faro de lo sobrenatural en este país, todo el mundo lo aceptaba sabía. Incluso le dijo que había humanos que conocían de su existencia y que los dejaban tranquilos, que vivían en armonía unos con otros.
Resultó evidente en ese momento que lo que le había dicho su ama era falso o una mentira y mientras las lágrimas de dolor salían y corrían por sus mejillas, un sentimiento de ultrajada traición se instaló en su pecho, cegándola casi por completo. No se dio cuenta en qué momento había pasado, pero estaba acorralada, parada frente a una pared lisa de roca, con el sonido de las motocicletas retumbando en la distancia, acercándose cada vez más.
Su pulso se aceleró, su respiración comenzó a agitarse en bocanadas de un miedo que era visible incluso en los poros erizados de su piel, en sus pupilas dilatadas y en su boca abierta en sorpresa, en estupefacta e incrédula sorpresa. Los cazadores estaban cada vez más cerca, el sonido de sus motos le estaba destrozando los tímpanos, pero sabía que era por miedo, no porque en realidad fueran sonidos fuertes. Entonces comprendió que era todo, que su final había llegado, que no tenía caso seguir luchando, porque su cuerpo había caído presa del miedo.
En un lugar no muy apartado de ahí, dentro de la habitación de un hospital, rodeada de seres sobrenaturales y un padre preocupado, una chica peligrosa sintió la presencia de la muerte atenazando su corazón, que comenzó a latir con rapidez, movimientos que fue detectado por los oídos de sus amigos, quienes se apresuraron a rodearla para saber qué pasaba. La chica pelirroja bajó la cabeza y negó con vehemencia antes de decir.
—No es aquí… es fuera… no podemos hacer nada —fue un susurro pero no hacía falta que levantara la voz para que los demás lo escucharan—. Además, por nuestro bien es mejor que esta chica muera.
Y entonces calló, guardó silencio para sentirlo. No quiso gritar, a pesar de que sentía la necesidad de hacerlo, no quiso. Porque esta chica no se lo merecía, no merecía que nadie se enterara de su muerte.
La mujer rubia se vio rodeada por una grupo de unos diez cazadores, armados con toda clase de instrumentos para matar, que la miraban serios, expectantes, sin atreverse a acercarse pero dejando claro que no había forma de escapar de ese cercó. De entre ellos, una mujer mucho mayor que ella se adelantó con pasos calmados y mirada confiada.
—¿Cómo te llamas, mija?
La mujer rubia sólo se le quedó viendo sin responder, con la rabia pintada en el rostro. La mujer mayor borró la mueca tranquila y la sustituyó por una mirada de desdén y los labios rígidos.
—¡Severo! —rugió la mujer mayor y uno de los cazadores se adelantó hasta la mujer rubia para asestarle un golpe duro con un garrote electrificado—. ¿Cómo te llamas? —volvió a preguntar la mujer a voz en cuello.
—Ana —contestó la mujer rubia desde el piso, con un hilo de sangre corriéndole por la mejilla.
—Ana —dijo la mujer mayor, paladeando su nombre— ¿qué es lo que haces tan lejos de Inglaterra, mija?
Ana no respondió al momento, sino que se le quedó viendo a la otra mujer sin comprender lo que estaba pasando ¿por qué no la mataba de una vez?
—Me dijeron que este era un buen lugar para vivir.
—¿Quién? —volvió a preguntar la mujer mayor, pero al ver que la otra no pretendía responder, volvió a gritar— ¿QUIÉN? —Ana siguió callada—¡Soténganla! —ordenó ahora dirigiéndose a los demás.
Los cazadores rodearon a Ana y la sostuvieron mientras el llamado Severo comenzó a golpearla sin parar. Unos minutos después la mujer mayor pidió que el ataque se detuviera.
—¿De verdad creíste —dijo con voz suave poniéndose a la altura—, wendigo, que te dejaríamos en paz después de haber matado a esa familia?
—Tenía hambre— contestó Ana con simpleza, un hilo de voz desgarrada y mucho cansancio.
La mujer mayor sólo asintió despacio con la cabeza, como si lo que dijo Ana fuera excusa suficiente para dejarla ir. Pero luego vino la sonrisa satisfecha de tiburón, con los dientes apretados y los ojos encendidos en ira.
—¿Dime quién te pidió que vinieras a este continente?
Pero Ana no dijo nada. No porque no quisiera, porque sí quería, deseaba con todas sus ganas soltar el nombre de la mujer que la engañó, que la traicionó, pero no podía. Su lengua había sido paralizada y aunque lo intentó con todas sus fuerzas no logró siquiera pronunciar una sílaba. Sólo pudo quedarse ahí, con las ganas de vivir sobajadas a base de golpes y disparos, de tortura sangrienta. Después de un tiempo, se encontró pensando para sus adentros que lo mejor sería morir de una vez. "¡Mátenme!", pensaba una y otro y otra vez. Hasta que por fin, luego de mucho tiempo, el dolor cesó y los golpes dejaron de importarle.
Los cazadores dejaron el cuerpo sin vida en el piso y la mujer mayor se acercó a él para examinarlo mejor. Con cuidado, casi como si quisiera no hacerle más daño, apartó el cabello platinado de los senos de la mujer y su cara expresó entonces una sorpresa aterrada.
—Volvamos a México —anunció a todos sus cazadores, para luego dirigirse sólo a Severo, con voz más baja—- Llama a Christopher, le interesará conocer a nuestra nueva a miga.
El sol rayaba el horizonte cuando por fin abrió los ojos. Al principio no sabía dónde estaba y se extrañó al comprobar que no era su cama ni sus mantas las que lo cubrían. Miró a todos lados y vio a su padre y a sus amigos rodeando la cama, todos dormidos en posiciones incómodas y no pudo evitar sonreí un poco por la estampa.
Estuvo a punto de llamarlos cuando la puerta de la habitación se abrió, dejando ver a Melissa McAll con su traje quirúrgico, mirando nerviosamente para todos lados. Al lado de ella se encontraba parado en actitud solemne el veterinario más peculiar de Beacon Hills, con su sonrisa calmada y su mueca serena de siempre.
—Hola, Stiles —saludó Deaton aún sin entrar—, me alegra que estés despierto.
El veterinario y la enfermera entraron en el cuarto con mucho sigilo, pero no por nada se encontraban en un cuarto lleno de adolescentes con súper oído. El primero en levantarse fue Scott, quien parpadeó con pesadez mirando a todos lados, para luego seguirle los demás, poco a poco.
—Jefe —dijo el alfa— ¿qué hace aquí?
Alan Deaton sonrió, dejando ver la pronunciada abertura en sus dientes frontales.
—He venido a ver a mi paciente —dijo.
