Negra noche en las fronteras
Era difícil medir el tiempo en el norte. Medir las raciones es fácil, contar soldados también, pero descifrar la hora exacta del día era una proeza casi imposible. Incluso la misma princesa del sol tenía dificultades para recordar detalles como esos, su tarea de ayudar al sol cada día ocupaba menos espacio en su mente. Mientras Celestia se cruzaba de cascos sobre la mesa donde descansaba el mapa de estrategias, cientos de pensamientos le recorrían el cerebro y ninguno de ellos tenía que ver con la hora que era.
Sumida en sus pensamientos, Celestia falló en registrar un crujido fuera de su tienda, un leve sonido de cascos pisando repetidamente la alfombra blanca del campamento con patrones que, francamente, delataban lo nervioso que se encontraba aquel pony.
Claro, decir que Jake se encontraba nervioso era muy poco. Mientras daba vueltas en la nieve mantenía la mirada baja, los hombros caídos junto con sus orejas. Su pequeño trote atraía la atención de otros ponies que cruzaban por ahí. No era prometedor ver a un unicornio sudando fuera del cuartel general, si acaso era una señal del apocalipsis.
-Cálmate, sólo cálmate- murmuraba el joven unicornio para sí mismo, sus ojos azules encogidos de manera salvaje, como si aquel mantra no fuera suficiente para convencerse-. Nunca debiste venir aquí… al menos hubieras dicho algo después de conocer a esas… yeguas. Jake quería a las chicas, no eran malas ponies, simplemente… estaban locas. Ellas parecían pelear y meterse en problemas como si fuera una categoría en los Juegos de Equestria. Pasar el tiempo, hacer patrullas y guardias con cualquiera de ellas tres parecía genial, pero el resto… era pasado en castigos y regaños.
En algún momento, él no supo cuando exactamente, hubo un movimiento en la tienda. Como si la princesa de pronto hubiera notado las agitadas respiraciones y murmullos. Cuando Celestia asomó la cabeza se topó con un agitado pony café con la melena caída, los hombros bajos y un incesante trote de lado a lado.
-¿Jake?- exclamó Celestia, llamando al fin la atención de aquel inquieto unicornio. Al escuchar la dulce voz de la princesa, el pony alzó la cabeza, parando en seco para fijar su nerviosa mirada en los tranquilos ojos de aquella reina divina.
-¿Sí, Princesa?- contestó él sin apenas haber movido los labios.
-Pasa, Jake- dijo el alicornio que, con un gracioso movimiento de cabeza, se apartó. La magia dorada sosteniendo la entrada de la tienda mientras invitaba al joven unicornio con una sonrisa cálida. No lo dudó, en menos de un segundo Jake estaba de pie junto a la princesa Celestia.
-Gracias, estaba haciendo mucho frío afuera- murmuró el unicornio, procurando no alejarse de la princesa, pues su simple presencia parecía brindarle calor a la habitación.
-Bueno, por algo le dicen "El norte Helado", ¿no lo crees?- contestó Celestia con una sonrisa ladina adornándole el rostro.
Jake estaba a punto de responder… si tan solo no hubiera olvidado cómo hablar en ese momento.
-Yo… bueno, es que… La verdad creo que…-, balbuceaba incoherente él, su cerebro apagado hasta que la risilla de la princesa lo regresó a la realidad.
-¿Qué es lo que te pasa?- preguntó ella entre risas-. No te veo así de nervioso desde tu examen de ingreso a la academia en Canterlot.
Jake se quedó callado unos segundos, tratando de calmar los vertiginosos pensamientos que le inundaban la mente. Su eterno ceño fruncido parecía relajarse a ratos, su corazón completamente tranquilo al momento en que él volvió a hablar.
-Lo sé-, suspiró él-, es sólo el escuadrón al que me asignó.
Celestia alzó ambas cejas, llena de sorpresa.
-¿Cómo?- exclamó ella, incapaz de creer que Jake tuviera problemas con las ponis- ¿Es que te molestan? ¿Sucedió algo? ¿Les hiciste algo? ¿Le prendieron fuego a la tienda otra vez?- preguntó la princesa sin detenerse a respirar ni un segundo.
Jake sacudió la cabeza al escuchar eso último, un escalofrío recorriéndole el lomo al imaginárselo.
-No, no es eso…
En ese momento Celestia sintió como si le quitaran una gran alforja de la espalda. Con un rápido suspiro, ella dijo:
-¿Entonces cual es el problema, mi pequeño pony?- inquirió la princesa, sus cejas alzadas, mirada curiosa fija en el pequeño unicornio café.
-¡Están locas!- exclamó Jake, las pupilas de sus ojos pequeñas como alfileres-. No sé porque no las ha desterrado. Parecen un grupo de potrillas. Es como… como si…- el pecho de Jake subía y bajaba a un ritmo frenético mientras sus enloquecidos ojos se fijaban en Celestia-. ¡No lo sé! Son un grupo desastroso, lo único que hacen es meternos en problemas y pelear entre ellas… ¡¿Cómo es posible que sigan aquí?!-. Jake sacudió la cabeza enérgicamente, unas cuantas chispitas azules saliendo de su cuerno mientras el corcel trataba de recuperar la compostura.
Celestia observó, impasible, a su alumno mientras se tranquilizaba. Cuando el corcel estuvo calmado, la paciente princesa se colocó a su lado y con un delicado gesto de su casco le dio unos golpecitos entre las orejas.
-Nunca cambies- comentó ella con una sonrisa, en su mente aquel unicornio parecía más… joven. La nostalgia era un arma peligrosa, pero Celestia no podía resistir su destructor encanto mientras acariciaba la melena de su alumno, a sus ojos un potrillo nervioso por su primer día de clases.
-¿Eh?-balbuceó el unicornio, sacando así a la monarca de su letargo. Aquel potro se desvaneció, dejando en su lugar a un corcel con la cabeza ladeada y un ceño fruncido lleno de curiosidad.
Celestia sacudió la cabeza.
-No estás en problemas esta vez, si eso es lo que te pone tan nervioso- aseguró el alicornio, para sorpresa de Jake que, mentalmente, ya estaba preparando su defensa para el juicio de la semana.
-¿Entonces por qué me llamó?- inquirió el joven.
-Hay una situación…- comenzó Celestia, dando la vuelta. Jake la imitó. Con una respiración profunda, la princesa agachó la cabeza, un aura dorada cubriendo su cuerno y bañando de luz la gran mesa que se encontraba al centro de la tienda.
La brillante luz amarillenta iluminó el rostro de Jake mientras éste observaba el mapa, parecía sólo un pedazo de papel con alfileres clavados y docenas de líneas de colores en todos lados, pero cuando la magia de la princesa lo tocó el mapa cobró vida. Las rayas, ahora doradas, se alzaban hasta simular las montañas y mesetas del norte helado. En un extremo de la mesa se encontraba una miniatura mágica del campamento y todos los ponies que estaban en él, moviéndose en tiempo real a través de la luz. Al otro lado estaba un castillo.
El unicornio sabía que todo ese grandioso espectáculo era simplemente un truco de su mentora, pero nunca en su vida había logrado ver nada parecido. El imperio de cristal, lugar de leyenda, se encontraba frente a sus ojos… Pero no era nada como lo retrataban los libros que la princesa tenía en su biblioteca privada. No. El castillo era enorme, imponente, con una gran plaza y el resto de las viviendas rodeándole; pero las calles estaban desiertas, lo único que se podía ver en todo el extenso territorio del Imperio era un corcel.
No sabía si Celestia lo hacía a propósito o si el nombre de aquel unicornio estaba tan manchado que no era posible verlo de otra forma. Y realmente no importaba, porque, entre todo el brillo dorado del mapa, esa manchita purpura resaltaba como un pony terrestre caminando por Cloudsdale. En uno de los balcones, en la torre más alta, se encontraba el rey.
-¿Ese es…?- murmuró Jake, estupefacto, su casco señalando al pequeño tirano mientras su mirada buscaba la de su maestra. Celestia no respondió más que con un gesto: un leve asentimiento y unos ojos llenos de ira y temor fueron toda la confirmación que el joven unicornio necesitaba.
Sombra era su nombre y toda su apariencia parecía pensada para hacerle justicia. Incluso en la miniatura Jake podía notar la oscuridad que rodeaba el aura del unicornio. Ver ese brillo verdoso y niebla morada en sus ojos hizo que Jake sintiera un escalofrío.
Celestia dio la vuelta, colocándose frente a su alumno, al otro lado de la mesa.
-Usted nunca menciono que él…- las palabras murieron en los labios de Jake que, incapaz de seguir mirando aquella imagen, apartó los ojos. Volviéndose hacia su maestra, el pequeño unicornio frunció el ceño nuevamente y agregó-: ¡Esto es más grave de lo que Equestria cree!
Celestia suspiró.
-Un poco exagerado, ¿no te parece?- la voz de la princesa apenas podía escucharse. Como el susurro de una tela, el tono de Celestia era casi imperceptible-. Toma cada pony en Equestria, cada uno de ellos haciendo su parte para mantener la lucha…- la princesa calló unos segundos, su mirada perdida en el dorado destello del mapa.
Jake ignoraba lo que pasaba por la mente de su mentora, pero lo opaco de sus ojos le hizo darse cuenta que no podría ser nada bueno. Por la forma en que aquellas esferas magentas se movían de un lado a otro del mapa, el unicornio supuso que Celestia estaba recordando. Y no estaba equivocado. Legiones de pequeños ponis dorados parecían recorrer el mapa, cargando con valentía contra una negra nube de esclavos. Pero las épicas luchas, las feroces batallas y los actos de heroísmo y sacrificio evadían la mirada de Celestia. Ella sólo veía muerte. Cada lucecita que se extinguía en el mapa era una aguja en su corazón, cada rostro conocido que nunca volvería a ver le retumbaba en la mente.
-Y aún así…-masculló la princesa, sus ojos fijos en un punto vacío de aquel plano. Lentamente, alzó su herradura dorada a la mesa-. Aún así… no notó- pero Jake sí-, la forma en que su casco temblaba y sus dientes se apretaron.
-Aún…-lágrimas calientes bajaban por las mejillas de Celestia. Jake nunca la había visto tan estresada, tan cansada… tan rota-. No basta- murmuró la princesa con los ojos cerrados, el temblor extendiéndose por sus piernas hasta llegar a su cuerpo entero.
-¡Nunca es suficiente!- explotó la princesa, sus ojos se abrieron repentinamente mientras daba un golpe a la mesa con su casco. Jake observó, preocupado, el agujero tamaño "casco de Celestia" que había en el mapa, justo en medio de una pradera marcada como territorio neutral. El unicornio retrocedió unos pasos de manera inconsciente.
La princesa, con la mirada perdida, jadeaba un poco sin cambiar su postura. Jake no quiso molestarla, así que simplemente se quedó a su lado, colocando su cabeza contra el costado real. El tacto de la princesa, su calor y brillo… se sentía casi como un sueño, un recuerdo distante de su olvidada infancia, cuando pasaba largas tardes estudiando y practicando su magia junto a su mentora.
Celestia pareció sentir algo parecido porque, en el momento en que Jake recargó su cuerpo contra ella, un cálido sentimiento se extendió hasta la punta de sus alas. De manera silenciosa, Celestia agradeció a su alumno por eso… A veces incluso ella necesitaba un recordatorio de lo que Equestria solía ser. Era el momento perfecto.
-¡AAAAAAHHHHHHH!
Los dos ponies se separaron, observando perplejos a las tres yeguas que, a trompicones, entraron a la tienda de la princesa. Detrás de ellas apareció un alto corcel blanco. Sus jadeos continuos y ceño fruncido eterno iban a juego con el macabro brillo de su cuerno.
-¡ALTO AHÍ!- gritó el capitán, un rayo de magia salió disparado hacia las ponies antes que pudieran gritar "Yo no fui." El campo telepático del corcel atrapó a las tres y las levitó hasta quedar frente a frente con el capitán Armor.
-¿Qué sucedió, Capitán?- Preguntó la princesa con un parpadeo rápido al salir de su estupor.
El corcel, que bufaba frente a las potras, giró la cabeza y, con un gesto que parecía casi de la realeza, se pasó el casco por la frente. Con la melena acomodada parecía un pony complemente diferente.
-Lo siento princesa, pero al parecer hubo otro incidente en la zona este del campamento- dijo él, su voz serena temblaba, sus nervios al borde del colapso cada vez que veía las arrepentidas sonrisas de aquellas yeguas.
-¿A qué se refiere?- terció Jake, su expresión una copia exacta de la del capitán. Shining sopló por la nariz, indignado por el tono que ese soldado raso usaba con él. Mientras los dos corceles se miraban fijamente hubo un movimiento en la entrada. Las yeguas atrapadas en magia magenta lo notaron, pero no pudieron hacer más que señalar con los ojos.
-¡Señor!- exclamó una vocecilla desconocida para el corcel blanco. El capitán se dio la vuelta y encontró a una joven hibrida en pose firme, su ala en la frente. El unicornio hizo un gesto con la cabeza, que ella interpretó como una autorización-. Los equipos de emergencia se han movilizado, no hubo heridos y el fuego está ahora bajo control.
El capitán soltó un gruñido de satisfacción antes de volver su iracunda mirada hacia las tres yeguas.
-¿¡Dijo fuego!?- suspiró la princesa, no tan sorprendida como quizás debería. Jake, por su parte, parecía al borde de un colapso nervioso. Shining asintió solemne al tiempo que Sunny agachó la cabeza, su rostro sonrojado.
Una simple mirada de Celestia fue suficiente para que el capitán liberara a las jóvenes yeguas que, con un estrepitoso ruido, cayeron sobre la alfombra roja del cuartel. La princesa y el capitán se pararon frente a ellas, sus imponentes figuras proyectando una imperceptible sombra de terror sobre las dos pegasos y la pony terrestre.
Dos cascos temblorosos se extendieron por instinto, señalando a la sargento.
-¡Fue ella!- exclamaron Karen y Graphite al unísono. Moonlight sólo suspiró, resignada, antes de que sus ojos se fijaran en su otra compañera.
-¡También fue su culpa!-gritó la pegaso, en ese momento todas las miradas se dirigieron hacia la callada dragoncita en la entrada de la tienda.
-¡Iiippp!- gimió mientras se encogía.
Celestia alzó la ceja. Con la mirada recorrió al grupo de ponies.
-Explíquense, porque estoy segura que Moonlight no podría prenderle fuego a medio campamento sola. Otra vez.
-¡¿Quién deja los fuegos artificiales de la subteniente Lulamoon tirados por ahí?!- trató de defenderse la joven sargento mientras cruzaba los cascos y hacía un pequeño puchero. Ignorando a la pegaso, Celestia dirigió su atención a la bolita de pony-dragón que se encontraba junto al capitán Armor.
-¿Entonces? ¿Qué sucedió?
Sunny sudaba, su voz temblando al igual que sus rodillas mientras intentaba explicar lo que había pasado. No tuvo suerte. Los estrictos ojos de la princesa, la dura mirada de Armor y Jake parecían derretir toda palabra que apareciera en su cerebro.
-Quizás…- interceptó Moonlight en voz baja-… Tuvimos una pequeña riña.
-Que tú provocaste…- murmuró Karen. La sargento le lanzó una mirada asesina antes de continuar.
-Y por accidente nuestra compañera perdió un poco el control.
-Sólo porque tú le hiciste esa llave rara y no le quedó de otra- comentó la terrestre entre dientes, a lo que Moonlight le dio un empujón con sus alas.
-El punto es que…-continuó la pegaso azul.
-El punto es que esa no es la forma en que debe comportarse un líder- interrumpió la potente voz de Celestia. Como reclamando todo el derecho de hablar con su simple presencia, el resto de los ruidos se detuvieron en aquella carpa, ni si quiera el viento se oía silbar.
Moonlight agachó las orejas y escondió los ojos bajo el copete purpura de su melena. El juicio de la princesa parecía eterno, una tortura momentánea que hizo sentir a la joven sargento como una potrilla otra vez.
-Prenderle fuego a la tienda por accidente es una cosa, pero poner en riesgo las vidas de tus compañeros por una pelea tonta es inaceptable- Celestia era inflexible, su postura, la forma que sus alas se había abierto… parecía una diosa realizando el juicio final sobre el alma de aquella pony.
Para sorpresa de Moonlight, las puertas del tártaro no se abrieron bajo sus cascos. Sólo escuchó la voz de la princesa una vez más, no enojada ni serena, sólo… decepcionada.
-La misión que ha sido asignada a tu escuadrón es muy delicada- comentó Celestia mientras le daba la espalda. La pequeña pegaso parpadeó repetidas veces al escuchar eso, al igual que el resto de su equipo. Todos se formaron frente a la princesa, que ahora aparecía al otro lado de la mesa.
La princesa se volteó hacia los otros presentes mientras explicaba:
-Como ustedes saben, los enfrentamientos nos han dejado con enormes bajas- dijo Celestia con la mirada firme, tratando de no mirar la repentina sombra que se ceñía sobre los rostros de sus súbditos-. Después del último enfrentamiento, un grupo de exploradores logró penetrar en los calabozos del Imperio.
El cuerno de Celestia se iluminó en ese momento, el aura dorada se reflejó momentáneamente en la mesa del mapa, mostrando los edificios y ponies que habitaban el imperio de Cristal. El escuadrón observó fascinado la muestra de magia.
-Y encontró algo muy interesante- agregó Celestia mientras un grupo de ponies miniatura aparecía en el mapa. Los pequeños ponis se movían sigilosamente contra los muros del castillo hasta que lograron entrar y activar una puerta oculta en el salón del trono. Jake alzó la ceja, preguntándose cómo había sucedido eso mientras el pequeño escuadrón continuaba su misión.
Al llegar al fondo de lo que parecía un pozo eterno, los ponis encontraron una serie de puertas. La magia que proyectaba el recuerdo parecía borroso, como si los sentimientos de la princesa o de los ponies mágicos estuvieran interfiriendo. El escuadrón desapareció del pozo, apareciendo repentinamente en una zona distinta del castillo, más profunda y envuelta en tinieblas.
-El escuadrón reportó algunos de sus hallazgos en esté documento antes de ser descubiertos- entonces un pergamino enrollado apareció flotando sobre el hombro de la princesa. No había mucho en él, sólo un par de palabras escritas con una de las peores caligrafías que Karen jamás hubiera visto.
-"Ponies Experimentales"-leyó Jake en voz alta, ladeó la cabeza y se alejó del pergamino antes de alzar la ceja izquierda y dirigirse a Celestia-: ¿Eso qué significa?
La princesa bajó la mirada y con un ligero encogimiento de hombros contestó:
-No tengo idea. El equipo completo desapareció- dijo ella, su mirada se posó sobre los ponies en el mapa. Todos Salían corriendo del calabozo, pero poco a poco el brillo dorado que los envolvía se opacaba hasta que, uno a uno, desaparecieron. Sunny se tapó. El resto del escuadrón parecía menos dispuesto a demostrar que aquello les afectaba, pero el temblor en el labio de Graphite y un tic en las alas de Moonlight señalaban lo contrario.
-Gracias a los hallazgos del sargento Braeburn sabemos que hay una entrada escondida que sólo funciona en una dirección. Sabemos que hay algo siniestro bajo el imperio de Cristal-, los ponies del escuadrón 8165 asintieron-. Pero no estamos en condiciones para un ataque directo al Imperio, aún no.
El capitán, que había permanecido callado, alzó la cabeza un momento. Escaneando a su escuadrón menos favorito… todos parecían atentos a las indicaciones de la princesa, asentían al unísono, cada uno de aquellos ponies con miradas fijas en el mapa y ceños fruncidos, como si estuvieran planeando su ataque desde ese momento. Shining Armor casi sentía respeto por aquel grupo.
-Esta misión requiere de sigilo, discreción y velocidad- agregó la princesa-. Confío en que serán capaces de realizarla. Lo único que deben hacer es reportar sus hallazgos y volver lo antes posible, ¿quedó claro?
-¡Sí, señora!- corearon seis ponies al tiempo que hacían un respetuoso saludo a la princesa solar.
Celestia asintió, complacida.
-Bien, pueden retirarse. Partirán en unas horas- dijo el alicornio, con un gesto de su casco señalando al capitán mientras decía-: Él los esperará en la orilla este del campamento.
El corcel respondió con un saludo.
Mientras los miembros del escuadrón elegido salían de la tienda, la princesa Celestia dejó salir un discreto suspiro de pesar.
-Espero tengas razón con estos ponies Shining Armor.
El unicornio no respondió, simplemente soltó un gruñido antes de salir al frío viento del norte helado.
Moonlight avanzaba con la mirada en el piso, el resto de su escuadrón avanzaba frente a ella, lo suficientemente lejos para no notar las caídas orejas de la pegaso, ni la forma en que arrastraba los cascos. Un regaño de la princesa Celestia, por corto que fuera, podía bajar el ánimo de cualquier pony. Iba tan distraída que chocó contra uno de sus compañeros. Cuando la pegaso alzó la cabeza se dio cuenta que por fin había alcanzado su destino.
La sargento se abrió paso entre sus compañeros. Cuando llegó al frente del grupo fue recibida por la eterna mirada desaprobatoria del capitán. El corcel hizo un gesto con la cabeza y avanzó hacia el oscuro yermo helado.
