La situación en Gibraltar no era tan preocupante como había parecido en un principio. Se había desestimado a los ómnicos como causa del conflicto. La guerra no había llegado a aquel lugar… aún. No obstante, había existido un intento de intromisión humano. Un hackeo había hecho saltar las alarmas… pues se había realizado desde dentro.

—Cuando avisamos a la base de Suiza no sabíamos qué estaba sucediendo, sólo que alguien había entrado —declaró Winston. Caminaba delante de los agentes de Overwatch mientras les exponía la situación. Se detuvo para ajustarse las gafas—. No han tenido éxito, pero han intentado acceder a la información que guardamos aquí sobre la Colonia Lunar Horizon.

—Entonces, ¿para qué hemos venido? —Torbjörn torció el gesto bajo su hirsuta barba rubia.

—Quizá me equivoque, pero pienso que todavía…

Hubo un disparo antes de que Winston hubiese podido exponer sus sospechas de que sus asaltantes no se habían rendido.

Todos los científicos del observatorio se arrojaron al suelo.

—Por esto —replicó Gabriel—. No te alejes de Reinhardt —le indicó a Angela mientras desenfundaba sus armas y se adelantaba.

Ana ya había desaparecido en busca de una posición apropiada para una francotiradora.

La escena se desarrolló tan deprisa que a Mercy le resultó casi imposible reconstruirla después por mucho que trató de analizarla. Hubo movimiento al fondo del pasillo donde se encontraban. Ana dijo algo por el comunicador, una cifra (¿los atacantes? ¿coordenadas de su posición…?). Reinhardt usó un escudo para frenar una breve ráfaga de disparos y Winston saltó varios metros hacia delante rugiendo de rabia. Había visto algo que le había enfurecido.

—¡Ve con él! —le pidió el alemán a Angela—. Yo os cubro mientras le atendéis.

Ella no entendía nada, ¿alguien había salido herido? Sus ojos estaban acostumbrados a la anatomía clínica, no a la acción. Aún tardaría algún tiempo en controlar el movimiento en el campo de batalla.

Sonó otro disparo. El ruido era ensordecedor, casi doloroso.

—Tengo a su líder —anunció la voz de Ana, insólitamente fría y calmada. Para la doctora, aquello le dio un toque aún más surrealista a la vorágine de violencia que se desarrollaba a su alrededor.

—¿Posición? —inquirió Gabriel, también por el comunicador. La suiza no pudo acordarse de si había oído o no una respuesta a aquello. Con el tiempo ni siquiera estuvo segura de si realmente había escuchado la pregunta.

«¿Esto es lo que vivisteis en la guerra?», le preguntó mentalmente a sus difuntos padres. «Este caos es mucho peor de lo que imaginaba».

En el suelo, ante ella, había sangre. Winston giraba iracundo por un laboratorio donde saltaban los cristales de las probetas y su contenido. Angela no se supo explicar cómo había llegado hasta donde estaba, pero se hallaba arrodillada examinando un disparo que había afectado al hombro de un científico. Un tipo con un ligero sobrepeso.

¿La razón de la histeria de Winston, quizá?

Le curó con una mueca de severa concentración. Fueron los únicos momentos del altercado que pudo rememorar y describir con todo lujo de detalles.

—¡Les veo! —dijo alguien por el comunicador.

Más rugidos. Más saltos. Winston desapareció. El escudo de Reinhardt frenó más disparos. El científico grueso estaba recuperado.

—Las maravillas de la medicina moderna —susurró Angela, más para darse ánimos a sí misma que para tranquilizar a su paciente.

Escuchó varios pares de pasos corriendo. No sabía de cuánta gente se trataba. Miró a su alrededor: el laboratorio se llenaba.

—Hay que pasar por aquí para acceder a… —Hubo otro disparo, y Angela obligó al científico a agacharse. Cayeron junto al cuerpo de una persona que no parecía trabajar en el ámbito de la ciencia. De hecho, tenía una pistola al lado.

El sonido de crusader al cargar llevó a la doctora a gatear por entre las mesas y asomarse para comprobar la situación. Reinhardt se había llevado a dos hombres con su embestida. La zona parecía libre… pero al alzar los ojos, Angela descubrió que su impresión había sido errónea; una mujer con la mitad inferior de la cara oculta por una máscara la sorprendió.

—¡El piso inferior! —le ordenó.

La doctora, que llevaba puesta la bata con la que siempre había pasado consulta, se dio cuenta de que estaba siendo confundida con una trabajadora del observatorio.

Miró a su alrededor; ningún agente se encontraba cerca en aquel instante.

Soltó su bastón.

—¡Necesito la tarjeta de acceso! —improvisó para ganar tiempo. Recogió rápidamente el arma del atacante que había sido abatido allí mismo y la accionó contra aquella mujer enmascarada imitando el modo en que sus compañeros disparaban.

Un dolor intenso se apoderó de toda su mano en cuanto la bala salió. Su brazo incluso chocó contra la mesa tras la que se había estado ocultando debido al retroceso. Herida en un costado, la mujer de la cara tapada intentó vengarse de Angela, pero alguien la detuvo y cayó al suelo.

Las enormes botas de Gabriel entraron en el campo de visión de la doctora.

—Les hemos reducido. ¿Estás bien?

Mercy intentó incorporarse, pero no pudo apoyarse sobre su propia mano. Le dolía todo el brazo, de hecho, y también los oídos.

—Ven…

Gabriel la levantó en brazos y la apoyó sobre las altas mesas del laboratorio tras haberse asegurado de que no había cristales. Le examinó la mano.

Entschuldigung. Fui injusta contigo.

—Olvídalo, doctora. Yo ya lo he hecho. —Negaba con la cabeza—. Por cierto, te has dislocado la muñeca.