Breaden aún permaneció en el hospital algunos días más, pues sus heridas habían sido muy grandes y no despertó hasta 48 horas después de ingresar a la sala de urgencias. Derek no se movió del lugar en todo ese tiempo y la manada pasaba cada cierto tiempo a hacerle compañía o para preguntar cómo iba todo.

Stiles lo hacía con más frecuencia que los demás, pero si a Derek le pareció extraño, no dijo una palabra al respecto. De hecho, el adolescente lo notaba un poco más relajado cuando estaban ellos dos solos que cuando había otras personas alrededor, lo cual era un poco más frecuente, aunque a Stiles no le pareciera correcto. Si le preguntaban a él, Stiles creía que el hombre lobo tenía derecho a estar relajado, y si eso sólo ocurría cuando se encontraba a sola (o casi), pues los demás no tendrían por qué intervenir.

Stiles no tuvo muchos pretextos para andar por el hospital tan seguido después de haber recibido el alta, pero siguió yendo porque no quería dejar a Derek solo con sus ideas por mucho tiempo.

Ya se lo imaginaba. Durante los últimos años, Stiles había observado al mayor con detenimiento, primero por el temor que le infundía, y luego porque se había convertido en un aliado inigualable, con sus errores y defectos como todo el mundo, pero sin duda era un compañero al que valía la pena tener cerca por si surgía algún problema que fuera muy difícil de controlar.

Su escrutinio había dado sus frutos, aunque le había costado trabajo lograr que estuvieran lo bastante maduros para cortarlos. Y es que el señor "lobo amargado" Hale había puesto mucha resistencia a las dotes de observación del adolescente hiperactivo. Tan pronto como pensaba que cierto gesto significaba que estaba molesto, resultaba que también lo ponía si estaba concentrado; aquel que descubrió una vez y que había clasificado en la lista como el gesto de "te escucharé sólo para decirte que eres un idiota", lo ponía también si no te estabas portando como un idiota. En fin, Stiles había tardado un poco, pero al final supo sin lugar a dudas que podría ser capaz de leer a Derek si se lo proponía realmente, así como hacía con todos los que le importaban.

Y esa perseverancia había dado sus frutos, pues la cantidad de cosas que fue suponiendo del pobre y atormentado reducto de los Hale, era tan grande que incluso llegó a llenar un cuaderno pequeño con notas al respecto. No que fuera un obsesivo, pero uno nunca podía ser demasiado precavido y Stiles pensaba que en algún momento lo Iba a necesitar. ¿Para qué? Ni él lo sabía.

Así que por eso lo visitaba tan a menudo, porque sabía que en esos momentos de soledad, Derek Hale se la pasaría pensando en lo terrible que es, en lo infeliz que siempre será y en que no merece que cosas buenas pasen en su vida. Imbecilidades, pero Stiles sabía que de todos modos las pensaba, algo que le resultaba en extremo preocupante.

Pero cuando Breaden despertó, y luego cuando fue dada de alta, la pareja se fue al Loft, por lo que el adolescente se quedó sin pretextos decentes para pasar tiempo con Derek, aunque sólo fuera en silencio, como ocurría casi siempre que estaban en el hospital.

Era un poco frustrante, porque Stiles estaba usando sus visitas al lobo como excusa para no ver a Deaton, que insistía en que fueran a ver a Noshiko un día sí y el otro también, y como éstas se terminaron, pronto tuvo que comenzar a pensar en otras.

No es que estuviera usando a Derek, Stiles de verdad sentía verdadera empatía por él, pero no iba a negar que le venía de perlas poder librarse de esa situación que lo único que hacía era frustrarlo. Por lo menos su sospecha de estar poseído por el nogitsune de nuevo se hizo un poco más pequeña después hablar con el veterinario, quien parecía suponer que en realidad se trataba de la parte buena del espíritu japonés, lo cual seguía sin ser un alivio.

Cuando Stiles estacionó en la entrada de su casa tenía toda la intención de subir a su habitación y ver la última película de Thor, que se había comprado esa tarde, aprovechando que su padre hacía turno nocturno y no estaba para recriminarlo por la hora de dormir. Eran pasadas las nueve de la noche, por lo que primero se haría una patatas risadas y un buen sándwich de pollo para acompañar el filme, que según le habían dicho era mejor que la primera, sobre todo por Loki. ¡Dios! Si Stiles se casaba alguna vez, desearía que su pareja (él o ella, en realidad no le importaba mucho) fuera tan sexy como él.

Pero sus planes se fueron al carajo cuando vio dos personas paradas en su porche, mirando directamente en su dirección. Al principio no los reconoció, pero un vistazo más incisivo le hizo darse cuenta de la identidad de ambos, y el mundo se le fue a los pies. Stiles de verdad no quería tener esta conversación. Con desgana, bajó del Jeep y caminó hacia sus visitantes.

—Buenas noches, Stiles —dijo Deaton con esa sonrisa que invitaba a golpearle la cara—. Perdona la hora, pero no sabíamos en qué momento estarías en casa.

Stiles no contestó el comentario del veterinario y se quedó parado frente a los otros esperando que dijeran algo más, pero al parecer no era esa su intención. El adolescente los observó con atención: Deaton sonreía y Noshiko lo miraba con preocupación. Stiles puso los ojos en blanco un momento para luego dirigirse a abrir la puerta.

—Pasen. —dijo con la voz seca—. ¿Hay algo que pueda hacer por ustedes?

Ninguno de los dos contestó, ahora les tocó el turno de permanecer callados, algo que Stiles sintió como una afrenta hacia su persona. Movió las manos de un lado al otro chasqueando los dedos, y cuando eso no fue suficiente comenzó a andar hacia la cocina, buscando algo con qué distraerse. De repente su garganta se había quedado seca y su interior se sentía más caliente, su furia por el silencio de los otros se estaba desbordando y él sólo quería que se marcharan para seguir con su plan anterior.

—Sigues negándotelo —dijo una voz a su espalda, ocasionándole un sobresalto que lo hizo tirar el vaso de cristal en el que pretendía servirse agua.

Stiles se giró hacia su interlocutor con cara de pocos amigos y una mirada que, aunque no pudiera vérsela, sabía que era furibunda. ¿Quiénes se creían que eran? ¿Cómo se atrevía ese hombre a juzgarlo? Él era libre de decidir lo que quería, siempre había sido así, desde el principio. Cuando a Scott lo convirtieron él decidió quedarse y ayudarlo; cuando Peter le ofreció la mordida decidió que no, aunque por dentro sí la quería; cuando el nogitsune lo poseyó, él decidió darle entrada a cambio de que no lastimara a sus seres queridos. Resultó una mierda, pero fue su decisión.

Y ahora también era decisión suya no dejar que otro espíritu japonés tomara control de su vida, y los que no estuvieran de acuerdo podían decir misa, cantarla si querían, Stiles se había declarado ateo y no le importaba escuchar ningún tipo de sermones.

—Veo fuego a tu alrededor —dijo entonces Noshiko, quién no había dicho ni una palabra en todo el rato—. Eres un Kitsune de fuego y debes a prender a controlarlo.

Fuego. Eso lo explicaba todo. La sensación de arder, los sueños en los que sus seres queridos eran incinerados, incluso el otro día que se desmayó en el entrenamiento. Fuego, todo lo que veía y sentía en relación con el Kitsune tenía que ver con el fuego. Todo.

Saberlo sirvió de alguna manera para apaciguar a su inquilino no deseado, como si el hecho de haberlo pensado, de haber materializado el pensamiento, fuera suficiente para calmar las ganas que tenía de golpear, destruir todo a su paso, borrarle a guantadas esa horrible e irritante sonrisa al veterinario. De pronto sólo quedaba el Stiles de siempre, sin la irritación que venía cargando desde hacía un tiempo.

Miró a las dos personas paradas frente a él, con los ojos bien abiertos, las pupilas dilatadas y una creciente sensación de miedo. Unos segundos antes estuvo dispuesto a atacarlos, a convertirlos en brochetas humanas con sus propias manos, y ahora los miraba con miedo de lo que había querido hacer.

Stiles se llevó las manos a la cara para poder ahogar el gemido lastimero que lanzó, sabiendo que había fallado miserablemente. ¿Qué demonios estaba ocurriendo con él? Levantó la cabeza, con gruesas lágrimas de frustración a punto de salir.

—¡Ayúdenme! —suplicó, demandó con la voz más ahogada que jamás había salido a través de su garganta.

Liam era un chico atractivo: un poco bajo, pero bien formado, con esos ojazos azules y su rubio cenizo que hacía que muchas quisieran tener una cita con él. Pero el asunto era que Liam no estaba interesado en esas "muchas": a Liam sólo le gustaba una.

No sabía qué era lo que la hacía tan especial, por qué sólo le interesaba ella, cuál era la razón por la que dejó de ver a cualquier otra chica y comenzó a enfocarse en esa chica algo salvaje y directa. El chico, el casi niño no estaba consciente del momento en el que comenzó a albergar sentimientos por ella, pero sí sabía cuándo había comenzado a gustarle.

Fue durante una práctica de Lacross, cuando estaban casi por terminar. Sus amigos estaban en las gradas, observando a los chicos de la manada dar lo mejor de sí en el entrenamiento. Kira e Ethan apoyaban a sus novios y los demás pues a todos los otros. Fue verla ahí, dándole ánimos, brincando con las manos alzadas y provocando con ese movimiento que sus senos enormes se movieran de arriba abajo lo que hizo que Liam se desconectara del mundo.

Se relamió los labios y abrió la boca como un bobo, chorreando saliva en el proceso, para luego tragar con pesadez. Se volteó con rapidez para seguir su camino, pero decidió adelantarse a los vestidores alegando que estaba muy cansado. Al entrenador no le hizo gracia, pero lo aceptó sin más y Liam se encontró corriendo para llegar más rápido, porque no podía, bajo ninguna circunstancia, dejar que los otros descubrieran que tenía una erección de caballo que no lograba bajar con nada.

Lo peor es que no pudo ni siquiera satisfacerse, porque sabía que duraría bastante y que los demás podrían volver en cualquier momento. Así que sólo se metió bajo la ducha fría, esperando que eso bastara.

Verla de nuevo fue como una tortura, sentía su deseo saliendo a la superficie, a pesar de intentar retenerlo, sin tener mucho éxito. Lo peor era que estaba seguro que los demás lobos de la manada podían olerlo en él cuando se acercaban y si no decían nada era porque no querían meterse en ese terreno.

La otra tenía novio, aunque en los últimos días casi no se hablaban, y eso le daba ciertas esperanzas. Lo que más le sorprendía es que la susodicha no se hubiera manifestado para reclamarle el que no pudiera mantener sus hormonas a raya.

Liam no se hacía ilusiones, lo más probable es que no hubiera dicho nada por respeto o por lástima. Dolía, pero no dejaba de ser cierto de una manera triste. Acostado en su cama, de noche como era, recordándola, porque era un adolescente enamorado y qué otra cosa hacía un adolescente enamorado durante las noches, cuando no podía conciliar el sueño.

Lo peor de todo es que ahora volvía a tener una erección, como siempre pasaba siempre que pensaba demasiado tiempo en la forma en que las tetas de la chica de sus sueños se movían de esa forma sugerente y rebelde.

Se llevó la mano a su entrepierna y desabrochó el pantalón para dejar que su miembro respirara tranquilo un momento. Luego, sin consideraciones de ningún tipo, se machacó la erección primero con una mano y luego con la otra, usando saliva a falta de lubricante. No lo hacía con frecuencia, el masturbarse, porque en realidad nunca le había apetecido ser como esos adolescentes que se la pasaban encerrados en el baño, jalando sus penes al grado de hacer que les restara sensibilidad y duración, pero esa resolución se había ido al carajo cuando los senos de esa chica había hecho aparición en su campo de visión.

Claro que no era sólo eso, el deseo sexual que despertaba en su interior, que lo hacía rugir de frustración, de ganas reprimidas. También era su sonrisa franca, la forma brusca en la que se dirigía a los demás y la terrible inocencia que suponía el haber pasado tanto tiempo tan lejos de los humanos, lo que la hacía una persona con serios problemas en el campo de las relaciones sociales.

Era su cabello largo y sedoso; su piel morena, sus ojos de un color imposible; era el tono ronco y femenino de su voz y el cómo no tenía ningún problema con decir lo que pensaba de quién fuera en la situación que fuera. Ella era, en una palabra, perfecta.

Liam aumentó la velocidad de sus movimientos, presionando el glande con más fuerza de la usual cuando sus dedos pasaban por ahí. Tenía los labios hinchados de tanto morderse para no soltar un gemido demasiado alto, pero cuando sintió su orgasmo venirse encima, dejó de intentarlo para sólo dejarse llevar al tiempo que su pene expulsaba el líquido blanco y pegajoso que era una gloria poder sentir fuera de su cuerpo, y no dentro, provocando que sus testículos dolieran.

El adolescente se limpió el desastre con un par de clínex y se dispuso a dormir, si siquiera preocuparse por su ropa o alguna otra cosa.

—Malia —logró decir a la habitación vacía, con una beata, relajada sonrisa, los ojos cerrados con parsimonia.

Derek vio el cuerpo de Breaden, al que se le habían agregado nuevas cicatrices a la altura del vientre. Estaba dormida y él no podía culparla, no después de todo lo que había pasado, de lo cansada que seguramente estaba y de lo mucho que deberían seguir doliéndole las heridas.

Aun así, había querido mantener relaciones con él unas horas antes, pero Derek se había negado, alegando lo peligroso que podría ser para ella. Breaden lo había mirado de mala manera, pero no opuso resistencia, aunque lo obligó a masturbarla para así liberar la frustración sexual que se cargaba por haber tantos días de vaca en la cama, palabras textuales.

Su cuerpo desnudo subía y bajaba a ritmo lento conforme a las respiraciones de la chica, en una escena que era sumamente erótica. Un pinchazo interno lo hizo apartar la mirada, no con asco sino con vergüenza, de sí mismo, por haberla visto sin ropa.

Lo cual era algo ridículo, había hecho mucho más que verla desnuda en anteriores ocasiones y nunca se había avergonzado de ello, pero ahora resultaba extraño. Era su lobo, lo sabía, tenía que ser él, pero no entendía por qué le parecía incorrecto contemplar la desnudez de una mujer hermosa como ella.

Es que sólo había que mirarla para saberlo. Breaden era perfecta para él: era sexy, fuerte, con mucho carácter y un par de ovarios más puestos que muchos de los huevos pertenecientes a los miembros de la manada. Menos los de Stiles, él seguro que sí se atrevía a hacerle frente a la mercenaria, aunque fuera sólo con un bolígrafo.

¿Cuál era el problema? Bien, sabía cuál era el problema consigo mismo, pero no con su lobo, que era puro instinto animal, que nunca se paraba a pensar en quién era a la que se cogía, conque fuera placentero y lo dejara satisfecho. ¿Por qué entonces ese súbito ataque de vergüenza? ¿por qué la sensación de estar cometiendo un error?

Derek salió de la habitación en la que se habían instalado los dos amantes y se fue al salón del loft, sintiendo su frustración contraponerse al deseo de no volver a tocar a Breaden de una manera sexual. No sólo se trataba de su resolución de alejarla, de hacerle saber que con él no tenía futuro, era algo más… era… eran las ganas de exigirle que dejara de verlo con deseo, porque se sentía sucio cuando ella lo hacía.

Estuvo a punto de gritar y golpear de pura frustración, porque lo que acababa de pensar no era lógico… ¡no lo era, Joder! ¿Cómo pudo haberle hecho el amor todas esas veces, de todas esas maneras diferentes antes y ahora decir que se sentía sucio si ella lo miraba con lujuria? Era patéticamente estúpido, pero era la verdad y Derek decidió que no podía ignorarla.

Debía dejar de ver a Breaden de una manera u otra.

—¡Por favor! —gimió Stiles— ¡Por favor hagan que pare!

Deaton y Noshiko intercambiaron una mirada de preocupación que Stiles no pudo captar debido a lo mal que se sentía consigo mismo. Por un momento se había sentido igual de rabioso que cuando el nogitsune lo había poseído, rabioso con los demás, deseoso por dañarlos de una manera u otra. Stiles había querido dañar a las dos personas que tenía adelante y estaba seguro que, de haberlo logrado, hubiera disfrutado haciéndolo.

—Stiles —dijo la mujer, adelantándose un paso— debes dejar de pelear con él Kitsune, eso sólo provocará que se ponga furioso y le harás daño a alguien.

Stiles miró a su interlocutora con pena hacia sí mismo ¿dejar de pelear? Cederle el control de su cuerpo a un espíritu ya antes había resultado ser una mala idea. Sabiendo eso, sabiendo lo que había pasado cuando dejó de pelear contra el nogitsune ¿cómo se atrevía esa mujer a pedirle que parara?

—Sé que es difícil y descabellado, que has pasado por mucho a causa de los dioses Zorro. Pero debes creerme, he sido Kitsune por mucho, mucho tiempo. Esto no se va a detener por mucho que lo quieras.

—Pero es que yo no lo quiero… yo no quiero ser un Kitsune —a Stiles se le quebró la voz al decir la última palabra. No pudo soportarlo, sólo se dejó caer contra el piso.

Justo cuando creyó que sus problemas no eran tan grandes ya, que ya había pasado la peor parte de esa locura adolescente, aparecía esto en su vida. De verdad lo odiaba.

—Puede que no, pero no te queda otra opción —dijo Noshiko con una sonrisa conciliadora—. Debes aprender a controlar tus poderes Stiles, o corres el riesgo de salir lastimado y dañar a los que te rodean.

El adolescente la miró con frustración, añorando que le dijera algo diferente, que le hablara de un ritual o de una planta milagrosa que lograra expulsar al Kitusne. Pero no, se paraba frente a él y le pedía aprender a controlarlo, le daba una salida que llevaba a través de un camino difícil y lleno de obstáculos, y aun así, Stiles sabía que ella estaba en lo correcto, que lo que tenía que hacer era aprender a convivir con el zorro.

Vaciló durante unos segundos antes de mirar a la mujer a los ojos.

—Enséñame, por favor —dijo.