Disclαimer αpplied.
Pólvorα & Polvo
IV
Recuerdos del pαsαdo
Irasue, aún en sus recuerdos, era una mujer de porte magnífico: alta, elegante, inmensamente bella y altiva. Sus ojos, aunque fríos, brillaban con el destello del orgullo.
Se casó con Inu Taishō a los veinte años por compromiso, como era habitual en aquella época, y Sesshōmaru nunca estuvo seguro si llegó a amar a su padre alguna vez, o si solo lo tomaba como parte del contrato nupcial. Y tuvieron un hijo: él, Sesshōmaru.
Todavía la recordaba a pesar del verdín del tiempo. La amaba, por supuesto. ¿Qué clase de hijo no ama a una madre como ella? Delante de su esposo era fría como un día de invierno, pero cuando este se marchaba a los cuarteles, a veces, solo algunas veces, la mujer posaba sus ojos altivos sobre él con una calidez casi imposible de imaginar, y él corría a abrazarla para no soltarla nunca.
No obstante, aquello duró poco. Irasue enfermó y murió el verano de su séptimo cumpleaños. Fue tan rápido, que no le dio tiempo a entender que su madre se le iba, y se encontró a sí mismo en unos funerales magníficos recibiendo junto con su padre las condolencias de filas de personas a las que apenas conocía.
Fue entonces que su padre trajo a Yuga a la casa.
Yuga era una nodriza menuda, de mejillas extrañamente redondas y sonrisa pronta, que había venido desde China huyendo de la pobreza y el hambre que le dejó la guerra. No lo dijo tampoco, pero también vino porque se enamoró de algún mercader japonés que cruzaba el mar un par de veces al mes para comerciar seda con los chinos de la costa. No lo dijo, Sesshōmaru de adulto lo descubrió en sus pesquisas.
Yuga era amable, bondadosa, y hablaba japonés con cierta dificultad, pero se hacía entender. A veces le contaba sobre su vida en China, sobre la hija que perdió y que se llamaba Xia, y otras veces le cantaba nanas en su idioma natal por lo que, poco a poco, Sesshōmaru empezó a desenredarse en chino y a los nueve años era su segunda lengua.
La viudez le duró poco a Inu Taishō. Izayoi era joven y bella, aunque de origen humilde y muy baja cuna que se desempañaba como vendedora en una tienda de té. No fue, por lo tanto, una boda por compromiso, como la primera con Irasue, sino que esta vez era por auténtico amor.
Sesshōmaru era demasiado pequeño para albergar dentro de sí sentimientos de odio o resentimiento, pero una parte de él sentía cierto resquemor en el pecho al ver a su padre tan feliz con otra mujer que no era su madre, y se negaba en redondo a socializar más de lo necesario con la nueva esposa de su padre, a pesar de que Izayoi se esforzaba mucho por mostrarse amable y abierta con él.
Su hermano nació poco después de que cumpliera los diez años. Eran iguales a su padre: pelo negro, ojos dorados y pómulos altos. Lo recibió con desconfianza, pero al poco tiempo se acostumbró, y lo suyo para con el pequeño era una mezcla de cariño e indiferencia.
La que estaba encantada con la llegada del niño era su Yuga. Ella asistió personalmente el parto de Izayoi y fue la primera en acoger al pequeño en su pecho. Lo bañaba, le vestía, velaba por él cuando enfermaba y le cantaba nanas las más tiernas nanas, y también le habría dado de mamar si sus senos marchitos hubieran producido leche de madre.
A veces, Sesshōmaru se sentía celoso. Pero incluso entonces era demasiado orgulloso como para admitirlo en voz alta.
La primera palabra del niño fue en chino y significaba mamá. Inu Taishō enfureció y reprendió con fuerza a Yuga. Ella bajó la cabeza, musitó un «sí, señor. No se va a volver a repetir», y se marchó a llorar en la soledad de su cuarto ubicado en el fondo de la casa.
Cuando Sesshōmaru cumplió doce años, y su hermano dos, la tragedia se cernió en el seno de la familia Taishō.
Un día de otoño Yuga, la leal y obediente Yuga, no amaneció en su cama, y su hermanito tampoco.
Hubo llantos y desesperación. Búsqueda y rescate. Plegarias a los dioses y rastrillaje en la tierra de los hombres, pero nadie vio ni dio razones del niño y la nodriza.
Su padre no lloró, pero sintió una rabia casi imposible en su interior al sentirse traicionado; a Izayoi se le comenzaron a secarse las lágrimas y se convirtió en un cascarón vacío que vagaba por la casa como un fantasma en busca de su hijo. Al año de la desaparición del pequeño, Inu Taishō dio por terminada la búsqueda, porque los mercaderes de la costa le dijeron que Yuga había tomado un barco hacia Hokkaidō y otro a China, donde perderse con un bebé era aterradoramente fácil.
Allí fue que Sesshōmaru descubrió que en realidad amaba a su hermano, solo que su orgullo, el maldito y perenne orgullo, no le había permitido decirlo en tiempo y forma, y desde entonces empezó a sentir una sensación de vacío que lo acompañaría por el resto de su vida.
Quizás fue entonces que empezó a odiar a los chinos. Empero algunas noches todavía oía la voz de Yuga cantándole una nana en medio de su soledad.
—*—
Perder la noción del tiempo en aquel lugar era fácil. La aldea parecía encantada, estancada eternamente en el tiempo. Todos los días eran martes, y cada día era igual que el anterior.
Seguramente habían pasado tres o cuatro semanas desde que llegó a aquel lugar, porque la herida de su pierna se había curado por completo y ya podía caminar sin renguear.
—Ey, japonés —dijo Inuyasha, llamando su atención—. Cuéntame cómo es que hablas tan bien nuestro idioma.
Yuga me enseñó cuando era niño, pensó Sesshōmaru. Pero ese hombre no se merecía la menor de las respuestas.
—¿Importa acaso? —preguntó.
—En realidad no —contestó Inuyasha—. Solo era curiosidad, y de todas formas nuestro idioma es demasiado noble como para que un cerdo como tú lo hable.
Sesshōmaru lamentó no tener su preciosa arma cerca de él para volarle los sesos a aquel idiota. Inuyasha pareció adivinar sus pensamientos, porque sus ojos dorados —esos ojos que tanto le inquietaban— se convirtieron en dos rendijas y rio.
—¿Quieres que hable mi idioma entonces? —preguntó siseando.
—¿Y asustar a esta pobre gente que ya tiene suficiente con lo que tu ejército le hace a otras aldeas? Estás loco.
Llegaron juntos a la cabaña de Rin justo en el momento en el que esta despedía a un niño con una sonrisa enorme.
—¡Inuyasha! —saludó.
—Hola, Rin —respondió este, y señaló a Sesshōmaru—. Te lo encargo.
Rin alargó su expresión al mirarlo.
Al menos no me desprecia tanto como antes, pensó Sesshōmaru.
—Señor Sesshomaru, entre —pidió Rin—. Gracias, Inuyasha.
¿Importa acaso si me odian?, se dijo Sesshōmaru. Giró la cabeza y vio a su carcelero alejarse corriendo.
Adentro de la cabaña olía a jengibre y arroz. Sintió que el estómago comenzaba a rugirle y recordó que no había comido nada desde el almuerzo. Se sentó cerca del fogón y se limitó a observar a Rin desde esa distancia mientras ella preparaba la cena. Natsuko jugaba con una muñeca de trapo viejo sentada en su catre y apenas lo miraba.
—Miroku me ha dado permiso para sacarlo del granero, señor Sesshōmaru —dijo la joven cuando le acercó un cuenco de sopa—. Dormirá en esta cabaña desde ahora.
—¿Dónde? —preguntó sin darse cuenta.
—Aquí. —Con un gesto amplio abarcó la estancia donde se encontraban—. Ahí tiene el catre de los pacientes.
—¿Y qué piensas tú de todo esto?
—Yo solo sigo órdenes —respondió Rin.
—Entonces no te gusta la idea —afirmó.
¿Temes que en la noche desenvaine un cuchillo sobre tu cuello y el de tu hija, Rin? Lo haría pero no soy un maldito cobarde.
Ella sonrió vagamente.
—Necesitamos el granero para guardar provisiones y usted estorba —dijo—. Además fui yo quien lo trajo aquí.
¿Y tienes que asumir las consecuencias de tus actos aunque no te gusten?, quiso decirle con sorna, pero en lugar de eso pronunció otra palabra:
—Gracias.
Como no podía marcharse al granero después de cenar, se quedó con ellas el resto de la velada. Prisionero y recuperado, no tenía otra opción más que observarla mientras hacía los quehaceres de la casa y cuidaba de su hija. Aquello le pareció una pantomima de la familia feliz alrededor del hogar, y hubiera reído si aquello no conllevara una mirada extraña de parte de la mujer y la niña.
Porque con los días fue descubriendo cosas.
Y que no quería miradas de odio o extrañezas de parte de Rin era una de ellas.
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¿Se merece un review?
Bitácorα de Jαz: tengo una buena noticia y otra más o menos buena:
1. El epílogo de esta historia ya está escrito. No sé si les va a gustar.
2. Me falta desarrollar el romaaance.
Deséenme suerte en cualquier caso, plz.
Y la pregunta en este capítulo es: ¿Inuyasha es el hermano perdido de Sesshōmaru? ¡JA! Ya lo vamos a ver.
Espero que les haya gustado el pequeño SesshRin [corazones]. Hay u poco más, j3j3.
»Danae.
»Cath Meow.
»Invitada.
»Rin Hudson.
¡Gracias totales por sus reviews!
¡Jajohecha pevẽ!
12 de agosto de 2018, domingo.
