—Se trataba de un grupo independiente —aseveró Ana. Retransmitía su informe a la ONU mediante una videollamada desde el helicóptero. Gabriel siempre decía que ella era la que debía hacerlo porque como francotiradora veía todo con mucha más perspectiva que ningún agente—. Su único objetivo era conseguir dinero traficando con información privada del laboratorio. Eran poco más que unos matones con recursos.
—¿Seguro que eran independientes? —preguntó el representante de Overwatch en la ONU—. Alguien querría esa información.
—Pensaban venderla al mejor postor. Les daba lo mismo si terminaba en manos de ómnicos, de laboratorios rivales o de vendedores de fruta. Algunos de los que hemos detenido estaban fichados, y sus historiales concuerdan con lo que hemos descubierto. Creo que el asunto queda cerrado.
Más tarde, de vuelta en la sede de suiza, Angela recibió algunas felicitaciones antes de encerrarse en su consulta. Sanó su muñeca, y aunque quedó bien la notó ligeramente entumecida.
—Así que esto es lo que se siente… —Abrió y cerró la mano varias veces. La tenía perfectamente, pronto se le pasaría aquel adormecimiento.
Llamaron a su puerta. Entró Gabriel.
—¿Cómo está tu pequeña lesión? —preguntó.
—Mejor…
—Me alegro. Ven conmigo.
—¿Qué pasa?
—Hazme caso —sonrió.
Angela miró la taza de té que acababa de prepararse. La primera de aquel largo día. Siguió a Gabriel. Él la condujo hasta la zona de entrenamiento, y de allí al pequeño campo de tiro. En aquel momento estaba vacío, quizá porque atardecía.
La doctora se giró hacia el californiano para preguntarle qué era lo que hacían allí.
—Ten.
Le ofrecía una pistola.
—Prefiero que no. La experiencia no ha sido buena.
—No lo ha sido porque nadie te ha enseñado a usar un arma o lo que es el retroceso.
—Hice lo que te he visto hacer a ti siempre —replicó Angela con cierto punto de impertinencia.
—Y eso es un gran error. Tu complexión no tiene nada que ver con la mía. —Como para subrayarlo, le tendió la mano. La suya era mucho más grande, oscura y fuerte que la de ella, cuyas cualidades más destacables eran la suavidad para tratar a sus pacientes con delicadeza y la precisión para operar. En cuanto al brazo, no había ni punto de comparación entre sus respectivas masas musculares. Aquello hizo que la suiza recordase la imagen que la había estado atormentando los últimos días: el contraste entre Jack y Gabriel. Pero por alguna razón que no comprendía, de repente no le afectaba tanto.
—¿Entonces…? —preguntó.
—Yo puedo soportar en una mano, por ejemplo, el retroceso de una Desert Eagle AE. Tú no deberías agarrar una pistola con una sola mano jamás. El retroceso de la que has usado antes te ha dislocado la muñeca. Podrías romperte un hueso o incluso herirte con el cañón en la cara, así que olvídalo. Tendrás que entrenar bastante.
—¿Tengo que entrenar? —se extrañó enarcando una ceja.
—Sí. He solicitado un arma para ti. Si vuelves a quedarte sola tengo que saber que podrás sobrevivir para tomarte otro té.
Angela se sonrojó, esta vez por la vergüenza.
—Lamento mucho la escena del avión. Cuido de todos vosotros, me importáis mucho… y aunque puedo aceptar sin problema lo tuyo con Jack, el riesgo de qu…
—¿Lo mío con Jack?
—Os vi en el vestuario. Bueno, entiéndeme, ¡no me quedé a mirar! —sacudió la cabeza. Un mechón se escapó de su cola de caballo y osciló hasta cubrirle la oreja.
—No te entiendo, doctora. En primer lugar, no alcanzo a imaginar los motivos que te han podido llevar a asomarte al vestuario masculino… —sus labios se estiraron hasta esbozar una vaga sonrisa ladeada—. Y en segundo, ¿qué he podido hacer con Jack que tú tengas que aceptar?
La idea de que aquella jovencita tan agraciada le hubiese espiado en el vestuario le halagaba mucho más de lo que le preocupaba.
—Ya sabes… Jack frente a ti, sólo con la toalla, diciendo eso de «no la tienes recta» antes de arrodillarse… —Era extraño, pero de repente la escena no le resultaba tan erótica. No obstante, al recordar lo mucho que había enardecido su imaginación se sintió bastante cortada.
Delante de ella, Gabriel mantenía una expresión perfecta para jugar una partida de póquer y ganar al margen de las cartas que llevase.
—Por el amor de… —Atrajo a Angela hacia sí pasándole el brazo por detrás de la cintura—. ¿La ves recta?
Los ojos azules de la doctora se abrieron de par en par… y, de repente, según Gabriel giró el rostro, descubrió el corte de la perilla.
—Tu barba… Aggh, seré idio…
—Pervertida es la palabra que buscas —soltó a Mercy, que retrocedió un paso.
—Entonces, ¿le diste las gracias por lo de la perilla en mi despacho?
—¿Eso? No. Me recomendó un restaurante. Me estuve arreglando porque había quedado con una chica. Hm, ahora entiendo a qué te referías con eso de «quebrantar las normas».
—Te aseguro que pensaba que teníais una relación.
El agente se llevó las manos a la cabeza.
—Mira, no te voy a negar que alguna vez se me ha pasado la posibilidad por la cabeza, pero ante todo soy un profesional y no comprometería así mi puesto de trabajo. ¿Qué digo el trabajo? La seguridad del mundo, esa es nuestra responsabilidad. Jack y yo hemos pasado por mucho juntos, pero —frunció el ceño— no creo que lleguemos nunca la fase del sexo en los vestuarios.
—Ugh.
—… pervertida.
—Déjalo, ya me siento bastante tonta.
—Sigamos. Esto es importante. Esta pistola es ligera. Tenla a mano para defenderte hasta que encuentres una que se amolde mejor a ti. Cuando hayas entrenado la resistencia de tus brazos quizá descubras que puedes usar una más potente. Hasta entonces tendrás que conformarte con esta. Sujétala con las dos manos. No, así no, te harás daño en la espalda…
Se posicionó junto a Angela y le pasó un brazo por detrás para guiar mejor su postura. De repente, al ver su oreja suave y pálida conteniendo un par de mechones rebeldes para que no le cubriesen la cara, sintió un arrebato… y no quiso contenerlo.
—¿Puedo preguntarte qué era lo que te enfadaba tanto como para gritarme de la idea de que Jack y yo tuviésemos algo? —le susurró al oído. Vio con cierto orgullo cómo el fino vello que delimitaba la nuca de la doctora se erizaba—. ¿Era el hecho de que Jack no estuviese disponible? ¿o que no lo estuviese yo?
Angela sonrió.
—No tengas tanto ego, agente Reyes.
Pero la escena que había estado aguijoneando su imaginación cobró un nuevo matiz. El atractivo contraste piel morena-pálida, cabello negro-rubio, fuerza-delicadeza se transformó hasta que su propia efigie sustituyó a Jack.
Sintió un escalofrío.
—Sólo estoy bromeando… Angela —prosiguió a media voz. Era la primera vez que se dirigía a ella por su nombre, y aquello también contribuía a darle un aire onírico a todo aquel extraño escenario.
—No deberías insinuar nada que no seas capaz de llevar a cabo.
—¿Y quién dice que no lo sea?
