Tormenta 2.

Ikhny Shy

Al descender en el patio de los Rivera, lo primero que notó Héctor fue el aroma delicioso que se sentía desde la cocina. Hacía mucho tiempo que no llegaba a su olfato un olor tan exquisito.

-Ya debe estar lista la comida. - Comentó Imelda mientras acariciaba la nariz de Pepita en un gesto afectuoso. Luego la mujer tomó una manta gigantesca y cubrió a su alebrije con ella. -Gracias, Pepita. - Le dijo en voz baja. Héctor la observó con una pequeña sonrisa, no era habitual que él pudiera verla con una expresión tan cálida, casi siempre que la veía ella estaba furiosa.

Acomodó su guitarra en su espalda y se aferró a la pequeña bolsa con pertenencias que había rescatado de los restos de su vivienda, luego siguió a su esposa hasta la puerta trasera de la casa y entraron.

En la cocina había una olla en la hornalla, de donde provenía el exquisito aroma. Héctor cerró los ojos y se permitió disfrutar de aquella sensación. Imelda lo observó algo impaciente, pero no comentó nada, le hizo un gesto con la cabeza para continuar camino al comedor. Todos los Rivera estaban sentados a la mesa. En el centro se encontraba una fuente con un estofado humeante, había una cesta pequeña con pan y al menos 3 botellas con bebidas esparcidas en distintos puntos. Los esqueletos se callaron al instante cuando los dos entraron empapados. Rosita fue la primera en salir de su asombro.

-Oh, por Dios. Estan empapados! - Exclamó poniéndose de pie.

-Afuera sigue diluviando. - Respondió Imelda, pasando su mano por su brazo, como sacando algo de agua. -Oscar, Felipe. Prestenle a Héctor algo de ropa. Yo iré a cambiarme. -

Los gemelos se miraron entre ellos y luego al invitado.

-Claro. - Contestó Felipe algo dudoso y se levantó de su silla.

-Síguenos. - Agregó Oscar y también se levantó.

Héctor observó a los tres restantes y les sonrió con timidez. Se sacó el sombrero en forma de saludo y siguió a los otros dos fuera del comedor.

No quería ser curioso, pero no podía evitar que sus ojos recorrieran el lugar por el que caminaba. Desde el comedor había un pasillo que llevaba a lo que parecía la sala de estar, las paredes estaban pintadas de un suave color durazno y en la sala estaban esparcidos tres sillones de un cuerpo y uno más grande de al menos 3. Una mesa pequeña se ubicaba en el centro, sobre ella se encontraba un florero con un ramo de rosas prolijamente arreglado y en un rincón se erguía una imponente biblioteca completa de libros.

Subieron por una escalera. En la pared, Héctor notó fotos colgadas, le llamó la atención que algunas estaban a color -Debe ser de la familia viva… . - Pensó y aunque le hubiera gustado pararse a observarlas detenidamente, tenía que seguir a los gemelos.

Observó por sobre la baranda, la sala por la que había estado. Todo era tan prolijo, ubicado de una forma estructurada. Imelda debía asegurarse que cada cosa estuviera en su lugar, podía imaginar lo estricta que debía ser con respecto al orden y la limpieza.

En el primer piso, también se encontró un pasillo muy largo. La escalera se encontraba entre ambos extremos. Una luz ténue alumbraba el lugar. Los gemelos entraron en la segunda puerta y Héctor los siguió.

Dentro de la habitación de los hermanos se encontraba el caos mismo, comparado con lo que había visto anteriormente. Las dos camas marineras tenían las sábanas sin tender. Había restos de zapatos por el piso, cuero cortado también esparcido por el suelo. En un escritorio doble ubicado contra una de las paredes, tenían papeles apilados desprolijamente, lápices esparcidos por la superficie, restos de sacapuntas, goma de borrar y minas de lápiz cortadas. El armario, abierto, dejaba ver que lo único acomodado allí era la ropa.

-Te prestaré una camisa. - Le dijo Felipe extendiendo la prenda frente a él. Héctor se sobresaltó un poco, tan absorto que estaba en la habitación.

-Yo tengo un pantalón. - Le ofreció Oscar, colocándolos sobre sus brazos abiertos. -Y ahora… -

-Zapatos! - Exclamaron ambos y observaron los pies descalzos de Héctor.

-Pero… ¿Qué talle tienes? -

-¿40?-

-¿42?-

-44! - Dijeron los dos a la vez y Oscar se zambulló dentro del armario, buscó entre montones de pilas de zapatos, hasta que encontró un par que pudiera servirle. Y se los extendió al invitado.

-Gracias, muchachos. - Les dijo Héctor, realmente conmovido.

-No es nada! - Dijeron a la vez.

-Al final del pasillo… -

-La puerta de la derecha… -

-Está el baño. - Felipe volvió a meter la mano en el armario y extrajo una toalla. -Usa esta para secarte. -

-Te esperamos abajo -

-En el comedor. -

-De acuerdo. Gracias otra vez! -

-No hay por que -

Ambos se marcharon y Héctor siguió las indicaciones hacia el baño. Observaba las puertas de las distintas habitaciones con curiosidad y se preguntaba de quién sería cada una. En el fondo había otra puerta, de frente al pasillo. Por algún motivo, el músico estaba seguro que esa debía ser la habitación de Imelda.


Imelda se miró al espejo de la habitación mientras secaba su cabello castigado por la lluvia. No podía explicarse a sí misma porque había salido a buscar a Héctor con tanta determinación, ni tampoco podía imaginar cómo serían los próximos días conviviendo con quien fuera alguna vez su marido. Si de algo podía estar segura, era que no se arrepentía de la decisión que había tomado.

Una vez que tenía ropa seca y su cabello también seco, aspiró profundamente y salió de la habitación. Al mismo tiempo, Héctor salía del baño, vestido con las prendas de Felipe y Oscar. Notó que también le habían facilitado un par de zapatos.

-¿Cómodo? - Héctor le sonrió debilmente y desvió la mirada.

-Sí… -

Sin intenciones de dilatar el intercambio de palabras, la matriarca de los Rivera comenzó su camino hacia el comedor. Héctor la seguía con cierta distancia prudente. La conducta tan sumisa la impacientaba un poco, estaba acostumbrada a una actitud más enérgica y eléctrica… Pero, por cómo había terminado la última conversación que tuvieron, hace tantos años atrás, suponía que él no tenía grandes intenciones de volver a querer reconquistarla. Retuvo un suspiro al pensar eso y se obligó a caminar erguida. Ella misma había construído esa distancia, era lo que quería…

Al llegar al comedor, le llamó la atención los platos intactos de cada integrante de la familia. También notó que habían colocado un plato adicional en extremo opuesto a la cabecera donde se sentaba ella.

-¿Todavía no cenaron? - Preguntó entre sorprendida y algo molesta.

-Estábamos esperándote, Mamá Imelda. - Respondió Victoria. Imelda frunció el ceño.

-Gracias, pero debieron comenzar. La comida ya debe estar fría. - Rodeó la mesa hasta sentarse en su sitio. Levantó la mirada y notó que Héctor todavía estaba de pie, en el umbral de la puerta del comedor. -¿Qué haces? Siéntate a comer! -

Él obedeció, aunque continuaba con esa extraña actitud sumisa. Se sentó en el lugar libre y esperó allí, mirando fijamente el plato vacío frente a él. Rosita se levantó de su lugar y comenzó a servir los platos. Imelda le agradeció su porción con una sonrisa pequeña y volvió su atención al invitado cuando le sirvieron el plato frente a él. Los ojos de Héctor se ensancharon sorprendidos, tomó el tenedor temblando de ansiedad y probó un primer bocado…

-Oh! Esto es exquisito! - Exclamó. Todos lo observaron confundidos. -Hace muchos años que no pruebo comida tan deliciosa! -

-Pues, gracias Héctor. Me alegro que te guste. - Respondió Rosita con una sonrisa amable. Imelda lo observó sin decir nada, en su mente se preguntaba qué tipo de alimentos estuvo ingiriendo durante sus años en Shantytown.

La comida ayudó a que el músico se relajara. Ya no se veía tan asustado como al principio e incluso había comenzado una charla casual con los gemelos (quienes inicialmente la observaron para asegurarse que a ella no les molestara el intercambio de palabras) El resto de la familia los observaba con curiosidad, la personalidad alegre y enérgica de Héctor se iba manifestando al tiempo que se distendía con la charla y no era de extrañarse que generara cierto magnetismo, sobretodo cuando comenzaba con alguna de sus locas anécdotas.

En ningún momento él atinó a levantar la mirada hacia ella, evitaba a toda costa que sus ojos se dirigieran en su dirección. Hablaba con los gemelos, respondió preguntas de Julio y la miró a Victoria mientras contaba sus aventuras. Pero nada para ella.

Se sintió incómoda, excluída y dolida. Decidió que lo mejor sería retirarse, antes que el resto pudiera darse cuenta del efecto que la escena estaba teniendo en ella.

-Ya se está haciendo muy tarde. - Anunció poniéndose de pie, interrumpiendo la conversación del resto. -Será mejor que vayamos a descansar. - Los demás asintieron obedientemente. Héctor bajó la mirada a su plato.

-Victoria, ¿Podrías ayudar a Héctor a armar el cuarto de huéspedes? Se quedará allí mientras dure su estadía. -

-Sí, Mamá Imelda. -

-Gracias. - Le sonrió con afecto y luego observó uno a uno al resto. -Si me disculpan, yo iré a dormir. Mañana tenemos mucho trabajo en la tienda. -

Después de darle las Buenas Noches a todos (menos a Héctor) se dirigió directamente a las escaleras. Al subir, observó de reojo la habitación de huéspedes, la puerta más alejada a su dormitorio. No quería pensar demasiado en la presencia de Héctor, pero ver su puerta la obligaba a ser consciente del enorme cambio que provocaría en su vida a partir de la mañana siguiente, cuando la rutina de la Familia Rivera se vea atravesada por la integración del miembro que durante tantos años había sido prohibido.

CONTINUARÁ...