El grifo de la ducha se cerró con un chirrido. Angela apoyó la frente contra las baldosas de la pared durante algunos instantes: había necesitado mucha agua fría para controlar los libidinosos pensamientos que se habían apoderado de su mente y, por poco que le gustase, de su cuerpo. Desde el punto de vista médico ella tenía la certeza de ser una mujer completamente sana, y de sentir unos arrebatos hormonales perfectamente normales, pero lo que había experimentado al imaginar la escena entre Gabriel y Jack…
—Ohh, vamos… —murmuró antes de abrir el grifo una vez más. El agua helada descendió desde lo alto de su cabeza hasta envolver todo su cuerpo y rebajar la temperatura de su piel. Era evidente que tendría que tomar otro tipo de medidas para saciarse, pero le horrorizaba la idea de llevarlas a cabo en su puesto de trabajo.
Para cuando salió de los vestuarios, fresca y perfumada por la agradable mezcla de su crema hidratante, el jabón que se llevaba de casa y su colonia de orquídeas, descubrió que la habían llamado varias veces para que acudiese a una reunión.
Echó a correr.
El helicóptero privado de Overwatch trasladaba a varios agentes hacia la base de Gibraltar, que había sufrido un ataque durante la madrugada. Angela disfrutaba de las batallitas de Reinhardt, que muy de vez en cuando no podía evitar formular las frases con la estructura gramatical del alemán o, directamente, usar términos en su lengua materna, y esto relajaba enormemente sus oídos. El inglés no estaba mal, claro, pero no dejaba de ser un idioma aprendido.
—Aburres a las ovejas, es la quinta vez que cuentas esa historia —gruñó Torbjörn.
—¡Yo no aburro a…!
—¡La quinta ESTA SEMANA!
Ana se echó a reír. Angela no había tenido todavía demasiada relación con el ingeniero sueco y como no le conocía se sintió incómoda. Miró a la egipcia.
—¿Están de broma? —le preguntó.
—Nein —protestó Reinhardt.
—¡Nej! —ladró Torbjörn.
—Claro que sí —rio Ana—. Se conocen de toda la vida, son prácticamente hermanos. —La expresión de Angela se relajó—. ¿Ves lo que te decía?
Los dos hombres habían roto a reír a mandíbula batiente debido a algún tipo de comentario cómplice.
—A primera vista, intimida.
—Sí, muchos cadetes entran en pánico al conocer a Torbjörn… Por cierto, hablando de cadetes… ¿sabes que Gabriel, Jack y yo estamos en el punto de mira para un ascenso?
—¡Eso es estupendo! ¿Capitanes?
—Sí, comandante en el caso de Gabriel. Aún no hay nada seguro.
Ambas se quedaron en silencio. Ana solía aprovechar esos momentos para enseñar su colección de fotos (su hija Fareeha, la última fiesta de la organización, su hogar en El Cairo, etc), pero las había enseñado recientemente y no quería resultar cansina. Las risas del alemán y el sueco ahogaban de vez en cuando el zumbido del motor.
—A veces entiendo algunas palabras del alemán, ¿sabes? —comentó Ana, por decir algo—. Son parecidas al inglés. Aunque al que mejor entiendo siempre suele ser a Gérard, hablo algo de francés.
—¿Qué lengua se habla en Gibraltar? —preguntó Mercy.
—¿Inglés? ¿Español?
—Ah, nos habría venido bien tener a Reyes con nosotros…
—Pero si ha venido. Está ahí, durmiendo. ¿A dónde íbamos a ir sin nuestro líder? —Ana señaló una litera que Angela había creído que estaba llena de equipaje (armas, munición, botiquines) y reconoció la forma de una mano—. Habrá vuelto a pasar toda la noche de juerga.
El rostro de Angela enrojeció; automáticamente había imaginado a Gabriel y a Jack compartiendo lecho desenfrenadamente. Al recibir su misión había entendido que no tendría que ver a los causantes de su nerviosismo… pero no. Uno de los responsables se hallaba sobre su cabeza en posición horizontal.
—In den sauren Apfel beißen… —musitó resignada. Aquellas imágenes indecentes no paraban de acosarla… Se esforzó por rememorar palabra por palabra los relatos de Reinhardt.
No sirvió de nada.
—Tranquila, no creo que tenga resaca. No es tanto de beber como de ligar, así que puedes estar segura de que si necesita usar las pistolas, no nos fallará. Como mucho, le oirás bostezar.
Mercy tenía dos opciones. La primera, encogerse como una tortuguita para esconderse de sus propios pensamientos, y la segunda…
—¡A veces no sé ni por qué me molesto! —exclamó incorporándose. Dio un golpe seco junto a la almohada improvisada de Gabriel (un chaleco antibalas) para despertarle—. ¡Me esfuerzo por manteneros a todos de una sola pieza! ¿Sabes cuánto me ha costado desarrollar la tecnología con la que sano vuestras heridas? ¡Años sin dormir bien por estudiar, por experimentar! ¡Soy adicta al café y al té! ¿Y tú…? ¿Tú te dedicas a salir por ahí? ¿A QUEBRANTAR LAS NORMAS?
—¿Té…? Pero, ¿de qué hablas, Ziegler? ¿yo qué normas he quebrantado? —preguntó Gabriel con la voz ronca.
La doctora miró a su alrededor. No podía revelar el secreto de Jack y Gabriel delante de todos. Sería imperdonable.
—¡Me has entendido! —declaró tajantemente.
—No, no te he entendido. Estoy durmiendo para tener mis sentidos descansados cuando lleguemos a la zona de peligro porque, ¿sabes? aunque no lo parezca tengo una vida fuera de la organización. Deberías probarlo, igual así te olvidas del café.
Ninguno de los agentes presentes supo qué decir. Más de uno intuía que la última incorporación de Overwatch lejos de ser una dulce sacerdotisa de Esculapio que regalaba caramelos tras las consultas, era una agente de armas tomar con un carácter firme y autoritario. Sin embargo, ver a una joven que no llegaba a los treinta hablarle de aquella forma a un hombre tan duro como Gabriel (¡su líder!), no auguraba nada bueno.
—Esta chica me gusta —declaró Torbjörn.
Los ojos somnolientos y oscuros de Gabriel se entrecerraron. Invitaban a Angela a replicarle, a que intentase tener la última palabra. Pero ella no podía aceptar el reto. No sin comprometer a Jack, y, después de lo que había dicho Ana sobre el posible ascenso…
El resto del trayecto, Angela se mantuvo en la otra punta del helicóptero con una taza en las manos.
