Disclαimer αpplied.


Pólvorα & Polvo

V

Lα esperαnzα del pαrtisαno

(I)

Las espirales de humo se elevaban desde la olla de sopa y se perdían antes de llegar al techo. Desde afuera le llegaban los gritos y las risas de Natsuko que jugaba con los otros niños de la aldea, y el japonés fuera, quizás con Inuyasha, quizás intentando escapar ahora que podía levantarse y andar. Inspiró hondo y a su nariz llegó el aroma del jengibre y las verduras.

La quietud le sentaba bien, especialmente con aquel hombre fuera de su casa.

—Permiso. ¿Rin? —Sango apareció en el dintel de la puerta de entrada, sonriendo suavemente. Llevaba a su hijo menor dormido acunado en el pecho.

—Pasa —contestó Rin—. La sopa está a punto de estar.

—Gracias —dijo Sango. Con mucho cuidado se sentó cerca del hogar donde Rin hervía la comida—. Yue se quedó dormido camino a casa, y…

—No importa. —Sonrió—. Ya sabes que aquí siempre hay lugar para ti.

Hubo una especie de silencio examinador entre ambas mujeres, apenas interrumpido por el sonido de la sopa hirviendo y el de la madera al quemarse en el hogar. Silencio y tiempo para que Sango pudiera observar a su amiga y notar los detalles en su rostro que decían mucho más que las palabras a viva voz.

—Rin —empezó—, vine aquí por una razón.

Ella la miró con esos ojos enormes y confundidos. Debajo de ellos comenzaban a notarse las trazas oscuras que dejaban las noches en vela.

—¿Si? Dime, Sango.

—Vine aquí porque te debo una disculpa en nombre de Miroku y los otros.

Rin parpadeó sin entender.

—¿Por qué?

—Por lo que pasó en la última reunión. La orden de Miroku fue… Fue demasiado para ti. Sé que es duro, Rin.

En efecto, la última reunión de los partisanos se había llevado a cabo en casa de Inuyasha, y aquella vez Miroku le había ordenado que vaciara el granero para poder reunir allí las provisiones para el invierno. Y esto, por supuesto, había significado remover al señor Sesshōmaru de allí y mudarlo a su propia casa.

—Fui yo quien trajo al señor Sessh… al japonés aquí —dijo Rin, tranquilizadora—. Al final de cuentas tengo que hacerme cargo de las consecuencias de mis acciones.

—Mírate, querida. Esas ojeras y tu palidez. Cuanto menos tienes miedo de que ese hombre te haga daño, ¿verdad?

Rin suspiró, resignada. Sango fue la primera persona que la recibió en la aldea después de que ella abandonara el templo donde había dado a luz a su hija y una de las pocas que sabía la verdad sobre Natsuko y sus circunstancias. Ella le había dado abrigo, amistad y un hogar, y sabía que no podía ocultarle nada a ella.

Y es que todo era verdad: Rin le temía a la presencia de Sesshōmaru Taishō.

Al principio, cuando herido y sedado lo mantenía controlado en el granero, no sintió miedo. Sin embargo, ahora, recuperado, el soldado japonés se alzaba frente a ella como una sombra amenazante. Por más que lo intentara, Rin era incapaz de pensar en otra cosa que no fuera que Sesshōmaru portaba el mismo uniforme que aquellos salvajes asquerosos que acabaron con su vida.

No podía mentir tampoco: Sesshōmaru no había intentado hacer nada en contra suya o de su hija, pero su estancia cerca de ella estaba al borde de ponerla en una crisis de nervios. Ya llevaba varias noches sin dormir bien, con los ojos abiertos como los de un búho, el cuchillo debajo de su almohada, y el oído presto a la respiración del hombre en el cuarto de al lado.

—Sí —dijo finalmente—. Le tengo miedo.

—¿Intentó hacerte daño? —preguntó Sango, llevándose las manos al pecho donde dormía Yue.

—No, pero… —Fue bajando la voz muy lentamente—. Pero es uno de ellos.

—Hablaré con Miroku —replicó Sango, determinada—. Ese hombre no puede quedarse ni un minuto más aquí.

—¡No! —saltó Rin—. No hace falta; Inuyasha me cuida bien.

—Pero está mal, Rin. Te afecta.

—Más me afecta que Miroku piense que estoy haciendo mal mi trabajo. Yo lo traje aquí, Sango. Te prometo que estaré bien.

No hubo posibilidad de réplica, porque en ese momento la puerta de su cabaña se abrió con brusquedad.

—*—

Ya estaba perdiendo las esperanzas de que sus aliados vinieran a buscarlo y sacarlo de aquel horrible lugar. De verdad, se merecía una baja deshonrosa porque no podía volver a ver la cara de sus superiores jamás.

De mi padre, pensó. La cara del General Perro.

En cualquier otra circunstancia habría pensado que la opinión de su padre le importaba muy poco con tal de que su trabajo fuera impecable y llenara de orgullo a su nación, pero en ese momento vino a su memoria —como tantas otras veces desde que se encontraba preso en esa maldita aldea— los recuerdos de su hermano desaparecido y de la tristeza de su padre transformada luego en furia, y le pareció demasiado irónico que tal vez en esos momentos el brigadier Inu Taishō estaría recibiendo algún informe que le confirmaría que había perdido al único hijo que le quedaba en manos del mismo enemigo.

Suspiró lentamente, sopesando el peso de aquellos pensamientos. Todavía tenía chance de escaparse y volver, pero tenía que idear un plan, recuperar sus armas, y deshacerse de Inuyasha para hacerlo.

Se vio las manos que sostenían leños y quiso reír, porque de ser un reputado capitán del ejército imperial había pasado a ser un prisionero más de aquellos chinos sumamente extraños.

Extraños, sí. Porque habían cosas que ocultaban celosamente de sus ojos, y él las descubriría más tarde que temprano.

Oyó el crujir de unas ramitas a su espalda y se giró rápidamente, pues acaso el idiota de Inuyasha tal vez había decidido matarlo, pero no encontró a nadie.

—Inuyasha —dijo con voz monocorde—, sal. ¿Quieres dejar de jugar conmigo?

No hubo respuesta, tan solo el ruido de las ramas rompiéndose bajo los pies de alguien. Por inercia llevó su mano a su cintura, pero tarde recordó que sus armas le habían sido arrebatadas hacía varias semanas por sus captores.

Maldito perro, pensó. No soy tu juguete, aparece ya.

De entre las ramas se asomó alguien que no era Inuyasha, y estaba herido.

—A-yu-da-me —gimoteó débilmente, y se desplomó a sus pies. Sesshōmaru lo reconoció: era un chico de la aldea.

Sin pensarlo demasiado, soltó los leños y cogió al muchacho entre sus brazos dispuesto a llevárselo a la aldea rápidamente. Ese fue el momento que Inuyasha escogió para aparecer.

—¡Kohaku! —exclamó—. ¿Qué le hiciste, cerdo?

—Está muy herido. Lo llevaré con Rin —contestó.

—No dejaré que lo toques, japonés —siseó Inuyasha.

—Cállate. ¿Quieres que tu amigo viva? Entonces muérdete la lengua y llevémoslo con Rin.

El camino a la aldea apenas lo sintió porque pensaba más en el peso del muchacho —ese chino. Uno de mis captores— que en sí mismo. Al llegar a la casa de la muchacha, y nuevamente sin pensarlo, la abrió bruscamente ignorando el grito de una de las mujeres y el llanto del chico al que acunaba.

—¡Kohaku! —exclamó la mujer, asustada—. Hermanito…

Rin se levantó rápidamente de su lugar y acudió a él.

—Ponlo en el catre de los pacientes —ordenó—. ¿Le hizo algo, señor Sesshōmaru?

, quiso contestarle.

—Lo encontré en el bosque —contestó en su lugar.

Y de un segundo a otro, Rin cambió por completo. Llamó a su hija que jugaba afuera de la casa y le pidió a aquella mujer, Sango, que se apartara a un lado. Su rostro parecía esculpido en piedra, y sus manos hábiles recorrían el cuerpo del muchacho quitándole la ropa y examinándolo.

—El opio, Natsuko —pidió—. Inuyasha, trae algo para limpiarle, Sesshōmaru, hierva agua. Rápido.

Sesshōmaru se repuso inmediatamente de la sorpresa que le produjo escucharla llamarlo por su nombre de pila y obedeció. Pensó que en esos momentos Rin se parecía pavorosamente a sus superiores del ejército.

Fue largo. Kohaku traía una fea herida de varios días en la espalda y no se podía mover. Rin y su hija trabajaban como una sola persona; Sesshōmaru se preguntó si la joven había tenido la misma expresión en su rostro cuando trató sus heridas, y pensó que aquella mujer en nada se parecía a la Rin que había conocido hasta entonces.

Poco tiempo después llegó Miroku, y Rin les pidió a todos que la esperaran afuera, que estaría bien solo con la ayuda de su hija.

Y las horas fueron pasando. A pesar de que no debía importarle es estado de aquel chico, Sesshōmaru esperó junto con los demás el dictamen de Rin. Al filo del atardecer la mujer salió de la cabaña secándose las manos con un trapo.

—Está delicado pero estará bien. Dijo que escapó de los japoneses que montaban guardia donde ustedes saben.

Entonces están cerca, pensó de inmediato.

Todos los presentes, excepto Rin, lo miraron como si tuviera la culpa de un crimen terrible.

—Tendrá que quedarse un par de noches aquí —continuó Rin.

—Eso nos pone en un problema con el japonés —dijo Miroku.

—No se preocupen —intervino Inuyasha—. El cerdo se quedará conmigo.

Sesshōmaru quiso maldecir en voz alta, pero supo que de nada valía hacerlo. Observó a Rin, que volvía a tener la misma expresión de antes, y una idea se le cruzó por un instante por la cabeza:

Era una mujer digna de ser admirada.

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¿Se merece un review?


Aclαrαción: los partisanos eran una especie de guerrilleros, la resistencia se podría decir. Ajá, puedo ver sus mentes y sé lo que piensan. Partisan hope, que le da nombre a este capítulo, es el nombre de una canción de la banda sonora del animé Yuri! on Ice.


Bitácorα de Jαz: y me cambié de nombre, j3j3. Recuerdo que cuando empecé esto tenía otro nombre que, de hecho, era distinto. Quería honrar al personaje que descubrí recientemente y que se perfila como mi favorito de entre los favoritos: Ash Lynx.

Rin tiene que dejar de tenerle miedo a los japoneses y Sesshōmaru comprender a los chinos. Ese es el meollo del asunto. Creo que este último está avanzando un poco más rápido que la primera [sonrisita nerviosa].

Espero que les esté gustando cómo va todo. Y también deben saber que este fic, además del Sesshrin, tiene dos subtramas importantes.

»Carmenjp.

»Abishley Abi.

»Cath Meow.

¡Gracias totales por sus reviews!

¡Jajohecha pevẽ!

26 de agosto de 2018, domingo.


P.S.: Chicas, sé que con esta es la segunda actualización en la que no contesto reviews. Perdón, pero estuve muy ocupada, y ahora no les puedo dar una buena respuesta. Les prometo que en breve paso por sus MPs.